¿Cuánto tardé en subir este capítulo? ¿unos 30, 40 años?

Bueno, disculpen por la tardanza. Realmente, perdoooonn!

Como muchos esperaban, aquí está el final. Síp, el final. Aunque ya no recuerdo como era el final hace UN AÑO ATRÁS, creo que era algo similar a éste.

Como siempre, los personajes y lugares presentados no me perteneces, son propiedad de akira Toriyama, Toei Animation y sus asociados.

Disfruten, queonda.


Sus ojos se abrieron, y el sudor comenzó a bajar fríamente por sus sienes, a medida que el teléfono se resbalaba de sus dedos. No quería voltear. No debía hacerlo. El simple hecho de que esa dulce mujer que lo había criado era capaz de asesinarlo con sólo un golpe lo aterraba, aun recordando la fuerza que poseía como sayajin. Ni eso le sería de ayuda ante el pavor que sentía frente a su madre.
—Hijo —le dijo Goku —tu madre te está llamando.
Los ojos de Gohan vieron a su padre, quien, según él, comenzaba a sonreír de manera perversa, lo cual comprobó que no era así al pestañear. Gohan volteó y con pequeños pasos salió de la habitación y cruzaba el pasillo con sus piernas que siquiera podían flexionarse. Su padre lo seguía con la vista, atónito. Pero supuso que eso era normal en los niños de hoy día y siguió con lo suyo.
Los dientes del niño chirreaban, y su mente se llenaba de imágenes de diferentes formas con las cuales su madre lo asesinaría. Arrastró sus pies hasta la entrada del cuarto, que permanecía con la puerta semi cerrada. Su brazo se extendió y comenzó a empujar la puerta del cuarto hasta abrirse por completo. Apretó su puño izquierdo al ver a su madre, para contener el miedo.
Allí estaba ella, sentada en su cama, mirando por la ventana, con el pequeño cuaderno de fotografías en su regazo. Apenas él colocó un pie dentro del cuarto, ella volteó su cabeza hacia él casi tan rápido que Gohan saltó del susto. Quiso volver en sus pasos, pero ya era tarde.
Ingresó al cuarto y se sentó al lado de ella. La mirada de Chichi lo siguió por todo el cuarto, como una cámara de seguridad que seguía todos sus movimientos de forma fría y calculada.
—¿Me...llamabas? —intentó hacerse el desentendido.
—Sí. ¿De dónde has sacado esto? —le mostró el álbum y cada una de las fotografías.
—Pues... estaba en el piso del pasillo.
—Y, ¿qué hacía en tu mueble?
Ya no se le ocurría cómo responder. En principio, había pensado cerrarle la boca con un "es que me parecieron tan bonitas", pero él sabía que esa era la peor respuesta que podía darle. Ya se estaba imaginando su cabeza colgada como bandera.
—¿quiénes son esas personas?
—Pues...—¡Bingo! ella pareció distraerse — son ex—compañeras de la secundaria. Éramos un grupo muy unido. Cada una de nosotras tiene un pequeño mechón de cabello de cada una, así fue como nos despedimos cuando cada una tuvo que partir a la universidad, o a otra vida. Ella —señalando a la primera— era una de mis mejores amigas. Creo que se volvió cocinera profesional, ¡ha ganado varios premios!— El rostro de Chichi se iluminó.
Gohan, en su mente, veía a su madre con una sonrisa tétrica, sosteniendo el cabello morocho de la muchacha, y golpeando su cabeza contra el suelo una y otra vez, llenándose de sangre en una lluvia de muerte.
—Oh —se rió ella, con entusiasmo— esta mujer, era una seductora nata. Siempre conseguía a los mejores hombres. Se dice que se casó con una superestrella— Mientras que su mente, dibujaba a la mujer, suplicando por su vida, frente a los pies de su madre, tosiendo sangre hasta casi ahogarse.— Y ella, no sé si la recuerdas, era amiga de Goku y mi mejor amiga. — Gohan se hacía a la imagen del cuello de Launch, cortado a la mitad, y exudando sangre sin parar, en una agonía final— Ellas dos eran las gemelas más insoportables, pero más divertidas. Sé que son dueñas de un centro comercial — Ahora imaginaba a su madre, riéndose a carcajadas, mientras pisoteaba los cuerpos de cada mujer, uno con cada pierna. — Bulmita, querida. Mantuvimos una buena amistad luego de conocernos en la montaña de mi papá. Eran buenos tiempos...
Gohan miraba la fotografía, recordando que debía ir a verla. Según lo que había oído, su madre iría a visitarla. Seguramente, a acabar con su simple vida.
Miró a su madre, que esperaba una respuesta. Quizá se había callado hacia veinte minutos, él no lo sabía. Había perdido la noción del tiempo.
—Que...lindas amigas eran —colocó una sonrisa de lado y arqueó sus cejas, rascándose la espalda al estilo de su padre. Su madre le besó la frente y lo abrazó.
—Sí... yo elegí seguir mi camino al lado de tu padre, crear una gran familia... imposible de arrebatar...— de pronto comenzó a asfixiar a Gohan con su abrazo. Él se sacudió con demencia. — Lo que me recuerda, iré a ver a Bulma. Quédate aquí y, cuando regrese, te quiero ver durmiendo. —se levantó y se marchó.

