Disclaimer: Algunos de los personajes no me pertenecen, Stephenie Meyer los creo en su preciosa cabecita, yo solo juego un poquito con ellos. La historia es mía.


Capítulo beteado por Yanina Barboza, beta de Élite Fanfiction (www facebook com/ groups/ elite . fanfiction)


LA CUENTA REGRESIVA

Los Cullen mandaron su jet privado por ellos, justo como lo hicieron en octubre pasado, lo que resultó afortunado por todo el equipaje que llevaban: desde todo lo que necesitaban para Tyler durante un mes lejos de casa, hasta protectores de ropa con vestidos y trajes, cajas con zapatos y cajas fuertes con joyas.

Alice se aseguró el cinturón en cuanto tomó asiento y no se movió de su lugar por ninguna razón. Fue hasta que la puerta del jet se cerró que se dio cuenta que faltaban dos personas dentro de él. Le frunció el ceño a Jasper.

—¿Dónde están Emily y Sam? —le preguntó.

—Emily renunció al cortejo. Deberías saberlo. Lo hizo por ti.

Alice rodó los ojos.

—¿Y Sam?

—Edward habló con él.

Alice lo miró inexpresiva, esperando el momento en el que riera dando la broma por terminada. Pero no sucedió.

—¿Y eso es todo? ¿Habló con él y ya?

—Por supuesto, ¿qué creías? Bella no soporta los impares. Edward dice que le estaba matando pensar que habría un padrino de más.

—¿Y yo estoy pintada?

—Tú renunciaste también, Alice, no lo olvides. Ella no te iba a traer de vuelta nada más porque le sobraba un hombre en el cortejo.

—Pudiste renunciar también. Eres mi esposo.

—Pero soy su hermano. Y no la voy a dejar nunca. Ni a ella ni a Ilaria.

«Gracias por la aclaración», pensó Alice con amargura.

Mientras despegaban y Jasper mantenía una absurda conversación con Tyler acerca de algo estúpido seguramente, Alice pensó en las mejores palabras para enfrentarse a sus amigos, esos que resultaron ser lame botas de Isabella y capaces de traicionar a Alice quien, por cierto, los hizo alguien en la escuela. ¿Isabella qué hizo por ellos?

En cuanto estuvieron estables en el aire, Alice se quitó el cinturón y caminó por el avión hacia sus amigos.

—¿Cuándo me iban a decir que Emily y Sam fueron expulsados del cortejo? —inquirió, interrumpiendo lo que sea que Leah estuviera diciendo.

—Creímos que ya lo sabías. Uno de los pretextos de Emily fuiste tú, ella debió decirte —respondió Angela.

—¿Pretextos?

—Ella estaba menos dispuesta que tú, Alice, a todo decía que no, incluso aunque le gustara. Solo necesitaba una excusa y te usó a ti.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Pues es la verdad. Ella misma nos lo dijo. Y, bueno, Sam fue un efecto colateral. Edward no tiene amigas y Bella no conoce bien a sus primas, así que no había forma de que Sam se quedara. Fue muy atento por parte de Edward ser él mismo quien le informara la decisión y que no enviara a Eric o a Ilaria.

—Sí. Son la amabilidad encarnada, por supuesto. Ustedes no viven con ellos.

—Tú tampoco —escupió Garrett—. Y te caen tan mal, Alice, que incluso si tus berrinches hubieran funcionado seguirías diciendo que son unos estúpidos, acéptalo.

—O en realidad estás demasiado influenciada por Heidi y Lauren, que están muy resentidas contigo por incluir a Bella en el grupo y son capaces de hacer y decir cualquier cosa en contra de ella como si fuera su culpa. Un consejo como tus amigos que somos, Alice: supéralo. Bella no va a cambiar, y menos ahora que se va a casar y a tener un bebé.

Alice resopló y regresó a su asiento, ignorando por completo el consejo de Leah. ¿Que Isabella no va a cambiar? ¡Oh! Claro que lo hará, si es que quiere seguir siendo una Swan.

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El vuelo a Londres duró diez horas, quedándose ahí el tiempo suficiente para registrar su llegada al país en migración. Volvieron a subir al avión, esta vez para volar a Gales, a donde llegaron dos horas después, encontrándose con los autos que los Cullen enviaron por ellos para llevarlos a la casa de Edward e Isabella en el mismo Glamorgan.

El pueblo era callado, tranquilo y... desesperante. Los únicos sonidos que se escuchaban en la calma eran los autos y el viento que soplaba también con tranquilidad. «Nada como Los Ángeles», se dijo Alice mirando a su alrededor al bajar del auto.

—Oh, siento como que viajamos en el tiempo —dijo Renée. Y no se equivocaba. Era como estar en el medioevo, no le sorprendería ver pasar una carreta o un rebaño de ovejas con su pastor a caballo.

Y fue justo lo que vio al mirar a lo lejos. Un gran pastor alemán ladraba correteando entre las ovejas que comían de la vegetación del lugar, su pastor, a pie, las miraba y regresaba al rebaño cuando unas se alejaban.

—Eso no se ve en Los Ángeles —soltó Alice, mordaz.

