Disclaimer: Ninguno de los personajes de Naruto me pertenece.
7/22
Hola a todos, ¿cómo están? Espero que bien. Bueno, para ser breve y no aburrirlos con mi bla bla sin sentido, voy a pasar a lo importante. Gracias, de verdad, a todos aquellos que se toman la molestia de leer mi humilde historia. Pero, más aún, a quienes me hacen saber su opinión y me alientan con sus amables reviews. De verdad, me hace muy feliz saber que por lo menos a alguien le interesa en cierta forma mi historia. Por eso, gracias. Y muchas gracias también a quienes agregaron la historia tanto a Alerts, como a Favorites. En fin, espero que el capítulo les guste... ¡Nos vemos y besitos!
El legado de Viento y la voluntad de Fuego
VI
"Contacto"
Permaneció de pie, completamente inmóvil y de brazos cruzados, con la espalda contra la pared del corredor. Había estado en su despacho hasta hacía tan solo media hora, debida a la extensa cantidad de formularios para presentarse a ambos exámenes que había recibido. Para cuando había terminado, y abandonado el lugar, ya no quedaba nadie. Nadie en los corredores, ni en ningún lado a la vista. De hecho, ni siquiera parecía haber –al menos no desde donde él estaba observando, desde la ventana- gente merodeando por la aldea. Aunque no era realmente algo inusual. Las personas raramente merodeaban durante la noche en Suna, pues el clima era demasiado frío durante ese particular momento del día. Él, por su parte, lo hacía desde niño y desde siempre lo había hecho, pero se debía probablemente a que él era incapaz de dormir. Y desde que tenía memoria lo había sido. Por eso, cuando se sentía solo e inestable, solía marcharse hacia las calles de la aldea, esas que durante la noche adquirían un color añil a causa de la luz de la luna. Cerrando los ojos por un instante, recordó aquella vez en la aldea. Había estado corriendo, durante la noche, a toda velocidad con una pequeña bolsa de papel en mano, jurándose a sí mismo que esa vez haría las cosas bien. Que repararía lo dañado, tal y como Yashamaru le había explicado. Que haría todo lo malo desaparecer. Aún así, las cosas no habían resultado como él había esperado. De todas las reacciones, había recibido la peor (a pesar de sus buenas intenciones). Esa mirada, esos ojos cargados de odio y miedo, y un portazo en la cara. Siento lo de antes. Ha dolido, ¿verdad? Aquí tienes ungüento, si lo quieres... Había dicho, extendiendo sus manos hacia la niña que previamente él había dañado, pero ella solo había rechazado su existencia. Como todos los demás ¡Vete a tu casa! ¡Monstruo! Como su padre, el cual lo había mirado de esa manera cuando regresaba dolido. Como aquel borracho que acababa de abandonar el bar con una botella en mano y había chocado con él sellando su destino en ese instante, de tan solo mirarlo como lo había hecho. Otra vez... esos ojos... Y en tan solo un instante había caído inerte, muerto. Sus ojos ya no lo mirarían de esa forma, sus ojos ya no mirarían. Estaban vacíos.
Volviendo a abrir los ojos, observó la densa oscuridad del corredor, tenuemente iluminado por la luz que ingresaba desde las pequeñas ventanas circulares dispuestas cada –aproximadamente- cuatro metros. ¿Qué lo había llevado a trasladarse hacia allí? No estaba del todo seguro. Aún no dormía, y a causa de esto solía tener aún una personalidad ligeramente crispada e inestable, particularmente durante las noches, y eso se reflejaba en su mirada. Aún cuando había cambiado, y había optado por seguir el camino que Naruto le había enseñado, y aún cuando ya no poseía el instinto asesino y el pulsante deseo de sangre que había poseído en el pasado, su personalidad general no lo había hecho demasiado. Aún cuando había tomado los sueños del rubio y los había hecho suyos, no se había convertido en él. No, Gaara no era alegre, hiperactivo y siempre sonriente. Él era... como siempre había sido, solo que las voces en su cabeza habían desaparecido. Y la estructura de su mente se había quebrado para reestructurarse de forma distinta. Aún así, todavía disfrutaba la oscuridad de la noche y la comodidad que esta profería a sus pensamientos. Ya que el Shukaku había desaparecido de su interior, permanecer en la penumbra se había vuelto solo una mera costumbre que le permitía despejarse y liberar su cabeza de cuestiones de la aldea y demás. No obstante, y desde hacía un tiempo ya, liberar su cabeza de cuestiones de la aldea no significaba liberar su cabeza en absoluto. Había algo que lo perturbaba, y eso era su último y más reciente lazo con la kunoichi de Konoha. Ella, de alguna forma perturbaba su pensamiento normal y agitaba su mente.
