Capítulo 7 - Reconstrucción

La parte sudeste de la muralla estaba terminada. Ver relucir la piedra blanca y firme era poco más que un milagro, teniendo en cuenta cuál había sido su lamentable estado.

—¿Cuánto tardarán en arreglar el siguiente tramo? —preguntó Zelda.

—Una semana. Es una zona más pantanosa y hay que cavar profundo para asentar los cimientos —dijo Symon.

Zelda hizo las anotaciones necesarias en la piedra sheikah y después un recuento visual de los trabajadores.

—Habría que traer a más gente —observó ella —se les pueden ofrecer casas, hay al menos tres nuevas casas terminadas, me lo dijo ayer mismo el maestro de obras. Tres casas son tres familias.

—Alteza, no hay nadie más en los alrededores, ya trajimos dos familias el mes pasado, el mundo está más despoblado de lo que pensáis.

—¿Y en esa aldea costera? La que está al sur. ¿No prefiere la gente cambiar una cabaña por un hogar más sólido y seguro?

—Los habitantes de aldea Onaona son muy peculiares y no querrán mudarse, alteza. Disfrutan de la pesca, el sol y la vida sencilla. No saben cazar ni pastorear. Y no creo que toleren el frío que baja de la montaña.

Zelda levantó la vista y vio a lo lejos el majestuoso pico del monte Lanayru reluciendo blanco contra el sol.

—Una semana entonces —cedió ella.

Deshicieron el camino que iba desde la muralla hasta el centro de la aldea de Hatelia. El olor de la nueva forja les llegó con fuerza. Todos los guardianes que se apelotonaban en el pantano a las afueras del muro fueron desmantelados y clasificados para la fundición. De sus materiales saldrían armas, herramientas y utensilios para las casas. Zelda odiaba tener ese cementerio a la vista y hacerlo desaparecer fue una de las primeras acciones que llevó a cabo cuando se estableció en la aldea. Allí mismo había visto a Link morir entre sus brazos, tenía que aniquilar cualquier resto de aquel recuerdo.

—Alteza, ¿me estáis oyendo? —preguntó Symon, al verla perdida en sus pensamientos.

—No, perdona —admitió, ruborizándose un poco ante su propio despiste.

—Decía que si no os importa, he de ir al laboratorio con Prunia.

—Sí, sí. Claro, puedes marcharte —sonrió ella.

El sheikah hizo un gesto con la cabeza y se alejó dando zancadas calle arriba, camino de colina llama. Los habitantes de Hatelia ya se habían acostumbrado a entremezclarse con él. Los sheikah siempre habían vivido aislados, rara vez se topaban con el resto de los aldeanos, incluso tenían sus propios métodos para abastecerse sin tener que interactuar con nadie más, así que el cambio fue sorprendente para ambas partes. Symon se habituó rápido al trasiego de la aldea, incluso parecía disfrutar con ello. El caso de Prunia fue más complicado. Ella era complicada. Era una anciana de más de cien años encerrada en el cuerpo de una niña de siete. ¿Quién en su sano juicio podría entender aquello sin achacarlo al mal de ojo y la brujería? Además, Prunia perdía la paciencia con facilidad y Zelda tenía que interceder para que no se excediese con sus locuras y sus experimentos.

Zelda se detuvo ante el edificio de la escuela. La escuela era lo que más le enorgullecía de todo lo que había hecho desde que llegó a la aldea, hacía algo más de cuatro meses. Desde que llegó se volcó en reconstruir la vieja escuela, toda la idea de su proyecto de reconstrucción se inició justo en ese lugar. No podía entender que los niños estuvieran creciendo salvajes y con un dudoso nivel de educación. Ellos eran el futuro, ante todo.

—¡Profesora! —exclamó uno de los niños que jugaba en los alrededores. Echó a correr en su dirección nada más verla.

—¿No deberías estar en clase, Nebb?

—Ya no vienes a la escuela, profesora, ¿por qué? ¿Es que no quieres estar con nosotros? —preguntó él, sin ocultar su decepción. Zelda sintió una punzada de ternura en el pecho y se agachó para ponerse a su nivel.

—Sí quiero estar con vosotros, ¿cómo no iba a querer? Pero… Tengo mucho trabajo que hacer, ¿recuerdas que os lo dije? Tal vez un día pueda venir a enseñaros algo nuevo, algún experimento —sonrió ella, guiñándole un ojo. Nebb pareció aceptar como válida la propuesta y le devolvió una sonrisa llena de huecos por las mellas de los dientes de leche caídos. —Ahora vuelve a clase, tienes que esforzarte más y no escaparte para hacer el vago, ¿me oyes?

Él agitó la cabeza afirmativamente, pero no se movió del sitio. Siguió inmóvil, con los ojos clavados en el suelo y las puntas de las orejas rojas como un tomate maduro.

—¿Quieres un beso de despedida? —intuyó ella.