—Lo sé. ¿No es maravilloso? Toda esta naturaleza es justo lo que mi niña necesita en este momento de su embarazo.

—¿Señores? Por favor —indicó uno de los choferes.

En ese momento, Alice miró la casa de ladrillo que se alzaba orgullosa ante ellos. Tenía un estilo Tudor, con altos techos de ladrillo y amplias ventanas relucientemente limpias, puertas dobles de madera y una chimenea de la que salía humo. El jardín era de un pasto tan verde y perfectamente cortado, con pequeños arbustos cerca de la fachada y un toque de color gracias a las buganvilias; el jardinero se encontraba trabajando con devoción ahí, solo cambiando su atención cuando los huéspedes pasaron por su lado para dedicarles una reverencia.

Un hombre de uniforme de pingüino y una mujer con un largo vestido completamente negro los recibieron en el vestíbulo. Ambos con postura rígida y rostros solemnes.

—Señores, bienvenidos. Soy Sebastian, el mayordomo de la casa. Ella es Mildred, nuestra ama de llaves. Es un honor recibirlos. El señor bajará en unos minutos, mientras tanto los invito a pasar a la sala. Por favor.

Lo siguieron hacia la estancia, que le sacó un guau inmediato a Alice. Estaba pintada completamente de blanco, con vigas en el techo de madera de las que colgaba un candelabro de estilo antiguo, sillones en tonos neutros, con mesas de madera oscura, repisas en la pared, una chimenea y, arriba de esta, una pintura al óleo basada en una de las muchas fotografías de compromiso de Edward e Isabella.

—Por favor, Sebastian, felicite al artista de parte de mi familia.

—Lo haré, señor Swan. Por favor, tomen asiento. Volveremos con bebidas y bocadillos.

Ocuparon todos los sillones, incluso algunos se quedaron de pie, solo hablando entre ellos. Dos mucamas llegaron con lo prometido y lo dejaron sobre la mesa de café principal, retirándose en silencio, tan solo segundos después Edward hizo su aparición, con un semblante cansado que a nadie le pasó inadvertido.

—¿Está todo bien? —le preguntó Renée, cuando lo saludó con un beso en la mejilla.

Edward asintió.

—Ahora ya lo está. El médico del pueblo la revisó.

—¿Qué ocurrió?

—Se complicaron las náuseas. Nos despertó temprano y estuvo dentro del baño cerca de media hora. El doctor le dio un medicamento y ahora está dormida.

—¿Ha comido algo?

—Hice que desayunara pan tostado y su té, pero no lo pudo retener. Veremos más tarde. Si sigue igual, la llevaremos a Cardiff.

—Bien, eso suena tranquilizador para mí —dijo Charlie—. ¿Tú estás bien?

—Estoy cansado, es todo. No es nada que me inhabilite por el día. ¿Quieren que les muestre la casa?

—¿Seguro? —inquirió Jasper—. ¿No te quedarás dormido a medio recorrido?

—Realmente espero que no. Vamos. Hay que despertar.

—No me caes muy bien en este momento, Edward —masculló Ilaria, siguiéndolo hacia el vestíbulo.

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Antes de viajar y mientras preparaban las maletas, Jasper les dijo a Alice y Cynthia que empacaran más de un cambio por día. Al principio eso les resultó confuso, pero en esa primera semana viviendo de acuerdo a las costumbres de los Cullen entendieron el consejo de Jasper.

Si bien el nivel de aristocracia de los Cullen no era tan considerable —Carlisle había dejado de utilizar el título, pero aún lo tenían— mantenían un modo de vida extrañamente real. Todos los huéspedes de la casa debían sentarse juntos en la mesa para el desayuno, unas horas después —y de acuerdo a las indicaciones de la señora de la casa, es decir Isabella— se servía en el jardín un pequeño almuerzo, al que le seguía el té de la tarde y posteriormente, la cena para terminar el día con una pequeña merienda en la sala. Y debían cambiarse de ropa para el desayuno, la hora del té y la cena, eso si no se salía a la calle, pues si ese era el caso se encontrarían frente a cuatro cambios por día. Y los fines de semana no eran diferentes.

Ese domingo, Jasper la levantó temprano. Alice frunció el ceño al verlo con ropa formalmente casual.

—¿A dónde vas? —le preguntó acomodándose en la cama.

—Dirás vamos —respondió—. Tienes solo veinte minutos.

—¿Para qué?

—Es domingo. Vamos a ir a misa.

Alice abrió los ojos, sorprendida.

—Nunca vamos a misa.

—Los Cullen sí, y nos invitaron. Tenemos que ir a Windsor. Levántate. Te dejé tu ropa en el sillón.

Alice respiró hondo y se levantó para correr a la ducha. No había manera de que estuviera lista en veinte minutos, pero haría parecer que lo intentó, así podría mostrarse apenada cuando finalmente Jasper le dijera que se quedaría. Sin embargo, cuando bajó en el modesto vestido rosa y los stilletos cerrados que Jasper le eligió, se encontró con toda la familia esperándola, incluyendo a Isabella, siendo esa la primera vez que la veía desde que llegaron a Gales. Estaba bien, con un aspecto un poco ceniciento lo que le hizo darse cuenta que su malestar no fue de un solo día. Tenía un termo en las manos y un pequeño paquete de galletas saladas, que mordisqueaba con cansancio, algo dentro de Alice le dijo que eso era lo primero que comía en el día y que probablemente sería lo único que tendría en el estómago hasta el almuerzo.

