Amigas el capítulo que leeran tiene una que otra cosilla no apta para menores, pero es muy sutil, de todas maneras las pongo al tanto, por si alguien se ofende con este tipo de cosas.
Capítulo 7
— Muy bien —dije con voz estridente, y forcejee con el tapón de la botella durante unos segundos antes de que Albert me la quitara de mis débiles manos.
— Permíteme —dijo con un velado tono de burla en su voz grave que hizo que lo mirara directamente a la cara, pero me devolvió la botella abierta con expresión inocente.
— Gracias —dije tratando de mantener la dignidad, y me negué internamente a sonrojarme, sin éxito—. Y ahora, dime exactamente dónde…
— Aquí.
Se volvió, y el movimiento hizo que sus músculos se desplazaran por su espalda lisa y bronceada. Pero en aquella ocasión no fue su cuerpo lo que me hizo quedar sin aliento, sino la magulladura de color azul intenso que estaba entre sus omóplatos.
— ¡Albert! —exclamé con voz débil, pero tan conmocionada que Albert se volvió hacia mi y su sonrisa irónica se esfumó al ver el horror en mis ojos.
— Oye, no es tan terrible como parece… si parece tan terrible como creo ver en tus ojos.
— Podría haberte matado… si te hubiese dado una patada en la cabeza…
— No lo hizo —dijo con voz muy suave.
— Tienes que ir al médico.
— De ninguna manera —dijo con vehemencia.
No supe en qué momento estalló la bomba en mi interior, pero de repente comprendí con claridad que la razón por la que había estado evitando a Albert desde el principio era que había presentido que podía enamorarme de él. Y ya lo estaba…
— ¿Candy? —Dijo Albert extendiendo su mano para tocarme, pero me aparté bruscamente de él, Albert apretó los labios y dejó caer el brazo—. Rosse puede ponerme el ungüento más tarde si lo prefieres —dijo en voz baja—. Es enfermera y está acostumbrada a cosas peores.
— No, no, estoy bien —replique luchando por recobrar el control—. Es que no esperaba que fuese una herida tan fea…
— Tiene un cuerpo musculoso —dijo Albert, volviéndose otra vez.
¡No era el único…! Se me encogió el estómago, pero vertí una pequeña cantidad del líquido verde cremoso en la mano e inspiré hondo. Era imponente, pensé mientras extendía suavemente la pomada sobre los contornos recios de su espalda, poniéndome de puntillas para poder hacerlo. Tenía la piel suave, cálida y bronceada y despedía un aroma fresco que quedó rápidamente oscurecido por el leve olor medicinal de la pomada.
No estaba preparada para la oleada de sensaciones que despertaron en mi interior y me sentí profundamente agradecida de que no pudiera ver mi rostro. Quería preguntarle si le estaba haciendo daño, pero no me fiaba de mi voz. Ni en mis sueños más salvajes había imaginado que el roce de la piel de un hombre pudiese ser tan erótico, y estaba corriendo verdadero peligro de perder el control.
— ¿Vale ya? —dije forzando las palabras, pero incluso yo misma me oí la voz débil.
— ¿Te importaría darme un poco más en la zona de la columna?
Su voz sonó extraña, ronca, pero él se encontraba en una posición incómoda, inclinado hacia delante con las manos apoyadas en el borde de la mesa y la cabeza gacha y no le di importancia, así que vertí un poco más de crema en mi mano, se la puse y pensé que la espalda le debía doler un horror.
— ¿Te… te suele pasar a menudo? —pregunte para cortar con mis pensamientos lascivos.
— ¿Cómo? —repuso Albert con sorpresa, no supe muy bien porque… pero luego le oí respirar profundamente —. Ah, ¿lo del caballo? No, no muy a menudo.
— Creo que deberías ir al médico.
— No quiero ir al médico, Candy —dijo en voz baja mientras yo daba un paso atrás y cerraba la botella. Flexionó los hombros mientras hablaba y se volvió para mirarme con ojos entornados—. Gracias, ha sido una gran ayuda.
— Me alegro.
Prefería morir a que adivinara lo que sentía. Pero desgraciadamente no tuve fuerzas para mover las piernas y mis ojos se quedaron clavados en el vello de su pecho desnudo. No pretendía comportarme como la colegiala inocente que Albert había dicho que era, pero no pude evitarlo.