Él volvió a afirmar moviendo la cabeza, pero con más timidez. Nebb giró la cara para ofrecerle la mejilla y ella se la besó. Después él escapó corriendo a toda velocidad en dirección a la escuela. Nebb era un niño cerrado y muy poco hablador, sus padres pensaron incluso que tendría algún problema, pero cuando empezó a ir a la escuela todo eso cambió. Zelda aún recordaba a su madre agarrándole las manos entre lágrimas para agradecerle la carta que el pequeño les había escrito de su puño y letra con un poco de ayuda de "la profesora Zelda". Nebb siempre tenía el pelo rubio alborotado y eso le recordaba mucho a-

—¡Hola, Zelda! No sabía que hoy vendrías por la escuela.

—Hola, Cecille —saludó Zelda, volviendo a incorporarse —sólo me he detenido un poco a mirar, en realidad tengo cosas que hacer.

—Oh, es una pena. No sabes cuánto te echan de menos los niños, preguntan por ti casi todos los días.

—Yo también los echo de menos a ellos, pero ahora tengo demasiado trabajo. Es casi imposible atraer a nadie a esta aldea, es desesperante. Así nunca volverá a ser tan grandiosa como antaño. Necesitamos gente, Cecille.

—La abuela dice que muchos emigraron hacia las tierras del oeste —dijo Cecille, con aire pensativo. —¿Vendrás a cenar a casa algún día? Hace tiempo que no vienes.

—Me gustaría mucho. ¿Mañana tal vez?

—Eso sería perfecto. Se lo diré a la abuela, seguro que prepara algo bueno para ti —sonrió Cecille. Tras ese pequeño inciso se despidió, y volvió al colegio para seguir trabajando.

Cecille se había convertido en una amiga para ella, hicieron buenas migas nada más conocerse y la joven siempre la ayudó con todo lo que tenía que ver con la escuela. Tuvo que esforzarse durante semanas para que dejase de llamarla por su nombre protocolario, eso sí, pero con el tiempo consiguió que dejase las formalidades a un lado.

Al fin Zelda cruzó el pequeño puente colgante sobre el riachuelo y llegó a su casa. No necesitaba una casa tan gigantesca para ella sola, pero Karud, el maestro de obras había insistido en construirla así. "No es un palacio, pero como si lo fuera" dijo el peculiar hombrecillo.

La casa tenía tres plantas. El área más baja estaba ocupada por la cocina, el comedor, una despensa, un dormitorio, baño y un almacén, todo tan espacioso que en realidad cada sala tenía tres veces el tamaño que habría en una casa normal. En la segunda planta había una gigantesca biblioteca y un taller de trabajo, además había dos dormitorios adicionales con un baño compartido. La última planta era abuhardillada pero muy amplia, ahí estaban ubicados sus aposentos, en los que no faltaba de nada. Habían construido una enorme ventana circular en el tejado, para que ella pudiese ver las estrellas y el cielo desde la cama. "Karud, no necesito una casa tan enorme para mí sola" había reiterado ella más de una vez. "Una princesa necesita un castillo, alteza" repuso él. Y no hubo manera de sacarle aquello de la cabeza, aunque ella veía más práctico construir tres casas en el mismo espacio y repartirlas entre los nuevos habitantes que se asentasen en la aldea.

Zelda dejó los zapatos en el mueble de la entrada y subió sin perder el tiempo a su taller, donde tenía el despacho de trabajo.

—¿Prunia? ¿Qué haces tú aquí? —se sorprendió Zelda, al encontrar a la joven sheikah sentada en su silla, revisando una montaña de papeles.

—Quería hablar contigo de unas cuantas cosas, "alteza" —dijo ella, bromeando con el título. Tampoco usaban las formalidades entre ellas cuando estaban a solas.

—Pero Symon ha ido hace un momento a buscarte…

—Tiene trabajo que hacer, no te preocupes por él, se distraerá con setas o alguno de esos hierbajos que él adora investigar. ¿Y bien?

—Y bien, ¿qué? —dijo Zelda, arrastrando una silla para dejarse caer frente a Prunia en la mesa de trabajo. Ya intuía el tipo de conversación que se avecinaba.

—Oh, por favor —resopló Prunia, poniendo los ojos en blanco —ya llevas más de cuatro meses aquí. Has hecho cosas grandiosas, has devuelto la vida a la aldea y tu pueblo te adora.

—Gracias por el resumen —bromeó Zelda, agarrando la pluma de un tintero para juguetear con ella mientras conversaban.

—Reconstruir la ciudad de Hatelia como un primer paso de aproximación a reconstruir la Ciudadela y el castillo me parece bien. Sabes que tanto yo como el consejo sheikah aprobamos la idea, es lo que tiene sentido. Pero ese tipo, el rey de Tanagar. Ha vuelto a mandar otra misiva.

—No he conocido a nadie tan pesado en toda mi existencia —se quejó Zelda, poniendo los ojos en blanco.

