- Venga, Berth, no puedes quedarte ahí eternamente - Reiner seguía insistiendo, sentado contra la puerta de la habitación. Al igual que la última media hora, nadie contestó -. Berth, no puedo disculparme si no sé qué es lo que he hecho. ¿Quieres hacer el favor de salir y hablar conmigo?
Silencio. Reiner suspiró.
- Berthold - dijo -, soy un idiota, ya lo sé, pero enfadarte conmigo no va a solucionarlo.
Aguardó sentado un par de minutos más, confiando en que Berthold recrease esa escena de tantas películas y abriese la puerta después de un rato, cuando el otro personaje ya estaba dispuesto a marcharse cabizbajo, pero no fue el caso. Esa puerta no iba a abrirse hasta que él se hubiese ido.
Consternado, se levantó y cogió del sofá su bolsa de deporte, pero con un suspiro volvió a dejarla donde estaba, mirando hacia la mesa. Fue hasta allí y recogió los trozos de cerámica del suelo, con la mano los más grandes y con la escoba los más pequeños. Era lo menos que podía hacer. Metió en el fregadero el otro plato y los cubiertos usados y dejó el mantel doblado sobre una de las sillas después de haberlo sacudido por la ventana.
- Tranquilo - dijo al pasar por delante de su habitación. Se echó la bolsa al hombro -. Ya me voy.
Sintiendo una fuerte opresión en el pecho, dejó el apartamento. Se le cayó el mundo a los pies cuando salió a la calle. ¿Cuál era el siguiente paso? No quería volver a casa. Sacó el teléfono. Algo le decía que buscase una mejor solución, pero no estaba de ánimo para nada. Tenía la impresión de que la había cagado de verdad, aunque no sabía cómo, e hizo la llamada.
- No ha funcionado. ¿Puedo quedarme en tu casa?
- ¿Es que tú no tienes? - Annie no parecía demasiado ansiosa por acogerlo.
- Es... complicado.
Reiner oyó un suspiro y cruzó los dedos para que fuera un "sí".
- Pero no te acostumbres.
Reiner sonrió aliviado y estuvo a punto de ir hasta allí caminando antes de darse cuenta de que su coche estaba aparcado a pocos metros. Dejó caer su bolsa en el asiento del copiloto y encendió el motor.
Berthold no abrió la puerta incluso después de que Reiner se fuera. No tenía ningún interés en moverse. Y en realidad tampoco tenía motivos para enfadarse con Reiner. ¿De qué podía culparlo? Quizá sí fuese verdad que todo había sido fruto del estrés y la confusión. No era culpa suya que él se hubiese emocionado más de la cuenta.
¿Y lo de Annie? Berthold resopló. Había sido él el primero en querer juntarlos y, ahora que al fin ella le hacía caso, le parecía mal. Confiaba en haber dejado de insistir a tiempo, pero todo indicaba que no. ¿Cómo habría ocurrido? ¿Habría Reiner acudido a ella en un intento desesperado por recuperar su heterosexualidad? Negó con la cabeza. No quería saberlo, ni imaginarlo siquiera.
Se giró hacia la pared. No quería levantarse de la cama; todavía olía ligeramente a él. Si cerraba los ojos, aún podía sentir su frente apoyada contra su espalda, su brazo rodeando su cadera... su mano. Jadeó. ¿De verdad aquello no había significado nada para Reiner? ¿Por qué para él sí?
- ¿Qué salió mal? - dijo Annie, enroscándose en el sofá como un gato después de abrirle la puerta a Reiner.
Él suspiró dejándose caer a su lado.
- No estoy seguro - dijo -. Todo se fue a la mierda en cuanto dije tu nombre.
Annie lo miró de hito en hito.
- ¿Le soltaste lo de esta mañana en la misma conversación en la que intentabas arreglar las cosas con él? - Reiner emitió un quejido de dolor -. ¿Eres tonto?
Reiner cerró los ojos y suspiró de nuevo.
- Sí.
- Bueno, al menos eres consciente de ello... - negó con la cabeza -. ¿Quieres algo para la depresión?
- ¿Como qué?
- Pff, no sé... Tarta, chocolate, tarta de chocolate... una mamada...
Reiner abrió los ojos de repente, interesado.
- Sí, eso último estaría bien - dijo.
- Pues no. Coge lo que te dé la gana de la nevera y déjame echar la siesta.
Reiner bufó. Ella se reclinó contra los cojines y cerró los ojos.
- ¿Cuántas horas pasas durmiendo?
- Las mismas que tú haciendo el idiota.
Decidiendo que era mejor no replicar, Reiner se levantó del sofá y fue a investigar en la cocina. Allí se sirvió su cuarto trozo de tarta del día y se terminó una tableta de chocolate con almendras ya empezada. Luego se sentó en el sofá y contempló a Annie dormir hasta que se dio cuenta de que pasar la tarde así iba a ser muy, muy aburrido.
Cogiendo el teléfono una vez más, hizo la llamada que debía haber hecho nada más levantarse esa misma mañana y que nadie respondió.
Resoplando como un caballo - algo que era más propio de Jean que de él -, salió de la casa de Annie intentando no imaginar la cara que pondría ella si la despertaba de su siesta para que lo dejara volver a entrar.
Ni siquiera sabía dónde estaba exactamente la floristería, ni tampoco si él estaba allí porque no tenía la más mínima idea de cuál era su horario de trabajo, pero solo tenía que dar vueltas y vueltas por el centro hasta encontrarla. Si algo le sobraba era tiempo que perder.
Berthold salió al fin de la habitación, aunque solo porque tenía que ir al baño. Llevaba ya un rato aguantándose las ganas porque no quería levantarse, pero no podía posponerlo eternamente. Le dolió ver que Reiner había tenido la consideración de recogerlo todo cuando él no se había dignado a decirle una sola palabra, pero le dolió más salir del baño y descubrir que Reiner se había dejado la cartera.
No quería tener que disculparse tan pronto y no pensaba hacerlo hasta que estuviese emocionalmente preparado, así que Reiner iba a tener que pasar sin todo lo que tuviera dentro porque él no iba a devolvérsela aún.
Encontrar la dichosa floristería había sido más fácil de lo que había creído en un principio, y además daba la casualidad de que Marco sí estaba allí. Lo saludó al entrar y esperó a que la señora que estaba atendiendo saliese para acercarse a hablar con él.
- Vaya, Reiner, ¿vienes a comprar flores?
- No, vengo porque no me cogías el teléfono.
Marco sonrió.
- Ya, es que no nos dejan atender llamadas personales mientras trabajamos, y supongo que no era para hacer un encargo.
Reiner negó con la cabeza.
- La he cagado, Marco.