Supe que iba a besarme un momento antes de que inclinara la cabeza… Bueno, casi le había suplicado que lo hiciera, me mortifique. Pero aunque lo sensato habría sido apartarme, volver la cabeza, cualquier cosa con tal de preservar lo que me quedaba de dignidad, mi boca lo estaba esperando y ya había empezado a cerrar los ojos cuando sus labios se posaron sobre los míos.
El beso fue duro y dulce, hambriento y, cuando me estrechó con fuerza contra él, pude notar cómo mi corazón latía con fuerza contra el muro sólido de su pecho. Albert acopló mi cuerpo contra el ímpetu primitivo del suyo y me apretó entre sus brazos como si pudiera envolverme, devorarme. Y junto con el pánico de sentir, la hasta entonces desconocida fuerza de su evidente erección, Tuve la exultante revelación de que me deseaba… y mucho.
—Candy, Candy…
Cubrió mi rostro con pequeños besos ardientes, cada uno de ellos como miel dulce y caliente, antes de tomar mis labios de nuevo y darme un beso largo y profundo que hizo que quiera más. Me sorprendí ciñéndome contra él, agarrándome a sus hombros desnudos y con los pies casi en el aire en aquel abrazo.
Y entonces..
Oímos el ruido frenético del timbre de la puerta seguido de grandes voces y los gemidos desconsolados de un niño, y luego los pies de Elisa subiendo a toda velocidad las escaleras que llevaban al apartamento.
Me solté al primer timbrazo después de que el estridente sonido irrumpiera en mis emociones tumultuosas, y Albert ya estaba en la puerta con la camisa puesta pero desabrochada cuando Elisa llamó.
— Ha habido un accidente —le dijo cuando Albert abrió la puerta, y Elisa parpadeó pero continuó hablando con una compostura que envidié—. Un coche se subió a la acera delante de Sarah Matthews y el pequeño Toby. Toby está bien, iba en el carrito, pero el coche hizo que Sarah soltara la correa y atropello a Bingo…
No oí nada más. La puerta se cerró de golpe y los dos bajaron atropelladamente a la consulta, donde, en cuestión de minutos, los gemidos se extinguieron y se hizo un silencio mortal.
Pasó media hora antes de que pueda reunir el valor de aventurarme al piso de abajo. Encontré la puerta de la entrada cerrada con llave y supuse que Elisa estaba ayudando a Albert en la sala de operaciones. No había rastro de Sarah Matthews ni del pequeño Toby, así que imaginé que Albert los habría mandado a casa para que esperaran allí las noticias sobre su perro.
No podía describir a nadie cómo me sentía. En parte estaba destrozada por haberme dado cuenta de que me había enamorado de alguien que estaba completamente fuera de mi alcance. Albert, era la clase de hombre que sólo se encontraba una vez en la vida, y si yo reconocía ese hecho, y estaba completamente segura que el resto de la población femenina también lo hacía. Por ejemplo las mujeres como Elisa: hermosas, seguras de sí mismas, sin un pasado que ocultar ni complejos que mellaran una relación, tenían mucha oportunidad mas que yo, y de seguro no la desaprovecharían.
A eso si le añadía el hecho de que Albert había estado casado y había enviudado hace poco, un golpe terrible para cualquier hombre, y que lo último que estaría buscando sería una relación seria después de aquellos momentos trágicos y dolorosos.
Tenía un trabajo que era mucho más que eso para él: una forma de vida, unos cimientos que ni siquiera se habían estremecido con la muerte de su esposa, algo que le compensaba. Entonces… ¿por qué un hombre así se iba a fijar en mi? Sólo había una respuesta: Estaba disponible, y me había arrojado a sus brazos.
Permanecí en le pasillo con los ojos fuertemente cerrados para contener la oleada de vergüenza que me hizo sonrojar de arriba abajo. Necesitaba salir de aquí y pensar.
Saque a los perros, que ya conocían la rutina para entonces y se quedaban esperando obedientemente que les pusiera los collares y las correas, y me marche a toda prisa, sin ni siquiera prepararme un almuerzo. Compraría algo de chocolate, me dije mientras cruzaba el jardín y salía a la calle con mi ansiosa tropa, y un paquete de galletas para ellos. De todas formas, no tenía ganas de comer, me dolía profundamente el corazón.
