Ni la historia ni los persinajes son míos.
Gracias por vuestros maravillosos rewiews a: Natuchi23, Diyola, Lucyarg, beakis, alimago, katty, niki.
CAPÍTULO 7
A la mañana siguiente, la despertaron dos voces masculinas. Se oían gritos extraños y los ruidos producidos por el ganado. También percibió los nerviosos relinchos de los caballos y las vibraciones de sus patas al golpear sobre la dura superficie del corral. Impulsada por la curiosidad, Bella se levantó y, descalza, se acercó a la ventana. Vio a un grupo de gauchos que reían y gritaban mientras que con sus cabalgaduras empujaban a las reses para que en traran en el corral. Un hombre les hablaba, y por su atuendo, supuso que se trataba del capataz.
Se apoyó en la pared, junto a la ventana, y mentalmente repasó los acontecimientos de la noche anterior y su tremendo desenlace.
La cena había terminado pronto. Bella apenas probó el estofado y con esfuerzo logró ingerir algunos bocados de un pudín de limón que se sirvió como postre.
Cuando terminaron de cenar, se reunieron en la sala. Rosalie se sentó ante el magnífico piano y tocó, mientras su madre servía el café. La joven era una consumada pianista y Bella trató de relajarse en el mullido sillón de terciopelo que ocupaba, bebiendo su café y ob servando todo lo que le rodeaba con sincera admiración. Sobre la chi menea de mármol, había algunas atractivas miniaturas y en unas repisas, junto a las ventanas, se exhibía una exquisita colección de porcelanas. Bella hubiera querido acercarse para admirarlas, pero la timidez, y un sentimiento de inseguridad por su falsa posición, la mantuvieron sentada todo el tiempo. Edward permaneció junto a la chimenea y su actitud impasible, exacerbaba los recelos de Bella.
La conversación giró sobre varios temas, incluyendo las impresio nes que Bella se había formado desde su llegada a Brasil. Habló de manera impersonal sobre Río y sus problemas de transporte, pero cuando tuvo que referirse a sus propias experiencias, se negó a men cionar su enfermedad, insinuando que se sentía cansada, lo cual era cierto.
Esme aceptó sus disculpas de inmediato, pero Edward la siguió, proclamando con sus modales una intimidad que le producía vergüen za. Le permitió que la acompañara, pero cuando llegaron al dormitorio, se detuvo para hacerle frente.
Edward la hizo a un lado, y abriendo la puerta, la empujó hacia dentro sin ceremonia alguna. En silencio, Bella se sentó en la cama y Edward le dijo en tono cortante:
—Ten la bondad de ventilar tus asuntos personales a puertas ce rradas. Aquí no estás en Inglaterra. Esta no es la mansión de los Newton.
—Aunque no lo creas, ya lo había notado. Y ahora, hazme el favor de salir de aquí.
— ¿Estás loca? Este es mi dormitorio. ¿Adonde quieres que vaya a pasar la noche?
—No puedo creerlo.
— ¿No? —Edward abrió la puerta del vestidor—. Aquí está mi ropa. Ven a comprobarlo si lo deseas.
— ¿Cómo voy a...?
—Escucha, Isabella, mi madre te alojó en mi habitación por que es lo más natural. Estamos casados. Te lo vengo repitiendo desde que llegaste.
—Pero nunca hemos vivido juntos.
—Ella lo ignora.
— ¿Qué quieres decir? ¡No te entiendo! —exclamó, desesperada.
— ¿Acaso crees que no he salido de Brasil en cuatro años? He es tado en Inglaterra varias veces y hasta te vi en alguna ocasión... eso sí, a cierta distancia.
— ¿Qué dices? —replicó, sorprendida.
—Digo que mi madre cree únicamente que estamos distanciados, que te negaste a venir a vivir a Brasil.
— ¿Que yo me negué a venir a Brasil?
—Y que por eso vivimos separados.
El rostro de Bella se encendió. ¡Era demasiado! Primero, los rigores del viaje; luego, el desagradable encuentro con su marido y ahora, esto. Se sintió enferma y tuvo que apoyarse en uno de los gruesos postes de la cama.
