Bueno, héme aquí de vuelta tras un periodo extraño. Por suerte o por desgracia, estar enferma me ha permitido dedicarme a esta historia en mayor medida, así que de ahí que haya conseguido armar el capítulo que pretendía en pocos días, al final (lo que más me cuesta de todo es entrar en materia, lo confieso). Muchas gracias por todos los ánimos y comentarios, me hacen tan irremediablemente feliz... que no molesto más y dejo aquí ya el capítulo.
Los personajes históricos que aparecen en esta historia han sido mencionados siempre desde el respeto.
Disclaimer: Hetalia Axis Powers y sus personajes son propiedad de Hidekaz Himaruya.
Künstlerleben: Es war so wunderschön
Capítulo Séptimo
La vivienda de los Edelstein en Viena no era algo que pudiera ser simplemente descrito con la triste palabra casa. Cuando pensamos en una casa, imaginamos acaso una bonita y espaciosa construcción con jardín y bonitos tejados en los que vive una suficientemente pudiente familia, con niños, niñas y algún que otro perro que siembran alegría. Tal vez, acude a nuestra mente la estampa de un edificio de ciudad de varios pisos; desde el más socorrido, en el que se apiñan los trabajadores en pequeños cuartuchos donde se cuela el frío y el hambre, hasta los más elegantes donde hacen su vida funcionarios de altos cargos, usureros de renombre, vividores afrancesados y quizás más de un judío. Ninguna de esas visiones que se hayan de formar en nuestra mente sería suficiente para describir la impresión que el hogar de los Edelstein dejó sobre el buen suizo que hasta allí se llegó por vez primera.
Era una mansión, un castillo, un palacio. Palabras cada vez más grandilocuentes se agolpaban sin cesar en su mente, sintiendo Vash que su cabeza quedaba pequeña para lograr retener todo lo que suponían. Cruzaron una verja que daba la bienvenida al hogar de la familia, e incluso tuvieron que recorrer unos pocos minutos de camino hasta llegar a la puerta principal de la construcción en sí misma. El jardín era, sin necesidad de perdernos en divagaciones, bonito. Las flores de colores que alborozadas acompañaban a los visitantes en el camino a la puerta parecían reír sin malicia al sonido de los pasos que el rubio perpetraba en dirección a la entrada. Una pequeña fuente circular se hallaba ubicada frente a la misma, con el fin de que los carruajes pudieran de este modo dar la vuelta más fácilmente de camino a la salida. Las escaleras eran de piedra blanquecina, ornadas sus barandillas al final de las mismas con dos esculturas de mármol ubicadas sobre un cartel en el que en maravillosa grafía se podía leer una dedicatoria a Mia Edelstein firmada allá por 1839. Blancas columnas adornaban los balcones y paseos exteriores del primer piso del palacete, otorgando al conjunto cierto aire renacentista difícil de definir. El interior resultó ser amplio y luminoso, agradable a los sentidos: suelos de mármol, grandes y recargadas lámparas cubiertas de adornos de oro y cristal, espejos más altos que el techo de su cuartito en Bäckerstrasse, telas de terciopelo que cubrían ventanales. Desde los pisos más altos podía divisarse el jardín trasero, un lugar acondicionado para fiestas donde la hierba, el agua y la piedra convivían en perfecta armonía con los ornamentos adicionales que la familia designaba. La sorpresa se hizo con el joven suizo cuando percibió que apenas era capaz de divisar la casa vecina. ¿No estaban acaso en el centro de Viena? ¿De dónde habían sacado tanto espacio? Porque, evidentemente, no sólo el palacete de los Edelstein se ubicaba en el barrio: varios hombres y mujeres, aristócratas en su mayoría vieneses poseían también enormes mansiones en terrenos no poco amplios. Se encontró preguntándose a sí mismo si sería ésa la misma Viena que él conocía.
