NA: Quería que este capítulo fuera especial, así que lo he leído unas veinte veces antes de publicarlo xD He escuchado "When we were young" de Adele. Se va a descubrir algún que otro aspecto que hizo que Draco cambiara su actitud de repente, aunque me reservo unos cuantos detalles para el último capítulo, así como la razón principal de Hermione para darle otra oportunidad. Espero de todo corazón que os guste... ¡Ya no queda nada! Gracias a todos por seguir leyendo.
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It made us restless, I'm so mad I'm getting old.
It makes me reckless...
It was just like a movie, it was just like a song... When we were young.
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Capítulo 7: Último baile.
Tardaron sólo un par de minutos en servirnos a Susan, Hermione y a mí. Para la madre, un risotto de setas, para la hija un filete de ternera con ensalada y para mí salmón ahumado.
Empezamos a comer en silencio, aunque yo, más que comer, mareaba el pescado en el plato... Después de todos los cereales que había comido y de la carrera que me había dado para llegar, tenía más fatiga que hambre. Me concentré en pinchar un trozo del pescado con el tenedor y llevármelo lentamente a la boca. Miré de reojo a Hermione mientras masticaba. Se inclinaba sobre la mesa, con los dedos de la mano izquierda tamborileando cerca del plato mientras removía las hojas de lechuga de su plato. Luego, miré disimuladamente el plato de su padre, que estaba ya por la mitad.
—¿Más vino? —le pregunté, tratando de ser educado.
—Oh, sí —respondió él, acercándome su copa mientras le servía—. Gracias muchacho.
—¿Susan?
Ella me miró un instante antes de negar con la cabeza.
—Bueno, Draco, has mencionado que tenías una madrastra… —noté cómo Hermione se ponía rígida en el asiento—. ¿Tus padres estaban separados?
Desvié la mirada un momento a las maravillosas vistas del puente de la Torre de Londres que había frente a mí antes de responder.
—Mi madre nos abandonó a los pocos días de dar a luz —comenté, tratando de mantener la compostura.
—Vaya —dijo ella, pinchando una seta y llevándosela a la boca con parsimonia—. Tuvo que ser duro aceptar algo así.
—Al principio sí, cuando era un niño —seguí diciendo, sin establecer contacto visual con la madre de Hermione—. Siempre supe que Narcisa no era mi madre biológica, pero fue una muy buena sustituta.
—Ajá —se limitó a decir. Hermione no hacía otra cosa que fijar su vista en nosotros, como si estuviera viendo cómo la pelota pasaba de un campo al otro en un partido de tenis. Su padre parecía demasiado ocupado comiendo como para darse cuenta del tenso matiz que estaba adquiriendo la conversación—. ¿Cómo se llamaba tu madre? —volvió a preguntar.
—Lily —dije secamente.
—¿Y sabes por qué…?
—Sí —la interrumpí, mirándola directamente a los ojos—. Se fue porque mi padre la engañaba con Narcisa, si es eso lo que quieres saber.
—Vaya —repitió, sirviéndose vino ella misma—. Bueno, cambiemos de tema… ¿Sabes que Patrick y yo dentro de poco cumplimos treinta años de casados? —preguntó ella, despreocupadamente.
Por supuesto que no, ¿cómo iba a saberlo?
—Eso es genial. Felicidades —dije, tratando de parecer mínimamente interesado en lo que me contaba.
—Yo siempre he tenido claro que era el hombre de mi vida —comentó—. Por cómo me trataba, por todos los pequeños detalles que hacían de cada día algo diferente… —echó una fugaz mirada a su hija antes de continuar—. Yo notaba que me quería. Desde el principio hasta el día de hoy… Y aquí estamos, felizmente casados —dijo, sonriéndole a su marido mientras éste tomaba su mano y se la llevaba a los labios, besándola levemente antes de volver a concentrarse en su plato—. Ya sabemos que tu padre no, pero ¿y tú? ¿Eres hombre de una sola mujer?
—Hablando de bodas —se apresuró a decir Hermione, llamando la atención de su madre—. ¿Sabes quién se casa? ¡Ginny! ¿No es increíble? Casi no conoce al chico con el que sale y de repente ya tiene un anillo de compromiso en el dedo… No, yo tampoco podía creérmelo cuando me lo dijo. Es una locura, ¿no crees? ¿Qué opinas al respecto, mamá?
Hermione había cogido carrerilla a mitad de la frase y había empezado a balbucear, por lo que casi no se le entendía nada, pero agradecí que hubiera salido a mi rescate.
Susan fingió estar sorprendida por la noticia para que no se le notara la crispación de haber sido interrumpida justo en el momento clave.
—Disculpad, tengo que ir al baño.