Cerrando solo un ojo esta vez, alzó su mano derecha con ambos dedos índice y medio extendidos, mientras el resto permanecía curvado contra la palma, formando un sello —Daisan no me —sobre su otra mano, extendida hacia delante y con la palma hacia arriba, comenzaron a acumularse pequeñas partículas de arena. Atrayéndose las unas a las otras, adhiriéndose, hasta formar una esfera pequeña. Segundos después, esta se convirtió en un ojo de iris marrón. Nervio óptico, conectado... E inmediatamente el pequeño ojo se deslizó por el aire y hacia fuera de la edificación, para luego reingresar disimuladamente por otra ventana que se encontraba un piso más arriba. Gaara abrió ambos ojos.
Allí, en su campo de visión, sentada en canastitas sobre la cama se encontraba la joven Hyuuga. Sus manos, ambas, estaban unidas por las palmas delante de su pecho y sus ojos cerrados. Alrededor de sus párpados, y tal y como había visto en ella previamente y en Hyuuga Neji, había pequeñas venas abultadas que sobresalían bajo su pálida y delicada piel. Y por su expresión, la chica parecía absolutamente concentrada en lo que estaba haciendo. Tanto que no se percató de la pequeña intrusión, ni siquiera con el Byakugan –aunque, con los ojos cerrados, no importaba realmente si lo tenía activado o no. No hacía diferencia.
De hecho, Hinata nunca se había percatado de la presencia. En las pocas ocasiones en que ella había permanecido en Suna –por motivo de una misión u otra- y desde aquella vez en Konoha, un año atrás, Gaara había repetido en dos o tres ocasiones aquello. La observaba. Nunca se acercaba, por una razón u otra siempre optaba por mantener su distancia y era ella quien generalmente iba a él o la situación simplemente se daba, pero se sentía compelido de alguna forma a verla. A ver cuáles eran sus acciones cuando él no la veía y ella creía que él no la veía. Cuando estaba sola. Por esa razón, se deslizaba en las sombras y repetía aquello, analizando cada movimiento de ella.
Entonces, sus rosados labios se separaron y la voz de ella, suave y baja, resonó en la vacía habitación sorprendiéndolo ligeramente. Aquella era la primera vez que la oía hablar desde que había decidido observarla desde la oscuridad —No me rendiré... porque este... es mi camino ninja...
Gaara, en su ubicación, un piso más abajo, permaneció inmóvil. Lo primero de lo que se percató, fue de que su voz no se había entrecortado. De hecho, en ese instante, cuando creía que estaba sola y que nadie la observaba no había tartamudeado. Ni al comienzo, ni en el medio, ni al final de la palabra o la oración. Toda esta, de inicio a término, había sonado perfectamente fluida y con cadencia. El ritmo no se había alterado de ninguna forma, y no había sido necesario para ella repetirse en ningún momento. Lo segundo que notó, era que Hinata estaba –en efecto y tal y como él había deducido- entrenando. Lo cual le recordaba, de alguna forma, a aquella primera vez en que había entrado en contacto con ella, en uno de los terrenos de entrenamiento en Konoha. Aquella vez, había sido alertado por unos sonidos más allá de donde se había encontrado él. Los sonidos habían sido tenues, pero parecían golpes, acompañados con el sonido de pies aplastando la hierba. Y dado que había considerado la posibilidad de alguien planeando un ataque a Konoha durante los exámenes chuunin –lo cual no era del todo disparatado, dadas las circunstancias que él mismo había vivido- se había dispuesto a analizar la situación, ya que Konoha era un importante aliado de su aldea y, aún más importante, era el hogar de Uzumaki Naruto. Por esa razón, se había acercado con cautela, solo para encontrar la figura pequeña de una kunoichi entrenando firmemente. Desinteresado –ya que aquello no era asunto suyo-, había dado media vuelta para marcharse. Eso era, hasta que la persona había perdido el conocimiento y había comenzado a caer con fuerza hacia el suelo. Rápidamente, Gaara la había detenido con la arena. Después de todo, debía su lealtad a Naruto y por extensión a todos sus habitantes. Y aquella joven, sin duda alguna, era de Konoha. Su protector amarrado alrededor del cuello lo probaba. Poco después, había despertado para encontrarlo a él allí.
