Capítulo 7
Las luces que vio en el bosque distrajeron a Thorin de su objetivo, y sin escuchar a sus compañeros, se acercó a las luces hasta que estas desaparecieron por completo, dejándolo perplejo, así que convenciéndose de que tal vez fueron una ilusión, estaba a punto de devolverse cuando sintió que alguien le tapó la vista con algo y ya no supo nada más.
Cuando le sacaron la capucha con la que le cubrieron la cara, Thorin se vio en un gran salón con pilares tallados en roca, y al centro del salón se encontraba sentado el rey elfo, Thranduil, que observaba a Thorin con severidad.
-¿Quién eres y por qué nos invadiste anoche?—preguntó el rey elfo.
-Solo soy un enano que se perdió en el bosque sin intención de invadir a nadie—respondió Thorin.
-Pero lo hiciste—espetó Thranduil—Y quiero saber por qué.
Thorin no estaba dispuesto a revelar su verdadera identidad porque supuso que mencionar el regreso a Erebor y recuperar su fortuna atraería a Thranduil y a cualquiera hacia el oro como abejas a la miel.
-Ya te dije, soy un enano que adelantó el camino para buscar comida para los suyos…—alcanzó a decir Thorin antes de darse cuenta.
-¿Los suyos?—preguntó Thranduil—Así que son más invasores, ocultos en el bosque, perturbándolo todo con sus pisadas ruidosas y molestando a esas mugrosas arañas.
De pronto, Thranduil se fijó en la espada de Thorin y se la arrebató bruscamente sin que el enano pudiera impedirlo porque dos soldados elfos lo retuvieron uno a cada lado suyo, y al contemplar la espada, dijo:
-Esta es Orcrist, la hendidora de trasgos, forjada hace siglos en Gondolin… ¿De dónde la robaste, miserable?
Thorin decidió quedarse callado antes de decir algo que pudiera delatarlo, y Thranduil siguió:
- ¿Así que no quieres hablar? ¿No me dirás de dónde robaste esta reliquia?
-¡No la robé!—se defendió Thorin.
-¡No mientas!—exigió Thranduil—Ya veo que este viaje de ustedes se trata solo de robar, y no me sorprende. Los enanos siempre han sido codiciosos y aman el oro y las joyas más que a sus propias vidas, pero… ¿Llegar al punto de robar? Eso es demasiado bajo, incluso para ti, enano apestoso y feo.
Thorin estaba harto de que Thranduil se sintiera con el poder de humillarlo, pero sabía que si le respondería, se delataría como Rey bajo la montaña y no quería darle en el gusto, así que solo por eso guardó silencio.
-¿En qué punto del bosque se ocultan, enano?—indagó Thranduil.
-Me adelanté antes de llegar acá, así que no sé nada de ellos ahora—respondió Thorin siendo sincero.
-No te creo—dijo Thranduil—Repito, ¿Dónde están?
-¡No lo sé!—respondió Thorin perdiendo la paciencia.
Ante la insistencia de Thorin de no responder, Thranduil dijo:
-Todos los enanos que he conocido son tan duros como feos, y tú no eres la excepción, y como te niegas a cooperar conmigo, serás trasladado a mis mazmorras para no salir jamás de allí. ¡Llévenselo ahora!
Los soldados se llevaron a Thorin a una mazmorra subterránea, en donde le quitaron sus armas y su abrigo, y lo último que el enano escuchó fueron las risas burlonas de aquellos elfos.
