Notas: Etto... ¿Os acordáis de mí? -gotita-. ¡Lo siento muchísimo! -inclinándose millones de veces- ¡De verdad que lo siento! Nunca pensé tardar tantísimo en actualizar, y lo que comenzó con un problema de cómo escribir un POV terminó juntándose con una mudanza, selectividad, muchos problemas personales y la carrera; además decidí corregir los anteriores capítulos repasando las faltas y cosas así. También me habría gustado traeros un cap. especialmente largo y lo intenté, aunque no estoy muy complacida. No estaba tampoco muy convencida sobre si subirlo o no porque llevo poco del siguiente cap. y no quiero que pase tanto tiempo con el octavo, pero cierta persona me acosaba bastante -sonrisa-. ¡Sí, indirecta para ti, primi! En fin, que lo siento muchísimo, me da hasta vergüenza volver por aquí -gotita-. De todos modos, aquí está el muy tardío cap. 7.
Advertencias del capítulo: Podría decir que sigo igual que antes: cambios de POV, OOC, lime/lemon... También malas palabras (ya sabéis, está Kanda) y hasta se podría decir violencia. Mi amado de toda la vida angst y un conejo molesto.
DISCLAIMER: A pesar de la, en apariencia, contagiosa manía por tardar, no soy Hoshino Katsura, por lo que D Gray-man sigue sin pertenecerme. Si lo hiciera no pondría como excusa el trabajo por tardar en actualizar.
Discípulo del pecado
7. Recuerdos lacerados
Sudor. Calor. Gemidos. Roces. Mordiscos. Jadeos. No podía dejar de retorcerse del placer. Su cuerpo vibraba con el toque del mayor. Se desesperaba por sentir más. No era suficiente, aún no lo era.
Todo él temblaba incapaz de pensar, y menos algo coherente. No podía. Ahora todo lo que existía eran esas manos en sus muslos, esa boca en su pecho, ese frote de su miembro contra el otro, ese calor rodeándole, esa voz drogándole…
Nada más importaba.
Ni siquiera el no saber quién era esa persona. Todo eran sombras, oscuridad, ocultando ambos rostros, ambas identidades. Pero sabía que era alguien que conocía. Su cuerpo conocía a esa persona, respondía a sus toques. No podía poner un nombre, ni tampoco podía pensarlo, sólo se dejaba llevar. Sólo hacer. Sólo sentir.
Tampoco pensaba en si estaba bien o mal, su cuerpo se sentía bien, así que mal no debía de estar. De todas maneras no podía pensar, mucho menos quería. No sabía cómo había llegado a esa situación, lo importante es que había llegado y que estaba en ella. Con esa persona. Porque sabía que de algún modo si no fuera por ser precisamente la compañía con la que estaba, no sería igual. No estaría tan bien; no podría. La calidez en su pecho le animaba a sujetarse más fuertemente a esa espalda, a mover sus caderas en busca de placer, en mover sus manos queriendo abarcarlo todo, a esa persona entera.
El cosquilleo en su vientre era acompañado de una presión que deseaba ser liberada pronto. Esa piel áspera y suave, arrugada y tersa. Músculos bajo sus manos tensándose y relajándose. Sudor bañando sus cuerpos, dejándolos húmedos y resbaladizos. Toques bruscos y delicados. Moratones, arañazos, mordiscos. Caricias, besos, lamidas. Todo era tan contrastado, tan proporcionado, que era imposible detenerlo.
Ambos cuerpos reaccionaban, y de alguna forma sabía que con nadie más su cuerpo se amoldaría encajando tan perfectamente. Quería saber quién era. Necesitaba saberlo, conscientemente. En realidad era como si supiera perfectamente de quién se trataba, pero su cerebro no quería decírselo, egoístamente guardándoselo para sí mismo. Para que sólo su cuerpo pudiera saberlo. Debía averiguarlo. Pero tenía miedo. Miedo de que si llegaba a descubrirlo, todo terminaría. Y si eso ocurría…
Necesitaba esa presencia. Necesitaba ese calor. Necesitaba ese toque. Necesitaba esa voz. Era egoísta, pero necesitaba esa crueldad y benevolencia tanto como el respirar al oxígeno. Se sentía como si en cualquier momento fuera a evanescerse de entre sus brazos y no volvería a ser capaz de volverse a sentir así. Así tan querido. Así tan deseado.
Así tan completo.
Pero necesitaba ver su rostro. Decir su nombre, saber quién era. Por eso, aunque una parte suya se negaba a hacerlo, una de sus manos se alzó, encontrándose con los cabellos que ocultaban sus facciones. Esos cabellos finos y suaves, amando la sensación de tenerlos entre sus dedos.
Comenzó a apartarlos lentamente, sin darse cuenta de que el placer aún permanecía, flotando en el aire, pero se había detenido. Estaba tan concentrado en descubrir a esa persona, sólo en eso. Y la habría descubierto de no haberse detenido.
Algo estaba escurriendo por su brazo produciéndole un agradable cosquilleo. Su nariz captó un ligero olor metálico, pero su cerebro no lo relacionaba con nada específico.
Llegando a resultar en cierto modo molesto el cosquilleo, lo intentó apartar con la otra mano, agarrada a las sábanas. La curiosidad, picoteándole, le hizo preguntarse qué era en realidad eso. No estaba seguro de querer saberlo, pero su mano decidió por él, dirigiéndose a su boca. Si no podía verlo ni descubrir qué era por el olfato, entonces…
Entreabriendo la boca y a escasos centímetro de distancia, la persona frente suya le paró, tomándole del brazo en un agarre dolorosamente firme.
A punto estuvo de preguntar qué ocurría cuando de repente todo estalló, alcanzando a ver por ultimo un brillo rojizo…
Allen dio un salto en la cama abriendo los ojos repentinamente, no tardando mucho en cerrarlos por el exceso de luz. No era que le molestara. De hecho, normalmente le habría encantado despertar con el nuevo día anunciándole un espléndido clima. Sólo que ésta vez se sentía como si no hubiera dormido nada. O como si hubiera dormido demasiado.
¿Qué había pasado? ¿Una pesadilla, quizás? Bueno, no importaba ya.
Se estiró sintiendo los músculos entumecidos, sin molestarse en ocultar un enorme bostezo. Era algo extraño el despertar sin ningún aura de frustración cerca, y sin duda sabía que era gracias a la ausencia de cierto moreno.
Parecía que hoy había despertado un magnífico día.