Y lo tercero de lo que se percató, era de que aquellas palabras que la Hyuuga había pronunciado le sonaban familiares. Obviamente familiares. Y eso era, porque de hecho lo eran. Le eran familiares. En el pasado –y desde que había pisado la aldea de la Hoja por primera vez-, las había oído en varias ocasiones, en distintos lugares y en completamente diferentes circunstancias. Pero en todas esas veces, siempre había habido un común denominador a todo ello. Si, siempre había habido algo que había permanecido en todas las escenas que ahora se desplegaban por su memoria. Y esa era la presencia del Jinchuuriki de Konoha. Uzumaki Naruto. Aquel que lo había sacado de la soledad y de la oscuridad en la que había permanecido durante toda su vida. Y aquel que le había enseñado la importancia de los vínculos, tan solo con haber luchado tan insistentemente contra Gaara, rehusándose a rendirse a pesar de ya no poder continuar. Si, aquellas eran las palabras de Naruto y el pelirrojo era plenamente conciente de porque ella las había pronunciado. Para ella, Naruto tenía el mismo valor que para él. O quizá más. Después de todo, eso había dicho Hinata esa vez. ¿Qué significa Uzumaki Naruto para ti? Esa pregunta había formulado él esa vez, intentando comprender por qué ella actuaba de esa forma, por qué era de esa forma. Con él, y con el resto. N-Naruto-kun... Naruto-kun... él... N-Naruto-kun... siento q-que cuando e-estoy c-cerca de él, el valor c-crece en mi interior... P-Por él... siento q-que valgo algo... Y-Yo... estaba perdida y siempre lloraba... V-Ver a Naruto-kun esforzarse... me hace desear e-esforzarme también... M-Me hace s-sentir... que no e-estoy sola... Por un instante, Gaara había ponderado sobre su respuesta. Y, sin la menor alteración o vergüenza, había vocalizado su conclusión. Tu vínculo con él, es de amor. Y ante esto, ella se había incomodado aún más. Ahora que volvía sobre aquel momento particular, Gaara conjeturaba que las cosas no habían cambiado demasiado. No que él hubiera pensado que lo harían.
Por un lapso de tiempo de aproximadamente una hora, la observó en silencio con su tercer ojo. Aún en la oscuridad del corredor, aún con la espalda contra la fría pared de piedra. Desde hacía un par de minutos, había detenido su entrenamiento y se había dispuesto a dormir. Sin embargo, también parecía lista a resignar eso también, dado que solo continuaba moviéndose de un lado al otro de la cama. Finalmente, se puso de pie, y dio un paso hacia la puerta, sorprendiéndolo ligeramente. ¿Acaso iría algún lado? No lo sabía, parecía dubitativa frente a la resolución que hubiera tomado, observando con timidez la puerta. Pero solo hasta que extendió su mano hacia el picaporte. Entonces, Gaara se rodeó de un remolino de arena y desapareció, junto con su jutsu "tercer ojo".
La puerta se entreabrió a duras penas, y él aguardó exánime del otro lado. Era evidente –aún para él que la veía desde la oscuridad del corredor- que ella no había esperado que estuviera allí, no había contado con verlo delante de ella pues al hacerlo sus pálidos ojos blancos se habían abierto desmesuradamente, y todo su cuerpo se había tensado. Quizá, razonó Gaara, era esa una de las razones por las que optaba por observarla sin intervenir en su rutina. Porque cada vez que él se cruzaba en su camino, Hinata parecía perder ese estado de distensión que lograba cuando estaba en compañía de sus compañeros de equipo y, más aún, cuando estaba sola. Él alteraba su armonía.
Hinata tragó saliva nerviosa, su mente en blanco —¿G-Gaara... -kun?
Él no dijo nada. Quizá sería preferible marcharse en ese instante, dejarla en paz. Gaara no era ciego después de todo, y podía notar su conducta saltarina y nerviosa alrededor de él, la cual había empeorado o progresado desde entonces y suponía que era todo por causa suya. Cruzándose de brazos, cerró los ojos, debatiendo que hacer. La voz de ella le recordó que Hinata aún aguardaba algún tipo de reacción de su parte. El problema era, que Gaara nunca sabía cual era la reacción adecuada con ella o si es que la había. Finalmente, decidió que retirarse probablemente sería más adecuado. Pero una pequeña mano, tímida y vacilante, se extendió hacia él, siendo detenida al instante por su arena.
Hinata se sonrojó —Anou... L-Lo siento...
Él se volteó a verla de reojo. Por alguna razón, y desde que la había conocido, ella siempre había estado extendiendo la mano hacia él –de ambas formas, figurativa y literalmente-, y eso era lo que principalmente lo había confundido — ¿Hmp?
—Y-Yo... —¿estaba acaso enfadado con ella por el accidente con los formularios de aquella tarde, o por haber intentado salir de su cuarto sin permiso? No lo sabía, pero –por alguna razón- lo notaba algo más distante de lo normal. E incluso para Gaara, eso era demasiado—. ¿L-Lo siento?
Si el pelirrojo hubiera tenido alguna forma de sentido del humor, probablemente se hubiera reído, aunque tal no era el caso. Hinata se estaba disculpando –lo cual no era extraño en ella, dado que se disculpaba aún cuando ella no tenía nada que ver- pero con la diferencia de que esta vez ni siquiera sabía por qué lo estaba haciendo, o si había motivo alguno para hacerlo. Al verlo mirarla tan intensamente, la joven se sonrojó aún más —U-Umm...
—¿Por qué te disculpas? —le dijo, algo más bruscamente de lo intencionado. Hinata negó con la cabeza.
—Y-Yo... no lo s-se... —confesó finalmente. Siempre terminaba haciendo algo vergonzoso delante de él, de eso estaba segura. Gaara-kun p-pensará que soy una t-tonta...—Yo s-solo... n-no quería... —su rostro adquirió un tono absurdamente carmesí— que t-te fueras... —confesó, con aún más vergüenza. ¡O-Oh... n-no debí... decir e-eso...!
