Tiró el cascarón vacío del monstruoso centollo de vuelta al océano.Había pescado aquel bicho descomunal y lo asó con una ráfaga de energía para luego comérselo de una sentada. Aunque seguía con hambre. No estaba seguro de si la mujer había traído comida para él, pero de todos modos prefería buscarse su propio sustento, no por nada, sino para descansar un poco de esa tensión que había creado entre ellos.Lo que había comenzado como un divertido tonteo, sólo un acercamiento que podría pasar por casual, poco a poco se fue transformando en un anhelo antes desconocido hacia aquella humana. Su olor, sus miradas disimuladas... A lo mejor simplemente era él que llevaba mucho tiempo sin intimar con una hembra, pero el caso era que se le antojaba agotador aguantarse las ganas de avalanzarse sobre ella como un niñato en celo. No tuvo otra opción que poner tierra de por medio para poder pensar con claridad.
Se tumbó a la sombra de un árbol a descansar, imaginando en cómo sería entrenar en la cámara de gravedad, cuál sería su nuevo límite de poder. Desde luego, llegaría a ser mucho más poderoso que Kakarot, se le contraían los músculos sólo de pensar en el fragor del combate y en como se sentiría siendo súper saiyan. Sin pensarlo se elevó violentamente en el aire y envió a la nada una ráfaga de puñetazos y un par de patadas. Cómo echaba de menos luchar, ese planeta lo estaba oxidando.
Volvía sus pensamientos al combate prometido con su némesis cuando sintió una energía humana llegando a la isla. Extrañado, prestó más atención a ese ki, aguzando también el oído por si se trataba de una amenaza, pero se relajó de inmediato al comprobar que no se trataba de nada importante. Parecía una panda de terrícolas llegando al islote, en dirección a donde habían aterrizado ellos dos. Se acercó volando curioso, por si se trataban de amigos o conocidos de su humana. Pero lo que vio al llegar a la linde de la arboleda no le pareció que así fuera.
Efectivamente era un grupo de hombres, una manada de cobardes, pura escoria. Rodeaban a Bulma, la manoseaban como si se tratara de un trozo de carne que se fueran a comer. Era repulsivo. No sabía realmente a razón de qué, si a su sentido del honor el que le empujaba a actuar o a que de algún modo, por muy imperceptible que fuera el vínculo, sólo de anfitriona y huésped, ella le pertenecía, pero no dudó en intervenir cuando el primero de ellos se echó una mano a la entrepierna, antes de que le diera tiempo a hacer nada más:
—Vaya, vaya, vaya... ¡qué valientes! —Los cinco le miraron a la vez, retadores. Vegeta hablaba calmado, con tono ácido, los brazos cruzados sobre el pecho—. ¿Qué os pasa? ¿Es que sois tan débiles que no podéis con ella de uno en uno? Ah, no, es que sois tan feos que no podéis follar si no es de esta manera.
—¡Cállate, enano! —Rieron todos—. Si te portas bien y te quedas calladito te dejaremos mirar, hasta puede que dejemos un poco para ti —hablaba el que iba primero, sobándose el paquete.
—Oh, gracias —Caminaba cadencioso hacia él. Sus músculos absorbían ya la adrenalina que bombeaban sus venas. Ese desgraciado enclenque pagaría primero sus ansias de lucha—, pero me temo que no será posible. No sin ésto.
Le agarró de la entrepierna y apretó el puño hasta que oyó crugir la carne bajo la ropa. El tipo chilló como un endemoniado, Vegeta lo atrajo hacia sí y le dio un cabezazo en la frente.
—Cállate, escandaloso —El tipo cayó de espaldas con la cabeza y el pantalón bañados en sangre—. ¿A quién le toca ahora?
El grupo se miró, contempló a su amigo malherido en el suelo y se abalanzaron sobre Vegeta, dejando caer de golpe a Bulma en la arena. Éste los repelió, uno por uno, con apenas dos movimientos de puños, uno en un oído y otro en una quijada, y una patada en el estómago de otro más. Los tres se desplomaron de bruces en la arena, aunque con bastante mejor aspecto que el primero. Sólo quedaba uno en pie, asustado, suplicando a Vegeta para que no le hiciera daño. Éste le hizo un gesto con la barbilla, apuntando detrás de él. El tipo notó cómo alguien lo llamaba por la espalda, se giró y se encontró con Bulma, que lo recibió con un puñetazo en la nariz.
