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(¸.•´ (¸.•` ¤ ❀ ❁ CAPÍTULO 5

APENAS dos semanas después de aquel fatídico nueve de noviembre, cuya noticia no salió en ningún rotativo, Candy cruzaba la frontera de Bélgica, junto a los Colber. Ya, en el mismo corazón de Berlín, se instalaron en una preciosa zona residencial, Una casona alquilada, con un jardín delantero y un hermoso patio trasero con columpios.

Ella seguía felizmente con su trabajo de institutriz, encariñada por completo de Jimmy. Este cumpliría ya en diciembre los siete años. Para esa misma fecha, esperaba La señora Ivette Colber. a su segundo hijo.

El cambio fue algo duro para Candy. En la capital se vivía con una extraña sensación de desasosiego. La ciudad parecía vivir una guerra civil encubierta. Se rumoreaba que nada bueno le ocurría al que no fuese completamente adepto al Régimen del Tercer Reich. Y si por mala suerte, eras judío o sospechaban que lo fueses...

El Señor Colber., suizo de origen, no pareció notarlo. Se dedicaba a sus múltiples negocios, al mismo ritmo que siempre lo había hecho. Pero Ivette apenas salía ya de casa.

Ella era francesa, y no conocía a nadie en la capital.

Además, en su avanzado estado de gestación, le hacía sentirse torpe e incómoda, poco más que para pasear por el jardín o el patio.

Al final, Candy la cuidaba cómo lo hacía con Jimmy, y la consentía como a una niña mimada. Colber. permanecía a veces varios días de viaje. Se acercaba a menudo hasta Colonia, o hasta Frankfurt. Incluso pasó la frontera con Austria en alguna ocasión.

Pero por suerte para Candy el Herr Colber., se quedó el tiempo suficiente en casa, para que Ivette diera a luz a su segundo hijo, una niña, con rizos rojizos igual que su madre. Fue llamada Ninette. Así que Candy tuvo pronto entre sus brazos a una segunda pupila. Se quedó entonces prendada de su mirada azul. El volver a Inglaterra en esos momentos había quedado completamente descartado.

Escribió una larga carta a Anny. En otras anteriores, le había planteado dudas sobre quedarse con los Colber, en Berlín. Había empezado a pensarse seriamente en volver a Inglaterra y empezar a buscar trabajo allí. Ahora tenía más experiencia y era más mayor, pronto alcanzaría los veinticuatro años.

Pero a día de hoy, a pesar de sentirse extraña en Berlín, se sentía a gusto, trabajando para una familia que la respetaba y la trataba bien. Además, se había encariñado muchísimo con los pequeños.

Para su sorpresa, a la vuelta de correo, la carta de Anny que contestaba a la suya, venía llena de palabras de comprensión y de buenas noticias.

En el próximo Enero, año nuevo del treinta y ocho, Anni cumplía los veinte años, y le comunicaba, pomposamente, su inminente matrimonio, después de un corto noviazgo, (que Candy no conocía), con un joven caballero que ejercía la abogacía en Londres. Candy respiró tranquila, cuando leyó el nombre el afortunado elegido. Andrew Ballister.

Conocía bastante bien este nombre. Era el unico hijo de la señora Mary Janne Ballister, a cuyo cuidado había dejado a su hermana pequeña poco más de dos años atrás.

En el mismo sobre venía una carta de la Señora Ballister, comunicando a su modo, la feliz noticia. Candy se sintió como, si en este momento le estuviesen pidiendo a ella la mano de su hermana.

Después de horas intentándolo, consiguió conferencia con las Islas. En realidad, la señora Ballister era casi la instigadora del corto noviazgo de los dos jóvenes. Había sido por años amiga de la familia White, y consideraba casi como una hija a Anny. La menor de las niñas White, fue siempre dulce. Y de carácter tranquilo. No cómo Candy, que siempre había mostrado un punto de rebeldía innata, que con el tiempo había conseguido ella misma domar, bajo una máscara de apacible sensatez, y a veces casi de timidez.

Así que Anny, había encontrado al amor de su vida, y ella había estado demasiado lejos para escuchar sus secretos y sus primeras ilusiones.

