Normas y Negrura

No lo comprendía, no se suponía que fuera así. Había pensado que luego de llegar y conocer a mi nueva familia- y si todo salía bien- la sensación de nerviosismo y ansiedad desaparecería. Pero me equivoqué, pues el sentimiento continuaba acechándome. De la misma forma en la que imaginaba un dragón en representación de mi ira, veía a una serpiente como la manifestación física de mi inquietud. Siempre que me encontraba en ese estado la serpiente reaparecía y se arrastraba por mis brazos, mis piernas, mi cuello..., por todo mi cuerpo, recordándome aquello que me atormentaba una y otra vez.

Me costaba una enormidad poder controlarla, pero gracias a las terapias ahora lo conseguía. No tenía la menor idea de qué hora era, puesto que todavía no desempacaba mis cosas y en la habitación no había reloj. Luego de nuestra charla, Alice me dijo que tanto mis escasas maletas como mis múltiples cajas se encontraban en el gran armario de roble que había en la esquina, así que pude buscar mi pijamas y acostarme. Quería dormir..., realmente pensé que podría dormir, pues ya había pasado lo más difícil. Al menos, eso era lo que había creído.

No pude pegar ojo y ahora me encontraba allí, tendida sobre la cama mirando el techo. "Muy productivo", dije para mis adentros, cuestionándome el uso de sarcasmos conmigo misma. Está bien, tal vez no lo era, pero al menos era interesante. No era el cielo del cuarto, sino el de la cama. Estaba sostenido por los cuatro balaustros y hecho de la misma madera color roble que el resto de los muebles. Predominaba el café, tanto o más como lo hacía el blanco en el salón. Sólo las mantas y la alfombra se salvaban; eran de un rojo italiano e intenso.

No tenía ganas de dormir, mas tampoco tenía ganas de levantarme y si lo hice fue porque no soportaba más la sequedad de mi garganta. Con todo el alboroto de la noche anterior y la exhaustiva charla con Alice- aunque yo era la única que hablaba mientras ella me oía- había olvidado por completo que tenía sed. Me levanté, caminando descalza por la suave alfombra hasta el armario, donde guardaba las zapatillas de levantar. Después de ponérmelas busqué la bata en las maletas y luego corrí un poco la cortina para asegurarme de que había amanecido.

Estaba en lo correcto, aunque el exterior fuera menos luminoso que el interior, a causa de la densa capa de nubes que se extendía hasta los límites de mi visión. La humedad y la capa sobre la frondosa y verde vegetación, hacían parecer a Forks un verdadero invernadero. Me dirigí hacia la puerta, sin estar muy segura de lo que hacía, puesto que no tenía ni idea de donde estaría la cocina..., o el cuarto de baño. Antes de que pudiera girar el pomo, alguien abrió la puerta desde afuera.

-¡Alice!- exclamé por la impresión, algo asustada me llevé una mano al pecho.

-¿Qué?¿tan fea soy?- bromeó ella

-No, no..., en lo absoluto- y era verdad. Los Cullen podían ser muy blancos, muy altos, algo intimidantes y fornidos, pero no por eso dejaban de ser bellos.- pasa...

-¿Ibas a algún lado?- preguntó, luego de inspeccionarme con la mirada. Me costó un poco responderle, pues era consciente de que sonaría más a excusa que a verdad. Tal vez, tal vez no ¡qué va! Yo era demasiado desconfiada.

-A la cocina, por un vaso de agua- reconocí al fin

-Ah, en ese caso iré yo. Dudo que logres encontrarla sin la ayuda de un mapa- me dedicó una sonrisa y cerró la puerta. Volvió antes de lo que la esperaba con una copa de champagne con agua hasta el tope.

-Sólo quería un vaso- intenté que sonara divertido. No funcionó.

-Las copas estaban más a mano- Alice se encogió de hombros y yo bebí con avidez hasta la última gota de agua. Era un agua diferente a la que conocía, pero me agradó. Reparé en que ya iba vestida, con la misma ropa del día anterior y..., de hecho, se veía exactamente igual que el día anterior.

-¿A qué hora te levantas?- le pregunté

-Temprano

-¿qué tan temprano?- eso fue totalmente espontáneo y me sorprendió, pues no solía comportárme de ese modo, y menos con alguien a quien acababa de conocer.

-Lo dices como si fuera algo malo...

-No quise decir eso, en realidad, bueno, este..., lo que quería decir era que...

-Olvídalo ¿Sí?...sé que te mueres por hacerme un montón de preguntas y no estamos haciendo más que perder el tiempo...

