Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.


En ese instante, Rachel se arrepintió de haber convencido a Quinn para que rompiera la costumbre de comer sola, que era mucho menos arriesgada.

Quizá Quinn pudiera respirar cuando estaba con ella, pero ella se quedaba sin aire con solo mirarla.

Lo que cada vez estaba más claro era que si quería marcharse de esa casa con el corazón intacto, iba a tener que darse prisa en arreglar su apartamento. El problema era que no quería dejar aquella casa, ni quería dejar a Quinn.

—He oído que hoy me has defendido —le Quinn dijo de pronto sacándola de su ensimismamiento.

—No sé de qué hablas.

—¿Estás segura?

Vaya. Parecía que la encantadora Sara había oído más de lo conveniente.

—O sea que tus amigas y tú no habéis estado hablando de lo mucho o lo poco que yo había cambiado a lo largo de los años.

Rachel dio un trago a su vaso de agua para ganar tiempo.

—Y nadie ha comentado que me había vuelto más rara...

—Nadie te ha llamado rara, lo que dijeron...

—Cuéntame que es lo que dijeron.

Rachel dejó los cubiertos sobre la mesa y resopló desesperada.

—Ya sabes lo que ocurre, Quinn. La gente no te conoce, eso es todo.

—Ni falta que hace que me conozcan —el gesto provocador desapareció de su rostro y en su lugar apareció la rabia. Había vuelto a perderla.

—A lo mejor sí, a lo mejor también a ti te vendría bien conocerlos.

—¿Por qué demonios iba yo a querer conocer a esa gente?

—Para dejar atrás el pasado, como debe ser —afirmó la morena tajantemente y luego matizó— O al menos empezar a hacerlo. Quinn, sé que eran unos niños estúpidos e ignorantes.

—¿Y ahora qué son?

—Ahora son gente normal con defectos, como todo el mundo, pero sin la menor intención de atacarte.

Al escuchar aquello Quinn se echó a reír con amargura.

—¿Es que nunca te sientes sola aquí?

—No cuando estáis Harmony y tú.

—Pero Harmony y yo no estaremos aquí siempre —las palabras salieron de su boca sin que pudiera controlarlas y se quedaron flotando en el ambiente.

El momento de tensión se rompió cuando se oyeron los llantos de Harmony y Rachel tuvo que ponerse en pie.

—Voy a ver qué le pasa.

—Yo me encargo de recoger aquí —murmuró Quinn.

Mientras se alejaba, Rachel pensaba que tenía que quitarse de la cabeza la idea que la había obsesionado desde que la conoció; siempre había deseado poder curar las heridas de aquella chica y ayudarla a que saliera al mundo. Pero estaba claro que Quinn Fabray no deseaba ser salvada y Rachel estaba convencida de que cuanto más lo intentara, más le costaría recuperarse después.

Harmony solo necesitaba un cambio de pañal y que le dieran de comer, así que después de hacer ambas cosas, Rachel se puso el pijama y se metió en la cama. Estaba todavía despierta cuando Quinn llamó a la puerta.

—Pasa —respondió ella.

—Vendré más tarde —sugirió Quinn al ver que estaba completamente despierta.

—No —se atrevió a decir después de tragar saliva. Algo le dolía por dentro al pensar que se iba a alejar de ella. Necesitaba tenerla cerca— ¿Por qué no enciendes la chimenea y te quedas?

Quinn se quedó inmóvil unos segundos, apretando los dientes con fuerza mientras decidía qué debía hacer. Por fin cruzó la habitación y se puso manos a la obra con el fuego, que no tardó nada en prender. Después se sentó estirando la pierna con un gesto de dolor.

—Esta noche has venido muy pronto —le dijo Rachel con suavidad— Normalmente no apareces hasta pasada la media noche.

—Es cierto —se limitó a contestar ella.

En el silencio se oía el crepitar del fuego y dentro de la cabeza de Rachel se podía escuchar una sucesión de: «¿Lo hago? ¿No lo hago?». Finalmente decidió arriesgarse a preguntarle algo que llevaba pensando desde la noche que nació Harmony.

—¿Quinn?

—¿Si?

Rachel notó cómo el corazón le daba botes dentro del pecho.

