Holaaa, gracias por sus estimulantes comentarios y a pesar de que ya estoy con las maletas en la puerta como premio les dejo este larguísimo capítulo muy, muy interesante, nos vemos en una semana.

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Las inclemencias del tiempo y el barro del camino forzaron al pelinegro a pasar una noche en una posada. Era ya la tarde del día siguiente cuando enfiló el amplio camino recto de entrada que conducía a Hogwarths Hollow, jalonado de olmos que parecían formar como soldados para una revista.

Picó espuelas a su caballo para que acelerara el paso, aunque no estaba seguro de que hubiera nadie de su familia en la mansión. Era más que probable que estuvieran en Londres pasando la temporada social, aun cuando no fuera una familia muy dada a la frivolidad de los pasatiempos de la aristocracia. Cedric estaría sin duda en Londres, cumpliendo con su deber en la Cámara de los Lores, pero esperaba ver por lo menos a alguno de sus hermanos. Necesitaba distraerse, pues se sentía abatido.

Finalmente divisó la mansión y sintió una punzada casi dolorosa de cariño por ella. La mansión familiar era una casa grandiosa de piedra vista, cuya magnificencia cortaba el resuello, por mucho que consistiera en un batiburrillo heterogéneo de estilos arquitectónicos. Era propiedad de la familia desde que lo habían construido en la Edad Media en calidad de casa solariega, con dimensiones mucho más modestas. Los sucesivos barones y luego condes y finalmente duques fueron añadiéndole alas y anexos sin derribar ninguna construcción anterior y sin esforzarse por que armonizaran las diferentes modas que habían imperado en cada época.

La larga avenida se bifurcaba a cierta distancia de la mansión, para rodear un deslumbrante jardín de flores de todos los colores en cuyo centro se erguía una fuente de mármol, todo cortesía de un bisabuelo georgiano. El agua salía disparada a unos diez metros de altura y caía rociando un perímetro enorme, como si se tratara de las varillas tornasoladas de un gigantesco parasol.

Harry acababa de girar a la izquierda cuando divisó tres jinetes que salían de las lejanas cuadras, dos hombres y una mujer. Todos azuzaron a sus monturas en cuanto lo vieron, pero fue Ginebra la que dio un grito y espoleó a su caballo para dirigirse a su encuentro a galope tendido, rodeando el jardín.

—¡Harry! —repitió cuando estuvo lo bastante cerca—. ¡Serás descastado! ¡Mira que no decirnos cuándo ibas a venir!

Su hermana llegó a su lado y le tendió la mano en un saludo de lo más masculino. Montaba a la amazona, algo bastante inusual en ella. Llevaba un vistoso sombrero con plumas, con el pelo rojo suelto casi hasta la cintura liso y sedoso. ¡Era su adorada Ginny de siempre!

—¡Pues cómo te crees que se dan las sorpresas! —le replicó, aferrándole la mano—. ¿Cómo estás, Gin?

Estaba bronceada, tenía la mirada vivaz y rebosaba salud; en suma, tenía un aire tan impropio de una dama como el que había ostentado durante los años en que toda una cohorte de institutrices había intentado en vano hacerla entrar en vereda.

—Encantada de verte. ¿Sabe Cedric que estás en Inglaterra? Habría sido muy propio de él no habérselo dicho a nadie.

—No le he escrito.

A poco llegaron los dos hermanos, que cabalgaban a un ritmo más sosegado. Ronald, un gigante pelirrojo, sonrió y le tendió su enorme manaza.

—¡Qué maravilla volver a verte, Harry! —exclamó—. ¿De cuánto tiempo dispones?

Bill, el mayor de los tres pelirrojos era jovial y delgado, de pelo más oscuro, sonrió alegremente.

—El guerrero regresa triunfante. En caballería no os dejaban coger papel y lápiz, Harry?

—Ron, Bill… —Harry les estrechó la mano— Dos meses, de los cuales ha transcurrido ya una semana. Tenía algunos asuntos de que ocuparme. —Como casarme, pensó—. ¿Y para qué usar papel y lápiz cuando iba a venir en persona? ¿Está Luna en casa?

—Y también Cedric —le informó Bill mientras todos daban media vuelta y se encaminaban hacia las cuadras— Volvió a casa una semana y luego se fue al funeral de la condesa de Redfield hace una semana y aún no ha regresado a Londres. Cuando nos fuimos esta mañana estaba repasando unas cuentas. Luna está encerrada en clase, exasperada. Diecisiete años es una edad terrible y rebelde, especialmente para un Potter.

—¡Diecisiete años! —Harry dio un respingo—. Debe de estar hecha toda una señorita.

—¡Y toda una cascarrabias! —precisó Ron riendo— Va a ser la peor de todos nosotros, o la mejor. Siente uno lástima por los jóvenes caballeretes que vendrán a cortejarla el año que viene, después de que Cedric la haya llevado a rastras a Londres a presentar sus respetos a la reina.

—Veo que tu llegada no ha pasado inadvertida. —Ron inclinó la cabeza en dirección a la puerta delantera de la mansión— ahí viene el jefe en persona.

Harry bajó del caballo de un salto y le tendió las riendas a Snape. Cedric se le acercaba pausadamente. Era propio de él no tener nunca prisa y no alzar jamás la voz, pese a lo cual todos los sirvientes obedecían al instante la más nimia de sus órdenes. Había logrado dominar los excesos de su parentela, la mayor parte de la cual le tenía un poco de miedo, aunque habrían muerto en el potro antes que confesarlo.

Cedric… —el ojiverde se dirigió a él con cierta aprensión. Hacía años que no estaban en buenos términos. La última vez que se habían encontrado, tres años antes, habían estado a punto de pegarse y Harry había abreviado su visita.