—Quiere un reparto equitativo y quiere parlamentar y si no… tiene un ejército.

—Lo sé.

—Nosotros no tenemos ejército —puntualizó Prunia.

—De nuevo, gracias por la observación —dijo Zelda, arrastrando el dedo índice por el borde de la pluma.

—¿Y te quedas tan tranquila? ¿Eso es todo? —Prunia se removía en la silla con nerviosismo.

—Siempre podemos parlamentar con ellos, nunca lo hemos hecho, podría ser más productivo que seguir dando largas —sugirió Zelda.

—No. Hay que convocar a Link ya, no lo podemos demorar más —Prunia clavó los agudos ojos ocultos tras las gafas en ella, pero Zelda bajó la mirada, rehuyendo el contacto visual.

—Aún no… es pronto para-

—Tienes que dejar de esconderte —interrumpió Prunia —sea lo que sea que pasó, tienes que superarlo.

—Tú no lo entiendes. Si él aceptó alejarse de mí es porque es su decisión. No puedo obligarle a que venga, ya le han obligado a demasiadas veces a tener que aguantarme y no quiero cometer el mismo error otra vez —acertó a decir Zelda, haciendo esfuerzos por mantener a raya la angustia que le producía tocar el tema.

—Por la Diosa —dijo Prunia, poniéndose en pie —a veces se me olvida que trato con pseudo-adolescentes.

Zelda abrió la boca para defenderse, pero Prunia intervino, adelantándose.

—Zelda, empieza a preocuparme tu seguridad, de veras. Y también la de este pueblo, está prosperando muy rápido y llama la atención de otras regiones. Muchos te vieron usar la Trifuerza en el monte del trueno y saben que estás viva, que estás aquí, las noticias se extienden rápido y peligrosamente. Aún tienes que visitar a dos mandatarios y no tenemos ni un triste soldado entrenado para acompañarte por los territorios plagados de los esbirros de Tanagar. Link es el único con una formación militar adecuada, el único con experiencia, y es caballero. Por no hablar de todo lo demás que él representa.

—Dame tiempo, te prometo que convocaré a Link. Tengo… sí, tengo que hacerlo.

—Eso mismo dijiste el mes pasado. —resopló Prunia —Tienes una semana, es todo el tiempo que te doy para que entres en razón de una buena vez. Si no lo llamas tú, lo haré yo sin informarte previamente.

Prunia decidió marcharse dando por zanjado el tema. Zelda volvió su atención a sus tareas habituales. Estuvo trabajando unas cuantas horas en su taller. Tendría que hablar con Karud más tarde, hacía falta más ayuda en la muralla que levantando casas que nadie podría ocupar.

Al caer la noche, alguien tocó a la puerta. Zelda se dio cuenta de que había perdido la noción del tiempo. Ya no se obsesionaba con guardianes mecánicos, ni con los descubrimientos arqueológicos de los sheikah, ahora las horas se le iban diseñando y pensando en cómo hacer crecer la ciudad, cómo aprovechar los recursos, cómo preparar una defensa. Al bajar por las escaleras se miró en el espejo, tenía ojeras y el pelo un poco revuelto. Demasiado trabajo.

—Buenas noches, Clavia —saludó Zelda al abrir la puerta —adelante, no te quedes ahí.

—¡Oh no, alteza! Sólo he venido a traeros un poco de guiso y un pastel de manzana. El pastel lo he hecho junto a mi hija pequeña, le hacía mucha ilusión preparar algo para vos —dijo la mujer. Era lavandera y una de las vecinas más próximas a su casa, a pesar de que "el castillo" de Zelda estaba algo aislado del resto de la aldea sus vecinas acudían frecuentemente a preocuparse por ella.

—No era necesario que te molestases, de veras —sonrió Zelda —aún tengo comida de la que trajiste hace un par de días.

—Deberíais comer más, alteza. No quiero parecer impertinente, pero estáis demasiado flaca. Si me dejarais ser vuestra cocinera…

—N-no creo que necesite cocinera, me puedo arreglar yo sola, aunque para mí sería un honor, ya te lo dije el otro día —Zelda no pudo evitar ruborizarse un poco ante el ofrecimiento.

—Mi abuela trabajaba en las cocinas del castillo, seguramente cocinaba para vos desde que erais una niña. Me haría tanta ilusión seguir esa tradición familiar… por favor, decidme que lo pensaréis.

—Lo pensaré. Seguro que todo lo que me has hecho está buenísimo —dijo Zelda, aceptando la cesta con comida.

—Que paséis buena noche, alteza. Si necesitáis algo, lo que sea, puedo venir yo o puedo pedir a mi esposo que venga.

—Gracias, Clavia, de corazón.

—Que la Diosa os guarde, mi joven princesa.

La comida de Clavia era deliciosa, eso no podía negarse. El guiso le recordó a Zelda a su más pura niñez, seguramente sí habría probado algún bocado de la comida de la abuela de Clavia.