Me levanté arrastrando la silla y me alejé rápidamente de allí. Caminé hacia los aseos, entré y cerré de un portazo. ¿Cómo se atrevía a preguntarme algo así? ¿Es que me estaba poniendo a prueba? ¿O es que quería comprobar cuánto tardaba en sacarme de mis casillas con sus estúpidas preguntas? Porque si era eso último, le faltaba muy poco.
Frustrado, le di una patada con todas mis fuerzas a una papelera de plástico que había justo debajo de un dispensador de toallitas de papel para secarse las manos. Ésta voló hacia la otra punta de los baños y, al caer, esparció todo su contenido por el suelo. En ese preciso momento alguien tiró de la cadena y un niño de unos diez años salió de uno de los aseos. Miró a la papelera frente a él, perplejo, y luego me miró a mí.
—¿Qué? —espeté, girándome hacia él—. Lárgate.
El niño se apresuró a salir de la habitación, dejándome solo. Me apoyé en un lavabo y agaché la cabeza. Resoplé un par de veces antes de preguntarme qué diablos estaba haciendo allí y por qué motivo no me había largado ya. Me faltaban ganas para seguir aguantando y me sobraban motivos para irme.
Me miré al espejo, observando cómo me mordía el labio en un acto reflejo. El hecho de que Susan hubiera sacado el tema de Lucius y mi madre me hizo recordar la promesa que me había hecho muchos años atrás: No cometer los mismos errores que mi padre… Esos errores que lo habían llevado a la tumba. Apreté los puños al darme cuenta de que estaba a punto de ser sincero conmigo mismo después de mucho tiempo. Me mordí el labio con más fuerza, cerrando los ojos ante lo que estaba a punto de permitirme admitir… Estaba siguiendo todos y cada uno de sus pasos.
Mientras sentía cómo una parte de mí se empezaba a dar cuenta de la situación en la que estaba, también sentí cómo otra seguía reticente a cambiar su punto de vista. Ésta última seguía diciéndome que todo era culpa de los demás, que si ahora me sentía así era, ni más ni menos, porque todos estaban contra mí. Pero entonces, aquella nueva voz en mi cabeza ganó terreno y habló por primera vez:
"La vas a perder, como tu padre perdió a Lily".
Suspiré y me dediqué unos segundos más para recuperar la compostura. Luego, salí de allí y me dirigí hacia donde se encontraba la razón de todo aquello, la respuesta a la pregunta de por qué no le había estampado el plato en la cara a Susan al primer desplante. Me senté a su lado y me adentré en sus ojos un momento antes de volver a hablar.
—¿Alguien quiere postre?
. . .
Ninguno de los tres dijimos una palabra durante el trayecto a casa, donde la tensión en el interior del coche era más que evidente. Por mi parte, con mi silencio pretendía manifestar el enfado que sentía por el comportamiento de mi madre, y el de mi madre dejaba claro que no se arrepentía de nada.
Casi me sentí mal por pensar que el que protagonizaría una escenita parecida a aquella sería Draco, cuando realmente se comportó bastante bien. Cuando pagamos la cuenta y salimos del restaurante, tuve la intención de disculparme con él por cada cosa fuera de lugar que había dicho mi madre, pero él, después de despedirse de ellos y de darles la espalda para apretarme contra su cuerpo un segundo, se apresuró a irse con las manos metidas en los bolsillos. No me dejó despedirme, aunque tampoco hubiera sido capaz de hacerlo después de aquella repentina muestra de afecto. Había sido tan inesperada que no había sabido cómo responder a ella.
Al llegar a casa subí directamente a mi habitación y cerré la puerta tras de mí. Me puse el pijama y me metí en la cama con el móvil en la mano. Dudaba entre enviarle o no un mensaje cuando el teléfono vibró en mi mano. Comprobé el nombre en la pantalla y abrí el que acababa de llegarme.
"¿Podemos vernos mañana?"
No tardé en redactar una respuesta.
"Por supuesto. ¿Salimos a comer?"
"Estupendo"
Sonreí. No me gustaba estar enfadada con Ginny, y después de nuestra pequeña disputa tenía muchas ganas de verla y aclarar las cosas.
Cerré la conversación con ella y abrí el contacto de Draco, escribiendo una sola palabra en el mensaje y dándole a enviar sin pensármelo dos veces.
"Gracias"
Bloqueé el móvil, lo dejé sobre la mesita de noche y apagué la lámpara, dándome la vuelta en la cama para dormir. No esperaba una contestación, por lo que el ruido del móvil provocó que diera un respingo en la cama. Me incorporé y abrí su respuesta rápidamente.
"Sólo espero que las próximas condiciones
sean más fáciles que contentar a tu madre.
Adiestrar a un dragón para que te haga el desayuno
por las mañanas hubiera sido más fácil"
Sonreí ante tal ocurrencia, dejando el móvil y volviendo a darme la vuelta en la cama, feliz de ver cómo ponía de su parte para que esto funcionara.