Sin embargo, tenía esa sensación de que todo iba a ir mal y no iba a ser uno de sus mejores días, además había algo diferente… ¡pero no era para arruinar el día! El que Kanda no estuviera era suficiente razón como para tener un buen despertar. No le importaban las causas por las que no se encontraba cerca para molestarle, sino que disfrutaba de su ausencia sin más. Era molesto tener que tratar con él todos los días, desde la mañana hasta la noche. Y eso que ya ni recordaba cuánto tiempo llevaba ahí.
Un día, cinco días, quizás dos semanas o incluso más. No recordaba qué día de la semana era, y menos el número. Eso en el mar no importaba. Sólo contaba el presente tiempo atmosférico y, como mucho, saber calcular cuánto más tardarían las reservas en agotarse. Pero cosas tales como la hora o el mes no eran imprescindibles para navegar. Y al menos a Allen no le importaba desconocer la hora.
Pero sabía que si alguien le decía cuánto tiempo había pasado desde que llegó, se llevaría una desilusión al ser menos de lo que imaginaba. Por eso de momento estaba bien ignorando esas cosas. No obstante, hablando con Lavi, había podido a llegar a conocer más cosas de ese lugar. Debía admitir que Lavi muchas veces le ponía nervioso por no saber cuándo podría caer en alguno de sus juegos, pero al menos rompía un poco la rutina de su nueva y obligada vida.
Todo el día podía dividirse en el tiempo del encierro solitario, lo cual intentaba tomarse como una meditación; el tiempo de comer, su Nirvana; el tiempo con Lavi, luego nada que hacer, y al final con Kanda. Nada más. Aunque dependiendo de las ocupaciones podría estar con Lavi o con Kanda.
El pelirrojo sí que era un buen compañero, fácil de tratar y divertido, sin olvidar que le encantaba sacar de quicio a Kanda, incluso llegando a poner en peligro su propia integridad. Además, gracias a él, tenía noticias de Lenalee e incluso había podido hablar con ella (a espaldas del japonés, desde luego).
Dirigiéndose a abrir el ojo de buey, pensó que si no se cruzaba en todo el día con el moreno, sería realmente magnífico, y que esa extraña sensación era cosa de su imaginación, y ahí se quedaría. No siempre se le presentaba una oportunidad así, de modo que si el otro estaba muy ocupado tendría gran parte del trabajo ya resuelto.
Miró a su alrededor fijándose en que cerca estaba la ropa para cambiarse. Vaya, era un alivio tener algo, ya que después del desastre que hizo de él el bastardo la noche anterior… No, lo mejor era no pensar en eso. Tenía una relativa suerte de que el otro no hubiera querido llegar a mayores con él. De momento. Casi se empezaba a acostumbrar y todo.
¿Eh?
No, ni hablar. Estaba medio dormido, por eso no podía pensar con claridad. Lo mejor era cambiarse y dejar de pensar, eso ayudaría mucho. O pensar mejor en cosas más provechosas. Como el qué decía esa nota sobre su ropa, y aunque algo le decía que no iba a ser bueno, lo mejor sería leerla.
O no.
…Bastardo.
Sí, maldito bastardo. ¿Quién dejaría algo así si no es para fastidiar? No era muy normal, que se dijera. ¿Pero acaso podía Allen decir que en ese tiempo que llevaba ahí sus circunstancias eran normales? La realidad supera la ficción, desde luego. La suya por lo menos sí que la superaba. Sino la superaba todavía, esperaba que no lo hiciera nunca. Su situación apestaba. Olía a jodido que echaba hacia atrás desde la popa hasta la proa del barco. Sin exagerar.
Para él, el día de repente había perdido su encanto. Y la sensación se hizo más intensa.
El papel, en la mano del menor, no había tardado en quedar arrugado y maltratado por el infame mensaje que contenía. Si no hubiera enfurecido a su lector no se habría quedado inutilizable e inservible. Todo porque Allen estaba que se subía por las paredes, ¡en apenas unos segundos!; y eso que el papel sólo tenía dos palabras (¡malditas palabras!).
Otra de las cosas por las que estaba repentinamente enfadado. Al menos podría haberse molestado un poco en escribirle un… ¿eh? Huh. No, estaba mejor así. Casi que ni hubiera hecho nada; total, estaba como antes.
El albino lanzó el papel al suelo. No necesitaba tenerlo, no era tan difícil recordar lo que ponía; desde luego no si no dejaban de repetirse en su cabeza sus palabras.
"No salgas"
Vaya, era toda una información. Tuvo que leer un par de veces la misma oración y voltear la hoja para ver si había algo más escrito. Pero nada. Ni una pista de a dónde se había largado.
Se dirigió a la puerta con pasos seguros. Si la nota no le decía acerca de qué lugar había escogido el samurái para fugarse, se lo diría alguien de la tripulación. Sabían quién era, así que seguramente le responderían. Quizá con suerte conseguía encontrarse con Lenalee y todo. Sin embargo, cuando tomó el pomo de la puerta, se dio cuenta de que giraba pero no abría. Una parte suya se negaba a aceptar lo más lógico que empezó a gritar una voz interna, y esa parte era ahora la predominante. Dio un par de tirones más, asegurándose de que estaba bien bloqueada al no ceder por su empuje.
— ¿Pero qué…?
Fantástico. No podía salir. Estaba encerrado en esa aburrida y oscura habitación, y lo estaría hasta que alguien se acordara de él y le abriera. O llegara Kanda.
Ahora sí que se había vuelto molesta su situación.
"No salgas", ¿eh? De verdad no tendría ni porqué haber escrito eso cuando desde un principio pensaba en encerrarle. Esto se podría llamar un secuestro, con todas sus palabras. Ese bastardo…
Su única preocupación diaria en realidad era el dar esquinazo al oriental, cosa que era bastante difícil teniendo en cuenta de que siempre estaba con Lavi cuando se separaba de Kanda. No era tan complicado el que fuera encontrado, a su pesar. Y menos ahora.
Si alguien le preguntaba a Allen su opinión presente acerca del samurái, su respuesta con una sonrisa sería: un capullo. Se podía ir al lugar que le viniera en gana. Europa, Asia o África, a él le daba igual. ¡Cómo si se iba a China con los osos! ¡Qué se largara! Total, él estaba encerrado. Odiosamente encerrado por ese desgraciado. ¡Arg! Seguía siendo el mismo imbécil de siempre. Tiempo más, tiempo menos, daba igual. Seguía siendo igual de vanidoso, de engreído, de… ¡igual de BaKanda! Maldito fuera él y el momento en que le conoció. Maldito fuera el momento en el que aceptó y dijo que podría tener todo sobre él.
