—7. De locuras y conversaciones—
Cinco pares de ojos los recorrieron de la cabeza a los pies. Allison llevaba el vestido negro de la noche anterior, aunque la falda se encontraba completamente arrugada, como si hubiera dormido con él —y era claro que eso había hecho—, mientras que Genzo llevaba los pantalones cubiertos de fango y las mangas de la camisa redobladas, como si le estorbaran para hacer algo. Muy por aparte de la ropa, ambos mostraban el cabello revuelto y un par de sonrisas idénticas tatuadas en los labios.
— ¿E-Estaban…? ¡J-Juntos?— preguntó Sho, expresando en voz alta las dudas de todos los presentes.
— Ajá— respondió Wakabayashi, como quién más, restando importancia a aquel asunto— La tormenta nos envió al fango por un pequeño derrumbe de piedras en mitad de la carretera— zanjó.
— ¿Y tú auto, Alli?— siguió Edeline, advirtiendo que el Beetle no se veía por ningún lado.
— Murió apenas dejé el salón atrás. Genzo iba detrás, así que se detuvo y me ayudó, aunque de poco sirvió porque la tormenta nos retuvo luego de ello— resumió la pelinegra con una sonrisa en los labios, a nadie le pasó por alto el hecho de que había llamado al arquero por su nombre, tal y como Genzo la había llamado nena, unos momentos atrás.
— Ya, quiten esas caras. Se ven más raros de lo que acostumbran— espetó Genzo, burlón, mientras se encaminaba a la entrada de edificio.
— Eso ni como negarlo. Venga, adentro— convino la pianista. Aún confundidos y desorientados por lo que sus ojos veían, los cinco siguieron a los recién llegados, el ascensor que había permanecido en reparación estaba una vez más en uso y sin decir palabra, los siete subieron hasta el tercer piso donde los chicos vivían. Apenas llegaron a las puertas correspondientes, Allison ingresó a su apartamento con Arianne y Edeline detrás, mientras que los chicos siguieron a Genzo.
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— Y bueno ¿qué ha sido eso? ¿Cómo que ayudaste a Allison, eh?— cuestionó Stephan con una sonrisa en los labios mientras Genzo subía las escaleras hasta su habitación. Los jugadores se habían quedado esperando en la sala en un intento de dar espacio al arquero para hablar libremente de lo que fuera que hubiera sucedido entre él y la americana.
— No esperabas que la dejara ahí sola ¿no?— cuestionó Genzo, alzando la voz, mientras ingresaba a su habitación en busca de ropa limpia para cambiarse— Una chica, una tormenta y una carretera solitaria en la madrugada, jamás es bueno juntarlas. Lo dicen las películas de terror— aseguró y su sonrisa burlona no pasó desapercibida, aún cuando se hallaban en pisos diferentes.
— Pues no, pero creí que la detestabas— siguió Karl, igual de curioso que sus otros dos amigos. Arriba, Genzo ya había entrado al baño para lavarse la cara y sacarse el polvo de las manos. Una vez listo, asomó la cabeza por el barandal de segundo piso y miró a sus amigos desde arriba.
— Yo jamás dije que la detestara— afirmó.
— Pero tampoco que te agradara y perdona si vemos mal, pero no hacen más que pelear— espetó Sho, entonces. El portero negó con la cabeza sin dejar de sonreír y volvió a su recámara. Por unos momentos, los tres de abajo no escucharon nada, hasta que el arquero bajó las escaleras. Se había cambiado el traje por unos jeans y una polera blanca con un par de franjas rojas en las mangas y su gorra blanca ya había regresado a su sitio en su cabeza.
— Ta vez simplemente nos gusta pelear— resumió— ¿Vamos?— sin saber muy bien a donde, los tres lo siguieron.
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— Alli, dinos que pasó. Tú, Genzo, en un espacio tan estrecho como un auto, eso no es normal— convino Arianne, presa de una inmensa curiosidad. Desde la planta alta, Allison estalló en carcajadas. Se había lavado el rostro y se había sacado el vestido.
Los tacones la estaban matando, por lo que volvió a sus cómodas Converse y a sus jeans de mezclilla. Tomó la primera blusa de Rollings Stones que guardaba en el closet y bajo a la sala dando pequeños saltitos hasta la cocina.
— ¿Quieren algo de comer? ¿Qué tal… un sándwich? ¿O una fruta?— cuestionó.
