A la mañana siguiente, Sakura, a pesar de lo que le había costado conciliar el sueño, aprovechó al máximo esas pocas horas de descanso y en esos instantes era capaz de verlo todo en perspectiva. Había olvidado las dudas sobre las intenciones de Sasuke y disfrutaba de los recuerdos de la última noche.
Cuando llegó a la oficina, estaba tan ensimismada pensando en sus ojos azabaches y en su atractiva sonrisa que casi tiró al suelo a su sobreexcitada secretaria.
La pobre TenTen andaba en sus cosas, pero salió del trance en el que estaba en cuanto vio a Sakura y supo que, por fin, podría descargar sus males con alguien. Sakura era la encargada de darles sentido a sus ataques de pánico. La pelirosa la ayudaba a razonar sobre lo que le preocupaba y entonces TenTen volvía a ser la misma secretaria entrometida y cotilla, eficiente y leal que solía ser cuando el sentido común no la abandonaba.
—¡Sakura, por fin llegas!— gimoteó la mujer —No sabes la última que nos ha hecho mi Aika— dijo, sin darle tiempo a su jefa a responder o a quitarse el abrigo —Con quince añitos recién cumplidos y ayer mismo mi Neji y yo nos la encontramos venga a besuquearse en el sofá de casa con el vecino de al lado, ése de las greñas que siempre va de luto— continuó como si fuera obligación de Sakura saber de quién le hablaba —No, no pongas esa cara. El vecino tiene ya diecisiete años y a ver si te crees tú que se iba a conformar sólo con unos besitos. Si no hubiéramos llegado Neji y yo antes de tiempo de casa de mi pobre madre enferma, me habría encontrado con que mi Aika ya no era virgen. ¡Dios, qué desgracia! No sé qué hacer con ella. —
Sakura intentó aguantar la compostura y no reír, por que era consciente de que, para TenTen, el tema era peliagudo, pero estaba tan acostumbrada a sus exageraciones que, si no se tomaba sus neuras a risa, habría terminado despidiéndola o tirándola por la ventana. Con más probabilidad lo segundo.
—Pero, TenTen— intervino cuando por fin la mujer le permitió hablar —¿de verdad crees que si Aika quisiera dejar de ser virgen lo haría precisamente en tu sofá del salón, arriesgándose a que Neji o tú la descubrierais? Probablemente no había nada más detrás de lo que viste. Unos simples besos entre dos adolescentes que se gustan y que están descubriendo el sexo. —
—Te aseguro que no había nada simple en los besos que vi, Saku.—
—No seas exagerada, TenTen. Con quince años seguramente estaba experimentando, nada más.—
—¿De verdad lo crees o sólo lo dices para contentarme?— preguntó la angustiada mujer.
—Por supuesto que lo creo. ¿Cuándo he dicho yo algo que fuera mentira para contentarte? Tu hija está en la edad de descubrir el sexo, pero es demasiado inteligente como para precipitarse. Y apuesto a que no entra en sus planes perder la virginidad en el sofá de casa de sus padres. Estoy segura de que lo que viste no eran más que unos besos.—
—Gracias, cariño— dijo mientras la abrazaba —menos mal que estás tú para darle un poco de sentido común a mi vida. Mi pobre Neji es tan exagerado como yo aunque no lo demuestre en público, así que, si no fuera por ti, ya me habría vuelto loca con tantos problemas sobre mis hombros.— Abandonó el despacho haciendo aspavientos y repitiendo frases sobre lo comprensiva que era y lo afortunado que era su marido por tener una esposa como ella.
Sakura sonrió pensando en el pobre Neji, que no decía una palabra más alta que otra para no estresar a su mujer. Apenas despegaba los labios. Las únicas veces que lo había visto un poco más animado era en las cenas de Navidad de la empresa y gracias al vino que se servía. Era un hombre bajito y con entradas. Para desgracia del pobre Neji, su corta estatura se hacía más evidente cuando estaba junto a TenTen, que nunca se bajaba de sus andamios de diez centímetros de tacón. Definitivamente eso era el amor y lo demás meros sucedáneos que no estaban a la altura.
Pasó la mañana aceptando o denegando propuestas de edición en la sala de reuniones, pero, al llegar a su despacho, por primera vez en mucho tiempo, en cuanto vio su mesa repleta de cosas pendientes no se lanzó en picado a intentar resolverlas, sino que se tomó sus buenos quince minutos para disfrutar del sabroso café que preparaba su secretaria, y para llamar a Ino y contarle las últimas novedades. Estaba a punto de colgar cuando su amiga la sorprendió con una pregunta inesperada.