Pero no era la única vecina que intentaba ayudarla y ofrecerle sus servicios sin pedir nada a cambio. Amira vivía frente a Clavia. Era costurera y había llenado su armario con vestidos y ropa, siempre andaba detrás de ella para tomarle medidas o llevarle ropa que realmente no necesitaba, Zelda ya tenía mucho más de lo que podía llegar a necesitar. Robert, el padre de Cecille, le dejaba una botella de leche fresca en la puerta cada mañana, y también le hacía llegar sus mejores quesos. Karad era un joven carpintero que trabajaba para Karud, el maestro de obras. Era muy callado, al menos parecía como si ella lo intimidase de alguna manera porque él siempre enmudecía y agachaba la cabeza en su presencia. Apenas habían cruzado saludos y palabras de agradecimiento, pero si oía que ella tenía algún desperfecto en casa acudía por su propia cuenta a arreglarlo de inmediato. Todo el pueblo se había volcado con ella y eso le hacía desear esforzarse en mejorar cada día más para devolverles todo lo que le estaban dando.

Aquella noche, la luna llena se derramaba como una cascada de luz plateada sobre su cama, en la tercera planta del "castillo". Zelda miraba su mullido colchón pensando que iba a ser una noche difícil y tendría problemas para dormir. Estaba demasiado cansada como para llenar las horas trabajando un poco más en sus proyectos. La conversación con Prunia la había dejado trastocada y sabía que esa noche no iba a poder evitar pensar en él. Era fácil no pensar en él cuando había millones de tareas que hacer y el día parecía no tener suficientes horas, pero algunas noches era complicado. Abrió el cajón de la mesita de noche y sacó el diario de su padre. No lo había terminado aún por dos motivos. Uno de ellos era que se controlaba adrede para dosificar su contenido. Le gustaba beberse la historia a sorbos, regodearse en ella, era una forma de conseguir que aquel tesoro durase mucho más. El otro motivo era que el diario había comenzado a mencionar a Link de forma cada vez más frecuente, y temía lo que pudieran ocultar esos fragmentos.

Hoy he ido a ver entrenar al hijo de Ralek. Ya ha cumplido dieciséis años y el consejo sheikah insiste en que no le pierda de vista. Debo reconocer que ha conseguido arrancarme una sonrisa. Es joven y ágil como un cervatillo, cualquiera podría subestimarle por su juventud, pero sus golpes son tan duros e implacables que hoy ha roto tres escudos de sus oponentes, incluso usando una espada de entrenamiento roma y de mala calidad.

"Debes tomarlo con más calma, muchacho, no es como si se estuviera acabando el mundo" le dije, acercándome cuando derribó a su último oponente.

"Majestad" respondió, hincando la rodilla y agachando la cabeza.

"Vamos, vamos. Levanta, quiero conversar contigo".

Él parecía muy sorprendido. El capitán se llevó consigo al resto de caballeros para que yo pudiera conversar con Link, así se llama el muchacho, a solas.

"¿Llevas mucho tiempo entrenando?"

"Desde que tengo uso de razón, señor. No, señor no. M-majestad, señor. Lo siento"

Su timidez me hace soltar una carcajada sin poder evitarlo, por un momento se me había olvidado que prácticamente estoy conversando con un niño.

"Tranquilo, Link. Dejémoslo en "Majestad" pero si me llamas "señor" no pasa nada, sobre todo ahora que estamos charlando tú y yo en confianza".

Él asiente y por un momento veo sus ojos azules. Idénticos a los de la esposa de Ralek. La vi en contadas ocasiones, pero recuerdo aquellos ojos inmensos que son los mismos con los que el muchacho me observa, temiendo qué puedo estar a punto de decirle.

"Dime, ¿alguna vez has pensado en servir a la Familia Real".

"Ya sirvo a la Familia Real".

Ahora soy yo el que está intimidado por la firmeza de su respuesta, tiene los ojos de su madre y la lealtad de Ralek.

"Tienes toda la razón. Pero me refiero más bien a un servicio más cercano. Más específico. Eres muy buen espadachín, he podido verlo esta tarde".

"Gracias, Majestad, señor. No. No lo había pensado, pero estaré al servicio de lo que vos ordenéis".

"Bien. Tengo una hija, casi de tu edad. ¿La conoces?"

"Sí, Majestad. La vi una vez, de lejos en un desfile militar. Y… t-también la vi otra vez." El joven pareció dudar porque desviaba los ojos con indecisión, eso, o es que siempre hay que sacarle las palabras con sacacorchos. "Corría sola en mitad de la noche hacia las caballerizas". Confesó al fin.

"Ah, eso. Mi hija tiene una tendencia innata a meterse en problemas, Link. Es por eso que siempre está bien escoltada, aunque es demasiado inteligente y suele engañar a todos los que se hacen cargo de su seguridad. Tal vez un caballero podría ocuparse de esa tarea con más eficacia".

