Este fic es para el reto "Felices por siempre" del foro El diente de león.

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~ Amores en Panem ~


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VII. Rue y Primrose

La silenciosa noche y el ruidoso día

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«Ni la ausencia ni el tiempo son nada cuando se ama». Alfred de Musset

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Está ahí. Más allá de la multitud, subida en una pequeña plataforma. Hay una mujer rubia, supongo que la señora Everdeen, a su lado. Y en otra plataforma hay dos chicos, un hombre y una mujer, la familia Mellark.

Pero yo solo soy capaz de mirarla a ella.

Por más que lo he intentado, no recuerdo su nombre, y no he encontrado mi voz desde que acabaron los Juegos, así que no se lo he preguntado a nadie. Solo sé que se apellida Everdeen. Y que Katniss la llamaba a veces «patito».

Es curioso lo poco que se parecen. Su piel es más clara, su pelo es dorado, sus ojos son del color del cielo mañanero. Si me hubieran preguntado, habría respondido que era familia de Peeta, no de Katniss.

No sé si me es más fácil al ver que no queda nada de ella en el mundo, nadie tan parecido, que me haga sentirme más culpable; o me lo hace más difícil.

Mi escolta habla un rato de algo que ni escucho ni me importa. Seeder hace un discurso en mi nombre, agradeciendo a las familias de Katniss y Peeta que sus hijos tuvieran tanto que ver con mi victoria.

Todo lo que dice mi mentora se queda corto. Hicieron mucho más que eso.

Dieron su vida por mí.

No soy capaz de apartar los ojos de la pequeña Everdeen, que sé que tiene mi edad, mientras pienso que ella podría haber sido mi compañera en la Arena. ¿Qué hubiera pasado entonces, cuando Marvel me atacó con esa lanza que Katniss interceptó justo a tiempo? ¿También Peeta se habría interpuesto entre Cato y ella, acabando herido en el proceso? ¿Podríamos haber conseguido su medicina sin Katniss? ¿Lo habríamos curado justo a tiempo para que él se sacrificara para que los mutos no nos dieran alcance?

Peeta y Katniss deberían estar aquí. Habrían ganado, juntos, de no ser por mí. Pero él se quedó atrás para entretener a los extraños animales y ella murió al empujar a Cato fuera del techo de la Cornucopia y ser alcanzada por uno de esos mutos.

Mi grito, llamándola cuando me lancé para sujetarla, es el último sonido que he sido capaz de hacer.

Los médicos dicen que no me pasa nada físico, y los capitolinos ya han empezado a llamarme «la silenciosa noche», aunque cuchichean que soy la nueva Annie Cresta, esa Vencedora que está completamente loca.

Ojalá yo lo estuviera. Dejaría de haber pesadillas cada noche. Dejaría de preocupar a mi familia porque no soy capaz de decirles nada, ni de sonreírles. Dejaría de importarme que esas cosas no dejen de pasar.

Lo único bueno, por lo que merece la pena, es que no tendrán que volver a pasar hambre ni trabajar hasta el agotamiento.

Pero, ¿qué pasa con la pequeña Everdeen? Ella tampoco merece una mala vida. Y ahí está, escuálida, ojerosa, triste. Porque por mi culpa su hermana nunca volvió, por estar más pendiente de protegerme a mí que a sí misma.

Sabía que la visita al Doce sería dolorosa… no que sentiría esta culpa tan grande.

Paso la comida sin prestar atención a nadie, no me importa que crean que soy una desequilibrada, Seeder dice que en realidad es lo mejor, que en unos años agradeceré no haber sido popular en el Capitolio. No sé a qué se refiere, pero seguro que tiene razón. Dice que, al menos de momento, ella seguirá siendo mentora en mi lugar, apelando a lo joven que soy y lo mal que he quedado tras mis Juegos.

Y yo me pregunto si mi vida se va a reducir a esto para siempre. A estar atormentada.

No soy la misma niña que entró a los Juegos, la perdí en la Arena y no soy capaz de encontrarla. Quizá nunca lo haga.

