La lenta y dolorosa recuperación de Rebecca Hawkins continúa; y es aún mas lenta y dolorosa en tanto le ha tocado vivirla durante una época del año especialmente dura para las circunstancias personales adversas: las vacaciones de Navidad. La serie de catastróficas desdichas no parece darle la menor tregua...

ADVERTENCIA POR DESENCADENANTES
El contenido de este capítulo puede resultar duro de leer para una persona con depresión o ansiedad.


—Dios santo, Rebecca... ¡Lo que no te pase a ti!

—Eso mismo digo yo.

—Bueno... por lo menos estás a cubierto. Lo mejor es que te quedes ahí dentro, al menos, hasta que pare de nevar. O hasta que averigüeis qué va a pasar con vuestro vuelo.

—Pe-pero... ¿y tú? ¿Y nuestros planes?

—¡Oh, no te preocupes por mí! Y los planes pueden esperar cuanto haga falta. Lo importante es que tú no corres peligro. Dicen que todos los vuelos que han intentado cruzar el Pacífico a lo largo del día de hoy han acabado teniendo que aterrizar de emergencia en el primer sitio seguro que han encontrado. Estaba casi enfermo de preocupación hasta que has llamado.

—Lo siento, abuelo —se disculpó la joven americana, con lágrimas en los ojos—. En serio.

—Tranquila, pequeña —le contestó Arthur Hawkins, con voz cálida—. Tú no tienes la culpa de las cosas que pasan por encima de tu cabeza. El hombre puede proponer cuanto quiera, pero el que dispone es Dios.

—¡Yo sabía que las clases terminaban antes! Si no me hubiera empeñado en intentarlo hasta el último segundo, y hubiera cogido el avión ayer...

—Pero no lo hiciste, y tenías tus razones —le recordó su abuelo—. No tiene sentido lamentar decisiones que uno tomó sensatamente en su momento, por motivos que entonces eran perfectamente razonables y comprensibles. Tú querías quedarte en Ciudad Domino un día más, y así lo has hecho. Y el billete estaba vendido, el asiento reservado, y el avión listo para salir hasta hace menos de una hora. Insisto en que no podías prever lo que iba a suceder.

—Íbamos a pasar la Navidad en casa... en familia... ahora ni siquiera sé si podré volver a América estas vacaciones.

—Quédate tranquila, tesoro. Si tú no puedes venir, seré yo quien vaya a Japón en cuanto el tiempo mejore. Pero pasaremos las fiestas juntos, te lo prometo.

—Gracias...

—¿Tienes algo para comer, o dinero suelto para comprarte algo?

—Sí. Venía preparada para comer justo antes de subirme al avión.

—Entonces, venga, cuelga. Ahorra batería, come y tranquilízate. Llámame si hay alguna novedad.

—Va-vale...

—Un beso, Rebecca. Hasta ahora.

—Hasta ahora.

La joven americana colgó la llamada y se encogió sobre sí misma, llorando desconsoladamente.

Y no era para menos.

El problema no era tanto que el último vuelo que podría coger antes del 2 de enero se hubiera cancelado como que se había fallado a sí misma, además de al único pariente vivo que le quedaba. Y todo por culpa de su propia obstinación.

El final del trimestre había sido de locos para el último curso del Instituto Domino. Muchos profesores habían estado enfermos durante varios días a lo largo de los meses de noviembre y diciembre, y el temario se había acumulado en cantidades inauditas. Incluso Rebecca, que llevaba sus asuntos al día y sacaba adelante todas sus asignaturas sin pestañear, había tenido que hacer un esfuerzo para seguir el ritmo.

No obstante, no hay mal que por bien no venga: el haber necesitado mantenerse a toda máquina durante aquellos meses le había dejado menos tiempo para el desamor, la soledad y la melancolía.

Además, los encuentros con sus amigos se habían reducido drásticamente a uno a la semana, como mucho. Entre los exámenes parciales y los trabajos que tenían que entregar o exponer Yugi, Joey, Ryou, Tristán y Serenity, los ensayos intensivos de Tea y la descomunal cantidad de trabajo que tenían Mai y los hermanos Kaiba en aquellas fechas, cada vez les resultaba más difícil coincidir; y a nadie le parecía demasiado extraño que la joven americana llevase casi dos meses aceptando quedar con ellos sólo durante dos o tres horas a la semana, en lugar de pasar en su compañía largas tardes y veladas infinitas. Naturalmente, no todas las negativas de Rebecca se debían a motivos académicos; y la muchacha estaba convencida de que alguno de sus amigos ya debía de haberse percatado de que era imposible que un genio informático fuera incapaz de sacar adelante sus estudios de secundaria con cierta agilidad. Simplemente, se había dado cuenta de que ver a Yugi menos a menudo la estaba ayudando a cumplir, lentamente, el objetivo que se había fijado tras su doloroso choque con la realidad de la fiesta de Halloween.

Lo que no había esperado en absoluto era que, a medida que el dolor se fuera mitigando, en lugar de aquella ansiada paz que había buscado al escapar de los salones climatizados de Kaibalandia bajo la lluvia torrencial de la Noche de Todos los Santos, lo que iba a encontrar sería una especie de nada sólida instalada dentro de ella.