El pequeño sayajin esperó a que su madre dejara la habitación y encendiera el auto, para correr a la carrera contra ella hacia donde Bulma se encontraba. Al salir por su abrigo, ya que la tormenta había comenzado a acrecentar, y la noche comenzaba a sumir al mundo, su padre comenzó a hablar. Más bien, a hablarle.
—Gohan.— él paró, frente a la puerta, y lo miró— si hay algo que aprendí con tu madre, es a ignorar ciertas cosas. Si las ignoras, verás que vivirás más tranquilamente. Eso es lo que ella necesita para ser feliz, incluso cuando yo no me encuentro. Haciendo eso, sé que tu madre es feliz, y vive bien, aun sabiendo que nosotros nos marcharemos algún día, o que ella será la primera en irse.
Luego se calló, mirando hacia el horizonte, pensativamente.
El pequeño memorizó la sabia frase de su padre, como nunca había dicho otra igual, y siguió su camino.

Tomó vuelo y surcó los cielos, que poco a poco se iban convirtiendo en negros, asesinos, ocultadores de la verdad. Esos cielos negros que sabían cómo esconder los dolores interiores de todas las personas y que se liberaban, con la forma de la lluvia, en los suelos, purificando las almas de todo aquel que había llorado viendo las precipitaciones.
Voló por el aire a toda velocidad, sintiendo las primeras gotas de agua rozar su tez. Sus ojos se afinaron y, colocando un brazo frente a ellos, logró vislumbrar el hospital de la capital oeste. Entró a toda velocidad por la ventana, destrozando los instrumentos quirúrgicos y volando las faldas de unas cuantas enfermeras.
Tocó la puerta de un cuarto e ingresó, encontrando a Bulma con una revista de moda en la mano, mientras discutía sus asuntos con el joven Vegeta, quien no dejaba de argumentar utilizando repetidas veces la palabra "¡mujer desesperante!"
Bulma recibió a Gohan con gran felicidad, notándolo totalmente empapado y tiritante. Le dio su sábana y algo de sopa que, según ella, sabía a hospital. Gohan estaba sorprendido; ella no se veía tan preocupada como él. Su cara estaba algo vendada, sólo en sus mejillas y su frente. Aún se veía hermosa.
Gohan debía preguntar, pero Vegeta no le permitía siquiera hablar la boca. No dejaba de discutir con "esa vulgar mujer". Hasta que Bulma notó que Gohan necesitaba hablar, pasaron 20 minutos, los cuales fueron un pasar infernal, preguntándose en qué momento llegaría su madre.
—Ahora, debo preguntas, ¿Qué haces aquí a esta hora? podrías haber venido a visitarme mañana.
—Es que mamá venía para acá ahora y—
—¿¡Qué dices!? —Bulma se sorprendió sobremanera. —P—pero si había dicho que pensaba en venir mañana...
—¡Eso era lo que trataba de decirte cuando Vegeta me interrumpía!— Gohan se tranquilizó —escucha, ella está viniendo directamente hacia donde nos encontramos. No sé qué planea, pero todo es una mezcla extraña de horror y suspenso que—