—¿¡Hay alguien ahí!—gritó Allen dando un par de golpes en la puerta, sin aceptar del todo su situación. Con suerte alguien le escucharía y le intentaría sacar, aunque lo dudaba ya que siendo el camarote de Kanda no debía ser muy buena idea forzar su puerta.
El muy maldito encima tenía la suficiente cara como para marcharse y dejarle a él ahí encerrado, y desgraciadamente no había nadie cerca. Repitió la misma acción un par de veces más hasta darse por vencido, habiendo recibido la misma respuesta nula. El albino pegó el oído a la puerta de madera, pero no escuchaba tampoco nada, a diferencia de otros días. No podía significar que estaba solo en el barco, ¿verdad?
Miró a su alrededor intentando averiguar de una vez qué era esa sensación extraña con la que se había levantado, porque sin duda había algo más fuera de lugar. Dirigió su mirada a los pies y luego a los lados, descubriendo con facilidad qué era. El barco estaba parado.
No pudo evitar sentirse inquieto, ¿había pasado algo? ¿Otro ataque? No, no podía ser, se habría dado cuenta. ¿Tampoco se estarían llevando a Lenalee a otro lugar, no? Él había estado cumpliendo (sí, resistiéndose, pero ¿quién no lo haría?), y aunque no recordara exactamente cómo surgió su actual situación con Kanda, sí sabía que no había roto su promesa. No lo había hecho, así que por lo menos tenía asegurado que Lenalee se encontraba bien. O eso esperaba.
De todas formas (y aunque se odiara por pensar egoístamente) no era el mejor momento para preocuparse por la chica. Debía centrarse en que el barco estaba parado y que tenía su oportunidad para escapar. Si con suerte habían atracado en un puerto, tenía la posibilidad de irse. Ya más tarde podría averiguar dónde estaba y qué dirección tomar.
Se apartó de la puerta con pasos tambaleantes, dirigiéndose nuevamente al ojo de buey. La brisa azotó su cabello, terminando de despertarle completamente. Mirando a lo lejos se dio cuenta de que tenía la mala suerte de que desde donde estaba sólo veía las azules aguas del… ¿Pacífico? Pero sin duda el barco no se desplazaba. De repente fue aturdidamente consciente de que se hallaban tan lejos de Inglaterra que parecía no haber vuelta atrás. La idea hizo que casi le entrara pánico.
¿Cuánto tardaría en regresar? ¿Cuánto tiempo tardaría en encontrar a Komui y hacerle saber todo lo ocurrido? No sería capaz de mirarle a la cara después de no haber sido capaz de proteger a su hermana. Pero desde que se lo hiciera saber, ¿cuánto tardarían en recuperarla? O peor, ¿cuánto tardaría desde que (si lo conseguía) escapara?
Pero no. No debía dejarse llevar por la negatividad, sino pensar en cómo escapar. Por lo único que dudaba era por todas esas preguntas sin respuesta. No importaba lo que le ocurriera a él mientras Lenalee estuviera viva y pudiera llegar sana y salva a Reever y a Komui. Pero si se iba ¿qué iba a pasar? A parte de que no sabía a dónde iban, podían estar dirigiéndose a cualquier sitio. Prometió que la protegería, así que si algo ocurría, aunque no estuviera presente, él sería el único culpable.
Pasar el tiempo encerrado, aislado y en una desquiciante rutina, solo provocaba que el tiempo se alargara. Quería hacer algo, pero no sabía exactamente el qué. Y la espera era interminable. Delirantemente interminable.
Pasaba lentamente, pensando qué podía hacer, sin poder escapar. Fue entonces cuando una estúpida pero poderosa pregunta nació en su cabeza.
¿Qué pasaría si se rendía y ponía fin a ese juego?
Todo se resumía a permanecer obedeciendo al moreno. Estaba cansado de lo mismo una y otra vez, de esa rutina que parecía no querer terminar, por mucho que estuviera intentándolo. Pero no era porque no pudiera (que también), sino porque estaba obligado a no quererlo. Ser privado de tu derecho a revelarte por un vil chantaje era despreciable. Y por lo que había visto, Lenalee estaba en perfectas condiciones, así que él era el único idiota sometido al dichoso exorcista. Había sido débil al dejarse hacer, y era ahora cuando se daba cuenta del engaño, descubriendo su propia estupidez.
Lenalee nunca había corrido ningún peligro propiamente dicho. El breve momento en el que pudo hablar con ella le aseguró estar perfectamente. Se dio cuenta de que en realidad no podían hacerle nada. Primero porque su misión era protegerla (y por lo poco que sabía de Kanda, siempre cumpliría con la misión), y segundo porque no obtendrían nada a cambio.
¿Qué pintaba él en medio de todo eso? Absolutamente nada. Para ellos era el inútil amigo recién descubierto exorcista, y por eso estaba ahí. Pero al no ser tan importante como parecía serlo la china, podían hacer relativamente lo que quisiesen con él. Importante. Por supuesto que no era importante. Además, estaba solo. Aterradoramente solo. Pero ya había sido suficiente; había prometido a Mana que seguiría caminando, y mantendría su promesa. Ya se había cansado de que se aprovechara Kanda de él.
Recordaba una vez de niño, cuando trabajaba en el circo, que durante el camino a hacer un encargo salvó a una niña de unos que intentaban atracarla; sin pensar fue hacia ella, con el resultado de ser él quien terminó atracado, pero la chica no sufrió daño alguno. Cuando se acercó a ella, solo recibió una mirada de repulsión, indignada de que no había sido capaz de protegerse a sí mismo. Cuando regresó al circo, le dieron una paliza por no haber cumplido el encargo.
Esta vez sería diferente, sería capaz de cuidarse a sí mismo y de proteger a Lenalee. Era algo que debería haber hecho desde aquella primera noche. Necesitaba una sola oportunidad para escapar, y en cuanto se le presentara no dudaría en lanzarse. Aun si no sabía a dónde se debería dirigir. Aun si no sabía dónde encontrar a Komui o incluso a su maestro.
Aun si no volvía a ver esas orientales facciones nunca más.
Lavi paseaba tranquilamente por una de esas múltiples calles tan fácilmente confundibles e idénticas según Allen. Entre sus brazos cargaba con un par de bolsas de papel; sabía que llegaba tarde y que Kanda estaría furioso, deseando estrangularle, pero no iba a darse ninguna prisa. El Apocalipsis llegaría más tarde o más temprano, ¿qué necesidad había de apresurarlo?