Había días que le costaba levantarse de la cama, y días que le costaba quedarse dormida. Había días en los que no le apetecía otra cosa que salir a la calle, ver escaparates y recorrer los parques hasta que se hiciera de noche; y días en los que sólo quería cerrar la puerta de su apartamento con doble vuelta de llave y quedarse encerrada, entre aquellas protectoras paredes impersonales que la acogían de prestado durante un solo año, sin ver ni escuchar a nadie. Había días en los que no podía parar de comer, y se encontraba a sí misma pasando sus escasos minutos de asueto tumbada en el sofá, viendo alguna película mientras devoraba una bolsa de patatas fritas o una tableta de chocolate entera; y había días en los que tenía que obligarse a sí misma a terminarse el contenido del plato. Había días en los que le apetecía acicalarse todo lo que le permitían el uniforme escolar y el saber estar en un instituto, y días que lo único que le daba un aliciente para mantenerse físicamente cuidada y aseada era la necesidad de estar presentable para ir a clase, para que nadie se diera cuenta de aquella especie de agujero negro que había dentro de ella, y que se escondía detrás de los últimos resquicios del desamor. Había días en los que no deseaba otra cosa que coger el teléfono y llamar a alguien, quien quiera que fuese, para hablar con él o ella, y días en los que incluso se resistía a mantener conversaciones, aunque fueran puramente académicas, con sus compañeros de clase, porque tenía la impresión de que era tan sencillo darse cuenta de cómo se sentía en realidad como si aquel hueco ensangrentado que sentía donde había estado su corazón fuera físicamente visible. Aquello úlimo, de hecho, se estaba volviendo preocupantemente normal para ella; y podía llegar a pasar semanas enteras sin intercambiar con otro ser humano más que dos o tres monosílabos.

Naturalmente, Rebecca sabía, por el tipo de descripciones que oía a su alrededor al respecto de las rupturas amorosas y los procesos de duelo, que el estado en que se encontraba era temporal. Tarde o temprano, aquella especie de desarraigo espantoso también empezaría a difuminarse; y su corazón, que en realidad seguía allí, volvería a latir con normalidad. Así que ella continuaba volcándose en sus estudios y proyectos personales. Actualizaba su blog sobre informática todas las semanas; y estaba empezando a acariciar algunos viejos sueños ambiciosos, como la creación de un programa que permitiera aplicar la tecnología de la Corporación Kaiba a las investigaciones arqueológicas de su abuelo, una idea que cada día le parecía más corpórea y realizable, y que esperaba poder empezar a desarrollar efectivamente antes de regresar a América. Los resultados que obtenía eran más brillantes que nunca, y su abuelo había empezado a comentarle (medio en broma, medio en serio, e infinitamente orgulloso) que las universidades más prestigiosas del mundo ya estaban haciendo una cuenta atrás para el momento de empezar a hacer cola delante de su puerta.

Pero ella no terminaba de sentirse verdaderamente bien consigo misma. Porque, uno a uno, iba alcanzando todos sus objetivos, y aquel agujero dentro de su pecho se iba haciendo cada vez más cercano y visible. Y su sola presencia le resultaba, a pesar de todos los argumentos racionales que se repetía a sí misma para tranquilizarse, mortalmente aterradora.

De pronto, aquellos encuentros con sus amigos, que ella misma se había esforzado por reducir al mínimo, se acabaron convirtiendo, junto con las llamadas regulares de su abuelo, en la única manera de escapar del horizonte de sucesos de aquel agujero negro que empezaba a amenazar con tragársela. Y aquella necesidad sobrevenida de seguir viendo a Yugi, por poco que fuera, de seguir destrozando lo poco que quedaba de su corazón al verlo perderse en los ojos de Tea, se estaba convirtiendo en una auténtica tortura que, paradójicamente, parecía ser lo único que la mantenía en pie. Porque aquel dolor era lo único que podía seguir haciéndola sentirse viva el tiempo suficiente como para que su corazón pudiera empezar a curarse solo. Y no podía evitar sentirse infinitamente avergonzada, casi humillada, al darse cuenta de que estaba evitando hacer precisamente lo único que realmente era importante para ella en aquel momento, el único verdadero reto que tenía entre manos desde hacía mucho tiempo: dejar de estar enamorada de Yugi Mouto. Volver a ser verdaderamente libre

Para su sorpresa, la persona de la que realmente podía decir que la estaba ayudando a sobrellevar aquella etapa oscura no era Yugi, ante quien seguía viéndose obligada a fingir que su relación con él no había cambiado, ni ninguno de sus otros amigos, a quienes no quería arrastrar con sus turbios torrentes emocionales; sino Ryou Bakura. El joven albino solía acompañarla a casa después de las quedadas, y casi siempre se quedaba un rato con ella, conversando sobre cine y literatura fantástica, antes de volver a su piso. Incluso le había dado un par de ideas bastante originales para algunos de sus trabajos de literatura del instituto; y, en cierta ocasión, en que se le había estropeado la pequeña nevera durante la noche y había necesitado tirar casi toda su comida, fue el primero en invitarla a almorzar en su piso sin apenas pensárselo ("Para compensarte por lo de la otra noche", le dijo, con su habitual guiño travieso, mientras ella le daba las gracias casi con lágrimas), antes de que ninguno de los demás llegara siquiera a enterarse de su problema.

Pero el momento en que se dio cuenta de que había llegado a considerarlo realmente su amigo fue tan inusual como sólo podía serlo tratándose de una persona como él.

Fue una tarde, en la que se sentía especialmente demolida. Había pasado varios días estudiando y trabajando a su máximo rendimiento para cumplir con un plazo de entrega prácticamente inasumible; y se sentía tan agotada física y mentalmente que, cuando se encontró por la calle con Yugi y Tea, que iban cogidos de la mano y charlando intensamente, apenas tuvo fuerzas para pintarse una sonrisa. y estuvo a punto de echarse a llorar y salir corriendo.