Candy, ahora más que nunca, decidió quedarse al servicio de los Colber. Aunque podría volver a Inglaterra. Era lista y cuidadosa en sus finanzas. Tenía guardado suficiente en un banco británico al que los Colber. le facilitaban la transferencia para vivir con dignidad al menos un año, ya no tendría que hacerse cargo de la escuela ni de facturas, ni gastos de Anny. Su hermana comenzaría una nueva vida en Londres, aunque a ella no le alcanzaría con sus ahorros para permitirse algo en la capital. Allí todo era más caro. De todas maneras si volviera, tendría que mantenerse en algún pueblo de la periferia, seguiría estando lejos de su hermana.

No quiso pensar más. Se hizo cargo de ambos niños, y retornó a su vida de trabajo y de seguridad.

Terry como todo ciudadano Alemán, leyó aquella mañana calurosa de mediados de agosto, la "casi" sorpresiva noticia. Hitler se entrevistaba con el Primer Ministro Británico Chamberlain. El Führer, rodeado, como siempre, de su guardia pretoriana, marchó hacia Beachtenten, en Baviera.

Fue un día largo, seco y caluroso, algunas voces se alzaron discrepantes ante esta reunión. Aquella tarde Terry, paseó a última hora por las calles más céntricas de Berlín. Nadie, hasta el día de hoy, se había puesto en contacto con él. ¿Qué diablos estaba ocurriendo? ¿Temerían aún desde Inglaterra que él estuviese siendo aún vigilado? Por todos los cielos, pronto llevaría tres largos años en Alemania. ¿Con quién y cómo comunicarse? Sus órdenes habían sido esperar. Y ya se le había acabado la paciencia.

Sabía que algo iba a ocurrir y pronto, tenía información de ello de primera mano. Ya el tres de marzo anterior, las tropas habían entrado en Austria, sin lucha. Viena había recibido a un Hitler triunfante, entre vítores y aplausos.

Terry había estado allí. Pero de nuevo había sido destinado al mismo centro de Berlín. ¿Por qué?

Temiendo cualquier clase de trampa, decidió que esperaría a finales de año. Intentaría entonces viajar hasta Inglaterra, aunque tuviese que rodear toda la maldita Rusia, y dejar así, detrás aquella mentira improductiva.

Lamentablemente, justo antes de las Navidades, recibió órdenes de nuevo destino junto a cientos de compañeros, hacia el frente de Checoslovaquia. Allí, bajó órdenes directas y precisas del Führer, formó parte de los mandos del ejército de la frontera, durante varios meses.

Justo el quince de marzo, Alemania se anexó Checoslovaquia, después de invadirla sorpresivamente. Le siguió Bohemia y Moravia, que pasaron directamente a ser Protectorado del Tercer Reich. Terry había quedado entonces en esta última región. Ahora no podía huir. Vivía en un constante estado militar de alerta. Sin escapatoria. El primer día de septiembre, marchó junto a su facción hasta la misma Polonia.

Tan pronto cómo se inició el ataque a la débil e indefensa Polonia, Francia e Inglaterra, comunicaron al mundo una contundente declaración de guerra a Alemania.

Pero ya Polonia estaba perdida. Apenas un mes después, se rendía a las tropas alemanas, muy superiores en número y armamento. La Unión soviética tampoco perdió el tiempo, temiendo que éste, que era el último país que les separaba del frente de Alemania, fuese el puente para una futura invasión de su territorio, inició por su parte su particular invasión por el este. Esa era la manera más viable de cubrirse las espaldas, y demostrar, además, que también contaba con potencial más que suficiente, lo mismo para atacar, que para defenderse.

Hundido en la vorágine de la guerra, Terry fue ilocalizable para cualquier agente británico que pudiera estar intentando ponerse en contacto con él. Cambiaba de destino cada semana. Apenas unos días en cada sitio. Por sus méritos en campaña, fue muy pronto ascendido a gabinetes estrategas. Ya si antes le era difícil escapar, ahora se había vuelto imposible. Su maldita suerte aun le había dado el no tener que combatir contra su misma patria, Inglaterra. Esto era lo que más temía.

Estaba ahora solo, aislado, y temía también que odiado por cada uno de sus conocidos en Gran Bretaña.

Las siguientes órdenes lo enviaron casi al otro lado del mundo, al mismo continente africano. Allí empezó a servir bajo las mismas órdenes del General Rommel. Era ya el cuarenta y uno, y él no había podido escapar, ni siquiera al temido enfrentamiento en contra de las tropas inglesas.

