7. Despertar
Anna se despertó totalmente despeinada. El sol no entraba por la ventana ya que su habitación estaba orientada hacia el lado contrario. A su lado vio como había un hueco aún caliente sobre el que había yacido su novio poco tiempo atrás. «Probablemente esté haciendo el desayuno», supuso. Con un fuerte bostezo, terminó de desperezarse y se bajó de golpe de la cama. Bajó las escaleras con rapidez y cuando llegó abajo se encontró a Kristoff empacando y terminando de recoger. –Buenos días... –saludó mientras se dirigía directa a la cafetera.
–Buenos días –respondió él.
–¿Qué haces? –preguntó mientras se recargaba sobre la encimera, ya con la taza en la mano.
Kristoff cerró una de las maletas y la cargó en brazos hasta la mesa. –Pues recoger. –Anna lo miró extrañada. –Es domingo, y mañana trabajo de madrugada, así que tendremos que irnos antes de comer para poder llegar a una hora decente.
Anna asintió y entonces cayó en la cuenta de algo. –Iré despertando a Elsa.
–Hazlo con delicadeza –pidió Kristoff. Anna sonrió y subió corriendo por las escaleras.
Cuando llegó a la habitación de su hermana estaba todo oscuro, así que entró sigilosamente y se acercó a la ventana. Con un fuerte tirón, subió las persianas, haciendo que un torrente de luz se colara por la ventana. Un molesto gemido se oyó bajo las sábanas. –¡A despertarse! –gritó Anna con su característica energía, y tras eso se lanzó al colchón, cayendo encima de su, todavía dormida, hermana–. Vamos, bella durmiente, hay que prepararse –dijo mientras tiraba de las sábanas y mostraba el cuerpo ovillado de su hermana mayor.
–Ah... Anna... muérete... –gruñó Elsa mientras se tapaba la cabeza con la almohada.
Anna sonrió. –Esas cosas no se le dicen a tu queridísima hermana pequeña –respondió tratando de sonar ofendida mientras cogía uno de los cojines y empezaba a darle golpes a su hermana.
Tras varios intentos de seguir durmiendo, Elsa le lanzó la almohada a su hermana en la cabeza, empezando así una singular guerra. Tras escuchar tanto revuelo, Kristoff subió a la primera planta sin apoyarse en la barandilla de madera maciza. –¿Eso es lo que entiendes tú por delicadeza? –preguntó, apoyado en el marco de la puerta.
–Ha empezado ella –se excusó Anna señalando a su hermana, la cual le dio un tremendo golpe en la cabeza con la almohada.
–Mentira, te has tirado encima mía –trató de justificarse.
Kristoff bufó. –Bueno, cuando hayáis acabado recoged vuestras cosas. –Y dicho eso, hizo ademán de irse abajo.
–¿Y eso? –preguntó Elsa esquivando un cojín que iba en la dirección de su frente.
–Nos vamos antes de comer –dijo Anna colgándose del cuello de su hermana, haciendo que las dos cayeran sobre el colchón.
Cuando oyó eso, Elsa se irguió de golpe. –Pero... tengo que despedirme de Jack.
Anna se detuvo y miró a Elsa con preocupación. Kristoff, que iba a irse, se dio la vuelta y volvió a recargarse sobre el marco de la puerta. –Esto... Elsa.
–¿Qué?
–Ayer no estuvimos en las bodegas, Elsa –comenzó Kristoff. Elsa lo miró ladeando la cabeza, sin terminar de entender–. Fuimos a la casa de Jack. No había nadie.
Elsa sonrió. –Claro que no, porque estaba conmigo.
–No es eso –trató de explicarse.
–La casa estaba abandonada, Elsa –soltó Anna, esta vez muy seria.
La rubia sonrió extrañada, una sonrisa que fue desapareciendo al ver que el rostro de su hermana decía que hablaba en serio. –No entiendo.
–Elsa, Anna y yo creemos que Jack es producto del golpe que te diste el día que vinimos. –La cara de Elsa era un poema. Kristoff continuó. –Que no... existe.
–¿Cómo no va a existir? Llevo todo el fin de semana con él, me ha enseñado un montón de cosas –trató de explicarse Elsa poniéndose en pie.
–La casa estaba en ruinas, sucia y descuidada. Es imposible que alguien viviese allí –explicó Kristoff con calma–. Además, nunca había oído hablar de ese chico cuando lo mencionaste. No lo conocí cuando viví aquí y, si es de tu edad, debería haberlo hecho.