—¡Hey, Rebecca! —la había llamado Tea, al verla acercarse casualmente— Esta tarde vamos a ir a tomar un café todos juntos ¡Vente con nosotros!

—¡Por supuesto! ¿Quedamos en el Café de la Plaza Central?

—¡Estupendo! —contestó Yugi— Estaremos allí a las cuatro.

—¡Nos vemos!

Y, mientras se alejaban de la misma manera que se habían acercado, ella tenía la impresión de que se llevaban uno de los fragmentos de su corazón roto, que ya no podría recuperar nunca más.

Aquella era la segunda vez que mentía a Yugi Mouto.

Le había dicho que sí.

Que aceptaba la invitación.

Que estaba encantada de quedar con ellos.

Pero, en realidad, era lo último que le apetecía hacer.

En realidad sólo quería encerrarse en su apartamento y no volver a salir en meses.

Ni siquiera cuando se encontró con una de sus vecinas en el descansillo y esta le lanzó una mirada socarrona y una sonrisa cargada de crueldad se sintió capaz de ponerse en guardia para devolver la socarrona puya que sabía que le iba a caer, a pesar de que hacía tiempo que no la pillaban por sorpresa: desde el día que Ryou había pasado la noche en su sofá, todas las tonterías que se les ocurrían iban en el mismo sentido; y, siguiendo los abundantes consejos de Tristán, Joey y el propio Bakura, había llegado incluso a tomárselas con humor. Pero no ese día, en el ni siquiera era del todo ella misma.

—¿Qué pasa, niña? ¿Has discutido con tu novio? Si te sirve de consuelo, era sólo cuestión de tiempo que tu chico malo de película se diera cuenta de que ni siquiera tienes tetas de verd...

No escuchó el resto de la frase. Cerró la puerta del apartamento de un sonoro portazo antes de darle la oportunidad de terminarla, haciendo caso omiso de sus sonoras exclamaciones de protesta. Los golpes en la puerta y los timbrazos continuaron aún un poco más, mientras ella se tomaba un plato de raviolis que le sabían a cenizas, hasta que el vecino de enfrente salió al rellano a decirle a la arpía ofuscada que, si continuaba molestándolo mientras estudiaba con su pataletas de celos, decidiría definitivamente que el momento y el lugar idóneos para ponerse tocar la batería iban a ser a media noche y justo debajo de la ventana de su dormitorio. Desde ese momento, ni Rebecca ni el hastiado chico de enfrente volvieron a tener noticias de ninguna de sus dos vecinas hasta el final del trimestre.

Pero el silencio que siguió al encontronazo, y que duró lo que a ella le parecieron varias horas, fue aún peor.

Casi daba la impresión de ser una garra invisible exprimiéndole los pulmones, y durante unos segundos llegó a tener la sensación de que se asfixiaba, aunque ni siquiera estaba segura de por qué.

Entonces sonó el teléfono por primera vez en varios días, y ella se olvidó de los raviolis para ir a coger la llamada como si llevase siglos esperando recibirla, sin ni siquiera preguntarse quién podría ser.

—¿Sí?

—¿Rebecca? —le respondió una voz masculina al otro lado de la línea— ¡Soy Ryou!

En el estado de embotamiento en que se encontraba, casi tardó unos instantes en acordarse de quién era.

—¡Ah...! ¿Qué ocurre, Bakura?

—¡Nada, nada! Sólo quería decirte que... ¿Va todo bien?

Había una nota de genuina preocupación en su voz, y la joven ya sabía que él nunca le contaría a nadie nada de lo que le dijera sobre sus sentimientos en relación a Yugi. Pero lo cierto era que ni siquiera ella misma estaba segura de qué era lo que le estaba pasando en realidad.

—Nada... he tenido un mal día, eso es todo. Cuéntame, por favor.

El joven, que ya estaba empezando a conocerla tan bien como el resto del grupo, podía percibir claramente en el tono desenfadado de sus palabras que no era del todo verdad. Pero, fiel a su naturaleza reservada, no le hizo ninguna observación al respecto.

—Sólo quería comentarte que, por fin, hemos hecho la segunda parte de la práctica sobre literatura gótica —le dijo—. He podido defender ante el resto de la clase mi adaptación de La historia de Willie el Vagaundo hace apenas una hora. Al final decidí titularla como tú me sugeriste: La historia de la Maga Oscura.

Aquella noticia distrajo a Rebecca de sus nebuloso malestar, y se puso inmediatemente en una tensión expectante.

—¿Y qué tal?

—¡El profesor se ha quedado alucinando! —contestó el muchacho, casi incrédulo, pero infinitamente entusiasmado— No sólo me ha puesto la nota máxima. Además, dice que debería plantearme seriamente la posibilidad de dedicarme a la investigación literaria como proyección académica... ¡que el trabajo que he hecho podría convertirse en la base de una tesis doctoral!

—¡Lo sabía! —exclamó ella, con unas repentinas ganas de sonreir que se le antojaron casi salidas de la nada— ¡Te lo dije! Te dije que el relato valía la pena.

—Supongo que esta tarde nos veremos, cuando nos juntemos con Yugi y los demás... pero quería darte la noticia a ti primero, en privado. Y darte las gracias.

—¿Por qué?

—Porque, aunque sabes la verdad sobre mi lado oscuro y... aunque ni siquiera somos realmente amigos, has creído en mí en un momento en que lo necesitaba; a pesar de que ni siquiera yo creía en mí mismo. Si tú no me hubieras animado a seguir adelante, probablemente me hubiera echado atrás en el último segundo.