La mirada que él sostenía sobre la chica se intensificó aún más. Nunca nadie, con las excepciones de sus hermanos, Naruto y Matsuri, y quizá Baki, le había permitido permanecer por un tiempo relativamente prolongado en presencia de ellos. Aún entonces, la gente no deseaba permanecer tanto cerca suyo, pues lo veían –de alguna forma- intimidante y algo amenazante. Menos aún, nadie le había pedido que permaneciera –de alguna forma- a su lado como lo estaba haciendo ella en ese preciso momento —¿Por qué? —demandó, no lo entendía. ¿Su presencia no la intimidaba a ella también? ¿No alteraba su calma? ¿Por qué siempre había un resto de ella que Gaara no podía dilucidar?
Hinata se removió inquieta, inconscientemente volviendo a chocar las puntas de sus dedos índice, la una con la otra —U-Uh... yo s-solo... q-quiero... —respondió algo tontamente, pero su respuesta no pareció molestarle a él.
—¿G-Gaara-kun... que h-haces aquí...? ¡E-es decir...! ¿Cómo...
—Te marchabas —dijo él, en tono serio. No era una pregunta.
—¡N-No...! Y-Yo solo... —Hinata bajó la cabeza— no p-podía dormir... solo q-quería... t-tomar aire... —mintió fatalmente, aunque no técnicamente. No quería que él se enfadara también por estar ella merodeando en su aldea sin permiso suyo.
Él solo permaneció en silencio y volvió la vista al corredor, comenzando a caminar a paso lento alejándose más y más de la puerta entreabierta del cuarto de ella y hacia la oscuridad. Hinata, indecisa, alternó la mirada entre la habitación vacía y Gaara que ahora se marchaba, pero que parecía alentar su paso, aguardándola para que ella lo siguiera. Apresurando la marcha, lo alcanzó. Pero no fueron demasiado lejos, ya que ella se detuvo en seco con la vista en sus pies, como si estos fueran lo más interesante del mundo. Gaara, al percibir esto, se detuvo también, aguardando a que ella vocalizara sus motivos —E-Esto... Gaara-kun... e-esta oscuro...
Él aguardó a que elaborara, pero comprendió al instante que no lo haría, al menos no más allá de lo que ya había dicho, por lo que arribó a una conclusión por su cuenta —Temes estar conmigo en la oscuridad.
—¡N-No...! No es e-eso... bueno... —a-algo así... Aunque, en realidad, no era miedo a ser dañada de ninguna forma. Estaba segura, y confiaba en él, de que no le haría nada. Simplemente era... nerviosismo, y timidez. Aún cuando no fuera a ser la primera vez que compartía con él un lugar oscuro, donde solamente estaban ellos dos, no podía evitarlo. Era demasiado vergonzosa para sobrevivir una situación similar sin abochornarse.
—Entonces me temes —insistió él, algo más frío y distante.
Hinata negó con la cabeza —No, solo... l-lo siento... —suspiró—, p-perdón... Gaara-kun... e-estoy... ummm... n-nerviosa... —eso había dicho también aquella vez, a la vez que había pensado; c-como cuando N-Naruto-kun e-esta cerca...
Gaara asintió y Hinata apoyó delicadamente su espalda contra la pared, juntando sus dos manos sobre sus muslos, exactamente entre sus rodillas y su cintura —Y-Y-Yo...
Por unos minutos, ninguno de los dos dijo nada. Y Hinata supuso que no sería él quien fuera a decir algo, por lo que intentó pensar en algo que decir ella, pero nada se le ocurría, lo cual la estaba haciendo sentirse más nerviosa. E inconscientemente, lo miró de reojo, preguntándose qué estaría pensando. Gaara no era como Naruto, eso era un hecho. Aún a pesar de las similitudes entre ambos, aún a pesar de que los dos habían sido Jinchuuriki (Naruto aún lo era), y de que los dos habían aspirado a ser Kages de sus respectivas aldeas. Aún a pesar de compartir sus sueños, y el sentimiento de la soledad que ellos conocían, no eran iguales. Naruto, desde el principio, siempre había sido alguien hiperactivo. De humor alegre. Siempre con una sonrisa brillante. Siempre metiendo la pata e intentando arreglarlo luego, para peor. Y siempre había sido completamente trasparente. Desde el inicio, todos habían sabido sus deseos. Sus pensamientos. Y sus sueños, porque Naruto no los ocultaba del mundo. Los gritaba, hasta que los pulmones le dolieran, para que todos lo supieran. Y eso lo hacía contagioso. Lo hacía brillante, como un pequeño sol. Gaara, por otro lado, no era nada de eso. Era serio, callado y una persona completamente privada. Sus ojos, lejos de mostrarse suaves –como los de Naruto- o llenos de determinación, se mostraban duros. Firmes. Aún ahora, cuando –en ocasiones- lucían casi benévolos, se mostraban ásperos (como la misma arena que manipulaba). Y lejos de ser trasparente, el Kazekage era una persona cerrada. Casi hermética –con las pocas excepciones que barajaba-, y eso hacía que la gran mayoría escogiera estar siempre a distancia de él. No obstante, ella no encontraba nada malo en su personalidad. No era brillante, como Naruto, ni alegre. Pero era bueno, esa era la firme creencia de la Hyuuga, y era alguien que había trabajado duro por sus sueños. Alguien que había pasado tanto pero que había logrado sobreponerse a todo ello, con o sin ayuda, y lo había logrado perfectamente. Alguien incomprendido, y solo, como ella; alguien que continuaba esforzándose día a día.