—Saku, ¿crees que debería tomar clases de yoga?—
—¿Por qué me preguntas eso?—
—Por nada. Es que últimamente tengo la sensación de que necesito relajarme. Ya sabes… tomarme las cosas con más calma. Pensar antes de actuar y eso…—
—Ahora sí que vas a tener que contarme lo que te ha sucedido. No es justo que yo te haya puesto al día de lo ocurrido en mis últimas horas y tú lo mantengas en secreto— se quejó. Tenía la sensación de que a Ino le preocupaba algo.
—No te preocupes. Es que he leído que el estrés estropea la piel. —
—Es cierto. Creo que yo también lo he oído— aceptó, aunque seguía con la sensación de que había algo más.
Cuando colgó el teléfono volvió a posar la mirada sobre su mesa atestada de documentos y decidió que lo mejor era tomarse el día con calma, no quería que su piel se resintiera por el trabajo o el estrés. Esa noche cenaba con Sasuke, era su primera cita oficial y tenía que estar perfecta o, al menos, parecerlo.
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Sasuke se presentó a las seis en casa de Sakura y ésta cayó rendidita a sus pies por tres razones: la primera, estaba tan guapo y olía tan bien que casi se desmayó cuando lo tuvo delante; la segunda, antes siquiera de saludarla con palabras, la agarró por la cintura y le dio un beso que hizo que sus rodillas tuvieran que esforzarse al máximo por sostenerla, y la tercera, mantuvo su palabra y no intentó esquilar a la gata.
Mientras ella recogía su bolso y el abrigo, él se sentó en el sofá y empezó a jugar con el animal como si se conocieran desde siempre. Igual de sorprendente fue la reacción de la gata, que parecía encantada con sus caricias, algo extraordinario ya que de por sí era muy arisca con los desconocidos.
Sasuke también tuvo su dosis de tensión cuando se fijó en la forma en que el vestido azul oscuro marcaba las curvas de su cita y resaltaba sus ojos verdes jades. Tampoco lo ayudaba a calmarse el hecho de que, subida en aquellos taconazos, su boca estuviera a la altura perfecta para que la suya la asaltara a placer.
Había fantaseado con quitarle el vestido desde que le abrió la puerta; por esa razón se le escapó un gruñido al verla ponerse el abrigo que, aunque entallado, ocultaba el cuerpo que se moría por volver a acariciar.
Al verlo mirándola con esa intensidad y ese brillo hambriento en los ojos, Sakura estuvo tentada de proponerle que se olvidaran de la cena y se quedaran en casa los dos tranquilos; quizá podían ver una película mientras comían palomitas y después… Lo que fuera que llegara después.
Pero decidió que eso era ser muy directa, y que todavía no lo conocía lo suficientemente bien como para arriesgarse tanto. Por que era más que evidente que Sasuke entraba en la categoría de hombres con los que era imposible no acabar perdiendo la cabeza y alguna cosa más...
Durante el trayecto al restaurante, Sasuke aprovechó cada semáforo para tocarla con cualquier excusa o simplemente para cogerle la mano. Cada vez que sus dedos la rozaban, tenía que reprimirse para no suspirar; ese hombre sabía cómo tentar a una mujer con una sola caricia. Sakura se descubrió rezando para que el tráfico fuera menos fluido y sacarle todo el jugo al trayecto hasta el restaurante.
Acababan de sentarse a su mesa cuando una esbelta morena con un vestido negro ceñido y escotado, y tan corto que parecía más un cinturón ancho que un vestido, se acercó contoneándose hasta ellos.
—Hola, Sasuke. Cuánto me alegro de verte. Hacía mucho tiempo… — se limitó a decir, aunque fue suficiente para que éste perdiera hasta el color de los ojos.
—Hola, Karin. Sí, mucho tiempo — respondió todavía aturdido por la sorpresa de volver a verla.
*Así que ésta es Karin* pensó Sakura. La tal Karin era todo lo opuesto a ella: de piel dorada y cabello rojizo y lacio e intensos ojos rojos igual que su cabello, que no se separaban un instante de su interlocutor (¿o debería decir «su presa»?, por que lo estaba mirando como si fuera a abalanzarse sobre él en cualquier momento).