— Allison, no desvíes el tema, estábamos hablando de Genzo— intervino Edeline, tan curiosa como Arianne. Allison, que ya había abierto la nevera, sacó un plato lleno de fresas y las puso en la encimera. Buscó pan y nutella y un untador.
— Corrección, ustedes hablaban de Genzo. Yo no tengo nada que decir. Ya les he dicho que el auto se apagó a mitad de camino. Genzo pasaba por ahí y le pedí ayuda. La tormenta cayó entonces, no tuve otra opción. Y resulta que Genzo no es tan mula como yo creía, es, hasta eso, bastante interesante— se explicó la pianista, preparando su comida.
— Pero lo odias— murmuró Arianne.
— No, no lo odio. Creo que es un creído y amargado en muchas ocasiones, pero no lo odio— en ese momento llamaron a la puerta y un momento después, de que Allison les invitara a pasar, los jugadores hicieron acto de presencia. Genzo entre ellos, llevaba el móvil en las manos y parecía bastante concentrado en redactar un mensaje.
— ¿Algo por acá? O simplemente… «Nunca dije que lo odiara»— se mofó Sho de la respuesta que el arquero les había dado momentos atrás. Las chicas rieron por respuesta, dando a entender que, en efecto, solo eso habían conseguido.
— ¡Por fin!— exclamó Genzo, para sorpresa de todos— Nena, tú auto está siendo rescatado, ya envié a mi mecánico a recogerlo y lo llevarán al taller. Saldrá por la tarde, tomará un rato que llegue al taller, pero me han asegurado que no es un problema que tarde en solucionarse— le dijo a la pianista.
— ¡Yeah! ¿Ven como no es tan zope?— se mofo la pelinegra, levantando en alto el emparedado que había preparado— Ahora, ya. Genzo y yo arreglamos nuestras diferencias, incluso nosotros creíamos que el otro nos odiaba, pero en vista de que eso no es así, no podemos, ¿ser buenos amigos todos y hacer algo de provecho en este aburrido domingo?— exploró la chica mirando con una sonrisa a todos sus amigos.
— ¡Cine!— exclamó Arianne entonces, divertida.
— ¡Parque!— propuso Sho, al mismo tiempo.
Mientras disputaban cuál de las dos opciones seguir, Karl observó a sus amigos con cuidado. De entre todos, era el que más conocía a esos dos y se jugaba el todo por el todo al suponer que de ese arreglo de diferencias algo bueno tendría que surgir.
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— Miércoles (04:00 AM)
— Estación Central de Munich
Puntuales como habían acordado, los miembros del Bayern se habían aglomerado en la estación central para ir rumbo a Roma a la vuelta de octavos de final de la Champions League contra la Lazio. Entre los pasajeros del primer tren a Roma se hallaban ni más ni menos que Arianne, Edeline y Allison —la primera en apoyo a su novio y las últimas dos en apoyo a sus amigos, sin contar que ambas, eran fanáticas del Bayern—
— Dime, que es una broma— suplicó Edeline mirando el boleto de pasaje.
— No, nena, no es una broma— sonrió Allison, burlona— Son nueve horas de viaje. Estaremos allá, aproximadamente a la 1 de la tarde—
— ¡Oh, dios mío! ¡Es demasiado tiempo!— se quejó la bailarina.
— Lo único bueno, es que podremos recuperar tiempo de sueño— afirmó Sho, inmiscuyéndose en la conversación.
Al poco, el tren apareció y el abordaje comenzó. Según los boletos, Levin y Arianne compartirían asiento con Sho frente a ellos. Karl y Edeline viajarían juntos y frente a ellos, Allison y Genzo. Habían pasado solo unos días desde el cumpleaños de Arianne y la tormenta que los obligó a acercarse, pero la relación entre esos dos, había mejorado considerablemente, sin duda alguna. En los asientos siguientes, el equipo se acomodó; al fondo, el entrenador y su asistente gozaron de un cubículo de cuatro asientos para ellos solos.
En punto de las 04:20 el tren inició la marcha y de poco en poco, Munich fue quedando atrás. Desde sus lugares, Levin y Arianne bromeaban con Sho, mientras que Edeline y Allison se las arreglaban para mantener una conversación alejada del soccer con los dos chicos con los que viajaban para aumentar los horizontes de conversación. Acababan de dar las 5 de la madrugada, cuando Sho cayó dormido. Karl y Edeline durmieron también, la cabeza de la rubia en el hombro del alemán y la de él, sobre la de ella. Solo Levin y Arianne parecían sumidos en su propia burbuja, pues charlaban bajito y con sonrisas en los labios.