—Harry… —el hermano mayor se detuvo a una distancia desde la que era imposible abrazarlo o darle la mano y habló con su tono de voz despreocupado y engañosamente afable—. ¡Qué fastidio!, no me va a quedar más remedio que tener unas palabras con el servicio de correos. La carta en la que anunciabas tu regreso a Inglaterra todavía no ha llegado.

—¿Para qué escribir cuando podía llegar tan rápido como una carta? ¿Cómo estás?

—Encantado de verte de una sola pieza y, al parecer, en buena salud —dijo Cedric, llevándose el monóculo al ojo y examinando a su hermano de la cabeza a los pies—.¿No te puedes pagar un uniforme nuevo, Harry?

El pelinegro se encogió de hombros.

—Se acostumbra uno a la comodidad cuando no abunda. Quiero ver a Luna. ¿Es tan hermosa como prometía la última vez que la vi? Me dicen que es la más testaruda de todos nosotros.

—¿De verdad? —El ceño del duque se elevó, dando un toque suplementario de arrogancia a su rostro de nariz recta y labios finos—. No me había dado cuenta. Pero te concederé que probablemente sea yo la última persona a quien trate de extorsionar mediante un berrinche. Ven a la sala de estar. Tomemos un té. —Echó una mirada a los demás hermanos, incluyéndolos en una invitación que, por supuesto, era una orden. —Le diré a la señorita Cowper que haga bajar a Luna.

Era una sensación verdaderamente agradable la de estar de regreso en casa, pensó Harry mientras caminaba al lado de Cedric, pese a que éste estuviera presente y le hubiera dado una bienvenida de lo más fría en comparación con la de los demás hermanos. Tres años antes el castaño se había negado a dejar que Ginebra se casara con el hombre que había escogido, su vecino y amigo de la infancia Colin Creevey, porque no era más que el hijo segundo del conde de Redfield. Cedric la había forzado a aceptar la propuesta del primogénito y se había producido una escena terrible cuando Colin llegó a Lindsey Hall hecho un basilisco y se peleó con Ron sobre el césped hasta que los dos quedaron cubiertos de sangre. Colin, que a la sazón era oficial y estaba de permiso, había sido enviado precipitadamente de vuelta a la península Ibérica.

Harry había llegado a casa a los pocos días y había reprendido largamente a Cedric Bewcastle por su comportamiento tiránico. El problema era que con él era imposible pelearse a entera satisfacción de nadie. Cuanto más humo echaba el oiverde, más frío y tranquilo se mostraba Cedric y, cuando Harry le propuso que salieran al jardín a dirimir sus diferencias a puñetazos, aquel se limitó a blandir su monóculo y levantar las cejas. Harry se fue al día siguiente, una semana antes de lo que tenía previsto.

La ironía fue que el prometido de Ginny murió antes de la boda, por lo que Colin se convirtió en el heredero legítimo de Redfield. Hacía un año, cuando Colin se licenció y regresó a Inglaterra, Redfield y Cedric acordaron casarlo con Ginebra e hicieron todos los preparativos para la petición de mano cuando Colin volviera a casa en verano. Pero cuando éste regresó traía consigo una novia. Y ahora al parecer ya estaban casados. Ron se lo había contado al ojiverde en una carta. Según Ron, a Ginny le había destrozado el corazón, aunque ésta le había asestado un puñetazo en la cara cuando su hermano se lo insinuó. Así era Ginebra.

Entraron en el vestíbulo medieval preservado con esmero, con el techo de vigas de roble, una reja primorosamente esculpida coronada por una galería para los músicos, unas paredes pintadas decoradas con armas, escudos y banderas, y una maciza mesa de comedor de roble. Justo en ese momento llegó una joven alta y esbelta, que se precipitó escaleras abajo con los brazos abiertos. Era una belleza de pelo rubio y ojos celestes.

—¡Harry! —exclamó—. ¡Harry!

Se lanzó a los brazos de un sorprendido Harry y le echó los brazos al cuello. Él la cogió por el fino talle, la alzó en volandas y le hizo dar una vuelta completa a su alrededor.

—Te has vuelto increíblemente hermosa en mi ausencia, Luna —dijo al posarla de nuevo sobre el suelo y apartándose un tanto para contemplarla a gusto.

—No recuerdo haberte mandado llamar ni decirte que abandonaras tus clases, Luna —dijo Cedric Bewcastle en voz baja.

La señorita Cowper, la institutriz que sufría hacía años junto a su pupila, se echó a temblar con aire compungido Harry siempre la había visto con una expresión aterrada, como si esperara que, en cualquier momento, Bewcastle fuera a ordenar a su mayordomo que se la llevaran a rastras al calabozo para cortarle la cabeza.

El pelinegro, que le daba la espalda a Bewcastle, guiñó un ojo a su hermana menor. Hasta ese momento no se había dado cuenta de las ganas que tenía de abrazar a alguien y de que alguien lo abrazara.

No fue hasta su regreso al hogar cuando Harry comprendió lo cansado estaba. Llevaba meses y años en campaña y ahora le dolían todos los huesos. Se dedicó a montar a caballo, pasear y pescar con sus hermanos, y los acompañó a visitar a algunos vecinos. Fue incluso con Ron a Alvesley, el hogar del conde de Redfield, a dar su más sentido pésame por la muerte de la condesa, y conoció a la mujer de Kit, que no tenía nada que ver con Ginny. Pero su actividad principal era dormir.