Aterrorizados, se levantaron a trompicones y se fueron corriendo a su lancha, llorando y gimiendo.
—¡Os olvidáis de éste! —Le dio un puntapié al peor parado de todos, que estaba a derrumbado en el suelo al borde del desmayo, y lo lanzó al agua.
—¡Eres un monstruo! —gritaban desde la orilla, socorriendo a su compañero—. ¡Vamos a llamar a la policía! ¡Asesino!
Vegeta torció el gesto, les apuntó con el dedo y preparó una carga de energía para lanzársela. Eran demasiado irritantes para seguir con vida.
—¡¡No!! —Bulma gritó y se echó sobre él para que errara en su disparo y no matara a esos indeseables. En su lugar, el rayo alcanzó la nave, explotando en mil pedazos.
—¡¿Por qué has hecho eso?! —Vegeta rugió enfurecido.
—¡No! ¡Mi nave! —Bulma se desplomó de rodillas en la arena al ver la explosión, llorando a moco tendido. No sólo habían intentado violarla sino que su inepto salvador había volado su aeronave con las muestras y el resultado del experimento.
—¡No habría pasado nada si no te hubieras metido, mocosa! —Vegeta montó en cólera y Bulma gimió aún más fuerte.
—Lo peor no es eso, Vegeta —logró decir entre sollozos—, es que me parece que se han llevado mis cápsulas —Luchó por recuperar la serenidad, restañándose las lágrimas de sus mejillas—. No puedo volver a casa, he perdido mi proyecto y no tengo nada con lo que pasar la noche aquí hasta que encuentre una solución —volvió a romper en un llanto desconsolado.
—¡Cállate de una vez! —bramó él, al límite de su paciencia. Respiró hondo y habló un poco más sereno, intentando calmarse—. Podría ir volando a tu casa y traerte otra estúpida nave, no hace falta que grites tanto —Bulma se tranquilizó. ¿Haría eso por ella?—. De todos modos, no es necesario. Toma. Se lo he quitado a uno.
Vegeta le lanzó el estuche a las manos, lo recuperó del bolsillo de uno de esos imbéciles, que lo había robado a su vez del bolso de Bulma.
—E-es... ésto —No sabía qué decir, le había salvado dos veces en una misma tarde—... ¡Gracias! Oh, ¡gracias, Vegeta! —De un brinco se puso en pie y le echó los brazos alrededor del cuello, apretujándole eufórica y besándole en la cara—. Dios, gracias, ¡millones de gracias!
—Ya, ya, no me agradezcas tanto —Deshizo su abrazo sosteniéndole por las muñecas y la apartó de él. Se limpió la mejilla con el dorso de la mano, un poco sonrojado—... Si lo llego a saber no estropeo tu fiesta.
—Idiota —Lo miró ceñuda pero acto seguido volvió a sonreir, dando saltitos entusiasmada. No podía enfadarse con él.
El sol caía por el horizonte. Sacó una casita de una de sus cápsulas y la abrió en el límite de la playa con el bosque, quedando así un poco resguarda entre la maleza. A la mañana siguiente repetiría el muestreo, no había otro remedio, pero debía mostrarse optimista. Entró en la casa para ponerse cómoda, necesitaba una ducha para destensar el cuerpo.
Vegeta, por otro lado, permaneció de pie en el mismo sitio de antes, mirando la puesta de sol en apariencia, rastreando el ki de esas alimañas en realidad. No creía que volvieran, pero tampoco le parecía buena idea pasar la noche allí como ella pretendía, y menos sola. Si le pasaba algo le harían completamente responsable a él de lo que le sucediera y entonces sus planes de revancha se irían al garete. No le daría lugar ni a catar la cámara de gravedad. Esa humana era como una jodida piedra en la bota que no se podía sacar.