Rebecca se sintió como si hubiera bebido un gran trago de chocolate caliente en un día especialmente frío y triste. De repente, podía respirar mejor y el mundo le pesaba mucho menos.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que se había hecho verdaderamente amiga de Ryou Bakura.

—Por mi parte, al menos, te equivocas, Ryou —le contestó ella—. Sí te considero amigo mío. Y me alegro sinceramente de haber podido ayudarte.

—Si estuvieras aquí ahora mismo, te daría un abrazo.

—Puedes dármelo esta tarde. Así, cuando Joey y Tristán se queden con el culo torcido, puedes aprovechar para darle la gran noticia al resto del grupo a modo de explicación ¿Te parece un buen plan?

El joven japonés se rió a mandíbula batiente al otro lado del teléfono.

Pasaron varios minutos más charlando, contándose cómo les había ido en clase últimamente, hasta que Bakura comentó que se estaba muriendo de hambre, y decidieron aparcar la conversación para más tarde. Cuando Rebecca colgó el teléfono y volvió a sentarse delante de su almuerzo, los benditos raviolis le sabían mucho mejor, y empezaba a sentirse impaciente por encontrarse con el resto de la pandilla dentro de unas horas.

Desde aquel día se aferró con todas sus fuerzas a aquellos encuentros semanales para mantener su mente lo más lejos posible de su corazón en ruinas. Y, cada vez que se hundía un poco al ver las miradas y sonrisas que Yugi y Tea se dirigían el uno al otro por encima de la tazas de café, retaba a Ryou o a Joey a un duelo, empezaba a charlar con Serenity sobre asuntos de la vida cotidiana en el instituto o le explicaba a Tristán algunos fundamentos sobre programación.

Y, al regresar a casa, se sentía como si hubiera dejado atrás uno de los jirones de su alma; y se reprendía a sí misma, diciéndose que todo aquello tenía que acabar de una vez, que no podía seguir atrapada entre el desamor y el miedo, que tenía que renunciar definitivamente a sus sentimientos y dejar que ocurriera lo que tenía que ocurrir. Y se volcaba en su trabajo con renovada determinación, mientras una parte de ella se preguntaba qué sería de su vida cuando aquella cada vez menos interminable montaña de asuntos académicos pendientes se hubiera erosionado por completo, y ya no le quedase más remedio que enfrentarse a la oscuridad que sentía crecer dentro de ella.

La sola perspectiva del volver a América una vez hubiera terminado el trimestre escolar, y poder sentarse otra vez junto a la chimenea de la gran casa en las inmediaciones del desierto de California; de tener a su abuelo al otro lado de la mesa, sonriéndole con ternura, y escuchándola atentamente mientras le contaba con todo detalle cuánto estaba aprendiendo y disfrutando de su experiencia como estudiante de intercambio, y de cumplir con la tradición de intercambiar los regalos a las doce en punto en Nochebuena, justo después de cenar, y la de subir la música a todo volumen y bailar hasta caer rendida para celebrar la llegada del año nuevo, y todas aquellas pequeñas cosas que hacían de sus vacaciones de Navidad pequeños cuadros entrañables que se almacenaban en forma de fotografías en los álbumes familiares y se inmortalizaban una y otra vez en las anécdotas que les contaban a sus amigos, le parecía infinitamente más atractiva de lo que le había parecido desde hacía años.

Arthur Hawkins era una persona metódica para su trabajo como arqueólogo, pero le gustaba dejarse llevar en su tiempo libre. No obstante, este año había conseguido entradas para ir con su nieta a Nueva York para ver juntos un musical de Broadway, aunque todavía no le había contado cuál ("Como todo buen regalo, tiene que ser una sorpresa", le había dicho por teléfono); y el vacío de Rebecca ya se estaba llenando con ensueños sobre abetos gigantes revestidos de luz en medio de una plaza gigantesca, coros navideños y pistas de patinaje sobre hielo, y a veces se ponía a cantar entre dientes sus canciones favoritas de Los miserables, Nuestra Señora de París o Una rubia muy legal, casi inconscientemente, cuando tenía la impresión de que su apartamento estaba demasiado silencioso. Pero lo que más estimulaba el entusiasmo de la joven era la ilusión con que su abuelo hablaba de todo aquello, de su deseo de compartir aquellos momentos con ella. Era como si aquella alegría pura y sencilla fuera extraordinariamente contagiosa, y le resultaba imposible no sentirse arrastrada por ella.

Además de que ambos eran conscientes de que, en cuanto Rebecca empezara a estudiar en la Universidad, se verían mucho menos; y que aquella larga separación de un año era sólo el preludio de otra aún más larga. Que, a su vez, sería el preludio de la separación definitiva: aunque el anciano investigador tenía una salud de hierro, y se mantenía mucho más vigoroso que Solomon Mouto, era evidente que estaba empezando a estar cada día más viejo y cansado; y Rebecca sabía que debían aprovechar cuanto pudieran aquellos últimos años de energía juvenil y afán aventurero, antes de que ella tomara el rumbo de su propia vida y la de él empezara a apagarse.

Por lo tanto, aquellas Navidades no serían sólo una fiesta familiar tradicional, sino una auténtica celebración de la vida; del hecho de que todo seguía su curso, y de que ellos estaban allí para verlo y disfrutarlo. Carpe diem.

Y ella estaba convencida de que, cuando regresara a Japón para su segundo trimestre, aquella felicidad de Yugi de la que ella estaba excluida ya no le dolería tanto; y el horror acechante que rondaba los confines de su mente le parecería menos terrible.

No obstante, todavía había algo que tenía que hacer antes de subirse al avión: una cena de Navidad con sus amigos.