El muchacho sigue mudo, encogiéndose de hombros. Nah. Es demasiado joven. Apenas un crío, igual que ella. Al verle siento que Link podría ser una solución y al mismo tiempo representar un nuevo y desconcertante problema. Él no puede ser el elegido, los sheikah se equivocan una vez más.

Zelda cerró el diario. ¿Qué sentiría Link en realidad? ¿Era sólo que se había visto arrastrado por las circunstancias para acabar estando con ella? Primero fueron los sheikah con sus predicciones estelares, luego su padre. Más tarde la Espada, el Cataclismo. La Diosa Hylia y el Universo entero empujaron para que ambos estuvieran juntos en esa misión, y eso despertó su atracción como consecuencia. Pero parecía como si él sólo se dejara llevar, como si jamás hubiera tenido poder de decisión en toda su vida. Tampoco ella lo había tenido… pero eso era diferente. Ella estaba enamorada de él y el hecho de reconocer esos sentimientos lo había decidido sólo ella. Pero ¿sería lo mismo para él? ¿Qué había decidido Link en realidad? Si Ganon no hubiese despertado, ¿habría superpuesto sus sentimientos a las obligaciones? ¿Qué habría pasado si Mipha le hubiera dado la armadura antes del despertar de Ganon?

"Basta. Ya basta" pensó, tratando de alejar su eterno bucle de pensamientos. Eran los que la atosigaban desde que se había separado de él y nunca encontraba una respuesta que la calmase o que fuese satisfactoria.

De repente, sintió un enorme vacío. Sus aposentos le parecieron inmensos y oscuros. Se puso en pie y salió de casa, echándose la capa sobre los hombros y cubriéndose con la capucha. La aldea entera estaba dormida. A veces, algún aldeano se ofrecía voluntario para hacer rondas nocturnas y vigilar las calles, ponían bastante énfasis en vigilar su casa para que ella pudiera dormir "tranquila y a salvo". No sabían que lo que más la aterrorizaba era quedarse dormida a solas en aquel inmenso dormitorio, y que al abrir a los ojos se hubiera transformado en un castillo oscuro y en ruinas.

Por suerte, aquella noche no había nadie haciendo la ronda y pudo llegar hasta colina llama sin problemas. Allí la noche era más fría y el viento traía el olor salado del mar. Zelda subió por la escalera exterior que rodeaba el molino reformado donde tenía Prunia el laboratorio. Había hecho tantas veces aquel recorrido en los últimos cuatro meses que podría moverse a ciegas si quisiese. Cuando llegó a la parte alta del molino empujó una pequeña ventana circular y se coló dentro. Se descalzó y desvistió, conservando sólo su fina camisa interior antes de meterse en la cama.

—Pensé que lo estabas superando —gruñó Prunia, moviéndose para hacerle un hueco a su lado.

—Y lo estoy superando. Es sólo que esta noche tengo insomnio. No es que vuelva a tener miedo ni nada de eso —se justificó ella.

—Zelda…

—¿Qué?

—Nada.


El día se preveía agotador. Además, había empezado a llover y eso paralizó todas las obras y la reconstrucción de la muralla. Zelda se encerró con Prunia en su laboratorio. Symon no decía nada cuando la veía aparecer allí por arte de magia muchas mañanas, tan sólo se limitaba a saludar con una sonrisa y a prepararle un té.

A media mañana apareció el maestro de obras Karud, acompañado del joven Karad. Prunia les dejó entrar al laboratorio, después de todo hacía tiempo que no revisaba los planes de edificación con ellos.

—Alteza, se me ha ocurrido que podríamos construir unas caballerizas —dijo Karud, con su habitual tono de efusividad.

—¿Unas caballerizas? No creo que necesitemos eso aquí, hay pocas familias alojadas aún. Cada cual tiene espacio de sobra para guardar a los caballos y además, también están las granjas y ranchos del norte de la aldea. —razonó Zelda.

—Unas caballerizas y un cuartel para que los guardias y caballeros puedan alojarse —dijo Karud, ignorando todo lo que ella había dicho.

—No me parece mala idea —intervino Prunia —pero que sea Link el que apruebe esa construcción una vez esté con nosotros.

Zelda puso los ojos en blanco ante la indirecta de Prunia e instó al maestro de obras y a su ayudante a que se marchasen ya, aún tenía cosas que hacer y el hecho de empezar algo cuando otras muchas cosas aún no estaban terminadas la sacaban de quicio.

—Alteza, yo… querría acompañaros a vuestra casa —dijo Karad, sin levantar la vista del suelo.

—¿A mí? ¿A mi casa?

—Sí. Sé que la última vez teníais goteras. Está lloviendo demasiado y yo… yo…

—Quieres comprobar que todo esté bien, ¿no?

Él agitó la cabeza sin decir nada. Zelda agarró su capa y apuró el té.

—Me marcho con Karad. Te veré mañana, Prunia. Esta noche voy a cenar en casa de Cecille con su familia.