—¿Por qué no completas la noche de cambios?

La miró fijamente, Quinn estaba increíblemente guapa a la luz del fuego.

—¿Qué quieres decir?

Pronto se marcharía de aquella casa y ya no podría disfrutar de esos mágicos momentos, era ahora o nunca.

—Duerme conmigo.

Quinn se quedó sin expresión en el rostro.

—Podemos compartir la cama —aclaró— Si tú insistes en quedarte en la habitación, yo insisto en que dejes que te descanse la pierna.

Quinn volvió el rostro y perdió la mirada en la chimenea mientras ella se moría de vergüenza. ¿Cómo se había atrevido a hacer algo así? Si quería ponerse en ridículo, habría sido más fácil ir a la ciudad y desnudarse en mitad de la calle. Eso al menos habría resultado menos humillante.

—Buenas noches, Quinn —susurró después de apagar la lamparita y darse media vuelta.

No hubo respuesta, ni siquiera se oyó ningún ruido hasta que, unos segundos después, Quinn se puso en pie y caminó hasta la cama. Rachel aguantó la respiración hasta que notó que se había tumbado a su lado, por encima de la colcha y completamente vestida. Pero podía sentir su calor.

—Buenas noches, Rachel. —dijo entonces al tiempo que le pasaba el brazo por la cintura.

Unos minutos después, se acercó un poco más hasta eliminar la pequeña distancia que había entre ellas. Rachel recostó la cabeza sobre su hombro y supo con total certeza que aquel breve instante de placer jamás sería suficiente.


El sol de la tarde inundaba la habitación con su luz amarilla. Quinn tenía la mirada fija en la pantalla del ordenador y los dedos en el teclado.

Nada.

Era la primera vez que le ocurría algo así. Normalmente las palabras fluían como un torrente cuando tenía que explicar un proyecto. Sin embargo ese día estaba completamente bloqueada.

Entonces escuchó el llanto de Harmony a través del intercomunicador que descansaba al lado del teclado, pero lo que le sorprendió fue escuchar la voz de Rachel intentando tranquilizar a la pequeña.

Su primer impulso fue ponerse en pie e ir a verlas, pero la detuvo el sentido común que le decía que aquello no era lo más adecuado. Después de dos semanas durmiendo en la misma cama y cenando juntas, habían creado una rutina demasiado peligrosa.

No importaba lo a gusto que estaba cuando se tumbaba al lado de Rachel y percibía su olor y su calor, o las ganas que tenía de acercarse aún más y volver a probar el sabor de su boca. El caso era que ellas tres no eran una familia. Harmony y Rachel eran solo dos personas a las que había jurado proteger. Y eso incluía protegerlas de sí misma.

Pronto acabaría todo aquello porque, según le había contado Rachel, el apartamento y la pastelería estaban casi a punto, lo que significaba que no tardarían en marcharse.

El ruido del ascensor la sacó de sus pensamientos. Rachel acostumbraba a subir libremente y sin aviso; muy a su pesar, Quinn esperaba aquellas visitas sorpresa con auténtica impaciencia, aunque jamás podría decirle tal cosa. Pero lo que vio al abrirse la puerta del ascensor no fue una bella morena de ojos oscuros como el chocolate.

—Hola, Quinn.

—¿Qué haces aquí, Thomas?

—¿Este es tu despacho? —preguntó el doctor Sullivan muerto de curiosidad.

—Sí —respondió Quinn secamente— ¿Cómo has subido hasta aquí?

—Rachel me acompañó hasta el ascensor.

—Claro —dijo en una especie de gruñido— Esa mujer ha invadido mi vida —y ella estaba encantada, pero no podía contarle a nadie tan triste verdad.

Thomas se sentó en el sillón que había frente a Quinn y la miró con una sonrisita traviesa.

—Siempre puedes pedirle que se vaya.

—Su apartamento todavía no está preparado.

—¿Y tú estarás preparada para dejarlas marchar cuando lo esté?

—Por supuesto —respondió con demasiada vehemencia— Esto de dejarlas quedarse aquí no ha sido más que... —hizo una pausa buscando la palabra.

—¿Qué? ¿Una buena acción? —sugirió el doctor en tono provocador.