La habitación que le cedieron era espaciosa y acogedora. Las paredes estaban cubiertas de papel pintado con elegantes dibujos, y se alzaban hasta el alto techo en un conjunto de colores claros que la volvían luminosa. Tenía una cama, ¡una cama!, cubierta con mantas acolchadas y plagada de esponjosos almohadones en la cabecera, junto a la cual había una mesita de madera para lo que pudiere necesitar. También había en la estancia un escritorio de madera lacrada con cualquier útil que pudiera necesitar, una especie de tocador con un espejo, una jarra de agua, un paño y un gran recipiente cuyo fin no sería sino que se pudiese asear mínimamente cuando lo deseara, y un armario inmenso al que, decididamente, no le daría el uso ajetreado para el que parecía haber sido concebido. Ya de día, miró todo su bagaje y comprendió que cabía completamente en el apartado para zapatos del tal armario, quedando momentáneamente traspuesto. No sabía que una vida así era posible.
—¿Se siente usted a gusto? ¿Necesita algo? –preguntó entonces la voz de la sirvienta que le había acompañado hasta el lugar la víspera, retirando el desayuno que extraordinariamente había sido servido en su habitación. Negó con la cabeza ante su incapacidad para pronunciar nada, dejando escapar solamente un leve balbuceo–. De acuerdo. Si en cualquier momento se ve usted necesitado de ayuda o cualquier menester no dude en llamarme, estaré a su servicio. Si yo, Eirene, no puedo atenderle en ese instante, podrá también reclamar la atención de Franziska o Marfa, o incluso la de Leon o Andreas si prefiere ser atendido por la correspondiente parte masculina del servicio.
Eirene Kögler era una mujer de unos cincuenta años que llevaba sirviendo en casa de los Edelstein desde los catorce. Era afable y buena, siempre atenta a las necesidades principales de quien ella seguía llamando el señorito con perfecta y eficiente disposición. Llevaba el cabello castaño recogido en un discreto moño rodeado con una trenza y maquinalmente situado en la parte baja de su cabeza, lo cual no le impedía mantener la espalda inusitadamente recta. Lo más llamativo de su persona en primera instancia eran, sin embargo, sus ojos, de un color azul profundo con los que consiguió enamorar a más de uno tiempo atrás. Diligente, había quedado al cargo por orden del señor Edelstein de hacer la estancia de Vash Zwingli lo más cómoda posible. Le explicó brevemente los horarios que se seguían en la casa, sin querer por ello coaccionarle a cumplir ninguno estrictamente. También le indicó más por encima que exhaustivamente dónde se encontraban los lugares más concurridos y, por ende, a los que más veces tendría que dirigirse desde su habitación. Agradecido finalmente por tanta explicación y convencido de que en cuanto la mujer desapareciese de su vista iba a olvidar todo lo que le había sido dicho, Vash la despidió.
—El señorito ha dicho que, en cuanto disponga usted de ánimo y acaso algo de tiempo libre, gustaría de que bajase hasta la sala de música para departir –anunció antes de excusarse y marchar definitivamente.
El suizo suspiró. ¿No se habría ido a meter en camisa de once varas? ¿No habría sido acaso la compasión y empatía para con la señora Edelstein lo que le había acercado hasta allá, sin ser consciente de su propia voluntad? ¿O acaso el cansancio producido por el acoso y derribo generado por las primas de la señora? Recordaba que había aceptado frente a Roderich Edelstein su propuesta, a fin de poder dejar de lado el bádminton aunque fuera momentáneamente.
—Señor Edelstein —había dicho haciendo al austrida levantar ociosamente la mirada de su lectura. Con el libro el aludido se tapó la parte inferior del rostro, probablemente para ocultar una risa–, ¡señor Edelstein! ¡Haga algo!
—¿Yo? ¿Qué habría de hacer? Son niñas, señor Zwingli, puede dialogar con ellas. No le morderán.
