La mayoría de lugares y personajes de esta historia pertenecen al maravilloso mundo de J.K. Rowling
CAPÍTULO 7
Los gritos se extendían haciendo ecos entre la escarcha que cubría los campos y las copas de los árboles, traspasando las zigzagueantes paredes de madera de aquella extraña casa que descansaba entre las colinas más allá de Ottery St. Catchpole. Ginny Weasley no iba a rendirse. Daba igual con cuantos hermanos pelirrojos y obstinados tuviera que pelear. Daba igual que los berridos de aquella monumental riña familiar acabasen por tirar toda la casa abajo. Ella, simplemente, no iba a rendirse.
"¡Te lo digo por última vez Ginny! ¡Ese niño Malfoy no va a entrar en mi casa!" Las orejas de Ron estaban exactamente del mismo color que su cabello. Siempre parecía que aquel lugar de su anatomía era la única vía de escape de toda su furia; y ahora, estaba muy, pero que muy furioso.
A Ginny le hervía la sangre. Habría sido capaz de abalanzarse sobre su hermano para arrancarle su enorme cabeza dura si la mesa de la cocina no estuviera convenientemente interponiéndose entre ellos. "¡Y yo te digo por última vez, Ronald, que esta también es mi casa y entra en ella quien yo diga!"
Aquella era la quinta vez que los Weasleys debatían sobre la idea de que Scorpius Malfoy pasara unos días con ellos en la Madriguera durante las vacaciones de Navidad. Solo que aquella vez, vista la inmediatez de la llegada a Londres del Expreso de Hogwarts que traería a los estudiantes de vuelta a sus familias esa misma mañana, el debate se había tornado en disputa y esta, en gritos. Ninguno de los hermanos estaba demasiado contento con aquella perspectiva, pero Ron era el que más indignado estaba. Ron siempre era el más indignado, y el más irritado y el más condenadamente terco. Hasta el punto de que Ginny estaba segura de que su hermano lo hacía meramente para fastidiarla. Mientras, Hermione y Harry intercambiaban una breve mirada de angustia imperceptible para los demás. A pesar de todos esos años, siempre acaban sintiéndose como extraños en la Madriguera cuando sus respectivos marido y esposa se peleaban de aquella forma. Sobre todo porque Harry no se atrevía del todo a intentar aplacar la famosa furia de su mujer y Hermione tampoco había conseguido nada en sus intentos de calmar a su marido. "¡Es la casa de nuestros padres Ginny!" Seguía chillando Ron como un gryndolow al que hubiesen sacado de su ciénaga.
"¡Mejor me lo pones!" Bufó ella con un deje de triunfo en su voz "¡Nuestros padres han dicho que estarán encantados de que venga!"
Ron miró atónito a su padre, el cual, totalmente ajeno a la discusión de sus hijos, seguía sentado apaciblemente en el sofá y con la mirada curiosa clavada en último artilugio muggle que había estado desmontando. Ni siquiera levantó la cabeza cuando le mencionaron directamente. Ron, sin embargo, no desistió. "¡Ginny, nadie quiere que ese maldito crío venga!" La mujer miró a su alrededor, hacia el resto de miembros de su familia, que estaban desperdigados por la cocina, dudando de si meterse o no en aquel altercado. Involuntariamente, Bill se pasó una mano indecisa por las numerosas cicatrices que todavía surcaban su rostro y George ladeo la cabeza como tratando de esconder el perfil al que le faltaba una oreja. Ginny hirvió de rabia un poco más. ¿Por qué siempre parecía que si no tenías marcas en la piel significaba que tú no habías sufrido en aquella maldita guerra? ¿Por qué siempre la hacían sentir como si ella no hubiese padecido aquellos horrores solo porque su cuerpo no los gritaba a viva voz?
"¿Tú qué piensas?" Le preguntó Ginny a su hermano George. Tenía miedo de la respuesta, pero, en el fondo de su ser, sentía que era él quien debía darle permiso. Al fin y al cabo, habría un Malfoy ocupando un sitio en la mesa que Fred nunca volvería a ocupar; y por más que quería demostrar a sus hijos que a la gente hay que tratarla con compasión y perdón, no podía evitar notar una pequeña punzada de dolor al preguntarse si de alguna forma estaría traicionando la memoria de su hermano.
George dudó antes de contestar, manteniendo la tensión en un silencio que parecía infinito. Sabía porque su hermana le miraba con esa mezcla de terror, rabia y apremio. Sabía, como había sabido desde que hubiese despedido a su gemelo por última vez, que vivir una vida de rencor y venganza no hacía más que quemar tu propio corazón hasta que ya no quedan más que las cenizas. Lo sabía. Pero es que hay heridas en alma que no terminan de cerrarse nunca y singuen sangrando, lentamente, para el resto de tu existencia, goteando silenciosas a través de la piel y de la ropa. Sin atreverse a mírala a los ojos, dijo al fin "Mira, Ginny, yo no sé-"
"¡Ves! ¡Nadie quiere que este aquí ese Malfoy!" Interrumpió Ron berreando de nuevo "¡Harry y tú podéis meter a ese niño en vuestra casa todo el tiempo que os dé la gana! ¡Por mí como si metéis a toda su asquerosa familia! ¡Pero en mi casa, en mi presencia no-"
"¡BASTA YA!" Ron enmudeció de sopetón ante la imagen de su madre, bajando las escaleras con los brazos en jarra y esa mirada que siempre conseguía hacer recular a sus hijos. Había llegado hasta el centro de la cocina y ahora les miraba de uno a uno con una buena reprimenda a punto de estallar entre sus labios. Todos se sintieron de repente como si tuvieran otra vez siete años y acabasen de mandar al gato a no sé sabia donde a través de la red Flu "¡Se acabaron los gritos y las discusiones! ¡Aquí la dueña de esta casa soy yo!" Endulzando el gesto y la voz repentinamente se giró a mirar a su marido "Bueno y tú, Arthur, querido" Arthur Weasley le devolvió la sonrisa pero siguió sin decir nada, regañar a sus hijos siempre se le había dado mejor a ella, para que engañarse. La señora Weasley volvió a desviar los ojos y endurecerlos para mirar a sus hijos de nuevo. "He vivido dos guerras, ¿me oís? ¡Dos guerras!. Y en ellas he perdido a amigos, a mis dos hermanos y a un hijo. Yo pasaré el resto de lo que me queda de vida tratando de huir de ese recuerdo, pero no pienso permitir que también persiga a mis nietos. ¿Lo habéis entendido? Albus es mi nieto y Scorpius es su amigo y los dos vendrán a mi casa por Navidad" Ron hizo un último y vano intento de seguir protestando pero la mujer volvió a hacerle callar. "¡Y NO HAY MÁS QUE HABLAR!"
Ginny miró a su madre triunfal y complacida. Para eso estaban las mujeres Weasley, para apoyarse entre ellas. Cogió a su marido del brazo y tiró de él hacia la puerta, ya había llegado la hora de aparecerse en Londres para ir a buscar a los niños a King's Cross. Harry echó un último vistazo a la cocina, que aun no se había recuperado del aplastante silencio, y sonrió tímidamente a la señora Weasley. Sentía una profunda gratitud hacía aquella bondadosa señora que, no solo le había acogido a él cuando era un niño desamparado y sin familia, tratándole como a un hijo más, con todo el cariño y el cuidado de una madre; sino que ahora, anteponía desinteresada los deseos de Albus frente a su propio duelo. Porque Molly Weasley, después de tantos años y aunque intentara mantenerse fuerte en favor de su familia, seguía de luto por la muerte de su hijo Fred. Seguía llorando cada noche, agazapada entre los brazos de su marido, preguntándose por qué él, por qué tenían que haberse llevado a su pequeño. Sin embargo, las lágrimas nunca le devolverían a su hijo, y aunque servían para desfogar un poco aquel amargo dolor del alma cuando amenazaba por volver cortarle la respiración, no podía dejar que su vida y las de toda su familia se ahogasen en aquella agua salda y amarga para siempre.