A la mañana siguiente me levanté y bajé a desayunar tarde, dando los buenos días por lo bajo. No se me había olvidado lo mal que me lo había hecho pasar mi madre la noche anterior. Ella no se volvió para darme un beso como hacía todos los días. En lugar de eso siguió removiendo la olla con una cuchara de madera.
—Hoy salgo a comer con Ginny —comenté.
—Vale —dijo ella, a modo de respuesta.
No soportaba la tensión que se había creado entre nosotras, por lo que me bebí un zumo de naranja rápidamente y me apresuré a subir a mi habitación para empezar a arreglarme, pero antes de que pudiera salir de la cocina mi madre se giró para mirarme.
—¿Eso es todo lo que vas a desayunar? —preguntó.
—Es tarde —me excusé—. Además, no tengo mucha hambre.
—Anoche tampoco cenaste.
—Sí —dije, cruzándome de brazos—. Estaba demasiado ocupada vigilando que no te lanzaras al cuello de Draco de un momento a otro.
—No me gusta ese chico para ti —sentenció, apoyándose en la encimera.
Estaba claro que ninguna de las dos iba a dar su brazo a torcer… Pero ella, tarde o temprano, tendría que aceptar que Draco formaría parte de mi vida, y por tanto, de la suya.
—Deja que tome mis propias decisiones, mamá.
Ella suspiró, negando levemente con la cabeza.
—Siempre te he dado total libertad para decidir sobre tu vida, Hermione… Pero te estás equivocando con esto, y mi deber como madre es decírtelo.
Sentí un retortijón ante sus palabras.
No, no era una equivocación. Aquello no era un error… No podía serlo cuando ya sentía tanto amor por él.
Fruncí el ceño, abriendo la boca para decir algo, pero volviendo a cerrarla al darme cuenta de que realmente no tenía nada más que decir. Reprimí las lágrimas que amenazaban con dejarme en evidencia delante de ella y me volví, saliendo por la puerta.
Una vez en mi habitación, me sequé aquellas que habían logrado escapar por el camino y abrí el armario, cogiendo uno de los bolsos más grandes que tenía. Metí dentro la mitad de los pantalones que me quedaban y alguna que otra camiseta. Luego, elegí lo que iba a ponerme ese día y me metí en la ducha.
Caminé hacia la parada del metro con lentitud. A pesar de haberme levantado tarde, todavía era temprano para comer, por lo que me bajé una parada antes y paseé, sintiendo el aire fresco en la cara, hasta llegar al restaurante donde habíamos quedado.
Seguía siendo temprano, pero me senté en una mesa y pedí una Cocacola, avisando al camarero de que estaba esperando a alguien.
Estaba tan sumida en mis pensamientos, que cuando quise darle un sorbo al refresco me di cuenta de que el hielo ya se había derretido.
—¿Llevas mucho tiempo esperando? —dijo una voz de repente, devolviéndome a la realidad.
—Oh, no —me apresuré a decir, dedicándole una sonrisa a Ginny mientras se sentaba—. No mucho.
Ella se volvió e hizo un gesto con la mano, despidiéndose de alguien. Miré hacia allí, dándome cuenta del coche en doble fila que acababa de arrancar. Dentro, Blaise hizo otro gesto con la mano y se puso en marcha.
—Se ha ofrecido a traerme —dijo ella, sin poder reprimir una sonrisa—. Me ha dicho que le dé un toque si necesitamos que nos recoja.
—Es muy amable por su parte —respondí.
—Sí, lo es —dijo, colgando su bolso en el respaldo de la silla—. Oye, siento que te debo una disculpa…
Le di un sorbo a mi bebida, evitando mirarla a los ojos. Tenía la sensación de que me pondría a llorar de un momento a otro.
—Soy consciente de que no debí haber dicho lo que dije —siguió ella, acomodándose en su asiento—. Al menos no delante de todos… Porque sabes que es exactamente lo que pienso, ¿verdad?
Yo asentí, suspirando.
—Yo sé que pudo dar la sensación de que no te apoyaba —comenté en voz baja—. Considero que es una locura, que te precipitas, que te equivocas… —hice una pausa al recordar cómo me había sentido aquella misma mañana cuando mi madre me había dicho exactamente las mismas palabras—. Pero a pesar de todo, siempre voy a estar a tu lado.
Ella alargó la mano sobre la mesa, pidiéndome la mía. Yo la puse sobre la suya y ambas apretamos nuestras manos afectuosamente.
—Me alegra escuchar eso… Porque me gustaría que fueras mi dama de honor.
—¿Ya han decidido qué van a pedir? —dijo el camarero, acercándose a la mesa con un papel y un bolígrafo en la mano.
—¿Qué? —susurré, perpleja.
Ginny sonrió, y el muchacho parecía no saber si quedarse allí plantado o ir alejándose disimuladamente.