—¡No, no puedo! –se enojó– ¡No entiendo nada de húngaro! Y ellas, o no entienden alemán o no me hacen caso alguno...
—Será que la pericia que ha demostrado usted blandiendo la raqueta no es fácil de desperdiciar. Veo que se lleva usted los corazones doquiera que va.
En ese instante las muchachas más pequeñas se abalanzaron sobre él, logrando tirarle al suelo. Todas, menos la tímida Katarina, se subieron sobre su espalda o le agarraron de las piernas, queriendo jugar con el invitado al que tan rápido habían cogido estima en un arranque de confianza infantil. Al principio, sentir cómo las niñas confiaban en él y se divertían había sido agradable, dulce, balsámico para el alma. Ahora, más de hora y media después, habían creado vínculos suficientemente fuertes como para que las húngaras no quisieran dejarle marchar, y como para que el buen Vash Zwingli rogase que le dejaran en paz.
—Señor Edelstein –insistió mirándole directamente a los ojos desde el suelo y en un tono peligrosamente calmo, recibiendo como respuesta una disimuladamente divertida mirada de atención del aludido–, si no me saca de este embrollo no pienso ir con usted nunca jamás a ningún otro lugar.
—No diga mentiras, por lo menos habríamos de regresar hasta la casa, donde usted tiene sus enseres personales –contestó en tono casual, haciendo reír a la única niña que dominaba el alemán.
—Señor-Edelstein: –pronunció el suizo lentamente y separando mucho las dos palabras, encendiéndose la llama de la exasperación en sus ojos– tenía intención de anunciarle la resolución que había tomado respecto a su propuesta, pero me temo que si he de continuar con la empresa que tengo entre manos nuestra conversación tendrá que esperar... –añadió con fingida indiferencia– Aunque ello pueda afectar activamente a la decisión a la que había optado.
Como si no le importara el asunto, giró decidido a continuar su juego con las niñas. Roderich Edelstein observó la estampa ligeramente sorprendido, mientras en su rostro se formaba una sonrisa clara.
—...Bien jugado –asumió más para sí mismo que para el helvético, lo que no supuso que la frase no alcanzase los oídos de éste.
Colocó un elegante marca páginas en las últimas hojas de su novela y la depositó en el suelo a su lado, al tiempo que dirigía varias palabras a las niñas en un tono amable e intrigante que las hizo salir corriendo a todas menos a Katarina, quien quedó tranquila y calma sentada en la hierba junto a la pierna de Vash sin hacer ningún ruido. Éste decidió dejar que se quedara a su lado, probablemente debido a aquel encanto especial que desprendía la muchacha y que le hacía acordarse de su hermana. Se sentó en el suelo un poco más correctamente, quedando de este modo frente a su anfitrión.
—Por favor, le escucho –concedió el austriaco.
—He decidido darle una oportunidad a su propuesta: viajaré con usted a su hogar en Viena si es eso lo que cree pertinente, y me atendré a las condiciones que haya de imponer siempre que no sean descabelladas en demasía. Voy a confiar en usted.
Aquellas palabras llenaron de alivio y alborozo el corazón de Roderich Edelstein. Abrió más los ojos como tratando de asimilar el concepto que las frases del señor Zwingli llevaban consigo, que no era otro que el haber logrado su principal meta con respecto a ese chico: su permanencia junto a él, y su disposición a aceptar ciertas directrices que él mismo decidiera en lo que a la música respectaba. Quedó mirándole apenas sin parpadear; ¿acaso había pensado que no aceptaría? Ciertamente había querido confiar en que sus intenciones arribarían a buen puerto y se mostró confiado ante el suizo en todo momento, mas el verdadero sentir de que ya no tenía nada que temer generó en su pecho tal sensación de alivio que el mismo austriaco se sorprendió de la tensión que había parecido cargar.
—¿Señor Edelstein?