De momento estaría bien poder relajarse un rato y dejar de pensar. Pero era incapaz.
Sus ávidos ojos observaban todo, cada mínimo detalle a su alrededor. Todo eran datos, valiosa información a la que en cualquier momento podía recurrir. Todo se quedaba guardado de forma automática, sin comerlo ni beberlo. Era algo tan natural como el respirar.
Todo estaba ahí, tan necesario como el agua, aunque pocos realmente lo apreciaran. Cada objeto, persona o hecho es distinto, con esas pequeñas diferencias que hacen a todos diferentes. ¡Qué razón tenía Heráclito con lo de que nunca te bañarás dos veces en el mismo río! Y él quería conocerlos todos.
Pero no todo era como parecía. Había un lado oculto, un trasfondo que la gente no quería saber o creer. Cada una de las guerras en las que había estado permanecían intactas en su recuerdo, bien definidas y marcadas como lo hacen a una res, con fuego, sufrimiento e imborrable. Y tantos años de estudio, viaje e investigación solo le sirvieron para darse cuenta de lo miserable que era el ser humano.
No importaban las causas, consecuencias ni soluciones. Solo había una opción viable: guerra. Fuera donde fuere, lo único que encontraba era destrucción, odio y muerte.
La Orden Oscura no era la excepción. Para nada. Era increíble la destrucción que había causado a lo largo de la historia, el incondicional odio y los incontables muertos que figuraban en la lista.
Su historia oculta era la que más le estaba asqueando. Cada experimento que nada más imaginarlo le ponía la piel de gallina. Tanto por lo ingenioso como por lo espeluznante.
Increíbles actos inhumanos que, sin embargo, en ocasiones creía olvidar. Sabía de todas esas sangrías sin causa y, sin embargo, a su pesar, la Orden tenía algo que le cegaba y que en ocasiones hacía que corriera un tupido velo felizmente.
No sabía qué era exactamente, pero podía llegar a encontrarse a gusto en ese lugar. Quizás porque, a pesar de todo eso, al otro lado de la máscara sólo había calidez; se había encontrado con amables sonrisas. Científicos que ideaban; bromeaban. Jefes que ordenaban; gozaban. Buscadores que se sacrificaban; se divertían. Exorcistas que eran torturados; sonreían.
Lo gracioso era que él mismo era uno de los que ocultaban su verdadera forma de ser tras una personalidad inventada, falsa. Era como una casa de locos en donde todos tenían una cara desconocida, donde nadie era en verdad como se comportaba; y de todos modos, disfrutaban y vivían la vida de la mejor forma que podían. Con tanta familiaridad que su ser interior gritaba por ser liberado. Seguía siendo un hipócrita.
Pero un hipócrita más.
Y era la mayor locura que se le podría haber ocurrido. Entre todas las cosas, lo esencial en alguien como él era no tener corazón. Así sería. Aún sonrieran tan cálidamente en esos momentos extremos…
—¡Hey, Yuu!—Alzó la mano apoyando todo el peso de las bolsas sobre el brazo contrario, viendo a moreno acercársele.
—¡Tú, maldito conejo imbécil! ¿Sabes qué jodida hora es? ¡Juro que te retorceré el pescuezo!
…incluso teniendo exorcistas como Kanda.
—¡Ya, ya, calma!—dijo intentando apaciguar el huracán, viendo cómo faltaba poco para estar con el puño del oriental bajo su barbilla, balanceándose peligrosamente— ¿Tienes todo? Deberíamos volver al barco ya, ¡qué tarde es!
Como única respuesta, Kanda giró sobre sí mismo comenzando a andar con aires presuntuosos, no sin antes chasquear la lengua. Lavi reprimió una sonrisa burlona antes de unírsele al regreso. Una cierta parte de él estaba sorprendido de que le hubiera esperado realmente, y de además no haber salido herido. Oh, quizás estaba de buen humor. 'Me pregunto cuánto durará.'
—Y bien, ¿qué tal las compras, Yuu?
Apreció cómo sus labios comenzaron a tensarse y sus ojos se entrecerraban, despidiendo desprecio. Nada fuera de lo común.
—Está todo—se limitó a responder, dándole una mirada que claramente le advertía de que por su propia integridad física, lo mejor era que él también tuviera todo.
Se las arregló para reír, restándole importancia al asunto. Kanda era un tipo muy simple, fácil de complacer con simplemente no tener ningún tipo de relación. Tan fácilmente irritable que le hacía un blanco perfecto para sus bromas. Pero últimamente parecía estar más tiempo de lo normal en su habitación (la cual antes utilizaba exclusivamente para asearse y ocasionalmente dormir), y estaba menos amargado. Debía ser por aquel chico llamado Allen. Uhm… muy interesante.
—Sin problemas, también tengo todo—dijo rápidamente, guiñándole un ojo—. Ropa nueva para los novatos. ¡Si vieras lo que le compré a Lenalee…!
La frente arrugada de Kanda se hizo más marcada ante el tono utilizado por el pelirrojo. Desde luego se percató de ello, apresurándose a molestarle con ello.
—Venga Yuu, me sorprendes. Molestándote por solo mentar su nombre… ¿por qué es? ¿Tan pronto la detestas?
Escuchó un gruñido antes de obtener su respuesta:
—Cierra el pico conejo, tu simple voz me molesta. Y juro que como vuelvas a llamarme por mi nombre tu cuerpo sin vida colgará del mástil para todos.
Bueno, no podía esperar más de él, ¡bastante era tener dos oraciones! Sin duda algo bueno había pasado. Lavi suspiró con cansancio, sabiendo que aún así no le iba a responder. Pero eso no impediría que siguiera hablando. Bien sabía que con Kanda lo único necesario era perseverancia y paciencia. Mucha paciencia. Y cierto nivel de masoquismo, para qué mentir.
Por eso, cuando se arriesgaba a bombardearle a preguntas, tarde o temprano sabía que se cansaría de amenazar y terminaría cediendo (si no tenía escapatoria). Además, sabiendo hacer las preguntas exactas, quizá podría averiguar lo que quería. Incluso la suerte estaba de su parte, ¿no estaba Kanda de buen humor?
—Hey, ¿y cómo va el Moyashi?
—¿Qué pasa con ese idiota?—bufó el moreno.