Husmeó entre los restos del avión en busca de alguna cosa que pudiera salvar, pero fue imposible, todo había estaba destruido. Lo que no había salido volando por los aires en la explosión ahora era pasto de las llamas. Buscó con la mirada el maletín dichoso de la mujer, donde guardaba los botes con fango, tal vez pudiera hacer algo si, por suerte, no había salido proyectado fuera de allí, pues eran de un metal resistente al calor y a la presión tanto los recipientes como la propia maleta. Si lo encontraba sería su salvoconducto para irse a entrenar, de lo contrario pasaría otro largo día con ella. Y era lo último que deseaba porque, extrañamente, cada vez la detestaba menos. Se desconcertó al sentir alegría por ella, tanto al quitarle de encima esa chusma como al ver su rostro iluminado por la alegría de recuperar sus cápsulas, asimismo, valoró las agallas que mostró tener a pesar de ser una debilucha. Sonrió al rememorar cómo le rompió la nariz a ese desgraciado, e inmediatamente se obligó a borrar ese estúpido gesto de su cara. Lo que no alcanzaba todavía a comprender era la ridícula compasión que tuvo hacía esa basura: "¿Por qué no me dejó eliminarlos?".
La humareda del interior del vehículo le impedía ver con claridad.Alcanzó a vislumbrar algo bajo los restos de una mesa. Se adentró entre los amasijos de hierro fundido de lo que quedaba de la aeronave, sorteando alguna llamarada y los calambrazos que emitían los aparatos electrónicos reventados. Era una pena haber destruido el avión, se lo merecían más esos gilipollas. "¿Para que te metes?". Se agachó al lugar para observar mejor y levantó la plancha metálica que ocultaba el objeto que buscaba. Ahí estaba, la cubierta estaba bastante abollada, pero de una pieza. Salió valija en mano, a salvo de la peligrosa trampa que resultaba ahora la nave, abrió el maletín y pudo comprobar que estaban los diez contenedores cilindricos intactos. "Una cosa menos", pensó aliviado.
Entró en la casa de la humana. Era una construcción pequeña, acogedora por dentro, en tonos claros con un gran sofá a juego, televisión y una escueta cocina americana. Bulma no estaba a la vista, supuso que estaría en el baño porque oyó el agua de la ducha caer y su vocecilla canturreando. Dejó la pequeña maleta sobre la barra de la cocina y salió de la casita.
No sabía cómo aguantaría, pero pasaría la noche allí, y en cuanto amaneciera saldría pitando a la ciudad a entrenar. Esa sería la última vez que esa mujer le hacía pasar por algo similar.
Bulma terminó de asearse, vistiéndose con ropa cómoda después, pues era un prioridad por encima de su sentido del estilo. Una sudadera y un pantalón corto grises fueron su elección. Salió del baño secándose el pelo con una toalla, encendió el televisor a su paso y fue a la nevera para picar algo. Entonces vio la caja gris metalizada sobre el mostrador. Era imposible, pero ahí estaba. Lo abrió y, efectivamente, no había lugar a dudas. Vegeta había recuperado su trabajo de todo el día. Ya iban tres veces las que le salvaba el pellejo.
Miró alrededor y, no encontrándolo allí, fue a buscarlo fuera sin saber bien qué decir, no tenía palabras de agradecimiento suficientes para lo que había sucedido en ese largo día. Caminó hacia la playa, lo situó en la orilla, con la mirada perdida en la negrura de la noche. Se preguntó si los saiyans tendrían alguna capacidad extra a parte de su fortaleza, como ver en la oscuridad o leer la mente. Aquéllo último sería de gran ayuda en momentos como ése. Conforme se acercaba iba eligiendo las palabras adecuadas, abrumada, y detuvo su andar a un par de pasos de su espalda, dubitativa, distinguiendo con la escasa luz su silueta: su pelo rebelde, su nuca desnuda, la anchura de los hombros en contraste con la estrechez de su cintura, sus poderosos e intimidantes muslos y esa provocativa y redondeada zona intermedia. Todo el conjunto parecía pertenecer a la estatua de un guerrero, por su quietud y por su permanente actitud desafiante. Vegeta vivía en una constante calma tensa.Sin embargo, ya no había peligro alguno, no con él allí.
Se envalentonó y rodeó su cintura abrazándolo desde la espalda, apoyando su cabeza sobre el hombro izquierdo. Vegeta no se inmutó, la esperaba, había olido su presencia y, por su ki, sabía la intención que llevaba.
—Gracias —le susurró.
Él giró la cara en su dirección. Deshizo la cruz de brazos de su pecho y desligó gentilmente las manos de ella de su estómago. No dio ni un solo paso para apartarse.
—¿Qué tal tu mano?
Bulma se situó a su izquierda, mirando su puño cerrado desde distintos ángulos, algo dolorido por el cate propinado a la nariz de aquel tipo.
—Bueno —dijo despreocupada—, ha estado mejor, pero no me puedo quejar.