Me levanto de la mesa, apenas he comido. Nadie me detiene mientras me paseo por el Edificio de Justicia. Tampoco a nadie parece importarle que abra la puerta y me vaya al jardín. Hay un Agente de la Paz que debería estar vigilándome, pero está entretenido hablando con una chica y ni se da cuenta cuando salto la verja.

Es curioso el Distrito 12. En una zona hay tiendas y casas que no están mal, en otra todo está medio destrozado y lleno de hollín. Quizá precisamente por eso destaca tanto el pelo rubio en la parte pobre. Ese que aparece ante mí.

No soy muy consciente de cómo ha pasado, pero de pronto tengo a la pequeña Everdeen delante de mí. Me mira a los ojos. Y algo hace «clic» en mi cabeza. Se llama Prim.

Ella silba cuatro notas. Las cuatro que le enseñé a Katniss, y que hacían que los sinsajos se callasen para escucharlas, antes de copiar su melodía. Esta vez, los pájaros no están, es demasiado tarde.

—Los sinsajos nunca se han callado para oírme —me dice, de pronto—. Esa es una de las cosas que hacía Katniss y que yo nunca podré hacer.

No hay ni una pizca de resentimiento en su voz. Debería odiarme.

Es tan bajita como yo. Estamos igual de delgadas. Pero todo en ella brilla, su piel blanca, su largo pelo dorado, sus ojos grandes y claros. Y yo soy lo contrario. Mi piel es oscura, mi escaso pelo se confunde por la falta de luz, mis ojos son tan negros casi como mis pupilas.

Somos el día y la noche. Katniss se equivocaba, Prim y yo no nos parecemos.

—¿Podrías silbar para mí? —me pregunta, y mi boca se abre ligeramente por la sorpresa—. Me gustaría escucharlo, aunque sea una sola vez.

No sé por qué, pero lo hago. Puede que sienta que se lo debo.

Ella sonríe y eso me impulsa. Silbo algo más largo, esa canción que Katniss me cantó para que me distrajera, mientras los mutos despedazaban a Cato y ella se desangraba sobre la Cornucopia. Lo único que pude hacer por ella en esa lucha final fue agarrarla para que no cayera con Cato, cuando ya uno de los mutos le había dado un zarpazo en el pecho.

Me cantó hasta que murió. Y entonces unas trompetas anunciaron mi victoria.

Prim cierra los ojos y veo lágrimas escapándose de ellos. Cuando acabo de silbar, un par de sinsajos trasnochadores reproducen la melodía y se la llevan con ellos más allá de la valla, al bosque.

Por un momento, me permito imaginar que son Katniss y Peeta.

—Gracias, Rue —me dice.

Entonces soy yo la que me echo a llorar. Y ella, con ese cuerpecito tan escuálido como yo lo tuve antes de los Juegos, me abraza. Siento como si sus pequeñas manos fueran capaces de sostener todo lo que me duele el corazón.

—¿Sabes cómo me llamo? —me pregunta, cuando se separa un poco para mirarme a los ojos.

—Prim —respondo. Apenas soy capaz de sorprenderme por poder volver a hablar.

—Ahora ya no. Ahora me llamo Primrose. Creo que es nombre más de mayor, ¿verdad? —La dulzura con la que habla me deja desconcertada—. Cuando te sientas mal, háblame. Puedes hablarme en silencio o puedes silbar a los sinsajos, quizá tu mensaje llegue hasta aquí. Y podemos agradecer, juntas, lo que Katniss hizo por nosotras.

No sé si entiendo lo que me dice, pero esta vez la abrazo yo. Con fuerza, con demasiada quizá, y ella no me suelta. Le empapo el cuello con mis lágrimas mientras susurro una y otra vez:

—Primrose. Primrose. Primrose…

Unas horas más tarde, el tren me lleva lejos de allí. Pero el viaje al Doce ha hecho que, muy en el fondo, reencuentre a la Rue que perdí. Y, con ella, mi voz.

~ · ~

Está ahí. En la pantalla del vagón del tren en el que estoy. Mi cabeza da vueltas, siento como si de pronto me hubiera quedado sin oxígeno. Mi tributo de este año, Pepper, se burla en cuanto la ve.

—Esos rubitos del Doce siempre son inútiles, tengo una rival menos.

—Cállate. —Se sorprende por cómo le hablo, pero no podría importarme menos.