—No sabe lo feliz que me hace esa decisión. Estoy seguro de que nos convertiremos en grandes compañeros, señor Zwingli –añadió tendiéndole la malo. Vash la estrechó cerrando el trato, ante los ojos contentos de Katarina.
Volvió a la realidad, siendo de nuevo consciente del lugar donde se hallaba. Tomó aire, satisfecho de haber llegado a una resolución: si en un principio había decidido atenerse a las condiciones del señor Edelstein, no había motivo para ignorar su primera petición deliberadamente. Echó un último vistazo a su habitación y, armado con su violín, se dirigió hacia el lugar en el que había sido citado.
La sala de música era un enorme salón de baile, más grande que el de la casa de verano de los Héderváry. Sin embargo, en este caso el espacio reservado a la orquesta ocupaba casi un lugar privilegiado y de honor por encima del suelo, hasta llegar a parecer un escenario. Fue rápidamente consciente el suizo de que, en esa casa, era el salón de baile lo que hacía compañía a la orquesta, y no la orquesta la que era traída como complemento para poder organizar un baile en el salón. Tenía también salida al jardín por una doble puerta de cristal, enorme, que pasaba casi desapercibida entre los ventanales cuando estaba cerrada. Había estatuas en las columnas de las paredes, en la pared interior había colgados varios cuadros de diversos motivos y del techo colgaban grandes lámparas, genuinamente austriacas, que caían elegantemente como formando parte de las pinturas que lo adornaban.
Se acercó al piano, y le pasó la mano por encima. El señor Edelstein no estaba allí, lo que resultó ser a todas luces curioso. Paseó entre los atriles, sin saber qué o a qué esperaba en realidad; se acercó al arpa, curioso, y tañó un par de cuerdas. Sonrió divertido: aquél era un instrumento interesante. Era como un piano, de pie en vez de colocado horizontalmente sobre una superficie de madera con ruedas. Se preguntó cuál sería el mecanismo que unía las teclas del piano a las cuerdas. Como imbuido por esa idea regresó al instrumento. Se sentó en el asiento y abrió la tapa del teclado, sintiéndose de súbito poseído por el recuerdo de su maestro. Quiso probar a tocar la melodía que estaba sobre la partitura, pero coordinar los dedos de la mano derecha con los de la izquierda fue sorprendentemente imposible, además de lo asombrosamente complicado que pudo resultar tener que leer tres pentagramas a la vez con dos de ellos en clave de fa. Aunque el resultado fue un total desastre, sintió a Richard Wagner cercano por primera vez en años.
—¡Señor Zwingli, al fin le encuentro! –interrumpió entonces el curso de sus pensamientos la voz de su anfitrión– Lamento haberle hecho esperar, fue una desconsideración por mi parte no pedirle a Eirene que se lo aclarara.
—¿Aclarar el qué? —preguntó confuso.
—La sala de música es un cuarto más pequeño que está unas habitaciones más allá, éste es el salón de música –matizó el señor Edelstein. Al no ver muy convencido a su invitado, prosiguió–. Cuando estoy yo solo o somos pocas personas vamos a la otra sala; iluminar ésta y mantenerla funcional es muy trabajoso para el servicio, además de que inconscientemente suelo quedarme tocando hasta bien entrada la noche –añadió, llevándose la mano a la frente como reprendiéndose–. Aunque no es sólo por no darles trabajo innecesario, por supuesto. La acústica de la sala de música es notablemente mejor cuando se trata de pocos instrumentos, cuatro a lo sumo. No es que la calidad del sonido aquí sea mala, pero para practicar nos bastaremos con ella.
—Está bien, lo prefiero así –sentencio Vash en tono conciliador–. De hecho me sentía hasta culpable de hacer uso de tanto espacio sólo para mí.
El señor Edelstein rio suavemente antes de continuar.
—Cuando llegue el momento tocará usted aquí y en escenarios aún más espaciosos. Por otro lado, ¿podría preguntarle algo? –inquirió, recibiendo un escueto asentimiento en respuesta– ¿Ha tocado alguna vez el piano? Me pareció verle conectado a él de algún modo.