Fue entonces cuando Sakura se fijó en su acompañante, que estaba hipnotizado por la belleza morena. Pareció que su mirada lo sacó de su ensimismamiento y, tal y como exigía la buena educación, presentó a las dos mujeres. Sakura jugaba con ventaja puesto que sabía quién era su rival; la morena, en cambio, parecía tantear el terreno, después de que Sasuke las presentara a ambas simplemente como amigas.
Tras los saludos de rigor, Karin siguió ignorándola como si Sasuke estuviera solo en la mesa. Aunque, a juzgar por los puños que apretaba a los lados de su cuerpo, era incapaz de olvidar del todo su presencia. Sakura se dedicó a observar la escena y a sacar sus propias conclusiones sobre el encuentro que estaba desarrollándose ante sus narices.
La pareja habló durante unos minutos, que a Sakura le parecieron horas, sobre París, ciudad en la que la ex de Sasuke había estado viviendo desde que se habían visto por última vez.
Según entendió de la conversación que se desarrollaba frente a ella, el padre de Karin era dueño de una cadena de hoteles y la niña se dedicaba a vivir en ellos por todas las ciudades de Europa cada vez que se aburría de su vida. Aunque eso incluyera dejar tirado a alguien como Sasuke.
El descaro de la mujer llegó a su punto culminante cuando le confesó a Sasuke con ojos de cordero degollado:
—¡Te he echado de menos! — dijo, componiendo una pose de vulnerabilidad que seguro había ensayado frente al espejo.
En ese instante él recordó que había salido con otra persona, otra persona sentada a la mesa que posiblemente se sentía incómoda por la situación, por que la miró durante un segundo, aunque Sakura estaba segura de que ni siquiera la había visto, y respondió a Karin con una sonrisa triste, sin palabras.
El colmo del mal gusto fue cuando doña curvas se despidió con un beso en los labios de su maldita cita.
Sakura tuvo que controlar la ira, por que en ese momento hubiese sido capaz de abofetear sin remordimientos al hombre que se sentaba frente a ella por calzonazos. Y a la mujer que se alejaba triunfante, entre las mesas del restaurante, por buscona y mal vestida.
Tras el encuentro, Sasuke ya no volvió a ser el mismo. Apenas habló y miró demasiado a menudo hacia la mesa en la que Karin cenaba y charlaba animadamente con un grupo de personas.
La complicidad que siempre había surgido de forma natural entre ellos no volvió a hacer acto de presencia. El ambiente se enrareció tanto que Sakura estuvo tentada de alegar dolor de cabeza y marcharse. Se impuso la educación e intentó pasar la noche como mejor pudiera; al fin y al cabo, era una primera cita y las primeras citas siempre resultan desastrosas, y después de todo ella ya tenía asumido que jamás sería la excepción que confirmaba esa regla.
La cosa empeoró cuando Sasuke dejó de ser consciente de su presencia. Sin hacer ruido, aunque estaba convencida de que podía caer una maldita bomba atómica a dos centímetros de su mesa y ni eso habría conseguido que él despegara los ojos de la otra, se levantó de la silla, en medio del segundo plato, cogió su bolso y se marchó, dispuesta a liársela al primero que se cruzara en su camino.
«¿Quién narices se cree que soy? ¿De verdad piensa que le voy a aguantar el desplante? No es culpa mía que él sea un baboso. Yo no se lo voy a tolerar y punto», se dijo a sí misma mientras huía a toda prisa del local.
Sasuke estaba tan ensimismado en sus pensamientos que tardó varios segundos en darse cuenta de que su pareja lo había abandonado antes del postre.
Una vez en la calle, Sakura no pensaba en otra cosa que en alejarse lo más rápido posible del restaurante; fue entonces cuando se percató de que no tenía vehículo para llegar a casa; Sasuke había ido a recogerla, habían viajado en su coche. Se adentró en una de las calles del centro para evitar que él la viera si abandonaba el restaurante, sacó el móvil y a punto estuvo de llamar a Naruto para que la recogiera, cuando pensó que lo mejor era no meterlos a ellos en semejante desaguisado. Por eso se decidió por Ino. Su amiga le contestó jovial. De fondo se oía música.
—¿Dónde estás?— preguntó extrañada por la risa que se adivinaba en la voz de su amiga y la música que se filtraba a través de la línea.
—En casa; por cierto, ¿cómo me llamas tan pronto? ¿No era hoy tu cita con ojitos azabaches?— la interrogó curiosa cuando se dio cuenta de la hora.
—Sí… Oye, Ino. No estás sola, ¿verdad?— Se llevó la mano libre a la sien, intentando despejar su cabeza.
Antes de contestar, se oyó la voz de su amiga decirle a alguien a su lado: «¿Me disculpas un momento?».