Los señores Potter caminaron entre el humo denso y blanquecino que había dejado el tren al llegar al andén 9 y 3/4 y se miraron entre la espesa niebla con un guiño de nostalgia dibujándose en sus caras. Sus años de colegio no habían sido precisamente tranquilos y apacibles, pero había tantos momentos, buenos, malos, terribles y también preciosos; tantos recuerdos escondidos en aquel lugar, traídos por el traqueteo de la locomotora sobre las vías y el olor a azufre y carbón del vapor que escapaba de la chimenea. Caminaron entre la gente y los ruidos de maletas y carritos, respondiendo con leves movimientos de cabeza a viejas caras conocidas, y no tan conocidas, que les saludaban al pasar. Harry Potter seguía sintiéndose fuera de lugar entre las muchedumbres porque aun seguía revolviéndose incómodo cuando notaba como la gente desviaba la mirada para posarla en la cicatriz en forma de rayo que marcaba su frente. Esta no le había dolido ni una sola vez desde hacía muchísimos años, pero de alguna forma seguía amenazando levemente con su eterna presencia, con el eterno recuerdo de lo que había llevado dentro.
"¡Mama! ¡Papa!" Lilly corrió hacia sus padres y se tiró en sus brazos. Con su hija colgada del cuello Harry y Ginny se aproximaron hasta donde esperaban el resto de sus sobrinos rodeados del equipaje que habían traído de colegio para pasar en casa las vacaciones de Navidad. Poco a poco fueron llegando los distintos miembros de la familia. Ron, con Hermione, Bill y George se habían desaparecido de la Madriguera unos minutos más tarde que los Potter, los suficientes para que se apaciguasen los humos de la disputa que habían tenido previamente y que, de ninguna manera, podía llegar a los oídos de sus hijos. Sin embargo, Ron seguía con una ligera mueca de desagrado marcada en el semblante, como si se hubiese quedado a medias de un último gruñido.
Albus Potter no se encontraba con el resto de sus primos y hermana, sino que se había despedido de ellos y ahora esperaba unos metros más allá rodeado por dos figuras casi de la misma altura, con los mismos rasgos duros formando las facciones de la cara y con exactamente el mismo pelo rubio pálido; solo que una de ellas lo llevaba largo, recogido estrictamente en una coleta baja y la otra corto, rebelde, cayéndole a cachos por los ojos. Draco Malfoy conversaba animadamente con su hijo y el amigo de este, mientras esperaban a que los Potter se acercaran a despedirse de Albus, pero no podía evitar sentir los murmullos que despertaba a su alrededor, clavándose silenciosos como agujas en su espalda. Involuntariamente se movió unos pasos, como si quisiera usarse a sí mismo como barrera entre aquel susurro lacerante y su propio hijo.
La señora Potter, que había terminado de besar a todos sus sobrinos, se acercaba ahora a ellos con los brazos abriéndose en un abrazo tierno. La mujer rodeó con ellos primero a su hijo Albus y luego a Scorpius, y por último tendió una mano cordial a el señor Malfoy con una amplia sonrisa. Draco aun no había conseguido evitar ese último segundo de duda y desconfianza que cruzaba rápido e inevitable por su mente ante aquellas muestras de cordialidad de los Potter. Tenía que admitir que siempre habían tratado bien a su hijo y que no se habían opuesto ante aquella amistad entre los chicos, o al menos eso había parecido. Sin embargo, había tantas imágenes oscuras de su pasado que aun le seguían persiguiendo como fantasmas, tan reales, tan corpóreas; que no conseguía dilucidar del todo si los meros recuerdos eran ellas o la mujer que tenía sonriéndole delante en ese momento. Mientras terminaban de saludarse, Harry había llegado junto a ellos y había rodeado a su esposa con un brazo después de revolverle el pelo amistoso a ambos chicos. "Bueno, entonces os esperamos a los dos dentro de unos días en la Madriguera ¿de acuerdo?" Les decía la señora Potter a su hijo y a Scorpius. "Albus, pórtate bien, haz caso a lo que te manden y cómete toda la comida. Bueno no creo que con eso último tengas problemas".
El señor Malfoy observaba la escena un tanto incómodo, no sabía cuál era el momento oportuno para interrumpir, ni si quiera sabía si sería conveniente interrumpir. La señora Potter ya había insistido bastante en sus cartas sobre aquello y no quería sonar impertinente o desagradecido, no después de todo lo que parecía estar haciendo esa mujer por acoger a Scorpius en sus vidas. De todos modos, habló una última vez lo más educadamente posible que pudo. "Ginevra, de verdad que Astoria y yo agradecemos mucho que quieran invitar a Scorpius pero... No deseamos molestar a tu familia" La última frase parecía que se le había escapado entre los labios mientras miraba por encima de las cabezas de los Potter hacía donde Ronald Weasley les observaba. Draco estaba seguro que si las miradas matasen él sería un cadáver inanimado en ese mismo instante. Y es que Rose había heredado aquella mirada de basilisco de la misma persona de la que había heredado aquella forma incandescente de sonrojarse, de su querido padre.
"Tonterías" Dijo Ginny volviendo a desviar la mirada desde Ron hasta los Malfoy e intentando disimular la mueca de fastidio que amagaba por colarse entre la amble sonrisa que ahora se tensaba por el esfuerzo de mantenerla. Definitivamente iba a matar a su hermano. "Albus ha estado muchísimas veces en vuestra casa y ahora queremos que sea Scorpius el que pase el día de Navidad con nosotros." Su tono de voz sonaba afable y cortes, pero en el fondo escondía una dureza que parecía indicar que si alguien volvía a contrariarla empezarían a rodar cabezas. Nada ni nadie consigue nunca derrumbar el genio de las mujeres Weasley, eso es un hecho. La mujer se despidió una vez y más y dio un último abrazo a su hijo, para después marcharse y llevarse a su hija Lilly camino de la salida con los demás miembros de la familia.
Albus y Scorpius echaron a andar también hacía la barrera mágica y Draco y Harry se quedaron unos segundos a solas. Para el señor Malfoy era muy fácil tener cierto aprecio a Ginny Potter por la inmensa amabilidad que les demostraba; de la misma forma que le era sencillo seguir odiando a la comadreja de Ronald Weasley, total, el odio era mutuo y recíproco y siempre seguiría siendo así. Pero con Harry Potter todo era mucho más complicado. Ese hombre, con su cabello permanentemente despeinado, sus ojos verdes que miraban siempre a través de aquellas gafas redondas y aquella maldita cicatriz en la frente, había sido su adversario desde el primer momento en el que le había ofrecido su mano y él se había negado a estrecharla. No obstante, Draco se preguntaba si Harry Potter habría sido de verdad su enemigo si no le hubiesen obligado a que lo fuese, si no se hubiese pasado la vida escuchando como El-niño-que-sobrevivió había derrotado al Señor Tenebroso y con él, a todas las posibilidades de gloria y fama para su familia. En el fondo, le envidiaba. Y no solo le envidiaba por la mucha gente que se había lanzado valiente a luchar junto a él, sino por la simple razón de que Harry Potter, al contrario que él, si había tomado las decisiones correctas.
"Draco," Le dijo Harry después de que se estrecharan las manos silenciosos "Sospecho que mi hijo James le ha prestado mi vieja capa invisible a su hermano" Había visto a James mandar un paquete misteriosamente grande y misteriosamente blando a Albus unos días antes de que dieran las vacaciones de Navidad en el colegio y Harry estaba bastante seguro de que había en su interior y que quería hacer Albus con ella.