—Sí, sí. Como siempre… os veré esta noche, alteza —dijo Prunia con suspicacia, cruzándose de brazos.

La lluvia era muy intensa, apenas había nadie en la calle. Karad y Zelda corrían colina abajo con cuidado de no resbalar con los arroyos ni el barro, y al poco tiempo llegaron a la inmensa casa de Zelda.

—Espera… —dijo ella al llegar al rellano de la puerta de entrada.

—¿Algo va mal?

—No lo sé… es que la puerta está abierta.

—Tal vez olvidasteis cerrarla, alteza.

—No, no es eso.

—¿Queréis que entre yo primero? —preguntó Karad, sacando su martillo del cinturón.

—No, entraré yo.

La casa parecía tranquila, todo estaba tal y como lo había dejado la noche anterior. Zelda se adentró con cautela, procurando no hacer ruido, Karad la seguía por la espalda con el martillo en alto. De repente, un crujido.

—Alguien ha entrado en casa —susurró Zelda —está en mi taller, en la segunda planta.

Karad la adelantó para subir por delante de ella.

—No, espera —lo detuvo, tirando de su brazo —deja que vaya primero.

—Pero, alteza…

—Por favor.

Subieron las escaleras casi a oscuras. El ruido de la fuerte lluvia en el exterior era suficiente para ocultar el sonido de sus pasos. Zelda intuyó una sombra en su escritorio. Lo había revuelto todo, cajones, armarios… No parecía nadie de la aldea, vestía una casaca oscura con capucha.

—¡Eh, tú! —gritó ella de repente.

El encapuchado levantó la vista y quiso ir hacia ella para huir por las escaleras, pero entonces descubrió a Karad y su martillo en alto.

—Es inútil, estás atrapado. ¡Descúbrete! —ordenó Zelda, caminando en su dirección.

El ladrón retrocedió y ella caminó hacia él, arrinconándole cada vez más contra la pared. Él lanzó un golpe con el puño que ella esquivó y luego corrió hacia la ventana que daba a la parte trasera de la casa. Zelda lo persiguió para intentar atraparlo.

—Alteza, ¡no! —gritaba Karad, tratando de anticiparse.

Zelda consiguió agarrar el borde de la túnica del intruso, pero éste tiraba con fuerza, hasta que pareció hartarse y se giró para agarrar a Zelda por la muñeca. Ambos empezaron a forcejear, Karad se mantenía a su lado sin poder hacer gran cosa, con tan poca luz era difícil acertar en el blanco sin herir a la princesa sin querer.

—Maldito seas, ¿qué haces en mi casa? —rechinaba ella entre dientes.

En un último suspiro el ladrón se abrazó a ella rodeándola y se arrojó contra la ventana, que se rompió con el impacto de ambos cuerpos. Ambos cayeron al río que discurría por detrás de la casa, bajo la ventana trasera. Karad saltó tras ellos sin pensárselo dos veces.

—¡Alteza! ¡Alteza!

—E-estoy aquí… —dijo ella, que se aferraba a la orilla varios metros más allá, corriente abajo donde el curso del río era menos profundo —¡date prisa, Karad, ese tipo ha escapado!

Karad se acercó hasta a ella y la ayudó a salir del agua.

—Por la Diosa, alteza, ¡podríais haberos matado! —exclamó él, sorprendido ante su audacia y sobre todo ante su temeridad.

—Estoy bien, pero no he logrado averiguar quién es, maldita sea.

—Alteza, vuestro brazo, estáis sangrando —se alarmó él.

—No es nada, me he debido cortar con algún cristal de la ventana. Karad, ha escapado, no he conseguido retenerle.

—Eso no importa, alteza, vos estáis herida y ese tipo ha huido río abajo, es tarde para perseguirle. Vayamos a un lugar seguro ahora mismo, avisaré a los sheikah.

En apenas un suspiro la casa de Zelda se llenó de gente. Prunia acudió con Symon, que comprobó que no faltaba nada en la casa mientras la joven sheikah se encargaba de frenar su hemorragia. Karad llamó a unos cuantos hombres que acudieron de inmediato. Inspeccionaron toda la casa y también los alrededores en busca de más ladrones o de posibles desperfectos, pero todo parecía estar bien, el ladrón escapó sin mayores consecuencias.

—¡Au! Eso duele, ¿sabes? —se quejó Zelda mientras Prunia le cosía el brazo con pequeñas puntadas. Ambas se habían quedado a solas mientras el resto buscaba y patrullaba en el exterior.

—Si no hubieras saltado por una ventana como un gato y te hubieras comportado como una adulta, tal vez no tendría que coserte —refunfuñó Prunia.

—Y eso me lo dice alguien como tú, que no levantas ni dos palmos del suelo.

—En serio, no puedes seguir así, Zelda. Saltar al río desde un segundo piso, por Hylia, podrías haberte matado. Y lo peor es que me temía que algo como esto iba a pasar tarde o temprano.