—Tienes que decirle la verdad —exclamó, desesperada.
—No lo haré. Me doy cuenta de que estás muy fatigada, iba a examinarte, pero vamos a dejarlo para mañana. Necesitas un buen descanso.
—Yo... yo no me quedo aquí. ¡No puedes obligarme!
—No seas infantil. —Con brusquedad, Edward se dirigió hacia la puerta.
— ¿Adonde vas?
—Voy a dormir a otro sitio. No soy tan inhumano como para obligar a una mujer exhausta a que comparta su lecho conmigo.
—¿No?
—Puedo cambiar de opinión si así lo deseas —respondió Edward con una cínica sonrisa.
Bella no abrió la boca. Recordaba con inquietud las emociones que había despertado en ella unas horas antes, pero lo que más le preocupaba, era la versión que le había dado a su madre sobre la situación. Entonces Esme, Rosalie y Carlisle, la consideraban como una ambiciosa arribista social. Tal vez por eso Edward le había prohibido que viniera a Brasil, si bien ahora no quería dejarle partir a su tierra.
—Buenas noches, Isabella. —Edward se encaminó a la puerta. Los ojos de la joven se clavaron en la espalda masculina, observándola con admiración, pero de nuevo se turbó al encontrar la mirada irónica de su marido. La puerta se cerró y la joven se acercó para darle vuelta a la llave, pero con desaliento se percató de que no podía hacerlo, pues no tenía cerradura. Se desvistió invadida por un sentimiento de vulnerabilidad. Y al fin se durmió.
Ahora era de día, el sol se filtraba por las cortinas y calentaba las baldosas donde ella estaba, descalza. Tenía que bañarse, pero sería más cuidadosa para evitar cualquier contratiempo.
Después de bañarse, se vistió con pantalones morados y un gracioso chaleco. Consultó su reloj y se sorprendió al comprobar que apenas eran las seis y media. No recordaba haberse levantado tan temprano en su vida.
Se cepilló el cabello hasta que recuperó su brillo y se sintió muy satisfecha porque estaba completamente bien aquella mañana, dis puesta a hacerle frente a cualquier cosa. ¿Cualquier cosa?, se pre guntó, ceñuda y, tras un momento de vacilación, decidió que, en efecto, podía enfrentarse a las consecuencias de sus acciones.
Se paseó inquieta por el dormitorio. Ignoraba las costumbres de la casa, pero en su propio hogar, el desayuno se servía en la habitación de los huéspedes.
Decidió investigar un poco y abrió la puerta del vestidor. Quería confirmar si la ropa de Edward efectivamente estaba guardada en los cajones. Se detuvo, atónita, al darse cuenta de que Edward dormía en el diván, cubierto por una fina sábana.
Bella se llevó las manos a la cara. Nunca había percibido aquel aspecto de la personalidad de su esposo. Durmiendo parecía más joven, más vulnerable. La sábana de seda apenas cubría sus piernas. La potente columna de su cuello estaba relajada por el sueño. Su pelo, que normalmente seguía la línea de su frente, ahora aparecía rizado, y esto le daba una nueva sensualidad, por completo involun taria. Se imaginó cómo sería dormir con un hombre, no con aquel hombre, sino con cualquiera, por ejemplo con Jake. Hasta ahora co nocía mejor el cuerpo de Jake que el de su propio marido. Con fre cuencia salían juntos a nadar y, a pesar de los mínimos bañadores que Jake usaba, ella nunca había puesto en juego su imaginación. Pero con Edward era distinto. Con él siempre había sentido una extraña conciencia de su sexualidad. Rápidamente, salió cuidando de no hacer ruido y se apoyó en la puerta, intrigada. ¿Cómo había llegado Edward hasta el vestidor? ¿Existiría otra puerta? ¿Habría entrado mientras ella dormía?
Volvió a iniciar su paseo y se animó a salir al corredor.