—Hmph —Vegeta resopló divertido, ella advirtió su mueca orgullosa y le acompañó en el gesto.
—¿Quieres pasar? Hay agua caliente, te vendrá bien. Y comida.
Eso sonaba bien. Entraron en la casita portátil y ella le indicó:
—El baño está a mano derecha. Voy a buscarte ropa limpia, debe haber algo de Yamcha en el armario.
Rebuscando en los cajones halló un pantalón corto perecido al suyo y una sudadera negra con el logo de la empresa familiar. Aún olía a Yamcha. Sumida en tristes recuerdos recorrió el pequeño pasillo que separaba la habitación del baño. Sin pensarlo, absorta como iba, abrió la puerta del baño sin llamar.
—Uy, ¡perdón! —Vegeta estaba sin camiseta, nada que no hubiera visto ya, pero se sintió violenta en ese momento.
Sonrojada, le entregó la ropa y cerró la puerta. Vegeta la miró perplejo y al marcharse rió travieso.
Para la cena, Bulma no se complicó la vida, nunca lo hacía y esa noche no sería diferente. Le encantaba el ramen instantáneo y siempre guardaba algunos boles para sus viajes, de hecho al abrir la despensa allí estaban, listos en cinco minutos. Los preparó y sirvió en la barra de la cocina, esperando que su compañero saliera del baño para cenar, sentada en uno de los dos taburetes de la mini cocina.
Pensó en la de veces que había compartido cena con Yamcha allí, embargándole la pena por unos momentos. La última vez discutieron acaloradamente y el pobre terminó durmiendo en el sofá, sin rechistar. El enfado le duró más de una semana, cosa que a él ni le importó. Se sintió menos culpable al recordar también eso. De pronto, el ruido de la puerta del baño al cerrarse la sacó de sus ensimismamiento. Cruzaron miradas, él la bajó y ella sonrió. Era todo tan diferente ahora, se trataba de las mismas paredes, casi la misma rutina dentro de ellas, pero parecía un mundo totalmente paralelo. Como si los recuerdos de hacía unos meses pertenecieran a otra vida lejana.
—Estás muy guapo. Te queda un poco grande pero te sienta mejor que a Yamcha —la miró confuso mientras tomaba asiento junto a ella. Bulma le explicó—. Yamcha es mi novio, bueno, era. Él —aún le costaba pronunciarlo en voz alta—... él falleció.
Vegeta dedujo por la aflicción de sus palabras que "novio" era el término que usaban los humanos para definir una pareja estable. Se había fijado que tenían esa costumbre para procrear. En la raza saiyan no era usual hacerlo, sólo fornicaban y criaban a su prole entrenándola para luchar desde muy pronta edad. Se contaba que algunas parejas de saiyans desarrollaban un lazo inquebrantable, un vínculo que los unía de por vida, pero eran sólo leyendas y cuentos de viejas. No tenía ni pies ni cabeza en una raza guerrera como ésa, donde sólo importaba tener descendencia cada vez más fuerte.
—¿Qué le pasó? —Se sorprendió de haber preguntado eso en voz alta. ¿Qué le importaba a él?
Bulma suspiró antes de contestar, mirando el bol de comida:
—Murió luchando contra vosotros —Vegeta guardó silencio, repasando mentalmente cuál de los debiluchos que pelearon con Nappa era su pareja. El único digno de llamarse guerrero era el enano calvo. Sobre gustos no hay nada escrito, por lo menos era hábil en batalla—. Era el chico moreno con gi naranja, como el de Goku. Un bicho verde de esos se aferró a él y... —no podía continuar.
Se le estaban saltando las lágrimas cuando levantó la vista para mirar de frente al saiyan, y enfureció cuando advirtió que Vegeta estaba rojo con los labios apretados, reprimiendo una carcajada, con los ojos muy abiertos.
Ella frunció el ceño, "¡Menuda falta de respeto!", y viendo que no relajaba el gesto le gritó:
—¡Vegeta!
Ya no podía reprimir más la risa, que resonó en toda la casa. Ella montó en cólera, cruzada de brazos, giró la cara en señal de indignación, roja de ira.
—Pero —Le costaba tomar aire para hablar—... pero, ¿en serio? ¿Tu novio era esa sabandija que no aguantó ni el ataque de un simple saibaman? No puede ser tan patético —Bulma echaba chispas—. El enano calvo era más digno...