Draco levantó una ceja y sonrió ladeado, de la misma forma que solía hacer su hijo "Les tendré vigilados, tranquilo." Y con un leve gesto de la cabeza, el señor Malfoy echó a andar por donde se había marchado previamente su hijo.
Unos días más tarde, cuando la enorme Mansión de los Malfoy dormía tranquila bajo las sombras de una fría noche de invierno, Draco aguardaba silencioso, sentado en uno de los amplios sillones de cuero verde en una de las numerosas salas de estudio que poblaban la casa. Sabía que su hijo y su amigo estaban exactamente al otro lado del la pared, frente a una enorme puerta negra. No podía verlos, ya que estaban debajo de aquella capa de invisibilidad de Potter, pero les oía. Les oía pronunciar todos los contraembrujos que unos niños de apenas dieciséis años, aunque bastante diestros para la magia, habían aprendido. Por un instante, Draco pensó que iban a dar en el clavo y había estado a punto de salir de entre las tinieblas que le resguardaban para prevenirlo, sin embargo, los chicos simplemente habían casi rozado la solución y al final se habían rendido y habían vuelto derrotados a su habitación dos pisos más arriba. A Draco no le importaba que husmeasen a escondidas por el resto de la casa, su mujer y él se limitaban a fingir por las mañanas que no habían oído el eco de sus pasos y el susurro de aquella capa rozando contra las paredes y los muebles. Él mismo había pasado muchas noches de su infancia perdiéndose entre los recovecos y los escondrijos que se refugiaban entre los muros de piedra y los tapices de sus antepasados. No obstante, nunca dejaría a su hijo descubrir lo que había al otro lado de aquella puerta negra. No porque tuviese miedo de lo que Scorpius pudiese encontrar ahí dentro, ya casi no quedaba nada, sino porque tenía miedo de los fantasmas que, a lo mejor, aun se ocultaban ahí detrás, pacientemente al acecho, esperando su venganza.
Después de la primera semana de vacaciones, Albus y Scorpius se prepararon para mudarse a la Madriguera. Sus padres habían abierto una conexión temporal entre la chimenea de los Weasleys y la de la Mansión Malfoy para que los chicos pudieran viajar cómodamente a través de la red Flu. Scorpius estaba visiblemente nervioso, con esa mezcla confusa entre el anhelo y el miedo. Estaba a punto de meterse de lleno en un nido plagado de Weasleys. Weasleys pelirrojos y en su mayoría, considerablemente rencorosos. Era como introducir la cabeza en el interior de la boca de un lobo y esperar que esta no se cerrarse de golpe clavando sus desgarradores dientes sobre su yugular. En el último segundo de los preparativos del viaje, su padre le había vuelto asegurar que podía quedarse en casa si lo prefería. Pero no, quería ir, quería conocer aquel lugar del que Albus siempre hablaba y que ejercía una fascinación casi magnética sobre Scorpius. Quizás porque la enorme familia Weasley, con sus incontables miembros, era todo lo que su propia familia no era. O quizás porque en su fuero interno, Scorpius necesitaba acercarse, entender desde dentro el odio ajeno, fuera de las típicas refriegas adolescentes del colegio; y no había mejor forma de hacerlo que introducirse hasta la coronilla en el corazón de la familia antagonista de los Malfoy por excelencia.
"¡La Madriguera!" Pronunciaron alto y claro Albus y Scorpius entre las cálidas llamas verdes que crepitaban dentro de la chimenea de madera tallada del salón de los Malfoy. Scorpius pudo ver una última vez a sus padres despidiéndoles antes de perderse en la vorágine de imágenes confusas de fuego esmeralda y salones ajenos, en la que ahora giraba, con la única noción estática de la figura de su amigo a su lado. Tras unos minutos los chicos aterrizaron por fin en suelo llano y aparecieron en la sala de estar de la Madriguera.
Scorpius miró rápidamente a su alrededor con una cara de asombro, dejando escapar un silencioso murmullo de admiración. Aquel lugar era aun mejor de que como Albus lo había descrito. El salón de los Weasley era pequeño, pero no de una manera acongojante si no acogedora. Los numerosos trastos, pilas de ropa y muebles que se apelmazan alrededor de la chimenea, junto a aquel olor cálido a tarta de calabaza y alguna cosa más, le proporcionaban al espacio una clara sensación doméstica. Era imposible que cualquiera que llegara a aquella casa no la sintiera ya como su hogar. Enseguida apareció Molly Weasley, la abuela de Albus, una mujer regordeta y bajita con una cara afable y bondadosa surcada por los trazos de la edad y enmarcada en un pelo cano que seguramente antes había sido igual de pelirrojo que el del resto de su familia. Abrazó a los dos chicos, sinceramente contenta de conocer por fin a Scorpius y después de insistir en hacerles un segundo desayuno a base de huevos y bollos recién horneados, porque ya se sabe que los jóvenes tienen que crecer y para eso hay que comer mucho, les indicó que subieran hasta la habitación a dejar sus cosas.
Albus cogió las mochilas y le indicó el camino a su amigo mientras este se regodeaba en el sonoro quejido de las escaleras y el tacto de madera ajada de las paredes. La casa era una especie de cottage de campo típico inglés al que le habían añadido un montón de habitaciones más por arte de magia y que se amontonaban unas encima de otras en una torre tortuosa de vigas y pilares inestables. Era un milagro que aquella estructura siguiese intacta, sobre todo después de las nuevas ampliaciones que los abuelos Weasley habían tenido que hacer tras la oleada de nietos que se les había venido encima.
En el quinto tramo de escaleras, Albus se detuvo frente una puerta pequeña con un cartel que rezaba 'Habitación de Ronald Weasley' y entró agachando la cabeza debido al techo medio aguardillado. James les saludó entre bostezo y bostezo mientras se desperezaba dentro de la cama del fondo. Al entrar, Scorpius pensó que debía haber una enorme ventana que diese directamente al sol de la mañana porque toda la habitación estaba bañada en una intensa luz naranja. Pero pronto se dio cuenta que eran las paredes pintadas de aquel brillante color las que daban aquella sensación, a pesar de que la única apertura al exterior era la minúscula ventana encima de la cama de James. A aquel color naranja le acompañaban los numerosos pósters de los Chudley Canons que adornaban las paredes. Scorpius supuso que el antiguo propietario de aquel lugar, el padre de Rose, sería seguidor de aquel equipo de de Quidditch, y amargamente pensó que ni siquiera aquello podría tener en común con Draco Malfoy.
Albus sacó entonces la capa invisible de su padre y se la devolvió a su hermano James, lanzándola desde la cama donde se había tumbado. "¿Y bien?" Preguntó James subiendo las cejas con los ojos golosos. "¿Habéis descubierto algo... jugoso?" La gente podía pensar que James Potter había serenado su temeraria rebeldía bromista y fisgona tras dejar el colegio y apuntarse a la academia de aurores. Entrenarse para ser auror era algo muy serio, que implicaba mucha responsabilidad y una cabeza fría y estoica. Sin embargo, hay cosas de nuestro carácter que dictan como somos y nos acompañan hasta el final de nuestros días; así que James no había dudado ni un segundo cuando su hermano le había pedido prestada aquella capa, que tantas alegrías pícaras le había proporcionado cuando estaba en sus años de colegio, y que ahora podría servir para desentrañar los oscuros secretos que el joven se imaginaba que aguardaban escondidos en la noble Mansión de los Malfoy.
