¡Quiero un bebé!
Capítulo 7
El milagro de la vida

El calendario siguió corriendo, lenta pero firmemente durante un mes y medio, para ir a posarse a la mañana de un miércoles, en la que, ya para entonces las cosas eran muy diferentes. Primero que nada, en la mansión Kaiba se respiraba cada vez más un aire de nostalgia y de monotonía, Seto ahora pasaba incluso aun más tiempo fuera de casa, pero no era por su trabajo, al que acudía medio tiempo, era por Ninon, a la que había seguido viendo y con la cual ya mantenía una relación seria, a pesar de que Jonouchi seguía viviendo en su casa, como si nada pasara.

Para el rubio cachorro, las cosas cada vez pintaban peor, pero no quería dar el siguiente paso a una separación porque conocía a Seto desde hacia tantos años, que el sólo pensar en vivir separados se le hacía una idea ridícula, y permanecía callado, siempre callado, tragándose sus palabras, viendo como cada vez más su CEO, el que había sido su CEO se alejaba…

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Yugi salió tambaleándose del baño por tercera vez en el día, tenía un aspecto realmente malo, los cabellos rubios le caían sobre la cara sin ninguna gracia, medio mojados, los ojos se le veían vidriosos, y mantenía una mueca de asco mientras se sujetaba el estómago con la mano izquierda, pues la derecha la mantenía apoyada a la pared del baño, de la cual acababa de tomarse luego de haber devuelto su desayuno en el retrete. Últimamente no se había sentido muy bien… y eso preocupaba en grado sumo al ex faraón, pues su Yugi siempre había contado con una salud de hierro y de pronto, se había visto débil, de verdad quería saber qué le pasaba y empezaba a sospechar algo…

"Yami, no… me siento… muy bien" logró articular Yugi, con voz entrecortada para luego echarse a correr de nuevo al baño, cerrando de un portazo. "Hikari ¡por Ra! ¿Qué tienes?" murmuró el faraón, pegando la mejilla a la puerta, para lograr oír solo a Yugi devolviendo el estómago, si es que más no se podía. "No sé… yo… no me…" el muchacho no terminó la frase, que sonaba amortiguada, pues de nuevo un espasmo lo invadió, para cuando logró controlarse, salió del sanitario y le dirigió una sonrisa un poco temblorosa a Yami, para indicarle que se encontraba mejor y este aminoró su cara de angustia para devolvérsela.

La tarde transcurrió tranquila, aunque estuvo nublado y el sol no se dejó ver en ningún momento, estaba cerca la Navidad y el tiempo, más que nunca no estaba a favor de nadie, por lo que los dos pelirrojos permanecieron en la casa-tienda resguardados y calentitos en casa.

Al día siguiente la situación siguió igual en cuanto amaneció bruscamente para Yami, que sintió como su hikari se levantaba de un salto, con las manos en la boca y se encerraba en el baño, negándose a comer o salir, para empeorar la situación, si es que se podía, comenzó a nevar, esa blanca lluvia de "azúcar" helado que alegraba a todos y ponía melancólicos a otros, como cierto rubio sentado en el alfeizar de su ventana que recordaba viejos tiempos, sin saber que su mejor amigo temblaba en el sofá, el frío era demasiado para el sumado a su malestar matutino, pues le hacia sentir peor, seguro algo le había caído mal al estómago, gimió dando vuelta en el sofá, tratando de aliviar el dolor.

Normalmente él hacia los quehaceres de la casa, pero Yami decidió no abrir la tienda de juegos en la que trabajaba desde hacia años, para cuidar a su hikari no tenshi (y además, el tiempo estaba pésimo como para que algún alma se apareciera por allí, siquiera), también hizo un poco de todo, desde tratar de prender y usar una aspiradora, sin poder lograrlo y sólo haciendo a Yugi reírse sin parar, hasta lidiar con el lavaplatos –y terminar condenándolo a una maldición de 1000 años. "Yugi, ven, por favor" pidió el rey de Egipto desde la cocina al ver cómo el lavaplatos empezaba a funcionar correctamente. "Sí" Yugi caminó frotándose las manos y tiritando un poco, no hubo dado ni cinco pasos cuando todo el mundo giró y se volteó frente a sus ojos, para cuando éste cayó al suelo, ya estaba inconsciente. "¿Yugi?" se alarmó el faraón cuando oyó el golpe sordo de la caída del pequeño, para después lanzarse al suelo, para levantarlo, sin dejar de preguntarle ¿qué tienes? Cuando su hikari recuperó el conocimiento con los ojos entrecerrados en sus brazos, él le acarició la frente.

"¿Estás bien? Vamos al doctor" dijo, en un tono que no admitía réplicas, teniéndole la mano para levantarlo. "No te preocupes" murmuró Yugi, una vez estuvo de pie, pero su determinación flaqueó al ver la mirada penetrante de su oscuridad, iban a ir al doctor, eso ya estaba decidido. "Iré por mi abrigo, y el tuyo" cedió inmediatamente, dándose la vuelta con sumo cuidado hasta entrar a su habitación donde rebuscó un rato dos abrigos, le dio uno a Yami y después se adentraron en la calle. No pasaba de las tres, pero aun así, el día seguía nublado y seguía cayendo nieve lentamente, gracias a la cual, las calles estaban adornadas de niños riendo alegremente y disfrutando de ese regalo blanco del cielo. Yugi se acurrucó en el hombro de su amado, buscando su calor, y él, que estaba sufriendo más que nunca al ser de tierras calientes, se dejó querer, pues así se quitaba ese frío tan calante de encima y además, disfrutaba con la persona que más amaba en el mundo.

Yugi pidió ir a pie para disfrutar un poco, pese a la firme imposición que mostró Yami por lo helado del viento, sin embargo, una de las sonrisas del hikari derritió el hielo y después de asegurarle que estaría bien, se dispusieron a seguir caminando por las calles llenas de puestos con regalos. Apuraron el paso hasta llegar al Dominó Hospital, y gracias a eso no lograron percibir que mientras ellos entraban, otra figura, envuelta en una gabardina negra salía sonriendo, Seto Kaiba acababa de dejarle un millón de presentes a su amada, e iba tan feliz, que tampoco los notó.

Entraron al edificio, después abordaron un elevador y presionaron el botón "6" de un doctor particular, tras esperar dos horas, en las que Yugi fue al baño más veces que nadie ahí, ambos pasaron, el Dr. Urashima, un hombre con una esponjosa barba blanca y cabello a juego, le realizó diversas pruebas a Yugi, desde las clásicas, hasta otras que le parecieron bastante sospechosas al faraón, que sólo podía observar a su hikari, con una sonrisa en el rostro, para que esto lo tranquilizara un poco.

Tras un tiempo de deliberación, el médico salió del consultorio sin decirles ni una sola palabra, pero con el semblante preocupado y asustado, para regresar después con una mujer joven, de cabello negro, ojos verdes y labios rojos, que tras saludarlos, y presentarse como la Dr. Beart, los condujo tres plantas más abajo, a su consultorio, pero aun sin darles más explicaciones.

Entonces volvió a examinar a Yugi, que se encontraba bastante abochornado, para cuando terminó les anunció que iban a ser papás, de una manera bastante asombrosa, pero padres, al fin.

Lo último que Yugi atisbó antes de desmayarse de la felicidad fue el despacho de la mujer, lleno de rosas rojas, y a un sonriente Yami.

Fin del Capítulo.