Intercambio una mirada con Chaff. Él sabe perfectamente quién es Primrose Everdeen, la hermana de mi aliada caída en los Juegos, probablemente la única persona de la historia de los Juegos cuyo nombre ha salido dos veces.

Esta era su última Cosecha.

Su pelo rubio ya no es largo, lo tiene cortado a la altura de la barbilla. Sus ojos son igual de grandes y su cuerpo delgado, pero ya es una mujer. Igual que yo.

Durante estos cinco años, hice caso de lo que me dijo aquella única vez que nos vimos. Cuando sentía que todo se me iba de control, pronunciaba su nombre y parecía que ella aparecía, que con su dulce calma podía espantar a mis demonios. O, al menos, que compartíamos la culpa de la muerte de Katniss.

Sé que ha estado bien, porque me aseguré de ello. En cuanto vi a Haymitch Abernathy, el único Vencedor del Doce, le pedí que cuidara de las Everdeen y los Mellark, pero especialmente de Primrose. Él me miró fijamente, de pronto parecía mucho menos borracho, y asintió con la cabeza.

De vez en cuando le he preguntado por ella. No sabe mucho, porque Haymitch es como Chaff y prefiere encerrarse con bebida que relacionarse con otros, pero me ha dicho que está bien, que él se ha encargado de ello.

Pues ahora ya no es así.

En este momento Primrose está en otro tren, en la misma dirección a la que yo voy, solo que en calidad de tributo.

Siento una punzada de culpa porque, a pesar de la profunda preocupación que tengo, hay algo más debajo. Emoción. Porque esta era la única manera de que volviera a verla. Y no se me acaba de ocurrir ahora por primera vez.

Pepper hace algún otro comentario y siento que no voy a ser una buena mentora con ella. No cuando es una prepotente que cree que ya tiene los Juegos ganados. Sí, es fuerte, se le nota, tiene tamaño y pesos grandes para ser de mi distrito, proviene de una de las pocas familias adineradas y ha estado trabajando la forma física por si esto pasaba. Casi parece que se alegra de que su nombre saliera.

Me pregunto si no será solo una fachada.

Pero no me detengo mucho a pensar en ello. Paso todo el viaje viendo una y otra vez las Cosechas, solo para volver a clavar mis ojos en Primrose. Querría leer algo en los suyos, pero no sé exactamente qué busco. ¿Que sea la misma niña que, con doce años, en lugar de recriminarme haber perdido a su hermana me consolara como nadie más consiguió hacerlo? ¿Que tenga miedo? ¿Que sea valiente?

No sé qué busco, pero no encuentro nada. Solo unos ojos que se confunden con el azul del cielo.

No es hasta que llegamos al Capitolio, cuando ya Pepper y su compañero de distrito han subido al carro, que la veo llegar. Casi parece que me busca. Las comisuras de su boca suben un poco, aunque la sonrisa no le llega a los ojos. Haymitch sigue su mirada y me encuentra. Él está igual de triste que yo por esto. Creo que es esa conexión que siento con él lo que me impulsa a acercarme.

—Primrose —digo, y no soy capaz de saludarla en condiciones.

—Hola, Rue. —A pesar de la situación, sigue brillando, como si fuera un gigantesco sol. Creo que en eso se han inspirado para su atuendo, está llena de dorado.

—Siento… —Niega con la cabeza y eso hace que me calle.

—No seas como los demás, no tú, por favor —me lo pide con tanta amabilidad que me desconcierta, una vez más. Sé a qué se refiere.

—Eres una Everdeen, así que lo harás bien.

—Gracias. —Sé que lo dice de corazón. Su sonrisa esta vez sí le llega a los ojos, y no puedo evitar devolverle el gesto. Le pongo la mano en el brazo, solo porque siento la necesidad de asegurarme de que es real.

—Sé tú misma —aconsejo—. Con tu dulzura, con esa simpatía… Estoy segura de que los encandilarás a todos.

—Intentaré caerles bien. Además, no debería decirle esto a la competencia pero… tengo algún as en la manga.

Se ríe un poco y yo la acompaño. Miro a Haymitch elocuentemente pero él se encoge de hombros, no sé si porque no me dirá sus secretos o porque no los ha compartido con él tampoco.