— ¿Genzo…?— susurró Allison, acercándose al arquero junto a ella.
— ¿Qué quieres, pulga?— sonrió él. Había echado la cabeza contra el respaldo y cerrado los ojos, aunque no podía decir que estuviera si quiera cerca de quedarse dormido.
— Pensé que dormías— respondió la pianista. El arquero se volvió y se acomodó de modo que el rostro de la chica le quedaba de frente.
— Estoy despierto. ¿No puedes dormir?—
— No. Si me despierto, después ya no puedo dormir…— se explicó ella— ¿Y tú?
— No tengo sueño, solo quería que Karl se callara y de paso Sho— rió el aquero, Allison correspondió— Cuéntame algo—
— ¿Algo cómo qué?— exploró la chica, memorizando mentalmente la lista de temas que podía abordar con el arquero.
— No lo sé. ¿Dijiste que tocaste con la Filarmónica de Viena?— le cuestionó él, entonces, sacándole de proporción. Había revelado aquel pequeño detalle la noche de la tormenta, pero ni por asomo habría creído que el chico lo recordaría al punto de interesarse en ello y sacarlo a relucir.
— Sí. Luego de París, tenía 22 años y quería probar mundo, así que toqué en muchos sitios. Estuve un par de meses en Londres, con su orquesta, que por cierto es fantástica. Ahí conocí a un grandioso oboísta que era ciego pero un completo genio con el instrumento, me enseñó muchos trucos auditivos— sonrió la americana al narrar aquella anécdota— Y cuando cumplí 23, una amiga me invitó a ir a Viena. Estuve ahí todo un año y entonces regresé. Quería tocar una vez más con la Filarmónica de Munich. Cuando regresé, fui rápidamente aceptada y conocí a Edeline— Genzo que había estado prestando toda la atención que era capaz de brindar, sonrió al instante.
— Son buenas amigas, ella es muy linda— aseguró el arquero mirando a la bailarina, Allison también la observó y sonrió.
— Sí que lo somos. Ella es especial— aseguró— En fin, que ese es mi paso por la música, al menos hasta ahora y en resumidas cuentas, porque si empiezo a detalle probablemente recorra toda la línea de viajes de ida y vuelta y aún así no termine— rió ella.
— ¿Planeas quedarte permanentemente en Munich?— sin saber porqué, el arquero había comenzado a preguntarse, si en tiempo presente, cabía la psoibilidad de ver alejarse a la pianista.
— Pues sí, es el sitio que más me agrada luego de la casa de mis padres— rió ella— Pero… No me quedaré en la orquesta. No se lo he dicho a Edeline, pero Syd sabe que esta es mi última temporada. Luego seré solista. Quién sabe, tal vez logre un recital con grandes músicos o entrar al Concurso Franz Liszt—
— ¿Concurso?— el nuevo rumbo de la conversación lo envolvió y aquel nudo en la boca del estómago que se había formado tras su pregunta anterior, se aligeró.
— Sí, es el concurso de piano más importante luego del Concurso Internacional de Piano Frédéric Chopin. Es un sueño para todo pianista, competir y ganar— aseguró la pelinegra. El viaje continuó entre charlas y risas, burlas del portero y al final, un discurso de aliento para la chica. A las 8 de la mañana, fueron ellos los que durmieron. Allison se quedó dormida en el hombro de Genzo y con aquella imagen, ninguno de sus amigos se atrevió a importunarles.
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— Una semana después…
— (Sábado 10:00 PM)
«Eres un completo idiota…» se dijo Genzo, al tiempo que se tumbaba en el sofá de su sala, con cara de pocos amigos y ganas de meterse bajo la cama y no salir hasta Navidad. O hasta que su cabeza pudiera centrar todo lo que había estado dando vueltas ahí dentro.
Había pasado una semana y un par de días más, desde el partido contra la Lazio en Roma, que dicho sea de paso, le sentó la mar de bien al Bayern Munich. Teniendo como ventaja su marcado 3-0 había sido sencillo superar al contrario y con otros dos tantos (sin ningún gol en contra, gracias a Genzo) el marcador global apuntaba a un rotundo 5-0 que dejó al equipo alemán en los cuartos de final.