—¡Muy bien! ¡Ya basta de reírse de mi novio! ¡Te estás pasando de la raya, Vegeta! El dio su vida por protegernos degentuza como tú. ¡Hmph!
—Está bien, ya paro —Se relajó, pero aún conservaba su sonrisa torcida en el rostro—. Te pediría perdón por matarlo y por reirme de él, pero fue culpa suya, es decir, ¿quién le manda? Si sabía rastrear nuestro ki y vio que no era rival para nosotros, que no se hubiera ofrecido voluntario a pelear —volvió a reírse pero sin tanta estridencia—. De acuerdo, tuvo valor, he de reconocérselo.
Bulma se calmó y volvió a suspirar:
—Acepto tu intento de disculpa, pero la noche la pasas en el sofá. Sólo hay una cama y has perdido el derecho a disfrutarla.
—¿Incluso después de salvarte de esa piara de maleantes? —Seguía sonriendo. Verla tan enojada era delicioso.
—Sí —afirmó orgullosa.
—¿Y hasta después de haber recuperado tus cápsulas? —Se acercó a su cara unos centímetros.
—Sí, listillo —Se hizo la dura. La imagen de Vegeta sonriendo con esa chispa de vida en los ojos la estaba derritiendo por dentro.
—Además he encontrado tu asquerosa tierra. He tenido que entrar en la nave ardiendo para conseguirla —Seguía acercándose, podía sentir su aliento, el calor que desprendía, observó cómo él miraba sus labios.
—He dicho que no —Giró la cara para evitar la tentación de besarle—. Y para ya de hacer eso, me pones de los nervios.
Vegeta se retiró y destapó su bote de ramen:
—Tenía que intentarlo —Se escogió de hombros. Por un lado se alegró del rechazo, pero por otro le fastidió. Había estado tan cerca que casi pudo saborearla. Otro acercamiento más y no respondería de sí mismo.
Bulma respiró hondo e hizo lo propio con su comida. Le preguntó mientras comía, invadida por la curiosidad:
—¿Y tú? ¿No tienes novia? —Él negó con la cabeza, comiendo sin mirarla—. ¿Nunca has tenido una?
—¿Qué clase de preguntas son esas?
—Bueno, si me preguntas por mi novio y te burlas de él creo que estoy en mi derecho de hacer lo mismo.
—Me obligas a dormir en el sofá, ya es castigo suficiente por eso, a pesar de todo lo que hice por ti hoy.
—Eso es diferente, te doy la oportunidad de entrenar en mi cámara de gravedad, es un trato más que justo que seas mi lacayo y salvador por un día.
—Hmph.
—¿Y bien?
—Y bien ¿qué?
—Que si has tenido alguna novia en tu vida, alguien que hayas querido más que a ti mismo y te hubiera correspondido de igual modo —insistió ella. Era cotilla por naturaleza. Y cabezota.
—Mmmm... —reflexionó durante un instante si una cosa de la que hablaba implicaba necesariamente la otra, si lo segundo existiría realmente, y por la pesadumbre que destilaba su voz intuyó que su novio no un ejemplo de ello—. Así visto, podría preguntarte lo mismo —La miró fijamente. "Touchée", pensó ella bajando la vista otra vez. Él se dio cuentade su reacción y contestó al fin—. No, vínculos como los vuestros no existen en la raza saiyan. He estado con mujeres y cosas parecidas, si te refieres a eso —Se sonrojó—. ¡Y deja ya de preguntar estupideces!
Terminaron de cenar en silencio. Bulma le daba vueltas a lo último que había dicho, pensando en Goku y Chichí, que efectivamente estaban casados pero también era cierto que su amigo anteponía siempre las peleas a su familia. No era una persona romántica por así decirlo, protegía y amaba a su esposa, eso le parecía, pero era cierto que su relación era muy peculiar.
Él se levantó y dijo mientras se sentaba en el sofá:
—Me quedaré esta noche para evitar que te metas en más líos. Será mi último trabajo como tu lacayo —Bulma lo miró con hastío—. En cuanto amanezca, me voy. Tengo que entrenar y no me vas a interrumpir más, ¿entendido?
—A sus órdenes —dijo sarcástica. Lo cierto es que poco más podía pedir de él.
Finalmente ella también se levantó para irse a la cama. Fue a apagar las luces y se despidió de Vegeta:
—Buenas noches —no respondió.