Al exceso de sueño fue a lo que achacó su tristeza. Por muy contento que estuviera de encontrarse en casa con su familia, no podía sacudirse de encima el abatimiento. Ni podía evitar dormir nueve, diez o incluso once horas cada noche. De noche soñaba con Hermione y de día pensaba en ella, aunque lo que había sucedido se le antojaba un sueño. A veces llegaba a preguntarse si realmente había ocurrido algo o si aquella semana extraña formaba parte del mundo de la imaginación. También pensaba en la señorita Vane, en la esperanza que había abrigado de combinar su carrera con un matrimonio con una mujer que compartiera su modo de vida, que le diera compañía, solaz y… ¿por qué no?, sexo. Aunque había tenido alguna amante, nunca había disfrutado con esas relaciones casuales y desiguales.

Pasaba poco tiempo con su hermano mayor. Habían dejado de ser íntimos desde la infancia, una época en que habían sido inseparables. Pero a los doce años Cedric había cambiado por completo cuando su padre decretó que era hora de prepararlo para las responsabilidades que habría de asumir en el futuro, un futuro que había llegado demasiado pronto, cuando el castaño Bewcastle tan solo tenía diecisiete años. A partir de entonces fue educado por un par de tutores, mientras Harry y sus hermanos eran enviados a Eton. El ojiverde siempre se había preguntado si Cedric era una persona solitaria o si se había convertido en un hombre frío y carente de emociones que disfrutaba con la soledad.

Parecía que en lo que le quedaba de permiso iba a poder disfrutar y descansar. Pero esa esperanza quedó frustrada al cabo de una semana de su regreso a Hoghwarths Hollow. Estaba desayunando con su hermano Bill después de un maravilloso paseo a galope por el campo, cuando un mayordomo le informó que su excelencia quería verlo en la biblioteca.

Harry se llevó una taza de café consigo. Le dio los buenos días a Cedric y se sentó en un butacón de cuero frente a la chimenea. Se preguntó qué ocurriría pero prefirió no interrogar a su hermano al respecto. Él se lo diría a su debido tiempo.

—La ola de calor que ha durado casi una semana desde que llegué parece haber concluido —comentó Harry— El viento esta mañana es gélido, aunque refrescante.

Cedic nunca había sido aficionado a hablar por hablar.

—Al parecer —dijo—, el príncipe de Gales quiere celebrar las victorias aliadas mediante un espectáculo grandioso. Se espera que venga la mitad de los soberanos, príncipes y generales de Europa a pavonearse en calidad de invitados, incluidos el zar de Rusia, el rey de Prusia y en mariscal Von Blücher.

—He oído rumores sobre el tema —repuso el ojiverde— Parece que toda Inglaterra, y especialmente Londres, esté locamente enamorada de cualquier persona que tenga dos piernas y uniforme. Es lógico que el principito quiera solazarse en la gloria y el fasto de la victoria.

—En efecto —asintió su hermano— No es la primera noticia que oigo al respecto, pero pronto tendré que volver a Londres y a la Cámara de los Lores. Aunque aún faltan varias semanas, esta mañana me ha llegado por correo una invitación personal a una cena de Estado que se celebrará en honor de los dignatarios extranjeros en Carlton House. Además de numerosas celebraciones de todo tipo. Todos querrán superarse en hospitalidad.

—Supongo que todo eso te afecta de un modo especial a ti —dijo Harry con una mueca.

—No solo porque en la invitación figura tu nombre concretamente. —Cedric levantó una tarjeta de la pila que tenía en el regazo y le echó un vistazo—. «El placer…», etcétera, etcétera. Ah, aquí está. «Coronel lord Harry Potter». Alguien del entorno íntimo de nuestro principio se ha enterado de que estás en casa de permiso.

—Ya me inventaré alguna excusa —se apresuró a decir el pelinegro.

Bewcastle seguía mirando la tarjeta. Levantó el monóculo para agrandar la letra aunque, como habría jurado Harry, era un gesto puramente afectado. No creía que su hermano tuviera el más mínimo problema con la vista, que siempre había tenido vista de lince.

—También dan otro nombre —añadió antes de levantar los ojos y mirar a su hermano— Lady Hermione Potter.

¡El general Crouch! En el encuentro fortuito que se había producido en el vestíbulo del Pulteney, Harry había presentado a su mujer al general. Tenía que ser él. Por suerte aquel día no se había topado con ningún conocido hasta que, al final, tropezó con el general Crouch.

—¡Qué curioso! —replicó con afectada indiferencia.

—Tengo que confesar que la primera vez que lo leí me resultó divertido —prosiguió Bewcastle. Permaneció un rato en silencio, y Harry frunció los labios— ¿Existe lady Hermione Potter? —La pregunta fue formulada en un susurro.

—Sí.

—Ah. — Cedric dejó la tarjeta sobre la pila de la correspondencia y miró a su hermano tranquilamente con sus verdes con líneas doradas— ¿Puedo preguntar cuándo iba ser informado al respecto?

—No ibas a ser informado.

Bewcastle conocía tan bien como Harry el efecto perturbador de los silencios prolongados. El pelinegro no se arredró durante el dilatado silencio que vino después. ¡Maldito hermano! Aquel no era un asunto de su incumbencia.

—Ahora que he descubierto tu secreto —añadió Cedric al cabo—, quizá tengas la bondad de satisfacer mi curiosidad.

—Prometí a uno de mis capitanes moribundos que le llevaría personalmente la noticia de su muerte a su hermana y le brindaría mi protección —explicó Harry— La única forma de protegerla resultó ser casándome con ella.

—¿De modo que tu matrimonio es reciente?

—Hace dos semanas.

—¿Mediante dispensa especial?

—Sí.

—¿Quién es ella?

—La señorita Hermione Granger. La propietaria de la hacienda Gryffindor, en Oxfordshire. Hija de un minero rico.

—Un minero.

—Sí, del sur de Gales. Se casó con la hija del propietario de la mina y así reunió su fortuna.

—¿Muerto?

—Sí.

Se quedaron mirándose en silencio un buen rato.

—¿Y ahora la has abandonado? ¿Para siempre?