–Pero...
Kristoff se incorporó. –Y los niños a los que viste tampoco...
–¿Cómo no van a ser de verdad? Eran niños. –Algo no cuadraba.
–Elsa. –Ahora hablaba Anna. –¿Cuántos niños has visto tú en este pueblo?
La cabeza le zumbaba. Las piezas del puzle se iban desencajando. Todo dejaba de estar claro.
–Yo... yo le toqué –dijo frotándose las manos. –Su tacto. Su voz... su sonrisa... No puede ser falso.
–¿Y por qué no le hemos visto, Elsa? –presionó Anna–. Siempre que aparece estás tú sola, nunca está cuando estamos todos.
Elsa comenzó a respirar con dificultad. «No, no puede ser, ¿acaso todo fue una ilusión?», pensó recordando la noche de ayer, el beso, la aurora. Inconscientemente se llevó la mano a los labios. –Anoche estuve con él, me acuerdo perfectamente. Si fuera una ilusión lo habría ido olvidando.
–Elsa, anoche nadie salió de casa. La puerta estaba cerrada por dentro y antes de irme a dormir guardé todos los juegos de llaves –explicó Kristoff con voz pausada, como el que no quiere espantar a un animal.
Levantó la vista mirando a la ventana. –No, pero salí por la ventana. –Y dicho eso, abrió los cristales de la ventana y comenzó a salir por ella.
–¡Elsa, no! –gritó alarmada su hermana, tratando de agarrarla como podía. Kristoff bajó corriendo las escaleras y en menos de diez segundos ya estaba bajo ella–. Vuelve aquí, en serio.
Elsa la miró con una sonrisa que le hizo dar un paso atrás. Era una sonrisa de angustia, la última barrera que la estaba manteniendo firme. –No me pasará nada – aseguró, aunque le temblaba la voz. Comenzó a bajar con cuidado. Colocó los pies como la noche anterior. Estaba segura de que todo había sido cierto, su mente no era tan buena como para crear todas esas maravillas. El lugar donde estuvieron anoche, las mariposas en su estómago. Su sonrisa... su sonrisa no podría salir de la mente de nadie, porque era inigualable. No, definitivamente no, debía de haber un error. Pero desde los más profundo de su mente una vocecita preguntó «¿y cómo es que has aparecido esta mañana en la cama?». Sin querer, se resbaló y cayó al vacío, siendo cogida al instante por los fuertes brazos de Kristoff.
Anna gritó y bajó corriendo por las escaleras. –¿Estás bien? –preguntó el rubio mientras la dejaba en el suelo. Elsa no se pudo mantener en pie, se derrumbó y empezó a llorar. La última barrera de cordura y rigidez se había resquebrajado en esa caída, junto con todos los sentimientos que ese chico había despertado en ella. Pero lo peor no era eso. Lo peor es que ellos tenían razón. Todo su mundo se vino abajo con unas pocas palabras, todo encajaba a la perfección Se abrazó a sí misma. No le gustaba llorar, no le gustaba mostrar a los demás que también podía romperse, y eso es lo que había pasado, se había roto... se había enamorado de una ilusión.
Anna llegó rápidamente y abrazó a su hermana con fuerza. La mayor de ellas no paraba de llorar. –Shhh... no llores –trató de consolarla mientras le acariciaba la cabeza. Elsa escondió la frente en el cuello de su hermana, no quería que nadie la viera, no quería estar allí, quería que la tierra se la tragara, quería que todo fuera un sueño, quería despertar, y si esa era la realidad, quería seguir soñando. Pero no, la realidad es mucho más cruel, y ahí estaba ella, llorando como una niña pequeña porque en un día se había encaprichado con un chico imaginario. ¿Tan necesitada estaba de amor? «Patético», pensó.
Tras unos minutos, Elsa dejó de llorar, ya no tenía fuerzas, estaba vacía. Consiguió mirar a los ojos a su hermana. –Vámonos ya, Anna.
La pelirroja sonrió con dolor y le besó la frente. –Claro. –Y tras ayudarla a levantarse, acompañada por Kristoff, la llevaron a la plaza del pueblo, donde había más sol y vida. Al menos unos pocos viejos habían salido a dar su paseo matutino. –Espera aquí hasta que carguemos todo al coche, ¿vale?
La rubia no dijo nada, sólo se quedó sentada en un banco esperando, como una muñeca abandonada.