-Me leíste la mente- dije en broma

-No exactamente- repondió cantarina, como si la frese escondiera un doble sentido. Un sentido que no pude encontrar. Alice tomó lugar en el mismo sitio en el que se había sentado por horas la noche anterior y me indicó que le imitase con un gesto. Obedecí, pero antes dejé la copa vacía sobre la mesita de noche.

-Bien, ¿qué quieres preguntar?

-No lo sé...

-No seas tímida...

-Bueno- levanté la vista, como si hiciera un gran esfuerzo para recordar- ¿quién más vive aquí? La casa es demasiado grande para que sólo vivan cuatro personas...

-Tienes razón, somos siete en total...

-¡Siete!

.Sí..., por favor, ¿dime que nunca has visto a una pareja con cinco hijos?

-Sí, pero...

-Pero nada.

-Bueno- rezongué- ¿entonces son cinco hermanos?

-Más o menos.- no podía dejar de sorprenderme su espontaneidad- en realidad, hermanos somos yo, Emmett y Edward. Rosalie y Jasper son nuestros huéspedes a largo plazo, pero puedes contarlos como hermanos si deseas...

-Creo que con tres me bastará- y lo decía con toda sinceridad. No era nada de fácil pasar de ser prácticamente una especie de hija única a tener si quiera un solo hermano. De cierta forma, veía que tendría que esforzarme por conseguir algo del afecto que mi padre de seguro tenía ya repartido entre sus otros hijos.

-Y está Esme...

Por el tono en que Alice lo dijo, supe con certeza dos cosas. Una, Esme era la esposa del doctor, y dos; no era la madre de Alice. Cuando ella confirmó mis sospechas, no pude sino dejar de sorprenderme por lo intuitiva que podía ser a veces. Sólo bastaba con mirar y oír a una persona para saber lo que cree en realidad.

-¿Ella sabe de mí?

-Claro, se enteró el mismísimo día en el que Carlisle recibió la noticia

-¿Y?- insití, pues necesitaba saber de una vez qué pensaba de mí mi nueva madrastra

-¿Y qué?

-¿Y cómo lo tomó?

-Ah, pues..., creo que no le sorprendió. No es que hubiera estado saltando de alegría, pero Esme ama demasiado a Carlisle como para molestarse con él.

Respiré aliviada. Aún no sabía como sería mi relación con ella- si es que había alguna- pero por lo menos estaba segura de que yo no había sido una causa de discución entre ella y mi padre.

-Bien- no me importó que mi voz se entremezclara con mi evidente sencación de alivio

-No me digas que estabas preocupada por eso ¿o sí?

-Para serte franca, lo estaba- reconocí. La noche anterior, había decidido algo importante : intentaría ser amiga de todos mis hermanos, comenzando por Alice, que era la que más dispuesta se mostraba. Era algo completamente nuevo para mí. Si bien consideraba a mi difunta abuela, a Richard y a Martha como amigos, esto era diferente. No había tenido que salir a buscar a esos amigos. Ni siquiera tenía que preocuparme por mantener la amistad, porque aunque suene como si yo fuese una arrastrada, ellos estaban obligados a hacerlo. Ni siquiera yo tenía muy clara esa parte. La cuestión era que mi intención era convertirme en amiga de Alice, y si algo de eso sabía es que yo tendría que ser completamente sincera y abierta con ella..., por lo menos hasta el punto de no asustarla.

-Te preocupas demasiado..., todos están muy contentos de tenerte aquí y ansían conocerte...- decía mi hermana.

-¿Sí?

-¡Por supuesto! Eres algo..., completamente nuevo para todos- interpreté aquello como si hubiera querido de cir otra cosa y cambiado el final a última hora. Podría llamarlo percepción, pero ella lo notó, y se apresuró en contestar- no todos los días recibimos a un nuevo miembro en la familia...

-Ya veo, ¿y cuándo los conoceré?¿ se reúnen para desayunar?

Lo que me pareció una interrogante completamente común e inocua, resultó ser para Alice algo incómodo. De cierta forma, yo había acertado en el clavo. Había descubierto, en parte, el motivo de su visita matutina.

-Veras, Elizabeth, hay ciertas..., cosas que deberías saber primero.- comenzó y por la forma en que lo dijo, supe que media con sumo cuidado cada una de sus palabras.

-¿Cosas?

-Hay algunas normas...-confesó. No comprendí así que guardé silencio- Una suerte de reglas que Carlisle me ha pedido te comunique...