A su regreso a Alemania, el Bayern no solo había festejado la victoria sino que el cuarteto maravilla había organizado una pequeña fiesta en un bar exclusivo al que las chicas, por supuesto, estuvieron invitadas. La noche del jueves, ataviada en una blusa de mangas anchas y una falda con vuelo azul marino que ajustaba a la perfección a su figura, Allison había terminado por enviar todo al carajo para el portero.
Y no precisamente porque hubiera hecho algo mal.
Contrario a todo, desde ese momento, Genzo no había podido sacarse a la pianista de la cabeza. Su aroma manzanas lo volvía loco, la melodía de su risa lo hacía delirar y más que nunca esperaba cualquier oportunidad para cruzarse con ella, ya fuera en el edificio, en el campo o esa tarde de martes en que siguió a Schneider hasta el teatro con el Audi de Levin detrás, pues el plan había sido llevar a las chicas a comer.
Y ahí estaba el problema.
La buena relación, la mutua cercanía y la necesidad —desesperada e imprescindible— de permanecer cerca de la chica. Y por supuesto, la sarta de estragos que aquello desencadenaba.
«Patético… Soy patético…» se aseguró el arquero al cabo de un momento. «Pero… ¿puedo culparme?» se preguntó, intentando desesperadamente encontrar una solución a todo lo que en su interior se estaba formando. Había sido un chico solitario la mayor parte de su vida; alejado de sus padres y hermanos, su única compañía había sido Mikami y el Shutetsu. Pero ambos siempre habían estado involucrados en el mayor cariño que el japonés había sentido siempre: el soccer. Quizás más tarde, Misaki y Tsubasa habían dado vida la mejor representación de una relación entre hermanos unidos y leales, pero tampoco era la clase de sentimiento que estaba intentando identificar.
«No la quiero como amiga… Tampoco la veo como una hermana…» se dijo. Porque mirar a Allison no se parecía en nada a la forma en que observaba a su única hermana —en las raras ocasiones en que eso llegaba a suceder—. Miraba a la pianista y sonreía al hacerlo, la miraba y sentía unas inmensas ganas de abrazarla y de estar ahí, a su lado, cuando lo necesitara, cuando no lo hiciera, cuando riera, cuando rabiara, incluso cuando llorara. La miraba y sabía, sin preguntarselo siquiera, que deseaba con ansías permanecer ahí cuando hubiera una tormenta y en los días de sol, cuando quisiera hablar de música o tocar hermosas piezas en el piano de cola.
— ¡Demonios! Jamás debí dejarla subir a mi auto— se reprendió, porque había sido en ese instante, en el que derrumbó toda defensa a su alrededor y la dejó acercarse a él. «Pero no fui yo… Fue ella» recordó. Allison, que le había contado tanto. Allison, que le había dejado conocerla y dejarse conocer. Allison, que no lentamente lo había enamorado.
— ¿E-Enamorado…?— sacudió la cabeza en un intento de quitarse aquella idea de la cabeza. Porque en realidad, no podía ser así.
A modo de distracción, sacó el móvil y decidió a darse una vuelta por Facebook, esperando encontrar algo que lo hiciera pensar en otras cosas. «Quizás hay nuevos memes con Ishizaki» sonrió. Lo primero que vio al abrir la aplicación fueron las noticias.
M. Hikaru te invita a jugar Candy Crush
Memes de Ishizaki agregó una foto nueva
Tsubasa O. ha cambiado su foto de perfil
Jun M. ha compartido una foto de Sakka Nippon Daihyō.
Las burbujas de chat aparecieron entonces con un ¡plof! Para hacerse notar. Teppei e Izawa habían escrito en la conversación grupal del Shutetsu que al parecer había estado bastante activa aquel día. Abrió el chat por ingresar a la ventanilla con todas sus conversaciones, sin detenerse a leer aquella en particular y observó con una sonrisa el puntito verde que aparecía junto al nombre de Taro, mostrándolo como disponible para hablar.
De repente, se le había ocurrido una maravillosa idea para resolver la confusión en su cabeza. Aunque Tsubasa resultaba ser la mejor opción para hablar de aquello, el arquero era consciente de la facilidad con que el capitán nipon comunicaba las buenas nuevas a los miembros del combinado y justamente en esos momentos, no le agradaba para nada la idea de estar soportando las burlas de sus compañeros.