Scorpius y Albus negaron a la vez, profundamente derrotados ante la cara de asombro y decepción de James. "Puerta cerrada" Dijo escuetamente Albus a su hermano "No había forma de abrirla" Y Scorpius apoyó la moción relatando el sin fin de hechizos que habían probado contra ella.
"Tendríais que haberos llevado a Rosie" Pensó James como en voz alta "Seguro que ella se hubiese sabido el contraembrujo. O se hubiese cabreado tanto por no sabérselo que habría echado la puerta abajo de un bufido" Añadió divertido. Los tres chicos rieron con ganas, imaginándose a Rose, con las orejas y el cuello rojos de ira, gritándole a una puerta enorme y de aspecto infinitamente pesado hasta que la puerta huía despavorida de miedo.
"O haber usado la vieja navaja de papa que tenías..." Dijo Albus entre carcajada y carcajada. James dejó de reír súbitamente y escondió un ligero deje de culpabilidad en el semblante agachándose a coger unos calcetines del suelo. Había perdido aquella navaja, aun no sabía cómo, pero el caso es que se había esfumado de entre sus cosas y ya no la podían seguir usando.
Dieciocho años atrás, en una mañana calurosa de agosto, justo antes de que su primogénito de once años acudiese por primera vez al colegio Hogwarts de magia y hechicería, Harry Potter había llevado a su hijo al cobertizo destartalado que descansaba lleno de trastos viejos en el patio trasero del número doce de Grinmauld Place. Allí, escondidos de su esposa Ginny, o eso pensaban ellos, Harry le había dado a James los tres objetos que más valoraba a parte de su varita mágica. El primero, un antiquísima capa de hebras plateadas que había llegado a sus manos desde Ignotus Prevell, a través de toda la línea familiar, de padres a hijos; y que tenía el increíble poder de volverte invisible a ti y a todos los que se escondieran debajo de ella. El segundo, un pergamino viejo y desgastado. O lo que a plena vista parecía un pergamino viejo y desgastado pero que en realidad escondía, solo para aquellos que tenían las intenciones oportunas, todo un mapa detallado del colegio Hogwarts, con todos y cada uno de sus pasadizos secretos, y que indicaban donde estaban todos y cada uno de sus habitantes, cada minuto, de cada día. Y por último, aquella navaja muggle que le había regalado su padrino Sirius Black y que podía abrir todas las cerraduras de todas las puertas, independientemente de hechizo protector que se hubiese conjurado sobre ellas. Harry hizo prometer a su hijo que solo usaría esos objetos mágicos para salir airoso de algún lío en el que se viera envuelto, y había que admitir que, técnicamente, James nunca había faltado a aquella promesa. Sin embargo, normalmente solía ser el propio James el que se envolvía a sí mismo en los líos de los que luego tenía que salir corriendo. Y es que James Sirius Potter era, como había vaticinado la profesora Maggonagall mientras escribía la primera carta del colegio que iba a recibir el chico, el sucesor, el heredero por línea directa familiar de los mayores bromistas, rebeldes y quebrantanormas que Hogwarts había visto jamás.
Mucho tiempo atrás, habían llegado al colegio dos hermanos, Gideon y Fabian Prevett. Listos, tremendamente competentes con la magia defensiva y bastante tímidos; o eso parecía. Porque aquellos hermanos iban a llevar a todos los profesores por la calle de la amargura durante sus siete años de educación. Además, no contentos con todas las bromas y alborotos que habían creado en aquellos años, se aseguraron de que su particular y guasón reino de terror perdurara en el tiempo; y no solo consiguiendo colar en el castillo al portergeits llamado Peeves, sino dejando en el colegio unos sucesores dignos de su trono: los Merodeadores. James Potter, Sirius Black, Remus Lupin y Peter Pettrigrew se convirtieron en los nuevos reyes de la broma de Hogwarts. No había un solo profesor, alumno, fantasma o visitante que se hubiese librado de caer en sus garras. Y aunque en su mayoría solo eran bromas inofensivas que hacían destornillarse de risa a todo el castillo; en todo el tiempo que aquellos inseparables cuatro amigos merodearon por Hogwarts, nadie pudo realmente respirar tranquilo. Mientras tanto, la hermana pequeña de Fabian y Gideon, de soltera, Molly Prevett, se había casado con un modesto y humilde muchacho llamado Arthur Weasley, y entre sus numerosos hijos, todos igualmente pecosos e igualmente pelirrojos, había dos que resultaron ser la viva imagen de los dos hermanos de su madre. Si la escuela de magia y hechicería había tenido que contener el aliento, temerosos de cada paso que daban por los pasillos James, Remus, Sirius y Peter; pronto aprenderían a la fuerza lo que es de verdad el pánico y el descontrol. Los gemelos George y Fred Weasley habían atemorizado sistemáticamente a cada miembro del personal docente, ganándose las simpatías y los afectos de muchos estudiantes, aunque también, cierto desdén de aquellos sobre los que recaían sus bromas, por muy difícil que resultase enfadarse del todo con aquellos risueños muchachos. Y si por si eso no era suficiente, habían huido del colegio, marchándose por la puerta grande, dejando un despliegue de espectáculos pirotécnicos y ejemplos de magia increíble y fantástica que pasarían a la historia y permanecerían para siempre en la memoria del castillo.
Cuando ya nadie pensaba que la cosa pudiese empeorar, cuando todo el mundo creía que nadie podría nunca superar las fechorías de los gemelos, la familia Weasley, por parte de Ginny, y la familia Potter, por parte de Harry, se unían para dar como resultado a un muchacho de pelo despeinado y ojos color avellana llamado James Sirius Potter. Mientras la directora Maggonagall escribía aquel nombre sobre el pergamino de la carta de Hogwarts, un escalofrío había recorrido su espalda, dejándola pensando seriamente si era quizás el momento de retirarse de sus servicios al noble colegio. No lo hizo, se mantuvo en su puesto por la pura curiosidad de conocer de que era capaz aquel joven, bisnieto de Gideon y Fabian Prevett, nieto de James Potter y sobrino de George y Fred Weasley. Aunque una parte de ella sabía a ciencia cierta que solo había una cosa que se podía esperar de él: la calamidad.
Lo que nadie había sospechado jamás era que aquellos genes casi maquiavélicos de sus antecesores no habían pasado únicamente a uno solo de los hermanos Potter, sino a dos. Y no lo habían sospechado nunca porque nadie podría pensar que aquella dulce, sonriente y tierna niña llamada Lilly Potter estaba detrás de todas aquellas cosas que habían alborotado y descontrolado el colegio desde que ella había llegado a Hogwarts. Nadie descubrió nunca que fue ella quien cambió todas las etiquetas de las botellitas de ingredientes de la clase de pociones, consiguiendo que durante casi un mes, no hubiese una poción en aquella aula que no acabase explotando. Nadie la señaló a ella cuando la manada de escorgutos de cola explosiva, que había criado Hagrid, había escapado como por arte de magia de sus jaulas al lado de la cabaña del guardabosques y había llegado hasta el gran comedor, haciendo que todo el mundo en la sala corriera y gritara, subiéndose a las mesas para huir de aquellas bestias. Tampoco había salido a la luz su nombre cuando los profesores se preguntaban quién demonios había derramado una cantidad ingente de Poción Crecepelo de Fleamont Potter por la escalera principal, impidiendo que nadie pudiese acudir a sus clases aquel día y que Flitch, el conserje, pasara un mes en la enfermería por la tremenda caída que había sufrido al resbalarse con el viscoso líquido. El caso era que nadie había nunca averiguado aquellas cosas porque Lilly Potter no solo era buena haciendo bromas, como su hermano James, sino que también tenía una mente magistral para huir de la escena del crimen. Y mientras su hermano, junto a su primo Fred, habían batido el record de castigos posibles en todos los años del colegio Hogwarts de magia y hechicería, Lilly seguía ocultándose en las sombras, actuando siempre sin ser vista, como la verdadera y legítima heredera de sus antecesores.