Alguien tocó la puerta.
—Señorita Briefs—cantó la enfermera— una muchacha está aquí para verla.
Ambos tragaron fuerte. Si acaso se trata de Chichi, —y muy probablemente era así—Gohan no debía de ser visto. Sus pensamientos vagaban entre huir, por su bien, o quedarse, por el bien de Bulma. Cuando la puerta se abrió, no hubo más que esconderse dentro del pequeño armario de abrigos. Se tapó con el abrigo de visón de Bulma, cerró la puerta, y esperó. Miraba entre la pequeña hendija que había, luminosa, entre las dos puertas.
Él podía ver a su madre entrar con lentitud, sin quitarle los ojos de encima a la peliazul.
—¡Hola, Chi! Tanto tiempo sin verte —intentó ella mostrarse tranquila, cuando en realidad moría por dentro.
—Estaba muy preocupada cuando Goku me dijo lo que te había ocurrido. Decidí venir a asegurarme de que estuvieras bien. —Cierto tono de hipocresía se escuchaba en cada una de las palabras pronunciadas.
—Sí, estoy bien, gracias por preocuparte.
Chichi dejó caer el abrigo empapado con furia.—Qué mal.
La piel de Bulma se erizó por completo. No tenía a dónde ir, estaba encerrada entre los objetos de medicina. Tenía tres opciones, o abalanzarse sobre el ama de casa, arriesgándose a morir; correr por donde los aparatos quirúrgicos, y pincharse y morir; o saltar por la ventana de un décimo piso. Cualquiera de las tres, moriría. Pero estaba segura de que preferiría saltar por la ventana antes de ser sometida ante las atrocidades sádicas de esa bella mujer que tenía frente suyo.
Cada paso húmedo que esa mujer daba, provocaba que Bulma presionara el colchón más fuerte. Gohan debatía en su mente, comenzando a saturarlo, sobre qué debía hacer.
Entonces, cientos de miles de imágenes se propagaron por su mente, mezclándose entre sí, confundiendo todo su ser.
"¿Quién es mi madre? Esa mujer, sí. Pero ella me miente. No me confiesa. ¿Mató? No lo dijo. Pero ella nunca me haría daño. Le importo. Ella hizo todo eso... Por mí."
Por Mí. esa última frase fue la última pieza perdida bajo su misma nariz, que logró encastrar todas las imágenes, diálogos, crímenes, sangre y vidas perdidas. Su madre habría tomado la presencia de esas mujeres como amenazas, destructoras de su familia, y habría querido protegerlos, simplemente. Algo tan simple se había escapado de entre sus manos fácilmente. Ahora todo se mostraba, como nunca antes lo había hecho.
No más acertijos, pistas falsas, caminos sin retorno. Pero lo que fue una respuesta, generó miles de preguntas más. Lo cual, le provocó el llegar a una resolución: Todo había sido por su culpa.
Si no hubiese nacido...
La frase de su padre. Él sabía más de lo que siquiera Chichi sabía acerca de su propio asunto. Una vez más, la sabiduría de su padre lo había sorprendido de maneras que no imaginaba.