Thorin nunca tuvo noción del tiempo en las mazmorras, y aunque un soldado le llevaba alimentos cada día, casi no probaba bocado; jamás en su vida se había sentido tan humillado, y el no saber nada del destino de su compañía lo hacía sentirse peor, aunque su mayor preocupación, más que su propio estado, era Adamanta Bolsón, la pequeña y frágil hobbit que tal vez no sabría cómo defenderse si los soldados de Thranduil la encontraban. Adamanta, la hobbit de hermoso cabello rizado, rostro sonriente y ojos vivaces cuya presencia era una luz inextinguible en la compañía, y que, sin que él se lo reconociera, se había ganado con creces su sitio, pues había mejorado notablemente en el manejo de la espada y el hacha, los abrigaba cuando el frío los acechaba, y en general su presencia era aceptada por todos ellos, algo bastante inusual en los enanos, que siempre se mostraban reacios a relacionarse con gente de otras razas, especialmente él, pero con Adamanta era muy distinto, y aunque él le hablara poco por no saber cómo hacerlo, cada mañana despertaba sintiendo la felicidad de ver a la simpática hobbit entre ellos y escuchar su risa, tan hermosa como el cantar de los ruiseñores. Thorin se lamentaba el tener que haber llegado hasta ese punto para darse cuenta de que lo que él sentía por ella iba más allá de una mera atracción, ella le provocaba cosas como nunca antes le había pasado con alguien, y aunque no era la primera vez que se fijaba en una mujer, sí era la primera vez que se fijaba en una que no fuera enana y cuyo solo recuerdo hacía que su corazón latiera desenfrenado, y eso lo perturbaba un poco, pues si ese viaje terminaba de buena manera para ambos, tal vez ella querría regresar a su tierra para casarse con algún hobbit, o tal vez se quedara en Rivendell con algún elfo, de apariencia definitivamente más hermosa que la suya, un enano, y además, su propia gente rechazaría la idea de que él desposara a una hobbit. Siempre tuvo la secreta esperanza de encontrar a la enana indicada, pero pasó el tiempo y ninguna llegó a su vida de la forma que él hubiese querido, por lo que se había cerrado por completo a la idea de enamorarse y se convenció de pasar el resto de su vida solo, pero Adamanta irrumpió en su vida y lo había hecho dudar de semejante decisión. Adamanta, la hobbit que se veía sorprendida y a la vez algo avergonzada cuando sus miradas se cruzaron por primera vez en la casa de ella, hace ya mucho tiempo, le resultaba tan bella como las flores en primavera, y el estar lejos de ella le partía el alma.
Sin saber cuánto tiempo llevaba encerrado en las mazmorras, Thorin se despertaba y se dormía cada día con la dulce imagen de Adamanta en su mente… y en su corazón.
Adamanta y el resto de los enanos, tras seguir los rastros dejados por Thorin, lograron llegar hacia el puente que conducía hacia el sitio en donde estaba encerrado: los salones del rey de los Elfos del bosque, y aunque quisieron entrar en grupo, ella les dijo:
-No es buena idea. Si ellos los ven, les harán lo mismo que a él y el rescate sería más complicado, así que lo mejor que pueden hacer es dejarme ir sola.
-¿Qué? ¿Te volviste loca? No te dejaremos ir sola, iremos contigo—dijo Bofur.
-Ya les dije que no vayan conmigo. Soy más pequeña que ustedes y puedo meter menos ruido, por lo tanto, tengo más posibilidades de encontrar a Thorin—respondió Adamanta—Espero que no lo hayan lastimado mucho.
-No lo creo—respondió Balin—Si bien es cierto siempre ha habido dificultades entre los elfos y nosotros, especialmente con los Elfos del bosque, dudo bastante que lo hayan maltratado, pues hay criaturas a las que odian más que a nosotros.
-Eso espero—dijo Adamanta muy preocupada con la vista fija en las enormes puertas de los salones élficos. Todo lo que ella quería en ese momento era tener a Thorin de vuelta para abrazarlo y curarle sus heridas si es que tenía algunas y también sintió deseos de llorar, pero quedarse ahí no ayudaría en nada, por lo que les ordenó a los enanos que se escondieran lo más cerca posible del río, y así fue como observó a los elfos que entraban y salían de los salones por días hasta que se aprendió el trayecto, y sin que ninguno de ellos se diera cuenta, ingresó a los salones, y suponiendo que Thorin estaría hecho prisionero, descendió por todos los sitios subterráneos esperando encontrar vivo a ese enano que le hablaba poco, pero que a ella le importaba mucho y por el que sentía algo que sabía que no era pasajero… Si ella tenía el recuerdo de sus sonrisas fugaces y su mirada profunda vivos en su corazón y se estremecía cada vez que él se acercaba a ella, aunque él pareciera no notarlo, solo podía significar una cosa: Adamanta Bolsón, la hobbit, tal vez se estaba enamorando.
Una noche, los pasos de Adamanta la llevaron hacia las bodegas en donde habían muchos barriles, botellas de vino y un guardia con una copa en la mano que se había quedado dormido; ella lo rodeó para comprobar qué tan dormido estaba, y sin pensarlo se hizo con el juego de llaves del guardia y subió hacia el único sitio en el que Thorin podía estar: las mazmorras.