—Me pregunto cómo le está yendo con tu broma. ¿Tardará mucho en darse por vencido?—inquirió en alto, como si en realidad fuera un simple pensamiento. Los segundos pasaron y llegó a pensar que no había funcionado y que debía atacar desde otro ángulo, pero para su regocijo no fue así.
—No tardará, aunque es un mártir insufrible.
Bingo. Había llegado justo a donde quería, Kanda había caído muy fácilmente. Sonrió con autosuficiencia por dentro. Miró a su alrededor, haciendo una rápida cuenta mental de cuánto tiempo les restaba para llegar al barco y poder seguir interrogando al otro. Cualquier buscador habría ya respondido a todas sus preguntas sin darse cuenta, no como Kanda. Por eso era tan divertido.
—¿Todavía piensa que si cede irás a por Lenalee-chan?—la sonrisa de Lavi se ensanchó, fingiendo un tono de incredulidad.
Inmediatamente un chasquido de lengua respondió por el samurái. Pero para el aprendiz de bookman era más que suficiente. Ni una elaborada respuesta habría sido más clara. Las cosas se empezaban a poner divertidas, y daría su bandana como pago por un pequeño adelanto de los acontecimientos.
Kanda era bastante interesante a su manera. Siendo otra de las cosas que le encantara el saber que, por ser quien era, no podía ser engañado con facilidad. A cualquiera le podría haber engañado ese gesto de frustración. Lavi era la excepción. Y sabiendo el carácter de su compañero, no necesitaba esforzarse en saber que en realidad le estaba resultando interesante. Muy interesante. Demasiado. No mucha gente era capaz de soportar al malhumorado exorcista.
Realmente se preguntaba cuánto soportaría el chico. Las veces que había intentado sacar el tema durante uno de esos trabajos diarios a cubierta, una extraña aura de venganza rodeaba al albino, quien siseaba un "Ese capullo…" sin lograr obtener más.
Sin embargo, aún mantenía su palabra. Eso seguro era lo que obcecaba al moreno y, al mismo tiempo, le causaba interés. Por esta razón, decidió dar una última presión, sin intenciones de averiguar algo.
—Seguramente aún no se enteró de cuál es nuestra misión; sino, no tendrías tanta suerte—hizo una pausa, sólo para añadir: —. Te deseo suerte, por el problema con el que apareció aquel día en el comedor diría que el ambiente entre vosotros está caldeado, ¿eh, Yuu?
El aludido se paró como un resorte, con fuego chisporroteando en los ojos oscuros. Quizá se había excedido un poco, pero esa era la reacción que esperaba.
—¿Qué mierda insinúas?
Elevó una ceja sin reprimir el asomo de una sonrisa ante el brusco cambio. Sabía que en este momento estaría con los dedos de Kanda firmemente agarrados al cuello de su uniforme en clara amenaza. Suerte que sus brazos estuvieran ocupados en sostener las bolsas. Aunque sus manos comenzaron a sudar bajo los guantes como acto reflejo a esa mirada. El moreno tenía muy buen conocimiento de cómo saber verse peligroso, de eso no había ninguna duda.
En especial cuando algo tenía relación con él. Y desde lejos se veía que Allen tenía algún tipo de relación, afirmándolo al salirse tan rápidamente de sus casillas y tan a la defensiva.
—¿Huh? Relájate, Yuu. No insinúo nada—habló al fin con una sonrisa pícara, poniéndose de nuevo en marcha "Yo sólo afirmo…"—. Será mejor apresurarnos, ¡nos hemos distraído mucho!
De momento era mejor evitar el tema de dónde había estado para tener un ligero rastro de magulladuras en los nudillos que, por supuesto, no le duraría mucho. Sin duda había estado peleándose, pero se preguntaba en qué zona. No había habido ningún altercado, y eso solo significaba que estuvo en alguna zona sin mucha muchedumbre alrededor.
Pero ya tendría tiempo de indagar en esa cuestión. Kanda ahora se mantenía a unos prudentes pasos de distancia, sintiendo la mirada afilada incrustada en su nuca.
—Cuando lleguemos tendré que informar a Komui. Qué problemático. ¿Le mando saludos de tu parte?
El pelirrojo intentó suavizar la tensión con uno de sus comentarios. Esperó a tener al lado al otro exorcista antes de seguir andado.
Aunque Kanda no volvió a responder a ninguna de sus preguntas.
Estaba decidido.
Las cosas no podían seguir así. O más bien era él quien no iba a poder seguir así mucho más. Después de mucho pensar, había llegado a la conclusión de que no tenía más remedio que huir de ahí y buscar ayuda. Buscar a Komui o a quien fuera; y si debían ser exorcistas, él por su parte lo sería. Pero no podía seguir en la situación que estaba actualmente con el moreno, no era justo.
Su prioridad era proteger a Lenalee, eso lo tenía claro. No iba a permitir que ella volviera a protegerle poniéndose en peligro. Su única opción en ese caso era irse de ahí.
Para él tenía mucha lógica, ya que si estaba en esa situación era por ocupar el lugar de Lenalee. Si dejaba el juego, iría a por ella. Sabía que no iba a tardar mucho en decir "Basta" a Kanda y dar todo por finalizado desgraciadamente. El mayor sabía perfectamente lo que hacía en el mismo momento en el que le preguntó "¿Qué ganaría si la soltara?". Sabía que él iba a ganar y Allen terminaría rindiéndose.
Hiciera lo que hiciera terminaría yendo a por Lenalee. Por esa razón lo mejor que podía hacer era irse ahora. Realmente no se rendía, ¿no es así? Si él no estaba, Kanda no podría tenerlo todo sobre él. Si terminaba rindiéndose sí que sería el fin, y nadie iría a ayudarles.
Sólo necesitaba estar a solas con la puerta abierta, la cual se abriría únicamente cuando Kanda estuviera ahí. No podía ser tan difícil, sencillamente tenía que hacer que Kanda le echara del camarote. O que se fuera. Ya después vería qué hacer, a dónde ir.
Un nuevo juego daba comienzo sin que Kanda lo supiera, por lo que él llevaba ventaja incluso sin saber muy bien las normas. Sin embargo tenía el fin bien claro: salir del barco.
La puerta se abrió inesperadamente, con un fuerte golpe que resonó en su cabeza. Dio un brusco bote en la cama, perdiendo la silenciosa concentración en la que se había envuelto. Allen sólo alcanzó a ver una sombra estilizada antes de fruncir el ceño ante otro estruendoso golpe al cerrarse la dichosa puerta, haciendo temblar el suelo.
