Capítulo 6

ERA mediodía, y, sentada en su nuevo salón, Candy contemplaba el fuego de leña, maravillosamente apestoso y sucio, que chisporroteaba en su nueva chimenea. Se acomodó mejor la compresa de hielo sobre la rodilla y dio un suspiro de satisfacción.

La tormenta se había calmado, y la electricidad había vuelto apenas veinte minutos después de que Albert se marchara sin enseñarle el generador. Tras advertirle sus intenciones, sencillamente, se fue.

Sí, el cielo se había despejado, pero, por lo visto, la tormenta eléctrica que había entre ellos no había hecho más que comenzar.

Candy no sabía qué pensar. Había sido sincera al decirle a Albert que no iba allí buscando marido ni una familia prefabricada. Intentaba construirse una nueva vida... Y, desde luego, había empezado a lo grande. No sólo se había caído en un estanque, sino que había chocado contra una montaña de testosterona... muy grande y muy sexy.

Una montaña que tenía intención de acostarse con ella.

Candy no recordaba la última vez que un hombre le había dicho que la deseaba. Además, nunca se lo habían dicho con tanta franqueza...

Por eso no le tenía miedo a Albert Andrew. No había que temer a los hombres sinceros, ni siquiera a los que se consideraban a sí mismos poco civilizados. Eran una vuelta atrás, a una época más noble..., algo que en estos tiempos iba haciéndose muy poco frecuente, pero cuyo trato, sin duda, resultaba muy interesante.

Si eso era lo que Albert quería, sabría tratar con él; caray, estaría loca si no aceptara su oferta. Además, ¿qué peligro había en revolver las sábanas con él? Era una mujer de carácter, y su corazón sabría manejar una ardiente aventura amorosa siempre que ella supiera desde el principio que eso no llevaría a nada estable.

Abrió la compresa que tenía sobre la rodilla y sacó un cubito de hielo a medio derretir. Se lo metió en la boca y lo masticó, al tiempo que se preguntaba si estaba descontrolándose el fuego o si era la simple idea de desnudarse en compañía de Albert Andrew lo que la acaloraba.

En ese momento alguien llamó a la puerta de la cocina, y Candy, que iba a meterse otro cubito de hielo en la boca, se quedó quieta. ¡Ay, Señor, más valía que no fuera él! No estaba lista para enfrentarse a Albert tan pronto..., y menos cuando probablemente llevara escrito en la cara lo que pensaba sobre tener una aventura amorosa con él.

De pronto se oyó otro golpe, esta vez más fuerte, acompañado de un grito atronador:

—¡Ah de la casa!

—¡Ya voy! —contestó Candy con un berrido.

Se levantó de la butaca y se dirigió cojeando a la cocina. AI pasar tiró la compresa de hielo en el fregadero, pero antes de abrir la puerta se detuvo a echar una ojeada por detrás del visillo.

En el porche había un hombre muy grande, de pelo revuelto entre castaño y canoso, y con una barba tan tupida que podrían anidar pájaros en ella. Estaba lanzando una mirada asesina a la ventana mientras volvía a llamar, haciendo que toda la puerta vibrara en sus goznes.

Candy apartó el visillo con una sonrisa.

—¿Qué desea? —preguntó.

Al instante la mirada asesina del visitante desapareció junto con sus cejas, que se refugiaron en el nacimiento del pelo, cuando se dio cuenta de que tenía que bajar la vista para mirarla.

Enseguida intentó suavizar la severidad de su cara con una sonrisa.

—Me llamo Ian Cornwell , señorita White —dijo con un ronco acento escocés apenas comprensible—. Le traigo las gallinas que pidió el joven Tony.

Candy reconoció el nombre y abrió la puerta. Cuando él retrocedió un paso, salió al porche.

—¿Qué gallinas? —preguntó.

La barbilla del hombre le cayó hasta el pecho, y sus cejas volvieron a perderse de vista mientras se limitaba a quedarse allí, con la vista clavada en ella.

—¿Dónde está el resto de usted? —preguntó; enseguida cerró de golpe la boca y agachó la cara, que de pronto había enrojecido—. Yo..., lamento decirlo, lass, pero es usted una cosita diminuta, y yo... yo...

Volvió a cerrar la boca de golpe y se frotó la cara con una mano enorme, como si quisiera borrar sus palabras a restregones.

Candy empezó a pensar que quizá se había mudado a la tierra de los gigantes. A pesar de su edad, Ian Cornwell

era una auténtica fuerza de la naturaleza. Mediría unos treinta centímetros más que ella, pero casi toda su estatura estaba hecha de anchos hombros, sólidos brazos y un pecho extraordinariamente fuerte y grueso.

—Lo lamento —dijo él otra vez—. Es sólo que esperaba alguien un poquito..., bueno...

Sonrió y meneó la cabeza.

—¿Ya la ha visto Albert?