—Algo así.

Thomas asintió sin convicción.

—Entonces, ¿qué vas a hacer en Acción de Gracias?

—Lo mismo que todos los años.

—¿Encerrarte en casa?

—Trabajar.

El doctor Sullivan se echó a reír.

—Claro.

—Normalmente trabajo hasta media noche, pero...

—¿Este año a lo mejor lo dejas a media tarde?

—Iba a decir que a lo mejor descanso un par de horas. Puede que cene con Rachel y...

—Rachel y Harmony van a venir a cenar a mi casa.

—¿Ah sí? —dijo Quinn después de una pausa durante la que no pudo ocultar el efecto que le había causado la noticia. Además se dio cuenta de que había sido una tonta por dar por sentado que Rachel se quedaría allí con ella al día siguiente. Pero, ¿qué podía hacer? Tendría que seguir repitiendo su último mantra: «son solo mis invitadas y pronto se marcharán». Así que no era cosa suya dónde y con quién pasaran el día de Acción de Gracias.

—Así que si puedes apartarte del trabajo por un día, te esperamos en casa. No va a ser una gran cosa, solo la familia.

Aunque siempre se había llevado bien con Thomas su relación no había pasado de la cordialidad, nunca había entrado en el terreno de la verdadera amistad. Y no era porque el doctor y su esposa no la hubieran invitado a su casa multitud de veces, el caso era que Quinn no estaba dispuesta a participar en ninguna celebración familiar.

—Gracias por la invitación, pero no creo que pueda.

—Bueno, por si cambias de opinión...

—No, no lo haré.

Thomas asintió y, dándose media vuelta, se dirigió de nuevo hacia el ascensor.

—A mí me encanta el día de Acción de Gracias, nos recuerda que todos en este mundo tenemos cosas que agradecer, ¿no crees?

El ascensor se cerró al terminar de decir esas palabras, pero Quinn se quedó mirando la puerta que la había aislado del resto del mundo, hasta la llegada de Rachel.

Con un suspiro volvió a centrarse en el trabajo. Trabajo, eso era lo que tenía que agradecer y no necesitaba ningún día para recordarlo.


—Tienes que pelarlas, Quinn —le pidió la morena sin dejar de reír y sacando de un cajón el pelador. Era curioso pero Rachel parecía conocer los entresijos de aquella cocina mucho mejor que su propietaria.

—No sé qué hago ayudándote a preparar un postre que ni siquiera voy a comer —protestó ella mientras pelaba las manzanas.

—Yo tampoco lo sé —respondió Rachel, alegremente— ¿Por qué no te vas a trabajar?

—Estoy ideando un proyecto, así que en realidad ahora mismo estoy trabajando.

Así eran ellas. Una excesivamente gruñona y la otra excesivamente alegre. Rachel pensaba que se complementaban y se ayudaban la una a la otra a encontrar el equilibrio. Durante el día ambas trabajaban y cuidaban de Harmony, y por las noches Quinn le leía una historia a la pequeña hasta que se quedaba dormida mientras Rachel preparaba la cena. Seguían durmiendo juntas y, aunque intentaban no rozarse, todas las mañanas amanecían abrazadas la una a la otra.

Rachel intentó, mediante una conversación sin importancia, deshacerse del acaloramiento que le provocaba imaginársela en la cama junto a ella:

—¿Por qué no quieres venir esta noche a la cena de Acción de Gracias? Y no me digas que es por el trabajo.

—Pero es que sí es por el trabajo.

—Vamos, hoy todo el mundo está de vacaciones.

—Yo no creo en las vacaciones.

—¿Qué quieres decir con que no crees en las vacaciones? Tú celebraste la Navidad con papá y conmigo.

—Solo dispongo de dos semanas para entregar el proyecto —dijo cambiando de estrategia y sin levantar la vista de las manzanas— No me puedo permitir perder más noches.

En realidad no engañaba a nadie con esa excusa tan pobre. Todas las noches que había cenado con ella no habían ido en detrimento de su trabajo.

—A lo mejor yo puedo ayudarte.

—¿Cómo ibas tú a ayudarme?

Vaya. Esa sí era una pregunta a la que le gustaría responder sinceramente, pero era mejor ir paso a paso.