—Sí, para siempre —confirmó Harry— Aunque no es esa la palabra adecuada. Ella tenía una vida propia en Gryffindor que quería preservar y unos sirvientes que proteger. La única forma de hacerlo era casarse precipitadamente. Hemos celebrado un matrimonio de conveniencia por consentimiento mutuo. No me voy a excusar por ello, Cedric, ni por habértelo ocultado. Era algo de lo que mi familia no tenía por qué oír hablar.

Su hermano lo estuvo observando largamente mientras el ojiverde se daba cuenta que el café que llevaba en la mano se había enfriado.

—Imposible —dijo al fin Bewcastle— Por increíble que pueda parecer, esta hija de un minero galés es ahora una Potter. Mi cuñada. Y su existencia ha llegado a oídos del círculo del príncipe de Gales. La familia de su marido debe de darla a conocer en público.

—No —dijo Harry con firmeza— No será así, Cedric.

El duque enarcó las cejas.

—Lady Hermione Potter debe ser presentada en sociedad. Supongo que nunca lo ha sido. Debe ser presentada oficialmente en la sala de recibo de la reina. Nuestra tía Muriel Rochester será su madrina. Debe celebrarse un baile en su honor en nuestra mansión familiar. Tu boda ha sido precipitada y clandestina, y no dudo de que encontrarás una explicación razonable con la que aplacar las ansias de cotilleo de nuestros colegas de la aristocracia. Pero a partir de ahora hay que acatar las reglas. Tu mujer debe venir a Londres y ser presentada a la gente de su futuro entorno, por difícil que pueda resultar.

—No va a ocurrir nada parecido —se opuso Harry— ¿Crees que me importan lo más mínimo los cotilleos de las salas de recibo de Londres? De algo tienen que hablar. Que hablen de cómo desposé a alguien que no pertenecía a mi nivel social y puse en evidencia a mi familia y luego abandoné cruelmente a mi esposa burguesa, o quizá ni siquiera burguesa. Pronto saldrá a la palestra otra noticia que la haga relegar en el olvido. Una heredera huirá de casa con un hermoso mayordomo o un mozalbete dirá una palabrota a una viuda acaudalada y las salas de recibo bullirán de indignación ante semejante escándalo.

—No habrá cotilleos de mal gusto sobre un Potter, aseguró Bewcastle—. Ni siquiera por un matrimonio. La hija de un minero está casada con el heredero de un ducado. Nadie va a tener la impresión de que la hayamos abandonado u ocultado o que estemos avergonzados de su baja extracción. Por lo común los Potter nos casamos más tarde que los demás, pero no abandonamos a las mujeres después de desposarlas, Harry, ni las exponemos al oprobio o a la compasión ajena.

—No me harás cambiar de parecer sobre este asunto, —replicó el ojiverde— En primer lugar, mi mujer ha obtenido exactamente cuanto quería gracias al matrimonio: independencia y la libertad de vivir la vida que ha escogido. En segundo lugar, no tiene la más mínima relación con el mundo de la alta aristocracia y por lo tanto no pueden herirla sus cotilleos: de haberlos, cosa que dudo, ni siquiera se enteraría. En tercer lugar, mi matrimonio es cosa mía y yo he optado por dejar a mi mujer en las sombras teniendo una vida tranquila en el campo, que es donde se ha criado y donde desea estar. Iré a Londres contigo si no me queda más remedio y asistiré a esa cena infernal y a las demás celebraciones en las cuales mi presencia sea de rigor. Si alguien tiene la impertinencia de preguntarme por mi boda, le daré la respuesta que juzgue más apropiada a la ocasión y a los presentes.

—¿Así que serías capaz de deshonrar a tu mujer y a tu familia?—, le preguntó el duque en voz baja— ¿Estás avergonzado?

Harry soltó unas palabrotas de lo más soeces, haciendo que su hermano levantara las cejas y lo mirara con desdén.

—Lady Potter ha sido invitada a Carlton House —prosiguió Bewcastle— y sería de una descortesía imperdonable que te presentaras sin ella o que no que no te presentaras en absoluto. Has alcanzado un grado tal en la caballería que no te puedes permitir el lujo de no hacer acto de presencia en ese evento cuando se ha sabido que estás en casa de permiso. Tu mujer tiene que estar a tu lado. Sé que será todo un reto y un engorro para nuestra tía prepararla para los actos a los que deberá asistir, pero todo es posible para quién está decidido a que así sea.

Harry depositó el platillo y la taza sobre una mesilla y se levanto. Pese a todo Bewcastle permaneció sentado, poniéndose así en una desventaja física mayor.

—Mi mujer —dijo el ojiverde con su voz más gélida— no hará acto de presencia en la sala de recibo de la reina ni en ningún baile de presentación en sociedad ni en ninguna cena en Carlton House. Ni siquiera irá a Londres. Es mi deseo y, si es necesario, mis órdenes. Ni siquiera tú, Cedric Bewcastle, puedes interponerte entre un hombre y su esposa. Aquí termina nuestra conversación.

La fría amenaza que encerraban las palabras y la actitud de Harry habrían asustado a la mayor parte de los hombres del planeta. Pero, naturalmente, Bewcastle no formaba parte de esa mayoría. Se llevó el monóculo a la cara y se quedó mirándose la mano con aire pensativo.

—Así sea —dijo quedamente con un tono de voz afable— Cierra la puerta cuando salgas.

Y aquí termina todo, pensó Harry mientras subía en busca de Luna, a la que había prometido dar una clase de pintura al aire libre, la única forma que se le había ocurrido deshacerse de la señorita Cowper.