Optando pues, por la opción segura y fiable, abrió la burbuja de Misaki y comenzó a escribir. Pasados los saludos y explicado el hecho de que prefería ahorrarse las mofas y lengua floja de Tsubasa y el resto, Taro pareció no ser la mejor opción, pero al cabo de un momento, el arquero ya había lanzado su grandiosa interrogante y esperaba una respuesta de parte de su amigo:
w. Genzo: ¿Alguna vez te has enamorado?
Visto: 22:11 PM
Misaki Taro: ¿Estás enamorado?
«¡No! ¿En serio?» pensó el arquero. Por un momento estuvo tentado en responderle a su amigo que no dijera tonterías, pues era claro que si le preguntaba aquellas cosas, era por una razón en concreto. «Si supiera si lo estoy, no estaría escribiendo» Apelando al control y a la paciencia, además del valor para externar sus miedos y dudas, el arquero demoro un momento en escribir una respuesta y luego espero pacientemente a por una respuesta.
Misaki Taro: No sé qué decirte. Sin duda, Tsubasa tiene más experiencia que yo, aunque haya tardado en reparar en ello… Creo que cuando te enamoras, lo sabes porque… algo cambia. La monotonía se extingue, las cosas las ves diferentes, la vida parece algo mejor (¿Cursi? ¿Dónde?). Para nosotros —me incluyo, claro— creo que la mejor forma de saber si te enamoras, es saber si estás dispuesto a darle un lugar a alguien en tu vida, incluso por encima de nuestra mayor afición. Como único consejo —si es que eso buscas en mi respuesta— solo te diré que no te detengas por cuestiones analíticas. Si te has enamorado, solo sigue. No pienses. O ella —porque espero sea una ella, ja, ja— se aburrirá de ti.
No conforme con una primera lectura al mensaje, el arquero se obligó a releer las líneas que su amigo le había enviado y meditó. Por donde lo viera, resultaba ser una buena respuesta. Taro sin duda, era un chico sensible y empático, capaz de ponerse en el lugar del otro, para ayudarle o en ese caso, darle una respuesta. Al tiempo, se había pensado tan bien sus palabras, que había dado en el clavo cuando le indicó que no lo pensara demasiado. «Claro qué pensaría en lo analítico» se dijo y sonrió.
Al cabo de un momento —y de haberle aclarado a Misaki que, en efecto, se trataba de una chica— el arquero leyó la despedida de su amigo, tras una pequeña burla que lo hizo sonreír. Sin más que mirar y sin ánimos para hacerlo, bloqueó la pantalla tras dejar Messenger y se puso de pie para ir a la habitación.
«Bien, ya lo sé… Estoy enamorado de Allison» pensó, al recostarse en la cama. Las notas provenientes de un piano, comenzaron entonces a sonar. Concierto para piano No. 21 de Mozart; aunque el arquero no alcanzara a precisar con exactitud de que pieza se trataba, ésta sonaba y llenaba cada espacio de vacío en esa habitación, aún incluso cuando la música se hallaba fuera, desde otra alcoba y en otro apartamento.
— Todo cambia… Claro que lo cambiaste, Allison. Cambiaste todo en mi vida— murmuró para sí, disfrutando la música de la americana y dándole sentido al comentario de Misaki. No recordaba una ocasión, desde que conoció a la chica en el parque, en que su vida hubiera sido la misma, que antes de ese instante en que la sostuvo tras ser atacada por un balón.
¿Pero que no estaba en lo cierto? Desde que Allison había llegado, había discutido más que nunca con alguien que conociera, había comenzado a disfrutar la música de piano que tanto detestaba porque era la clase de música que ponían en las reuniones familiares de los Wakabayashi, había descubierto lo divertido que podía ser jugar, bromear e incluso pelear con alguien que no fuera su amigo y sobre todo, no recordaba haber visto un par de ojos que lo hubieran cautivado, como los orbes plateadas de la pelinegra.
«Bueno… Ahora solo tengo que encontrar el momento adecuado para confesárselo» pensó, justo en el momento en que la pieza se interrumpía y los gritos del viejo pintor, Klauss Herbst se hacían escuchar. Sin darse cuenta, el arquero sonrió.
Continuará…
JulietaG.28
