Hola una vez más, aquí una ya muy cansada Erazal (no por la historia, tranquilos, sino por lo tardío de la hora y porque esta mañana he madrugado). Una vez más, siento la tardanza. Espero que el capítulo compense la espera.

CAPÍTULO 5: Atrapado en el pasado.

- ¿Qué te ocurre cariño?- preguntó Lady Izayoi con evidente preocupación, mientras se arrodillaba frente al tembloroso niño. El pequeño no dio muestras de haberla escuchado, demasiado ocupado en secar las lágrimas que manaban sin control de sus ojos dorados. La mujer sonrió tiernamente y buscó entre los pliegues de su kimono hasta dar con un pequeño pañuelo blanco de seda.- Me asusté mucho cuando no te vi esta mañana en tu cama, ¿sabes? Y tampoco estabas en la casa...- apartó cuidadosamente las manos del niño de su rostro y éste se estremeció ante el contacto. Con mucha delicadeza secó las mejillas de Inuyasha, y después volvió a guardar el pañuelo.- Nunca se me hubiera pasado por la cabeza que te hubieses internado en el bosque tú solo, pero decidí buscar aquí de todas formas. Menos mal que hice caso de ese presentimiento.

Inuyasha se frotó los ojos con ambas manos. Era real. Ella era real.

La vio levantarse con lentitud y luego sacudir ligeramente sus vestimentas para deshacerse de los restos de hierba y de las ramitas secas que se habían adherido a la tela. Sus ojos brillaban con alegría y su expresión denotaba alivio.

- Vamos, dame la mano. Tenemos que volver a casa, ya es casi la hora de almorzar- sonrió la mujer, tendiéndole una mano al niño.

Inuyasha se quedó mirándola sin hablar y sin moverse. No sabía si confiar en ella o no. ¿Y si se trataba solo de una ilusión, un espejismo creado por su imaginación? O peor aún: ¿y si se trataba de una trampa de Naraku? Ya había caído en una trampa parecida una vez, y no estaba dispuesto a tropezar con la misma piedra dos veces.

- ¿Cómo sé que tu de verdad eres mi madre?- preguntó por fin, desconfiado y receloso, retrocediendo unos centímetros.

Izayoi lo miró sorprendida.

- Hijo, ¿qué te pasa?- ahora parecía realmente preocupada. Se agachó junto al medio demonio.- ¿Te has encontrado con algún demonio? ¿Te han atacado?

Él negó con la cabeza. Se puso en pié sin previo aviso, alerta, pero una vez más se sintió extraño al verse tan pequeño. En ese estado comenzaba a sentirse realmente indefenso. ¡Ni siquiera superaba en altura a Izayoi cuando esta se hallaba sentada!

- ¡¿Dónde están Kagome y los demás?!- más que una pregunta parecía una exigencia. Si él se encontraba en ese cuerpo cabía la posibilidad de que los demás se encontrasen en una situación similar, y si ese era el caso, tenía que hacer todo lo posible por encontrarlos enseguida.

La mujer lo miró aún más confundida, si se podía, y llevó una de sus manos a la frente del niño, sin que éste tuviera tiempo de apartarse.

- No parece que estés enfermo...-murmuró más para sí que para el medio demonio. Volvió a posar su mirada en la del pequeño.- ¿Seguro que no te ha pasado nada?

Inuyasha comenzaba a enfurecerse. Si era una trampa, sin duda era una de muy mal gusto. Apartó la mano de la mujer sin mucha delicadeza, harto de que se burlaran de él.

- ¡Dime dónde diablos están Kagome y los demás!- exclamó, aunque su voz no tenía el tono ronco e intimidador que solía tener cuando él quería. Su voz había sonado ridículamente infantil y aflautada.

Izayoi inspiró y suspiró una, dos, tres veces. Tenía que intentar calmarse y calmar al niño.

- ¿Quiénes son Kagome y los demás?- inquirió, sin demostrar enfado o burla en su voz. Simplemente curiosidad y tal vez preocupación.- ¿Son amigos tuyos?- al pronunciar estas palabras se le iluminó el rostro.