Cuando volvió a pisar Berlín, habían pasado dos años de su partida. Su maldito destino le había arrojado de nuevo al mismísimo centro de Alemania, después de casi morir cuando el coche en el que viajaba por los polvorientos caminos del desierto africano había pisado una mina, él había recibido una buena cantidad de metralla en su cuerpo. Y ahora viajaba hasta su "hogar". Casi había perdido cualquier esperanza de huir. Si volvía a su país, a Inglaterra, sería considerado como criminal de guerra. Aunque no hubiese disparado ni una sola bala en contra de su país natal, ni entrado en combate ni una sola vez en África, estando encargado sólo de apoyo de suministro material y táctico a las tropas de avanzadilla.

Sin embargo, en Berlín fue recibido como héroe de guerra. Tenía ya unas cuantas medallas en su pecho, además de cicatrices, y el cargo de Coronel del Ejército del Tercer Reich.

—Esta noche me quedaré contigo. —la voz de Susana, melosa, sensual. La había encontrado casi por casualidad. Él paseaba por el centro de la Capital. Aún estaba de baja, convaleciente, pero hastiado de estar encerrado en su gran casa, había dirigido sus pasos hasta las calles más céntricas en un tranquilo paseo. Ella conducía un automóvil blanco biplaza. Un precioso y caro Wolkswagen seguramente regalo de algún cariñoso "amigo". Ella se había ofrecido a llevarle de vuelta a su casa. Aun así pasearon un rato en el auto. Era casi el anochecer, cuando Sudana aparcó su flamante vehículo en la misma puerta de la casa de Terry.

—¿Qué dirían de ti en mi casa?, viven tres criados aquí. No estoy sólo Susana. —En realidad no quería compartir su cama. Sus encuentros íntimos siempre habían sido en el lujoso apartamento de ella en el centro. El dejarla pasar una noche en su casa, no era de su agrado.

—¿Qué me importa lo que hablen de mí? ¿Temes por mi reputación? Yo soy libre, y no creo hacer daño a nadie. Llevo dos años sin ti, te deseo. —acompañó sus palabras besando sus labios y con una caricia incitante sobre su pecho.

Terry con cierto esfuerzo, consiguió separarse de sus devoradores labios. Sonrió débilmente como disculpa, y acarició con el dedo pulgar los rojos labios de Susana.

—Aún estoy convaleciente, querida, y te conozco, eres demasiado exigente en la cama. No me gustaría volver al hospital a que me cosiesen las heridas de nuevo.

—Maldita África, ¿no podrían haber mandado a otro? —hizo un mohín de niña consentida, que ya no le sentaba bien a sus maduros treinta y tantos.

—Gracias a ese incidente conseguí estas vacaciones que tanto necesitaba. Claro que también fue obra y gracia de una mina enemiga.

—Me habían hablado de tu manía de irte siempre hasta primera línea. Pero no creí nunca que llegarías a exponerte tanto con tu cargo.

—Pero esta vez no fue en primera línea, querida, sólo era una misión de apoyo. Ante todo soy un soldado, Susana.

—No querido, eres todo un coronel, y, me excita tanto este uniforme. —acarició con sus uñas su mandíbula tensa, e intentó de nuevo besarle.

—Esta noche no, Susana. No te enfades. Eres la mujer más deliciosa que pueda imaginar. Pero no estoy en forma. Y tú necesitas a un hombre que te de todo lo que necesitas.

—Mmm. —ella suspiró— Está bien, pero no escaparás de mí. Te dejaré recuperarte unos días, pero cuando el doctor te dé el alta, me resarciré, y con creces, de todo el tiempo que me he visto obligada a estar sin ti.

Terry, con alivio, la miró marcharse, arrancando despiadadamente el motor de su Wolkswagen. El tubo de escape emitió una suave humareda de vapor blanco, y la gravilla salió despedida por la fricción de las ruedas traseras.

Si ella hubiese insistido una sola vez más, seguramente no habría resistido la tentación. Pero sabía muy bien que Sudana era peligrosa. Tan venenosa como bella. No podría contradecirla muy a menudo. En apenas tres días que llevaba ya en Berlín desde su vuelta de África, ha había oído rumores sobre ella. Se decía que un amante que la había contrariado en exceso, un banquero con bastantes años a sus espaldas, había sido denunciado por ser un judío encubierto. Ni se supo más de él ni de su familia. Hubo serias sospechas que ella había sido la instigadora de ese asunto sucio.

