Gracias a todos por las reviews! Os dejo de nuevo con Sara y Michael en la clínica ;)


Feliz… me cuesta acordarme de la última vez que fui feliz… No he dejado de estar preocupado. En Panamá empezaba a relajarme y disfrutar de la quietud de mi mente pero tuvimos que escapar. Un atisbo de felicidad y todo cambia drásticamente al poco tiempo para hacerme notar aun más intensamente la sensación de estar privado de ella. Rara vez se presenta en mi vida para librarme de mis miedos, hasta creo que escapa de mí… Si, mifelicidad se me escapa, intento que los demás sean felices y poder saborearla en ellos... Lincoln y LJ han sido mis únicas fuentes de alegría, hasta que conocí a Sara…

Mirándola olvido todas mis penas, la vida parece sencilla y no deseo nada más que estar a su lado.

Su sonrisa abierta es mi felicidad. ¿Cómo conservarla?

-Cuando soy feliz, estoy… un poco menos tenso – le digo y ella se ríe levantando las cejas, me hace sentirme dichoso.

-Michael Scofield, el "accesible" – la ironía de sus palabras me provoca una sensación ácida en el pecho - Ni siendo feliz te dejas llevar¿eh? – una pizca de reproche se cuela en el brillo de sus ojos

- No fui yo el que anoche no se dejo llevar – Sara se pone nerviosa, se gira hacia otro lado para coger algunas cosas y pensar una respuesta. Es hermoso ver como su pelo, que lleva recogido en una cola, hace cosquillas en su delicada nuca.

-Michael, eso no cuenta, anoche no eras feliz – la tristeza de su amarga afirmación recorre su rostro y el mío.

-Entonces, sería el luchar por serlo lo que me hacía parecer extrovertido.

Quiero perderme en ella, mi ávida mirada no oculta la sed que tengo de ella. Su sonrisa se endereza perdiendo su cordial inocencia. Durante un santiamén infinito nos encontramos y soy yo el que vuelve a hablar.

-Estaba deleitándome con lo que sería la felicidad… pero como siempre, algo se interpuso… parece que para que yo sea feliz otros tiene que sufrir… - abandonamos nuestras miradas en la inmensa brecha causada por todo lo que omiten nuestras palabras.

Sara lleva sus manos hacia mi cabeza inclinándola hacia la izquierda para ver mejor mi herida del hombro. Su delicado toque me relaja, me siento seguro y a gusto. Me colma la sensación de estar bajo sus cuidados, de querer abandonarme a ella sin objeciones. Esta vez, mientras me coloca solícitamente la venda alrededor de la cabeza estoy tranquilo.

-Túmbate en la cama, estarás más cómodo mientras reviso las heridas de tus piernas.

Le hago caso y una vez boca arriba cierro los ojos. Sus sabias manos remangan un poco mis pantalones cortos, últimamente me he aficionado a ir con bermudas para contrarrestar la permanente manga larga a la que me obligan mis tatuajes.

-¿Sara?

-¿Si? – responde sin dejar de prestar atención a lo que está haciendo.

-¿Tendrás hoy algún momento libre? Necesito hablarte de algo, es importante. – mientras se lo pregunto mis dedos incontrolables dan pequeños golpecitos contra el colchón.

-Claro, hoy tendré que salir tarde a comer, para cuando vosotros terminéis en casa de Ramón aún estaré en el bar de en frente, pásate, te estaré esperando.

-¿Alguna posibilidad de poder comer contigo?- Su duda hace que muestre la mejor de mis sonrisas para convencerla. Lo piensa durante un buen rato.

-Sé que no te hace gracia tener que comer con Ramón pero es un buen hombre, deberías conocerle...- me deshace la mezcla de dulzura y timidez de su rostro.

-No lo dudo, por mucho que me duela… - cierro los ojos procurando digerirlo - pero antes necesito hablar contigo.- me incorporo y no aparto mis ojos de los suyos. Descubro que durante un segundo la desorientación se refleja en su cara.