—Disculpa —dije, volviéndome hacia él—. Sí, para mí un Fish and Chips.
—Otro para mí —apuntó Ginny—. Y un refresco.
El joven apuntó nuestros pedidos con rapidez y se alejó corriendo.
—¿Y bien? —preguntó ella, visiblemente inquieta.
Yo apreté su mano con más fuerza, sonriéndole. No hacía falta que dijera en voz alta que aceptaba.
—Serás la novia más guapa de todas.
Evitamos el tema de la boda mientras comíamos, y nos pusimos a recordar todo lo que habíamos pasado juntas… Exámenes, horas de estudio, de dudas, de inquietudes y consejos… París…
—Por cierto —dijo ella cuando terminamos de comer—. Mañana por la mañana me voy con Blaise a Glasgow para darle la noticia a mis padres.
—¿Conocen tus padres a…? —inquirí.
—Creo que piensan que no tengo novio —me interrumpió, encogiéndose de hombros.
Me quedé mirándola, incrédula. Estaba totalmente loca, pero evité hacer comentarios al respecto.
—¿Y cómo crees que se van a tomar que llegues allí y llames a su puerta con tu futuro marido de la mano?
—Están acostumbrados a mis locuras —comentó.
—Pensándolo bien… Creo que los que más me preocupan son tus hermanos… Ya sabes, eres la menor de todos.
—Y la más independiente. No necesito que nadie me cuide…
Yo apreté levemente los labios, imaginándome a Blaise frente a aquellos seis pelirrojos escoceses que querrían echarle las manos al cuello uno detrás de otro.
—Pero hay alguien que sí necesita cuidados…
—Ve al grano Ginny —la urgí, terminándome el refresco—. Sabes que puedes pedirme lo que sea.
—¿Puedes cuidar de Sissy mientras no estoy? Lo único que tienes que hacer es asegurarte de que tiene agua y comida y sacarla a pasear de vez en cuando —me pidió, juntando las manos a modo de súplica.
Fruncí el ceño un momento, pensando que era mucha responsabilidad. Yo nunca había tenido un animal a mi cargo, y lo cierto era que me daba bastante miedo enfrentarme a ello… ¿Y si se me escapaba y le atropellaba un coche?
Sacudí la cabeza, intentando borrar esa imagen de mi cabeza… Tal vez me viniera bien ir asumiendo ciertas responsabilidades…
—De acuerdo —dije al fin—. Pero con una condición.
. . .
Hacía un rato que había recibido su mensaje.
Hermione me había preguntado si iba a estar en casa, y yo le había respondido que sí… Pero ya había pasado bastante rato y todavía no había llegado… ¿Para eso me había dado prisa en fregar los platos y asegurarme de que la casa estaba decente?
Me tiré en el sofá, abriendo otro mensaje que acababa de llegarme, ésta vez de Astoria. Fruncí el ceño, preguntándome qué querría.
"¿Recuerdas que una vez me dijiste
que no sabías dónde habías puesto una
chaqueta? Está en mi casa, acabo de
encontrarla"
Me acordaba de ese día. Había sido una de las últimas noches que había pasado con ella. Nos habíamos quitado la ropa el uno al otro, lanzándola en todas direcciones antes de llegar a la habitación. Sacudí la cabeza, volviendo a la realidad.
"¿Dónde estaba?"
Ella no tardó en responder.
"Debajo del sofá"
Escribí y envié una sola palabra.
"Quédatela"
Justo después, bloqueé aquel contacto. No necesitaba que nadie más me provocara.
En ese momento llamaron a la puerta, por lo que me levanté y me apresuré a abrir.
—Hola —saludó ella, sonriéndome.
—Podrías llevarte ya tus llaves —comenté, haciéndome a un lado para dejarla pasar—. Así no me harías levantarme del sofá cada vez que vienes.
Ella echó un vistazo a la cocina y a todo lo que le rodeaba, percatándose de que todo estaba en orden. Parecía sorprendida.
—Está bien —dijo al fin, extendiendo una mano.
Yo saqué sus llaves del bolsillo de mi pantalón y las dejé caer sobre ella.
—Gracias —dijo, rodeándome y dirigiéndose a la habitación—. Sólo vengo a dejar más cosas.
—Ah —balbuceé, intentando no hacer comentarios, sin éxito—. ¿No te quedas un rato?
Ella se echó al hombro un montón de pantalones y se dirigió al armario. Cogió uno y empezó a colgarlo en una percha.
—No… Tengo cosas que hacer.
Yo arqueé una ceja, curioso.
—¿Qué cosas?
—Pues… —cogió otro pantalón y otra percha—. Hacer unas compras.
—Te acompaño —dije, abriendo la otra puerta del armario y cogiendo una camisa para cambiarme.
—No, no hace falta.