No necesitaba que fuera una cena de fantasía, en la que todos estuvieran vestidos de gala a los pies de un inmenso árbol de Navidad, a la luz de las velas y entorno a un asado artesanal y una montaña de dulces navideños. Pero le parecía importante celebrar con ellos aquellas fiestas antes de marcharse, porque ellos también eran, de alguna manera, parte de su familia.

Al menos eso era lo que les dijo a ellos cuando se lo sugirió, y lo que se decía a sí misma para no sentir remordimientos por aferrarse a esa ilusión.

Y era cierto.

Lo que no se atrevió a decirles, ni a decirse, fue que necesitaba estar con ellos; y que lo necesitaba tanto como empezaba a necesitar volver a casa por Navidad. Verlos. Oír sus voces. Escuchar sus comentarios. Charlar con ellos, reírse con ellos, compartir con ellos sus planes para las vacaciones y oír los suyos, tal vez incluso comentar anécdotas de alguna Navidad pasada, o celebrar un último pequeño torneo amistoso antes de partir al otro lado del océano.

Sí, sabía que Yugi y Tea, y Joey y Mai, y Tristan y Serentity, pasarían la velada destilando amor, y que ella y Bakura serían los únicos que intercambiarían miradas divertidas y les lanzarían pequeñas puyas de vez en cuando a las parejas de tórtolos acaramelados. Y también sabía que aquello le iba a doler.

Pero la alternativa, quedarse a solas en su apartamento vacío a merced de su propio Infierno, era infinitamente peor.

Para su desgracia, el semestre de sus amigos no se interrumpía al mismo tiempo que su trimestre escolar; y los vuelos entre Estados Unidos y Japón se estaban agotando rápidamente. Aún así, fijó la fecha del viaje lo más tarde que pudo. Y esperó hasta el último segundo que alguno de sus amigos pudiera sumarse a su propuesta.

Y, para mayor desdicha, los planetas parecían estar alineándose en su contra de nuevo.

Los hermanos Wheeler tenían entradas para un concierto que a Serenity le hacía especial ilusión. Tristán tenía que estudiar más que nunca, para compaginar la carrera con el trabajo a tiempo parcial. Mai había ido a visitar a sus padres. Tea estaba trabajando ya en los ensayos generales para el espectáculo de Fin de Año. Los Mouto no daban a basto con su negocio familiar, y Yugi se había ofrecido a encargarse de la tienda durante varias tardes, para que su abuelo pudiera descansar un poco. Y Ryou había ido con su padre a Kyoto para ver una célebre exposición de sobre el Japón medieval.

Todos ellos tenían sus propios planes, su propia manera de celebrar la vida.

Y ella no estaba incluida en ninguna de ellas.

Así que, el día anterior a su partida, se encontró completamente sola en su apartamento silencioso, tras varios días sin haber intercambiado una sola palabra con otro ser viviente, cantando a pleno pulmón el soliloquio de Jean Valjean[1] para mantener lejos a los fantasmas, mientras hacía su maleta y se repetía que, en cuanto estuviera de vuelta en casa, todo empezaría a ir mejor.

No estaba enfadada con sus amigos, naturalmente.

No podía, ni debía, tomarse su ausencia como algo personal.

Sabía que no lo era.

Que ellos no tenían la menor culpa de tener una vida propia, problemas y preocupaciones propios, amores y planes propios, esperanzas e ilusiones propias.

Era ella la que estaba en un país que no era el suyo, lejos de su familia, en el que llevaba años soñando con instalarse guiada sólo por un sueño infantil que había resultado no ser más que una quimera; la que había venido a inmiscuirse en sus vidas sin pedir perdón ni permiso.

Era ella la que, simplemente, se había despertado bruscamente de su sueño para ir a estrellarse sin remedio contra la cruda realidad. Como Fantine. Excepto que, en su caso, el idealizado amante jamás lo había sido, porque era demasiado puro de corazón como para fingir quererla; y el ladrón redimido que se había ofrecido galantemente a rescatarla de la miseria no estaba allí para impedir que la voz siniestra de su Javert interior la arrastrara sin piedad a una celda oscura, de la que no estaba del todo segura que pudiera salir algún día.

Pero su mente prodigiosa, pese a su disposición civilizadamente ordenada, también era hiperactiva y rebelde; y su carácter ígneo parecía negarse con todas sus fuerzas a someterse a los argumentos apaciguadores que ella le ofrecía. Aquella noche, el sueño cayó sobre ella como una bestia famélica en cuanto cerró los ojos; y los demonios que su raciocinio obstinado ya no podía mantener a raya le recorrieron el cerebro de cabo a rabo mientras dormía.

De pronto estaba sentada a una gran mesa cubierta con un radiante mantel blanco, a la luz de los candelabros, con su mejor vestido, delante de un suculento banquete y rodeada de sillas vacías, esperando a sus amigos. Pero las horas pasaban, y no venía nadie. Ni respondían al teléfono. Ni le mandaban ningún mensaje.

A media noche, decidía salir a la calle a buscarlos. Hacía mucho frío, y la nieve se amontonaba en su abrigo polar y su cabellera dorada. Las calles y plazas estaban desiertas, y ella podía darse cuenta de que, si le pasaba algo malo en aquel desierto de hormigón y cristal, nadie acudiría en su auxilio por mucho y por muy alto que lo pidiera. Pero hasta las sombras oscuras que se amontonaban en los callejones estrechos parecían ignorarla.

Finalmente, sus pasos errabundos la llevaban hasta la Plaza Central.