-¿Y por qué no vino él?- me sorprendí al percibir mi voz molesta.¿Ahora mi padre necesitaba valerse de mensajeros para comunicarse conmigo, su propia hija?..., Reciente y distante, pero hija al fin y al cabo.

-La primera- comenzó Alice poniéndose de pie e ignorando mi pregunta- es que no puedes salir de este cuarto.

Me quedé estupefacta. Durante los días anteriores habían corrido por mi mente cientos de posibles recepciones por parte de la familia de mi padre. Cientos de diseños de casas, miles de situaciones incómodas y frías bienvenidas..., pero nunca esto. Es decir, ¿acaso había oído bien?¿había dicho que mi padre me prohibía salir de aquella habitación? No, no...,había oído mal. Es que eso tenía que ser definitivamente una especie de broma.

-Debes estar bromeando- objeté nerviosa, porque intuía que en realidad no era así.

-La segunda- Alice volvió a ignorarme- es que debes acatar cualquier nueva regla que se decida...

-Esto ya no es divertido, Alice...

-Y la tercera- indicó con el índice- y más importante de todas es que cumplas con las dos anteriores

-¿Me estás hablando enserio?

-Por supuesto, ¿por qué no lo haría?- su expresión era tan sincera como en un inicio y eso terminó por rematarme. Definitivamente su intención no era bromear.

-¿Acabas de oírte? ¡Mi padre planea mantenerme cautiva!

-No es para tanto

-¡¿Qué no es para tanto?! ¡Eso por lo menos debe ser ilegal en este país!

-No, no, no ...- farfulló- no me vengas con cosas jurídicas...

Volví a cuestionarme sobre mi cordura. ¿Estaría soñando otra vez? Cuando soñaba, usualmente no me daba cuenta de que lo hacía hasta que despertaba y bien podía estar haciéndolo ahora. Pero, ¿y si no era yo la del problema?¿y si era el doctor Cullen, Alice y toda su familia albina la que estaba fuera de sus cabales?...Porque solo alguien que no esta completamente cuerdo pretende mantener a su hija encerrada sin motivo alguno.

-Espera...,¿Debería entender esto?

Suspiró.

-Ay, hermanita- dijo volviéndo a su lugar junto a mí- simplemente queremos que cumplas las normas ¿y qué haces tú?...¡Te preocupas por entenderlas!

-Es que tengo que entenderlas.¿Qué problema puede haber en que yo salga de mi habitación?

Alice me miró por un momento y su mirar se dulcificó aún más, adoptando un toque fraternal.

-Elizabeth- murmuró tomándome de las manos al tiempo que se acomodaba, cambiando de pocisión- sé que no nos conocemos, pero siento un gran cariño por ti. Dime, ¿confías en mí?

¿Lo preguntaba con sinceridad o jugaba conmigo? Intenté esclarecer mis pensamientos por un momento y lo que obtuve fue lo siguiente: habían tres posibilidades. La primera era que mi hermana me estaba tomando el pelo, y de una manera muy pesada. La segunda, era que realmente los Cullen estuvieran dementes y la última- y más probable- era que yo lo estuviera. Pensé en una cuarta también, la que decía que a lo mejor sí existía un motivo razonable por el cual tuviera que permanecer encerrada, pero la deseché de inmediato y me quedé con la primera. Realmente deseaba que fuera la primera.

-Sí- contesté sin vacilar..., o sin que mi voz lo hiciera.

-Entonces, ¿me crees si te digo que es por tu propio bien?- había oído eso antes. En la televisión, del psiquiátra, de la abuela, de Richard..., todo mundo lo decía, todo mundo usaba aquella excusa. Excusa, que dejaba de serlo a medida que se analizaba el problema, puesto que siempre resultaba ser verdad. Me llevé un buen rato meditando en eso, pero...,¿qué tenía de malo que yo saliera del cuarto?

-Sí, te creo..., más no lo acepto- contesté con decisión

-No es necesario, estás obligada a hacerlo- me sonrió y pude ver su pulida y blanca dentadura de porcelana.

-Y ahora- prosiguió colocándose de pie- ágil como una gacela- y desentendiéndose completamente del tema- debo marcharme...

-¿Dónde?- me desilusionaba la idea de quedarme sola en aquel cuarto y no había más vuelta que darle. Alice era muy persuasiva.

-Por ahí. ¡He estado tan ocupada estos días! ¡y aún queda tanto por hacer!...bufetes que encargar, vestidos que comprar...

