Advertencias: Los personajes de Naruto no me pertenecen. Para despistados es un GaaHina con leve NaruSaku, y como bien dice es hurt/confort y me encantan los toques melancólico-detallistas.

Mini-Notas: El miércoles que viene, el epílogo. Espero que os guste el final de la historia ^^

Quería agradecer el apoyo de RukiaNeechan, MARE-1998, AntoniaCifer, arenero, mirimih.


7. Él


Cerró los ojos y todavía podía recordar esa noche. También podía oler su sangre, sentir sus dulces dedos, escuchar su voz… Y también notaba como una fuerza que rodeaba su pecho se estrechaba dejándole dolor, ¿era eso la sensación de vacío que se crea cuando te separas de alguien… querido?

Se levantó, en dos pasos cruzó el patio y cerró la puerta en un golpe sordo intentado calmar su frustración. Al mismo tiempo que notaba a su demonio interior despertarse, su sueño se alejaba. Tenía toda una noche por delante para pensar qué le diría a Hiashi Hyuuga cuando por fin se lo encontrara frente a frente, demonio contra demonio y demostrar quién era más fuerte, quién tenía más poder, quién…

Sus pies caminaron por el conocido suelo de madera sin importarle a dónde le llevaban, su mano recorriendo cada milímetro de aquel papel de color de las paredes, y como si fuera fuego la apartó al girar en la última esquina.

Sus ojos se abrieron y vieron ese color carmesí de la zona del comedor, sus dedos habían reaccionado ante él.

Sangre.

Era cierto que él era el asesino más reconocido de su época, todo gracias a su padre. No podía contar, ni recordar, a sus víctimas, ni a quienes les encargaban cada misión. Nada de aquellos años oscuros, sólo la sangre y los gritos, esa excitación que matar le proporcionaba, cuando por fin había acabado con su víctima y tomaba la primera bocanada de aire.

Negó con la cabeza intentando alejar una época oscura, cuando tomó el mando de su aldea se prometió, y a Naruto, que el derramamiento de sangre inocente se había acabado para él.

Naruto, el único que nunca le dio la espalda.

O eso pensaba.

Fue el Hokage quien le dio la fuerza necesaria para asumir su posición y derrotar a su padre dejando atrás ese pasado. Sus dedos seguían acariciando aquel rojo tan vivo, porque Naruto tenía razón, y Sakura también.

Había alguien más que desde las sombras, más allá de toda razón había confiado en él.

Si a él lo habían aceptado como Kazekage, no era sólo por el miedo que todos le profesaban, sino porque tenía el aval del consejo de Konoha, un consejo que dependía de la voz de Hinata Hyuuga. La pequeña muñeca de cristal de viva curiosidad que desde un principio se interesó en él.

Y no pudo evitar la sonrisa que brotó en sus labios, confianza, ella confiaba en él incluso antes de conocerle. En él, en una bestia sin sentimientos que se alimentaba de sangre, que sólo vivía para matar, manchado por su pasado, extorsionado por su familia, repudiado por su aldea, temido por todos.

—¿Por qué me confiaste tu vida sin más? A mí… Hinata…

Se dejó caer contra la pared hasta sentarse en el suelo, algo le picaba en los ojos, y su corazón seguía comprimiéndose, por alguna razón le faltaba el aire. Sus dedos de la mano izquierda volaron inconscientemente a su frente. Amor.

Aquella palabra la tenía grabada desde que recordaba, amor, uno más de esos sentimientos inservibles; de los que sólo se interponen entre los humanos y te obligan a aceptar los lazos creados con los demás, uno sobre el que no se podía gobernar.

Pero eso no era para él. Si no tienes a nadie, si no existen vínculos, si no tienes miedos ni dudas en tu corazón, sólo puedes amarte a ti mismo. Sí, por ello lo llevaba tatuado, para recordar que su corazón era de piedra. Que sólo se tenía a sí mismo, y nadie más.

Otra pequeña sonrisa mientras bajaba esa mano de su frente a su corazón, con su puño aprieta intentando recomponerlo. Era.

Ahora esos miedos y esas dudas que nunca habían existido lo estaban atormentando.

«No dejes que tus inseguridades ganen».