-Está bien, pásate por aquí a las tres y media.

-Gracias- respondo contentísimo.

-Ya estás listo – dice devolviéndome la sonrisa.

Nos quedamos quietos, sonriéndonos y acariciándonos con la mirada. Ella se acerca y cogiéndome la cara entre sus manos me da un cariñoso beso en la frente. Cierro los ojos al sentir sus labios en mi piel. Se separa y me sigue mirando con afecto.

-¿Linc se lleva un beso en los labios y yo uno en la frente?- me quejo

-No me dirás ahora que también estás celoso de tu hermano – bromea

Suelto una carcajada airosa.

-Él me robó el beso, tú te lo has ganado – dice girándose antes de desaparecer por la puerta que lleva a la pequeña oficina.

-Si… esa es la tónica de mi vida.- comento para mí antes de notar el sol de nuevo abrasando mi rostro. Sin embargo, voy sonriendo por la calle, no de manera exagerada pero mis labios mantienen una pequeña curva no intencionada y a todo el que se cruza en mi camino le miro abiertamente y con simpatía.


Ramón me saluda desde la puerta de la casa y se acerca feliz a mi encuentro.

- ¡Me alegro de que hayas venido! – Mira a mi alrededor buscando a Michael– supongo que tu hermano no se ha animado ¿no?.

-No, lo siento, me ha dicho que debía hacer algo antes. Te manda saludos y disculpas a tu hermana por no presentarse.

- Está bien, no te preocupes, venga vamos dentro – dice recuperando su contagiosa alegría mientras posa su brazo sobre mis hombros.

La casa es pequeña pero acogedora, hay una mesa colocada en medio del salón con seis cubiertos encima. Las paredes están pintadas de blanco y los muebles son todos de madera oscura.

-Esta es mi madre, María.

Me saluda y me toca la cara, les doy las gracias por haberme invitado a comer. No deja de sonreírme. Ramón me gira para mostrarme a su hermana.

-Esta chica tan guapa de aquí es mi hermana, Lucía.

-Hola Lucía, encantado de conocerte. – nos damos dos besos y no necesito más para saber que me gusta. Me quedo serio frente a ella sin saber qué decir.

Luce una larga melena negra ondulada que le cae juguetona sobre sus hombros alcanzando casi sus codos. Tiene unos ojos grandes y de color miel, algo achinados en las orillas y resguardados tras brillantes pestañas. Su oscura piel destaca bajo su vestido amarillo.

Ramón vuelve a tirar de mí para que me gire. Esta vez no me muevo, sigo mirando a Lucía bajo el influjo de sus enigmáticos ojos. Mientras me observa, todo mi cuerpo se emplea en seducirla adquiriendo ese aire seco y grave al que estoy acostumbrado.

-Buenas, soy Marta – sin remedio, centro mi atención en una chica que me sonríe interesada mientras se acerca a Lucía y le da la mano. Lucía la mira con amor y la insta para que se me acerque.

Le doy dos besitos envuelto en su olor juvenil. No debe tener más de 23 años pero es preciosa, con una belleza rebelde capaz de amedrentar a cualquier hombre.

-Es mi hermana pequeña – me explica Lucía orgullosa.

No hay duda. Se asemejan muchísimo. El pelo de la chiquilla es castaño y algo más rizado. Sus ojos marrones brillan con picardía mientras me observa descarada. Una pizca de ternura tiñe mis mejillas mientras le devuelvo la mirada. Sus pómulos encarnados le iluminan la cara y sonríe astutamente cuando me coge de la mano y me lleva hacia la mesa.

-Siéntate aquí – me dice mirándome de reojo por encima de su hombro.

Ramón se sienta a mi lado. La madre se coloca al frente de la mesa y la pequeña corre a la cocina para traer la comida.