Candy sabía apreciar un buen chiste, aunque fuera a costa de ella.

—Quiso echarme otra vez al estanque para que creciera más—contestó, al tiempo que disfrutaba de su expresión de espanto.

Ian se apresuró a defenderlo.

—Albert jamás haría algo así, señorita White. El muchacho tiene muy buenos modales para hacer semejante cosa.

¿Muchacho? ¿Ian consideraba a Albert un muchacho?

—¿De qué gallinas está usted hablando? —le preguntó entonces.

Ian tardó un momento en darse cuenta de que había cambiado de tema.

—¡Ah!, las gallinas que Tony quería para usted. —Hizo un gesto hacia su furgoneta—. Insistió en que fueran pollitas, pero sólo tenía ocho, así que he echado unas cuantas más viejas para completar la docena.

—¿Y una pollita es...? —preguntó Candy.

—Una gallina joven. Se incubaron esta primavera, y ya han empezado a poner.

—¿Una docena? —repitió Candy en voz baja; acababa de darse cuenta de lo que significaba poseer tantas gallinas—.¿Qué voy a hacer con una docena de huevos cada día?

Ian la miró con expresión de extrañeza.

—Usarlos para hornear, mujer. Se hacen galletas, tartas y eso... —Volvió a alzar las cejas cuando ella no se apresuró a asentir—. ¿Quiere decir que no sabe hornear? ¿Lo sabe el joven Tony?

Candy también empezaba a preguntarse si habría ido hasta allí para empezar una nueva vida, si la habrían engatusado para que fuera la madre postiza de Anthony y el entretenimiento sexual de Albert Andrew. ¿Es que estaban todos los de Pine Creek metidos en aquella pequeña conspiración?

Diablos, si incluso Annie lo había mencionado el día anterior...

Entonces, sin saber del todo por qué reconocía semejante cosa, dijo:

—Yo... Sí sé hornear. Es que no entiendo lo de usar una docena de huevos al día. ¿Quién va a comerse esa cantidad de comida?

En realidad, al preguntar ya sabía lo que Ian iba a decir..., aunque no quería oírlo.

De todos modos, él lo dijo.

—Albert y Tony. Y John. Ahora no tienen quien les hornee.—Meneó la cabeza—. Andrew no sabe un pimiento de guisar, eso no hay quien lo niegue. Al muchacho a lo mejor se le da bien en una hoguera en el campo, pero una hornilla puede con él. Ultimamente el joven Tony come muchas veces en Gu Bráth.

—¿Gu Bráth?

—Es nuestra casa.—Señaló hacia la misma loma que Anthony le había indicado el día antes—. Annie, Archie, las diablas y yo vivimos allí.

—¿Las diablas?

Ian dejó ver una amplia sonrisa.

—Las chiquillas de Annie... Las lasses —explicó al ver su expresión burlona—. Heather tiene casi ocho años; Sarah y Canary tienen casi seis; Chelsea y Megan van a cumplir cuatro, y Elizabeth cumplirá tres en diciembre.

Se inclinó más cerca y convirtió la voz en un susurro.

—Pero no las llame diablas delante de Annie... —añadió con un guiño conspirador—. Aunque a ella también la he oído llamarlas así unas cuantas veces.

Volvió a enderezarse e hinchó su ya impresionante pecho.

—Son buenas chiquillas para ser hembras, aunque hablan tanto que son capaces de dejar sordo a un hombre si no se esconde lo bastante rápido.

—Conocí a Annie ayer —le dijo Candy, asintiendo.

—Sí, dijo que ya estaba tranquila... —comentó Ian—. Pero, por lo visto, se le olvidó decir que una buena ráfaga de viento se la llevaría a usted volando.

Candy iba hartándose de que su estatura fuera un asunto de tanta importancia, de modo que hinchó su propio (y nada llamativo) pecho y le lanzó una mirada asesina a Ian Cornwell.

—No se deje engañar por el envoltorio —le dijo—. Soy mucho más dura de lo que parece.

El alzó ambas manos en un gesto de súplica, con una sonrisa lo bastante grande para que se le viera entre la barba.

—Vamos, lass, no pretendo herir sus sentimientos; sólo le tomo el pelo un poquitín. Venga —dijo mientras se volvía hacia la furgoneta—. A ver lo dura que es usted cuando se trata de lidiar con una docena de gallinas que no paran de aletear.

Media hora después Candy estaba segura de que había aprobado el examen de Ian. Las doce gallinas estaban ya zampando como locas en el gallinero, y sólo tenía ocho o diez marcas de picotazos como recompensa por sus esfuerzos.

—¿Sabe dónde puedo comprar una furgoneta por aquí? —le preguntó—. Parecida a la suya, aunque no tan grande.

Forcejeó para cerrar la portezuela trasera sin que diera la impresión de que estaba a punto de desplomarse bajo su peso.

Ian debió de darse cuenta de que corría el peligro de ser aplastada y subió de golpe la portezuela con un rápido gesto de muñeca.