Era como si aquella oscuridad fría hubiera desembocado en un oasis de luz y calor. Tres grandes árboles de Navidad se alzaban en medio de la gran plaza, radiantes, llenando el espacio con sus cientos de pequeñas luces doradas; y, a sus pies, decenas de personas se llamaban unas a otras, se abrazaban, se saludaban, se sonreían y besaban, y se reunían en pequeños corrillos para conversar.

Allí, en un banco a los pies del árbol más grande, Tea y Yugi comían un gran trozo de pastel de un mismo plato. Un poco más allá, Joey se batía en duelo con Tristán, y Mai aprovechaba la ocasión para explicarle a Serenity las normas más complicadas del juego. Mokuba y Seto se perseguían el uno al otro, jugando a arrojarse bolas de nieve, disfrutando a fondo de su batalla sin que pareciera preocuparles lo más mínimo que la plaza estuviera llena de gente que se quedaba mirándolos con la boca abierta. Ryou y su padre (un señor alto de pelo canoso, al que ella sólo conocía de haberlo visto en las fotografías que había en casa de Bakura) paseaban tranquilamente, y el hombre sonreía con orgullo mientras el joven albino le contaba alegremente que había decidido volver a escribir.

Pasaron a su lado sin notar su presencia, como si fuera invisible.

Y ella tenía la impresión de tener lengua pegada al paladar, y se sentía obligada a permanecer en silencio, contemplando la felicidad que la rodeaba. Buscando con la vista unos ojos que se cruzaran con los suyos. Alguien a quien poder, al menos, saludar sin sentirse como una intrusa en una fiesta a la que nadie la había invitado.

Entonces, algo blando y frío le dio de lleno en la frente: una de las bolas de nieve de Mokuba, que había errado el blanco.

No le dolió, pero no pudo evitar que se le escapara una exclamación de sorpresa.

De repente, toda la plaza se quedó en silencio; y todas las miradas convergieron en ella.

Miradas repentinamente severas, tan frías como la nieve que la había golpeado.

Entonces, las luces se apagaron.

Y, cuando sus ojos se acostumbraron a la aterciopelada y gélida negrura, la plaza estaba vacía.

Sólo ella seguía allí, como una estatua en medio de aquel erial de copos de nieve y piedra helada.

Completamente sola.

La despertaron sus propios gritos de desesperación y angustia.

Pero recordar de repente que estaba en su cama, en su piso vacío y silencioso, y que dentro de unas horas tendría que coger su vuelo hacia los Estados Unidos, no la tranquilizó. Al contrario: la opresivas tinieblas que llevaban ya más de un mes creciendo dentro de ella se impusieron en todo su aterrador poder, la azotaron sin misericordia, y se le atascaron en la garganta como una piedra al rojo vivo que se hubiera tragado por accidente. Poco a poco, se fueron extendiendo por sus brazos y piernas, convirtiéndole la sangre en hielo quemante, y por su cabeza, haciendo que los oídos se le cerraran y le palpitaran dolorosamente. Probablemente, de no estar tumbada, se hubiera desplomado como una muñeca de trapo. Durante unos amargos segundos, llegó a creer que su cuerpo se colapsaría, que se le rompería en pedazos, y que el alma le estaba siendo arrancada de la carne a tirones.

Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, tenía el teléfono en la mano y estaba marcando un número.

No era el de su abuelo.

Y, por extraño que a ella misma le pareciera, tampoco era el de Yugi.

Fue la voz de Bakura, somnolienta, la que le contestó desde el otro lado de la línea.

—¿Sí? ¿Quién es?

—So...soy... Re-Rebeca. Rebecca Hawkins.

—¿Rebecca? —ahora, la voz del muchacho sonaba algo más firme y despierta, y tenía cierto fondo de exasperación— ¡Son las tres de la mañana!

La joven no estaba segura de cómo había empezado a llorar, pero notaba las mejillas empapadas contra la superficie del teléfono.

Era más que evidente que acababa de sacarlo de la cama. A un chico que todavía tenía problemas para dormir bien. Y ni siquiera estaba segura de para qué.

—Lo... lo siento mucho. No pasa nada... buenas noches, Ryou.

—¡Espera! —le dijo él, con un tono apremiante —¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien?

—Sí... bueno, no... no es nada —contestó ella, balbuceante. Había sido una estupidez llamarlo. Ella era un genio, se suponía que tenía que saber resolver sus problemas por sí misma—. Simplemente... necesitaba hablar con alguien.

—¿De qué, exactamente?

—De cualquier cosa.

El silencio se hizo tan pesado que llegó a temer que le hubiera colgado el teléfono sin más al oír semejante sarta de incoherencias.

Hasta que, un minuto más tarde, totalmente despierto y con su habitual tono cortés y desenvuelto, el joven empezó a hablarle de su estancia en Kyoto, de la que regresaría a la mañana siguiente, del gran castillo de la ciudad y de las fascinantes piezas de arte y armamento medieval que habían visto él y su padre. Y ella, simplemente, se limitó a escuchar, o a hacer algún pequeño comentario al respecto de lo que le estaba contando, hasta que él le preguntó:

—¿A qué hora coges tu vuelo, Rebecca?

—A las dos de la tarde. Es la única hora que quedaba cuando lo compré.

—Entonces, si ya te encuentras mejor, deberías intentar dormir un poco. Mañana vas a tener un día muy largo.

—No creo que pueda...

—¿Por qué?

Bueno, tampoco perdía nada por contarle la verdad, aunque fuera sólo en parte. Después de todo, él sabía mejor que nadie lo aterradores que pueden ser los fantasmas que uno lleva dentro de sí mismo.

—He tenido una pesadilla horrible. Y, si vuelvo a dormirme, seguramente tendré más.