Sus palabras sonaron en su mente con total claridad abriéndose paso entre la oscuridad.

Siempre ella. Alguien amado, alguien para él.

Hinata Hyuuga.


Hanabi había llorado, gritado, pataleado, amenazado; todo lo que nunca antes se había siquiera planteado hacer, y por supuesto nada de ello había dado resultado.

¿Por qué siempre Hinata? ¿Por qué? ¿Por qué? Lo bueno y lo malo, de todo, se hacía cargo.

—Hanabi-sama —la voz de Neji, ronca también, le indicaba que había estado aguantando el llanto, nunca le había visto hacerlo, nunca le había visto los ojos rojos como entonces—, Hinata-sama me pidió que la cuidara mientras tanto.

—No necesito de los cuidados de nadie. —También su voz estaba cuarteada.

—Por el bebé, Hanabi-sama.

¿Qué le había pedido Hinata antes de irse? Sí, que confiara en Neji.

—¿Qué pasa?

—Debería ver a Tsunade-sama, le ayudará con el embarazo. —No era apreciable, tan sólo aquellos que llevaban compartiendo muchos años con él se hubieran dado cuenta de la sonrisa que adornaba sus ojos, ese pequeño brillo de fuerza.

—Sí, no es mala idea. —Fue su susurro de respuesta.

Un susurro parecido al que su hermana solía usar cuando por fin comprendía algo.

No, no preguntó dónde se encontraba, sabía que no obtendría respuesta. Tras aquella noche desapareció, y a ella la encerraron en su habitación, ese que decía llamarse padre y marido fueron los que hablaron sobre sus derechos de sucesión. Y ella gritó y lloró maldiciendo a su hermana, olvidando que le había prometido que todo saldría bien.

Supo al coger su ropa de abrigo que su padre no le permitiría salir, menos ir a casa de Tsunade, pero ninguno de los dos dijo nada. Tan sólo lo hizo, paso a paso salió de su habitación, bajó a la planta principal, salió de la casa de la familia, salió de las tierras del clan; y allí en la puerta aspiró el aire de la libertad que años atrás, como una idiota, negó a su hermana.

Volvió a alzar la mirada, Neji iba unos pasos por delante, ahora se había detenido. Sus ojos avanzaron antes que sus pensamientos, el Hokage estaba también allí, junto con otro hombre. Un hombre de mirada peligrosa, rostro serio. Cabellera roja como la sangre y la palabra amor tatuada en la frente.

No necesitaba presentación, ¿acaso su padre iba a ir tan lejos como para matarla ahora que había renunciado a todo? ¿Tan peligrosa la consideraba como para hacer llamar al asesino más famoso? ¿O creía que se retractaría de su decisión y prefería no darle la oportunidad?

Un escalofrío recorrió su espalda al notar su mirada sobre ella, sus palabras congeladas en la garganta, dio un paso atrás buscando el calor de su hogar cuando le vio acercarse. Ni Neji ni el Hokage decían nada…

Sus manos subieron protectoramente a su estómago, algo en su interior trajo las palabras de su hermana, «Todo saldrá bien, confía en mí».

Puede que no, puede que ese fuera el fin.

—Confía en mí.

Aquella mano sobre su hombro, su voz grave, aquellas cortas palabras. Algo de todo ello la tranquilizó. Algo le recordó a su hermana. Algo, por primera vez, la empujó a seguir sin más.

Asintió levemente, y sin atreverse a volver a cruzar su mirada con la de él, continuó el camino tras Neji hacia la casa de Tsunade, donde su hermana le dijo que volverían a verse.

Las murallas que rodeaban el complejo del clan eran altas, pero no gruesas.

—Son más para impresionar, ya sabes como son. —Le había comentado Naruto.

Asintió, no se podía permitir la sonrisa de suficiencia que luchaba por escapar, entraron y le guió hasta la casa principal. Todos se les quedaban mirándoles, todos con la expresión de miedo pintada en el rostro.

—Todos creen que estás aquí para matarla.

Asintió, se detuvieron ante la entrada esperando que uno de los sirvientes abriera la puerta y les anunciara a la cabeza de familia.