Lo miró para recriminarle que no le contestara, pero parecía dormido. Estaba sentado con los brazos cruzados y las piernas retiradas sobre la mesita baja delante del sofá, tenía los ojos cerrados y respiraba lento y regular. "Qué manera más rara de dormir", pensó. Se acercó a él y le besó en la frente después de desearle buenas noche de nuevo en un susurro.
En la oscuridad, él abrió los ojos sorprendido. No había llegado a dormirse del todo y el beso lo pilló con la guardia baja. Cuando se fue se limpió con la mano. Mejor seguiría callado.
Se metió en el cuarto a oscuras y una vez en la cama se echó la colcha hasta cubrirse la cabeza, agradecida de descansar al fin. Por contra, su cabecita locadaba vueltas sobre sí misma pensando en Vegeta y en Yamcha, sintiéndose culpable como si le hubiera traicionado. Litigaba con ese dilema emocional cuando rememoró el miedo que sintió aquella tarde al ser asaltada, entrando en una espiral de malos recuerdos y sentimientos que la atormentaban. "¡Ya está bien!". Se destapó y se sentó en la cama intentando ahuyentar aquellos fantasmas, hasta darse cuenta de lo segura que le hizo sentir Vegeta aquel día.
Se levantó y caminó hacia la sala. Se sentó en el sofá, llamó a Vegeta en susurros tocándole el hombro. Éste gruñó de mala gana.
—Vegeta, no puedo dormir. Voy a quedarme aquí contigo.
—No —dijo abriendo sólo un ojo para mirarla. Sí que era pesada.
—No te molestaré.
—Ya lo haces.
—Mira, sólo apoyaré la cabeza aquí, ¿vale? —dijo mientras posaba la cabeza en su hombro izquierdo—. Pero no intentes nada conmigo, ya sabes que soy una señorita.
—Hmph. Y muy vulgar. A ti no te tocaba ni con un palo.
—Qué mentiroso, si hace un rato quisiste besarme.
—Éso lo has soñado. Fuiste tú la que me ha dado besos esta tarde y hace un momento.
—¡Si estabas dormido! Eres tú quien sueña con ello —Bulma rió. Se sentía muy cómoda con la extraña confianza que tenía ahora con él.
Enroscó sus brazos como pudo en torno al brazo izquierdo de él. "Qué duro está, me va a costar encontrar una postura cómoda. Al menos es calentito", se dijo.
—¿Vas a seguir moviéndote o te duermes ya? —Estaba muy tenso.
—Vegeta —Esperó pero no obtuvo respuesta—, ¿en qué piensas?
—En muchas cosas y ninguna te gustaría saberla.
—Te equivocas —le contradijo—. Hablo de tus planes en la Tierra. La parte de luchar contra Goku me la sé, y ¿después qué harás?
Era una buena pregunta. Él también se la hacía a menudo, tenía una idea fija en mente pero no sabía realmente cómo llevarla a cabo. Le contestó evasivo:
—Nada que te importe.
—Te vuelves a equivocar, me importa porque intuyo que está relacionado con conquistar o destruir mi planeta.
—Qué lista eres. Voy a fundar mi propio imperio con los saiyans que quedamos supervivientes, y quien no me siga morirá.
—¿Y los humanos? —Levantó la cabeza.
— Ya veré. Según os portéis —Los humanos en sí no eran una amenaza, pero sí una molestia. No serían malos esclavos, pero podrían conchavarse con Kakarot y su chusma y se lo pondrían difícil.
Ella le buscó la mirada. Incluso a oscuras intuía el contorno de sus ojos y su expresión:
—¿A mí también?
—No veo porqué tendría que ser diferente contigo.
—¿Después de lo que estoy haciendo por ti así me lo pagarás? Sabes que soy la mujer más bonita y lista de aquí, perderías mucho sin mi.
—¡Ja! Ya te lo estoy pagando, humana. Pero tienes razón, puede que a ti te perdone. Y a tu padre. Podéis serme de utilidad.
—¿Y a mi madre?
—¿Qué le pasa?
—A ella no puedes matarla.
—¿Por qué no? Está loca.
—¡Vegeta! —se indignó.
—¿Qué? Está como una regadera y lo sabes mejor que yo.
—Tú estás peor que ella —El azul de sus ojos refulgían en la penumbra—. No lo harás.
—Vale, cocina muy bien, le perdonaré la vida. Cállate de una vez.