Chichi llegó al pie de la cama y le tomó los dedos a Bulma. Comenzó a doblarlos hacia afuera, inmovilizando a la otra mujer completamente. Un ruidoso sonido de ruptura se escuchó en la habitación, lo que estremeció a Chichi, dejándola con más deseos de sangre.
La puerta se abrió. Vegeta entró disimuladamente, aunque se lo veía agitado. Vio la escena y quedó completamente perturbado.
—Bueno—dijo Chichi—creo que es hora de irme. Mi Goku debe tener mucha hambre. —Saludó a ambos y se marchó. Gohan salió del armario, ni apurado ni tranquilo.
—Sentí un alto ki en esta habitación—Dijo Vegeta —Y dudo que hayas sido tú, pequeño bastardo —Rió el gran hombre.
El sayajin comenzó a caminar hacia la puerta, tomando su abrigo mojado.
—Gohan, cariño, ¿estás bien?
—Sí —respondió, sin siquiera voltearse —Después de todo, tú eras una gran amiga de mi mami cuando se conocieron en el monte—castillo de mi abuelo, ¿verdad? —Soltó una risa tétrica y fría, que terminó por congelar la escena, incluso al mismo Vegeta, que había quedado inmóvil. El niño se marchó, en un vuelo calmo a través de la tormenta.
—Lo logró.—Pronunció la mujer.
—¿Qué?
—Lo tiene a su merced. Al igual que a Goku— su rostro se frunció en suma preocupación. Sabía que era tarde.
Rápidamente, atravesó su ventana y la cerró con el pie, dejó su abrigo empapado bajo su cama, y se tiró dentro de las sábanas, en el preciso momento en el que su madre ingresó al cuarto para cerciorarse de que su pequeño estuviese allí. Al verlo tiritar, le colocó una frazada encima, lo besó en la frente, y se marchó. Gohan estaba congelado del frío que le había provocado la lluvia. Pero cerró los ojos.
Y, poco a poco, su cerebro comenzó a olvidar. Reemplazó cada parte de su mente que sabía que su madre era una asesina, y, en su lugar, recordó bonitos momentos con ella.
Y, así, pasó la noche, dejando resplandecer un nuevo y brillante día.


Los tres estaban desayunando, y se los veía más felices que nunca. Charlaban de cosas banales, sin importarles nada. Chichi miraba a su valiente hijo, comiendo y riendo. Ella había perdido total preocupación, el cual el día anterior la había estado sofocando. El ver en su hijo la sonrisa de felicidad que tanto la alegraba, sacó una sonrisa en su rostro.
Pero, por otro lado, sabía que no debía de mentirle a su hijo. Lo que menos quería, era eso. No le interesaba ocultarle cosas, después de todo, eso era lo que le evitaba el dolor de mentirle. Aunque, su pequeño sayajin se veía tan feliz y, sobre todo, en paz. Pero ella no lo quería así, no si eso implicaba que la base de su felicidad fuese una mentira. ¿Qué ejemplo de vida era ella, si le debía mentir sobre su pasado? A pesar de que la verdad sería la que asesinaría la imagen que su hijo tenía de ella.
Pero, qué más daba. La felicidad de su hijo era más importante. Sólo tenía dos opciones: verse como una madre genial con mentiras que ocultan quién es cuando se meten con lo suyo; ó, revelarle todo, vivir en la verdad, y que su hijo quedara posiblemente traumatizado por la imagen de su madre masacrando hermosas mujeres. Sí que era una decisión difícil.

Gohan se veía tan feliz. Sólo cerró sus pensamientos con un bocado de comida.

—Gohan —lo llamó,—¿irás a comprar pan hoy?
—Ya mismo, madre —Él terminó de comer, tomó algunos zenis y abrazó y besó a su madre con cariño familiar antes de salir volando por la puerta.