Nos movilizan porque es la hora del desfile, así que me despido de ellos. Primrose me dedica una última mirada antes de subir a su carruaje.

No sé si es cosa mía, pero es la que más brilla. Literal y figuradamente.

Cuando del desfile acaba, no puedo acercarme a hablar con ella otra vez. Tampoco encuentro la oportunidad el resto de los días, y me cuesta centrarme en mi labor como mentora. Es solo mi tercer año, pero soy de más ayuda que Chaff, que se distrae bebiendo todo lo que contenga alcohol y yendo a locales de apuestas. Sospecho que ilegalmente ha apostado alguna vez. Y seguro que no por los tributos del Once.

La noche en la que salen las puntuaciones me sudan las manos. No por Pepper, que consigue un gran Ocho y comenta que podría haber sacado más pero no ha querido abusar, sino por Primrose. No sé si me asusta más una puntuación mediocre o una alta.

Su seis me deja tranquila. Pasará desapercibida, pero no será descartada. Un seis es bueno.

Le aconsejo a Pepper que potencie esa actitud de profesional que tiene y es lo que hace en la entrevista. Según las encuestas, sube en popularidad en cuanto la ven con actitud petulante en el escenario. Algo novedoso, una belleza oscura que podría ser una nueva vencedora.

Si gana, tendré que advertirle ciertas cosas.

Dejo de pensar en ello cuando Primrose sube al escenario. Vuelve a vestir de dorado y sonríe, solo con los labios, al público.

—Dinos, Primrose, ¿cómo te sentiste cuando tu nombre salió en la Cosecha? —pregunta Caesar.

—Fue como retroceder seis años en el tiempo. Pero, esta vez, mi hermana no estaba para dar su vida por la mía. —Se escuchan soniditos tristes de las gradas. Yo no puedo apartar los ojos de ella. Me pregunto si los focos están demasiado fuertes, porque me siento un poco cegada, aunque no me ha pasado en todo este rato.

—Todos recordamos a tu hermana, por supuesto, una de nuestras queridas Vencedoras fue muy amiga suya.

Él, todo Panem y yo sabemos que no soy querida. Me he asegurado de que sigan pensando que estoy desequilibrada y no sé relacionarme con las personas, creen más bien que en el Once somos seres primitivos. Incluso he fingido borracheras, con vómitos y gritos, para que me tengan el mayor asco posible. Siguen llamándome «la silenciosa noche», pero ahora es sarcásticamente.

La multitud se ríe, probablemente por eso de que no me aprecian ni un poquito. Un foco da en mi cara, así que me quedo mirando fijamente un punto de la cabeza del estilista que está sentado delante de mí. Él, que nos ve en las pantallas, se mueve ligeramente hacia un lado, tratando de mantenerse alejado.

Oh, cierto, también he atacado a algunas personas, nunca con intenciones realmente violentas, para que no quieran mi compañía. Seeder me ha ayudado bastante a convertirme en alguien no deseado.

Primrose no conoce este mundo, por eso sonríe.

—Ambas le debemos mucho a mi hermana, y ahora me toca hacer que su sacrificio no fuera en vano. Espero, de verdad, poder volver y veros a todos. —Es una verdad a medias, pero se gana al público.

Sus ojos se pasean por la multitud y se detiene por un momento en mí. Es demasiado rápido como para que se den cuenta, pero yo sí lo capto.

Me da un vuelco el corazón y Chaff de pronto está sujetándome el brazo para que vuelva a sentarme. No recuerdo haber querido ponerme en pie. Quizá sí que estoy un poquito loca.

~ · ~

—¿Cuál crees que ha sido la clave para que ganes? —pregunta Caesar.

Ella parpadea más de la cuenta, también tiene un tic en la pierna.

—Sabía escalar, no es lo mismo una montaña que unos árboles, pero algo es algo… —No termina del todo la frase, mira a su alrededor como esperando que alguien la ataque de un momento a otro. Me parte el corazón verla así.

—Claro, querida, eso fue muy útil. ¿Sabes cuál fue mi momento favorito en estos Juegos? ¡El más sorprendente de todos! Cuando te llegó ese paracaídas con la flecha que te dio la victoria.