Parecía que no se habían dado cuenta de la desaparición de la pequeña, y estaba dispuesto a darle juego suficiente como para no dejarles pensar. En silencio les guiaron a la sala de audiencias, aquel silencio no le era agradable, se olía el miedo; aunque era diferente al que solía existir en Suna, éste estaba manchado de desprecio y ansias de poder. El sirviente deslizó la puerta de la estancia y con una reverencia les hizo pasar. Seguía sin bajar su mirada, justo detrás de Naruto al que notaba algo de nerviosismo pintar sus pasos.

—Kazekage-sama. —La potente voz de aquel hombre hizo que fijara sus ojos en él.

Él, el culpable del dolor de Hinata, el culpable de que ella casi muera infinidad de veces, él que ahora iba a demostrar que no tenía aprecio por su hija ni miedo para jugarse el cuello por el poder; él, el verdadero demonio. Justo detrás de él, se encontraba otro hombre. Sus ojos se clavaron en él y le notó estremecerse. La otra mosquita muerta que debía aplastar.

Una mueca rompió lentamente sus labios, quería e iba a disfrutar cada segundo de aquello.

Ambos le temían, podía saborearlo en el ambiente. Por una vez se sintió satisfecho de tener tal reputación.

Bajó la cabeza en señal de saludo y se sentó delante, Naruto siempre a su lado.

—Este es un asunto para tratar en privado.

—Estamos en familia —dijo sonriendo, gritaba por que le mataran.

—Vengo a proponerle una transacción, un trato que no le conviene rechazar. —Esa sonrisa ladeada que tanto miedo daba a su consejo estaba dibujada en su cara.

Las palabras parecieron surtir el efecto deseado, Hiashi asintió varias veces antes de hacer un gesto al otro hombre que mosqueado se levantó y desapareció de la sala. Él también hizo un gesto a Naruto. Cuantos menos testigos mejor, menos problemas para los demás.

—¿Qué tipo de transacción, Kazekage-sama? —Su cuerpo se inclinó, sabía que paladeó cada palabra mientras las decía.

Disfrutaría mucho cuando clavara una de sus espadas en ese cuello dejando que la sangre saliera en borbotones manchando sus ropas, su piel y aquella casa.

Apretó un puño reprimiendo esos pensamientos, primero tendría que conseguir restituir su honor.

—Iré al grano —clavó los ojos en el hombre—, ¿cuánto cuesta su hija?

Notó otro movimiento involuntario, y como una de sus manos temblaba. También apreció el segundo en el que sus pupilas se dilataron, antes de volver a hablar, volvía a estar inmóvil en la posición inicial.

—Mi hija no tiene precio. —Sin embargo, su voz no era tan autoritaria como él hubiera esperado en un principio, desde la primera frase le estaba abriendo la puerta, menudo jugar más estúpido.

No pudo evitar una leve mueca, cruzó los brazos y cerró los ojos.

—Sí que lo tiene, todos lo tienen. —No era un susurro, no era una demanda, volvió a abrir los ojos—. Tú lo tienes. La heredera del clan Hyuuga también.

—¿Y tú, Kazekage, también lo tienes?

No dejó que la sonrisa creciera, esa pregunta era tan malévola como la suya.

—Por supuesto, muchos han contratado mis servicios. Pero lo que ahora me interesa es una mujer. No hay muchas opciones, el clan Hyuuga es uno de los más importantes del continente —una pausa en la que se permitió reflejar toda su malicia en forma de sonrisa—, deberías estar agradecido que la haya considerado después de todo lo que se escucha.

—¿Y qué es lo que se escucha en Suna de mi hija, Kazekage-sama?

Le estaba llevando a su terreno, pronto le haría caer por su propio peso.

—Eso me lo deberías decir tú, Hiashi —notó la incomodidad del hombre al perderle todo el respeto en la conversación—, y supongo que serás sincero conmigo, te recuerdo que soy el Kazekage.

—Por supuesto Kazekage-sama. —Contestó de manera automática, luego calló, supuso pensando bien las palabras que iba a decir—. Tengo dos hijas Kazekage-sama, la pequeña ya está casada, la mayor está disponible. Sin pretendientes.