—No. ¿Sabes?, pensé que, si tú eras tan valiente como para arriesgarte, yo también podía serlo y he invitado a alguien a cenar— confesó —No es que tuviera intención de ocultártelo, es que no tenía muy claro la clase de cita que iba a tener.—
—No te preocupes por eso, pero, dime, ¿por alguien te refieres a un serio profesor de pintura que te trae de cabeza desde que empezó a trabajar en el colegio? No sé, ¿alguien llamado Sai, por casualidad?—
—Sí, a ese alguien me refiero, pero ¿y tu cita? Sakura Haruno, no intentes eludir mi pregunta— la reprendió.
—Ha sido un desastre, pero qué esperas de la primera vez, aunque estoy casi segura de que será la última.— Se calló al percatarse de que también era la primera cita de Ino —Bueno, cariño, te dejo. Mañana te llamo. —
—¡Sakura, espera! ¿Estás bien? ¿Estás en casa?— A pesar de estar pasándolo de maravilla, Ino estaba dispuesta a ir a ayudarla en caso de que fuera necesario.
—Estoy perfectamente y aún no he llegado a casa. Mañana hablamos con calma. Disfruta de la cena o del postre, lo que prefieras. Aunque ya sabes que yo disfrutaría de los dos. —
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Sasuke fue consciente de la sonrisa triunfal que asomó en los labios de Karin cuando Sakura abandonó la mesa. Jamás en su vida se había sentido tan estúpido; la actitud cariñosa de Karin había sido simplemente para fastidiar a su acompañante, para demostrarse a sí misma, e incluso a él, que ella todavía le importaba.
La pregunta que debía hacerse era: ¿le importaba? ¿Estaba dispuesto a arriesgar lo que fuera que pudiese tener con Sakura por una mujer que lo había dejado plantado sin una sola explicación?
Todavía no estaba preparado para contestar a esas cuestiones. Mientras le llevaban la cuenta, pensó en lo idiota que había sido por no salir corriendo detrás de la pelirosa; se había comportado como un imbécil. Y por lo poco que la conocía, estaba seguro de que ella se lo iba a hacer pagar muy caro. Desesperado por arreglar el entuerto que él mismo había creado, metió la mano en el bolsillo interno de la chaqueta y sacó el teléfono; por primera vez desde la aparición de Karin, ni siquiera le prestó atención. Lo único que le importaba en esos instantes era que Sakura le cogiera la llamada. No obstante, la pelirosa no comunicaba.
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Ino regresó al comedor, en el que había dejado a Sai, pero su buen humor se había quedado en el dormitorio, al que había ido para hablar con Sakura con cierta intimidad.
—¿Va todo bien?— inquirió Sai en cuanto la vio entrar por la puerta.
—No estoy segura. Me acaba de llamar Sakura, y me ha dejado un poco preocupada— confesó con una sonrisa triste.
—Es lógico que te preocupe tu mejor amiga— apuntó él. Ino lo miró suspicaz.
—¿Cómo sabes que es mi mejor amiga?—
—Hablas mucho de ella. Es una simple deducción lógica. —
—Hablo mucho de todo— reconoció.
Sai sonrió y se encogió de hombros antes de responder.
—Sólo hay que escucharte hablar de ella para llegar a la misma conclusión que yo. —
—Es posible. —
—O tal vez…—
—¿Sí? —
—Tal vez es que yo estoy demasiado pendiente de ti. —
Ino lo miró a los ojos, mientras sentía cómo su corazón se aceleraba por la emoción. Por su parte, Sai no apartó la mirada, sino que se la mantuvo, firme. Había dicho lo que sentía y no tenía intención de echarse atrás. Ella había dado el primer paso invitándolo a cenar y, por si le quedaba alguna duda de la razón por la que había aceptado, ahí estaba su velada confesión.
—Espero que tanto como lo estoy yo de ti— dijo Ino.
—Es posible— repuso él, repitiendo las mismas palabras de ella.
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Acababa de bajar del taxi cuando se encontró frente a frente con Sasuke. Estuvo tentada de darle un empujón y mandarlo a babear por la morena con viento fresco, pero optó por ignorarlo; lo rodeó mientras sacaba las llaves del bolso y continuó ignorándolo cuando él se posicionó a su lado. Sin embargo, no consiguió seguir obviándolo cuando se dio cuenta de que pretendía entrar en su casa. ¡Ah no, eso sí que no!