Sin embargo, después de haber pasado un día en contacto con la naturaleza y la apacible soledad del paisaje me hizo recobrar el sentido de la ecuanimidad y fui capaz de reconocer que exagere el incidente con Albert cuando regresaba al apartamento al atardecer. No había pasado nada, y nada iba a pasar.
Aun así, cuando entre a la casa por la parte de atrás, mi corazón empezó a palpitar con fuerza y sentí una mezcla de aprehensión, emoción y pánico que me dejó débil.
— Candy… —Albert estaba saliendo de la sala de rehabilitación cuando entre en el pasillo y me sentí turbada, casi mareada, al verlo—. ¿Estás bien? —preguntó con suavidad.
— Sí —conteste con una sonrisa alegre pero forzada—. ¿Cómo está Bingo?
— ¿Bingo? —Albert se quedó mirándome con sus ojos en blanco por unos instantes—. Ah… Bingo, saldrá adelante. Afortunadamente las ruedas del coche no le aplastaron el cuerpo, sólo una de sus patas traseras, pero la fractura no es muy grave y es un perro joven. El problema al principio fue la pérdida de sangre, pero ya está todo bajo control. Candy… —hizo una pausa e inspiró profundamente—. En cuanto a lo de antes…
— Preferiría olvidarlo.
Era la táctica que había pensado utilizar, ya que la única manera de salir con la cabeza un poco alta era estar serena y fría. Me arroje a sus brazos literalmente y Albert reacciono momentáneamente a mi osadía, como lo haría cualquier hombre que tuviese sangre en las venas, sobre todo uno que había tenido una vida sexual activa que se había visto interrumpida bruscamente hacía dieciocho meses. No podía echarle la culpa, pero no podía permitir que siguiera pensando que yo quería una aventura.
— ¿Que lo olvide? —replicó entornando los ojos, y sus labios se pusieron rígidos—. ¿Qué significa eso exactamente?
— Lo que he dicho —conteste con una sonrisa tan radiante que pensé que se me iba a desencajar el rostro —. No ha sido nada, los dos lo sabemos. Y no quisiera por nada del mundo echar a perder la amistad que tengo contigo y Rosse. Estoy tan agradecida porque me ofrecieras tu casa cuando necesitaba ayuda…
— ¿Agradecida? —repitió Albert. Estaba pálido y sus labios se redujeron a una sombría línea en su rostro rígido—. ¿Estabas siendo agradecida? —Me preguntó con incredulidad—. ¿Pensabas que te estaba pidiendo algún tipo de pago esta mañana?
Abrí la boca para negar aquella absurda conclusión, no lo pensé ni siquiera sospeche que podía llegar a cavilar aquello, pero Albert no me dio oportunidad de hablar, se giró sobre sus talones y recorrió el pasillo hasta el vestíbulos con los perros dando saltos a su alrededor.
— Albert, por favor, escúchame…
— Creo que los dos hemos dicho bastante esta noche —dijo con voz gélida, y mi sentimiento de desesperación se incrementó cuando Elisa salió de recepción como un hermoso genio de una botella.
— Me pareció oír a alguien —anunció. Aquél parecía su recurso más usado, pensé—. La señora Matthews está al teléfono, Albert. ¿Podrías hablar con ella? —preguntó la joven con dulzura.
— Claro —dijo Albert. Luego me miró con ojos fríos y pétreos—. Da de comer a los perros, ¿quieres? Tal vez así aplaques un poco tus sentimientos de gratitud.
— Por supuesto —contesté, sin dejar traslucir en mi voz ni en mi rostro lo mucho que me había herido su sarcasmo—. Los llevaré…
— Ya he preparado su comida —dijo Elisa con una sonrisa cuando me interrumpió—. Estaba esperando a que Candy los trajera de vuelta, pero todo está listo.
— Buena chica.
Albert no volvió a mirarme, sino que salió por la puerta de recepción y la cerró de golpe.
— Yo me ocupo de dar de comer a los animales, ¿entendido?
Todavía estaba mirando la puerta cerrada, conmocionada, y por un momento no me di cuenta del contenido de sus palabras.
— ¿Qué…?
— Los perros —dijo Elisa sin preocuparse por ocultar la hostilidad de su voz ni su mirada letal—. Yo me ocupo de esa parte del trabajo. Albert está demasiado ocupado y no necesita que alguien llegue y le altere su rutina.