Edward la ayudó a levantarse haciendo que lo tomara del brazo y salieron de la casa hacia los autos que los llevarían al aeropuerto.

—¿Aeropuerto? —preguntó Alice cuando se encontraron ahí.

—Iremos en el jet. Mi hermana no puede soportar un viaje en auto tan largo en este momento.

—¿Tan mal está?

—Pues sí.

Edward e Isabella aún no llegaban cuando subieron al avión. Jasper y Charlie los esperaron en las escaleras. Minutos después, ellos regresaron al avión, seguidos por los novios. Alice jadeó cuando vio a su cuñada. Estaba verde en medio de su palidez y un poco de sudor recorría su frente. Alice recordaba poco del comienzo de su embarazo, pero sabía que las náuseas matutinas no llegaron tan lejos. Isabella realmente estaba enferma.

El avión despegó, todos mirando la reacción de Isabella, que alzó el dedo pulgar cuando estuvieron en el aire. Edward le dio un beso en la mejilla y le acarició distraídamente el vientre. Era hipnotizante verlos, porque irradiaban amor por los poros. No había ninguna duda de lo que sentían el uno por el otro.

Poco antes del aterrizaje, Isabella desapareció en el baño, con un mejor aspecto y una pequeña caja en las manos; minutos después regresó, ahora con un nuevo accesorio en su cabello suelto con sus rizos naturales: un tocado morado. Ilaria fue la siguiente, mientras el resto se colocaba diademas con adornos exagerados. Alice estuvo a punto de negarse cuando Jasper le tendió el sombrero rosa, pero supo que no era muy buena idea. Al parecer había más tradiciones que respetar. Se colocó el pequeño sombrero, asegurándolo con horquillas que Rosalie le había facilitado y se miró al espejo. No se veía mal, pero resultaba estorboso.

El avión aterrizó en Londres y Edward los hizo bajar casi corriendo y caminar a los autos que los esperaban para llevarlos a Reading, donde se encontraba la iglesia de los Cullen. Sorprendidos, se encontraron con la prensa frente a las puertas de la iglesia y a la familia al completo esperándolos. Edward e Isabella fueron los primeros en salir. Saludaron a todos los Cullen siguiendo con el sacerdote que oficiaría la ceremonia, quien finalmente los hizo entrar al recinto.

La misa resultó larga. Edward e Isabella se encargaron de las lecturas, recitándolas con voz suave pero clara, mirando entre los libros frente a ellos y los asistentes con una naturalidad envidiable. Volvieron a sus lugares para escuchar el resto del servicio, que terminó casi media hora después. Salieron con sus programas en los brazos y volvieron a los autos, esta vez para ir a la residencia principal.

Alice había olvidado lo magnifica que resultaba la mansión, con sus altos techos y sus pesadas rejas de hierro forjado, sin olvidar los extensos pasillos estrechos de estilo victoriano y los rostros severos que la miraban desde los retratos al óleo. Cualquiera se intimidaría, pero los Swan se movían como peces en el agua, por supuesto, la residencia en Seattle no era más pequeña, aunque sí menos imponente.

En su viaje relámpago en octubre pasado en ningún momento se paró por el comedor. Y vaya que se había perdido de mucho. Frente a ella tenía una larguísima mesa de roble con más de veinte sillas, perfectamente alineadas una frente a la otra, con sus respectivas tarjetas de asignación. Casi rodó los ojos. Casi. Porque eso le recordó tanto a Isabella, pero esta vez no fue ella y eso le recordó de golpe en donde estaba. No era Hollywood y tampoco la casa de Isabella, y ella no era maleducada. Solo estaba enojada.

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Jasper y Charlie tomaron prestado uno de los despachos de la casa para no abandonar su trabajo en la constructora, mientras Edward ocupaba el otro, el que se suponía que pertenecía a Isabella. Los tres se la pasaban metidos ahí todo el día, saliendo solo para comer y cuando Isabella necesitaba su ayuda con algo pertinente a la boda, porque no dejaban de aparecer detalles.

Mirando desde lejos Alice se impresionaba por la cantidad de cosas que implicaba una boda de ese calibre, sobre todo porque en su propia boda solo se dejó llevar y, además, Isabella había hecho bastante antes de que se desentendiera al mudarse con Edward, por lo que Alice no hizo más que cerrar acuerdos, así que no sabía de primera mano lo que era planificar una boda.

Ese día les tocó elegir la vajilla y la cubertería. Como la masoquista que era, Alice los acompañó junto a Ilaria, Eric y Renée... Y todo el tiempo estuvo preguntándose por qué estaba ahí, al igual que Eric, es decir el padrino no tenía por qué estar en la planificación, sin embargo se encontraba con ellos, solo estorbando, seguramente. Al igual que Edward. Los hombres no tenían lugar durante el proceso de planeación.