—Siempre está revoloteando a mi alrededor —se quejó la rubia— No me deja ni respirar. Y siempre está comentando cada una de mis pinceladas y diciéndome qué habría hecho ella en mi lugar. Y luego me pide perdón por impedir que me concentre. Pero ¿me deja acaso salir sola a la calle y pintar tranquilamente? No, es más fuerte que ella. Sin duda teme que deje caer el caballete y me eche a nadar desnuda en el lago a la vista de los jardineros o algo por el estilo y que Cedric me vea y la encadene a la pared húmeda de una mazmorra lóbrega como castigo. Juraría que ni tan siquiera se ha dado cuenta de que no hay mazmorras en nuestra mansión.

Harry estaba conmocionado. Se había descubierto el pastel y se preguntaba cuánto tiempo pasaría antes de que el resto de sus hermanos descubrieran lo que había ocurrido. No sabía si tomar la delantera y contárselo personalmente. No es que estuviera avergonzado de lo que había hecho ni de su mujer, como acababa de asegurar a Cedric. ¡Qué idea! Pero no quería que la molestaran. Le había prometido que aquel sería un matrimonio de conveniencia. Se había alejado de la vida de Hermione y quería permanecer al margen.

Por otra parte, la noticia no parecía haber afectado demasiado a Bewcastle, concluyó cuando volvió con Luna al hogar a primera hora de la tarde, después de haber nadado un rato en el lago mientras ella pintaba. Delante de la puerta del garaje se hallaba la carroza de viaje, adornada con los timbres que eran la insignia del ducado de Bewcastle, tan limpia y reluciente con el día en que la había comprado. No le habían enganchado ningún caballo, pero numerosos criados vestidos de librea se afanaban en torno a ella.

—Cedric estará a punto de irse a algún lado —dijo Luna— Pero no utiliza esa carroza para hacer visita por los alrededores.

—Tenía previsto volver a Londres —le informó Harry. Aunque, ¿por qué tan pronto? Agarró con más fuerza el caballete de la rubia, de extrañas dimensiones, y alargó el paso.

—¿Adónde va Bewcastle, Fleming? —le preguntó al mayordomo cuando entraban en el vestíbulo.

—Su excelencia no me lo ha confiado, milord —le contestó Fleming, inclinando la cabeza en señal de deferencia.

—Entonces ¿a quién demonios se lo habrá dicho? —preguntó el ojiverde. Pero justo en ese momento apareció Bewcastle en el recibidor, vestido de viaje— ¿Adónde vas Cedric?

Su hermano lo miró con altivez.

—A Londres —repuso— Ya he descuidado bastante mis deberes quedándome aquí más tiempo del preciso. Mañana vendrás tú, Harry, con Bill y Ginebra. Ya está todo organizado.

Si, seguro que lo estaba. Y seguro que iría a Londres, supuso Harry. Cuando se encontraba en Inglaterra, su condición de hijo de un duque llevaba aparejadas obligaciones ineludibles. En ese momento se disiparon sus esperanzas de disfrutar de un largo mes de tranquilidad y descanso en la mansión familiar.

—¿Me engaña la vista, Fleming, o mi carroza no me está esperando delante de la puerta? —preguntó el duque con voz divertida.

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—A lo mejor este año te invitan —le decía la tía Minerva, esperanzada—. Ya has dejado el luto por tu padre, cariño, y además ahora eres lady Hermione Potter en lugar de la simple señorita Granger.

—No tengo ganas de ir —replicó la castaña— Aunque lo haría si la invitación te incluyera a ti.

—Ya sabes —añadió su tía con tono de reproche— que no es para mí para quien quiero la invitación. Yo ya estoy viviendo en el paraíso. Es por ti. Ya es hora de que se reconozca quién eres: una dama a carta cabal, por mucho que tu padre y tu vieja tía se ganaran en su día honestamente la vida trabajando de mineros. Esperaba que la perspectiva de una fiesta al aire libre te levantaría el ánimo, que lo tienes por los suelos.

Esa tarde habían hecho una visita a Hanna Boot y volvían a Gryffindor en la calesa. En la reunión en casa de Hanna había surgido el tema de la fiesta anual de Didcote Park. Para que su jardín estuviera concurrido, el conde y la condesa de Slytherin invitaban sin falta a todos los vecinos con aspiraciones de nobleza. Pero siempre habían excluido puntillosamente a los Granger. Hanna le había dicho a la tía Minerva que esperaba que ese año invitaran por fin a Hermione. Y había añadido que ella no asistiría si no iba su amiga.

—No tengo el ánimo por los suelos —dijo la ojimiel, sonriendo—. ¿Quieres que me pase el día riendo solo para demostrarte no me siento abandonada ni desairada?

En efecto, así era. No se sentía ni abandonada ni desairada. Había hecho un pacto con el coronel Potter y ambos habían salido ganando. Ella se había quedado con los niños, sobre todo, con los niños. Por su parte, él había cumplido la solemne promesa hecha a Neville. Ahora cada uno podía seguir adelante con su vida como mejor lo entendiera. ¿Qué tenía ello de deprimente?

No obstante, estaba deprimida. Pese a todo cuanto había ganado, pese a la bendición de un hogar y una familia, se sentía tan vacía que le daba miedo. No había oído una sola palabra ni de Draco ni de sus andanzas. Y tampoco había oído nada sobre el coronel. Aunque no acabara de comprender por qué, tenía que reconocer que este último hecho pesaba tanto sobre su ánimo como el primero. La idea de que no volvería a oír ni una palabra sobre su marido —con la excepción tal vez del día de su muerte— le provocaba un pánico inexplicable.

La aparición de Ninfa y de los niños coronando la cima la cañada la distrajo de aquellas tristes meditaciones. Cuando el carruaje llegó a la altura del estanque de los lirios, apareció también a la vista Teddy a hombros del pastor Remus Lupin, quien llevaba a Lili de la mano. Hermione les hizo señas.

—Ah —dijo al verlos la tía Minerva, con expresión de malicia.