De nuevo, en la soledad de su dormitorio, su mente voló hacia Inglaterra. Algo había ocurrido, y ya era evidente. ¿En qué había estado pensando Durston cuando le mandó hasta allí? ¿Cuánto tiempo tendría que estar aislado? Mentalmente volvió a contar el tiempo transcurrido desde su partida aquel octubre del treinta y cinco. ¡Por todos los demonios, llevaba casi seis años atrapado!

El nuevo puesto que le habían asignado y del que tomaría posesión en unos días, quizás le diese esa oportunidad que necesitaba. Mientras se terminaba de recuperar, y volviera al frente. Su obligación se reducía a comandar en una pequeño oficina, dependiendo de la SS, desde donde se controlaban pasaportes, y entradas y salidas de ciudadanos del país. Un cargo aburrido, pero por el cual pasaba muchísima información, acceso a documentación y pasaportes, visados. Todo eso, bien mirado, podría serle de mucha ayuda si pensaba escapar.

Sin embargo, otra idea no se iba de su cabeza. Podría pedir un destino lo más cerca de Inglaterra posible, a Francia, por ejemplo. Con los debidos documentos que pronto tendría en mano, el salto a las Islas podría ser incluso factible.

Se dio media vuelta en su cama. Escuchó como el reloj del salón daba las tres. También el sonido de algún campanario lejano. Su mente estaba demasiado ocupada en problemas, y su cuerpo demasiado descansado estos días para dormir.

Su principal problema, volver a casa, pero, ¿qué habría pasado? ¿Cómo habían llegado a olvidarse de él de esta manera? Y a partir de poder huir. ¿Cómo explicar una doble deserción? Los únicos en que podía confiar eran su hermano Richard y en el viejo General. ¿Por qué Richi no se había puesto en contacto con él de alguna manera? Miró de nuevo al techo. Había estado en el frente dos años, en ese tiempo casi ilocalizable. ¿Podría la casualidad haber impedido el recibir sus órdenes?

Pero otra duda se instaló en su mente. Estaban en Guerra. ¿Les habría ocurrido algo a Richard o al general que él ignoraba? Dios no lo quisiera. Entonces sí que se encontraría perdido.

—Vamos Geüser, no creo que sea imposible, sobre todo para ti, eres el mejor.

Geüser se sentaba en una silla de pino, ante la mesa, bebía algo de vino en un viejo vaso de cristal verde. En la mesa, otro vaso y una botella medio llena.

—Te repito que llevo intentándolo más de dos años. Tu amigo, ha estado fuera de Berlín todo este tiempo. No lo he visto ni siquiera una sola vez. Y no creas que no lo he intentado.

—Tengo que localizarlo a como dé lugar. Él no sabe en la clase de peligro que se encuentra. Si decidiese poner un pie en Inglaterra, lo único que le espera es un consejo de guerra. Tengo que impedir esto a toda costa.

—¿Qué demonios te une a este hombre, Richard?

—Es mi único hermano.

Geüser se quedó mudo unos instantes. Meditaba. Richard, que momentos antes había paseado nervioso por el pequeño apartamento abuhardillado de suelos de madera pelada, y cuatro muebles desvencijados, se asomó a la pequeña ventana. Parecía que jamás hubiesen limpiado el cristal. Lo frotó con la mano en círculos, para poder alcanzar a ver el resplandor de las farolas sobre el húmedo suelo de adoquines de la calle.

Había conseguido llegar hasta el mismísimo Berlín. Al fin obtuvo la misión que tanto tiempo había buscado, en el centro neurálgico y más peligroso de la guerra. Su misión era sacar de allí a un capitán inglés, un tal Camellero.

No era nadie que estuviese en posesión de ningún secreto importante, pero su familia era demasiado influyente. Tanto que habían movido los hilos para conseguir alguien del servicio especial que trajese de vuelta al imbécil que se había hecho capturar en extrañas circunstancias.

Aunque en otras circunstancias no hubiese dado un penique por un idiota como le contaba que era el tal Camellero. Se ofreció voluntario para esta misión, porque le llevaba directamente a Berlín, el corazón del imperio. Desde allí encontraría la manera de comunicarse con Terry.

—Bien —al fin Geüser pareció terminar sus meditaciones, y sumido también en sus propias cavilaciones, la voz de su compañero le pareció en principio como un eco lejano. —me haré cargo de todo esto. Responde una cosa. ¿Quién puñetas es ese tal Cromwell. que te han movilizado hasta aquí?