Hizo amago de levantarse, pero al pensarlo una segunda vez decidió quedarse sentado en el borde, tal como estaba. Kanda parecía encontrarse de muy mal humor. No hacía falta ser un genio o tener un sexto sentido para saberlo. De hecho, seguramente el barco entero ya estaría advertido, así que dudaba mucho que nadie entrara, quedándose solo ante el volcán.
No podía escapar (¿cómo iba a permitir el oriental que su presa se fuera?), y el enfado ayudaba más a que el enfrentamiento fuera inevitable. Viendo el estado en el que estaba Kanda comenzó a pensar que su plan era de algún modo una idea temeraria, incluso podría salir mal parado, pero no había muchas otras opciones. ¿Qué sino? ¿Se quedaba ahí sentado esperando la erupción para nada? Perdón, pero no era tan estúpido. Y seguro que el intentar fusionarse con el colchón como si desde un principio no estuviera ahí no le serviría por mucho más.
Se quedó un rato en silencio, observando los movimientos del moreno. No era la primera vez que aparecía enrabietado por alguna misteriosa razón, y deseaba que fuera la última para él dentro de ese barco, a pesar de lo conveniente que le era ahora mismo por tener la mitad del trabajo hecho.
Tampoco había mucha diferencia de las anteriores rabietas: entraba con un portazo en una exhalación, blasfemando Dios sabe qué, deshaciéndose de su uniforme y lanzándolo por la habitación como si fuera el culpable de lo que le hubiera hartado. Mientras, rompía aquello que se pusiera en su camino. Después iría a desplumarle, escupiendo la materia oscura que seguro poseía en su interior. Finalmente se calmaría todo lo que él era capaz. Y vuelta a empezar.
En conclusión, se ponía insoportable.
Pero hoy no era el espadachín el único irritado, y tampoco terminaría como siempre.
—¿A dónde fuiste?—masculló el menor frunciendo más el ceño, auto convenciéndose de que no sonaba como una novia molesta, ¡porque no lo era!
Kanda no le miró, estando demasiado ocupado en desabrocharse el cinturón. Su rostro dibujó una mueca de desaprobación.
—Nada que te interese, Moyashi.
Se derrumbó en la cama, lado contrario al suyo. Sabía que obtendría una respuesta de esa misma estructura, así que no se molestó en ofenderse. Además, ya estaba con malas pulgas, no necesitaba mucho más.
La falta de interés en el otro era absoluta. Mantenía los ojos cerrados y no parecía tener mucha intención de abrirlos, con las permanentes cejas inclinadas en una profunda v. Seguro que nació con cara de enfadado.
—Entonces, ¿se puede saber por qué mierda me encerraste? Creo que eso sí me incumbe.
—Coño—masculló entre dientes—. ¿Estáis hoy todos con ganas de joder?
Calló, sólo por el momento, mirando cuidadosamente a Kanda. Parecía como si estuviera ocupado profundamente un hundirse en sus pensamientos. Meditar o intentar tranquilizar su genio, quién sabe. Aunque eso último sí sería nuevo.
De todos modos, no le importaba si tenía ganas o no de responder a sus preguntas. Simplemente se había cansado de sus continuos berrinches y de ser él quien los tuviera que soportar, por primera vez iba a ser Kanda quien tuviera que aguantar a Allen. A ver cuánto soportaba; aunque conociéndole y estando con ese humor, tenía esperanza en que no mucho.
—Es posible—respondió con calma, cruzándose de brazos—. ¿Qué harías si así fuera?
Vio al moreno rechinar los dientes. Parecía el típico perro gruñendo. Y tal como era el chico, no dudaba de que fuera capaz también de morder (o tener la rabia, ya de paso). Esperó un buen rato, hasta que decidió que Kanda no le respondería. Si no fuera por el profundo cejo fruncido, diría que se había quedado dormido. Pero a saber, lo mismo también ese era su rostro de dormir. En unos años se acordaría por todas las arrugas que tendrá.
—No sé si te diste cuenta—comenzó de nuevo—, pero todavía estoy esperando tu respuesta.
—Deja de dar por culo, mocoso. Ahora mismo no me apetece tratar contigo.
Sintió un cosquilleo en su mano derecha, cerrándose en un fuerte puño que pedía ser descargado contra ese odioso rostro. Utilizó todo su autocontrol para obligarse a no descruzar los brazos. No podía perder tan rápidamente los estribos, debía mantenerse con la cabeza fría, no podía arruinar todo ahora. No era él quien debía hartarse.
—¡Oh, no te apetece! ¡Me pregunto entonces por qué no vuelves a dejarme encerrado, quién sabe, si funciona con los perros…! —exclamó Allen exasperado, viendo al otro reaccionar un poco más.
A los pocos segundos llegó la respuesta entre dientes del mayor, en un venenoso siseo:
—Moyashi, he dicho que te calles.
La creciente rabia era notable, la rigidez en su mandíbula, la profunda arruga marcada en su frente, la firmeza de sus palabras, el tic en el ojo. Pero esa furia molestaba más al albino; esa actitud de que lo único importante era él y nadie más que él.
Un dolor en el pecho se hizo presa de él, como un nudo atravesado que le agobiaba y debía soltar. Sus manos temblaban, ansiosas; su respiración acelerada, apremiándole; su borrosa mirada, indignada.
No le gustaba enfadarse, por eso lo evitaba y, al contrario de lo que decía la gente, era bastante difícil hacer que perdiera la cabeza. Y precisamente estaba a punto de sobrepasar su límite. No quería, de verdad que no. Las pocas veces que lo hizo realmente se arrepentía (excepto con Cross, quien siempre se lo ganaba a pulso).
Su boca comenzaba a despotricar lo primero que le venía a la cabeza, oportunamente seguía con todo lo demás como si fuera una lista interminable, llegando a decir cosas que realmente no quería y ni siquiera le importaban. Perdía la cabeza. Sin embargo no es tan fácil recuperarse de la furia una vez esta ha sido encendida y te abraza fuertemente.
Desde luego hacía lo imposible, pero no era tan simple. Menos con el egoísta que tenía delante. ¿Que estaba enfadado? ¿Con qué derecho?
—No me da la gana—musitó sin pensar —. No puedes mandarme callar, no eres quien para hacerlo. Si no quieres escucharme, tendrás que irte.
Ahí estaba. El desafío. Realmente Allen no quería decírselo (bueno, sí), pues podía ser algo directo y Kanda podría pensar que tramaba algo raro, pero en estas circunstancias lo mejor era dejar de pensar. Si no era ahora, ¿en qué otro momento habría tenido las agallas para revelarse? Este era un momento perfecto, aunque quizá no para solucionarlo. La clave estaba en que no quería solucionarlo. Esperaba que Kanda, enfadado como estaba, no sospechara de nada. Él al menos no lo haría.