Los días en la Madriguera pasaron calmados, tranquilos. En parte porque los adultos Weasley habían dejado a sus hijos con los abuelos y aun no se habían enfrentado a encontrarse a Scorpius en aquella casa, cara a cara; esperando a que llegara el día de Navidad para celebrar aquel particular y tenso encuentro. Por su parte, ni Molly ni Arthur parecían haberse dado cuenta, o haber dado importancia a cuál era el apellido de aquel muchacho educado, cortés y amable que insistía en correr a ayudar a la señora Weasley en todos sus quehaceres diarios y en escuchar con genuino interés las divertidas anécdotas que contaba el señor Weasley sobre sus años de trabajo en el Ministerio de Magia. Y así, nadando en aquella paz y armonía, extraña pero maravillosa Scorpius se olvidaba poco a poco de que una vez había llegado a sentir miedo por estar en aquel lugar y con aquellas personas; y dejaba pasar las horas, entre los copiosos manjares que la abuela Weasley cocinaba tres veces al día, los partidos de Quidditch improvisados en un campo apartado, escondido de las miradas de los muggles y las noches junto al calor de la chimenea y el arropo de la sala de estar de la Madriguera, jugando a los naipes explosivos o leyendo tranquilamente en el sofá.
A aquel armoniosos sosiego incitado por el abrigo genuino de las fiestas navideñas y la sensación de tener el estómago lleno de deliciosa comida casera, Scorpius tenía que sumarle aquella brisa templada que le encendía el pecho solo por poder estar tan cerca de Rose. La chica pasaba la mayor parte del tiempo con Albus y él, y aunque ella decía que era simplemente porque Dominique estaba fuera con su familia francesa y Lilly, Hugo y Roxane eran demasiado pequeños como para hablar con ellos, Scorpius sabía que en el fondo, a Rose le gustaba estar con él. Le gustaba tener alguien con quien compartir los ratos de lectura frente al fuego. Le gustaba poder conversar con Scorpius de los libros que ambos habían leído y ambos habían disfrutado. Le gustaba, también, reírse de Albus cuando no tenía ni idea de qué demonios hablaban los otros dos. Y sobre todo, le gustaba porque a pesar de lo que había pasado entre ellos, estar juntos parecía, de repente, increíblemente sencillo
Por alguna razón que Rose no entendía, no estar encerrados entre los gruesos muros de aquel inmenso castillo de piedra gris, les daba una tregua a ambos en su eterna pelea. En la Madriguera, no tenían que mantener aquel odio mutuo que se había establecido entre ellos, no tenían que preocuparse por qué pensarían los demás estudiantes de Hogwarts si vieran a la famosa Rose Weasley charlando animadamente con el indeseable Scorpius Malfoy, no tenían que repetirse una y otra vez a sí mismos quienes eran y todo lo que eso implicaba. Ni siquiera tenían que acordarse de aquel beso, de aquel instante de pasión y desenfreno, con la consecuente vorágine de emociones encontradas que aquellos pensamientos solían acarrearles, o al menos a Rose, la dejaban flotando en una especie de batalla mental incomprensible. No, en aquella casa, escondida entre las colinas y los páramos, podían simplemente disfrutar de la presencia del otro, sin preguntarse una y otra vez porque volaban un sinfín de aleteos invisibles dentro de su estómago cada vez que Scorpius le hacía reír con una de sus bromas irónicas o la tapaba con una manta cuando se quedaba medio dormida a su lado en el salón.
En la mañana del día de Navidad, Scorpius se despertó temprano, con la tenue luz del amanecer entrando cohibida a través de aquella pequeña ventana de la antigua habitación de Ronald Weasley. James y Albus seguían profundamente dormidos entre el sonido de sus sonoros ronquidos. El chico se apartó los mechones de pelo rubio pálido que le habían caído por la cara al dormir y se incorporó en la cama sobre sus codos, rodeando el desorden de la habitación con la mirada. Sus ojos se posaron en su propia mochila de viaje, cuyo contenido estaba parcialmente desplegado por el suelo junto con las cosas de Albus y de James, ninguno de los tres podía decirse que fuera especialmente ordenado. Sin embargo, había una cosa que Scorpius no se había atrevido a sacar de su equipaje. Una pequeña cajita de madera tallada que parecía dormitar agazapada en el bolsillo trasero de su mochila, demasiado cobarde como para asomarse y mostrarse a los demás. Scorpius había encontrado aquel curioso artilugio mágico en un desván de la vieja casa de su madre, la cual habían visitado aquel pasado verano, y lo había llevado encima de aquí para allá desde entonces. Había sabido perfectamente que quería hacer con aquella cajita desde el primer momento en que la vio abrirse entre las tinieblas de aquel desván sucio, lleno de polvo y recuerdos perdidos. No obstante, no se había atrevido, y las en las pocas ocasiones que había tenido para dársela a quien quería dársela, la cajita había parecido arder en su bolsillo y él había sido incapaz de cogerla con sus manos y sacarla de ahí.
Scorpius volvió a mirar a Albus y a James, sus caras perdidas en la lejanía de un sueño muy profundo. Esa era otra de las oportunidades que anteriormente había malgastado, demasiado pusilánime como para lanzarse al vacío y arriesgarse por una vez en la vida a hacer lo que su alma le pedía a gritos que hiciera. De repente, se acordó de aquella sensación embriagadora de poder y fervor que le había extasiado mientras se lanzaba apasionado a besar a Rose. Nunca había sentido algo así, nunca había sentido la adrenalina de aquella forma, corriendo por sus venas, como si fuese una especie de renombrado valor que sale del corazón y llega a cada poro de la piel. Había sido casi como la primera vez que había montado en escoba, notando el vacio de la nada bajo sus pies, pero sin miedo, sin temor, solo ansiando correr más y más rápido entre el silbido del viento. Tenía que aprender a aventurarse más a menudo, a dejar de pensar, a dejar de calcular cada movimiento y sus consecuencias. Tenía que aprender a simplemente actuar, de la misma forma que simplemente volaba veloz sobre su escoba buscando la snitch dorada.
Súbitamente se puso de pie y comenzó a vestirse callado. Con un último vistazo suspicaz a los dos chicos durmientes con los que compartía habitación, sacó aquella pequeña caja de madera tallada de la mochila, ignorando el quemazón de miedo y acongoja en la palma de la mano, y salió de la habitación intentando no hacer ruido. A pesar de la silenciosa tranquilidad de su habitación, Scorpius se dio cuenta de que la casa ya estaba despierta, oyendo los murmullos de sartenes y voces que subían por las escaleras desde la cocina. Entre aquellos ecos, Scorpius distinguió el sonido agudo y suave de la voz de Lilly que también subía desde la planta de abajo y suspiró aliviado, aquello haría todo más sencillo, o por los menos, un poco menos vergonzoso. En el tercer tramo de escaleras, Scorpius se paró en frente de la puerta y exhaló hondo. Tuvo que hacerlo unas tres veces más antes de decidirse a posar los nudillos sobre la madera de la puerta, y otras cuatro veces más antes de poder mover la muñeca para llamar.
"¡Adelante!" Se oyó gritar desde el interior de la habitación y con los dedos aun temblando el chico accionó el picaporte y abrió la puerta para pasar. Rose aun llevaba puesto el pijama y continuaba hablando despaldas, mirando por una amplia ventana que daba directamente al jardín trasero, la cabeza escondida tras sus rizos pelirrojos que caían como en cascada sobre sus hombros. "Oye Lills ¿tú crees que-" Se interrumpió de golpe al darse la vuelta y darse cuenta que no era su prima la que había entrado sino aquel chico alto y de ojos grises que aun conseguía que su corazón se saltara un latido.