Inuyasha cerró sus pequeños puños con fuerza, pero en lugar de parecer intimidador con este gesto sólo conseguía que la mujer tuviera ganas de reír y de abrazarlo.

- Lo sabes perfectamente, demonio- acusó- Dime qué les has hecho o probarás mi Viento Cortante- amenazó llevándose una mano a la cintura, en busca de la empuñadura de su preciada espada. Abrió los ojos desmesuradamente al no encontrar nada atado a su cintura. Contrariamente a lo que debía hacer cuando se encontraba frente a un enemigo, apartó la mirada de la mujer para ver que, efectivamente, la espada no se encontraba donde se suponía que debía estar.

De pronto unas manos lo sujetaron con firmeza por los hombros, sin hacerle daño. Pegó un bote y miró con ojos desorbitados a la mujer que tenía enfrente. No supo descifrar la expresión de Izayoi.

- Inuyasha...- murmuró apenas, con una mezcla de tristeza y de miedo en su voz.- ¿Cómo es que conoces el ataque de la espada de tu padre?

- ¿De Tessaiga?- se le escapó al pequeño. Se había quedado completamente sorprendido y no sabía qué hacer o qué pensar.

La mujer se llevó una mano temblorosa a la boca y un sollozo escapó de sus labios. Se dejó caer inesperadamente sobre la hierba, pálida como un fantasma y con los ojos abiertos de par en par, con la mirada perdida.

Inuyasha vaciló. ¿Qué debía hacer? ¿Se trataba realmente de un demonio? Lo cierto es que no parecía uno, pero se recordó que los demonios disfrazados como humanos tampoco lo parecían. ¿Podría ser que se tratara realmente de su madre? Su corazón, en el interior de su pecho, comenzó una alocada carrera. Físicamente eran idénticas, su aroma era el mismo, y su carácter también. Su voz dulce y aterciopelada era inconfundible, y no parecía estar fingiendo.

Avanzó un paso, dubitativo, e intentó buscar la mirada de la mujer.

La respiración de ella se tornó acelerada, y daba la sensación de que iba a perder el sentido en cualquier momento. Finalmente, Izayoi fue capaz de sostener la mirada de su hijo, aunque las palabras no salieron con tanta facilidad de su boca.

- ¿Cómo... sabes de la... existencia de esa... espada?

Inuyasha ladeó el rostro. Si era un demonio al servicio de Naraku debía saber que él poseía la espada que un día perteneció a su padre. Era un tremendo factor a tomar en cuenta en una batalla.

- Es mi espada- respondió con sencillez.- Mi padre me la legó.

Izayoi negó lentamente con la cabeza, sin dar crédito a lo que oía.

- Es cierto... que tu padre te ha dejado esa espada como legado... Pero... eso solo lo sabemos Totosai, Mioga y yo...- lo miró con ojos cristalinos- ¿Quién te lo ha dicho, pequeño?

Inuyasha tragó con dificultad. Definitivamente esto no podía tratarse de una trampa maquinada por Naraku... ¡Él no sabía tanto acerca de su pasado y, por lo tanto, no podían saberlo los demonios que estaban bajo sus órdenes! Y si no era un demonio enviado por Naraku... ¿Eso quería decir que había una remota posibilidad de que la mujer que tenía delante de sus ojos fuese realmente su madre?

- Es una historia muy larga- sentenció, dejando escapar un suspiro y dando el tema por zanjado. Como Izayoi le lanzó una mirada suplicante no pudo evitar ceder y decidir contarle todo acerca del futuro y de cómo se había enterado de la existencia de Tessaiga. Chasqueó la lengua. No iba a ser algo fácil de explicar.- Mejor te lo explico todo en casa. No es seguro quedarse en medio del bosque.

Izayoi asintió y se levantó con algo de dificultad. Estuvo a punto de caer de nuevo pero fue capaz de mantenerse en pié, apoyándose en el tronco de un árbol cercano con manos temblorosas. Desde su altura, posó en su hijo una mirada de asombro. ¿Desde cuando se comportaba con tanta propiedad y madurez?