—Tus manos —señaló Gaara luego de un momento. Aparentemente, había estado observando sus manos, y como otras tantas veces, estas estaban magulladas de tanto entrenar y tanto esfuerzo.
—N-No es nada... —susurró, curvando sus dedos hacia las palmas, cerrando ambas manos en puños sobre sus piernas.
—Estás forzando tu cuerpo otra vez —decretó, sin duda ni inflexión alguna en su voz. Hinata, avergonzada, asintió en silencio. Eso era, hasta que se percató de que lo que él estaba comentando era un secreto. Inclusive para él, pues la Hyuuga se había asegurado de que nadie la viera entrenando todo aquel tiempo.
—G-Gaara-kun... ¿c-cómo... —balbuceó. ¿A-Acaso G-Gaara-kun...?
El pelirrojo no se inmutó ante la pregunta de ella, ni manifestó alteración al respecto. De hecho, no reveló vergüenza ni arrepentimiento alguno al responderle, simplemente apatía —Te estuve observando.
—¡¿O-O-Ob-Observan-do? —tartamudeó excesivamente, enrojeciendo una vez más. Pero él solo tomó nota de la reacción de ella y continuó.
—No haces eso cuando estás sola.
—Yo n-no se...
—Eso, no haces ESO estando sola —repitió, inexpresivo. Hinata comprendió a qué se refería, y ahora que él lo mencionaba ella no podía dejar de pensar en su tartamudeo y este regresaba a causa de ello con más fuerza. Además, aún estaba avergonzada de la idea de él observándola. ¿Cuánto había sido capaz de ver?
—G-Gaara-kun... ¿t-tú... tú... —¿cómo decirlo? ¿Cómo preguntarlo? Tampoco estaba del todo segura de querer saber, pues temía desmayarse si era más de lo que ella habría deseado— tú... —musitó de nuevo, bajando la voz a un susurro casi etéreo— m-me v-viste...? E-Esto.. quiero d-decir...
Pero el pelirrojo solo permaneció en silencio. Podía afirmar a simple vista que algo la había alterado como solo en pocas ocasiones la había visto, y era también obvio que eso se derivaba de algo que él había dicho o hecho. Pero no podía ubicar de qué se trataba.
—s-sin... —se señaló el cuerpo, más particularmente, sus ropas. Gaara comprendió entonces su preocupación. Aún así, esto no le causó incomodidad alguna. Por otro lado, Hinata parecía estar hiperventilando a causa del pensamiento.
Sin incordiarse, replicó, en tono plenamente formal —No he hecho tal cosa.
Hinata suspiró ligeramente aliviada, llevando ambas manos a su gran pecho —O-Oh... —se sonrojó. Había sido una tonta por pensar de esa forma. Y ahora se sentía como tal. Sus pestañas, alicaídas, oscilaron ligeramente al verlo dar un paso firme hacia ella. Luego otro. Sus ojos verdes traslúcidos, aún en la oscuridad, permanecían fijos en ella y Hinata podía verlo tranquilamente. Había algo, algo en ellos, una especie de intensidad. De intención. Pero no podía saber de qué se trataba. Aunque, por supuesto, la ponía nerviosa.
—Esto... G-Gaara-kun, ¿q-qué...? —tragó saliva, presionándose aún más contra la pared tras su espalda. Vacilante, tomó el dobladillo de su chamarra y comenzó a jugar con este. Gaara se detuvo en seco, delante de ella, pero sin avanzar más ni entrar en contacto de forma alguna con la joven.
El chico entrecerró los ojos hasta que estos quedaron como una ligera hendidura —Te estoy incomodando —prorrumpió, sin vacilación alguna en su voz—. ¿Preferirías que me marchara? —y dio un paso hacia atrás. Luego otro, o en eso estaba, cuando la mano de ella se apresuró a detenerlo para, una vez más, chocar bruscamente con la arena de él. Hinata, nerviosa, volvió a retraer su mano, aferrándola con la otra. De la yema de uno de sus dedos, manaba un pequeño flujo de sangre. La aspereza de la arena le había quemado. Gaara se percató de esto.
Y ella rápidamente se apresuró a reasegurarle que no era nada —E-Esto... no i-importa G-Gaara-kun... yo n-no debí...
