CAPÍTULO 7: RECUERDOS DEL PASADO
Tres días antes de la boda, Megumi apareció por el dojo. Kaoru la vio bastante animada a pesar de no haber encontrado aún a su familia. Pero estaba en ello y eso la mantenía con esperanzas.
El hospital en el que trabajaba estaba incorporando técnicas nuevas de occidente que le suponían un nuevo reto y se la veía encantada por esto. Como había ya mucha gente hospedándose en casa de Kaoru, Megumi decidió pasar los días en casa del doctor Gensai, donde había residido mientras trabajaba en la clínica de Tokio.
Kaoru había esperado un reencuentro tenso, de modo que la actitud desenfadada de Megumi la había desconcertado. No estaba segura de la intensidad de los sentimientos de ella por Kenshin, pero se debían haber atenuado bastante. No se comportaba como una mujer que asistiera a la boda del hombre que amaba con otra mujer.
«Quizás haya otro hombre en su vida», pensó Kaoru. Pero tenía que reconocer que desde que volvieron de Kioto tras el enfrentamiento con Shishio, la actitud de Megumi había cambiado. A veces pensaba que lo hacía más para incordiarla que porque en verdad tuviera intenciones de quitarle a Kenshin.
Con bastante sorpresa, a través de ella se enteraron de que Sanosuke se había puesto ya manos a la obra para solucionar su problema con las autoridades. Aún faltaban bastantes gestiones por hacer, pero creía que con el tiempo podría volver a Japón. Le había escrito hacía poco a Megumi para ponerla al tanto, pero a la Escuela Kamiya no había llegado ninguna carta de su parte para informarles.
—Se habrá extraviado —había comentado Megumi sin darle mayor importancia.
El día anterior a la boda, Kaoru tuvo que recurrir a todo su control como kendoka para no transmitir a todos los que la rodeaban que estaba de los nervios. Nada estaba igual a como ella quería —aunque dos días antes sí lo estuviera—, y le faltaban por comprar un montón de cosas —que antes de irse a dormir el día anterior, tampoco faltaban.
Misao no paraba de decirle que todo estaba como se había planeado; que lo que veía —o creía no ver—, era debido a los nervios del día anterior, pero ella no era capaz de atender a razones.
Era por eso que volvía de comprar más maquillaje blanco tras pensar que no tenía suficiente si debían rehacerlo dos veces cuando se encontró a Kenshin mirando el agua del río, recostado contra el tronco de un árbol.
A Kenshin le gustaba mucho ese tipo de sitios. Cuando Jinne los amenazó —hacía ya tantos meses—, Kenshin le había explicado que los samuráis se movían por las riberas de los ríos y que de esa forma se encontraban. Suponía que seguía yendo a aquellos lugares por costumbre.
Parecía ausente cuando Kaoru se acercó a él y se sentó a su lado y no fue hasta entonces que reaccionó y la saludó.
—¿Qué llevas ahí? —preguntó al ver que portaba una cajita.
—Maquillaje blanco —contestó.
Kenshin la miró con cierto desconcierto.
—Creía que ya tenías.
—Nunca se sabe —dijo encogiéndose de hombros—. Podría faltarme y no quiero tener que correr mañana buscando más.
Kenshin la miró con una ligera sonrisa.
—No hace falta que te pintes de blanco.
—Sí —le dijo con cierto tono recriminatorio—, ya me he dado cuenta de que no eres muy dado a seguir como es debido el ritual. —Kaoru fijó su vista en la cajita que portaba—. Para mí es importante, a fin de cuentas, es la primera vez que me caso.
—Por si te lo estás planteando, mi ceremonia con Tomoe tampoco siguió los rituales normales. No es que no me interesen porque ya los haya hecho antes.
Kaoru se quedó pensativa tras esa revelación.
—¿Cómo fue tu boda con ella? —preguntó con curiosidad.
Kenshin soltó un suspiro y miró otra vez hacia el río.
—De lo más sencilla. Simplemente nos casamos. Nos dirigimos a un templo y le pedimos al sacerdote que nos casara. Ni siquiera hubo testigos.
Kenshin cogió la caja que tenía en sus manos y la abrió.