De nuevo, los focos están sobre mí. Yo me muerdo las uñas con aire distraído, sin mirar al escenario.

Nunca fue tan importante como ahora que crean que estoy loca. He incumplido una norma muy severa y van a hacerme un juicio. Chaff y Haymitch, que son los que más me han apoyado y que saben que no estoy realmente tan mal de la cabeza, creen que no tendré demasiados problemas. Porque mi intervención hizo interesante una pelea final que iba a ser tan aburrida como el resto de los Juegos. Han sido los peores en popularidad de toda la historia.

Con mi propio dinero, pagué esa flecha y se la mandé a Primrose. Pepper había muerto despeñándose por un acantilado el primer día, demostrando que la estupidez y el orgullo pueden llevarnos a la muerte en los Juegos, porque se empeñó en demostrarle a sus aliados que era capaz de escalar mejor que nadie.

Primrose perdió a su aliado, el chico del Doce, la segunda noche. A manos de un extraño muto cabra que los capitolinos han llamado «patético». Se dice que el Vigilante Jefe y todo su equipo van a pagar las consecuencias. Y sé bien que será así.

Vemos en las pantallas un resumen de los Juegos. A Primrose escapando del Baño de Sangre, escalando mejor que nadie la pared rocosa, evitando un desprendimiento que provocaron los Vigilantes probablemente para matarla por ser un tributo aburrido, llegando a la cima poco antes de que llegaran los profesionales del Uno. Eran tan rubios como ella, pero no tan brillantes.

Nadie brilla como ella.

Se había quedado sin flechas peleando contra más de esos mutos cabra. La chica del Uno murió allí mismo, desangrada por una pelea anterior. El chico del Uno esperó pacientemente a que Primrose hiciera el primer movimiento, ya fuera atacar o intentar escapar. Él tenía su espada en la mano.

En el resumen no se ve mi gesto en ese momento, pero sé que es el mismo que tengo ahora. De absoluta desesperación.

No podía ser, no podía morir, no ella. No después de lo que Katniss tuvo que sacrificar para que no fuera a los Juegos. No podía apagarse ese sol, esa calidez.

En un impulso, le mandé el paracaídas que ahora veo en las pantallas. Ella, sorprendida, puso la flecha en el arco y apuntó. El profesional del Uno se enfadó y gritó hacia el cielo que él merecía más los regalos. Le llegó un paracaídas pero nunca llegamos a saber qué contenía.

Porque Primrose empezó a correr, más rápida de lo que había demostrado ser en todos los Juegos, y le disparó a un par de metros de distancia, atravesándole el cuello con la flecha. Ambos cuerpos cayeron a la vez, él muerto, ella desmayada por el cansancio.

Y yo lloré de alegría.

Ahora también se me llenan los ojos de lágrimas. Pero no es hasta después, esperando la última al ascensor y sorprendida por un par de presencias a mi lado, que se me escapa el llanto.

Espero a que estemos dentro para abrazar a Primrose igual que lo hice cuando yo acabé mis Juegos. Ella me sostiene como si fuera yo la agotada, en lugar de al revés. Haymitch mira hacia otro lado, incómodo, aunque parece contento por una vez en la vida.

—Gracias —susurro.

—¿Por qué, Rue? —me pregunta ella, apartándose para que la mire. Es la misma, no hay rastro de los tics nerviosos ni del pánico que parecía tener en el escenario—. Eres tú quien se ha arriesgado por darme la oportunidad de vivir.

—Gracias por volver.

Por primera vez, no tengo ganas de irme del Capitolio para volver a casa. Pero no tengo elección.

Tardo varios meses en volver a verla, cuando le toca venir al Once en su Gira de la Victoria. Finge, mejor aún que en su entrevista tras los Juegos, que es débil, nerviosa y algo desequilibrada. Espero a que vaya al baño para seguirla y entrar con ella.

—¿Lo estoy haciendo bien? —Su voz suena amortiguada porque me ha abrazado en cuanto he cerrado la puerta tras nosotras. Tiene la cara contra mi clavícula.