A pesar de lo increíblemente nervioso que había estado unos segundos antes, a Scorpius dejaron de tiritarle los dedos y el alma. Por alguna razón, cuando estaba frente a ella, cuando podía perder la mirada, fija entre las olas azul oscuro de sus ojos, dejaba de sentirse como un hoja débil que tiembla a merced del viento. Una especie de fortaleza de seguridad y confianza se erguía sobre él, tirando de sus músculos y tensándole las articulaciones, pero, aunque él quería pensar que era por lo inmensamente cómodo que se había sentido estando cerca de Rose aquellos días, en parte también era por la de veces que se había acostumbrado a mantener la armadura puesta delante de ella, esperando la bofetada inminente. Con una media sonrisa, Scorpius sacó la cajita de detrás de su espalda y la puso sobre la mesilla de noche más cercana. "Solo quería darte esto" dijo y sacando la varita mágica del bolsillo de sus pantalones dio un golpecito seco con ella sobre la parte de arriba de la caja. Un instante después, la tapa se abrió sola y de ella salió una especie de cilindro metálico que estaba surcado por una serie de minúsculos relieves y que comenzó a girar sobre sí mismo. Parecía una caja de música, solo que del cilindro, en vez de salir una melodía, salió una extraña luz dorada que proyectaba la imagen de un pájaro volando sobre las paredes de su alrededor.
Rose giraba sobre sí misma siguiendo a aquel pájaro de luz que les rodeaba batiendo sus alas y dejando una suave estela áurea envolviéndoles. La chica había enmudecido por completo ante la belleza de aquella extraña magia. La pequeña caja de madera parecía haber absorbido por completo al sol de la mañana, que antes entraba en la habitación por la ventana, y ahora lo único que les iluminaba los rostros era la sombra luminosa de aquel animal alado que recorría en círculos la habitación como si surcara el inmenso cielo azul del exterior. "La encontré en la antigua casa de mi madre y pensé que te gustaría. Me recordó a tu patronus " Siguió diciendo Scorpius. Un año antes, en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, los alumnos de quinto habían practicado por primera vez aquel hechizo. Rose, como de costumbre, había hecho aparecer un perfecto patronus corpóreo en el primer momento de pronunciar 'expecto patronum'. De su varita había salido un halcón plateado que había volado sobre las cabezas del resto de alumnos asombrados hasta evaporarse en el aire poco a poco. Scorpius había aprendido a realizar aquel hechizo unos meses antes, por pura curiosidad, pero se había abstenido de mostrarlo en público. No estaba seguro de cuantos de sus compañeros de clase sabían que al único animal al que sigue fielmente un dragón es a los halcones, pero no quería someterse a la vergüenza y la humillación si alguien se daba cuenta de aquello cuando saliese de su propia varita aquel dragón plateado que él tenía como patronus. "Feliz Navidad Rose..." Dijo una vez más. Pero la chica seguía sin decir absolutamente nada, extasiada y embelesada por aquella mágica luz que les rodeaba. Por fin miró a Scorpius, directamente en sus ojos. Aquel color azul claro, que le inundaba la mirada a veces, aun más pronunciado bajo aquel resplandor dorado. No sabía que decir, ni siquiera sabía si era capaz de hablar o se le había olvidado. Le hubiese gustado que sus labios pudiesen musitar un simple 'gracias' o quizás algo más elocuente, pero nada parecía indicado para expresar aquella sensación que le había embriagado el pecho y el resto de sus entrañas con aquel regalo tan mágico, tan delicado, tan bello.
Scorpius, en realidad, no necesitaba que ella pronunciase nada en voz alta. Le valía simplemente con contemplar aquella enorme sonrisa con la que Rose le miraba ahora. Una enorme sonrisa que desbordaba gratitud y profunda felicidad. Una sonrisa que borraba todo rastro de miedo, todo dolor en su cuerpo, como si fuese una tierna caricia que rozaba ahora su alma con delicadeza. Sin embargo, aquella mágica fantasía brillante y luminosa que parecía haberse quedado flotando entre ellos, abrazándoles, no duró para siempre. Enseguida se rompió con la ingenua voz de Lilly entrando en la habitación desde la puerta "¡Rose! ¡Dice la abuela que bajes-" La chica se interrumpió en seguida al darse cuenta, de repente, de la escena en la que se había entrometido. Pero ya era tarde, aquel silencio tierno y cargado de emociones que había existido entre Scorpius y Rose ahora se tornaba incómodo y pegajoso, así que el chico dio otro golpe con la varita sobre la caja para cerrarla y mientras el pájaro dorado desaparecía y la luz del sol volvía a la habitación de nuevo, se giró para pasar al lado de Lilly y marcharse de la habitación. No sin antes lanzar una última sonrisa ladeada a Rose desde el marco de la puerta, por detrás de la espalda de la pequeña Potter.
Rose, sin embargo, había mudado el rostro, profundamente nerviosa, sin atreverse a sonreír de vuelta a Scorpius o mirar a su prima directamente a la cara. Esta, no obstante, sí que la miraba, una chispa de suspicacia e intuición explotándole en los ojos color avellana. "¿Qué era eso?" Se atrevió a preguntarle. Rose no contestó. No sabía si Lilly se refería a aquella cajita de madera tallada que descansaba ahora callada e inanimada sobre la mesilla, o al momento cargado de sentimientos intensos que había interrumpido. No se atrevía a contestar a ninguna de las dos cosas, así que también pasó por el lado de su prima sin decir nada y se marchó escaleras abajo a comprobar para que la necesitaba su abuela. Lo que Rose no sabía era que la chica podía tomar aquel silencio como una respuesta clara, porque en su infinita inteligencia maquiavélica, Lilly Potter entendía, conocía y había anticipado perfectamente qué era eso, sin necesitar que ninguno de los implicados se lo tuviera que confirmar.
A lo largo de aquel día, el resto de la familia Weasley fue llegando a la Madriguera para la cena de Navidad con sus hijos, padres y sobrinos. George y Angelina, los padres de Fred y Roxane llegaron a la hora del almuerzo desde el piso que tenían encima de la tienda de Sortilegios Weasley en el Callejón Diagón. Después de comer llegaron Percy y Audry, junto con sus hijas Molly y Lucy, que eran mayores que James y hacía tres años que habían dejado el colegio. Y por último, a eso de las cinco de la tarde cuando su trabajo en el ministerio había acabado, se aparecieron en la chimenea de la sala de estar de la casa Ginny y Harry, los padres de Albus, James y Lilly; y Ron y Hermione, los padres de Rose y Hugo.
En seguida fue subiendo el nivel del ruido y ahora las conversaciones se oían por toda la casa, animando el ambiente y llenando cada rincón de la sala de estar, aunque esta hubiese sido agrandada mediante magia para que cupiese una mesa lo suficientemente alargada para que pudiesen sentarse todos. Había tanta gente dentro de la Madriguera, que nadie reparó en aquel momento perturbador que surgió la primera vez que Scorpius se encontró cara a cara con Ron Weasley, cruzando la mirada a través de la mesa. El chico notó una inconfundible mueca de odio en los ojos del padre de Rose, mucho más claros que los de su hija, pero bañados con las mismas aguas bravas. Y esa era la primera vez, desde que había llegado a la Madriguera, que Scorpius se había revuelto incómodo en su asiento, sin saber dónde poner las manos o qué hacer con ellas. Sin embargo, entre el barullo de las voces mezclándose y las charlas cruzándose por el lugar, aquel momento pasó desapercibido, y con la misma rapidez con las que vino, desapareció en el instante en el que Ron Weasley rompió el contacto visual con el chico, quedando solamente en una simple anécdota que solo ellos dos habían sentido.