—Esto es mucho polvo blanco —susurró, y se giró con los ojos entrecerrados—. Tienes pensado pintarte entera, ¿verdad?
En respuesta, Kaoru se sonrojó.
—Kaoru, prométeme que, si lo haces, no es por mí. Si te molesta, sólo píntate las zonas visibles. No lo hagas de cuerpo entero.
—¿No te gusta?
—No es que no me guste. Te lo he dicho: no estoy apegado a los rituales. La forma en que nos casemos me importa poco —dijo despreocupado dejando la caja en el suelo, al lado de su espada—. Pero si te maquillas entera, tendré que prepararte un baño cuando todos se vayan para que te lo quites y sé que no me va a apetecer mucho. —Volvió a mirar al río y murmuró—: Tendré en mente otras cosas…
Por suerte, Kenshin no la observaba porque habría visto que se había puesto muy roja. Tenía una idea de a lo que se refería gracias a su demostración del día en que se comprometieron. No habían vuelto a hacer algo parecido. Kenshin sí la había besado más veces como aquella vez, pero no había puesto sus manos encima de ella. De hecho, Kaoru había llegado a pensar que no lo había repetido por temor a perder el control.
Kenshin se encerró en sus pensamientos de nuevo. Kaoru le cogió de la mano y él volvió a centrar su atención en ella.
—Te veo preocupado.
Kaoru pensó que no le contestaría, pero finalmente dijo:
—Hoy me he encontrado con Saito —soltó sin más.
Puesto que Kenshin no tenía ningún rasguño, supo que no se habían peleado. Al menos, todavía.
—No sabía que estaba en la ciudad. ¿Qué quería?
—Se enteró en el Aoiya de que Misao y Aoshi habían venido para nuestra boda.
—¿Va a venir a nuestra boda? —preguntó asombrada.
Ya iba a estar presente Aoshi, ¿qué más daba otro «enemigo-amigo» en la celebración?
—No lo creo —comentó ausente—. Según me dijo, ha venido a comprobar si en verdad iba a pintarme una diana en la espalda al casarme —expuso él con desazón—. Utilizó esa expresión.
De modo que Saito había hurgado en la llaga. Este tema lo habían tratado la semana anterior. Kenshin había querido marcharse de casa por ese motivo.
—Y por eso estás preocupado. —Puso la mano que le había cogido a Kenshin en su regazo y le dio tiernas caricias reconfortantes—. No lo entiendo: ¿no está él también casado?
—Sí.
—¿Y tiene el valor de decirte eso? —recriminó Kaoru—. ¿No estarías simplemente en la misma situación que Saito?
Kenshin negó con la cabeza.
—Por suerte para él —comenzó—, a Saito no le buscan por el simple placer de pelear contra una leyenda. Tokio está a salvo a diferencia de ti. —Llevó la mano que le había cogido Kaoru hasta sus labios y le dio un suave beso—. Lo siento mucho, Kaoru. No quiero…
—Kenshin, detente —le contuvo ella—. Si vas a decir algo que tenga que ver con el hecho de exponerme ante algún loco y que no deberías estar conmigo, no quiero ni que empieces.
Kenshin cerró los ojos y llevó su mano a la mejilla para sentir su suave piel. Aquella tendera del demonio al menos tenía razón en aquello: las manos de Kaoru eran muy suaves para ser una kendoka.
—¿Cómo era? —preguntó de pronto.
—¿El qué?
—Ser un asesino —soltó a bocajarro.
—Ya os conté lo que pasó cuando Enishi…
—No —le interrumpió—. Nos contaste tu historia, pero no cómo la viviste.
Kenshin abrió los ojos lentamente y se la quedó mirando. Dejó la mano de Kaoru y volvió a abstraerse mirando al río.
—No pienso contarte eso —dijo al fin.
Kaoru pensó que no era una conversación fácil y por eso nunca había querido indagar en ella. Pero iba a ser su marido. Quería conocerle mejor; saber cómo había sido la época que había marcado toda su vida.
—Quiero poder entenderte mejor.
—No voy a contarte cómo es la vida de un asesino —replicó Kenshin.
—¿Y por qué no? —inquirió ella—. Es lo que hizo que seas como eres. Es el centro sobre el que gira toda tu vida. Todo lo que haces, todo lo que te ocurre, todo lo que sientes tiene que ver con aquello. ¿Por qué no puedo saberlo si tu vida se va a unir a la mía?