Inuyasha, aún algo receloso, le tendió una mano a su madre. ¿Estaba haciendo bien el confiar en ella? No habían pruebas de que fuese un demonio pero... ¿Y si volvían a engañarlo con un truco fácil, como lo hizo una vez Sesshomaru? Envió aquellos pensamientos al fondo de su mente. Si la vida le daba la oportunidad de volver a tener a su madre junto a él una vez más estaba claro que no iba a desaprovecharla.

Izayoi cogió la mano que el niño le tendía, interiormente feliz porque era la primera vez en ese día que el pequeño aceptaba su cercanía. Tenía curiosidad por saber qué era exactamente lo que le había ocurrido para sufrir un cambio tan radical de personalidad, y sobre todo la inquietaba cómo había llegado a saber de la espada que Inu no Taisho le legaba.

Caminaron todo el trecho que separaba el lugar en el que se habían encontrado hasta la pequeña choza de madera en el más absoluto silencio. Inuyasha tuvo que lidiar todo ese tiempo con toda clase de sentimientos contradictorios. Había decidido que no podía tratarse de un demonio ni de una alucinación creada por su mente. La mujer era demasiado real, y no podía encontrar en su forma de ser nada que no le inspirara confianza. Más de una vez se reprochó mentalmente por creer que en realidad sí era su madre, sabiendo perfectamente que ella murió muchos años atrás. Pero, por otra parte, él volvía a presentar el aspecto de un niño de seis años y volvía a encontrarse en las tierras donde había pasado la mayor parte de su infancia. ¿Qué era lo que había ocurrido exactamente? Las posibilidades eran infinitas, y el pobre muchacho seguía confundido no sólo por los recientes acontecimientos, sino por haberse encontrado con una persona a la que había dado por perdida hacía ya mucho tiempo.

Cuando sus ojos dorados se posaron sobre la estructura de madera no pudo evitar que su corazón diese un vuelco. Volvía a tener frente a él lo que un día consideró su hogar, y también el lugar que tantos malos recuerdos le traía. La choza estaba tal y como la recordaba: la esterilla de la puerta permanecía en su sitio, intacta; la madera presentaba un aspecto un tanto deplorable, carcomida por la humedad y el paso del tiempo, pero resistente, a pesar de todo; sus escasos juguetes esparcidos por el suelo, cerca de la entrada, y no muy lejos podía ver una manta en la que su madre solía sentarse mientras lo observaba jugar. Se trataba de una cabaña que constaba únicamente de una habitación, y aunque por fuera su aspecto fuera algo desolador, su interior era bastante acogedor.

Soltó la mano de su madre y se acercó a la pequeña vivienda con pasos vacilantes. Su corazón latía dolorosamente, pero se veía incapaz de huir de aquel lugar. Llegó a la entrada y posó una de sus manos en el marco de la puerta, y los recuerdos de lo sucedido aquella fatídica noche volvieron a su mente, demasiado intensos y nítidos. Agachó levemente la cabeza y cerró los ojos con fuerza. Los recuerdos que le traían ese lugar eran demasiado dolorosos.

- ¿Qué ocurre?- la voz de su madre le pareció muy distante, casi irreal. Se giró con lentitud, sobrecogido por la cantidad de emociones que lo estaban asaltando.

- No te preocupes, solo estoy un poco confundido- mintió. No podía decirle que esa choza, su casa, le traía muchos recuerdos, porque según su madre él había estado allí esa misma mañana. Claro está, ella tampoco sabía que él no era realmente el pequeño Inuyasha, sino el de dieciséis años. ¿Cómo explicarle algo que ni él mismo entendía? Apretó con fuerza la mandíbula. Tenía que descubrir qué había pasado y localizar pronto a sus amigos. Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Y si les había pasado algo?

Inuyasha tragó con dificultad. Lo más seguro era que no les hubiese sucedido nada. Eran sus amigos, los conocía, y sabía que eran capaces de cuidar de sí mismos.

Sin una palabra más, se internó en la pequeña vivienda, conteniendo el aliento al traspasar el umbral. Nunca pensó que volver a ese lugar le resultaría tan difícil. Los recuerdos poblaban su mente, y admitía que le hubiese gustado recuperar los momentos felices que vivió entre esas cuatro paredes.