-¿Te ayudo, Marta? – pregunta Lucía antes de sentarse en la mesa enfrente de su hermano.

-No, yo puedo.

-Ya veras que comida,- dice Ramón golpeándome con el codo – te va a encantar, ha cocinado Lucía.

Ella me sonríe con modestia.

-Gracias, la comida casera es mi debilidad – le digo agradecido

-Yo también la he ayudado – dice Marta cargada con un par de potas mientras se acerca a la mesa. Nos reímos.

-Entonces seguro que está el doble de bueno. – respondo a sus ojos cuando ella se inclina para servirme.

Una vez tenemos todos la comida en el plato, Marta se sienta al lado de su hermana, enfrente mío.

La madre me cuenta que lleva toda la vida viviendo en un pueblecito aun más pequeño que este entre las montañas. Su marido, Lucas, está trabajando en una presa que están construyendo aquí cerca y durante los días de trabajo se quedan en casa de su hija pero en cuanto su marido dispone de un par de días libres suelen subir al pueblo. Me invitan a subir con ellos la próxima vez, aunque llevan ya más de un mes sin ir. Explica emocionada que es un lugar precioso y muy tranquilo. Luego mirando a sus hijas y a Ramón dice que está encantada de poder pasar más tiempo con ellos.

Cuando la madre termina de hablar, mientras Lucía se levanta a por el segundo plato, Ramón empieza a hablar sobre su vida.

- Conocí a Sara el año pasado, en plenas lluvias… - su rostro está tremendamente triste - mi mujer fue arrastrada –su voz se quiebra y hace una pausa - y cuando la conseguimos sacar del agua estaba inconsciente, Sara hizo todo lo que pudo por ella pero murió allí mismo, en la orilla del río… Vivíamos en una linda casita a la salida del pueblo… me resulta difícil estar allí solo, así que la pequeña Marta se ha venido a vivir conmigo, pero la mayor parte del día lo pasamos aquí. – la madre se levanta a abrazarle y darle un beso en la parte superior de la cabeza confortándole, cuando se sienta él continúa hablando - Fue muy duro aceptar la muerte de mi mujer… Después de enterrarla, todos los días me pasaba por la clínica, perdido… Sara me dejaba sentarme allí en silencio y no me hacía preguntas. Tras varios meses, un día ya no necesité ir. Luego, me encontraba a Sara por el pueblo y me saludaba contenta por verme mejor, hablábamos y poco a poco nos hicimos buenos amigos. Ahora se ha convertido en algo mas, es la persona a la que deseo contárselo todo, con la que quiero compartirlo todo…- me mira sinceramente – pero ella no siente lo mismo, - pone una mano sobre mi hombro, no pretende que me sienta incómodo, su mirada es amable, tan solo quiere que le escuche - durante todos estos meses, ella y yo siempre hemos sido sinceros el uno con el otro. Cientos de veces me ha pedido paciencia por no poder entregarse de lleno a la relación que mantenemos, sé que hay algo en su pasado doloroso que no se lo permite, igual que a mí también me hacía dudar la muerte de mi mujer, el compararla con cualquiera, echarla de menos continuamente… siempre esta presente… pero ahora miro hacia delante, no hacia atrás y las cosas empiezan a ir un poco mejor. Creo que Sara también esperaba superarlo, nunca le metí prisas y supuse que llegaría el día en que ella también se entregaría, al fin y al cabo nuestra relación prosperaba aunque fuera lentamente. – hace una pausa para servir un poco de agua a Marta y a su madre. Luego agarra la botella de vino tinto, vierte un poco en el vaso de Lucía y rellena el mío antes de volver a llenar el suyo. Brindamos todos al aire, sin decir ni una palabra pero mirándonos a los ojos uno a uno. – Anoche supe lo que había retenido a Sara todo este tiempo.- sus ojos fijos en los míos - Tu hermano. – me pongo serio y el sonríe cabizbajo – Sara desea que tu hermano la haga feliz y yo mientras haya una posibilidad de que eso ocurra no podré ofrecerle nada mejor. – se lleva el vaso a los labios y lo coloca en la mesa con movimientos lentos – Espero que tu hermano se de cuenta pronto.