Afuera hacía fresco, pero ella se sentía demasiado inquieta para volver a la habitación y decidió llegar hasta la galería. Una sirvienta estaba limpiando. La miró sorprendida cuando Bella se acercó y, poniéndose de pie, la saludó con una reverencia.
—Bon día, senhora, posso ajudala?
Bella la miró sin comprender y le dijo:
—En... fala inglés?
—Un poco, senhora —respondió la muchacha en voz baja.
— ¿Cuál es tu nombre?
—Chiquita, senhora. ¿Quiere usted un pequeño almoco?
—Pequeño almoco? —repitió Bella con curiosidad—. ¿Qué es eso?
—Almoco, senhora —le explicó la sirvienta, moviendo las manos y la boca y Bella se dio cuenta de lo que quería decirle.
—Desayuno —dijo Bella y Chiquita asintió, sonriendo.
—Sim, senhora, desayuno.
Bella suspiró. Estaba resultando mucho más difícil de lo que había pensado. Escogió las palabras con cuidado y le preguntó:
— ¿Dónde desayuna la señora Cullen?
— ¿Usted, senhora? —Bella la miró con impaciencia. —No, yo no, la senhora Cullen.
—Usted es la senhora Cullen.
—Quiero decir Esme —explicó Bella.
—Senhora Esme no come, toma café.
— ¿Café? Yo quiero café.
—Inmediatamente, senhora.
—Gracias.
Chiquita se fue rápidamente por la escalera y Bella quedó ex hausta, como si hubiera caminado kilómetros sin descansar. Era evidente que el conocimiento del idioma iba a ser esencial, pero se con soló pensando que no iba a pasar allí mucho tiempo.
Bella también bajó la escalera y se detuvo en el salón para admirar la espléndida vista de las montañas. El aire era fresco y la joven pensó que debía haberse puesto un suéter.
Al volverse se encontró con Carlisle, que en aquel momento entraba en el salón.
— ¡Madre mía! ¡Qué temprano te levantas, Bella! ¿O acaso no has dormido bien?
—He dormido perfectamente, gracias y me siento de maravilla esta mañana. Lo que pasa es que he oído voces afuera y... no podía resistir la tentación de averiguar lo que sucedía.
— ¡Los gauchos! —Exclamó Carlisle—. Me olvidaba que la habi tación de Edward queda precisamente encima del corral. Lo siento por ti, porque él, como es natural, ya está acostumbrado.
Bella hizo un esfuerzo para ocultar su desconcierto al darse cuenta de que su suegro suponía que ella y su marido dormían en la misma cama.
—Pues... Edward todavía está dormido...
— ¿Ah, sí? Debe estar muy cansado. Se levanta temprano.
Bella estaba avergonzada y, para ocultar sus sentimientos, se volvió y miró hacia las montañas. Cuando Carlisle le indicaba el nombre de los picos más elevados, apareció Chiquita con el café.
En la bandeja había dos tazas, una humeante jarra, azúcar y crema. Tal vez Chiquita pensaba que Bella y su esposo tomarían juntos el café, pero la joven no tenía intenciones de volver a entrar en el dormitorio hasta que Edward estuviera vestido.
— ¿Puedo ofrecerle una taza de café? —preguntó Bella a Carlisle.
El caballero vaciló un momento, pero al fin aceptó.
Se sentaron cerca de la ventana y ella se hizo cargo de la cafetera. Le parecía muy raro que le estuviera sirviendo a Carlisle en su propia casa, tan sólo al día siguiente de su llegada, pero como Cullen se comportaba con tanta naturalidad, sus escrúpulos se desvanecieron.
—Su casa es muy hermosa —le comentó con admiración.
—Tú sabes, Bella, que el padre de Edward, Anthony Masen, era el dueño de esta casa.
—En alguna ocasión tía, la prima de Anthony, me comentó que el padre de Edward tenía propiedades en Brasil y que cuando él falleció, su esposa se volvió a casar —respondió con timidez.
—Así es, pero cuando Anthony faltó, Edward era un niño y Esme no podía administrar las fincas. Entonces fue cuando yo aparecí en escena. Mis tierras colindaban con las de Masen, y compré éstas, con la condición de que, cuando Edward creciera, podía recuperar la heredad si así lo deseaba.