Su madre entró tras él, tranquila y resuelta. El pequeño medio demonio se había dado cuenta de que la mujer lo miraba de vez en cuando por el rabillo del ojo, con una mezcla de curiosidad y extrañeza. Seguramente estaba muy intrigada por saber todo lo referente a la espada de su padre, fue su conclusión.

Izayoi se dirigió al centro de la habitación, donde habían apiñados unos troncos de madera, y suspendido encima de ellos, un pequeño caldero. El pequeño recordó con nostalgia que era allí donde su madre cocinaba, y era precisamente a eso a lo que se disponía a hacer la mujer en ese instante.

Inuyasha se puso de puntillas para poder ver mejor lo que hacía.

El interior del caldero estaba repleto de agua, lo que quería decir que la mujer había ido aquella mañana al río. Su mirada se entristeció. Habían días en los que no tenían nada que comer, debido a la escasez de dinero. A Izayoi le resultaba realmente difícil encontrar trabajo y mantenerlo más de unos días. Y ahora sabía la razón: se había enamorado de un demonio y había dado a luz a un ser que no era completamente humano.

Inuyasha reprimió el gruñido que amenazó con salir de su garganta.

Todas las personas a las que quería sufrían de algún modo por su causa, por su mera existencia. ¿Es que acaso no tenía derecho a vivir una vida normal? ¿No tenía derecho a tener a las personas que quería a su lado? Él no había elegido ser como era, y por lo tanto no tenía ni mérito ni culpa de ser un medio demonio. ¿Tan difícil era de entender? Y de todas formas, que él supiera, ser un medio demonio no significaba ser inferior, ni tampoco ser insensible.

Frunció el ceño, decidiendo que no valía la pena pensar en ese tipo de cosas tan estúpidas. Apenas unas horas atrás Kagome le había dejado claro que no importaba si era un demonio, un humano o un medio demonio. Lo querían tal y como era, y aunque el número de personas que pensaban de esa manera era visiblemente pequeño, le hacía infinitamente feliz tenerlas a su lado. Qué más deba que fuese una sola persona, mientras esa persona lo quisiese por ser él mismo, mientras esa persona le abriese su corazón y le entendiera.

Izayoi echó algo de arroz en el agua, que ya estaba hirviendo, y comenzó a remover el contenido del pequeño caldero con una cuchara de madera. La mujer soltó un suspiro y se volvió hacia el niño, que observaba todos y cada uno de sus movimientos. Sonrió dulcemente.

- El arroz estará listo en unos minutos. ¿Tienes hambre?- preguntó amablemente.

Inuyasha asintió. La verdad es que comenzaba a ser consciente de que no había comido nada desde hacía un día, y su estómago se lo reprochaba. Se llevó una mano al vientre en un acto reflejo a sus pensamientos, haciendo reír a su madre.

Izayoi cogió dos tazones de un montón que reposaban en un rincón, y con un paño quitó la suciedad que los cubría. Miró con ojo crítico la vajilla, en busca de alguna mancha que hubiera olvidado, pero resignándose al mismo tiempo al saber que de todas formas no podría obtener un resultado mucho mejor. Le tendió uno a Inuyasha, y luego cogió también los palillos. Tras limpiarlos le ofreció los mejores al niño, y volvió junto al caldero, comprobando que el arroz ya estaba cocido. Llenó los dos tazones con abundante arroz y se sentó junto al pequeño.

- Que aproveche- dijo antes de llevarse un poco de arroz a la boca. Inuyasha la imitó y, mientras comía, se dedicó a observar a su madre. No podía apartar su mirada de ella. Tenía la sensación de que si la perdía de vista se desvanecería, y no quería que eso sucediese. No quería perderla cuando acababa de recuperarla.

Comieron en silencio, pero de todas formas no tardaron mucho en vaciar sus respectivos tazones. La comida escaseaba en esa casa tanto como el pequeño recordaba.

La mujer lo observó fijamente, e Inuyasha adivinó que el momento de las preguntas había llegado.

- ¿Qué pasó esta mañana?- inquirió, sin apartar sus ojos marrones de los dorados de su hijo.