—Pensamos en incluir su monograma en el centro del plato base solo para crear la sensación de exclusividad —dijo el proveedor, tembloroso y sin despegar la vista de los rostros inexpresivos de los novios, que caminaban alrededor de la mesa mirando las vajillas, con Ilaria y Eric como sus sombras. Edward movió un dedo distraídamente hacia su padrino, él asintió.

—¿Tiene muestras? —preguntó Eric.

—Por supuesto —respondió el hombre. Tomó un portafolio y sacó una carpeta, ofreciéndosela al padrino. Él la tomó y se la entregó a Edward al mismo tiempo que Bella le daba unos golpecitos a la vajilla de cristal, justo donde detuvieron su paseo.

—Deja eso —le dijo Isabella a su prometido—. Justo en el centro, ni un milímetro más ni menos y tiene que ser el mismo que hizo Eric, ¿de acuerdo?

—Claro que sí, señorita.

—Me gustan las líneas de esta —comentó. Edward asintió, mostrándose de acuerdo con su novia—. Que partan de los lados del monograma.

—Tenemos menos de un mes, joven —le recordó Renée al proveedor.

—Estarán listos —prometió.

—Bien —asintió Bella—. ¿Amor?

—Lo que quieras, Princesa.

Alice rodó los ojos. Por eso Isabella era de esa manera, no estaba acostumbrada a que no se hiciera lo que ella deseara. Aunque, si era totalmente sincera, no era eso lo que le molestaba, sino el hecho de que absolutamente nadie le negara nada. Y nadie era nadie. Charlie, Renée, Jasper, Edward y los Cullen le dieron un maldito presupuesto ilimitado para que tuviera la boda que quisiera, aunque era obvio que a ese paso terminaría con ambas fortunas y ninguno de ellos se inmutaba, todo lo contrario, la animaban a continuar contratando los servicios más costosos y tener pequeños detalles que aumentarían los ceros en los cheques. Y eso ya era ridículo.

Edward propuso intercambiar las copas de la vajilla elegida por las pertenecientes a otro juego que tenían el cáliz de cristal y el poste y base de plata. Alice frunció el ceño al ver la extraña combinación que su concuñado había hecho, resultaba extraña, y todo por los detalles que los diferenciaba: el templado de los platos y la plata de las copas, pero eso mismo hacía que de alguna manera calzaran a la perfección.

Quizás los hombres no estorbaban tanto. Solo quizás.

Con los detalles totalmente claros, el proveedor tomó sus cosas y se retiró. Edward se disculpó un momento y volvió al despacho. Alice lo siguió, aprovechando que todos se habían distraído en una plática. No sabía qué era realmente lo que la había impulsado a ir detrás de él, pero ahí estaba, entrando a la pequeña oficina e interrumpiéndolo a media llamada y ganándose un ceño fruncido.

—Lo siento —se disculpó. Edward alzó una mano con un bolígrafo plateado entre los dedos, el director general de Cullen's INC LA a pleno, y terminó la llamada después de unos minutos.

—¿Ocurre algo, Alice? —le preguntó él con voz cansina. No le había dicho nada y él ya la había mandado al demonio solo con su tono.

—No, solo estaba buscando el baño —mintió.

—No hay baños aquí abajo. Creo que les dije eso cuando les mostré la casa.

—Lo olvidé —se excusó.

Edward suspiró.

—Entra y cierra la puerta, por favor —le dijo. Alice dio un paso al interior y cerró la puerta con suavidad—. Siéntate —musitó gesticulando hacia una de las sillas frente al escritorio de roble. Alice tomó asiento mientras Edward dejaba el bolígrafo a un costado en una perfecta alineación junto a la libreta que se encontraba justo en el centro del escritorio. Lo peor es que él ni siquiera se percató de que lo hizo, solo la colocó y ya. ¿Cómo? Dios sabrá. Se quitó los lentes y los dejó sobre el teclado de su computadora—. Tengo entendido que Emily renunció al cortejo por ti.

—Yo no sabía nada, Edward, me enteré en el viaje hacia aquí.

—Se escuchará grosero, Alice, pero eso no me interesa —soltó. Alice dio un respingo. Guau, sí fue grosero, y era extraño en el siempre amable Edward—. Te voy a confesar algo y espero que no te ofendas. Desde que te conocí en tu fiesta de compromiso vi algo en ti que... no me gustó. Mi familia y yo hemos hecho nuestra fortuna gracias a una habilidad extraña que tenemos de leer a las personas con solo una primera impresión. Aunque yo en tu caso no la necesite, quiero decir, Isabella me habló mucho de ti y tu situación con Jasper. Me resultó curioso saber que con solo dos meses de salir con Jasper resultaste embarazada; llámame esnob y elitista si quieres, Alice, porque lo primero que pensé fue "esta chica es lista", sabes a qué me refiero, ¿no? Y es que, cuál sería otra razón realista en nuestro círculo —comentó. Se puso de pie y la enfrentó—. Tú misma me diste la respuesta en marzo.

Alice se tensó. Por Dios, lo sabe.

—No sé de qué estás hablando —mintió con voz severa.

—¿Vamos a jugar a la demencia? Porque lo odio. Sabes muy bien de qué estoy hablando y te voy a pedir que seas totalmente honesta conmigo.