Chichi lo vio irse con felicidad, pero poco a poco, su sonrisa se fue quitando de sus mejillas. Un sentimiento de preocupación la embargó. No entendía cómo podía de ser posible que, de un día para el otro, su hijo se viera tan feliz sin razón aparente. O quizás ahí estaba el truco. Esa felicidad podía ser aparente, su pequeño sayajin podía estar aparentando ser feliz cuando en realidad ocultaba su miedo ante ella.
Entonces, esperó a que su marido se fuera para entrenar, para comenzar a buscar desjuiciadamente en la habitación de su pequeño. Levantó la cama, abrió sus almohadas, sacó cada mueble de su lugar y cada cajón de donde pertenecía. Revisó cada libreta, libro y cuaderno que él tenía, sin tener resultado. Cayó sentada al piso, agotada. Limpió el sudor de su frente y exhaló fuertemente. ¿Era todo lo que ella estaba haciendo en vano? Podría serlo. Pero algo dentro de ella le decía que las cosas no andaban bien.
Levantó la mirada, para encontrarse con un último cajón. Éste tenía una cerradura, y sabía que necesitaría la llave. Pero, cuando se es ama de casa, esposa y madre de dos sayajin, nada puede impedir el llegar al objetivo. Chichi se levantó con convicción, arremangó su kimono, recogió su cabello y se acercó al escritorio. Tomó la manija del cajón y, con un pie clavado a la mesa, tiró hacia afuera. Utilizó toda la fuerza que le fue posible, pero no lo logró. Dejó de tirar al escuchar un sonoro ruido de uno de sus huesos. Rodó sus hombros, tronó su cuello y volvió a intentarlo. Con ambos pies en el mueble, ella tiró hacia afuera con toda la fuerza que sus manos podía permitirle.
Sus tendones comenzaron a fallar, y el tronido de sus finos huesos sonaba en toda la casa, como la armonía de los muertos. Ella raspaba sus dientes para aguantar el dolor de sus hombros, que parecían moverse de lugar de a poco. Ella usó lo último que le quedaba de fuerza, pero tuvo que parar cuando sintió un tronido y uno de los peores dolores de su vida, luego del parir a su hijo. Cayó al suelo de espalda, con los brazos hacia el costado. Chichi se atrevió a abrir los ojos y ver hacia su costado derecho. Su hombro se había dislocado completamente, y el otro se había salvado por dos segundos. Al sentarse, sabía que ninguno de su familia podía verla así, ya que preguntarían qué había pasado con ella y el dormitorio de Gohan, quien, por alguna razón, tardaba en llegar.
Se paró, sosteniendo su brazo, contó hasta tres, y con su otro brazo pegó un tirón para acomodar el hombro dislocado. Su grito femenino y poderoso asustó a todos los animales e insectos. Sus ojos brillantes exudaban lágrimas saladas. Aún no se había acomodado. Volvió a pegar un segundo tirón, más potente y efectivo.
Su grito pudo ser oído por Goku y Piccoro, que entrenaban en las montañas.

Chichi comenzó a llorar. Con sus lágrimas tapando su visión, ordenó la habitación de su pequeño. Limpió sus ojos para ver la habitación limpia.
—¿Qué sucede, Chi? —dijo Goku detrás de ella. Chichi había olvidado la habilidad de Goku de tele transportarse, y el estúpido pero ágil oído de Piccoro.
Gritó—Yo...hacía la limpieza...
—¿Y esos gritos?— interrumpió Piccoro, sin creerle una palabra a la mujer.
—No es de tu incumbencia. —Lo asesinó con la mirada. Ambos se habían largado en lo que ella pestañeó.

Eso había estado cerca. Chichi caminó hasta la ventana y observó el paisaje. Las cortinas blancas bailaban al ritmo del viento. Cerró sus ojos y sintió el fresco aire natural rozar sus poros. El verano en el campo era el mejor. Los animales, el verde paisaje. No hacían falta unas vacaciones. Con sólo mirar por la ventana, uno ya lograba viajar. Viajaba con los pájaros y su camino migrante, con los pequeños roedores y sus divertidas aventuras en las praderas, con cada movimiento de las ramas de los árboles. Se paró en el marco de la ventana y abrió sus ojos, con fiereza. Estiró sus brazos y piernas, y fijó una ruta que llevaba al medio del bosque. Contó hasta tres.
Al saltar de la ventana, sus piernas no dejaron de enviarle adrenalina a su cuerpo. Ella no viajaba con el viento, el viento viajaba con ella. Soltó su cabellera y corrió al ritmo de los animales hasta entrar al bosque. Sus ojos cerrados disfrutaban el olor a naturaleza.
Un pequeño paso torpe, y ella cayó de cara. Limpió la tierra de su ropa y, con furia, miró lo que la había hecho caer. Parecía una pequeña rama. Por curiosidad, siguió desenterrándola, para descubrir que eso no era ni más ni menos que un conjunto de huesos. Sin espantarse o reaccionar, terminó de desenterrar todo. Entre las costillas, había una llave. La tierra estaba oscura, había sido enterrada recientemente. No los huesos, ella reconocía esos huesos de años, era algo que le causaba furia. La llave.