—Muy bien, patito. —Suelta una risa nerviosa y noto humedad en el hombro. Esta vez, yo la sostengo a ella, como ha debido ser siempre—. Tus Juegos no han sido populares, eres el tributo que menos llamó la atención, eso solo se ha incentivado al verte actuar. —Le acaricio el pelo, es suave, y parece recién cortado. Sigue llevándolo a la altura de la barbilla—. Están enfocados en criticar a los Vigilantes de esta edición, estoy segura de que estarás bien.

—¿Alguna vez te ha pasado? —pregunta, separándose de mí. Parece que le gusta mirar a los ojos al hablar. A mí me distraen los suyos.

—¿El qué?

—¿Han… comprado tu compañía?

—Sí. Creen que estoy loca, pero sigo siendo diferente que la mayoría, joven aún y con piel morena. Tres veces me compraron cuando cumplí los dieciséis, la edad mínima, una al año siguiente.

Su gesto es de absoluta tristeza. Me acaricia la cara y apoya la frente en la mía. No, no, ella no puede tener una vida como la mía.

—Estarás bien —le digo, de nuevo—. Hay muchas vencedoras del Uno parecidas a ti, pero más llamativas, tanto en físico como en personalidad.

—¿Debería tomarme eso como un insulto? —bromea. No puedo evitar reír.

—Corregiré: más atractivas para ellos.

—¿Sí lo soy para ti? —su pregunta me pilla desprevenida. Nunca lo había pensado así, pero sé la respuesta.

—Sí. Claro que sí.

Me sonríe.

Atesoro esa sonrisa durante los siguientes meses. Una sonrisa verdadera, que le llega a los ojos, que me deslumbra.

Veo otra igual cuando nos encontramos en la nueva edición de los Juegos, ambas como mentoras. Y son las mejores semanas de toda mi maldita vida.

Cuando nos escapamos a pasar tiempo juntas, casi siento a la verdadera Rue emergiendo. Sonrío como nunca antes, nos contamos todo la una de la otra, reímos de cosas que quizá no tienen gracia, conseguimos tanta complicidad como para vacilarnos. Incluso desarrollamos nuestro propio código para decirnos cosas cuando estamos rodeadas de personas y debemos fingir nuestro desequilibrio.

Nuestros tributos, como es habitual en nuestros distritos, mueren pronto. Ella queda muy afectada.

—He tenido suerte, lo sé —me dice, llorando, en un baño. Hemos abierto los grifos para que no se nos escuche—. Mi hermana se sacrificó por mí. En mis Juegos apenas tuve enfrentamientos. Maté una vez y se podría decir que fue en defensa propia. Casi sufrí más al tener que matar a esos animalitos… Pero tener alguien a mi cuidado, conocerla, y tener que mirar cómo muere… Lo único peor que esto fue ver a Katniss morir. Tengo pesadillas con tus Juegos, no con los míos.

—Primrose, no pasa nada por sentirte mal. Estás en tu derecho. Pero no puedes dejar que te coma por dentro.

—¿Cómo lo consigues? ¿Cómo puedes ser tan fuerte?

—Por ti. —Levanta la cabeza y me mira, yo miro al suelo, un poco avergonzada—. Me refiero a que… cuando te vi, en mi Gira de la Victoria, me diste razones para seguir. Hiciste que me diera cuenta de que Katniss se había sacrificado para que las dos viviéramos, y que ambas debíamos apreciar ese regalo que ella nos hizo.

Se queda en silencio varios minutos. Se seca las lágrimas con las manos y apoya la cabeza en mi hombro. Puede que estar sentadas en el suelo frío de un baño no sea el lugar más cómodo del mundo, pero para mí, ahora mismo, es el mejor.

Así que canto, muy bajito, para Primrose. Y ella deja por fin de llorar.

~ · ~

Hago algo estúpido, pero no puedo evitarlo. Siempre hago cosas estúpidas por ella.

Todos los años me pasa igual, parece que vivo para esas pocas semanas en el Capitolio, como mentora. Y no es por los lujos, o por los eventos a los que me inviten, ni por ser mentora (eso nadie debería disfrutarlo). Es porque la veo a ella. A Primrose.