Inuyasha suspiró. Está bien, acababa de formular una de las preguntas más difíciles y de las cuales no tenía la respuesta. Bueno, sí, tenía una respuesta, pero ella no la entendería. Inuyasha esbozó una media sonrisa. ¡Pero si ni siquiera él mismo lo entendía!

- Verás...- comenzó, sin saber lo que iba a decir. ¿Cómo empezar? ¿Cómo decirle que venía del futuro, y que ni él mismo sabía por qué se encontraba allí?- En realidad yo... yo no soy el Inuyasha de seis años... Quiero decir... Tengo dieciséis años.

Izayoi lo miró con perplejidad, sin entender.

Inuyasha se mordió el labio inferior, tratando de encontrar las palabras adecuadas.

- Me he despertado esta mañana en este cuerpo, y tan sólo unas horas antes estaba con mis amigos- le explicó- Mientras dormía sentí algo extraño, lo malo es que no recuerdo que fue lo que sucedió exactamente, y cuando desperté ya estaba así.

Izayoi se quedó estática durante unos segundos. Lentamente giró la cabeza de un lado a otro, sin saber qué decir. Miró a su hijo sin saber si creerle o no, realmente extrañada ante esa historia.

- Entonces tú... ¿tienes dieciséis años?- preguntó con incredulidad. Luego sonrió dulcemente, como si de repente lo hubiera comprendido.- Oh, ya sé, me estás gastando una broma- dijo, muy convencida de sus palabras.

Inuyasha negó. Esto iba a resultar más difícil de lo que creía...

- No, no es una broma, mamá- replicó.

Izayoi dejó de sonreír.

- Hijo, ¿de verdad que no estás enfermo?- preguntó con preocupación.

Inuyasha se llevó una mano a la cara, enfadado consigo mismo por no saber explicarse mejor.

- Mamá... Yo no soy el Inuyasha de seis años. Vengo del futuro, o al menos mi alma. Sé de la existencia de Colmillo de Acero porque mi padre me la legó y ahora me pertenece, y mi hermano Sesshomaru ha intentado quitármela en incontables ocasiones.- Soltó un largo suspiro, fijándose en las reacciones de su madre a medida que hablaba.- En el futuro viajo con mis amigos para recuperar los fragmentos de la esfera de los Cuatro Espíritus, que se rompió por accidente. Tenemos que evitar a toda costa que esos fragmentos caigan en manos de demonios. Naraku, un medio demonio, ambiciona la esfera, y nos lleva bastante ventaja en la búsqueda de los fragmentos.- Gruñó al recordar a su enemigo.- Quiere el poder de la esfera para lograr sus propios fines, y en su empeño por conseguirla ha matado a mucha gente.

El pequeño dejó de hablar, dejando que su madre asimilara la información.

La mujer se había quedado muda de asombro. Parpadeó un par de veces y se llevó una mano al corazón.

- Está bien- murmuró, casi en un susurro, pálida.- Ahora sí te creo.- declaró, mirándolo como si lo viera por primera vez.

El niño no podría haberse inventado una historia semejante por mucha imaginación que tuviera, pensó Izayoi. Y además estaba el echo de que conocía la existencia de la espada de su padre; y no sólo eso, sino que también conocía a Sesshomaru. Eran demasiadas casualidades para ser solo eso, casualidades.

- No sé por qué he vuelto a esta apariencia- continuó el medio demonio, más relajado porque su madre le creía.- Aunque no descarto la posibilidad de que se trate de otra de las muchas trampas de Naraku.

- ¿Y qué ha pasado con el alma del Inuyasha de seis años?- preguntó de pronto Izayoi, alarmada.

Inuyasha se paralizó. Era cierto. Si él estaba en el cuerpo del pequeño Inuyasha, ¿dónde estaba el alma del niño?

Enseguida se relajó. Si algo malo le hubiese sucedido al pequeño Inuyasha, él lo sabría. Al fin y al cabo eran la misma persona, ¿no? Si el alma del pequeño hubiese desaparecido para siempre él no podría estar allí en esos momentos.

- No lo sé- respondió con sinceridad.- Pero seguro que está bien, porque sino yo no estaría vivo.