Llegó a la habitación de su hijo más rápidamente que una gacela, y abrió el cajón con rapidez. Había una libreta. La leyó con rapidez. Estaba vacía. La lanzó con odio en el cajón y lo cerró, arrojando la llave lo más lejos que pudo. Estaba fúrica. Pateó el suelo y salió de su cuarto. Entró al suyo, para cambiarse, y, al abrir el armario, el pedazo de madera cayó, junto a una libreta de conejos. La abrió.
¡Eureka!
Chichi festejó por unos segundos, hasta que leyó.
Ese niño lo sabía todo. Todo y más. Había cosas que ni ella sabía. Tenía anotado cientos de cosas. Se recostó en la cama del impacto, y leyó cada página. Había casos de investigación, notas periodísticas, opiniones personales —las cuales la asustaban—, testimonios de sus amigos, "Malditos traicioneros", una parte de ella pensó.

Un sonido de risas comenzó a escucharse en la casa.

Cada página contenía anotaciones sobre los casos de cada mujer. Sus ojos lloraron poco a poco, pero aún no encontraba la razón. Ira, rabia, impotencia, tristeza, humillación, temor. Las pequeñas gotas saladas se apoyaron en las páginas, una a una. Una parte de ella afloró. Nunca había sentido pena por las mujeres que había matado, hasta leer la historia familiar de cada mujer. Su parte humana lloró por las mujeres que habían dejado a sus hijos huérfanos y en la calle, por las luchadoras que, al igual que ella, habían perdido a sus maridos o querían escapar de ellos con una nueva vida, un nuevo trabajo.

Las cadenas que se arrastran en el mismo infierno cada segundo, cruzaban el pasillo.

Tapó su rostro con sus manos y limpió sus lágrimas. Leyó hasta la última página escrita. Con tristeza, leyó en voz alta:
—"... ¿Podré volver a confiar en ella?"—Sollozó en voz alta, mientras sentía la puerta abrirse tras ella.

Cambió las páginas en blanco hasta llegar al final. Extrañamente, la última hoja estaba escrita. Eso no era lo extraño en todo. Pestañeó varias veces, al ver un dibujo de una carita sonriente y una oración: "Mamá me explicó todo, ahora soy feliz"
Realmente se había comido la mentira.
Esa libreta realmente había cambiado toda perspectiva que Chichi tenía acerca de los asesinatos. Nunca había parado y pensado en qué sería de sus vidas. Ella sabía que, si la mataban, su familia moriría de hambre. Entonces, ¿Por qué la de los demás no lo haría? Una profunda depresión la invadió.

Alguien tocó su hombro. Entonces, ella entró en trance, sus ojos se dilataron y perdieron su brillo, su cabello se erizó y su boca se secó. Volteó lentamente, sin mostrar emoción alguna.
Allí estaba su "madrastra", de nuevo.
Su voz, como un eco, pronunció: —¿Ya te has vuelto débil?
—No...— la voz de Chichi se oía sin sonido.
—Entonces, ¿qué es todo este espectáculo? Todas las que mataste a sangre fría, con disfrute de la deliciosa sangre roja, no merecían vivir. Eran perras, malditas destrozadoras, que se atreverían a masacrar tu corazón con la mayor frialdad que pudiesen tener. Claro, si estuvieran vivas.
—Pero, mi hijo...
—¿Tu hijo qué? — su voz rebotó en toda la habitación. —¿Por quién hiciste todo esto? Dime, ¿Fue en vano? No, él está aquí, con su familia. No divorcios, no engaños, sólo ustedes tres, ¿qué más puedes pedir?
Chichi dudaba.
—Per—
—Nada de peros. ¿Recuerdas que te falta una, verdad? Y serás libre, yo seré libre, tu conciencia se limpiará.
—Tienes razón.—le respondió ella. Su razón no medía causas ni consecuencias.
Sangre comenzó a correr en sus ojos, cuando ella reaccionó, se había caído de cara al suelo y lastimado con él. Se levantó, limpió la sangre de su cabeza, y fue por una curita adhesiva. Miró hacia todos lados, tranquilizándose. Seguro que todo lo que había visto era producto de la contusión y alucinación que su mente había tenido por el golpe.
Por alguna extraña razón, sentía que debía ir a visitar a Bulma. Con sus manos rápidas, tomó las llaves, el abrigo, y una hermosa navaja suiza, de las más grandes de su padre. Con una sonrisa tétrica, salió de su casa. Sus mejillas pálidas rebozaban de una felicidad mecánica. Típica en un asesino serial, calculador como ningún otro ser humano.