Después de comer, con la barriga totalmente llena y saciada del asado y la tarta de calabaza de la abuela Weasley, todos comenzaron a pasarse los regalos unos a otros. Había un paquete para cada miembro de parte de los abuelos y muchos otros que iban de tíos a sobrinos, de primos a primos, de hijos a padres y de hermanos a hermanos. Scorpius observaba divertido el trajín que iba y venía por la mesa, los 'gracias' y los murmullos de asombro que se gritaban a través de la habitación y los abrazos y sonrisas como respuestas. Aquella inmensa familia distaba mucho de la suya propia. El chico solía pasar las navidades solamente con sus padres y la abuela Narcissa, y aunque se quería muchísimo y también había comida deliciosa y regalos de Navidad, sus escuetas reuniones nada tenían que ver con aquella larga mesa rodeada de tanta gente, con sus carcajadas y su constante griterío.
En algún momento que pasó inadvertido, Scorpius subió a la habitación que compartía con los hermanos Potter para coger de su equipaje los regalos que él había traído. Obviamente, no había podido comprarle algo a todo el mundo, eso era imposible, pero no había querido ir con las manos vacías. Había traído unas macetas de flores mágicas que nunca perdían el olor para la señora Weasley y Ginny Potter, por la cortesía de haberle querido invitar a pasar la cena de Navidad con ellos. También, unos guates de Quidditch nuevos, de cuero de dragón color verde, para Albus de parte de sus padres. Y por último, una vieja tostadora muggle para el señor Weasley. "La verdad es que no sabemos muy bien cómo funciona... Pero mi padre dijo que usted lo encontraría interesante" Le había dicho Scorpius a Arthur Weasley al darle el regalo. Arthur se había reído sorprendido mirando al chaval. Se había reído porque aquello había sido un comentario muy propio de la familia Malfoy, y sin embargo, en boca de Scorpius, que tenía las mismas facciones duras que sus antecesores pero el corazón mucho más amable, no había sonado ni hiriente ni cruel, como habría sonado antaño de boca de su padre o de su abuelo. A cambio, la abuela Weasley también tenía un regalo para Scorpius. Rose no pudo evitar reparar en la sonrisa, enorme y verdaderamente sincera, que le iluminó el rostro al chico, llegando hasta los ojos, cuando desenvolvió el paquete y vio uno de los genuinos jerséis de la familia Weasley, verde y con una 'S' plateada en el centro, con las dos alitas de una snitch a los lados de la letra. Estaba tan entusiasmado, tan increíblemente feliz por aquel regalo que Scorpius no reparó en el gesto de desagrado y desaprobación que se cruzó por el semblante de Ron mientras el chico se pasaba aquel jersey por encima de la cabeza para ponérselo, como si de repente, el trozo de tarta de calabaza que se había metido en la boca tuviera un sabor particularmente asqueroso, pero fuera necesario que siguiera intentado tragárselo para no ofender a nadie.
Siguieron sentados en la larga mesa durante un par de horas más. Los adultos habían abierto una botella de Wiskey de Fuego y charlaban animadamente, contando viejas batallitas a sus hijos, intentando dejarse en ridículo entre ellos. El fuego de la chimenea chisporroteó con fuerza, engullendo el tronco de madera que la señora Weasley había añadido con un movimiento de varita. La sala de estar de la Madriguera se llenó de otra oleada de calor suave que emanaba de las brasas ardiendo y la madre de Rose, acalorada por los idas y venidas a la cocina recogiendo platos y trayendo más pasteles, se remangó las mangas de la túnica azul cielo que llevaba. De repente, Scorpius se fijó en aquella extraña cicatriz que llevaba la mujer en el antebrazo. 'Sangresucia' decía; las palabras grabadas en la piel como una herida. Nadie pareció darle importancia, nadie parecía fijarse salvo él, ya que todos se habían acostumbrado a ver aquella marca en su brazo. De la misma forma que se habían acostumbrado a las demás huellas de la guerra, o de los años previos, que la mayoría de los miembros de la familia llevaban. Como las extrañas señales en los brazos del padre de Rose, como si unas cuerdas le hubiesen amarrado y apretado con demasiada fuerza; o el agujero en el perfil de George, dónde antes debía estar su oreja. Al fin y al cabo, todos y cada uno de ellos llevaban ancladas en el alma las sombras de los horrores que habían vivido y sus hijos habían aprendido a vivir con aquellas marcas invisibles que, a veces, volvían de repente y llegaban hasta sus ojos. Y es que, las cicatrices del alma son las que más duelen en la memoria.
Scorpius siguió con la mirada fija en aquellas palabras de sangre y lágrimas. La agradable charla de su alrededor, totalmente ajena a la punzada de inquietud que había sentido en su pecho. Igual que nadie se paraba ya a mirar la herida de Hermione, nadie parecía darse cuenta de que Scorpius la seguía con los ojos; nadie excepto Ron. "¿Curiosa cicatriz, verdad?" Dijo de repente el padre de Rose, inspeccionado al chico severamente a través de la mesa. Todo el lugar cayó, sin quererlo, en un silencio incómodo, denso como el humo. Hermione, que se había dado cuenta de el porqué de la pregunta de su marido, miraba alarmado entre este y los ojos de basilisco de Ginny Potter. "¿Sabes dónde se la hicieron?" Seguía preguntando Ron, el silencio a su alrededor creciendo desmesuradamente, como si hubiesen abierto las ventanas y aquel humo oscuro y espeso se colase sin remedio dentro de la casa, envolviéndoles a todos . Scorpius se contemplaba las manos nervioso, viéndolas retorcerse sudorosas la una dentro de la otra en su regazo, incapaz de levantar la cabeza y enfrentarse al sin fin de ojos que ahora sentía clavados en él. Sabía que podía buscar entre la mesa a Albus, y que la mirada de su amigo le daría un resquicio de paz y confianza; pero aun así, tampoco podía mirarle a él, sintiendo la repentina obligación urgente de quitarse aquel jersey y marchase corriendo de aquella casa a la que él no pertenecía. "En la Mansión Malfoy" Dijo finalmente Ron viendo que el chico no quería o no podía contestar nada.
"Ronald..." Empezó a suplicar Hermione, pero se quedó callada sin saber que decir como si aquel humo silencioso le hubiese atragantado las palabras en la garganta. Todo el mundo miraba a su alrededor visiblemente incómodos pero nadie parecía querer intentar frenar a Ron. Nadie salvo Ginny, que estaba a punto de saltar sobre su hermano para estrangularle; o Albus, que le miraba con cierta cara de odio mal disimulada desde su esquina de la mesa, sin poder evitar la necesidad que le surgía en aquellos momentos de arrancarse de cuajo su apellido y con él a toda su familia.
Rose había dejado caer su mandíbula ante aquella sorprendente noticia. Había vivido toda su vida sabedora de la existencia de aquella cicatriz de su madre, preguntándose por ella, pero la familia Weasley no había querido nublar a sus hijos con la tormenta de una guerra ya pasada por lo que la chica solo conocía las historias a medio decir. Y ahora tenía que enfrentarse de repente a la idea de que aquella horrible huella que habían dejado sobre su madre, marcándola como al ganado, con los viejos prejuicios de la pureza de sangre, había ocurrido en la misma casa en la que ahora vivía el chico que le había regalado aquella cajita de madera esa misma mañana. Sus entrañas se agitaron de nuevo, peleándose entre ellas, sintiendo una nueva oleada de culpa por haberse dejado arrastrar por emociones de afecto y cariño hacía Scorpius Malfoy. Emociones que, claramente, ningún miembro de esa indeseable familia se merecían. O sí. Rose ya no sabía que pensar, perdida como estaba en el torbellino de sentimientos enemistados que rugía en su interior.