Izayoi asintió, comprendiendo enseguida.

El silencio reinó en la habitación. Tenían tantas cosas de las que hablar y, sin embargo, no sabían qué preguntar. Izayoi tenía mucha curiosidad por saber cómo era el muchacho que tenía frente a sus ojos. Era cierto que se trataba de su hijo, pero no lo conocía. ¿Cómo le habrían afectado el paso de los años? ¿Habría tenido una vida feliz? ¿Cuáles eran sus sueños, sus pensamientos, sus ilusiones en la vida...?

El medio demonio, por su parte, tenía unas inmensas ganas de compartir de nuevo buenos momentos con su madre, de volver a hablar con ella, de preguntarle todo lo que no tuvo oportunidad de preguntarle en el pasado... Pero por otra parte, temía cambiar su presente desvelando algo que cambiara radicalmente el pasado.

- ¿Podrías hablarme sobre tus amigos?- inquirió la mujer, rompiendo el silencio tras unos minutos.

El asombro se pintó en la cara del niño. Se había esperado cualquier pregunta menos esa. Se pasó una mano por el cabello plateado.

- Claro- sonrió.

Pasaron las siguientes horas hablando sobre un cosa y otra. El tiempo pasó volando, y apenas se dieron cuenta de que la tarde caía sobre ellos. Inuyasha prácticamente no paró de hablar, animado, aparentando de verdad ahora seis años, haciendo incluso gestos exagerados con las manos de vez en cuando para expresarse mejor. Hasta ese momento no se había dado cuenta de cuanto había echado de menos contarle sus vivencias a su madre, de compartirlas con ella. Y se sentía muy feliz de poder hablarle de los amigos que tenía, ahora su única familia, olvidando por completo el incidente de la noche anterior. También le contó con orgullo todas sus hazañas, incluidas las vividas durante la búsqueda de los fragmentos de la esfera (aunque fue de esas de las que más habló). Su madre lo escuchaba con mucha atención, emocionándose con él. Sentía una gran calidez en el corazón al poder conocerlo más. Era muy distinto al pequeño Inuyasha, pero a la vez muy parecido. Seguía conservando su carácter, aunque, como era de esperarse, había cambiado un poco, y había madurado mucho. También se dio cuenta de que era mucho más valiente que el Inuyasha que ella conocía, más abierto, más sociable, y eso le hizo enorgullecerse. Conocer nuevamente a su hijo era sin duda una experiencia fantástica.

Sus risas fueron interrumpidas por unos pequeños golpes en la puerta, cuando ya se aproximaba el crepúsculo. Izayoi se puso en pie, intrigada por saber quién venía a esas horas, y fue a la entrada de la casa. Inuyasha no se movió de su sitio, pero fijó su mirada dorada en la puerta, poniendo todos sus sentidos en alerta.

Izayoi abrió y el pequeño pudo ver una silueta masculina recortada por los débiles rayos solares del atardecer.

Sus ojos se abrieron con sorpresa y una mezcla de miedo y odio.

De pié, en la entrada de su casa, se hallaba un hombre de mediana edad, ojos negros como el carbón, nariz aguileña, el rostro cubierto de cicatrices, y el pelo negro como el ala de un cuervo recogido en una cola.

Inuyasha no pudo reprimir el gruñido de advertencia que escapó de entre sus dientes, los cuales se hallaban fuertemente apretados.

La mujer se giró hacia él alarmada, pero no por temor al hombre que tenía en frente, sino por la reacción del niño.

Inuyasha hizo caso omiso a la pregunta silenciosa que le formulaba su madre a través de la mirada, demasiado concentrado en contenerse para no saltar encima de aquel hombre y descargar toda su furia y tristeza en él.

Había sufrido tantos años... Había tenido que abandonar de forma inesperada y brusca su niñez para poder sobrevivir en un mundo cruel que no lo aceptaba, y todo por culpa de aquel hombre... El hombre que aquella fatídica noche irrumpió en su casa acompañado por todos los hombres de la aldea con una única intención: acabar con su vida. El hombre que había cambiado el curso de su vida de la noche a la mañana después de haberle clavado una navaja a su madre en el estómago, acabando con su vida.