— Elisa, fue él quien me pidió que les diera de comer, no yo —dije con perplejidad, sorprendida por aquel repentino ataque—. Y te aseguro que lo último que desearía es alterar su rutina. Imagino que Albert estaba tratando de quitarte trabajo. Siempre estás de un lado para otro haciendo cosas.
— No me importa —dijo Elisa, y los ojos castaños no se suavizaron lo más mínimo—. Es mi trabajo, mi trabajo —añadió Elisa con agresividad.
— Lo sé —replique, levantando un poco la barbilla para mirarla directamente a la cara.
Elisa siguió con sus ojos clavados en los míos durante más de treinta segundos sin decir palabra. Luego se dio la vuelta y llamó a los perros con voz áspera para llevarlos a la cocina. Cuando el último de ellos desapareció por la puerta, la cerró con tanta violencia que el cuadro que había en la pared del pasillo vibró.
Eso era lo último que necesitaba. Subí las escaleras del apartamento con el estómago revuelto por aquel enfrentamiento inesperado. De no saber cuál era su relación con Albert, habría creído que Elisa tenía cierto derecho sobre él por la manera en que se comportaba. Vi en su rostro algo que iba más allá de lo que decían las palabras. Reflexionando me pregunte si ¿Acaso sabía cómo era su relación con Albert? La mera idea fue como un puñetazo entre mis ojos, y me costó meter la llave en la cerradura.
— Hola —me saludó Rosse, que justo estaba entrando en la cocina cuando me adentre en el vestíbulo, y al verla con el uniforme supe que hacía poco que había regresado—. Iba a tomar un café, ¿te apetece uno?
— Gracias —conteste. Si realmente necesitaba algo en estos momentos, era una buena dosis de cafeína.
La seguí a la cocina y Rosse se volvió con una sonrisa radiante.
— ¿Te ha dicho Albert la buena noticia?
— ¿La buena noticia?
Hable con cautela, pero Rosse no pareció darse cuenta, y sirvió dos tazas de café para luego darme una.
— ¿Recuerdas que estaba buscando un ayudante?
Asentí. Albert había comentado que necesitaba a otra persona para descargar en ella parte del trabajo—. Pues empieza mañana, antes de lo que esperaba. Se llama Archie. Es de aquí, de Towerby, así que conoce a todo el mundo. Y como se acaba de licenciar, estará ansioso por trabajar —me dijo con una sonrisa—. Te gustará, siempre ha sido un poco cómico, y no creo que haya cambiado mucho. Elisa le tuvo echado el ojo durante un tiempo, pero luego… —la hermana de Albert se calló de repente y se ruborizó un poco.
— ¿Pero luego? —pregunte en voz baja, tratando de contener mi curiosidad.
— Bueno, no debería decirlo, la verdad, parece muy rastrero, pero… —Rosse hizo una incómoda pausa y siguió hablando atropelladamente—. Bueno, no quiero ser hipócrita, y es lo que pienso. Elisa estaba encima de Archie hasta que Aracely murió, y luego lo dejó plantado en cuanto pensó que Albert volvía a estar libre. Siempre le ha gustado y nunca lo ha ocultado. Estoy segura de que es por eso por lo que hizo lo posible por ser su recepcionista. Tenía un trabajo excelente en Compton, y Albert no puede pagarle ni la mitad de lo que ganaba allí. En cualquier caso, eso es lo que pienso —repitió Rosse, claramente agitada—. Pero podría estar equivocada, claro.
No, no estaba equivocada. Me quede con aire pensativo mientras preparaba la cena, anime a Rosse a que se diera una ducha y se cambiara de ropa. ¿Y qué sentía Albert por la hermosa pelirroja?, me pregunte con el corazón en un puño. ÉL le había dado el trabajo. Seguro que aquel hecho hablaba por sí mismo.
La cena fue una situación dolorosa a pesar de la alegre presencia de Rosse. Albert se comportaba con gélida cortesía, una actitud que no había visto antes, pero que resultaba enormemente intimidante. Al final, el rostro sombrío de Albert sometió incluso a Rosse y, aunque me daba perfecta cuenta de que escrutaba nuestros rostros con perplejidad, era demasiado educada como para indagar.