—Quiero acompañarte —zanjé, sacándome la camiseta por la cabeza y quedando con el torso desnudo frente a ella. Me puse la camisa y empecé a abrocharme los botones.
—No, Draco. No puedes venir.
Me volví lentamente hacia ella.
—¿Y eso por qué? —pregunté, con una mezcla de asombro y enfado ante su rotunda negativa.
—Porque quiero que sea una sorpresa.
—¿El qué?
—Nuestro último baile…
No entendía nada de lo que decía. Ella terminó de colgar sus pantalones y se volvió hacia mí.
—¿Recuerdas el día de nuestra graduación?
Me quedé mirándola, sin decir nada. Sabía de sobra que me acordaba.
—Había sido la noche perfecta… Hasta el momento del baile en pareja —siguió ella, haciéndome rememorar aquel trágico día—. Ninguno de los dos habría podido imaginar que algo así pasaría esa noche.
Yo me mordí el labio, apartando la vista de ella.
—Aquella llamada fue el punto de inflexión en nuestra relación. Todo cambió a partir de ahí… Por eso quiero volver en el tiempo hasta ese momento… Porque creo que nos merecíamos ese baile, y porque quiero reescribir nuestra historia desde el minuto exacto en el que nuestra vida dio un giro de ciento ochenta grados.
Ella se giró y sacó unas camisas del bolso, abriendo un cajón y metiéndolas dentro. Luego, se colgó el bolso del hombro y salió de la habitación.
Yo la seguí hasta la entrada.
—Mañana a las nueve en casa de Ginny —dijo, abriendo la puerta—. Ponte guapo.
Bailábamos en la pista rodeados de todos nuestros amigos. Goyle intentaba ligar con Patil y Ginny le metía mano a Dean Thomas. Había conseguido que Hermione se levantara de la silla y bailara con nosotros… Pero a pesar de estar rodeados de gente, sólo la veía a ella. Me sonreía, consciente de que aquel día todos estarían demasiado borrachos como para prestarnos atención y cuchichear sobre la pareja más rara que habían visto nunca. Me di cuenta de que estaba soñando cuando sentí cómo mis labios se estiraban y le devolvían una amplia sonrisa, pero a pesar de aquello no hice nada por despertar. Dejé que el sueño me llevara a su antojo, como la música, como ella.
Dediqué unos segundos a apreciar lo guapa que estaba, aunque ya me había encargado de dejárselo claro varias veces.
Su vestido, celeste, de palabra de honor, se ajustaba a su cuerpo hasta la cintura, donde una delicada cinta de una tela un poco más oscura la rodeaba y acababa en un lazo a su espalda. Yo mismo lo había atado. A partir de ahí, la prenda caía suelta, a capas, proporcionándole un leve vuelo cada vez que se movía. No podía dejar de mirarla.
—Y… Llegó la hora —dijo una animada voz en el escenario—. Muchachos, agarrad a vuestras chicas, porque llegó el momento del baile definitivo. No importa si no sois pareja, aprovechad esta oportunidad y excusaos en ella para sacar a bailar a la persona que os guste —empezó a sonar una música lenta, a la que no le presté demasiada atención. Di varios pasos hasta llegar a ella, que me esperaba con una sonrisa—. Bien, parece que ya se van formando las parejas. Vamos, dejad que fluya el amor entre ustedes.
Agarré la cintura de Hermione y tomé su mano derecha mientras la voz de una mujer empezaba a cantar una letra preciosa. Nos movimos en lo que pretendió ser un baile romántico, pero ambos estábamos demasiado ocupados mirándonos a los ojos que nos daba igual si no estábamos siguiendo el ritmo.
Yo me acerqué a su rostro, robándole un beso. La sangre empezó a fluir por sus mejillas y, sonriendo, ocultó el rostro en mi pecho, sobre mi corazón… Seguimos así unos segundos más, y al cabo de un minuto de canción, el móvil empezó a vibrar en mi bolsillo. Lo ignoré, besando la coronilla de Hermione. En ese momento no había nada más importante que sentirla junto a mí. Dejó de vibrar un segundo y quien quiera que fuera, volvió a llamar de nuevo. Seguí ignorándolo, pero volvió a llamar una vez más. Lo saqué y miré la pantalla, curioso.
Lucius.
Hacía años que no hablaba con mi padre, ¿qué diablos podía querer? ¿No le había dejado suficientemente claro que no quería volver a verle?
Descolgué y me lo llevé al oído, sin dejar de abrazar a Hermione.
—Hijo… —la voz de mi padre sonaba lejana, agónica, anciana. Yo no dije nada—. Hijo, quería decirte que te mentí cuando, de niño, me preguntaste si te parecías a… Lily —casi pude sentir cómo se estremecía al otro lado del teléfono al pronunciar su nombre—. No era cierto todo lo que dije. Te pareces a mí, pero tienes sus ojos… Nunca quise terminar de admitirlo —sentí un repentino nudo en la garganta mientras escuchaba sus palabras, completamente mudo. Tenía la sensación de que no me había llamado a las once de la noche sólo para decirme aquello—. Espero que puedas perdonarme algún día.