—Un caso curioso —se permitió susurrar para cortarle el pensamiento—, pero así es mejor. No tengo ganas de trabajar más de lo necesario.

—Está interesado en mi hija mayor, entonces… —No le gustó la sonrisa que esbozó, iba a intentar atacar—. Aunque es de suponer, ella fue la que dio el visto bueno para apoyarle en el poder. Y la que le ha acogido.

—Lo primero no lo dudo, aunque como funcione esta aldea a la hora de tomar decisiones no me incumbe, pero discrepo en lo segundo, no conozco a ninguna de sus hijas.

—Como dijo antes, dejémonos de mentiras Kazekage, sé bien que Hinata te compró y te llevó a su casa. Y todo lo que pertenece a mi hija, pertenece al clan.

—¿Puede demostrarlo? —susurró sin cambiar el tono de voz, entrecerrando los ojos.

Y de algún modo intentando no demostrar esa extraña tibieza que surgía de su interior al escuchar su nombre, y aun más, al darse cuenta que como siempre ella le había protegido. No podía demostrarlo porque no podía pedirle que se desnudara para ver el tatuaje, y gracias a Hinata, nadie le había visto allí excepto los esclavos y Naruto. Siempre era ella quién le protegía.

—No, lo siento, Kazekage-sama, perdone mi atrevimiento.

Asintió cerrando los ojos de nuevo. Un segundo pensando que debía decir, dándole tiempo para sentir el miedo crecer de nuevo en su interior antes del siguiente ataque.

—Según escuché la heredera del clan se llama Hanabi, no Hinata.

Esa sentencia surtió el efecto que deseaba. Primero la satisfacción de saber que más allá de Konoha pensaban que era su ojo derecho quien estaba al mando, no la débil hija mayor; luego inseguridad, debía decirle a ese hombre que estaba equivocado, y seguramente todo lo que había escuchado era falso

—Parece que las malas lenguas son las que han llegado a su país, Kazekage-sama. —Gaara frunció el entrecejo, una mala elección de palabras por supuesto.

—Si no es así, tenemos un problema, Hiashi. Si su hija no es Hanabi, entonces tendré que ver a su otra hija y evaluarla lo antes posible para saber si es apta para ser mi esposa o no.

Sonrió internamente al verle moverse incómodo en su asiento, sí porque esa pregunta que tanto temía estaba a punto de llegar y no podía responderla.

—¿Dónde está? —Esbozó una torcida sonrisa—. Comprenderás que antes de comprar algo quiera ver su calidad.

—Por supuesto, Kazekage-sama, pero Hinata se encuentra indispuesta en este momento. Quizá mañana.

—No tengo tanto tiempo, Hiashi. La transacción se tiene que llevar a cabo hoy.

En un principio iba a llevarle hasta tenerlo contra la pared y la espada, y escupiera todo lo que había hecho, todo el dolor que le había causado, hasta que llorara lágrimas de sangre gritando que se arrepentía, o al menos se mordiera la lengua y muriera ahogado en su propia sangre.

Pero, esa palabra, ese simple «hoy» que se le había escapado inconsciente, en un segundo, gracias a algo en su mente cambió por completo, estaba trazando un nuevo plan. Quizá podría seguir usando la situación para su propio beneficio. Y no romper ninguna de sus promesas.

Otra vez era incapaz de controlar la mueca de satisfacción que se pintaba en sus labios, por supuesto que nada le iba a parar ahora.

En un principio se dijo que haría el trabajo gratis, por Hinata, cumplir su deseo, incluso como pago por esconderle en su casa; pero ya no creía eso.

Podría conseguir a cambio de todo un buen pago. A ella.

Y otra vez esa sonrisa mitad cínica, mitad de superioridad apareció haciendo estremecer al hombre que tenía enfrente.

—Mi hija llevará a cabo cualquier misión que usted le encomiende, y como bien sabe, se lo debe.

—No le debo nada a su hija. —Porque Hinata ya no lo era—. Con que pueda tener hijos será suficiente.

Le vio asentir, sólo quedaba por tratar un tema.

—Y por supuesto ella seguirá sosteniendo su título de heredera de clan.

—Me temo kazekage-sama que eso no es posible —contestó con rapidez destapándose.