Deseaba con todas mis fuerzas arrojarme a sus brazos fuertes y recios para explicarle la verdad: que había malinterpretado mis palabras y que lo que sentía por él impedía que tuviéramos una mera aventura. Pero tal vez fuese mejor de esta forma, con un muro entre los dos. Eso me protegía de mí misma, de lo que realmente quería hacer.
Primero mi madre, luego Albert. ¿Por qué? No era justo… Las lágrimas llegaron a mis ojos, ardían como fuego implorando por salir pero no me atreví a derramarlas, estaba tomando el último bocado de mi amarga cena, la desesperación oprimía mi pecho como un guante de hierro. Estaba completamente sola, y tal vez mi búsqueda fuese autodestructiva, pero pese a todo, sentía una urgencia irrefrenable de encontrar mis raíces.
Sacudí inconscientemente la cabeza, pero un par de ojos azules y penetrantes me observaban desde el otro lado de la mesa, lo sentí escrutarme, debía estar decepcionado y no podía culparlo, ni a nadie más, por preferir a bellezas sin complicaciones como Elisa que eran todo dulzura y alegría por el hombre al que adoraban. Y Albert ya había pasado por un trauma lo bastante fuerte como para querer alejarse de cualquier compromiso…
— ¿Te importaría…?
Emergí rápidamente de mis pensamientos compungidos. Me percate que Albert me dijo algo y no escuche ni media palabra.
— ¿Perdón? —dije mirándolo con mejillas sonrojadas.
— Te he preguntado si te importaría ayudarme con uno de mis pacientes —dijo Albert con voz serena y rostro inexpresivo—. Rosse ha estado trabajando todo el día y está agotada. Pero si tienes otra cosa que hacer podría…
— No, no. Claro que puedo ayudarte —lo interrumpí. Me sorprendí por que a pesar de todo me tuvo en cuenta para ayudarlo, además que leía en sus ojos la consideración hacia su hermana y de hecho ella también se sorprendió—. Ya te he dicho que haría lo que fuese por ayudar. Me encantará poder… —me calle. Estaba hablando atropelladamente otra vez.
— ¿Expresar tu gratitud…? Claro.
Lo mire a los ojos, pero no pude vislumbrar nada, pero sabia que estaba enojado, muy enojado.
— ¿Se trata de Bingo?
Albert abrió la puerta de la entrada del apartamento y me dejó pasar estaba plenamente consciente de su presencia bajaba detrás de mi por las escaleras. Al llegar al vestíbulo me volví hacia él.
— No, no es Bingo —dijo Albert con voz grave y un poco ronca, y me estremecí levemente—. Es una perra que operé esta tarde. Un caso urgente de infección de la matriz. Ya es mayor y su corazón no está tan fuerte como debería. Además, tuvo una mala experiencia como cachorro con sus primeros dueños y no le gustan los hombres. Normalmente no tengo problemas con ella, pero todavía no está del todo recuperada y la ansiedad o la angustia podrían afectarla al corazón. Sólo necesito que le hables y la tranquilices mientras yo la examino, ¿de acuerdo?
— Está bien.
La perrita estaba medio dormida pero claramente nerviosa, y sus ojos castaños miraron a Albert con cautela, pero en cuanto empecé a susurrarle palabras tranquilizadoras y a acariciarle la cabeza mientras Albert la miraba, pareció relajarse.
— Bien, va mejor de lo que esperaba —dijo Albert después de volverla a meter en la jaula—. Si podemos reducir al mínimo el shock postoperatorio, creo que sobrevivirá.
— Me alegro —dije. Pero ¿por qué mi cuerpo seguía recordando lo que había sentido en los brazos de aquel hombre flagrantemente viril?, me pregunte con desesperación, temblando como una hoja por dentro—. ¿Te puedo ayudar en algo más?
— ¿Lo dices en serio?
No fue lo que dijo, sino cómo lo dijo lo que me hizo sonrojar y me puse nerviosa. Y aquel embriagador afrodisíaco de fuerza combinada con suavidad estaba minando mis defensas.
— Claro, ya te he dicho que estoy… —a punto estuve de decir «agradecida», pero me contuve justo a tiempo —encantada de poder ayudar.
Albert me miró con expresión seria y ojos entornados, con los brazos cruzados y las piernas ligeramente separadas. Tampoco aquella pose me ayudaba a controlar mi pulso acelerado.