-¿Para qué?

-Organizo una boda- contestó como si fuera lo más obvio del mundo.

-¿Te casas?- me resultaba completamente loco..., es decir, ella era muy joven para eso , ¿no?

-Por supuesto que no, tonta...

-Es que pensé que...

-Ya, ya.., sé perfectamente lo que pensaste, así que no te quitaré más tiempo- me besó en la mejilla izquierda ¡y cómo dolíó ese frío beso! De todas formas, ya había reconocido que era un problema de familia, genético, lo que explicaba el echo de que mis manos estuvieran siempre frías y amoratadas en los dedos.

-¿Sufrimos de presión baja, no?- pregunté de curiosa

-Más o menos...- y volvió a sonreírme

-¿Es de familia?

-Algo así- podría jurar a que Alice me guiño el ojo, pero fue en tan breve lapso de tiempo que no podría haberlo afirmado con certeza. Luego, en tan sólo cinco gráciles pasos- los conté- llegó hasta la puerta y la abrió. Se detuvo para sacar una pequeña llave color oro, del mismo tono que el del pomo y la cerradura. La levantó para enseñarmela.

-Voy a confiar en ti- me dijo y acto seguido arrojó el pequeño objeto en mi dirección. Vi cómo aterrizaba justo sobre mi regazo y me le quedé mirándo. Ya no habían razones para desconfiar...,

Oí el cuando la puerta se cerró, pero para cuando levanté la vista, Alice se había marchado.


Había intentado aquello cientos de veces.¿Qué importaba una más?...Ponía la mente en blanco...,respiraba hondo...,me conectaba con cada fibra de mi cuerpo..., volvía a respirar..., intentaba ser consciente de todo cuanto me rodeaba...,respiraba otra vez..., abría los ojos y ...nada, absolutamente nada. Cada vez me convencía más de que había perdido el don. En el pasado, había tratado en varias ocasiones de reencontrarme con mis amigos de la infancia, todas las cuales terminaban en fracaso.

Me preguntaba una y otra vez qué demonios era lo que había hecho el psiquiatra para que yo dejara de verlos...,o para que ellos huyeran de mí. Más de una vez deseé recordarlo, e incluso en una ocasión me atreví a preguntárselo a la abuela, de quien obtuve la más escueta de las respuestas; "Terapia"..., no me decía nada. Aunque siempre experimentaba el anhelo de verles otra vez, ahora ese deseo era diez mil veces más fuerte. Estaba sola, completamente sola, en el sentido más hondo y amplio de lo que es estarlo.

Necesitaba hablar con alguien, sobre algo..., con quién fuera y sobre lo que fuera, no importaba, simplemente ya no soportaba más aquella soledad. Habían transcurrido tres días- y medio- desde que llegara a vivir a casa de los Cullen, o mejor dicho en una habitación de ésta y el encierro me estaba matando. Aunque resultara difícil de creer, Alice me había engañado; la llave que me había entregado no era la de mi puerta. Ésa aun debía de conservarla ella.

En primera instancia, había ocupado el tiempo a solas para desempacar y ordenar mis cosas, pues albergaba la epseranza de que si veía mis cosas dispuestas por el cuarto, me sentiría como en casa. No fue así. Al contrario, me embriagué de nostalgia y lloré hasta más no poder. Era extraño y ajeno llorar sola, sin absolutamente nadie que te escuche, nadie quién te consuele u oriente...,nadie que se preocupe.

Confieso que a ratos temía que llegara a cierto punto de no necesitar de compañía, de no desearla y que el espectro del autismo se apoderara de mí y fue por eso que volví a enfrentarme a la búsqueda infructuosa de mis viejos amigos. Estaba convencida de que se encontraban allí, en algún rincón de mi mente, ocultos, temerosos y esperando ser descubiertos. Así que me pasaba la mayor parte del día en eso.

Había olvidado completamente el hábito de comer y llevaba por lo menos cuatro días de ayuno. En cuanto al agua, Alice había vuelto aquel día en la mañana-antes de que yo descubriera su engaño-para traérme diez grandes botellones y un recambio para la copa de champagne..., no sé cómo fui tan ingenua como para no sospechar. Pero yo no era tonta y estaba lo suficientemente lúcida como para darme cuenta del paso del tiempo y del hecho de que mi cuerpo se debilitaba con el paso de las horas, al igual que mi mente delirante.

Estaba sumida en la negrura y en la oscuridad...

¿Cuál era el plan de mi padre?¿Acabar conmigo?