Kenshin no dijo nada. Kaoru aprovechó ese momento para recorrer con su dedo la cicatriz de su mejilla; aquélla que le hacía tan reconocible a sus enemigos. Él cerró los ojos y ella se metió bajo su brazo para estrecharle.
—Cuéntamelo.
Notó que su brazo se afianzaba a su alrededor para pegarla a su cuerpo.
—Al principio fue difícil —empezó diciendo, y el hecho de que en realidad fuese a contárselo la sorprendió—. La primera vez que maté a un hombre tuve que volver a la casa de huéspedes de inmediato. Me perturbó mucho, pero no por haber matado a alguien, sino porque pensé que sería distinto; que a pesar de estar dispuesto a hacerlo, me costaría más. Sin embargo, fue como si tuviera anestesiados los sentidos.
Kenshin hizo una pequeña pausa. Kaoru no quiso presionarle para que siguiera contando. Pensaba que, si por fin había decidido sacarlo, sería mejor dejarle a su ritmo.
—Nada puede compararse a eso; notar cómo tu espada corta a otra persona, saber que va a morir por algo que le has hecho. Y luego estaba el olor de la sangre… —añadió, volviendo a recordar aquel momento—. Por eso me sorprendió no sentir algo más. Un compañero me dijo que la primera vez incluso había gente que se indisponía, pero que te acababas acostumbrando. En cambio, yo… a excepción de la tensión que me creaba justo antes de hacerlo, no sentía mucho más.
Kenshin se quedó callado de nuevo. Estaba resultándole difícil poner aquello en palabras.
—Pero él tenía razón en una cosa —dijo al fin—. Después se convierte en un hábito y te acostumbras. Al cabo de un tiempo, ni siquiera sentía esa tensión inicial; ese sudor frío en las manos. Era muy rutinario. —Otra vez hizo una pausa, meditando sobre aquello—. Sé que es extraño hablar así sobre la muerte de otras personas, pero luché en la guerra durante cinco años. Había peleas u objetivos que matar con frecuencia. Llega un momento en que ya no lo piensas, simplemente lo haces.
Al estar abrazada a su cuerpo, con su cabeza apoyada contra su pecho, Kaoru podía oír los latidos de su corazón. Eran tranquilos, a pesar de estar rememorando aquellos años que le perturbaban tanto.
—¿Sabes qué es lo peor de todo?
—No.
—Que me acostumbré antes a matar que a las condiciones de la noche.
Kaoru se separó un poco de él y levantó la vista para mirarle a los ojos, pero Kenshin no se atrevió a devolverle el gesto.
—No entiendo —le dijo confusa.
—Lo más complicado sucedía por la noche. La parte fácil era ser un asesino. Me informaban de un objetivo y le daba caza. Incluso a plena luz del día. Siempre era rápido, no les dejaba tiempo ni para responder. Pero por la noche era cuando salían las patrullas, y sobreponerme al temor que me ocasionaba la oscuridad, sí me costó algo más.
—Pero tú no tienes miedo a la oscuridad —dijo extrañada.
—No tenía miedo a la oscuridad, sino a las condiciones que te impone la oscuridad.
»Recuerdo cómo era salir en busca de las patrullas. Eran los días que sabías con certeza que tendrías un enfrentamiento con ellos sí o sí y que alguien moriría esa noche. Si querías ser tú el que volviera a casa, otro sería el que no lo hiciese. Las calles eran muy solitarias por la noche y no se oían ruidos más allá de tus pasos, pero sabías en todo momento que podrías encontrarte una patrulla al girar en una calle. Eran muy silenciosos a pesar de ir en grupo.
»Es una de las cosas por las que me gusta que me acompañes cuando salgo por las noches.
—¿Por qué lo dices?
—A veces, cuando se hace de noche y camino por las calles de la ciudad, no puedo evitar evocar aquellos días. La sensación de saber que tenías una pelea a muerte a la vuelta de la esquina sin previo aviso. Había noches que el silencio era tal, que podías incluso oír los latidos de tu corazón. Pero, o bien conseguías controlar el miedo, o no sobrevivías.