— ¿Y no crees que tratar con los animales pueda angustiarte? —Preguntó con suavidad—. Desgraciadamente, no siempre se alegran de recibir mis atenciones.
— No me gusta pensar en el dolor ni en la confusión que sienten, pero sé que lo mejor para ellos es estar aquí. Tú no pretendes hacerles daño.
— Pero a veces es necesario hacerles daño por su bien —dijo llanamente, y por alguna razón supe que no se estaba refiriendo a los animales—. Hay que llegar al fondo del problema, por doloroso que sea. Lo demás acaba siendo debilidad.
— ¿Y tú nunca eres débil? —pregunte febrilmente, mirándolo con ojos muy abiertos mientras se acercaba a mi, y no me di cuenta de que retrocedí hasta quedar atrapada en la pared.
— Ahora no, no con lo que importa. He aprendido… —se calló de repente al ver que iba a escapar y apoyó las manos en la pared para atraparme sin necesidad de tocarme—. He aprendido que no compensa ser débil —continuó con voz suave—. Aracely supo que le pasaba algo grave meses antes de ir al médico, pero no quería enfrentarse a ello. Creía que si lo hacía, sus temores se harían realidad. Se puede obrar así en cualquier faceta de la vida en la que tengamos problemas: en el trabajo, la salud, las emociones. Eso es huir, Candy, así de sencillo.
— Pero no todo es o blanco o negro —proteste con voz trémula, perfectamente consciente del calor que irradiaba su cuerpo fuerte y musculoso y de aquellas manos grandes que podían trabajar con tanta destreza cuando era necesario y que en aquellos momentos me estaban rodeando como un lazo a un conejo. Me moví nerviosamente, pero Albert se inclinó hacia delante, su cuerpo estaba tan cerca al mío que pude ver los diminutos pelos rubios de su barba incipiente.
— No, no todo —corroboró con voz suave—. ¿Fue sólo gratitud lo que sentiste cuando te besé, Candy? ¿O fue algo más? ¿Algo placentero, gratificante…?
— No…
— ¿Por qué no? ¿Por qué no voy a besarte si los dos lo deseamos profundamente? Es lo más natural del mundo dar y recibir placer. Los animales lo saben sin que nadie se lo haya dicho.
El deseo empañó su voz y desencadenó estremecimientos que corrieron por toda mi espalda.
— Albert…
—Me gusta cómo dices mi nombre —me interrumpió. Sentí su aliento cálido y dulce sobre mi rostro y estuve a punto de desmayarme al ver la misma necesidad reflejada en sus ojos. Este Albert era tan diferente al hombre sereno y controlado de horas de trabajo. Este era el hombre que Aracely debía de haber conocido noche tras noche mientras la transportaba a la gloria…—. Y no hace falta que te asustes de mí. No quiero hacerte daño —murmuró con persuasión—. Relájate, Candy.
— No puedo —dije con voz ronca y temblorosa con bastante falta de convicción.
— Sí puedes.
Al principio se limitó a acariciarme los labios mientras seguía con los brazos apoyados en la pared. Su boca era cálida y experta, y me estremecí cuando profundizó el beso, fui consciente de muchas sensaciones, una: me estaba estrechando contra su recio cuerpo mientras exploraba a placer las profundidades ocultas de mi boca, y dos: mi reacción inesperada pero al fin de cuentas desesperada se intensificó hasta que acabe temblando en sus brazos.
Albert deslizó sus labios hacia mis párpados, a mis mejillas, a mi cuello. Con una mano en la base de mi espalda me mantenía apretada contra él y con la otra, me acarició el brazo, luego la espalda, haciendo que sus roses sensuales me inflamaran y concibieran un mar de sensaciones.
— ¿Lo ves? —dijo con voz grave y gutural—. ¿Ves cómo podría ser?
Sí, lo veía perfectamente
Luchaba por combatir el deseo que me hizo deshacer en sus brazos.
Tal vez si hubiese tenido un pasado feliz y estuviera de vacaciones como Albert pensaba, si no tuviera ningún secreto oscuro que pudiera caer como una bomba diminuta en aquella comunidad pequeña y tranquila, si no me hubiese enamorado de él , quizás entonces me habría dejado llevar y me habría entregado a mi destino sin importarme las consecuencias.