El suizo calló, levemente incómodo, y agachó la mirada. Sentirse descubierto se le hizo violento, no gustaba de dar explicaciones.
—Disculpe, no era mi intención atentar contra su intimidad –profirió entonces con aparente sinceridad el vienés–. Olvide mi pregunta. ¿Por qué no vamos a la mencionada sala de música?
Ambos caminaron haciéndose mutua compañía hasta la sala en cuestión. No estaba muy lejos de la primera, pero sí algo más alejada de la habitación de Vash. Trató de poner mucha atención para hacerse con la estructura de la casa lo antes posible. Al fin y al cabo, apenas llevaba allí un día. Cuando llegaron a la estancia procurada para los fines que el austriaco hubiere decidido, él mismo se encargó de abrir y anudar las cortinas para disponerlo todo a su gusto. Mientras sentado esperaba a que Roderich Edelstein terminara, se sintió en la necesidad de preguntar:
—¿Tiene otro piano aquí?
—Fue una cuestión de pura necesidad –contestó sin mirarle su anfitrión.
—Ya… –silencio. De súbito, fue poseído por un ataque de expresividad– Mi maestro también tocaba el piano.
—¿De veras? –se intrigó con sinceridad el austrida. Vash asintió escuetamente, sin apenas mirarle–. Parece que guarda usted un buen recuerdo de él; debe de ser una bella persona.
—Sí... No crea, puede ser una ardua tarea encontrarle algún tipo de virtud fuera del ámbito musical. Se pasa el día gruñendo y tirando cosas, a veces por la ventana. Puede que ahora que se ha casado su mujer haya conseguido suavizarle el carácter, aunque lo dudo.
—Un tipo singular, parece —rio el señor Edelstein–. ¿Le enseñó él a tocar el violín?
—Sí, al principio, aunque no era su instrumento. Conoce las bases y sabe su funcionamiento básico, pero no es su instrumento predilecto, por decirlo de alguna manera. Llegado un momento hizo venir a un maestro de violín, pero cuando después me quedaba a solas con él se limitaba a decirme que hiciera el favor de tocar otra vez, "y esta vez que por lo menos sea aceptable". Pocas veces quedó satisfecho con nada, la verdad.
El tono de indiferencia con el que hablaba el señor Zwingli sorprendió a Roderich Edelstein. No había algo como reproche en su voz, simplemente relataba sus pareceres como en un estado de ensoñación. Comprendió, sin embargo, algo rápidamente: Vash Zwingli había tenido un profesor exigente. Probablemente éste había visto el talento del violinista y pretendió elevarlo lo máximo posible fingiendo que no era nada excepcional e imponiendo la doctrina del trabajo duro. No era un método con el que el austriaco simpatizara en demasía, pero aceptaba que resultaba efectivo en según qué casos.
—Me tiene usted intrigado, señor Zwingli, lo confieso. Ardo en deseos de conocer a ese hombre. ¿Es popular como músico?
—No sé mucho acerca de lo que hacía cuando no me estaba dando clase, además de componer y gritar a Valentina. Sé que ha cosechado algún que otro éxito con sus óperas porque fue ése el principal motivo de nuestra separación, pero no nos hemos vuelto a ver en aproximadamente diez años.
—¿Lleva tocando por su propia cuenta diez años sin la guía de nadie?
—Sí, claro. No tengo dinero, señor Edelstein. Toco como a mí me parece mejor. Herr Wagner tuvo a bien venir a regalarme alguna de sus imprecaciones en un par de ocasiones, pero sus ocupaciones le han llevado por otro camino.
—¿Herr Wagner? ¿Richard Wagner?
—¿Le conoce, acaso?
—Por supuesto.
—Habla como si fuera algo evidente.
