CAPÍTULO 7
"Cuando nos toca ser salvados"
La explosión se pudo ver desde varios kilómetros de distancia. El contraste entre las nubes, negras como una noche sin luna y la intensidad con que brillaba la energía cósmica explotando era majestuoso, como una pintura irreal. La tierra temblaba, como si se estremeciera ante la potencia de los golpes. Cualquiera que hubiera puesto el oído en el suelo hubiera dicho que una guerra se había desatado. Pues así era… pero era una guerra de uno contra uno.
Ariadna le lanzó un puñetazo directo al rostro, pero Ikki inclinó la cabeza hacia un costado justo a tiempo y casi al instante, le sujetó el brazo y de un giro la mandó volando contra un muro, ella, siempre sonriente, dio unas volteretas y apoyó los pies contra el muro, usándolo como trampolín. La pared se despedazó, al mismo tiempo que la mujer se lanzó como flecha contra el santo.
Mientras se deslizaba por el aire y antes de que Ikki pudiera reaccionar, cambió su ángulo y le lanzó una patada al abdomen que lo hizo doblarse, pero clavó los pies en tierra y absorbió el golpe. Ella cayó frente a él y comenzaron un terrible duelo de habilidad física. Su nivel era muy parejo, si bien parecía que Ariadna lo hacía retroceder con sus acrobáticas técnicas de patada. De vez en cuando, Ikki dejaba de esquivar y cubrirse y le lanzaba poderosos puñetazos y patadas que abrían surcos en las rocas y en el suelo, que la guerrera esquivaba por muy poco. De pronto, ella se detuvo y dando unos giros hacia atrás, se quedó mirándolo, con una mano apoyada en su cintura, en una pose muy seductora.
- Pues no eres nada caballero ¿Crees que es forma de tratar a una dama?
- Tsk… ¿una dama? ¿De pronto eres una damisela indefensa? No me fijo en esas tonterías cuando se trata de pelear. Dices ser una guerrera y quieres luchar, es todo lo que me importa. Guárdate tu coqueteo…
- Me refería a que ni siquiera preguntaste el motivo de nuestra batalla ¿Sabes siquiera en qué te estás metiendo?
- Sé que estás en el santuario y atacaste a un Santo de Atenea. Es evidente que eres un enemigo. Cuando se trata de proteger a Atenea y a la tierra, poco me importa quién sea el enemigo… aplastaré a todo el que se interponga en mi camino…
Ariadna volvió a adoptar una postura de lucha e Ikki hizo igual. El santo del fénix llamó a toda la fuerza de su cosmos y lo hizo explotar, no perdería más tiempo con esa criatura. Le lanzó sus "Alas del fénix volador". Una columna destructiva de fuego golpeó a Ariadna y la lanzó por el aire, Ella se cubría con los brazos, pero estaba envuelta en llamas. Cuando quitó los brazos de su vista, ya era tarde. Ikki estaba frente a ella y comenzó a lanzarle cientos de puñetazos. Golpeaba todo su torso, su rostro, su pecho, su abdomen. Ella se iba sacudiendo en el aire, producto de los golpes, mientras él la seguía castigando. Cuando la mujer golpeó el suelo, Ikki levantó su puño envuelto en flamas doradas y le dio un feroz puñetazo que hizo aparecer un cráter debajo del cuerpo de su rival. La tierra seguía sufriendo daño por la lucha, temblando constantemente.
El santo del fénix emergió de la columna de humo y cenizas y emprendió la marcha, seguro de su victoria. Había visto el rostro de Ariadna, no había vida en su ojos y estaba pálida. "Fue una buena adversaria, pero no podía perder más tiempo. Debo ir donde está Seiya", pensó. De pronto, una erupción de llamas y roca estalló detrás suyo, haciéndolo salir volando varios metros, hasta que pudo recuperar el equilibrio y darse vuelta. El ave Fénix se materializó nuevamente, dando su grito característico. De dentro de esa figura mística emergió Ariadna completamente ilesa y negaba con la cabeza, como reprendiendo a su atacante.
- ¿Te dices Santo del Fénix y no sabes nada sobre mí? ¿De verdad creíste que se había terminado con ese ataque tan exagerado?
- ¿Exagerado…?
- Debo darte crédito, tu fiereza es digna de temer, pero creo que malgastas tu energía en técnicas que se ven poderosas pero no lo son. Además… matarme no ayudará en nada, simplemente reviviré de mis cenizas ¿Lo recuerdas?
- Cierto… entonces tendré que borrar todo de ti, incluyendo tus cenizas!