A pesar de la densidad incómoda del momento, Ron siguió hablando con aquel tono que quiere sonar casual y divertido pero que en el fondo es deliberadamente hiriente. "No sé qué parte de tú casa sería" Dijo poniendo énfasis en la palabra tú "Por la apariencia, ahora podría ser tu salón comedor" Culminó el comentario con una sonora carcajada pero nadie le acompaño en la risa, porque aquello no había sido ninguna broma,
"¡Ya basta Ron!" Dijo tajante Ginny
Sin embargo, Ron no paró, sino que fulminó a su hermana con la mirada y espetó entre la calma y el escupitajo "Esta es mi casa y tengo derecho a decir lo que me plazca"
La señora Weasley se puso de pie. No quería tener que regañar a su hijo ya adulto delante de los niños, pero lo haría si era necesario. "Ronald Weasley-"
"Ya no usamos esa parte de la casa señor" Interrumpió Scorpius en voz baja pero lo suficiente para ser perceptible en aquel tenso y sofocante silencio.
"¿Qué?" Preguntó Ron desviando los ojos de su hermana Ginny y volviéndolos a posar con rudeza sobre el chico.
Scorpius levantó la cabeza al fin, obligándose a mirar a aquel adulto a los ojos, intentado aplacar el miedo que le crecía en el corazón. "He dicho que ya no usamos esa parte de la casa, señor" Repitió esta vez mucho más alto, quizás más de lo que debería. Recordaba, como si las estuviese escuchando en ese mismo instante, las palabras que le había dicho una vez su padre: 'Nunca te quedes callado hijo. Da igual lo que te digan, tú nunca te quedes callado o pensaran que te avergüenzas de algo que tú no has hecho. No permitas que te culpen por los errores que yo cometí'. Así que, manteniendo a duras penas la mirada firme con una mueca que le endurecía las facciones de la cara y borraba todo rastro de amabilidad, para solo dejar paso a la arrogancia y al orgullo, siguió diciendo "Yo nunca he visto esa parte de la casa. Mi padre nunca me dejo pasar y cuando nos mudamos a vivir a la Mansion Malfoy después de que mi abuelo muriera, cerraron con magia todo el ala. Quiso destruirla pero hay demasiado hechizos protectores sobre los muros de la casa y es imposible". Ron no había imaginado que aquel niño fuese tan valiente o tan arrogante como para contestar, así que se quedó bloqueado, devolviéndole aquella mirada que parecía más un pulso que una simple mirada, pero sin saber que decir.
"¿El viejo Lucios ha muerto?" Preguntó entonces el señor Weasley. Pero Arthur no sonaba cruel o rabioso como su hijo, sino que simplemente aquella noticia le había sorprendido amargamente. Nada había salido en el periódico sobre la muerte del viejo Lucios Malfoy, cosa que antes de la guerra habría ocupado la primera plana. El mundo parecía querer olvidar los acontecimientos horribles de la historia fingiendo olvidar a aquellos que participaron en ellos.
El gris plateado que llenaba los ojos de Socprius se ensombreció con aquel nubarrón de tristeza que le cambiaba el semblante al recordar la muerte de su abuelo. Era muy consciente de todas las cosas en las que había creído erróneamente Lucios Malfoy, consciente de todas las cosas horribles que había hecho a lo largo de su vida. Pero en los últimos años no había en él más que el espectro de un hombre cansado de la vida, agotado por los años de Azkaban y el fantasma de su pasado, y solo parecía revivir ligeramente cuando jugaba con su nieto o le contaba historias muy antiguas de la noble familia Malfoy. No podía odiar a su abuelo, de la misma forma que nunca podría odiar a su padre, independientemente de lo que hubiese hecho en el pasado. Simplemente no podía. "Sí, señor." Le contestó Scprpius al señor Weasley "Murió hace cuatro años. Mi padre no quería que mi abuela estuviera sola así que nos mudamos a vivir en la mansión. Él no había vivido en aquella casa desde que era joven, desde que tenía más o menos mi edad." Scorpius sabía que los adultos sentados a la mesa entenderían perfectamente que había querido decir con aquello. Entenderían que su padre, Draco, no había vuelto a la mansión Malfoy después de la batalla de Hogwarts. Y quizás, entenderían que las cosas no eran tan simples como ellos pensaban, que las personas no son blancas o negras, sino que a veces, se equivocan de color y pasan el resto de su vida nadando entre todas las tonalidades de grises posibles.
El silencio volvió a apoderarse del lugar, solo que esta vez, no era un humo tan denso como antes, sino más bien, una neblina que les había dejado fríos y ligeramente húmedos. "Bueno, es tarde, será mejor que los chicos se vayan a dormir ya" Dijo finalmente la abuela Weasley. Los chicos empezaron a levantarse e ir subiendo las escaleras para llegar a sus habitaciones, mientras muchos de los comensales suspiraban aliviados por aquella forma de relajar la tensión del momento. Scorpius siguió clavado en su silla, por dentro, toda su alma temblaba de rabia y miedo; hasta que Albus se aproximó a él y le puso la mano en el hombro haciéndole reaccionar. Rose, sin embargo, había aprovechado aquella interrupción para casi correr escaleras arriba. Necesitaba huir a su habitación, necesitaba meterse en la cama para fingir, escondida entre las mantas, que no tenía que digerir todo lo que acababa de oír. Nadie en aquella casa se imaginaba la manera en la que el alma de la chica se estaba rompiendo en mil pedazos. Pero esta vez, sí se quebraba de aquella forma, no era simplemente de odio, como la de su padre, sino porque ya no conseguía entender nada. Ya no conseguía frenar la batalla que se disputaba dentro de ella, entre las voces firmes, seguras y tajantes que le instaban a despreciar a aquel apellido manchado de sangre, y el tenue susurro que seguía recordándole lo bien que se sentían aquellos ojos grises a los que debía detestar.
Aun quedaban un par de días más antes de coger el expreso de Hogwarts de vuelta al colegio, pero Scorpius ya no los sentía igual. Ya no notaba aquel calor acogedor, familiar, que antes llenaba la Madriguera. Ya ni si quiera notaba el olor y el sabor delicioso de las comidas de la señora Weasley. Se había creado una barrera invisible entre él y aquel lugar, una barrera que no había estado ahí, pero que ahora le separaba irremediablemente de todo lo que estaba a su alrededor. Una barrera que ni la más bondadosa de las sonrisas podría destruir. El chico intentaba a duras penas dejar pasar el tiempo, casi sin mirar a Albus, y menos a cualquier otro miembro de su familia. Se mantenía con la cabeza gacha, fija en las baldosas del suelo, esperando que el reloj corriese lo más rápido posible. Scorpius quería irse, quería marcharse enseguida de allí, salir corriendo despavorido sin volver la mirada hacia atrás. Pero no lo hizo. No lo hizo porque se lo debía a Albus, a su madre y a sus abuelos, a los únicos de aquel lugar que se habían esforzado por mantener a los prejuicios fuera. Y sobre todo, porque se lo debía a su padre, se lo debía a esa voz que le repetía una y otra vez: 'No dejes que te culpen por los errores que yo cometí'
Siento la tardanza en publicar,
me quedan solo unos meses para entregar mi proyecto de final de carrera de arquitectura
así que tengo menos tiempo para escribir.
Espero que os haya gustado y que me dejéis un review.
Un saludo a todos los que estáis siguiendo la historia.