Alice suspiró.

—¿Quién te dijo?

—Nadie tuvo que hacerlo. Solo sumé dos más dos. Hace unas semanas Eleazar Denali vino a confirmar su asistencia a las dos bodas y supe que, si su esposa hubiera sido la responsable de esos rumores, simplemente no se atreverían a pararse por aquí sabiendo que la persona a la que difamaron es la señora de la casa. Los Denali son viles, no hipócritas ni estúpidos. Y pensé que si la prensa retomaba el tema después de dos meses de darlo por perdido entonces la fuente debía ser una persona cercana a nosotros. ¿Nuestros padres? Por supuesto que no. ¿Jasper y mis hermanas? Recuerda cómo reaccionó él cuando se enteró y mis hermanas tampoco la pasaron mejor. Eso me dejaba a nuestros amigos, exceptuando a Eric, Mike, Emmett y Rosalie, porque les pregunté, restaban los tuyos, pero más que una ligera sorpresa su reacción fue buena cuando Isabella les contó. Y así llegué a Heidi y Lauren, que también quedaron descartadas porque la prensa sabe lo lejanas que son. ¿Quién me quedaba? —inquirió. Señaló a Alice—. Su mejor amiga y la esposa de su hermano, una integrante de la familia que estaría completamente enterada de lo que sucede con nosotros y de los primeros en saber una noticia como esa. Y, además, una chica enojada.

—Yo no sabía que nos estaban escuchando, Edward, te lo juro.

—Eso está de más. El daño fue hecho y esta vez estamos escondiendo este embarazo porque sabemos que terminarán asociándolo con la boda otra vez y todo gracias a tu desliz. Te voy a decir una cosa y espero que me escuches atentamente: Isabella ya no está sola y los Swan ya son mi familia y los protegeré de quien sea, incluso de alguien del nido. No permitiré que nadie juegue con ellos solo porque son demasiado nobles. Nadie.

Alice le sonrió mordaz.

—No olvides que soy la esposa del heredero, Edward, y que tú te casarás con el segundo repuesto. ¿Quién crees que tendrá más derecho?

—¿Necesito recordarte quién te presentó al heredero, Alice? ¿Y la opinión de quién importa más para él? No lo olvides.

No hay duda. Son tal para cual.

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Jasper estaba enloquecido. Demasiado.

El día al fin había llegado y Alice era testigo en primera fila de los nervios y la ansiedad de su marido.

—Mi hermanita se casa, Alice, por supuesto que estoy nervioso —le había dicho horas atrás cuando apenas si tocó algo de la comida que les subieron.

Estuvo caminando de un lado a otro, tronándose los dedos hasta que decidió que era momento de vestirse y desde entonces se encontraba lidiando con la pajarita del esmoquin negro. Ya le había pedido ayuda, pero ella no tenía idea de cómo hacerlo.

—¿No se supone que esas son cosas que deberías saber? —inquirió ella con burla. Jasper no respondió.

—La señorita Ilaria —anunció la mucama dejando entrar a Ilaria, aún en bata pero ya maquillada y con el cabello lacio cayéndole sobre los hombros con las puntas ligeramente levantadas y una lisa diadema hecha con su propio cabello apartándole el resto del rostro.

—Gracias al cielo —musitó Jasper dándole un beso en la mejilla.

—Sí, sí. Soy un ángel. Estate quieto —ordenó comenzando a trabajar en el intrincado nudo que tuvo listo en menos de dos minutos—. Faja —pidió.

—¿Planeas vestirme?

—En vista de que pareces ser un completo inútil hoy... sí. Bells está casi lista y nos necesitan para las fotografías.

—¿Estás nerviosa?

—¿Tú?

—Un poco.

Alice lanzó una carcajada. Jasper rodó los ojos.

—Yo también. Y no sé por qué. No tengo nada que hacer más que pararme junto a ella y firmar las actas. Estoy aterrada.

—Nuestra hermanita se casa, Minny —le dijo Jasper, con la emoción desbordándose por su voz.

—Lo sé —respondió Ilaria entre risitas. Y, entonces, los hermanos se abrazaron.

—¿No tienes que ir a ayudar a Isabella? Si yo fuera la dama de honor...

—Si tú fueras la dama de honor mi hermana en este momento sería un desastre porque no sabrías cómo calmarla. Ni cerrar la boca. Nos vemos en un rato.

Alice miró a Jasper, que comenzaba a preparar a Tyler.

—¿Por qué no dijiste nada?

—Porque tiene razón. Nunca has sabido lidiar con los nervios de Isabella, o la ignoras o le gritas que se calme, y esas no son maneras de tranquilizar a una asmática con ansiedad.

—Ella solo quiere llamar la atención, ¿cuándo te darás cuenta de eso?

—¿Y acaso no merece hacerlo o es que te molesta que lo logre cuando tú no puedes hacer ni que tu hermana te mire cuando estás en uno de tus berrinches? Pareces una niña pequeña, Alice, en verdad. Y es patético.