—Poca gente hay que no conozca el nombre de Richard Wagner si gusta de la buena música, caballero. El anillo del nibelungo, Tristán e Isolda, Los maestros cantores de Núremberg... Son nombres de algunas de sus últimas obras más populares.
—¿Sí? Vaya...
El buen suizo pareció quedar sumido en un extraño estado de trance. Apoyaba su barbilla sobre el dorso de la mano, sobre los dedos, y su mirada se perdió en algún punto del infinito. Así que el señor Wagner era un músico famoso. Recordó que, en efecto, el señor Edelstein hizo hincapié en la grandeza del alemán durante el primer día de su estancia en Ödenburg, mencionándolo junto a otros maestros como Brahms.
—Disculpe mi ignorancia –añadió finalmente. Era incapaz de concebir que hubiera recibido clase de un genio. ¿Por qué Herr Wagner no le había dicho nada? ¿Y qué clase de genio continentalmente conocido tira jarrones por la ventana? Se preguntó si su tan grande éxito sería anterior o posterior a la etapa que pasaron juntos, y finalmente decidió dejar de darle vueltas.
—No tengo nada que disculparle, descuide. ¿Por qué no rompemos un poco el hielo y tocamos música que es lo que nos atañe? Empecemos por algo fácil. ¿Conoce la Marcha Turca de Mozart?
—La conozco –contestó, recordando cómo Josef Strauss no cejó en su empeño de repetir la pieza hasta que hubo memorizado cada nota. Le tuvo algo de manía durante una interesante temporada so causa de este hecho, pero finalmente acabó aceptando que era una obra magnífica.
—¿Le parece si...?
—Por supuesto.
Ambos prepararon sus instrumentos, cada cual con su ritual. No había un libreto de partituras en ningún atril, con lo que la música y el tempo salían directamente de ellos y de su empatía. El pianista esperó pacientemente la señal que aguardaba del violinista, quien debía dictaminar con un leve gesto el inicio de la obra. Sin hacerse esperar, llegó.
Empezaron en armonía, considerablemente sincronizados. En este caso era el señor Edelstein quien jugaba más con el tempo, deteniéndose con algunas sincopas acusadas para dar un ritmo más oriental a la estructura de la pieza. Vash comprendía y trataba de arreglar el destiempo, inventando alguna que otra floritura según creía oportuno, sin olvidarse de lanzar miradas retadoras y algún que otro reproche a su acompañante. Niéguese que fuera, empero, nada demasiado serio que impidiera a ninguno de los dos disfrutar de la obra, esta vez de una forma más apacible y sosegada que la anterior, por lo menos hasta los últimos pentagramas. Era una obra clásica y metódica, didáctica, a diferencia de la adaptación libre de La Patética que había hecho el señor Edelstein la primera noche de su vida en común. Agradable, aun así.
Terminaron sin mucho problema. El austriaco sonrió satisfecho.
—Perfecto, bastante adecuada a la original, ¿no le parece?
—Me pregunto si asegura o bromea. Nunca me he sentido excesivamente atraído por ella, la verdad, aunque admito que es una bonita pieza musical.
—¿No? A mí me evoca muchas de las cosas que, creo, pretende. Alla Turca es muy oriental, aunque sus secretos sólo se revelan cuando uno busca en ella.
Vash alzó una ceja, intrigado. ¿Qué sería aquello que veía el señor Edelstein que él no? Su corazón latía deseoso de conocer esa respuesta. ¿Qué podía habérsele pasado en esa canción?
—Se lo descubriré: probemos de nuevo, pero en La Mayor. ¿Le supone algún problema?
—La Mayor. De acuerdo.
Compuso en su mente los tres sostenidos que le hacían falta y volvieron a su empresa. Qué extraña diferencia. Nunca había probado algo como eso, ciertamente sonaba distinto. Trató de captar el sonido, pero entonces el austriaco se detuvo.
—Espere, espere. Disculpe la interrupción. ¿Podría...? Si bemol.