—Ya entiendo.
—Como tú sabes, a Edward le interesa más la gente que el ganado y por eso, cuando Esme y yo nos casamos, en lugar de llevarnos a los niños a «Valmonte», que es mi casa, vine a vivir aquí. Pero esta casa y la tierra que la rodea, pertenecen a tu marido.
Bella se asombró al darse cuenta de que lo que acababa de escuchar le afectaba, aunque aquellas circunstancias no tenían rela ción alguna con ella. Se sintió orgullosa al saber que, como esposa de Edward, tenía tantos derechos como Carlisle. Pero no por mucho tiempo, se dijo al pensar en Jake. Había transcurrido más de una semana y ni siquiera le había enviado noticias, pero, ¿qué podía decirle? En cuanto hubiera aclarado su situación, le escribiría.
—Ahora cuéntame algo de ti —le dijo Carlisle—. Edward no ha que rido decirnos muchas cosas, pero sabemos que está encantado de que hayas venido a reunirte con él.
Debía aprovechar aquella oportunidad, pero no pudo y murmuró:
—Es usted muy amable.
—Esme deseaba ver a su hijo casado y feliz. Edward tiene tres hermanas. Dos de ellas están casadas, como tú sabes. Esme y yo queríamos tener hijos, pero no pudo ser y ahora nuestra única es peranza son los nietos. Ni Alice ni Angela han tenido familia y estoy seguro de que Esme se sentiría feliz si su primogénito pudiera darle un nieto.
La situación empeoraba por momentos. Se daba cuenta de que no tan sólo la consideraban esposa de Edward en todos los sentidos, sino que también esperaban que pronto pudiera tener un hijo. ¿Cómo iba a atreverse a decirles que estaba allí con la intención de anular su ma trimonio para casarse con otro hombre? No debía haber venido, pero, ¿qué podía hacer si Edward nunca le había escrito? Ni siquiera se había dignado contestarle cuando le comunicó la muerte de su madre.
—Esa tía que has mencionado —agregó Carlisle sin quitarle los ojos de encima— es parienta lejana del padre de Edward. Me parece que tú y él también estáis emparentados.
— ¡No! —Exclamó Bella, colocando su taza sobre la mesa— Claro, ahora estamos casados, pero tía es mi parienta tan sólo porque es la tía de Edward.
— ¡Ah! —replicó Carlisle, pensativo—. ¿Conocías a Edward desde mucho antes de casaros?
—Pues... nos conocemos desde hace muchos años. La primera vez que le vi, yo tenía diez años.
— ¿Diez años? —Exclamó Carlisle, golpeándose una rodilla y riéndose a carcajadas—. Ahora entiendo, pasión de adolescentes.
—No, no precisamente —repuso Bella lentamente, dándose cuenta de los aspectos tan cómicos que ofrecía la situación.
—Bueno —dijo Carlisle, levantándose—. Desgraciadamente, tengo que ir a trabajar. ¿Sabes montar?
—Sí, por supuesto.
— ¡Qué bien! Debes pedirle a Edward que te lleve al campo. Esta tierra puede conocerse mejor a caballo.
—Gracias.
Carlisle se fue y Bella terminó de tomar su café. Con cierta in decisión, subió la escalinata en dirección a la galería, pero se detuvo un momento para mirar por la ventana y pudo advertir que una joven se acercaba a la puerta de la casa. Era de estatura regular y esbelta, de pelo negro y rizado, que formaba una aureola alrededor de su ca beza. Vestía blusa de seda y pantalones de montar y en la mano llevaba una fusta. Sus modales acusaban una excelente educación y un gran aplomo.
Bella se preguntó por qué razón se desenvolvía con tanta confianza. De pronto apareció un hombre vestido también con traje de montar. La joven se volvió y el individuo la tomó de la mano, la miró un momento y después le besó los dedos con un cálido gesto.