Alzó una inexistente ceja pidiéndole que elaborara, mientras tanto también podía apreciar en su rostro como los pensamiento pasaban, si la casaba y la enviaba lejos, el honor del clan por una desertora no se vería manchado; aun más, el prestigio y poder aumentarían, un Kage, ni más ni menos.

—En el momento que Hinata vaya para Suna, renuncia a su apellido y a su puesto.

—Entonces tenemos un gran problema. —Movió su mano derecha a la barbilla pensando en soluciones—. Si ella pierde el título y el apellido, entonces…

—¿Entonces? —Le dio a entender que quería que él le diera la respuesta, pero de ningún modo podía perder esa oportunidad—. Podemos hacer un trato. Llévatela lejos de aquí, le mantendré el título, pero será el marido de Hanabi quien se encargue de la familia.

—No.

—Se queda con el título-

—Eso lo doy por supuesto, Hiashi. Pero con un matrimonio yo también me convierto en inversor de la familia.

—¿Usted…? —No evitó la sonrisa.

—Así pues…

—¿Usted se encargará de supervisar… desde Suna?

—Nos vamos entendiendo.

—Sí, ahora nos entendemos. —Ahora era él quien sonreía—. Parece que finalmente todo esto ha sido una pérdida de tiempo. Hinata renunció a su apellido, por lo que mi única hija está muy bien casada; y de todas formas nunca podrá darte un vástago, es tan débil que morirá mientras te la follas.

Rompió en una carcajada histérica, pero al ver que el joven no se movía, su rostro seguía impasivo, se fue ahogando, el chico tenía cojones, era un asesino, se recordó.

—Pero todo eso ya lo sabías, ¿verdad?

No respondió, otra de esas sonrisas que asustaba a su Consejo, y que ahora le advertía que el diálogo había cambiado.

—Por consiguiente admites que me has mentido desde el principio. —Un corto silencio comenzaba a inundar la habitación ese olor ácido pero dulzón, el miedo, le estaba llevando justo a dónde quería.

Sacó de entre sus ropas un rollo que puso entre los dos. Dejó que él lo abriera y lo leyera. Lo asimilara y se diera cuenta que no le quedaba más remedio que firmarlo. Y lo hizo, a regañadientes, sin mirarle, maldiciéndole, cavando su propia tumba, echando por la borda todo por lo que siempre había luchado: que ella desapareciera completamente de allí y dejara a la familia seguir según las viejas creencias.

Le quitó el pergamino en cuanto la pluma levantó el papel, lo enrolló y lo volvió a guardar entre sus ropas.

Se levantó y sin dejar de sonreír salió de la habitación, una mueca de felicidad que Naruto nunca había visto en su amigo, ni parecido. Una expresión que se contagiaba, liviana, tranquilizadora, se atrevería a decir que hasta socarrona.

Golpeó levemente su hombro y ambos salieron de allí, de esa casa, de esa tierra que ahora por derecho también le pertenecía.

—¿Y ahora qué? —Naruto esperó a que llegaran a la casa de Hinata para hablar.

Sabía que Gaara había conseguido sus propósitos en la casa Hyuuga, pero eso no era ninguna novedad. Aquella cara, la que nunca había creído posible ver en él, estaba allí. Sin más, una sonrisa, un triunfo, pero diferente.

—Ya podemos irnos.

—¿Así, sin más? Pero no ibas a… ¿Y el baño de sangre?

—No hace falta. —Una sombra del pasado que desapareció en cuestión de segundos—. Prometí que no mataría sin razón.

—Gaara.

—Se acabó Naruto.

—Gracias por ayudarla.

Negó, ahora era él quien puso su mano en el hombro del rubio y lo apretó con afecto.

—Gracias por entregármela. Ahora, me gustaría que me llevaras junto a mi esposa.

El viento comenzaba a arrancar las últimas hojas amarillentas de los árboles, el otoño acababa, y los pajarillos libres, abrían sus alas para migrar a tierras más cálidas.


Si os apetece, no os olvidéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que me hacen sonrojar y que agradeceré hasta la eternidad ^^

También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3

¡Muchísimas gracias por leer!

Hasta el próximo miércoles.

PL.