Cuando la dejaron allí, Anna se acercó a Kristoff y le cogió la mano con fuerza, tratando de contener las lágrimas. Él lo entendía. Elsa siempre había sido la fuerte, el pilar que sostenía a las dos, y haber visto cómo ese pilar se derrumbaba frente a sus ojos la había hecho más daño de lo que pensaba. –Tranquila, Anna –le susurró al oído–. Estará bien.
Tras unos minutos, Elsa oyó unos pasos acercándose a ella, y cuando se volteó a mirar, allí estaba el albino, con una triunfal sonrisa en los labios. Una que se esfumó en cuanto vio los ojos rojos y los trazos que las lágrimas le habían dejado sobre las mejillas. –¿Qué ha pasado? –preguntó alarmado. Elsa simplemente lo ignoró, algo que extrañó al chico. –Oye... ¿qué pasa? –Nada. –Elsa, no me ignores –dijo esta vez más serio.
–Desaparece –susurró ella.
–¿Qué? –Lo había oído perfectamente, pero no tenía sentido.
–Que desaparezcas –repitió.
–¿Cómo que desaparezca?
Elsa se puso en pie y lo encaró. Su mirada rebosaba dolor, pero algo por dentro estaba floreciendo. Rabia. –¡Qué te vayas! ¡Qué no aparezcas! ¡Eres una ilusión, eres falso!
Jack sonrió incrédulo, no entendía nada. –¿Cómo que soy falso?
–Sólo eres producto de mis delirios. No existes –dijo Elsa, las lágrimas volvieron a humedecer sus ojos. La sonrisa de Jack se esfumó. Por alguna razón, la chica hablaba en serio.
–Hey... Yo soy real. –Se acercó a ella y trató de secarle una lágrima con sus dedos. Pero ella lo apartó de un manotazo. –Oye, Elsa... no sé de qué estás hablando, pero...
–Mi hermana nunca te ha visto, Kristoff tampoco, fueron a tu casa y está abandonada...
–Oye, ¿acaso fueron ellos...? –trató de interrumpir.
Continuó impasible. –Cuando nos vimos las dos veces en el bosque desapareciste justo cuando venían ellos, te vi jugando con unos niños que no existen...
–¿Qué? ¡Claro que existen esos niños! –aseguró Jack algo airado.
–Producto del golpe del accidente –corroboró ella–. No hay niños en el pueblo. Y tú, tan perfecto. No eres más que una burda invención de mi cerebro... Tendré que buscarme un novio seriamente cuando llegue a la ciudad –comenzó a sopesar–. Esto no puede seguir así.
En ese momento Jack no supo cuál de los comentarios de la chica le dolían más. Simplemente inaudito. –¡¿Pero se puede saber qué estás...?! – Empezó a decir.
–Ojalá no te hubiera conocido –susurró.
Silencio.
Jack se le quedó mirando con los ojos abiertos y una profunda mirada de dolor. Esas palabras habían caído como un jarro de agua fría, como cuchillas que lo habían atravesado dejándole herido de muerte. Espiró. Los pulmones se fueron vaciando lentamente, desinflándose. Sentía un calor húmedo en sus ojos. Despegó los labios, pero no sabía que decir. –Elsa –consiguió articular con voz quebrada–... Por... favor.
La chica lloraba en silencio. No podía levantar la vista del suelo, si lo hacía nadie le aseguraba que pudiera seguir adelante. –¿Recuerdas cuando subíamos hacia la montaña? –preguntó, levantando al fin la mirada. Jack tragó saliva y asintió–. Le llamaste viejo... –Al recordarlo, la rubia esbozó una triste sonrisa a la vez que algunas lágrimas le recorrían las mejillas. –Pero... ni siquiera te miró... Porque no estabas ahí.
Con paso lento, Jack se fue acercando a ella, hasta tenerla justo delante. Cogió un mechón de su pelo y se lo ordenó tras la oreja, como la noche anterior. Elsa cerró los ojos ante el contacto del chico. Su mano recorrió la mejilla de ella y acabó en su mentón. –Elsa... cree en mí...
Las palabras, más que una petición, parecían una súplica. Elsa cogió la mano de él entre las suyas y depositó un suave beso en su dorso. Después la llevó al pecho del chico y le encaró. Ya no trató de sonreír, de verdad o para tratar de ocultarlo. –No Jack... no puedo.