El vicario había bailado un par de veces con Ninfa en la fiesta nupcial celebrada en el pueblo en honor de Hermione. La semana anterior había acudido en numerosas ocasiones a preguntar por la castaña e interesarse por la salud de la señora Mc Gonagall. En cada ocasión había pedido presenciar una clase de los niños. No hacía falta ser un lince para detectar lo que se estaba fraguando entre él y Ninfa. Lo que más apreciaba la castaña era que el pastor no creyera en su inmerecida reputación de mujer deshonrada. Como era un alma cándida atraía a los niños naturalmente, sin tener que hacer esfuerzos por granjearse su confianza.

—Me parece a mí que alguien sí ha salido ganando con esto —comentó Hermione.

Le sorprendió no haber advertido la presencia de una carroza desconocida delante de la puerta principal. Era el carruaje más deslumbrante que hubiera visto jamás, incluido el del conde de Slytherin. En la puerta lateral destacaba un escudo de armas. No lo reconoció, aunque era cierto que tenía pocas nociones de heráldica.

—Tenemos un visitante —dijo, señalando en dirección a la mansión con un gesto de la cabeza— Me pregunto quién será. El estómago se le revolvió ante la idea de que pudiera tratarse de Draco.

Hagrida los esperaba en el vestíbulo. Estaba fuera de sí, echando humo de pura indignación.

—¿Quién es, Hagrida? —le preguntó Hermione en voz baja al advertir que la puerta de la sala de espera estaba abierta.

—Yo lo iba a meter ahí —respondió el ama de llaves, señalando con el pulgar en dirección a la salita—, pero no era suficiente para su eminencia reverendísima. «Esperaré en la sala de estar», me dijo, con unos remilgos que para qué te cuento, y se puso a subir la escalera antes de que pudiera enseñarle el camino. No sé adónde vamos a parar, cuando ya hasta la gente se invita en casa ajena y se comporta como si fuera de su propiedad.

¿Quién? —preguntó la ojimiel con cara de preocupación.

—Un duque.

A Hermione le pareció que las rodillas se le volvían de gelatina. ¿Un duque?

—Oh, Hermione, amorcito… —comentó la tía Minerva—. ¿No será el hermano del coronel? ¿Ha venido también el coronel, Hagrida?

Sin guardar la respuesta , Hermione se apresuró a subir la escalera. ¿De qué otro duque podía tratarse? Pero ¿por qué? Abrió de par en par las puertas del salón y entró en él.

Del otro lado de la estancia, junto a las ventanas, un hombre la miraba. Iba vestido inmaculadamente, con un traje entallado verde oscuro de primera calidad y muy buen gusto, una camisa de lino resplandeciente, pantalones bombachos y botas altas con borlas blancas. Tenía la tez blanca y pálida y una expresión muy adusta: su parecido con Harry solo se daba por la forma de mirar lo que hizo que el corazón le diera un vuelco. Hermione cerró las puertas a su espalda y lo miró con cara de sorpresa.

—¿A qué ha venido usted? —le preguntó en voz baja e insegura—. ¿Qué le ha ocurrido a Harry? ¿Ha tenido un accidente?— Hermione recordó lo embarrados que estaban los caminos.

El hombre inclinó la cabeza cortés y secamente, mientras sus largos dedos jugueteaban con su monóculo.

—Es un placer conocerla, lady Potter. Soy Cedric Bewcastle— Hablaba en voz muy queda y dulce, no exactamente afeminada. No, en modo alguno afeminada, pero que carecía de la profundidad y energía que cabía esperar de la forma de hablar de un gentil hombre. Pero esa misma voz hizo a estremecer a la ojimiel por el tono, que desmentía cuanta gentileza pudiera haber en sus palabras.

Tardíamente, Hermione le hizo una reverencia.

Advirtió que había algunas diferencias entre los hermanos. El duque Cedric Bewcastle era más delgado y alto, el rostro pálido con una nariz recta y los labios finos le daban un aire arrogante y cínico, y no severo y adusto como en el caso de Harry. Este tenía unos ojos más pálidos que los de su hermano, de un verde con dorado y una mirada incisiva al igual que el pelinegro, pero Cedric Potter era castaño como Hermione.

—Le agradará saber —dijo el duque— que ayer mi hermano se encontraba en Hogwarths Hollow, en la mansión familiar en perfecto estado de salud, con todos los miembros intactos.

—Lo celebro —repuso ella. ¿Por qué diantres habría de visitarla un duque?

—Se preguntará a qué he venido, puesto que no es para informarle que ha enviudado. He venido a conocer a mi cuñada.

Hermione tragó saliva torpemente. Seguía vestida tal como había llegado. No le había dado tiempo a quitarse la toca ni los guantes.

—Es usted bienvenido aquí, su excelencia —dijo la castaña— ¿Cuál era el tratamiento correcto para un duque?

—Lo dudo mucho —replicó él con frialdad, blandiendo su monóculo y con aire de suprema arrogancia— Pero a lo mejor logra usted persuadir a su feroz ama de llaves de que nos traiga un té y, cuando llegue el refrigerio, hablaremos de su futuro papel como lady Hermione Potter.

«¿Su futuro papel?»

—Sí, claro, por supuesto —contestó Hermione, yendo hasta un cordel para accionar la campanilla— Siéntese, su excelencia.

Permanecieron sentados y sumidos en un tenso silencio hasta que acudió Hágrida. Hermione le tendió la toca y los guantes y le pidió que trajera un servicio de té. ¿Dónde estaba la tía Minerva? ¿Cómo llevaría el pelo? Bewcastle tenía unos ojos de acero y parecía atravesarla con la mirada.

—¿Mi futuro papel? —dijo cuando se volvió a cerrar la puerta. No pudo soportar más el silencio.