Alice miró a su esposo, quien le hacía caritas graciosas a Tyler para hacerlo reír, como si nada hubiera pasado. Frente a sus ojos, Jasper vistió al niño con un pequeño esmoquin y le acomodó el cabello revuelto con un poco de gel para niños y se fue, dejándola sola para terminar de arreglarse. La mucama sacó el vestido color terracota del clóset y la ayudó a meterse en él, acomodándole los tirantes halter que rodeaban su cuello, para lo que decidió recogerse el cabello en una coleta anudada en la nuca.

Jasper volvió por ella y bajaron al jardín. Esta sería la boda que la prensa cubriría, por lo que no les sorprendió encontrarse con las cámaras por todo el lugar. Todos los invitados se encontraban ahí, esperando a los novios, siendo Ilaria y Eric los últimos en salir. El vestido que eligieron para esa noche seguía pareciéndole precioso, hecho en seda morada con tirantes y escote en V, además de una modesta apertura en una pierna, dejando ver los stilletos negros, ¿sus accesorios? Un set de collar y aretes de diamantes y perlas. Todas con el mismo peinado y maquillaje que había visto minutos atrás en Ilaria. Los padrinos usaban el mismo esmoquin negro con solapa brillosa y pañuelo blanco en el bolsillo.

Los jueces ya estaban detrás de la mesa principal, preparando sus actas y plumas sobre esta. Ahora ya solo quedaba ser pacientes porque, a juzgar por los destellos que salían del interior, los novios aún tardarían.

Alice se ubicó rápidamente en la mesa de los Swan, justo donde su nombre se encontraba en la ya conocida tarjetita de asignación, junto a Cynthia y Seth, los tres tamborileando los dedos sobre la mesa de cristal.

Finalmente, los padres de los novios comenzaron a moverse y Jasper los hizo ponerse de pie. Edward e Isabella aparecieron tomados de las manos, con enormes sonrisas en el rostro. El novio llevaba un esmoquin tradicional de tres piezas, con su acostumbrado cabello revuelto. La novia usaba un vestido strapless con silueta de trompeta y escote de corazón, el top era plateado y la falda inmaculadamente blanca caía con delicadeza enmarcando perfectamente la delicada figura de Isabella; su cabello se encontraba recogido en un moño apretado en la nuca, con el flequillo lateral resbalándose en su frente, dándole un toque juvenil al remilgado arreglo, un collar y aretes de diamantes y perlas y un cinturón le daban un brillo perfecto, coronado por la tiara de los Cullen, el toque final para el primer look de la novia.

—¿No se supone que tienen ciertas reglas? —inquirió Alice, sin dejar de mirar a los novios mientras saludaban a sus invitados.

—Los Cullen son más permisivos, su única exigencia es el uso de la tiara —respondió Cynthia—. Supongo que Bells quiso diferenciar ambas bodas.

Algo había sucedido con unos invitados, porque Jasper, Carlisle y Charlie apartaron a los novios y los cinco comenzaron a hablar con rostros tensos. Alice, Seth y Cynthia comenzaron a acercarse para saber qué estaba sucediendo, pero fueron detenidos justo en la mesa principal cuando los novios caminaron hacia allá sin soltarse de las manos. Los invitados comenzaron a tomar sus lugares, atentos a las familias que estaban acomodándose frente a la mesa, listos para comenzar.

La planificadora de la boda se acercó con dos micrófonos y le dio uno a cada juez.

—Familia, amigos —comenzó uno de ellos hablando por el micrófono—, nos encontramos esta noche reunidos con motivo del enlace matrimonial del señor Edward Anthony Cullen y la señorita Isabella Marie Swan-Higginbotham. Antes de empezar es nuestro deber preguntar si los contrayentes se encuentran aquí por voluntad propia —dijo. Los novios asintieron, respondiendo al juez.

Los jueces ofrecieron una plática sobre lo que significaba la institución del matrimonio, robando risas y sonrisas, así como asentimientos, mostrando su entendimiento.

—Edward, ¿aceptas a Isabella como tu legítima esposa? —preguntó el otro juez.

—Sí, acepto —respondió Edward.

—Isabella, ¿aceptas a Edward como tu legítimo esposo?

—Sí, acepto.

—Sus firmas, por favor —pidió el primer hombre, tendiéndoles un bolígrafo dorado. Edward lo recibió y firmó en donde el juez le indicó, entregó el bolígrafo a Isabella y ella colocó su firma con un suave movimiento de manos. Regresó el objeto al juez, quien posteriormente lo ofreció a Eric y él a Ilaria—. Por el poder que nos confiere la nación de Estados Unidos y el Reino Unido, los declaramos marido y mujer. Edward, puede besar a su esposa.

Edward tomó a Isabella del rostro y se acercó a ella, ambos sonriendo enormemente, y se dieron un besito casto, los aplausos resonaron en el amplio jardín. Los invitados se acercaron a felicitarlos, mientras Charlie y Carlisle agradecían a los jueces estrechando sus manos.

Como si todo el tiempo hubieran estado ahí, la mesa ya tenía los platos, cubiertos y copas, incluso las tarjetas de asignación ya estaban colocadas junto a las servilletas negras de raso.