Realmente no creía que nada de eso fuera a pasar. Goku no le dejaría. Se reconfortó con ese pensamiento. Pero había otra pregunta que quería hacerle, dudó un poco, pero se atrevió porque iba a reventar si no la formulaba:
—Oye.
—Silencio —bufó.
—Sólo una pregunta más, aún eres mi lacayo.
—Mi última misión como lacayo es quedarme esta maldita noche en esta asquerosa isla en medio de la nada.
—Sí, pero termina al amanecer. Aún eres mi lacayo.
—Sólo una más. Pero te advierto que no tengo porqué responderla.
Suspiró a sujeta a su hombro.
—¿Por qué me salvaste esta tarde?
Éso fue un golpe bajo. Bulma notó como se le contrajeron los músculos más aún. Tardó en contestar y, cuando lo hizo, su voz se elevó varios decibelios por encima de su tono normal y gesticuló violentamente con las manos, nervioso. Ella se retiró para observar su respuesta en la oscuridad como antes:
—¡Vaya una estupidez de pregunta! Está muy claro, echaba de menos pelear y esos idiotas se lo estaban buscando.
—Vale —contestó ella, y aprovechó una fisura en su barrera corporal para colarse bajo su brazo y echar la cabeza en su pecho. "Mucho mejor", pensó contenta apretando su mejilla contra el torso del saiyan.
Vegeta se maldijo. Se la había jugado y el picó como un idiota. Como solía suceder desde que aceptó quedarse en su casa. Ahora no se la podía quitar de encima. No, peor aún: no quería hacerlo.
Bulma sintió el alocado latir de su corazón, confirmando todavía más su sospecha: ella le importaba. No sabía hasta qué punto era así, aunque por poco que fuera la realidad era que la había salvado, no por pelear, que también, sino por protegerla. Fue la prueba que confirmaba su hipótesis: que bajo esa gruesa capa de soberbia, entre toda aquella maraña de odio, venganza y resentimiento, había una buena persona. Estaba bien escondida, pero había encontrado un atisbo de ella.
Se aovilló a su costado, echando un brazo en torno a su cintura. Admiró su musculatura compacta al pasear su mano a través de la misma. Seguía siendo igual de duro por fuera como por dentro, pero sabía que en el fondo, muy, muy en el fondo, también era blandito. Una mano tímida se posó sobre su hombro, arrancándole una amplia sonrisa.
Vegeta respiró hondo, resignado. Se acomodó recostándose un poco más, sus latidos se ralentizaron y, al fin, tranquila y segura, consiguió conciliar el sueño.
A punto estaba Vegeta de caer rendido también, cuando la notó revolverse. Un guantazo le dio en la mejilla izquierda y la cabeza de la mujer descendió boca arriba hasta su estómago, emitiendo a su vez un audible ronquido. Abrió los ojos de par en par y la vio completamente desarmada, la pierna y el brazo derechos pendían del sofá, y la pierna izquierda la había subido por encima del respaldo.
"Qué manera más rara de dormir", se extrañó. Se zafó de su cuerpo y la tomó en brazos para llevarla a la cama. Al depositarla allí al menos dejó de roncar. La miró contrariado, con esa mezcla extraña de sensaciones que le provocaba, sin saber muy bien cómo sentirse. Admiró su cuerpo, la curvatura de sus piernas, la figura que intuyó bajo la sudadera al sostenerla en vilo, la blancura extrema de su tez. Pocas veces la había visto con el rostro tan relajado.
Bulma entreabrió los labios en sueños, y él se le aproximó sin dejar pasar ese gesto. Cuidando de que lo sorprendiera con otro ronquido, fue acercando su rostro al de ella, aspirando el aroma que exhalaba por su boca, abriendo un poco la suya a la misma vez.
—Vegeta... —murmuró ella.
N/A:
¡Hola!
He actualizado a tiempo para quitaros el mal cuerpo del capítulo anterior. Espero que os haya gustado éste, yo he disfrutado muchísimo escribiéndolo.
Tengo que decir que tomé alguna idea prestada del FF "Vida después de la vida" de _VerdeVioleta_. Os recomiendo que lo leáis, ese y "Dimensiones", aunque tarda un poco en actualizar, la lectura es adictiva. No se parecen mucho su fic y el mío, pero me parece justo nombrarla cuando algunas de sus ideas me han inspirado para desarrollar las mías.
¡Nos seguimos leyendo!
Kai-kai!