Zelda guardó silencio, mientras apretaba los dientes para aguantar el dolor.

—Bebe esto —dijo Prunia, tendiéndole un frasco de licor —¿era un Yiga?

—No. No vi el símbolo del ojo invertido en su casaca —dijo Zelda, pegando un trago largo del frasco.

—Has de beberlo todo. Podría ser un Yiga, aunque desde que Link desterró a Kogg todos están perdidos…

—No era un Yiga —insistió Zelda —No quería atacarme. Buscaba los planos de la ciudad y de reconstrucción. Si recuerdas bien estaban en tu laboratorio, al menos los más importantes. Por eso no pudo hacerse con ellos.

—¿Crees que… Tanagar está detrás de esto?

—Tal vez —dijo Zelda. —Si es así, es una jugada muy arriesgada por parte de su rey, enemistarse así… ¡ah! ¡Me haces daño!

—Si te duele no me importa lo más mínimo —gruñó Prunia —no eres consciente de tus tonterías. Espero que te duela durante varios días para que recuerdes lo que no debes volver a hacer. Ahora pondré un vendaje para que no se infecte.

Zelda sentía que el brazo palpitaba de dolor, pero la sustancia de la bebida que le había dado Prunia estaba teniendo un efecto balsámico.

—Tengo miedo —dijo ella de repente —no quiero que haya una guerra en Hyrule.

—No debes pensar en eso ahora. Lo mejor es que descanses en lo que resta de día, nada de trabajar y sobre todo nada de pensar.

—Pero…

—No hay peros, alteza real —dijo Prunia con tono burlón —Me quedaré contigo aquí para asegurarme de que descansas y no haces nada fuera de lugar. Mañana… mañana hablaremos. Ahora te vas directa a la cama. Ese licor tiene unos polvos especiales y no tardarás en quedarte dormida.

En efecto Zelda comenzó a sentir la cabeza muy pesada y que todo su cuerpo se veía invadido por una extraña y repentina relajación. Se dejó llevar hasta sus aposentos y allí cayó vencida por el efecto de la bebida de Prunia.


No fue hasta el día posterior al incidente cuando ella volvió a abrir los ojos. La tenue luz que precede al crepúsculo se colaba por las ventanas de sus aposentos, había estado dormida más tiempo del que pensaba. Se sentía aturdida, la bebida de Prunia tenía que ser la responsable. También notó una fuerte punzada de dolor en el brazo, la pierna y en el costado, debió hacerse más daño de lo que pensaba en la caída. Se aseó un poco y se vistió para encaminarse escaleras abajo, hacia el estudio. Allí encontró de nuevo a Prunia, sentada en el escritorio.

—¿Cómo estás?

—Un poco dolorida, pero bien —trató de sonreír ella, pero la sonrisa se mezcló con una mueca de dolor —aunque la cabeza me da vueltas como si estuviese borracha.

—Es por la esencia de la amapola. Tendrás que tomarla un par de días más para calmar los dolores y poder dormir bien —dijo Prunia. Ella asintió, aceptando cualquier recomendación que la diminuta sheikah pudiera darle.

—La aldea…

—¡Oh! Todos en la aldea saben ya lo que pasó, has dormido más de veinticuatro horas seguidas así que no queda ni un solo ser que no sepa lo del ladrón y su heroica princesa —Prunia adoraba usar ese tono burlón para exagerarlo todo —Y todos ellos han venido a traerte algo o a preguntar por ti, Symon se ha encargado de atenderles.

—Tendré que dar las gracias a todos de uno en uno —sonrió ella.

—Y… Casi lo olvidaba, los niños del colegio te han hecho este papelote. Sin duda necesitarían que un sheikah les enseñase bien las disciplinas artísticas. Qué horror y qué falta de visión espacial tienen esas criaturas…

Zelda desplegó el lienzo que Prunia le había tendido. Era un dibujo de ella en la escuela, rodeada de todos los niños y en el que unas letras torcidas y temblorosas rezaban: "ponte bien pronto, profesora", todos los niños habían firmado escribiendo su nombre en la parte inferior. Zelda sintió que se le encogía el pecho y los ojos se le humedecieron.

—Aw, alteza, por favor. No sabía que ese tipo de sensiblerías podían afectarte —dijo Prunia, poniendo los ojos en blanco.

—N-no me afectan —dijo ella, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—En fin, nunca se me han dado bien las relaciones sociales así que… Por cierto, alguien más ha venido a verte, llegó esta misma mañana. Está abajo esperando.

—¿Abajo?

—Sí, vayamos ahora, ya lleva ahí demasiado tiempo y debe estar muy impaciente —propuso Prunia.

Zelda bajó las escaleras hasta la planta baja, seguida de cerca por Prunia. Al llegar oyó ruido en la cocina, así que se dirigió hasta allí. Cuando lo vio sintió que todo su mundo se estremecía, como si de repente no hubiera suelo bajo sus pies y estuviera cayendo al vacío.