—Creo que Callum tiene una furgoneta que quiere vender, aunque no tiene la parte de atrás descubierta, como la mía. Es un monovolumen.

—Ah, eso será todavía mejor: así llevaré mis productos a las ferias de artesanía sin miedo a que se moje nada. ¿Cómo puedo ponerme en contacto con Callum?

—Le diré que se pase por aquí con la furgoneta esta noche—le dijo Ian; ladeó la cabeza y la miró con curiosidad—: No es una furgoneta muy vieja, lass; a lo mejor le cuesta un poco más de lo que pensaba gastar.

—Creo que puedo reunir el dinero —le dijo ella.

—Annie dijo que hace usted joyas.

Candy asintió.

—Trabajo con vidrio, y espero encontrar en el pueblo una tienda en alquiler para montar un estudio. ¿Sabe de algún sitio que esté disponible?

—Hay un par de tiendas vacías que a lo mejor le vienen bien. Pregunte a los hermanos Dolan; han comprado la Armería de Heilman, pero ahora se llama Armería de Dolan, y creo que son dueños de todo el edificio. Hay un sitio vacío en un extremo.

Mientras hablaba, rodeó la furgoneta y abrió la portezuela.

Candy esperó hasta que se montó para decirle:

—Gracias por la información y por traerme las gallinas. ¿Cuánto le debo por ellas?

—Ya están pagadas. —El le guiñó un ojo—. Tony las ha incubado y la semana pasada me dijo que eran parte del alquiler.

Cerró la portezuela, puso la furgoneta en marcha y bajó la ventanilla.

—¡Póngase a resguardo del viento, lass, para que no tengamos que perseguirla hasta el condado de al lado!—soltó como pulla de despedida.

Mientras se alejaba, su risa siguió flotando tras la nube de tierra que levantaba con las ruedas.

Ella esperó hasta estar segura de que se había perdido de vista y luego le lanzó a Ian Cornwell un gesto muy poco propio de una dama.

De pronto una voz profunda y risueña dijo desde detrás:

—Y yo creía que era poco civilizado...

Sorprendida, Candy se dio la vuelta a toda prisa; luego soltó un grito ahogado y retrocedió varios pasos. Acababa de darse cuenta de lo que era exactamente un caballo de guerra: un elefante de cuello largo y cola peluda, al que sólo le faltaba la trompa.

Y Albert Andrew estaba sentado encima de aquel monstruo.

El le tendió la mano.

Candy retrocedió otro paso.

La sonrisa de Albert se ensanchó.

—Vamos, Candy —la llamó—. Ven a dar un paseo conmigo mientras compruebo cómo está el anciano que vive en la montaña.

Candy se frotó en los muslos las palmas llenas de picotazos de gallina y clavó la vista en la mano tendida de Albert. Maldito fuera... Después de decir lo que había dicho aquella madrugada, no podía llegar allí cabalgando y esperar que ella saltara, sin más, para irse con él.

—Yo... No tengo casco de equitación —susurró, a sabiendas de que él la oía—. Y no se debe montar a caballo sin él.

Sin decir nada, él se limitó a tender la mano.

—Tengo un millón de cosas que hacer.

El siguió sin decir nada.

—Y no... Ni siquiera llevas silla en ese monstruo.

Una vez más, él se mantuvo en silencio, con la mano tan firme y paciente como su penetrante mirada celeste.

—¡Maldita sea, Albert, no puedo ir contigo todavía! Quiero decir..., ahora. No puedo ir contigo ahora mismo.

Sin que el jinete hiciese nada que ella viera, el elefante avanzó y se detuvo a su lado. Candy se negó a perder más terreno y de repente vio la mano tendida de Albert a sólo unos centímetros de distancia.

—Ven conmigo —susurró él; el profundo eco de su voz hizo que se le erizaran los finos cabellos de la nuca—. No tienes nada que temer de mí, Candy; al menos, hoy.

Con voluntad propia, su mano izquierda se alzó y se colocó en la de Albert. Entonces él corrigió su agarrón para tomarla con firmeza por el brazo, justo por encima del codo, y con un amplio movimiento la subió al caballo detrás de él, tan rápida y suavemente que Candy apenas tuvo tiempo de soltar un chillido.

Con las uñas clavadas en el estómago de Albert, cerró los ojos en cuanto el monstruoso animal empezó a moverse. El le puso bien las manos en torno a la cintura para que dejara de clavarle las uñas y ella descubrió entonces que abrazarlo era como abrazar un gran árbol. Desde luego, aquel hombre era igual de firme, sólo que mucho más cálido que un árbol... Y también olía mejor.

Y con los ojos cerrados, el cuerpo incrustado en el de Albert como si su vida dependiera de ello y la montaña TarStone alzándose delante, Candy rezó para que le hubiera confiado su alma a un angel... y no al diablo en persona.

Continuara...