Tras soltarle la mano se dio la vuelta y comenzó a andar. Jack no hizo nada. Se quedó parado hasta que sus piernas flaquearon y se quedó de rodillas en el suelo, abatido. Su mente estaba en blanco, como la misma nieve que rodeaba su pueblo y tan bien conocía.
–Vamos Kris, Elsa nos está esperando. –apremió Anna desde el asiento del copiloto. El rubio había entrado una vez más en la casa para cerciorarse de que todo estaba en orden antes de marcharse.
A los pocos segundo salió por la puerta. Se acercó al coche y antes de entrar miró al fondo de la calle. –No nos ha esperado –comentó con pesar.
Anna miró por la ventana y vio como Elsa se acercaba lentamente. Seria, pero con las mejillas enrojecidas. Sin mediar palabra, la rubia entró en la puerta trasera y apoyó la cabeza en la ventana. Ya no lloraba.
Kristoff arrancó el coche y se puso en marcha, camino a la ciudad. –Nos vamos.
Tras haber dejado el pueblo, Anna no pudo evitar pensar que quizá habría sido mejor dejar Elsa en la ciudad. Su intención había sido pasar un fin de semana tranquilo y sin preocupaciones para poder desconectar de los estudios y disfrutar de la naturaleza. Qué equivocada había estado. Miró hacia atrás y vio como su hermana se había quedado dormida. Era lógico, se había pasado toda la mañana llorando, de seguro ya no tendría ni lágrimas. Dormida, su rostro estaba libre de toda tensión, el ceño, normalmente fruncido, lucía liso y suave. Sus labios estaban relajados y como sus ojos estaban cerrados, podían apreciarse sus largas y rubias pestañas. Su hermana era hermosa, más que ella, y lo sabía. Pero nunca la había envidiado, por extraño que parezca, el único sentimiento que despertaba en ella era admiración. Siempre cuidando de ella, impecable en los estudios, y con un corazón de oro por el que pondría la mano en el fuego. Si la gente la conociera, no podrían evitar amarla.
Se iba a dar la vuelta para poder recostarse en su asiento cuando se fijó que Elsa estaba agarrando algo. Con sumo cuidado le dio la vuelta a la mano y vio lo que tenía en ella. Era una piedra transparente. A simple vista parecía un cubito de hielo, lo que sorprendió a Anna. A través de los dedos de Elsa, trató de tocarlo, y para su sorpresa, estaba frío. Lo normal sería que si llevas una piedra agarrada en la mano durante un tiempo, acabe quedándose a la misma temperatura que la mano, pero esa piedra seguía fría e inmutable, recordando a un verdadero trozo de hielo. Movida por la curiosidad, trató de cogerla de las manos de Elsa, pero ésta, inconscientemente, encogió su brazo haciendo que la piedra quedara pegada a su pecho. Anna no estuvo segura de si realmente lo había visto o que se estaba mareando por llevar un rato de espaldas, pero en ese momento pudo jurar que al juntar la piedra con su pecho, esbozó una sonrisa.
Fue entonces cuando se volvió a su asiento y se acomodó debidamente. Kristoff la miró extrañado, ya que parecía haber un cambio en su rostro. Y así era, gracias a ello se había dado cuenta. Elsa era fuerte, muy fuerte. Tenía un corazón grande y aunque se hubiera roto por lo ocurrido, se curaría. Seguiría adelante. Era su hermana mayor después de todo.
Fin.
Mmmm... bueno pues... esto es todo. Es un final algo amargo, no me cabe la menor duda, pero creo que así es como debía de ser. Los cuentos de hadas no existen, y las cosas no siempre salen bien. Fue un capítulo difícil de escribir (el más difícil), más que nada porque nunca había hecho nada igual, es la primera vez que escribo un final de este tipo. No sé si os ha gustado, al fin de cuenta, la opinión vuestra es la que cuenta, espero que así haya sido.
Por otro lado, siempre he dicho, y sonaría hipócrita dejarlo así, que me encantan los finales felices. Así que escribí un epílogo, es una continuación de este capítulo, pero sería un final alternativo. Por eso mismo, no lo subiré aquí, sino como un One Shot. Lo subí a la vez que este capítulo, y se llama City Boy, lo podéis encontrar en mi perfil.
Ya por último quería dedicarle este capítulo a mi hermana, ya que fue con ella con quien vi ambas películas.
Un abrazo a todos/as, espero que os haya gustado y mil gracias por usar vuestro tiempo para leerlo y comentar.
Nos vemos.