Pero él no parecía oírla. Estaba absorto, sus ojos clavados en la tonalidad carmesí que ahora teñía, por causa suya, la pálida y pulcra piel de la joven delante suyo. Las heridas, ¿duelen? Cerró los ojos, ¿por qué aquello retornaba en aquel momento? Las heridas físicas sangran, y pueden ser dolorosas... pero, con el tiempo, el dolor va desapareciendo. Y si usas medicina, curan incluso antes. Pero las heridas malas de verdad, son las del corazón. Ésas cuesta que curen. Una vez más, volvió a abrirlos, dando otro paso hacia delante y hacia ella. Volviendo a quedar frente a frente con Hinata.
Los ojos blancos de la chica se dirigieron tímidamente a los ojos de él, forzándose a mantener el contacto visual —¿G-Gaara-kun?
Pero, una vez más, el pelirrojo no dijo nada. Sus ojos en ningún instante abandonaron la mano ensangrentada de ella tampoco, sino que parecían imperturbablemente fijados allí. En su mirada aguamarina, podía verlo luchar contra algo que no comprendía, pero que no era la primera vez que veía en él tampoco. El caos arremolinarse en sus ojos, eso era. Por lo que la Hyuuga, tímidamente, alzó su mano para asegurarse de que estaba bien, pero en un imprevisto movimiento él la detuvo por la muñeca. Presionando ligeramente su pulgar contra el pulso –ahora errático y violento- de ella, mientras continuaba evaluando el raspón que su arena le había provocado. Ante esto, Hinata no pudo evitar removerse incómoda e intentar recuperar su mano, pero él parecía demasiado aferrado como para dejarla ir —Gaa-
Su voz se quedó atrapada en la garganta, así como su aliento. Y el color de su piel se volvió aún más impetuoso y el calor aún más intenso, al verlo lentamente levantar su mano hacia los labios de él. Bump. Bump. Bump. ¡BUMP!. Con los ojos nublados pero fijos en la herida, deslizó la punta del dedo de ella hacia el interior de su boca, muy gradualmente hasta atraparlo completamente con sus labios. Un sabor familiar le invadió el paladar y una escena igualmente de familiar le vino a la mente. Sabe... sabe como metálico. Paralelamente, la sintió atiesarse. Pero se rehusó a soltarla en ese instante, ignorando también la presión sobre su pecho que acababa de regresar. Cerrando los ojos, succionó una, dos veces, con suavidad. Y luego, con igual cuidado, retiró sus labios del dedo de ella. Hinata, completamente sonrojada y avergonzada, lo observó con sus grandes ojos blancos abiertos desmesuradamente.
Quiso decir algo, pero nada salió de su boca seca. Y encontraba difícil pensar claramente con él aún allí, mirándola fijamente y aguardando algo. ¿Qué? No sabía. Pero no podía encontrar el valor para reaccionar, de alguna forma, fuera cual fuera esta. Simplemente deseaba desmayarse, pero se había prometido que no volvería a hacer eso. Y no lo haría. Se había esforzado demasiado arduamente para corregirlo y ahora no volvería a viejos hábitos, no lo haría. Aún cuando estuviera ligeramente mareada, e hiperventilando. Aún cuando sintiera que le faltaba el aliento.
Gaara, observando que la mano de ella temblaba ligeramente entre sus dedos, le dio un pequeño apretón a la muñeca, no sabiendo realmente qué hacía o por qué lo hacía. Como aquella vez, y como todas las veces anteriores, había decidido tomar el control de sí mismo, irónicamente, cediéndolo a aquello que lo pulsaba a moverse en aquel preciso instante. Y, una vez más, se sentía como cuando había cedido al Shukaku –en todas las ocasiones que lo había hecho-, pero perfectamente conciente de que aquello que lo impulsaba no demandaba la sangre y la destrucción de ella. No demandaba que la quebrara y la redujera a nada con su arena. No, aunque tampoco era una demanda clara. No había nada de claro en aquella situación, ni en sus acciones, pero Gaara no podía forzarse a pensar en nada. Estaba, nuevamente perdido, frente a ella, sintiendo una vez más como si fuera controlado por hilos invisibles y él fuera una mera marioneta. Y, a pesar de todo, no quería alejarse, ni apartarse, ni retroceder. No quería detenerse. No aún. Con igual lentitud, guió la mano de ella hacia el corte en su frente, únicamente deteniéndose cuando las yemas de ella hicieron contacto con su carne labrada. Entonces la soltó, notando que al sentir la textura de la cicatriz, Hinata curvó las puntas de sus dedos. Pero luego, armándose de valor, volvió a rozarla. Sus mejillas redondeadas completamente ruborizadas.
Entristecida y preocupada, lo contempló tímidamente, aún pasando cuidadosamente sus dedos por la frente de él, rozando con sus nudillos los mechones irregulares y desmechados de color rojo que caían sobre su rostro. Se preguntó, entonces qué habría provocado eso allí, y si habría dolido mucho. Se preguntó si aún dolería, y si ella lo estaría haciendo peor, si estaría empeorándolo por tocarlo. Forzándose a sí misma a armarse de valor, susurró, con la voz pequeña y ahogada —G-Gaara-kun... ¿D-Duele...?