¡Era Edward! Bella se volvió, angustiada por lo que acababa de observar. Había dejado a su esposo dormido. ¿Cómo era posible que estuviera allí, junto a la desconocida? Debía estar equivocada. A lo mejor tenía un hermano gemelo. Las piernas le temblaban. Con un esfuerzo, logró llegar hasta la habitación. Aquél era el mismo hombre que la noche anterior le aseguraba que no estaba dispuesto a anular el matrimonio, el que según la tía Newton estaba más interesado por las cosas espirituales que por las materiales. Tía se había equivo cado.
Con rabia, recordó la forma en que la había besado, con el cariño que había respondido al contacto del cuerpo femenino.
Como una flecha, Bella se dirigió al vestidor y, tal como espe raba, lo encontró vacío. ¡Edward se había marchado!
Regresó a la alcoba con un agudo sentimiento de frustración, como pocas veces había experimentado anteriormente. ¡Dios mío! Su propio esposo la había ignorado por completo, y mientras ella lo creía dormido, estaba allí, muy galante con aquella ¡señora!
Se paseaba nerviosamente por la habitación, cuando percibió su imagen en uno de los espejos y se detuvo en seco. ¿Así se la veía? Tenía que hacer algo para cambiar su apariencia. Pero, ¿qué le es taba ocurriendo? Cualquiera diría que estaba celosa. ¡Celosa! ¡No! Únicamente furiosa por la forma tan despreciable en que él había tratado de engañarla.
Volvió a mirarse en el espejo y sus labios se fruncieron al com probar una vez más la sencillez de su arreglo. Hasta a aquella desco nocida con su traje de montar se la veía más mundana. Con un gesto de disgusto, se arrancó el sencillo chaleco de algodón que se había puesto y se acercó al vestidor para buscar algo más sofisticado. Sus dedos palparon un hermoso vestido de algodón satinado con mangas amplias y escote cuadrado, bordado con hilos multicolores. Se lo puso y se estaba quitando los pantalones vaqueros cuando se abrió la puerta y apareció Edward.
— ¿Nunca llamas antes de entrar? —le preguntó, ofendida, termi nando de ajustarse el vestido.
— ¿Cómo voy a adivinar que te estás cambiando de ropa? Hace unos momentos parecías perfectamente vestida cuando mirabas por la ventana.
—Yo no estaba mirando, pero dime, ¿cómo has sabido que estaba allí?
—No podían pasar desapercibidas las vibraciones tan antagónicas que me llegaban de las alturas.
—Te imaginas cosas. —Se cepillaba el cabello con tanta fuerza como si quisiera arrancárselo, pero la imagen de Edward reflejada en el espejo, hizo que se detuviera en seco.
El le quitó el cepillo de la mano y, antes que la joven pudiera moverse, le cepilló la bronceada cortina de pesado cabello.
—Podría apostar que tu imaginación está trabajando rápidamente en este momento —le dijo, sonriendo divertido, mientras su mano libre le acariciaba la nuca y el cuello, produciendo en Bella una fuerte descarga eléctrica.
—Gracias —murmuró—, pero puedo peinarme sin ayuda.
—Un hombre tiene que atender a su mujer.
Bella se volvió y le miró a los ojos.
—Edward, ¿cuánto tiempo piensas seguir prolongando esta farsa? ¿Cuándo vas a decir a tus padres que mi presencia aquí no se debe a una visita de cortesía?
— ¿Ah, no? —replicó él burlón.
—Sabes bien por qué estoy aquí.
.
—Sé por qué hiciste el viaje.
— ¡Deja ya de jugar con las palabras! Entiendes perfectamente lo que quiero decirte.
—Yo también te he dicho lo que opino al respecto —contestó Edward, en tono cortante—. No deseo escuchar que otro hombre ha usurpado mis derechos, porque estoy dispuesto a hacer una reclama ción formal.
— ¿Qué quieres decir?
—Vamos, deja ya de comportarte como una niña asustada. Eres una mujer, mi mujer.
Bella apretó los dientes para silenciar su airada respuesta. Así que tal vez Edward pensaba que Jake era su amante. Quizá aquella cir cunstancia le ayudase a solucionar sus problemas.