El muchacho guardó silencio unos instantes. Luego preguntó, con dulzura:

—¿Me... me la puedes contar?

—No.

—¿Por qué? ¿Es que yo estaba en ella?

—Sí. Pero no estabas sólo tú —se apresuró a añadir—. Estábamos todos.

—Y, aún así... no me la puedes contar.

—No quiero inmiscuirte en mis problemas hasta ese punto, Bakura.

Otro silencio. Esta vez, más largo.

—Escucha, Rebecca... necesitas dormir. Tu miedo está sólo en tu cabeza, y no puede hacerte daño si no se lo permites. Desde el momento en que empezamos a temer a nuestro propio miedo, estamos atrapados dentro de nosotros mismos. No te tomes lo que te acaba de ocurrir lo suficientemente en serio como para que te impida seguir viviendo, o caerás en una espiral de ansiedad de la que te costará cada vez más salir. Sabes que sé de lo que hablo ¿verdad?

—Sí.

—Entonces, vuelve a la cama. Y... si vuelves a sentirte mal, no dudes de llamarme.

—Gracias... gracias —no se le ocurría nada más que decir. Apenas tenia fuerzas para mantenerse despierta, y estaba empezando a sentirse casi enferma por el cansancio y la tristeza—. Buenas noches.

—Buenas noches. Y cuídate.

Estaba tan rota que ni siquiera supo claramente quién había colgado el teléfono. Y, obedeciendo el consejo de Bakura, volvió a meterse en la cama. Apenas hubo caído entre las sábanas, su cuerpo agotado se sumió en un sueño que casi parecía una inconsciencia.

Esta vez, por suerte, pudo dormir medianamente bien.

Y cuando se levantó, a la mañana siguiente, la conversación que había mantenido con el joven japonés casi se le antojaba un sueño.

Por suerte, tenía un vuelo que coger.

Desayunó, se duchó y repasó por última vez su maleta.

Mientras desayunaba, intentó asomarse a la calle por la ventana de su apartamento.

Hacía un tiempo verdaderamente horrible.

El cielo encapotado tenía un color gris blanquecino, y las calles parecían más insípidas y crepusculares que nunca. Debía de hacer especialmente frío, porque apenas había gente en las aceras; y todos los transeúntes a los que podía ver desde allí iba cubiertos por grandes y gruesos abrigos, bufandas, gorros y guantes, y algunos de ellos llevaban paraguas. A los ojos de Rebecca, era uno de esos días grises, sin la menor nota de color, en los que hasta el aire parecía haber dejado de ser transparente; y eso no la estaba ayudando en absoluto a mejorar su humor.

Sólo abandonó el piso cuando vio llegar por la ventana el taxi que había pedido para que la llevara al aeropuerto.

—Ufff... menudo día ¿no? —le dijo el conductor con una gran sonrisa, mientras la ayudaba a subir al maletero su pesado equipaje, en un intento más que obvio de romper el silencio de acero en que ella se había envuelto— Dices que vamos al aeropuerto ¿Vuelves a casa por Navidad, muchacha?

—Sí.

—¡Estupendo, entonces! ¿En que zona vives, si no es mucho preguntar?

—Soy de los Estados Unidos.

El rostro bonachón del hombre se ensombreció un poco.

—Pues no quiero asustarte, niña... pero es bastante probable que vayas a tener que esperar un buen rato para ir a América, si de verdad necesitas salir hoy.

Aquellas palabras sacaron a Rebecca de su gélida apatía de un doloroso empujón.

—¿Por qué? —preguntó, preocupada— ¿Ha... pasado algo?

No había visto la televisión ni leído la prensa esa mañana, así que, si había ocurrido alguna desgracia que hubiera provocado el cierre de algún aeropuerto en los Estados Unidos, ni siquiera se había enterado. Pero él rió consoladoramente y negó con la cabeza.

—No, no te preocupes por eso —le contestó—. No ha pasado nada. Pero he estado escuchando la radio, y dicen que se están cancelando muchos vuelos por el mal tiempo.

Aquella noticia la hizo sentirse como si el suelo se abriera bajo ella.

Pero tranquila, se dijo.

En realidad no estás segura.

No tiene por qué pasarte a ti.

Sin embargo, todavía le quedaban algunos ecos del violento acceso de pánico que había sufrido la noche anterior; y la necesidad de asegurarse de que todos sus planes se llevarían a cabo, aunque sólo fuera para acabar con la malsana incertidumbre, se impuso por encima de todos sus argumentos.

—Entonces, lléveme lo más rápido que pueda, por favor —le dijo—. Por si las moscas.

—Todo lo rápido que el tráfico me permita, joven.

Todavía no era la hora punta, por lo que las carreteras estaban prácticamente vacías; y el trayecto duró menos de quince minutos. Pero para ella fue la carrera más larga de toda su vida. Más incluso que aquella de hacía un par de años, cuando se le había roto un brazo al caerse del caballo y cada segundo que tuvo que esperar desde que llamó a la ambulancia hasta que llegó al hospital y empezaron a tratarla fue una agonía. Cuando el coche se detuvo en la parada, le puso el precio del viaje en la mano al conductor, además de una pequeña propina, y le agradeció la premura con una rápida inclinación antes de salir corriendo hacia el interior del edificio, arrastrando su maleta.