El estrépito de una silla cayendo al suelo, un móvil volando por los aires y el sonido agonizante de un suicida me hicieron despertar, sobresaltado y empapado en sudor.
Me tomé mi tiempo para salir de la cama, totalmente conmocionado. Hacía mucho tiempo que había dejado de tener esas pesadillas, y maldije a Granger por haberme recordado aquel momento.
Desayuné con pesadez, sintiendo que no había descansado lo suficiente. No fregué los cacharros aquel día. Tenía los músculos agarrotados y lo único que me apetecía era meterme en la cama otra vez, pero no quería volver a soñar con eso… Con cómo no había sido capaz de hacer nada por evitar que se quitara la vida, con cómo no le había regalado ni una sola palabra antes de que se fuera, con cómo no me despedí… Pero sobretodo, no quería soñar con lo que pasó después.
—Tengo que irme, quédate aquí —le susurré al oído, deshaciéndome de sus brazos y esquivando a varias parejas que bailaban a nuestro alrededor.
—¿Dónde vas? —preguntó ella, sorprendida.
—A comprobar una cosa —respondí. Una parte de mí se negaba a aceptar lo que parecía más lógico. ¿Cómo iba mi padre a suicidarse? Él, el hombre más egoísta que había conocido, él, que anteponía su persona incluso a su propio hijo. Él, que se quería por encima de todas las cosas…
—Voy contigo —dijo Hermione, corriendo detrás de mí.
No perdí el tiempo en negarme, pues sabía que sería en vano. La dejé subirse al coche y conduje rápidamente hasta mi piso, al cual subí corriendo y cogí las llaves de la casa de mi padre.
—Vamos a tener un accidente como sigas conduciendo así —dijo ella, aterrada, mientras se sujetaba a la agarradera del coche.
La ignoré mientras adelantaba por la derecha a otro vehículo que me pitó estrepitosamente. Cuando llegamos al edificio de pequeños y cutres apartamentos donde vivía mi padre, me apresuré a sacar las llaves del contacto y quitarme el cinturón.
—Quédate aquí —repetí, saliendo del coche.
Antes de poder cerrarlo, ella ya estaba a mi lado. Abrí el portal y entré dentro, ignorando el ascensor y empezando a subir por las escaleras a toda prisa, dejando a Hermione detrás.
—¿Dónde vamos? ¿Qué pasa? —la oí gemir a mis espaldas.
Llegué al piso de mi padre y metí la llave en la cerradura, abriendo la puerta, entrando y cerrándosela en las narices a ella.
Golpeó la puerta con las manos mientras me pedía que le abriera, pero algo me decía que no lo hiciera, que la protegiera de lo que estaba a punto de descubrir... Caminé lentamente por la casa, dejando atrás los golpes de Hermione y adentrándome en el pequeño pasillo. Sentí el corazón acelerarse cuando miré dentro de la primera habitación, pero no había nada fuera de lo normal. Seguí avanzando y eché un vistazo dentro del baño, acercándome para ver el interior de la bañera, pero también estaba vacía. Me dirigí a la siguiente, la que había sido mi cuarto cuando vivía con él… Pero seguía igual que cuando me marché… Parecía que nadie había entrado ahí en mucho tiempo. Un poco más tranquilo, salí de ella y me dirigí hacia la habitación de mi padre. Esa parte de mí que desafiaba a la lógica casi había cantado victoria y yo había terminado creyéndome que todo había sido una falsa alarma. Sólo tenía que terminar de abrir aquella puerta entreabierta para terminar de confirmarlo. Alargué la mano y apoyé las yemas de mis dedos en ella, empujándola con suavidad. El ruido que hizo el pomo contra la pared retumbó en mi cabeza durante unos segundos, haciéndome sentir mareado de repente. Me tambaleé hasta el cuerpo de mi padre, que colgaba de una lámpara, atado por el cuello. Agarré sus piernas mientras intentaba subirlo de alguna manera. Sin soltarlo, estiré la pierna y desplacé la silla tirada en el suelo hasta donde me encontraba, poniéndola derecha y subiéndome en ella. Desaté la cuerda que aprisionaba a mi padre y su peso cayó en mis brazos con fuerza. Logré bajarme de la silla y estirarlo sobre la cama, incorporándome sobre él para intentar reanimarlo. Ignoré la horrible marca que tenía en el cuello y el hecho de que se encontrara más frío que de costumbre, y apoyé mis manos sobre su corazón, presionando repetidamente sobre él y haciéndole el boca a boca. La intensidad de la presión que ejercía fue aumentando a medida que empezaba a cabrearme porque no reaccionara. ¿Por qué no volvía a respirar? ¡Estaba haciéndolo bien, joder! ¡Tenía que empezar a dar signos de vida!