—Su padre es General, ha hecho lo imposible para que hagamos esta excepción.

—Hay cientos de ingleses en campos de detención, junto a franceses, belgas, americanos. Y pasándolas putas. ¿Qué importa un idiota que llevó a su pelotón a una encerrona? Y además de perder a todos y cada uno de sus hombres, tuvo la poca elegancia, de dejarse capturar vivo. Sea hijo de quien sea, no merece tal despliegue de medios. —Después de suspirar hondamente, continuó—Tienes la suerte de que yo tuviese asignado a la vigilancia las oficinas del cuartel donde lo han trasladado esta noche. Temo que este aquí poco tiempo, sólo para el interrogatorio, y después lo envíen hacia cualquier campo. De allí sería imposible sacarle.

—¿Qué podría hacer mientras tanto?

—¿Conoces algo de Berlín?

—Más bien poco. Hace años estuve aquí para una de mis primeras misiones, esto ha cambiado demasiado.

—Tengo aquí algún buen mapa. Haz un estudio de las diferentes rutas de llegada y escape. A lo mejor tenemos suerte, y podemos también ponernos en contacto con tu hermano.

—Sé dónde vive. Pero no me atrevo ni a enviarle una nota. Podría estar vigilado.

—Podríamos intentar con algún anónimo, indicándole un lugar de encuentro, fácil de acceder y escapar. Una hora, una fecha. Yo haría que le llegase. Pero aunque me pese, Cromwell. es nuestra prioridad.

—Bien, lo pensaré, déjame ahora el mapa.

Geüser le sonrió, le proporcionó lo que necesitaba y ocupó una de las camas para descansar esta noche.

—Me apetece tanto pasar unos días a solas con Alfred. Sería algo así como una segunda Luna de Miel. ¿Qué te parece Candy?

—Maravilloso Madame Ivette. Usted sabe que no tiene por qué preocuparse por Jimmy ni por Ninette.

Ivette Colber suspiró soñadora.

—Sólo son unos días, ni siquiera una semana. Después cuando todo esté preparado en nuestra nueva residencia, vendrás con los niños.

—Los cuidaré bien, no debe preocuparse.

—Me da cierto reparo dejaros solos. Pero voy a estar tan ocupada con los preparativos, y sé que tú los proteges muy bien. Gracias a Dios que he convencido a Alfred de salir de Berlín. ¡Este ambiente de guerra, y estando en la misma capital del conflicto! No hay ningún lugar seguro en el mundo pero... Siempre que Suiza permanezca neutral, eso es importante. —Miró a Candy— Ah, Candy, ¿tienes tus visados en regla?

—Tengo que renovarlo, aprovecharé cualquier instante para acercarme a la oficina a arreglarlo.

—Hazlo pronto, no puedo pasar sin ti, querida. Eres la única que consigue que mi pequeña Ninette, se tome cada comida.—Ivette llevaba largo rato intentando alimentar a su hija, pero ésta atendía a todo menos a la cuchara que afanosamente intentaba meter su madre en su boquita rosa.

Candy sonrió, y tomó la cuchara ella misma. Se sentó junto a Ninette y le habló al oído quedamente. La pequeña pelirroja sonrió, y terminó todo el plato sin rechistar.

Asombrada, Ivette Colber, contemplaba el pequeño milagro. Cuando Candy retiró el plato vacío, la siguió por el pasillo, mientras la niña corría a jugar en la alfombra con alguna muñeca despeinada, ya lejos de los oídos de la pequeña, se atrevió a preguntar.

—¿Qué le has dicho Candy?

—Secreto profesional, Madame Ivette. Si usted averiguase mis métodos, no me necesitaría, y me quedaría sin trabajo.

Ambas mujeres rieron juntas, Ivette juró una y cien veces, que aunque conociese cada uno de sus secretos para sobrellevar a los niños, jamás se podría deshacer de su compañía.

CONTINUARA

EN ESTA NOVELA LOS AÑOS PASAN Y NADA QUE SE CONOCEN LOS REBELDES, CUANDO LO HAGAN YA SERAN ANCIANOS, HASTA PERDI LA CUENTA, CANDY TENIA 21, DESPUES 23 CASI 24 Y AHORA NI IDEA, TERRY TENIA 28 Y YA TIENE 7 AÑOS EN ALEMANIA? Y SIN NOTICIAS DE INGLATERRA.

VEREMOS QUE PASA .

ABY.