Kanda se incorporó con pesadez, como si fuera un gran esfuerzo, pero que algo que realmente valía la pena le empujara a ello. Finalmente ambos enfrentándose cara a cara; y para la consternación de Allen, el japonés aparte de enfadado, se veía divertido, sacándole más de sus casillas.
La sonrisa ladeada, maliciosa, le irritaba. El brillo en sus ojos, burlones, le molestaba. El murmullo de un 'Hmm' silenciosamente emitido, como considerando algo, le enfurecía. Era como si ya el mero hecho de estar ahí de pie, acercándosele lentamente, era suficiente razón como para avivar su caliente ánimo.
El detonante no tardó en llegar.
En cuanto la mano del mayor se extendió hacia él, empujándole firmemente en un fiero choque entre labios, algo dentro de él estalló.
Casi y hasta podría haber jurado escuchar el chasquido de algo rompiéndose en su interior.
Era demasiado.
Todo era demasiado.
Cerrando los ojos y labios con fuerza, trató de apartarle de sí con firmeza; pero para refrenarle, las tercas manos del espadachín se negaban a soltarle. De hecho se apretaban más, haciendo menor la distancia entre ambos cuerpos con una mano en su cintura y otra en su nuca, presionándose contra él. Al mismo tiempo, las manos de Allen, una en cada hombro, intentaban resistirle. Lentamente, Kanda empezó a impacientarse por su resistencia, y sin que Allen se diera cuenta, tras tanto intento por alejarle y el moreno siguiéndole, no había hecho nada más que dejarse acorralar contra la pared hasta que sólidamente chocó contra su espalda.
Kanda, sin perder el tiempo, deslizó sus manos para tomar las suyas, presionándolas juntas con una suya. Automáticamente algo parecido a un gruñido escapó de su garganta, advirtiendo de su incomodidad a falta de su disponibilidad para responder verbalmente.
El moreno, sin hacer caso o mostrar algo de preocupación por ello, dirigió su mano libre a la mandíbula de Allen, presionándola para poder colar su húmedo músculo en su boca. Allen, obligándose a rechazar esa acción, presionó con más ímpetu por su libertad. El beso era rudo, ansioso y húmedo, forzado. Nada de su gusto.
Pero esa calidez, el tacto, la presión de la ágil lengua de Kanda contra la suya, tanteando (o más bien violando su espacio), no era del todo incómodo. No es que fuera a admitirlo ni a hacer disminuir su enfado, al contrario. Eso únicamente acentuaba más la llama que ardía en su interior; y en cuanto el otro al fin se dio por satisfecho y se separó lo suficiente, Allen rápidamente y de un manotazo le apartó lejos, frotando con fuerza la manga de su camisa contra sus labios.
—Hm, al parecer sí puedo mantener esa boquita tuya en silencio. Así que, ¿qué prefieres: te callas o te callo yo?
Como un pájaro extendiendo sus alas, la mano de Allen se alzó en el aire con una ligereza y elegancia engañosas. Casi con la misma gracilidad pero no por ello menos odio, se estrelló contra el rostro del moreno. Jadeante y con rabia, los ojos de Allen fulguraban con desprecio. Mientras que Kanda, aturdido por el golpe no esperado, a penas atinó a parpadear un par de veces antes de arrugar la frente con una sonrisa escalofriante.
—¡Que te jodan, BaKanda!
Antes de que su mente lo asimilara, ya se encontraba tirado en la cama bajo Kanda, quien había regresado a violar sus labios. Nada más darse cuenta, alzó con fuerza la rodilla estrellándola contra el estómago del otro, cortando el beso. Se retorció con un jadeo, intentando alejarse, pero pronto volvían a estar los fornidos brazos reteniéndole.
Por alguna razón no sentía miedo de lo que Kanda pudiera llegar a hacer, sino que era como una lucha de voluntad más que de posesión. Allen quería imponerse sobre Kanda y viceversa.
—¡Maldita sea, para de una vez!
¿Por qué infernal razón no conseguía quitarle de encima? Estaba cansado de este condenado juego en el que había entrado casi sin darse cuenta. Se negaba a volver a rendirse esta vez. Esta vez no. Ni ahora ni nunca. Si se dejaba llevar perdería, y no podía permitírselo. Protegería a Lenalee, pero lo haría a su manera.
Kanda sabía ser cruel, tanto con las palabras como con sus acciones, pero él también podía. Lo haría si tenía que hacerlo para irse de ahí, de eso estaba seguro.
Era todo o nada.
—¡Déjame en paz, preferiría tener a Lavi encima de mí! —exclamó rompiendo otro choque de labios. Se retorció en el férreo brazo alrededor de su cintura, intentando alejarse de la fría mano bajo su camisa.
Al parecer algo había funcionado, pues parecía que Kanda se había quedado helado, rígido sobre él. Allen también dejó de retorcerse al darse cuenta de que su movimiento provocaba cierto roce entre el mayor y él que resultaba tan incómodo como placentero, decantándose por apartar a Kanda.
—¡Ya es suficiente, apártate de mí! —repitió.
Una pequeña risilla le hizo cosquillas en el oído, ocasionándole un escalofrío. Kanda se apartó de él, poniéndose en pie. Allen le miró acalorado, sintiéndose frío al mismo tiempo. El moreno le miró con una sonrisa que no llegaba a comprender ni mucho menos definir, retirándose los largos cabellos de su rostro.
—Coño Moyashi, me has jodido hasta las ganas de follarte—siseó de forma escalofriantemente divertido.
Era casi como si lo hubiera estado esperando desde el principio, y era algo que ya Allen se había estado imaginando. Ya pensaba que al fin y al cabo lo que Kanda realmente quería era que se diera por vencido, demostrarle que estaba equivocado y que no siempre podría proteger a todo. Lo que no sabía era que en realidad esta era su forma de proteger. Si no era de una forma, lo sería de otra. No se iba a dar por vencido, aunque eso es lo que le hiciera creer al moreno. Sin embargo, si realmente era lo que el mayor quería, ¿por qué tenía tanta furia en los ojos? ¿porque ya se le terminó la diversión?
De todos modos no estaba el momento como para ponerse a pensar en eso; todavía no había conseguido nada, y su enfado iba en aumento.