El aeropuerto estaba mucho más lleno que de costumbre, y casi le costaba desplazarse. Varios jóvenes con pinta de estudiantes universitarios se hacían fotos junto a sus enormes maletas justo a la entrada. Decenas de madres o padres perseguían como podían a sus impetuosos niños pequeños por los anchos pasillos, y toda superficie en la que era posible sentarse estaba ocupada por personas que se habían quedado dormidas, o que comían, leían o chateaban a través de sus teléfonos móviles u ordenadores portátiles, deteniéndose sólo para lanzar una mirada ansiosa o impaciente hacia el panel luminoso que les indicaba la hora de salida o de llegada de un vuelo. El aire estaba lleno de risas y voces en diferentes idiomas, pero también de conversaciones preocupadas: muchos de los aviones que aparecían en el panel venían con bastante retraso, y de vez en cuando se oía una voz por megafonía que anunciaba que tal o cual vuelo había sido cancelado por culpa de las malas condiciones atmosféricas.

Apenas se había alejado dos metros de la puerta de entrada cuando oyó a su espalda varias exclamaciones; y se dio la vuelta, intrigada.

Había empezado a nevar.

Acostumbrada a vivir en una zona desértica, no solía ver nieve a menudo; pero le encantaba. Un paisaje nevado, fuera urbano o campestre, siempre se le antojaba una belleza extraña y misteriosa, y le hacía pensar en algunos cuentos de hadas, en los que se describían altas y elegantes construcciones de piedra que se elevaban hacia las alturas de color perlado, rodeadas por densos bosques y revestidas de un resplandeciente encaje de hielo.

Como todavía le faltaba un buen rato para embarcar, decidió ponerse a la cola para facturar su equipaje de inmediato, para poder sentarse cerca de una ventana mientras esperaba y contemplar el paisaje.

Naturalmente, las colas eran casi dos veces más largas de lo normal; y no podía evitar sentir que el estómago se le retorcía cada vez que una persona se retiraba con su equipaje, furiosa o cabizbaja, al oir por megafonía que su vuelo saldría con retraso, o que el avión no iba a despegar.

Y no era para menos. Porque, desde allí, podía ver a través de los grandes ventanales cómo el viento empezaba a levantarse, hasta que los bellos copos blancos se transformaron en diminutas cuchillas translúcidas y los árboles empezaron a sacudirse con una violencia casi aterradora. Las gentes que llegaban desde el exterior entraban temblando, empapadas del piel a cabeza y cubiertas de nieve, algunas de ellas incluso aliviadas de poder ponerse a cubierto.

En menos de media hora, la idílica nevada se había transformado en una peligrosa ventisca.

Así que, cuando se acercó al mostrador para facturar su equipaje y le dijeron que su avión no podía despegar, ni siquiera le sorprendió.

Pero, cuando le dijeron que no había ni un solo asiento libre en ningún avión para las próximas dos semanas, que incluso tenían una lista de espera, y que el siguiente vuelo con destino a su ciudad que iba a poder tomar tendría que esperar al mes de enero, el peso de todas sus ilusiones, de todas las esperanzas que había depositado en aquel regreso a casa por Navidad, de todos aquellos grandes planes, cayó a plomo sobre ella y la aplastó sin la menor piedad.

Naturalmente, lo primero que hizo fue llamar a su abuelo para darle la pésima nueva. Pero este no entendió el por qué de su profunda desolación: iré yo a verte, le decía. Hace mucho que no voy a Japón. Pasaremos unas Navidades perfectas. Pero eso no podía hacerla sentir mejor; porque, aunque sabía que él jamás prometía nada con lo que no pudiera cumplir, aquella última gran decepción la hacía tener la dolorosa impresión de que cualquier cosa que él pudiera prometerle sería sólo un intento de consolación de circunstancias. Aunque, claro, a él no podía decirle eso. No podía confesarle a la persona que más se preocupaba por ella que no quería marcharse del aeropuerto, aunque no pudiera hacer nada allí a parte de intentar poner quejas y sentarse junto al ventanal para contemplar el azote feroz de la ventisca. Y, menos todavía, explicarle que era porque regresar a aquel apartamento vacío, arrastrando las maletas y la resignación de vuelta al silencio devorador, e intentar hacerse a la idea de que aquello era todo lo que quedaba de las ilusiones que se había visto obligada a construir en el vacío para soportar la resaca del desamor le iba a costar todas sus fuerzas.

Al fin, incapaz de soportarlo un segundo más, se derrumbó definitivamente y rompió a llorar amargamente, en silencio, sentada junto a su maleta, en un rincón cerca del ventanal. Ni siquiera podía sentir vergüenza de estar exponiendo su miseria ante el gentío cada vez mayor que entraba y salía del aeropuerto, y que pasaban junto a ella casi sin darse cuenta de su presencia, ni prestarle la menor atención. Era una de las ventajas de estar perdida en un mar de ajetreados desconocidos.

Por eso, cuando creyó reconocer la voz de Tea imponiéndose por encima de las demás, y llamándola por su nombre, al principio creyó que haber pasado tantos días sin escuchar una voz humana dirigirse a ella en persona le estaba jugando una mala pasada.


Notas al pie

[1] Para quienes no estén familiarizados o no sean fans de los musicales: este capítulo gira entorno al musical de Los Miserables. El "soliloquio de Jean Valjean" al que hago referencia es la canción titulada Soliloquio, en la que el protagonista de la historia decide dejar atrás su pasado y comenzar una vida nueva.

La canción a la que hace referencia el título del capítulo es el monólogo de Fantine, también de Los Miserables.


Notas finales

¿Qué hará nuestra campeona americana ahora que parece que todos su sueños se están cayendo a pedazos? Justo cuando Rebecca está pasando uno de los peores momentos de su vida, cree escuchar entre el gentío la voz de Tea ¿Será realmente ella?

Quien quiera saber si hay una luz al final del túnel, que pase la página y lea... si se atreve.