Gohan estaba entregándole con una sonrisa el dinero a la muchacha de la panadería. Salió, guardando el cambio en su bolsillo, cuando de pronto una bolsa en la cabeza le fue puesta. Fue arrastrado hasta un rincón obscuro, en donde le sacaron la bolsa. Gohan no estaba para nada asustado, y mucho menos al comprobar que eran Yamcha, Krilin y... ¿¡Vegeta!?
Ante la reacción del niño al ver al sayajin, éste se defendió:—Enviado por Bulma— con una cara de fastidio.
—¿Qué sucede, chicos?—preguntó el niño.
—Bulma nos llamó y contó todo —comenzó Yamcha.
—Escucha Gohan, si crees que nosotros te mentimos, te aclaramos que puedes confiar en nosotros. —Prosiguió el calvo.— Lo vimos con nuestros propios ojos, la forma en la que tu madre masacraba a esas mujeres. ¿¡Por qué rayos crees que todos le tememos a tu madre!?
—Pero, chicos, ella me lo explicó todo. En realidad, esas fotos eran de sus amigas.
—¿Y lo investigado? Y, ¿qué hay de las muertes de cada una de ellas?
—Mmm... No lo sé, accidentes, ¿tal vez? Muchas mujeres tienen nombres normales y apellidos parecidos, como esas mujeres. Pueden ser pura coincidencia.
Yamcha perdió la paciencia. —¡Gohan! ¿Y las fotos relacionadas a las noticias? Están. Todas. ¡Muertas!
Gohan rió inocentemente y siguió su camino.—Yo creo en mi mami.

—No pueden hacer nada por ustedes mismos, insectos —agregó Vegeta, yendo hacia Gohan. —"Ve con ellos", dijo ella "no saben ni resolverse entre sí, menos podrán con este niño" dijo. Gohan —lo agarró del rostro y lo cacheteó. —Escúchate. Creía que tú eras el inteligente entre esta banda de babosos. Sabes cómo son las cosas, ¿Por qué cambias?
—papá dijo —sobándose las mejillas —que ignorar ciertas cosas hace feliz a la gente. Y quiero que mi mamá sea feliz.
Vegeta lo soltó y el niño se marchó.
—Entonces...—Yamcha resumió —Bulma nos matará.
—Todo lo contrario —le corrigió el príncipe. —Niños, quién los entiende.
Gohan surcaba los cielos con tranquilidad y una sonrisa en su rostro. Recordaba la felicidad de su madre al verlo feliz, y quería que esa tranquila y acogedora sonrisa se mantuviera en ella por siempre, aún si su padre se marchaba. Su felicidad dependía de él.
Gohan vio el cartel de la Capital del Oeste debajo suyo, con una publicidad de las cápsulas hoi poi, propiedad de la corporación.
Entró por la puerta del hospital general del Oeste y pidió ser visto por la Srta. Bulma Briefs. Él tenía un pequeño y natural ramo de flores, y como se veía tan pequeño y tierno, los de seguridad lo dejaron pasar.
Bulma lo recibió con una sonrisa. Bulma lo miró unos segundos a los ojos, negros como el vacío del espacio. Esa sonrisa, ese brillo. Ella entró en pánico.
Cuando la mujer amagó para llamar a seguridad, Gohan ya estaba sobre ella, sosteniendo su cuello con sus dos manitos. Comenzó aplicando poca fuerza sobre ella, aumentándola poco a poco. Él se veía igual que su madre ese trágico día, años atrás. Nunca creyó haberlo visto tan parecido a su madre como en ese momento. Comenzó a llorar, ya que sabía que, de un sólo golpe, podría morir.
Le presionó el cuello hasta dejárselo violeta, pero aún no se detuvo. Comenzó a arañárselo con cuidado, dejando pequeñas rayas de sangre en él. Ni un sonido se escuchaba, ella no podía gritar, él no necesitó de palabras.
El contador de latidos de Bulma llegó hasta el tope, para luego comenzar a bajar rápidamente. Tenía una hemorragia imparable en su cuello.
La puerta se abrió.
Chichi gritó.
Ella se abalanzó sobre él y lo despegó de su cuello como si de un animal se tratase. A penas lo despegó, lo abrazó fuertemente, comenzando a llorar desconsoladamente. Con sus brazos, le redujo completamente el movimiento. Ambos quedaron allí, en el suelo. Los policías entraban, pero no los veían.
Chichi se dio cuenta lo que había causado. Todo lo que había construido como una mentira había sido en vano. Había logrado lo que había tratado de evitar con sus mentiras: su hijo había estado por convertirse en un asesino.
Gohan estaba desconcertado. Se alejó del cuerpo de su madre y la miró con desdén. No entendía absolutamente nada.
—Mira en lo que te he convertido.
—Pero, mamás, creí que esto era lo que deseabas, lo que faltaba en tu felicidad.
Ella sonrió de lado y lo volvió a abrazar. —Mi felicidad está en que tú estés conmigo. No necesito más.