—¿A dónde narices crees que vas?— preguntó alzando un poco la voz. Estaba enfadada y muy decepcionada, lo que menos quería era mantener una conversación con él.
—Tenemos que hablar— se limitó a decir Sasuke, en un tono neutro y con la mirada compungida.
—Mira, guapo, tú y yo no tenemos nada de que hablar. Así que, por favor, limítate a subirte en tu coche y a largarte por donde has venido, o mejor, regresa al restaurante y te vuelves a poner en ridículo por la mujer que te dejó tirado el día que te declaraste— le espetó indignada y rabiosa.
Armándose de paciencia, preguntó:
—¿Cómo sabes eso? — Dos segundos después de formular la pregunta se sintió estúpido; su hermana era incapaz de mantener la boca cerrada.
Sakura lo ignoró y continuó con su regañina, momento que él aprovechó para colarse en su casa y cerrar la puerta tras de sí.
—Pero ¿quién te crees que eres para invitarme a cenar y luego ignorarme como si no estuviera? ¿Para actuar como si te importara y cinco segundos después olvidarte de mí por que ha llegado doña perfecta? ¿Qué soy yo? ¿Tu repuesto? ¿Un entretenimiento mientras ella se decide a volver? Y esa mujer disfrutó de tu atención y de ver cómo me ignorabas para babear por ella. ¡Dios! Ni siquiera te diste cuenta de que me había marchado del restaurante. Estabas demasiado ocupado limpiándote las babas. — En ese momento de su discurso, Sasuke percibió cómo le temblaba la voz; lo que no supo dilucidar fue el motivo: ¿era ira o dolor? ¿Inseguridad, quizá? ¿Acaso su desplante había despertado viejos recuerdos?
—Lo siento, guapito, pero conmigo te has equivocado. Sal ahora mismo por esa puerta y no vuelvas jamás. No me interesan ni los niñatos ni los masoquistas y tú perteneces a los dos grupos. —
—Sakura… yo… — empezó a decir Sasuke, pero ella cerró los ojos y se presionó las sienes como si le doliera la cabeza. ¿Qué narices podía decirle? Había hecho todo lo que ella le había acusado de hacer. Aun así, no quería perder la oportunidad de descubrir qué podía llegar a ser Sakura en su vida. No podía creer que ese único momento de debilidad hubiera acabado con todas sus posibilidades de conocerla mejor.
—Mira, Sasuke, esto no funcionará— sentenció ella más calmada aunque todavía airada —ni esto ni ninguna relación que empieces, nada te saldrá bien mientras estés enamorado de esa mujer, y yo no estoy dispuesta a compartir a ningún hombre, así que lo mejor es que te marches.— Y dicho esto, abrió la puerta de la calle sin dirigirle ni una sola mirada —Si te preocupa que vaya a contarle a Hinata lo que ha sucedido esta noche, puedes estar tranquilo, esto es entre tú y yo. —
—Sakura. —
—Buenas noches, Sasuke. —
No fue necesario volver a pedirle que se marchase, el gesto fue suficientemente claro. Sasuke salió por la puerta, no sin antes hacer un intento por tocarla. Alzó la mano para presionar su hombro, pero en el último momento se arrepintió avergonzado por lo sucedido en el restaurante, se dio la vuelta y se fue.
—Estúpida, más que estúpida— se lamentó Sakura —Te has dejado atrapar como una tonta y ni siquiera le gustas lo suficiente como para ser considerado contigo. —
Sin embargo, a pesar de los pensamientos que la embargaban, la pelirosa no era de las que se dejaban arrastrar por la autocompasión y, mientras se desmaquillaba y se preparaba para irse a dormir, consiguió cambiar la frustración que sentía por una firme determinación.
Tenía veintinueve años, un trabajo que le encantaba, y, sin pecar de presuntuosa, podía decir que era atractiva. De modo que ya estaba bien, Sasuke podía ser el primer hombre que le había gustado desde el desastre que había sido Sasori, pero no era el último hombre de la tierra.
Tenía derecho a conocer a alguien especial y ser feliz, y para lograrlo estaba dispuesta a seguir el consejo de Ino y abrirse más a la gente. Una buscona mal vestida y un baboso, por muy atractivo que éste fuera, no iban a amargarle la vida y mucho menos la noche.
Se metió bajo las sábanas y encendió el devedé. Por lo menos estaban Allie y Noah, y ellos nunca le fallaban. Ésa era la clase de amor con el que una romántica empedernida como ella soñaba, un amor que superara el tiempo y la memoria.
Continuara…