Me eche a un lado con un movimiento tan brusco y fiero que lo tomó por sorpresa, y me aproveché de su desventaja momentánea para dar otro paso atrás, sintiéndome más segura una vez fuera de su alcance.
— Albert, por favor. Sólo vine a ayudarte.
Traté de hablar con serenidad, pero mi cara pálida y mis ojos demasiado brillantes eran reveladores. El me observaba profundamente y muy de cerca.
—Y lo has hecho —dijo en tono de burla
— Éste es Bingo —me dijo, y rompió la insoportable tensión entre nosotros se volvió para señalar un perro mestizo de aspecto lastimero que tenía una pata escayolada—. Se irá a casa mañana…
Albert continuó hablando de todos los ocupantes de las jaulas en tono suave y alegre, y hubo un momento donde me sorprendí observando su perfecto perfil mientras la furia añadía más dolor al tumulto que arreciaba en mi corazón. ¿Cómo se atrevía a estar tan indiferente y frío cuando yo estaba desgarrándome por dentro? Era evidente que mi abrazo no había significado nada para él, sólo una concesión a la atracción física que podía encender y apagar como una lámpara.
— Rosse me ha dicho que tu nuevo ayudante llega mañana —le dije con voz serena. Este podía ser un juego de dos. Por nada del mundo iba a dejar entrever lo mal que me sentía—. Archie.
—Y no en un mal momento —repuso haciendo ademán de salir de la habitación—. Con suerte podré recuperar un poco de vida social. No he tenido tiempo de respirar en las últimas semanas desde que se fue mi otro ayudante.
«Y apuesto a que sé quien estará en primera línea para ayudarte a descansar», pensé mientras la imagen felina y atractiva de Elisa surgía en mi cabeza.
— Siempre trabajando, ¿eh? —dije con voz demasiado alegre.
— Exactamente —dijo Albert detrás de mí mientras subíamos las escaleras del apartamento—. ¿Tal vez quisieras venir conmigo a cenar alguna noche? —Me preguntó con naturalidad mientras llegábamos al descanso y abrió la puerta—. Podríamos ir al cine primero, o dar un paseo en coche… para que conozcas los alrededores.
— Creo que no —dije con una sonrisa forzada—. Normalmente acabo agotada después de un día entero de excursión. Lo único que me apetece cuando vuelvo es darme un baño caliente e irme a la cama.
— Como quieras —repuso Albert. El hombre de hielo reapareció inmediatamente, y la formalidad distante cayó como un velo sobre él dejando atrás al amante ardiente de hacía unos minutos—. Siento haberte hecho perder tiempo esta noche. No volverá a ocurrir.
— No quería decir…
Pero él ya había adelantado su paso, entrando al salón sin molestarse en ver si lo seguía.
Continuara….
Hi Chicas como estan... yo algo mejor... pues recuperandome... pero todavia con restricciones... bueno aca les dejo otro cap de esta historia... me dicen que les parece vale? pero de aca les dejo mi propio review... adoro este capitulo... Albert es ... es... es tan Sexy... a poco no se dejaban besar con él lo hizo... yo si!
Camila Andley... de nada... el fic es tuyo y de todas las chicas que lo quieran leer.. agradezco que te guste... y ames a ese albert como yo... apoco no es guapisimo!y sin camisa ufffffffffff gracias tus palabras amix.. besos enormes...
monapecosa: jajaj yo le pondria mas puntos a favor... pero creo que es suficiente... con tan solo decir que es William Albert Andrew! ay debo estar loca de atar... pero lo adoro... y mil gracias tus deseos... y si le pongo mucho cuidado a lo que me dice el medico.. asi que perdonaran si me pirdo tantito!
Magdy: sip... prometo no perderme mucho... estare aca y dare al publico lo que quiere.. pero de a chance... pero siempre habra.. amiga bella. mil gracis tu spalabras y no te preocupes... vez ya toy mejorando ... y eso me pone de excelente humor... gracias amiga linda un besote a la distancia...
Abi: sip Candy que se hace la estrecha... pero hay que entenderla .. la pobre la ha pasado mal.. realmente mal... bueno esperemos que albert con su infinita bondad y paciencia... la haga entrar en razon... pero eso creo ya esta mas que ganado!
Amigas miles de gracias y bendiciones para ustedes... las quiero un monton
KARIN