Poco a poco los invitados volvieron a sus lugares, esta vez seguidos por los Cullen y los Swan; minutos después, los meseros salieron con cacerolas plateadas en los brazos y de ahí mismo sirvieron la crema de judías verdes, a la que le siguieron rollos de espinaca, feta y ricotta, todo acompañado por el mejor prosecco* del país, a excepción del postre en el que sirvieron porto*. Con duda, Alice miró a la mesa de los novios, solo para encontrarlos bebiendo agua natural, a ambos.

—¿Ya viste? —murmuró en el oído de Jasper.

—¿Qué? —preguntó él siguiendo la dirección de la mirada de su esposa. Maldijo por lo bajo—. Perdí la apuesta.

—¿Ahora qué? —inquirió Renée con voz cansina.

—Tu nuevo hijo ha estado las últimas dos semanas fanfarroneando con que no tomará nada de alcohol ni hoy ni en agosto, yo le dije que no iba a soportarlo. Ahora tendré que bailar Everybody en la recepción.

Todos rieron.

—Ustedes dos y sus apuestas —regañó Charlie—. ¿Cuándo van a aprender?

—¡Oh, vamos! Somos divertidos.

—Eso es muy cierto. Papá, si no fuera por esa apuesta tendríamos a Angela, Leah y Alice aullando las notas altas de Bells —soltó Ilaria. Alice la miró frunciendo el ceño.

—Ustedes tres y sus bocas terminarán conmigo —dijo Charlie.

—Por si dudabas que tus hijos fueran Swan —rio Renée palmeándole un hombro.

—Oh, no. Cada día recuerdo que son totalmente Swan —respondió él.

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Era el día de la cena de ensayo. Por orden de Jasper, Alice había acompañado a las gemelas y a su suegra a ver los arreglos de las mesas. Y sí, definitivamente los Swan habían tirado la casa por la ventana para que Isabella tuviera la boda de sus sueños, ahora el "no escatimará en gastos"de Jasper comenzaba a tener sentido. Pero la pregunta persistía: ¿Por qué no hicieron lo mismo para mí?

Para cuando Renée, Ilaria y ella volvieron a la mansión, Alice estaba furiosa con toda la familia y no le entusiasmaba ir a la cena, pero no tenía otra opción. Debía congraciarse con los Swan y para eso, tenía que mostrar una sonrisa y asistir a la cena.

Pero no tenía la más remota idea de lo que debía usar. Isabella había especificado en la invitación el tipo de vestuario que requeriría el ensayo y la cena; por supuesto, lo hizo solo para molestarla porque ella sabía muy bien lo poco que Alice conocía sobre etiqueta. La cena de Año Nuevo no fue difícil, solo un simple vestido largo que acompañara al esmoquin de Jasper, al igual que la boda de Londres, pero cuando leía "media etiqueta" se volvía loca. ¿Qué significa esto? ¿Debo cortar la etiqueta del vestido? Después de buscar en su clóset, encontró el vestido que usó el día de la graduación, era rosa, corto hasta los muslos, muy juvenil y divertido. Además, ese mismo día, Jasper le pidió matrimonio. Ese vestido haría que nadie se olvidara de su boda aun durante la ceremonia de Isabella. Perfecto.

—Alice, ¿necesitas...? —comenzó a preguntar Ilaria entrando a la habitación, llevaba colgando en sus brazos una chalina morada, que combinaba bastante bien con su vestido azul marino hasta la rodilla y sus tacones blancos y negros. Demonios, ella sí sabe y ha vivido en el Bronx más tiempo que aquí. Se detuvo al verla con el vestido—. Oh sí. La necesitas. Espera un minuto, no te muevas.

¿Necesito? ¿Qué necesito?

Ilaria volvió rápido cargando un vestido verde esmeralda de encaje, unos zapatos beige y un blazer del mismo color.

—¿Qué haces? —le preguntó.

—Quítate el vestido —ordenó. No tenía la misma fuerza de orden que Isabella, pero sí la suficiente para que Alice se desvistiera—. Si Bells se entera de que pretendías ir con ese vestido a su ensayo y su cena, nos mata a todos después de matarte a ti —le dijo ayudándola a meterse en el vestido.

Alice bufó.

—¿Cómo es que sabes lo que tenemos que usar?

—Antes de mudarme tomé algunas clases y la profesora ocupó una semana para explicarme toda la etiqueta... Creí que tú también habías hecho eso.

—Claro que no. Sé cómo comportarme.

—Pero no cómo vestirte y eso es tan importante como el comportamiento. Sobre todo cuando hablamos de Bella —le dijo subiéndole el cierre del vestido.

—¿No crees que está demente?

—Pesada, más bien. Pero ¿puedes culparla? Es su boda, ella decide lo que quiere hacer, tú ya pasaste por eso.

—Mi boda no fue ni de cerca tan grande como la de ella lo será —soltó con rabia. Ilaria la miró sorprendida.

—Así que ese es el problema... —aventuró—. Por eso le tienes tanto coraje a mi hermana...

—Sal de mi habitación. AHORA.

Ilaria le sonrió y se giró para salir de la habitación, en ese momento Jasper entró.

—Vaya, Ilaria —le dijo—. Te ves muy bien.

—¿Lo logré?

—Lo lograste. Bells estará orgullosa de ti.