—¿Si yo te ayudo a solucionar los problemas que estás teniendo con ese software, vendrás con nosotras a la cena en casa de los Sullivan?

Quinn arqueó las cejas sin saber qué decir.

—Vamos, dame al menos una oportunidad —insistió la morena— Yo tengo magníficas ideas.

A Rachel no la sorprendía lo más mínimo haberla dejado sin palabras, de hecho lo que la sorprendió fue que se pusiera a darle explicaciones:

—Veras, el software que he creado está destinado a poder controlar las funciones domésticas a través de Internet. En mi propuesta se incluía el poder subir y bajar la calefacción, activar la alarma o regar las plantas y el jardín.

—Parece una idea estupenda —opinó Rachel mientras ponía las manzanas ya troceadas sobre la crema del pastel.

—A mí no me parece suficiente. Quiero añadir algo que permita que los padres pasen más tiempo con sus hijos. No sé, todo el mundo está tan ocupado, especialmente las madres, que pensé que si se pudiera hacer más rápido las cosas básicas, como preparar el baño o cosas así, luego se podría pasar más tiempo bañando al niño, que es lo realmente importante.

—Sin duda.

—Pero necesito más ideas.

—Entiendo —su mente se puso a trabajar mientras engrasaba el molde para el pastel y después lo llenaba con la crema de manzana— Lo que es seguro es que yo puedo darte el punto de vista de una madre. A ver... ¿qué te parece un dispositivo que nos permitiera empezar a calentar el biberón antes de llegar a casa? O una especie de inventario que controlara el número de pañales que se utiliza y qué cosas hay que comprar, como una lista de la compra online —Rachel estaba entusiasmada con todo lo que se le estaba ocurriendo, tanto que tardó en volver a mirar a Quinn.

Ella no dijo nada durante varios segundos, simplemente la miró, lo que hizo que Rachel empezara a preguntarse si lo que había sugerido era una tontería. Pero entonces Quinn se acercó más a ella, puso una mano a cada lado, dejándola acorralada contra la encimera y entonces se rió.

—¿Alguna vez te han dicho lo inteligente que eres? —le preguntó con un susurro sin dejar de mirarla a los ojos.

Rachel se sentía completamente atrapada por la mujer más guapa que había visto en toda su vida.

—Solo un par de veces.

Los ojos de Quinn se centraron ahora en su boca.

—¿Y también te han dicho lo guapa que eres?

Rachel tragó saliva, pero no consiguió que le saliera la voz. Quería besar a Quinn. Solo una vez, después se marcharía feliz. Pero, ¿a quién quería engañar? Un beso nunca le parecería suficiente. Aunque al menos sería un comienzo.

Quinn pareció tomarse su silencio como un rechazo.

—Lo siento.

—¿Qué es lo que sientes? —la morena intentó que su voz pareciera relajada— ¿Decirme cosas agradables?

Quinn tenía los ojos cerrados y el rostro en tensión.

—Es que te habrá parecido que estaba intentando ligar contigo.

—Y tú jamás intentarías algo así ¿verdad?

—Escucha, Rachel, tú mereces mucho más que...

Rachel la detuvo levantando una mano.

—Tengo muchas cosas que hacer, Quinn —no tenía el menor interés en oír sus excusas para no tocarla, le daba igual lo nobles o sensatas que estas fueran. Después del desastre de matrimonio que había tenido, solo quería algo de verdad. Quería a alguien que la deseara y que no tuviera miedo de admitirlo— Si me disculpas… —añadió separándose de ella.

—Está bien. Me voy —contestó Quinn con tristeza— Pero te veré luego.

Sí, Rachel la vería después en la cama. Quinn se tumbaría a su lado sólo con la intención de protegerla mientras hacía que las hormonas la martirizaran y que su cuerpo entero se muriera de deseo por algo que no podía tener.

Tenía que marcharse de allí cuanto antes, porque lo que había empezado como una fantasía se estaba convirtiendo en una verdadera tortura.


¡Hola! Perdón por haber tardado en actualizar, pero estaba en plenos exámenes finales y no tenía tiempo para nada T_T

Gracias por seguir leyendo esta historia, y por los reviews, ¡sois geniales! :D