Y todos los años la espera me mata. Me pregunto cómo se encuentra, si se ha dejado arrastrar por la tristeza, si se tortura por los tributos a los que no consigue traer de vuelta. En esta última edición pareció especialmente afectada, porque su tributo era una chica de la parte pobre del Doce, muy parecida a Katniss, y murió cerca del final, cuando ya le había dado tiempo a hacerse ilusiones.

No conseguí sacarle una sonrisa verdadera, solo algunas falsas para dejarme tranquila, antes de tener que volver a nuestros distritos. Y no puedo esperar todo un año, o a que nos llamen para algún evento en el Capitolio (como no gustamos, no suelen llevarnos). Así que me arriesgo estúpidamente.

Pago a un conductor del tren de mercancía que nos trae carbón del Doce, le doy una nota para que se la haga llegar a Haymitch. Confío en que él entenderá que es para Primrose, pero que no quiero arriesgarla a ella.

«Eres como un sol, brillante y cálida, ¿sabías? No dejes que eso cambie nunca. Necesito una luz que me guíe, que me mantenga aquí. R».

Es solo una tontería de mensaje. Pero sé que lo único que puede hacer que Primrose saque fuerzas es el ayudar a otros. La necesito, eso es una verdad. Y tiene que saberlo.

La respuesta tarda un par de semanas, cuando el tren de mercancía vuelve.

«Tú eres como una noche, opaca y misteriosa. Pero con luna y estrellas. Gracias por preocuparte por mí. Por recordarme por qué tengo que seguir. P».

Esa noche me duermo con una sonrisa.

Y a partir de entonces podemos mandarnos mensajes cortos, no comprometedores, pero que al menos nos recuerdan que la otra está ahí. Le cuento cosas tontas que me pasan, hablamos más en clave que otra cosa. Paso más horas pensando qué decirle, imaginando qué me dirá, que centrada en mi «talento». Cuidar un jardín no me importa demasiado… Aunque la cosa cambia cuando consigo semillas de armagas y prímulas, y las planto juntas.

Se lo cuento en persona, cuando una nueva edición de los Juegos hace que nos encontremos en el Capitolio.

—Mi nombre viene de una flor de montaña, la armaga. Y el tuyo de las prímulas. Las he plantado juntas y, ¿sabes algo curioso? Ambas se cierran por las noches.

Me sonríe con complicidad. Hablamos en voz muy baja, aunque sería difícil que nos escucharan porque el local tiene música muy alta y muchas voces. Haymitch y Chaff están montando escándalo en la barra, ambos igual de borrachos, pero es de las pocas veces en que parecen divertirse.

—Entonces, ¿duermen? —me pregunta.

—Eso parece. Y se despiertan cuando sale el sol. Como yo contigo.

—Pues yo soy de irme a dormir tarde, ¿sabías? Me gusta la emoción de las noches, el silencio que hay, que puedan pasar cosas en las sombras que nadie verá nunca.

Por alguna razón, sus palabras me turban. Me dice que va al baño y me mira de la forma en que sé que significa que quiere que la acompañe.

No espera a que cierre con pestillo, lo hago a tientas mientras los labios de Primrose ya están sobre los míos. Le devuelvo el beso, muy confusa, y ella me sonríe cuando se aparta.

—Han comprado mi compañía. —Noto algo pesado en el estómago—. Pero quería asegurarme de que tú fueras la primera persona que me besara.

—Niégate.

—No puedo. Harían daño a mamá.

—Pero…

—No me importa, Rue. No será agradable, pero no siento que vayan a hacer nada que no me hayan hecho ya. El Capitolio abusa de nuestros sentimientos, nos hace ver morir a otros, eso es muchísimo peor que cualquier cosa física.

Estúpidamente, soy yo la que lloro. Y ella la que tiene que consolarme.

—Te quiero —me dice.

—Te quiero, Primrose —respondo yo, antes de besarla.

Seré su primer beso, y su segundo, y el tercero. Seré su primer todo. Y, cuando alguien la toque, borraré su rastro con mi propio cuerpo.

~ · ~

Una mano roza la mía muy sutilmente. Tengo que usar toda mi fuerza de voluntad para no girarme hacia ella. Solo aguanto un minuto, después tengo que buscarla donde está el carruaje de los tributos del Doce.

Está tan brillante como siempre.