—Link…

—Hola, alteza —dijo él, dándose la vuelta.

—¿Q-qué-?

—Prunia me llamó y yo he venido —aclaró, encogiéndose de hombros.

Su primer impulso fue arrojarse a sus brazos. Necesitaba tanto arrojarse a sus brazos que pensó que dejaría de respirar si no lo hacía, pero vio algo en el fondo de los ojos azules de Link. Era un fondo de tristeza y también de reproche. No podía culparle. Se quedó paralizada y se limitó a mirarle sin saber bien qué decir.

—Link cabalgó durante toda la noche desde Ciudad Goron para estar aquí lo antes posible —intervino Prunia. Él apartó la mirada, parecía turbado.

—Pues… gracias —acertó a decir ella.

—Ha venido a encargarse de la defensa de Hatelia y por supuesto de tu seguridad, como ha hecho siempre y nunca debió dejar de hacer —prosiguió Prunia, el tono de sus palabras guardaba una reprimenda hacia ambos.

Zelda agachó la cabeza, pero lanzaba miradas de soslayo hacia él para volver a reconocerle. Vestía una túnica fina, sin mangas, y una barba de pocos días poblaba su mandíbula y la parte baja de sus mejillas. Tenía los ojos cansados y desde el primer intercambio de miradas los mantenía en cualquier sitio que no fuese ella.

—Bueno, como veo que los tres estamos en medio de una conversación muy animada —dijo Prunia con ironía rompiendo un largo silencio —yo me voy a marchar ya. He pedido a Link que se establezca aquí, en los dormitorios de la planta baja.

—Puedo alojarme en otro sitio si es un problema —se apresuró a decir él —tengo amigos en la aldea.

—Por la Diosa, no es un problema y aquí estarás mejor —intervino Prunia —esta casa es demasiado gigantesca para una sola persona y la princesa necesita que nadie vuelva a atreverse a asaltarla con total impunidad. ¿Crees que puedes encargarte de su protección?

Él agitó la cabeza afirmativamente, sin decir nada más ni imponer una pega.

—Bien, pues yo me marcho ya. Os dejo con vuestra charla, no hay quien os calle —se despidió Prunia, soltando una risa infantil antes de desaparecer por la puerta.

Zelda esperó unos segundos más en medio de aquel silencio tenso, mientras sentía el pulso frenético de su corazón, que latía casi con violencia.

—Link, yo…

Él tomó aire profundamente y caminó hacia ella. Cuando estuvo a menos de un cuerpo de distancia le agarró el brazo que tenía vendado y lo examinó con delicadeza y minuciosidad. Sus ojos se volvieron de un azul más oscuro mientras la inspeccionaba. Apretó las mandíbulas como único comentario al respecto. Después la soltó y dio un paso al lado.

—Voy a cenar en casa de Cecille y su familia, me están esperando —informó él.

—Está bien.

—No saldrás de aquí bajo ningún concepto. Aún no he podido comprobar que esta casa o que la calle sea segura al anochecer. He pedido a tu vecino D-, Doh-

—Dantz —aclaró ella.

—Sí, Dantz. Estará en la puerta hasta que yo vuelva.

Zelda afirmó en silencio y dejó que él se marchase sin atreverse a decirle nada más.


Notas capítulo 7

Hola amigos, me gustaría hacer algunos comentarios sobre el capítulo.

El primero es que espero que se entienda este salto temporal que he introducido. Sé que es un recurso arriesgado, pero ya preparé la historia para ello con el giro argumental del capítulo anterior, era el paso necesario para poder dar el salto hacia el nuevo curso de la trama. Os prometo que toda la información que falta se irá aclarando poco a poco y sabremos por qué Link y Zelda decidieron separarse por un tiempo.

El segundo es que mi intención ha sido recompensar un poco a Zelda en este capítulo. Prácticamente durante toda su vida este personaje ha estado sometido a un profundo rechazo, el de su padre (intencionado o no, es el más grave) pero también el de su pueblo que desconfiaba de sus capacidades para despertar su poder e incluso para ser gobernante. Después mandé a la pobre Zelda a ese castigo horrible en el Dominio Zora, y sentía que le debía algo, un poco de redención al fin. En realidad le tengo un cariño enorme al personaje, así que he intentado devolverle un poco de lo bueno que ella siempre ha dado (y seguirá dando) a los demás.

Por último, quiero deciros que la semana que viene no habrá capítulo. Durante toda la semana estaré ocupada con un tema de trabajo y será literalmente imposible sacar tiempo para acabar la escritura, hacer todas las revisiones necesarias, etc. Espero que no os olvidéis de la historia en ese periodo de espera un poco más largo y le sigáis dando una oportunidad a lo que vendrá en adelante ;)

Miles de gracias por vuestros reviews, likes y follows, y simplemente por estar ahí al otro lado y seguir leyendo.

Un fuerte abrazo,

-Nyel2