—Eso espero. Amm... Creo que es hora de irnos.

—Sí, justo eso venía a decirle a Alice. ¿De dónde salió ese vestido? —le preguntó a su esposa.

—Ilaria me lo prestó.

Ilaria sonrió.

—No tarden —les dijo y salió de la habitación.

—¿Por qué tuvo que ayudarte? ¿Cuál te ibas a poner?

—El de la graduación.

Jasper simplemente la miró. Por supuesto que había hecho mal, no iban a una discoteca, era la cena previa a la boda de Isabella, de estricta media etiqueta.

—Vámonos —le dijo. La dejó pasar primero y después salió él. Se reunieron con el resto en el vestíbulo de la mansión. Renée, que llevaba a Tyler en brazos, recorrió a Alice de la cabeza a los pies y asintió a modo de aprobación, pero Alice no la miraba a ella sino a su hermanita que llevaba un coqueto vestido de chifón rosa y lila y unos zapatos altos plateados con una correa alrededor del tobillo. Se veía adorable.

—Bien, ya estamos todos. Hora de irse —dijo Charlie. Salieron de la casa y subieron a la camioneta negra de Charlie.

El ensayo y la cena serían en el mismo resort de la boda pero en diferentes áreas. Los invitados eran solamente familiares y amigos más cercanos de ambas familias, una muy minúscula parte de los invitados a la boda y aun así se veían demasiadas personas.

La prensa estaba del otro lado de la calle, siendo controlados bastante bien por la policía del barrio. Después de rápidos saludos a las cámaras, todos entraron al resort; Alice posó un poco antes de que Jasper casi la arrastrara a la puerta.

—Señor Swan, señor Cullen —dijo uno de los guardias de la puerta haciendo una ligera reverencia—. Bienvenidos. En la tercera puerta de lado izquierdo salen al segundo jardín para el ensayo. Ahí los recibirá mi compañero.

—Muchas gracias.

—¡Ya llegaron mis familias favoritas! —exclamó Kebi, la planificadora de la boda. Saludó a ambas familias—. Vayan al jardín, los muchachos ya llegaron —dijo comenzando a correr, pero se detuvo y se llevó una mano a la oreja izquierda. Volvió la vista hacia las familias que ya estaban llegando al jardín—. ¡Charlie, Renée! —gritó. La pareja la miró—. Tienen que venir conmigo —dijo. Los padres de la novia no dudaron ni un poco y corrieron hacia Kebi. Los tres fueron a la entrada dejando al resto confundidos. Volvieron a los dos minutos con Edward e Isabella, Charlie y Edward la sostenían de los dos brazos, ella se veía casi transparente en su ajustado vestido negro de coctel, dejando a todos en shock.

—¡Oh, por Dios! ¡Bella! —gritaron Kate e Irina. Edward las calló con un gesto de mano.

—Estoy bien —dijo la novia con voz ronca. Kebi hizo una seña hacia uno de los mozos, el chico se acercó y dejó una silla detrás de Isabella. Charlie y Edward la sentaron y Renée se acercó con su inhalador.

—¿Qué pasó? —preguntó Jasper.

—Los paparazzi nos cayeron encima —respondió Edward.

—Démosle un minuto. Estará bien —dijo Renée acariciando el largo y lacio cabello de su hija, ella asintió dando otra calada a su inhalador.

Todos esperaron ansiosos a que Isabella alzara la cabeza y asintiera. Se levantó como un resorte con una brillante sonrisa, había recuperado el color y respiraba con normalidad.

—Lista. Vamos —dijo con esa voz chillona que comenzaba a exasperar a Alice.

—Está bien —dijo Seth.

—¿¡Qué esperan!? ¡Andando, andando! —gritó Isabella dando unas palmaditas.

—Dios. Es singularmente estresante después de una crisis —masculló Alice, pero nadie la escuchó pues ya seguían a Bella hacia el jardín. Cuando los alcanzó, uno de los asistentes de Kebi la envió a sentarse—. Pero...

—¿Es parte del cortejo? —le preguntó.

—No. Pero soy...

—Sé quién es usted, pero si no es parte del cortejo le pido por favor que pase a sentarse junto al resto de la familia.

Alice miró con desprecio hacia Isabella que escuchaba atenta las instrucciones del sacerdote junto a Charlie, Bella sintió la mirada de su cuñada y volteó, dedicándole una petulante sonrisa.


*Prosecco: Es un vino blanco italiano, generalmente espumoso, seco o extra seco.

*Porto: Generalmente conocido como oporto, de origen portugués. Se caracteriza por su fuerte aroma, su dulzura y la presencia de alcohol y puede ser muy dulce, dulce, seco o extra seco.


Hola, ¿como están? Aquí tienen un nuevo capítulo, ¿que les pareció? Espero que les haya gustado. Gracias a jovipattinson y Tecupi por reviews en el capítulo anterior y al resto de ustedes por sus favs y follows. Hace dos semanas fanfic volvió a tener otro de sus berrinches y no estaba avisando de las actualizaciones, pero si esta el sexto capítulo y lo pueden disfrutar cuando quieran.

Nos vemos en el siguiente o en Sobreviviendo a Hollywood.

Annie. xx