—Me pregunto, señora —dijo Bewcastle—, si es usted perfectamente consciente de con quién se ha casado. Yo todavía no he cumplido mi deber con la posteridad, y como no tengo mujer ni hijos es por lo que Harry es mi heredero directo. Lo único que se interpone entre él y un ducado, y entre usted y el título de duquesa, es mi delicada salud.

Hermione sintió que enrojecía.

—¿Cree que me casé con el coronel Potter por esa razón? ¡Qué ridículo!

—No, en absoluto. —Todavía llevaba el monóculo en la mano, y la castaña pensó por un momento que se lo iba a llevar a los ojos.

—Casarse con un miembro de la aristocracia lleva aparejadas ciertas responsabilidades y expectativas —prosiguió el duque— y casarse con el heredero aún más. La mujer de lord Harry Potter, la posible duquesa de Bewcastle, debe ser presentada en sociedad si todavía no lo ha sido. Debe ser presentada a la reina y debe aprender, a desenvolverse con soltura en el mundo de su marido.

—No tengo la más mínima intención de desenvolverme en el mundo del coronel Potter. Estoy segura de que le ha explicado la naturaleza de nuestro matrimonio. Estaba acordado que nos separaríamos inmediatamente después de la ceremonia y pasaríamos separados el resto de nuestras vidas. Lamento que no lo pruebe usted, pero….

—Está usted en lo cierto.

La voz del duque resultaba aún más inquietante cuanto más cortés y tranquilo era el tono con el que hablaba— No lo apruebo, por decirlo con el mayor de los eufemismos. No apruebo la mujer que ha escogido, ni la prisa y clandestinidad con la que ha decidido casarse. No puedo hacer gran cosa sobre los dos primeros hechos, puesto que usted ha sido y será siempre hija de un minero galés y estará siempre casada con mi hermano. En cambio, sobre el tercero sí puedo hacer algo. La naturaleza de su matrimonio debe cambiar.

—Su excelencia —dijo Hermione apretándose las manos sobre el regazo tratando de mantener la calma— hay un proverbio que dice que lo mejor que puede hacerse con un perro dormido es no despertarlo. No es necesario que venga usted a amenazarme. No tengo la más mínima intención de ponerlos en evidencia haciendo gala de mis uñas sucias de hollín en público ni de ofender el oído de sus conocidos con mi acento galés. No tengo la más mínima intención de ir más allá de un radio de veinte kilómetros en torno a Gryffindor en lo que me queda de vida. Puede olvidarse de mi existencia. Tenga usted muy buenas tardes. Hermione se puso de pie.

El duque la miró con cara de aburrimiento.

—Ahórreme las escenas y siéntese. Y atribúyame un poco de sentido común. No habría venido desde Hampshire para decirle que siguiera haciendo lo que está haciendo. Me ha malinterpretado usted. Mañana vendrá conmigo a Londres.

Hermione lo miró atónita, pero volvió a tomar asiento. Antes de que pudiera añadir algo entró Hágrida con la bandeja del té, que dejó con bastante brusquedad sobre una mesita cercana a la ojimiel. Lanzó una mirada airada al duque, como si estuviera buscando una excusa para tirarlo escaleras abajo y sacarlo a empellones por la puerta principal sin abrirla antes. Él ponía cara de aburrimiento como si no hubiera advertido la presencia del ama de llaves. Hágrida carraspeó y abandonó la estancia dando un portazo. Hermione sirvió el té con unas manos que distaban de estar serenas.

—Harry no es solo el heredero de un ducado —dijo Bewcastle tomando la taza y el plato de manos de Hermione—, también es un oficial de alta graduación, señora. Su presencia en Londres es esencial por ambos conceptos. Este verano se van a celebrar numerosas conmemoraciones de la victoria en la capital de la nación. Ya tiene una invitación a una cena de Estado en Carlton House, a la que asistirá el príncipe regente y numerosos jefes de Estado, una invitación que incluye a Harry…y la incluye a usted, Lady Hermione Potter. Ya ve que su existencia ha llegado a conocimiento de los círculos más selectos del gran mundo….

—¿Me han invitado a Carlton House? —la castaña se echó a reír y le vinieron a la mente imágenes de Cenicienta, zapatitos de cristal y calabazas— Pues decline usted la invitación en mi nombre, su excelencia. Podría presentarme con harapos y el pelo despeinado y ponerme a contar chistes soeces y a bailar sobre la mesa después de tomar un par de copas —replicó Hermione con la voz temblorosa.

Cedric Bewcastle levantó su monóculo.

—Su sarcasmo está fuera de lugar, señora —dijo en voz muy baja, pero tremendamente amenazadora— Si no hace usted acto de presencia, pondrá a mi familia en entredicho. Se comentará que algún problema debe de tener usted, o nosotros, para que la hayamos ocultado en el campo a las pocas semanas de celebrar las nupcias clandestinas. No tiene por qué sentir un excesivo aprecio por la mayoría de los miembros de mi familia, entre los cuales ahora se cuenta también usted, pero yo habría esperado de la hija de un minero un poco de respeto por el hombre que ha sacrificado su libertad por ella.

Hermione respiró profundamente.

—¿Es eso lo que le ha dicho? —preguntó.

—¿Acaso no es cierto? —Bewcastle esperó educadamente una respuesta y luego prosiguió—: Use su sentido común, señora. Creo que lo tiene usted en abundancia. Harry tiene veintisiete años. Usando la Biblia como referencia, le quedan unos cincuenta años de vida, que pasará casado con una mujer que se ha comprometido a no volver a ver. Es más que obvio que sí ha hecho un sacrificio.

La ojimiel tomó aire, disponiéndose a responder, pero comprobó que no había nada que añadir. ¿Cómo negar la evidencia? Lo único que podía argüir era que volver a irrumpir en la vida de Harry le restaría aún más libertad a este.