Resulta casi un dolor físico no correr hacia ella y abrazarla. Llevo tantos meses sin verla… sin nada más que cortos mensajes cada dos semanas… Pero merece la pena la espera. Merecería la pena esperar mil años por un segundo a su lado.

—Es peligroso y lo sabes —me dice Chaff de pronto. Tardo en escucharle.

—¿De qué hablas…?

—Conmigo no te tienes que hacer la tonta. Me ofende que confíes en Haymitch y no en mí. Pero tengo ojos en la cara y veo lo que pasa.

Le mando callar y espero a que los carruajes se marchen para buscar un rincón apartado.

—¿Qué quieres decirme, Chaff?

—¿Sabes por qué acabé siendo un alcohólico? —Abro mucho los ojos, él no suele hablar así.

—No.

—Porque perdí a alguien. Al principio, fui acostumbrándome a la vida de Vencedor, incluso con tener que hacer favores especiales… No me importaba. Porque la conocí a ella. Una Vencedora del Diez. —Mira a nuestro alrededor, asegurándose de que nadie nos escucha, y me habla al oído tan bajito que casi no lo escucho—. No quieren vernos felices, menos entre nosotros. Hicieron que pareciera un accidente, pero yo sé la verdad. Me la arrebataron.

Trago saliva y trato de aguantarme la rabia que siento.

Ya lo sabía, por algo lo mantenemos en secreto, pero esperaba solo estar siendo demasiado prudente. Veo que no me equivocaba.

Más tarde, cuando por fin podemos encerrarnos en un baño y Primrose me besa como si fuera el último día de nuestras vidas… recuerdo la conversación con Chaff. Y se lo digo. Le digo que sería más seguro para ella que esto no volviera a pasar nunca más.

Es la única vez que la he visto enfadada conmigo. No porque su hermana se sacrificara por mí, no por ponerla en riesgo, sino por querer apartarla de mí.

—Nunca, jamás, vuelvas a repetirme eso, ¿me oyes? —me dice, con esos ojos de cielo que parece tener una tormenta ahora mismo—. ¿Qué sentido tendría aguantar todo esto si no pudiera tocarte, hablarte… quererte? Somos el día y la noche, ¿recuerdas?

—No seas escandalosa, nos van a oír.

—Me da igual lo que opines. Si hace falta, te besaré delante de todos. Una y otra vez. Aunque me rechaces todas las veces.

Me muerdo el labio. Ambas sabemos que no podré rechazarla. No soy tan fuerte.

Lo siento, Katniss, debería estar haciendo cualquier cosa por protegerla, igual que hiciste tú por nosotras… Pero resulta que no puedo estar lejos de ella en las pocas oportunidades que puedo tenerla cerca. Es ahora cuando entiendo todo lo que Peeta hizo, su sacrificio por ti. Si tuviera que interponerme entre unos mutos y Primrose, me lanzaría de cabeza al peligro.

Quizá es una excusa muy pobre, sin embargo, es la mejor que tengo.

La quiero.

Un amor prohibido, un amor a distancia, somos como esa leyenda de los amantes que solo se encuentran una vez cada mucho tiempo y viven esperando ese momento.

Merecerá la pena. Y, quién sabe, quizás esa rebelión de la que Haymitch nos habló termine de gestarse. Quizás algún día surja la chispa que necesitan para prender el fuego y, en un mundo sin Capitolio y sin barreras entre los distritos, ella y yo podamos estar juntas. Podríamos adoptar a un par de niños, una morena de ojos grises a la que llamar Katniss y un rubio de ojos azules al que llamar Peeta.

Aquí, sentadas en el suelo de un baño, con la calidez que solo ella consigue despertar en mí y sus ojos brillantes, creo que soy capaz de cualquier cosa.


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Últimamente me eternizo, no sé por qué, pretendía escribir algo corto y ha salido esto jajaja. No sé qué tal habré reflejado a Rue, era pequeña en la saga y creo que su carácter sería un poco distinto habiendo vivido lo que en esta historia, por eso la he escrito así. Por si las dudas, lo que se pregunta Rue al final, sobre si estallará una rebelión, llega a cumplirse. Todo.

Gracias a quien me lea :)