El niño le dirigió al hombre una mirada cargada del más profundo odio, y éste le devolvió una de confusión y desconfianza.

Izayoi los miraba a uno y a otro, sin entender qué sucedía.

- Inuyasha...- el tono de la mujer era de advertencia. Inuyasha se calmó un poco, pero no apartó su mirada del hombre en ningún momento, atento a cualquier movimiento sospechoso, preparado para lo que fuera.

El campesino torció el gesto, al parecer desagradado ante la visión del pequeño medio demonio. Después se volvió hacia la mujer, cambiando por completo la expresión de su rostro, mostrando ahora amabilidad.

- Siento molestarla a estas horas, Lady Izayoi- se disculpó, haciendo una leve inclinación de cabeza.

- No se preocupe, no es molestia- se apresuró en contestar, algo incómoda por la anterior actitud de su hijo. ¿Qué mosca le había picado?

El hombre sonrió, mostrando parte de su estropeada dentadura.

- Vengo para entregarle la paga de esta semana- sentenció, buscando entre los pliegues de su usado kimono, hasta dar con un pequeño saquito. Se lo tendió a la mujer.

- Oh, gracias, pero no tendría porque haberse molestado- sonrió, recibiendo el objeto.- De todas formas tengo que volver mañana a su casa, así que podría haberlo recogido entonces.

El hombre se encogió de hombros, restándole importancia.

- No ha sido ninguna molestia- le aseguró.- Pensé que quizás le hiciese falta, y por eso decidí traérselo yo mismo.

Antes de que la mujer pudiese decir una palabra más, el hombre se dio la vuelta e hizo un gesto de despedida con la mano, alejándose de la choza con paso tranquilo.

- Gracias...- murmuró Izayoi, aún algo sorprendida por la inesperada visita.

Cuando el hombre se perdió en la lejanía, la mujer cerró la puerta, soltando un suspiro.

Después se volvió hacia Inuyasha, el cual la miraba con el ceño fruncido y sentado con los brazos y las piernas cruzados.

- ¿Por qué te ha traído dinero?- exigió saber el niño.- ¿Y por qué vas a su casa?

Izayoi se sentó junto a él, intentando entender por qué ese hombre provocaba esa reacción en Inuyasha.

- Trabajo para él- le explicó la mujer con calma.

- ¡¿QUÉ?!- estalló Inuyasha, poniéndose de pie de pronto, como movido por un resorte.

Su madre se sobresaltó ante el grito y su movimiento tan brusco.

- ¿Hay algún problema?- inquirió, cruzándose ella también de brazos.

La respiración de Inuyasha se aceleró, y cerró los puños con fuerza, intentando contener el torrente de emociones que lo embargaban en aquel momento. Miró a su madre y respiró una, dos, tres veces. No, no podía perder el control de esa manera.

Se dejó caer otra vez al suelo, adoptando la misma postura que tenía unos momentos antes. Izayoi también pareció tranquilizarse un poco al verlo sentarse de nuevo.

Inuyasha evitó la mirada interrogante de su madre. Está bien... Tenía que pensar las cosas antes de actuar. No podía decirle a su madre lo que ese hombre había hecho, o más bien haría. Eso podría cambiar el curso de la historia, y las consecuencias podrían ser desastrosas.

Inuyasha mostró un brillo de determinación en sus ojos dorados, que brillaron como fuego, dándole un aspecto un tanto intimidador, aunque su madre no fue consciente de ese detalle.

Estaba decidido. No le diría nada a su madre, pero tampoco permitiría que lo que sucedió se repitiera. Observaría a ese hombre e impediría que se maquinara de nuevo el plan de asesinato. Tenía que hacer todo lo posible por salvar la vida de su madre esta vez, y si tenía que lograrlo sin ayuda, él solo, pues entonces lo haría, sin importar lo que costara.

No iba a permitir que ese hombre le pusiese un dedo encima a su madre. Era una promesa.

CONTINUARÁ...

Gracias a...

TanInu

PaauLaa

Izayoi-vicky

Laurags

Satorichiva

Dsl090