—¿Sabe el coronel que está usted aquí? —inquirió—. ¿Quiere que vaya con él a Londres?

—Harry cumplirá con su deber. Como siempre lo ha hecho. Siempre.

—Entonces, ¿por qué no ha venido con usted? ¿Por qué no le ha escrito al menos una carta para mí?

—Creo —contestó Bewcastle al fin— que si no quiere inmiscuirse más en su vida es por su sentido del honor. Yo no tengo esos escrúpulos.

En definitiva, ¿Harry quería que fuera a Londres pero le parecía deshonroso pedírselo?

—Harry no sabe que he venido —añadió el duque.

—Él no quiere que yo forme parte de su vida. No habría querido que fuera a Londres con usted, porque está en Londres, ¿no es cierto?

—No estoy facultado para interferir en la vida íntima de ningún matrimonio, ni siquiera en el de mi propio hermano. Si han optado por no volver a vivir juntos, no consumar los desposorios y no tener descendencia, que así sea. Pero soy el cabeza de mi familia y haré cuanto esté en mi mano por impedir que ninguna desgracia mancille nuestro nombre. Lady Potter, el hecho de que no asista a las fiestas por la victoria al lado de su marido será una desgracia para mi hermano y, por extensión, para el resto de la familia Potter.

Hermione se pasó la lengua por los labios resecos. ¿Sería cierto? No sabía apenas nada sobre la aristocracia y su sentido del honor y del decoro. Pero el duque, que despreciaba manifiestamente la ascendencia de la castaña, no habría ido a buscarla tan lejos si su presencia en Londres no hubiera sido de importancia capital. ¿Estaba flaqueando en su determinación? ¿Acabaría por ir? Era improbable, pensó soltando una carcajada nerviosa.

—Les acarrearía más desgracias si fuera a Londres con usted, su excelencia —dijo— He sido criada y educada como una dama pero ni mis antecedentes, ni mi formación, ni experiencia me han preparado para frecuentar los elevados círculos de quienes visitan la Carlton House y departen con la camarilla del príncipe de Gales. Escoja usted la excusa que más le plazca, por ejemplo que estoy indispuesta, que tengo otros deberes insoslayables, que soy la idiota del pueblo: lo que más le guste. No le llevaré la contraria.

—¿Es así como le demuestra usted su gratitud a mi hermano?

Hermione se quedó mirándolo con los labios apretados.

—Pronto —prosiguió el duque—, en un par de años a más tardar, Harry ascenderá a general. Llegará al pináculo de su carrera y cosechará sin duda honores y gloria. Si se comporta con sensatez y sigue descollando como siempre ha hecho, será recompensado con títulos y haciendas propias. ¿Va usted a entorpecer su ascenso hasta la cumbre, lady Potter? Mancillando su reputación, le arrebataría usted algo que valora más que su propia vida. Me refiero al honor.

El coronel no le había dicho nada de todo aquello, ¿por qué no era cierto o porque era demasiado caballeroso para darle a entender que la boda había desbaratado todos sus proyectos? ¿Cómo iba a saberlo? ¿Cómo podía saber qué quería realmente Harry?

—Es totalmente ridículo. Es absurdo. Sería imposible que hiciera cuanto me pide sin ponerme en ridículo y, por lo tanto, sin poner en ridículo al coronel Potter.

—Tendremos el tiempo justo de enseñarle el abecé, lady Hermione —replicó Bewcastle—. Esperamos que sea usted buena alumna. Mi tía Muriel es la marquesa de Rochester. Será ella quien le haga de madrina en su presentación a la reina. La ayudará a escoger un vestuario conveniente para sus distintas apariciones en público, incluido su vestido para la corte. Y la orientará en todos los aspectos de la urbanidad para los cuales su educación no la haya preparado, Llegaremos a tiempo de que asista usted a la presentación en palacio y a un baile en nuestra mansión, donde será presentada a lo más selecto de la aristocracia, antes de la cena en Carlton House y las demás celebraciones festivas a las que deberá concurrir junto a Harry. Solo me queda una pregunta. O, más bien, dos. ¿Se siente usted lo suficientemente agradecida para hacerlo por su marido, aunque no haya sido él quien se lo haya pedido? Y ¿tiene el valor necesario para hacerlo?

Se produjo un silencio interminable, que Cedric no dio muestras de querer romper.

—Si al menos supiera qué es lo que quiere él realmente…, —dijo Hermione.

Hubo un nuevo silencio prolongado.

—Muy bien —murmuró la castaña al fin. Se pasó la lengua por los labios antes de proseguir, con voz más firme— Le debo al coronel Potter mi hogar y mi fortuna y el bienestar de muchas personas que dependen de mí. Por encima de todo, le debo a mis niños, que para mí valen más que la vida. Si unas pocas semanas en Londres pueden hacer que eluda la censura de sus pares, le daré esas pocas semanas. Pero lo haré por él, no por usted. No se preocupe: no deberán regañarme a todas horas del día. Lo haré lo mejor que pueda, pero únicamente por el coronel Potter.

—Nadie le puede pedir más, señora —dijo el duque—. Supongo que la posada que he cruzado en la calle del pueblo es el mejor hospedaje de los alrededores, ¿no es así?

—Así es —contestó la ojimiel.

—Lo habría jurado. —Acabó el té, posó la taza y entonces se puso en pie— Esté usted lista para salir cuando regrese mañana por la mañana, lady Hermione.

Era una orden lisa y llana. A la castaña le habría encantado que las Tres Escobas fuera famosa por sus pulgas y ratas, y no por su insípida comida.

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¿Qué hará Harry cuando se encuentre con Hermione?, ¿como enfrentará la castaña a la familia especial del duque?

Cuídense. Bye.