—¿Si bemol?
—Sí. Toquemos la pieza en La Mayor añadiendo además un si bemol. ¿Podría ser?
—...Claro –asumió finalmente el helvético. Tras permanecer un rato con los ojos cerrados, volvió a prepararse.
¡Qué decir! Se quedó sin palabras, tocando como un autómata en busca del siguiente sonido que debería aparecer en la composición. ¡Era tan turco! Se sintió transportado hacia oriente, a pesar de que el conocimiento que poseía sobre el este era no muy amplio. Se puso de buen humor.
Roderich Edelstein sonrió, satisfecho, viendo como el mismo gesto aparecía discretamente en la cara del rubio. Concentró todo su ser en la música proveniente del violín, dándose cuenta de que el señor Zwingli volvía a introducir interpretaciones personales a la obra, probablemente fruto de la tan plena sensación que envolvía a cualquier músico que siente toca algo bello. Volvió a surgir, en sus corazones e inconscientemente para ambos, un sentimiento de unión personal que les hacía sentir fuera de la realidad material que les rodeaba, fomentado además por las notas de la tan sonada obra de Mozart que se precipitaban una sobre la otra a una velocidad considerable. Era una canción alegre, cuyo ritmo iban acelerando indebidamente con un resultado maravilloso, adornado con gritos involuntarios que parecían ser reflejos de ánimo al llegar a los silencios, como instando a bailar a quien pudiere estar escuchando.
Terminaron de súbito. Respiraban fuertemente, como si hubieran olvidado absorber el oxígeno necesario para la vida durante el episodio anterior.
—Señor Zwingli, aun con diez años estudiando por libre es usted altamente talentoso. Dentro de poco puede usted llegar a...
El sonido de unos golpes en la puerta los interrumpió, abriéndose ésta poco después de que el dueño de la casa diera permiso. Marfa Dimitrievna apareció en el umbral.
—Señor, tiene visita.
La sirvienta rusa no hubiera interrumpido la audición del señor Edelstein por nada, y eso el anfitrión parecía saberlo. Vash concluyó que debía de tratarse de alguien importante, y bajó el violín y el arco.
—¡Roderich, buen amigo, dame un abrazo! –exclamó jovial una voz de caballero.
Pudo comprobar su hipótesis cuando, poseído por el pasmo, divisó a dos hombres entrar en la estancia, que además parecía hacérseles conocía. Uno de ellos era su ídolo, su ejemplo, uno de los pocos músicos a quien había ido a ver y que desde el primer día captó su atención y corazón: Johann Strauss II acababa de hacer acto de presencia en la misma habitación que él, y abrazaba con efusividad a su ahora anfitrión Roderich Edelstein.
Capítulo Séptimo - Fin
Parece que tenga cierto deje Tarantiniano en los fics; hay muchos viajes en el tiempo, hacia atrás y hacia delante todo el rato *risas*. Al margen de eso: la versión de la Marcha Turca que tocan los dos juntos está basada en la versión de la misma de Igudesman & Joo - Alla Turca. He tratado de tomar las medidas que toman ellos para que suene así, aunque no estoy del todo segura de haberlo escrito 100% correctamente. Aun así, os recomiendo que busquéis los videos de sus shows (We Will Survive también es algo que recomiendo de todo corazón), yo personalmente los adoro, forman parte de mis músicos favoritos. Diversión, música clásica y no tan clásica se convierten en una sola cosa, con estos maestros. Aunque Mozart también tiene lo suyo (como anécdota del día, confesaré que hoy una compañera de clase me invitó a tomar el café de la máquina porque nos dio pena gastar mi euro en ello, ya que tenía la cara de Mozart en el dorso. Y claro, era mi único euro, que no está el país para bromas *risas*. !Bromear es lo único que nos queda (gratis)! Y rodear el congreso *isas*).
Saludos, y perdón por las divagaciones.
Bou.