Pasaron algunas semanas y Bulma se había recuperado por completo, al igual que su relación con la familia Son. Hoy, todos estaban disfrutando un delicioso almuerzo de verano. Incluyendo los guerreros Z, que también estaban allí.
Todos comían con tranquilidad, mientras que las mujeres del hogar cocinaban una deliciosa parrillada para todos. Y cuando en esas reuniones se referían a todos, quería decir todos.
Todo parecía marchar bien. Los pájaros volaban en conjunto a las mariposas, no se veían nubes de lluvia desde ningún rincón montañoso. Todo eran risas y anécdotas en ese día.
La familia había decidido nunca más guardar secretos. Quemaron las libretas y el libro de fotografías.
Chichi, por primera vez en años, se sintió liberada. Ese peso se había marchado, las cadenas se habían roto por completo. Ya no escuchaba esos sonidos del infierno acercársele por las noches, nunca había vuelto a soñar con su madrastra. La sangre ya no corría por sus manos, sólo por sus venas.

Mientras Chichi cocinaba, Goku llegó inesperadamente y la abrazó por detrás. Comenzaron a reírse con amor. El sayajin le mordió el cuello y ella no pudo evitar soltar un gemido sordo.
Lo calló—aquí no. Podría entrar Gohan...
—Pero Chi —se quejó él, de la forma más tierna que alguna vez ella haya visto. —¿Has notado lo tranquilos que han estado estos días?
—Sí. Nunca había sido tan feliz.
—Sabes, creo que le he enseñado algo a Gohan.
—¿Qué? —se preguntó ella. No creía que Goku pudiese ser una fuente de enseñanza, aunque muchas veces ella quedaba sorprendida por las palabras que él pronunciaba.
—Que si tú eres feliz, nosotros también.
Chichi saltó en los brazos de su hombre y lo besó dulcemente. Sentía la felicidad irradiar en sus pies, mientras que su corazón se estremecía y brincaba de alegría. El viento que ingresaba en la cocina era cálido y atrapante, lo que no evitó que ambos entraran en un éxtasis de amor.
Bulma cruzó para preguntarles algo, pero al verlos amándose uno al otro, los dejó solos y se dirigió al baño.
Ese día comenzaba a ser el más hermoso de la vida de Chichi. Todo era perfecto: un marido que la amaba, un hijo hermoso, un día soñado, sus amigos reunidos en paz y disfrutando un buen día. ¿Qué podría ser mejor?
Pero, para Gohan, en ese preciso instante, no había nada mejor que tener a Bulma contra la pared, sin poder gritar o huir, mientras que el pequeño filo del cuchillo acariciaba, con suavidad, su blanca tez femenina.


Gracias por leer y nos leemos pronto!

No me hago cargo de traumas psicológicos que los lectores puedan tener por haber terminado de leer esta historia ;) ;) ;)