Dejé de aplastarle el pecho cuando sentí unas gruesas lágrimas caer sobre su cuerpo. Me alejé unos pasos hasta que mi espalda dio contra la pared, y resbalé por ella hasta quedar sentado en el suelo. Me aflojé con fuerza la corbata, que no me dejaba respirar. Tragué saliva mientras las lágrimas empezaban a empañarme la vista. Me froté los ojos con el dorso de las manos y sorbí por la nariz, con una expresión de horror en el rostro. Por primera vez después de mucho tiempo me paré a observar el aspecto que tenía mi padre… Ojeras oscuras y profundas, arrugas por toda la cara, pómulos marcados, pelo largo y sucio, enredos en la barba… ¿Cuándo se había convertido en esa persona tan diferente a la que recordaba? Por encima de mis gemidos volví a escuchar unos golpes en la puerta de entrada… Yo sólo quería un momento de intimidad con aquel desconocido, tiempo para un último adiós, un instante para aceptarlo... Y ella no lo estaba respetando.
Volviendo a la realidad, terminé de remover la comida y apagué el fuego. Llevaba tres días seguidos comiendo macarrones, ya que no sabía hacer otra cosa. Cogí un plato y me aparté, sentándome a la mesa y dándole un largo trago al vaso de agua. Luego, piché uno con el tenedor y me lo llevé a la boca. Le faltaba sal. Comí un poco más y aparté el plato a un lado, fatigado.
Necesitaba entretenerme hasta que llegara la hora de arreglarme, tenía que hacer algo para volver a aparcar esos recuerdos donde estaban y seguir con mi vida. Busqué en mi armario el traje que había llevado a mi graduación… El traje con el que había sujetado a mi padre entre mis brazos y el que había absorbido mis lágrimas al caer en mi regazo.
Suspiré, sacándolo del fondo. En la percha colgaba el traje, la camisa y la corbata que había llevado ese día. Cogí la tabla y enchufé la plancha a la toma de corriente, esperando a que se calentara. Concentrarme en no quemar la ropa requirió toda mi atención, y me alegré de que aquello se me diera tan mal, pues tenía que pasar la plancha una y otra vez sobre el mismo sitio, manteniéndome ocupado un buen rato. Era temprano cuando terminé, pero empecé a arreglarme de todos modos. Me permití darme una ducha larga y caliente para poner mi mente en blanco y, luego, tardé el doble de tiempo en peinarme de lo que tardaba un día normal. Me vestí con la ropa recién planchada y até los cordones de mis zapatos, los que llevé aquella noche y que también había logrado encontrar en el fondo del armario. Caminé despacio por la casa hasta la entrada, saliendo con lentitud. Me subí al coche y conduje hasta la floristería donde había comprado una rosa roja para ella, mientras aún dormía en mi cama, la mañana después de hacer el amor por primera vez.
—Buenas tardes —saludó la anciana dependienta que me había atendido la otra vez, con una sonrisa.
—Hola… Quisiera una rosa.
—Ahora mismo.
La observé decidiendo cuál coger de un gran ramo que había en un cubo en el suelo.
—No, esa no —me apresuré a decir, acercándome a ella y observándolas por encima—. Ésa —dije, señalando la que consideré más bonita.
—Claro —dijo ella con ternura—. Seguro que le encanta, joven.
Asentí mientras la miraba envolver la rosa en un plástico transparente y atarlo con un estrecho lazo de color rojo. Pagué y volví al coche, dejándola sobre el asiento del copiloto y mirando la hora. Ya casi eran las nueve, por lo que me apresuré para llegar a tiempo.
Observé cómo se le iluminó la cara al abrir y verme con la rosa en la mano. Alargué el brazo y ella la cogió, maravillada.
—Te has acordado… —susurró.
Yo no dije nada, limitándome a entrar a la casa de su amiga.
—¿Sabe Weasley que estoy aquí? —pregunté, percatándome de que ella también llevaba el mismo vestido que la otra vez.
—Sí, ella no está en la ciudad, pero me ha dado permiso para que cenemos aquí.
Una perrita vino a darme la bienvenida y yo rasqué su cabeza un momento antes de seguir a Hermione por el pasillo, quedándome asombrado de lo que vi al llegar al salón.
Había despejado el lugar y sólo había una pequeña mesa a un lado con dos sillas. La luz de la habitación era tenue, ya que sólo la iluminaban unas velas repartidas estratégicamente por ella. Hermione apretó el botón de un pequeño mando y empezó a sonar música. Luego, se acercó a mí y extendió una mano. Miré lo que sujetaba. Reconocí aquella cinta enseguida. La cogí y ella se dio la vuelta. Yo rodeé su cintura con mis brazos para pasarme de una mano a otra aquella tela, que se agarró a su cuerpo y, con cuidado, hice un lazo con ella a su espalda. Hermione se giró y me sonrió antes de invitarme a sentarme y servirme la cena.