—Es eso en lo que se resume todo al final, ¿no? ¡Todo debe ser como a ti te guste! No puedes afrontar las cosas de otra forma que no sea jodiendo con tus órdenes.
—¿Qué puto cable se te ha roto, imbécil? —gruñó Kanda, acercándose hasta quedar a un palmo de él—. No me toques los cojones si no quieres arrepentirte.
En un impulso, Allen se irguió también, encarándole con enojo.
Prefería no pensar en el hecho de que Kanda era más alto que él y que no debía verse muy impresionante, sino quizá incluso gracioso. Pero él no le veía la gracia a la situación, y tampoco pensaba en sus acciones. Ahora sólo quería dejarse llevar por el coraje y no pensar en el hecho de que si no escapaba, las cosas con el samurái dentro de un rato serían realmente muy tensas.
—¿O sino qué? —escupió con acritud—. ¿Qué harías en el caso de que no quisiera callarme? No te gusta escuchar la verdad, ¿no? Si no puedes hacer callar a alguien porque no te interesa, le obligas. ¿Siempre has hecho lo que te ordenaban? ¿No has tenido a nadie importante en tu vida, Kanda? ¡Qué lást-!
Súbitamente todo se volvió negro.
Allen tardó unos segundos en recuperarse, encontrándose en el suelo. Seguidamente un agudo dolor en el lado izquierdo de su mandíbula comenzó a arder. Sin pensarlo ni ordenarlo, su mano viajó hasta el punto golpeado, presionando ligeramente, tanteando, con lo que consiguió agravar el dolor soltando un inaudible quejido.
Su vista se dirigió automáticamente a su atacante, jadeante y con el puño fuertemente contraído. Un aura descontrolada a su alrededor le ennegrecía sus oscuros ojos, fijos en él. Había algo raro en esa mirada, algo diferente. Algo que nunca había visto antes. Como un brillo de que sus palabras quizá tenían más razón de la que él mismo creía o de que iban más allá de lo que pretendía. Como si hubiera presionado algún punto importante de su vida sin saberlo, algo tabú.
No entendía bien el qué.
Kanda era una persona agresiva de por sí, con un carácter demasiado fuerte como para resistirlo, razón por la que no se moderaba. No obstante, en todo lo que llevaba de tiempo ahí, nunca había visto a Kanda realmente golpear a alguien, sintiéndolo. Molestarse y gruñir, continuamente, amenazar también a la mayoría (con mayor ferocidad a Lavi); pero golpear así, nunca. Claro, Allen no era quién para juzgar, al fin y al cabo no le conocía tanto como lo hacían otras personas del barco, pero incluso así.
Kanda se lanzó nuevamente hacia él, tomándole con fuerza del cuello de la camisa.
Ambas miradas chocaron. Negro contra blanco. La oscuridad en unos rasgados contra la claridad en otros almendrados. Ambos con la misma intensidad, ferocidad, como si se pudieran fundir el uno en el otro. Con una tenacidad que Allen nunca había concebido poseer.
No se iba a dar por vencido porque el bastardo hubiera sido capaz de golpearle. Sí, podía ser una persona más o menos débil, también idealista y demasiado confiado, pero que nadie se confundiera. Al fin y al cabo era un hombre, no una mujer que necesitara ser salvada, como diría cierta persona que le sostenía la mirada. Si pensaba que iba a llorar o a amedrentarse por algo como un puñetazo, sin duda era menospreciarle.
Había podido avanzar en su vida y estaba ahí por sí mismo. No era la primera vez que era golpeado ni sería la última. ¿Por qué hacer un drama de esto? Lo que realmente tenía importancia no era el hecho del golpe, sino el porqué de él. Estaba seguro de que Kanda había actuado por impulso, y eso no era propio de él. El hecho de mirar fijamente a sus ojos le hacía darse cuenta de la verdad que había en sus pensamientos.
No sabía cuánto tiempo llevaban mirándose el otro al otro, diciendo tantas cosas juntas y al mismo tiempo todas tan insuficientes. Y lo único en lo que podía pensar era: ¿qué era ese brillo en su retina?
—Nunca me tengas lástima, Moyashi; ni pienses por un momento que puedes conocerme.
Como última acción inesperada juntó sus labios una vez más. Duro, brusco y rápido. Fríamente y sin razón aparente. ¿Hacer sus palabras más firmes? No era como si lo necesitara.
Tan pronto como chocaron sus bocas una especie de corriente recorrió su columna, desconcertándole. ¿Qué había sido eso? Además, a pesar de la frigidez de ese beso, podía sentir una cierta calidez que no sabía que existía. Tan pronto como se percató de ello, desapareció rompiendo el beso de un brusco empujón, soltándole casi con asco, de forma despectiva.
—¡Maldita sea!
Sin poder siquiera darle tiempo a parpadear, el exorcista se largó de la habitación.
No supo si había habido un portazo demasiado fuerte o si con algún poder desconocido había atravesado la puerta y hecho temblar el barco. Sólo sabía que un fuerte golpe hizo retumbar las paredes y el silencio y soledad se cernían sobre el menor.
Total, no importaba. Su cabeza estaba hecha un completo caos. Había pasado mucho en demasiado poco tiempo, y necesitaba tiempo para asimilar todo. Aún estaba abrumado por la energía de ese último toque entre sus labios, pues no había llegado a nada más. Y tan apresuradamente breve que no sabía si lo sentido se lo había inventado. Como esa calidez. Como esa corriente eléctrica. Como ese roce en su mano.
No. No importaba. No de momento, porque no entendía qué había pasado. Todo era demasiado confuso. Pero dentro de esa niebla espesa de su mente y lo caótico de sus pensamientos, un débil pero poderoso hecho llegó a Allen, golpeándole con tal fuerza que le dejó sin respiración:
La puerta estaba abierta.
~Continuará~
Notas finales: Uhm, quizá no es lo que esperabais después de tanto tiempo, pero ¿al menos ya está subido? -gotita-. Sólo puedo seguir diciendo que lo siento y que intentaré que no pase tanto tiempo con el siguiente cap., así que hoy nada de irme a dormir, me voy a escribir -risa-.
Y... ¿reviews? Ya sabéis, podéis ponerme de vuelta y media. Muchas gracias a todas las personas que me pusieron un review preguntando y quienes me leyeron en otro fic y se acordaron del mío, en especial a Nikoniko-chan (¡doblemente! -sonrojo-), Yu Okawa y TyaViolet. ¡Muchas gracias a las tres y lo siento, este cap. va para vosotras!
¨Nishi¨