Él negó con la cabeza, terriblemente serio, dando el último paso hacia ella y quedando a un suspiro del rostro ruborizado de Hinata. Con cautela, examinó su expresión, buscando instintiva y mecánicamente algún signo de repulsión por parte de ella. Algún signo que le indicara que se sentía asqueada por su presencia o su persona, o por el hecho de estar siquiera allí con él, tocándolo. Pero no podía encontrar nada. Sus ojos blancos, puros y trasparentes de emociones, estaban concentrados –aunque con expresión tímida- en el Kanji de él, y sus labios permanecían entreabiertos y temblorosos, como su mano, mientras examinaba los surcos en la carne de él. Por otro lado, su piel conservaba el tono rosado, casi rojizo, en todo el rostro y orejas, pero condensado particularmente en sus redondeadas mejillas. Era como si, realmente, no hubiera en ella otra cosa que tímida y ciega confianza. Como si realmente pensara que no había nada de malo con él. No le importaba su pasado, ni su presente. Para ella, todos merecían una segunda oportunidad. Todos eran dignos de su amabilidad y calidez. Incluso él. Por encima de todo él, que había sido en el pasado un monstruo y ella misma lo había constatado con sus ojos en el bosque de la muerte. Pero eso a Hinata no parecía importarle.
Dejando caer sus párpados negros ligeramente, dio otro paso adelante, atrapándola entre su cuerpo y la pared, pero sin hacer contacto alguno con ella, a excepción de la mano de la chica en su frente. Temblorosa, Hinata retiró sus dedos del Kanji, apoyando sus manos en la pared detrás suyo. Su corazón, errático, se golpeaba una y otra vez contra el interior de su caja toráxica, como queriendo dañarse a sí mismo o calmarse en el intento. Pero, de una forma u otra, no la calmaba a ella sino que la hacía sentirse aún más mareada, más vacilante. Por su nuca, era consciente del sudor frío que había comenzado a deslizarse hacia abajo. Y la misma sensación sentía en las manos, las cuales también tiritaban ligeramente, pero no podía hacer nada para evitarlo. Para evitar todo aquello. Por lo que intentó concentrarse en no perder el valor, en ser lo suficientemente firme para sostenerle la mirada, aún cuando le estaba costando horrores siquiera mirarlo al rostro. No podía evitarlo, después de todo. La timidez la invadía en esos momentos y la proximidad de él no estaba ayudando en nada. No, la hacía sentir del todo un poco más nerviosa. Y-Yo no... me d-desmayaré, se dijo, más intentando convencerse a ella que cualquier otra cosa. Yo n-no... no p-puedo... Y no lo haría. Se había esforzado mucho, y no quería dejar que ese esfuerzo hubiera sido en vano. No q-quiero... que Gaara-kun p-piense... que s-soy una tonta... No quería volver a avergonzarse delante de él.
Gaara, volviendo a descubrir sus ojos aguamarina, se inclinó hacia delante, apoyando su frente sudada en la pared detrás de ella, a la altura del rostro de Hinata. Su respiración, fría y entrecortada sobre el hombro de ella, le causó un pequeño estremecimiento, como una leve descarga de electricidad sacudiéndole la médula. Respirando suave e interrumpidamente, como un pequeño y diminuto jadeo, Hinata se forzó a permanecer inmóvil. Notando que él, con caución y cuidado –quizá temiendo asustarla o lastimarla-, se fue presionando a duras penas contra el cuerpo voluptuoso de ella. Aún más enrojecida, Hinata dejó escapar un casi imperceptible gañido.
La voz de él, grave y áspera, resonó con un soplido en su oído —Párame —y las manos de ella se elevaron con cuidado al pecho de él. No obstante, en vez de empujarlo, los temblorosos dedos de ella se enroscaron sobre la tela de su túnica de Kazekage. Principalmente, para mantenerse en pie, dado que el nerviosismo del momento le había quitado toda fuerza en las piernas y sus rodillas difícilmente podían sostener el peso de su cuerpo.
Gaara, al ver que Hinata no parecía intentar alejarlo ni parecía temerle, acercó un poco más su rostro al semblante de ella y rozó con la punta de su nariz la mejilla de ella. Notando al instante la suavidad de su piel y la calidez que de esta emanaba, posiblemente por el sonrojo que padecía en aquel instante. Luego, con la misma precaución, descendió con su nariz por su rostro, rozándole y dibujándole la línea de la mandíbula, hasta detenerse en su cuello. Allí, soltó otro soplido. Era extraño. La sensación de un contacto de esa forma, contacto del tipo que jamás antes había tenido. No de esa naturaleza al menos. La mayoría de las personas mantenían su distancia, y evitaban por todos los medios entrar en contacto físico con él –probablemente temiendo su reacción-, pero ella no. Desde el inicio, esa barrera imaginaria no había existido con ella. Hinata, como pocas personas que él conocía, le consentía voluntariamente aquello. Antes de ella, la única aproximación a un contacto físico consentido y no temido por sus contrapartes había sido tras él volver de la muerte. Entonces, Naruto y su hermano no habían tenido dobles miramientos a la hora de ayudarlo a ponerse de pie –y mantenerse de esa forma- y ella ahora hacía lo mismo. Pero de una forma diferente, más... íntima, si es que esa era la palabra. Dado que Gaara no conocía la sensación que dicha palabra designaba.