—Medallones de solomillo en salsa —dijo ella, orgullosa—. Es lo que nos sirvieron aquella noche… He tenido que mirar varias recetas porque no lo había cocinado nunca.
Mi estómago empezó a rugir por lo que probé un bocado. Me sorprendió que supiera incluso mejor que aquel día.
—Está bueno —me limité a decir, y ella me sonrió, probándolo.
Comimos en silencio, escuchando las baladas que sonaban de fondo.
—Voy a por el postre —dijo, levantándose de la mesa y dirigiéndose a la cocina.
Si no me fallaba la memoria, el día de nuestra graduación nos habían servido unas natillas caseras con canela en polvo por encima.
—También es la primera vez que hago esto… —comentó ella, poniéndome delante una copa que contenía natillas con motas de canela en la superficie—. Me he pasado todo el día cocinando.
Metí la cuchara y cogí un poco, llevándomelo a la boca. Estaba suave y dulce, bastante rico.
Ella me miró y yo asentí, rebañando lo que quedaba.
—¿Quieres el mío? —preguntó, desplazando su copa por la superficie de la mesa hacia mí—. Yo no quiero más.
No pude negarme.
—Gracias por la cena —dije, echándome hacia atrás en la silla cuando terminé.
—Justo a tiempo —susurró ella, mirando hacia el reproductor de música, que había empezado a poner aquella canción que no podría olvidar nunca.
Yo me levanté y me acerqué a ella, tendiéndole la mano y sacándola a bailar en aquella pista improvisada. Rodeé su cintura y tomé su mano, justo como lo había hecho aquel día.
Everybody loves the things you do, from the way you talk, to the way you move…
Ella rodeó mi cuello con la mano libre y buscó mis ojos, que se habían perdido en un punto lejano, por encima de su cabeza. Sentía el móvil pesar una tonelada en mi bolsillo. Cerré los ojos y tragué saliva, esperando que se repitiera aquella maldita llamada, listo para contestar a la primera y pedirle que no lo hiciera.
Everybody here is watching you, cause you feel like home, you're like a dream come true…
—Eh —susurró ella, acariciando el pelo de mi nuca.
Abrí los ojos y los desvié hacia ella, encontrándome en su mirada. ¿Cómo había estado tanto tiempo perdido?
Alcé una mano y le quité un mechón de pelo de la cara. El roce de mis dedos con su rostro me hizo darme cuenta de que aquello era el presente y de que esa llamada nunca llegaría, pues pertenecía al pasado.
You look like a movie, you sound like a song. My god, this reminds me of when we were young.
Sí, aquel baile me recordó a cuando éramos más jóvenes. Me transportó hacia ese instante de felicidad cuando la sabía totalmente mía, cuando todo el mundo desapareció a nuestro alrededor porque sólo existíamos los dos en aquel momento.
Me acerqué poco a poco a su rostro, hasta que pude sentir su aliento rozar mis labios. Después de tanto tiempo, seguía pareciéndome una caricia… Y aquella vez fue ella la que se adelantó y me robó un beso a mí. Un beso tímido, superficial.
—No recuerdo que pasara de esa forma —susurré muy flojito, todavía con sus labios cerca de los míos.
I was so scared to face my fears, cause nobody told me that you'd be here…
Me acerqué a sus labios y los presioné con convicción, tomando su rostro entre mis manos. La música pareció envolvernos mientras nos abandonábamos a aquel beso, cálido, perfecto.
Let me photograph you in this light in case it is the last time that we might be exactly like we were…
La luz de las velas disminuyó ante el roce de nuestros labios, concediéndonos así un poco más de intimidad, permitiéndonos sentirnos con más intensidad.
Cuando nos separamos, observé que había otra cosa que no había cambiado… El rubor que se apoderaba de sus mejillas cada vez que la besaba. Apoyó la cabeza en mi pecho y yo la abracé, dejándome llevar por la canción.
It's hard to win me back, everything just takes me back to when you were there, to when you were there… And a part of me keeps holding on, just in case it hasn't gone… I guess I still care, do you still care?
Apoyé la barbilla en su pelo, suspirando, y volviendo a cerrar los ojos.
When we were young, when we were young, when we were young, when we were young…
La música acabó, pero nosotros seguimos bailando, desplazándonos lentamente por la habitación, por todos los bailes que no bailamos a partir de aquel día, por todos los momentos que estropeamos, por todos los besos que tuvimos que habernos dado… Por si acaso un solo baile no fuera suficiente para empezar de nuevo, borrando los errores, ofreciéndonos otra oportunidad.