Marta sale de la cocina y nos trae el postre, todos parecen contentos sentados a la mesa y empiezan a fijar la vista en mí, esperando que ahora les cuente algo. Es mi turno. Me río estúpidamente pensando en todo lo que podría contar.

-¿Tienes novia? – pregunta Marta impaciente mientras su madre la recrimina en silencio.

-No, la chica de la que estaba enamorado murió hace unos años y no he vuelto a mantener una relación seria con ninguna otra. – miro a Ramón – Comprendo lo que debiste pasar cuando la perdiste, para mí fue durísimo. – Asiente con la cabeza. Lucía y a su madre me escuchan atentamente – Fui consiguiendo centrarme de nuevo en la vida gracias a mi hermano y a mi hijo.

-¿Tienes un hijo? – dice Marta algo contrariada.

Les hablo de mi hijo, les digo que está estudiando mientras espero encontrar un sitio en el que establecernos para poder traerle a vivir conmigo y con su tío. Explico que no tenemos más familia y que nuestro deseo es mantenernos unidos. Relato algunas anécdotas de cuando mi hijo era niño y de cómo no fui el mejor de los padres para él. Afirmo con entusiasmo dar las gracias a la vida por haberme dado la oportunidad de volverme a ganar su amor, de conocerle y quererle como nunca había querido antes.

Al despedirme de ellos en la puerta de la casa advierto lo sencillo que me ha sido hablar con ellos, yo, que nunca expreso mis sentimientos y menos a gente desconocida. Por unos momentos no me reconozco pero me siento satisfecho.


-¿Sara?

Escucho la voz de Michael desde el despacho de la clínica mientras me cambio de camiseta. Miro el pequeño reloj de la pared. Las tres y media en punto. Sonrío.

-Ahora salgo.

Me lavo la cara y cuando extiendo la mano en busca de la toalla, Michael me la alcanza. Me seco recuperándome de lo inesperado de su gesto y me alegro de haberme puesto la camiseta antes de lavarme la cara.

-Estoy hambrienta – digo contenta colgando la toalla de nuevo en su sitio y mirándole de arriba abajo.

-Y yo – dice mirándome él de arriba abajo, imitándome.

No puedo dejar de sonreír.

-Vaya, - exclama con una mueca llena de decepción - siempre había imaginado que las doctoras bajo la bata no llevaban nada – se ríe guiñándome un ojo.

Le empujo echándole de la habitación y en cuanto cierro la puerta de la clínica me tiende su mano. Me quedo parada sin saber bien si cogérsela o no. Él, que no pierde detalle de nada de lo que hago, sabe que me ha puesto nerviosa.

-Tranquila, no hace falta que la cojas, me dolerá un poco el rechazo, pero volveré a intentarlo más adelante… por si cambias de opinión.

Me altera y me tienta de tal forma su comentario que decido acabar con esto y darle la mano de una vez. Él sonríe y empieza a acariciarme con el pulgar.

-Bien… ¿me llevas a comer?

Vamos hasta el bar de la calle de enfrente y casi todas las mesas están ya libres, camino con él de la mano entre ellas, las rodeo, vuelvo atrás y de nuevo al principio y de vez en cuando le miro. Michael sonríe divertido, sus radiantes ojos me demuestran que se encuentra tan a gusto como yo. Sigo dando vueltas alrededor de las mesas como una tonta hasta que me paro frente a una igual a las demás. Me quedo quieta, ahí de pie, agarrada a él y mirando estúpidamente hacia la mesa.

-Puedes soltarla cuando quieras. – susurra en mi oído dirigiendo la vista a su mano que estrecha cariñosamente la mía.


Continuará... ;)