Ikki se lanzó con toda su fuerza a asestarle el golpe de gracia. Nuevamente una explosión iluminó los cielos, que seguían cubiertos de negros nubarrones. Pero esta vez las cosas eran diferentes… Ariadna detuvo su golpe con su mano, como si nada significara para ella. El santo de Atenea no daba crédito de lo que sucedía. Hace un momento él peleaba de igual a igual y hasta había sometido a ese ser despreciable… y ahora lo detenía con una sola mano.
- Creo que te he dejado jugar demasiado a tus anchas, pequeño… es hora de que el fénix te ponga en tu lugar – le decía, mientras le apretaba el puño con una fuerza descomunal. Ikki no pudo soportar el dolor y trató de liberarse lanzándole una ráfaga de energía al rostro, pero Ariadna se desvaneció en el aire y apareció por el lado derecho, asestándole una potente patada en el pecho que lo mandó volando contra una columna, que se vino abajo. El santo de Atenea escupió un chorro de sangre, estaba malherido.
La mujer se acercó caminando con tranquilidad, como si no se tratara de una pelea y le dijo: - ¿Las "alas del fénix"? Así se llama tu ataque de recién, ¿no? Bonito, pero ineficaz. Ahora te demostraré lo que realmente pueden hacer mis alas…
En efecto, las alas hechas de fuego de Ariadna comenzaron a arder con la intensidad del sol. Ambos extremos se unieron encima de ella y formaron un remolino de fuego. Ikki estaba molesto, no podía moverse, estaba indefenso ante esa guerrera. El remolino comenzó a arrancar plantas y rocas del suelo, sembrando destrucción alrededor de ellos.
-¡Muere!- dijo Ariadna, mientras el remolino se agitaba y caía directo hacia donde estaba Ikki, quien sólo atinó a cubrirse con sus brazos. De pronto, algo vino volando, zumbando en el aire y golpeó a la mujer en su casco, haciendo que su energía se disperse y el remolino desaparezca justo cuando iba a golpear a Ikki.
-¡Argh! ¡Qué demonios…!- se quejó Ariadna. Una grieta venía abriéndose entre la tierra, la falla iba en dirección hacia la antigua santa del fénix, quien sólo observaba el extraño suceso. Algo venía por debajo de la tierra a una velocidad impresionante. Y así era, algo emergió a sus pies y le golpeó la barbilla, dejándola atontada y la hizo caer de espaldas. Como pudo, miró hacia donde estaba Ikki y vio dos objetos alargados y finos moviéndose como serpientes, como si fuesen seres vivos.
-¿Qué diablos… cadenas? Ah… ya veo…- dijo la mujer, recobrándose del sorpresivo ataque. Vio a un bello joven de cabello verde de pie frente al santo del fénix, como cubriéndolo.
- No permitiré que lastimes a mi hermano, quien quiera que seas…- le dijo el muchacho.
- Tú debes ser el Andrómeda de esta época, ¿me equivoco?
- Así es, soy Shun de Andrómeda. He venido a salvar a mi hermano, Ikki.
- ¿Hermanos? Vaya, esto sí que es una sorpresa. Muy valiente, jovencito, pero creo que te estás metiendo en la cueva del lobo. Esa fue una buena entrada, pero nadie te rescatará de la bestia esta vez. Mejor hazte a un lado y déjame terminar el combate con tu hermano, ¿quieres?
- ¿Terminar el combate? ¿Dices que golpear a un oponente caído es combatir? De ninguna manera, mi hermano está malherido, yo pelearé contigo ahora…
- Shun…- dijo Ikki, adolorido -…apártate… ella no es un oponente cualquiera, no es un ser humano, es un monstruo… déjame pelear…
Shun observó con dulzura a su hermano. Entendía lo que le pasaba, estaba herido en su orgullo, siempre había sido él quien lo protegía y salvaba en los peores momentos y ahora también se preocupaba por él. Pero no iba a permitir que lo maten, ya no era tiempo de llorar.
- Hermano… sé cómo te sientes. En verdad que lo entiendo… pero entiende que aunque odio pelear, odio más ver sufrir a quienes amo. Esta vez no dejaré que nos humillen o nos lastimen, ya no. ¿Me entiendes, mujer? ¡No sé quién eres ni por qué nos atacas, pero yo, Shun de Andrómeda, Santo de Atenea, te detendré aquí!
El cosmos de Shun se encendió con una fuerza abrumadora. Ni siquiera Ikki, que ya lo había visto pelear en serio en otras ocasiones, podía creer cuánto había crecido el cosmos de su hermano menor. "Shun… ¿es que acaso no tienes límites?", pensaba, mientras contemplaba el hermoso y gigantesco cosmos que emanaba de su cuerpo.
Ariadna se sacudió el polvo de su coraza. Lanzó una breve carcajada y encendió sus alas de fuego nuevamente. La cortina de otra feroz batalla se estaba levantando…