Tímidamente, Hinata giró con suavidad la cabeza, encontrándose con los ojos de él mirándola fijamente. Cuidadosamente. Turbadamente. Las manos de Gaara, antes a ambos lados de su cuerpo, habían ido a parar también a la pared –como ayuda para mantenerse-, una a cada lado de la cabeza de la chica. ¿P-Por qué Gaara-kun, d-de repente...?
—¿Te desmayarás? —le preguntó, algo hoscamente. Y Hinata, ruborizada, negó delicadamente con la cabeza, bajando la mirada para evitar verlo a los ojos.
—N-No... no c-creo... —susurró y fue acallada por la presión de él sobre sus labios. Dubitativa, Hinata cerró los ojos, intentando devolver con pequeños esfuerzos el gesto. ¿Cuánto pasó? No tuvo idea. Simplemente permaneció allí –en la oscuridad-, aturdida, intentando evitar que su cuerpo se deslizara al suelo a causa del cansancio y la tensión que los nervios le habían causado. C-Cuando estoy c-con Gaara-kun... m-me s-siento fuerte... s-siento... r-realmente c-creo... q-que puedo. Poco a poco, se permitió depender de él para mantenerse en pie. Aún completamente roja, y aferrada temblorosamente a él.
Y Gaara la sintió pequeña, frágil contra él. En otra época, en otro tiempo, habría sido terriblemente fácil quebrarla. Romperla y dañarla, terriblemente fácil hacerla desaparecer. Se convertiría en nada, y su sangre se fundiría con la arena, pero ese ya no era él. Y no deseaba eliminarla para renovar su existencia. No necesitaba hacerlo para renovarla, no. Porque me salvaron del dolor de la soledad... Ellos reconocieron mi existencia... Son personas que aprecio. Hyuuga Hinata. Personas que aprecio...
—¡Aaahh, necesito orinar! —se oyó repentinamente, resonando en el corredor junto con una serie de pasos. Y antes de que pudieran siquiera reaccionar, y en tan solo segundos, delante de ellos apareció la figura de alguien rubio vestido en un pijama celeste, con expresión de sueño y un gorrito para dormir negro con dos ojos, dos dientes que caían sobre el rostro de la persona y un pompón en la punta. Refregándose somnolientamente con la mano derecha el ojo, y rascándose con la otra mano la nalga izquierda por encima de la ropa, el chico observó la escena desconcertado. Parpadeando. Gaara y Hinata se separaron, la segunda sintiendo que moriría de vergüenza. El pelirrojo, por otro lado, había recobrado su semblante inexpresivo y permanecía con los brazos cruzados. Como si nada hubiera pasado.
Tras unos instantes de silencio, y de observar a ambos de forma grogui sin percatarse de nada, Naruto reaccionó. Sus expresivos ojos azules se abrieron desmesuradamente y con su dedo índice comenzó a señalar a ambos descaradamente —¡Aaaaaaahhh! ¡Aaahh! ¡T-Tú —señaló a Gaara, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua, pero este no se inmutó—, y tú-dattebayo! —Hinata, por otro lado, se cubrió el rostro con timidez, intentando disimular el sonrojo que creía a cada segundo.
—N-Naruto-kun... —susurró, detrás de sus manos. El pelirrojo la observó de reojo, pero no interceptó.
—¡¿Cuándo? ¡¿Cuándo? —Naruto negó frenéticamente con la cabeza y volvió a repetir lo mismo, aún no creyendo lo que sus ojos habían visto—. ¡Tú! ¡Y tú! —volvió a señalar a ambos. Y Hinata, una vez más, se encogió incómoda. Sonrojada. Con sus manos en puños ocultando sus labios. Y de repente, el aire le faltó completamente y todo se volvió difuso. Sus ojos, completamente blancos, rodaron de regreso al interior de su cráneo y se sintió debilitar. En una fracción de segundos, su cuerpo estaba perdiendo fuerzas, resintiendo la gravedad, estaba cayendo. Estaba fallando. Sabía lo que estaba pasando. Se estaba desmayando. Y no podía evitarlo. No había nada que pudiera hacer. Por lo que simplemente se dejó ir. Simplemente se dejó llevar.
Aliviada, antes de perder el conocimiento, sintió un ruido de arena deslizándose. Y la voz de Naruto, gritando su nombre —¡Oy, Hinata. Hinata!
Y entonces, todo se volvió negro. G-Gaara-kun...