—Yo pensaba que te gustaría recuperar tu libertad, Edward.
— ¿Por qué? ¿Por lo que has visto por la ventana? Estás furiosa y me imagino que es eso lo que te ha puesto así.
— ¡No puedes estar más equivocado! No me interesa de qué forma ocupas tu tiempo.
—¿No?
—Claro que no.
—Lo tendré presente.
— ¿Por qué te empeñas en comportarte como un avestruz? Tengo la intención de divorciarme, bueno, de anular nuestro matrimonio, y tú no puedes hacer nada para detenerme.
— ¿No puedo?
Bella se llevó las manos a la cabeza en un gesto de exaspera ción.
— ¡Edward, por amor de Dios! Los dos somos adultos...
—Es verdad.
— ¿No puedes darte cuenta de que pretender que todo es normal entre nosotros no nos beneficia en nada?
— ¿Tú crees?
El rostro de Bella se puso rígido y con un movimiento de impotencia se volvió, incapaz de continuar resistiendo aquel cinismo. Sus ojos se llenaron de lágrimas de angustia. En aquel momento, las manos masculinas se posaron en sus brazos y sus miradas se encon traron en el espejo. Edward se inclinó para acariciarle el cuello y, al darse cuenta de lo que estaba haciendo, Bella reaccionó con vio lencia.
— ¡No me toques! —Se apartó, haciendo un gesto de profundo desprecio.
—Muy bien —respondió él con calma y se dirigió a la puerta.
— ¿Y ahora? —Preguntó desesperada—. ¿Qué se supone que debo hacer?
— ¿Ahora? —Repitió Edward, frunciendo el ceño—. ¿En este preciso momento o ahora que te has dado cuenta de que no estoy dispuesto a dejarte ir?
— ¡Edward, por favor! —suplicó Bella, agotada, porque su naturaleza rechazaba las discusiones, sobre todo tan infructuosas como aquélla.
Él la miró sorprendido y después le dijo tranquilamente:
—Si estuvieras dispuesta a ponerte de nuevo la ropa que te has quitado, te llevaría a dar un paseo a caballo. Podríamos llegar hasta el río.
—Este atuendo es de última moda en Europa —protestó, ofendi da, pero Edward no pareció impresionarse por su declaración.
—Me gustan más tus pantalones vaqueros. ¿Te animas?
Bella hubiera querido negarse, pero la idea de quedarse sola toda la mañana dentro de la casa, le hizo reflexionar.
—Dime, tú... ¿tu amiga va a venir con nosotros?
— ¿Alice? —Preguntó Edward con una sonrisa—. No lo creo. Me imagino que tiene muchas cosas que contarle a su madre.
— ¿Su madre? —repitió Bella, atónita—. Entonces ella es...
—Naturalmente, Isabella, es mi hermana. ¿No te has dado cuenta del parecido físico?
—Pero si yo he visto cómo la...
— ¿Te preguntas por qué la he besado? Precisamente para que te pusieras celosa y parece que lo he logrado.
— ¡No!
La sonrisa que apareció en los labios de su marido, le indicaba sin lugar a dudas que perdería el tiempo si se empeñaba en continuar con la discusión.
—Tranquilízate —le aconsejó con expresión adusta—. No hay duda de que ahora eres más sensata y tienes mayor experiencia, pero todavía no has aprendido a ocultar tus sentimientos.
—Mira, Edward, no me provoques, porque...
—Te espero abajo —la interrumpió él abriendo la puerta y agregó—: Por cierto, Isabella, la próxima vez que entres en mi ha bitación por la mañana temprano, procura hacer menos ruido, por favor.
Su sandalia golpeó la puerta que acababa de cerrarse y oyó cómo Edward silbaba al bajar la escalera.
Hola de nuevo! qué pillo es este Edward (aunque a mí me encanta así)
Aquí estoy con otro capi... no sé si podré actualizar todos los días pero por lo menos lo voy a intentar :)
Dejadme un rewiew sin os ha gustado un poquito el capi... y si veis algo k esté mal me avisais...
Tricia