»Por eso me gusta ir contigo: evitas que mi mente vuelva a aquellos días. —Kaoru sonrió y volvió a recostarse contra él—. Aun con todo, de entre mis compañeros, creo que yo era el que mejor lo llevaba.
—¿Ah, sí?
—Estaba más seguro que ellos de que regresaría a casa. Era demasiado eficiente incluso en las condiciones de oscuridad de las lunas nuevas. Pelear por la noche te reduce mucho la capacidad de reacción al no ver bien a tu oponente. Pero a la hora de la verdad, esa limitación la sufríamos todos por lo que estábamos en las mismas condiciones. Aun así, era imposible no tener en mente que un fallo en detectar el ataque de tu adversario por la escasa visibilidad, te podía suponer una herida mortal. Ése era el temor que tenía.
»Con el paso del tiempo, fui cogiendo más seguridad en mis capacidades al ver que mi técnica era muy superior a la de la mayoría y nadie conseguía ganarme. Incluso era raro el día que alguien me hería. Y más tarde, al final de mi época como asesino en la sombra, empecé a ser reconocido entre algunos samuráis fieles al antiguo régimen debido al traidor que tuvimos.
»Esto me hacía tener ventaja en las luchas. Los que sabían quién era peleaban con temor. Y después de morir Tomoe, Katsura me propuso salir de las sombras. Necesitaban alguien a quien seguir en primera línea; un gran asesino que levantara la moral a nuestros hombres, y puesto que mi identidad ya no era desconocida del todo, me propuso a mí.
»Battosai se hizo público y tras eso, pocos eran los que no sabían quién era nada más verme. Mis rasgos distintivos me hacían demasiado reconocible. A muchos de mis oponentes podía verles el miedo en los ojos sólo por saber que me tenían delante. Era una presión psicológica muy fuerte para ellos; pocos habían sobrevivido a un combate contra mí, por lo que sabían que sus posibilidades de seguir con vida eran muy escasas.
Durante unos minutos ninguno de los dos dijo nada, y Kaoru no estaba segura de si habría terminado de hablar. En ese tiempo sólo se escuchó el ruido del agua. No había mucho tránsito de personas allí donde estaban.
—Los únicos que me hacían dudar eran los capitanes de las tres primeras divisiones del Shinsengumi —siguió.
—Saito era uno de ellos, ¿no?
—Sí, era el capitán de la tercera división. La batalla con ellos era encarnizada y siempre acabábamos en tablas. Ellos fueron los únicos que me proporcionaron momentos de inquietud cuando me los encontraba. Un paso en falso y no lo contaría.
»Recuerdo que en las pocas veces que fui herido en una lucha, en mi regreso a casa me preocupaba mucho encontrármelos. Era lo primero que siempre se me pasaba por la cabeza cuando regresaba: no tener la mala suerte de encontrármelos en ese momento. Nuestras peleas eran muy duras y debíamos poner toda nuestra concentración y estar en condiciones óptimas para librarlas.
»Aun con eso, como te decía, yo era el que mejor lo llevaba. A mí me preocupaban un número de hombres que no superaban los dedos de una mano. Pero para mis compañeros no era igual. Muchas noches moría alguien de los patriotas de Kioto por lo que a veces pensaba que parecía cuestión de sacar el palillo más corto. Un día le tocaba a uno; otro día a otro. Y así, se iba renovando la gente. Veías cómo iban cayendo uno a uno y eran sustituidos por otros espadachines.
»Yo intentaba relacionarme sólo lo necesario con mis compañeros. Muchos hacían pequeñas celebraciones avanzada la noche, como festejando que seguían vivos. Pero yo no quise involucrarme más porque sabía que tarde o temprano irían muriendo, y si me relacionaba con ellos, sus muertes me pesarían.
»Supongo que eso fue un factor que hizo que me fuese fácil convertirme en un vagabundo. Desde que murió Tomoe había estado solo, de modo que vagar por Japón no me suponía mayor diferencia.
Por fin, Kenshin se decidió a mirarla y vio que su expresión mudaba a una preocupada. Fue entonces que se dio cuenta de que ella también le estaba mirando a él.
—No debería habértelo contado —dijo apesadumbrado.
—¿Por qué lo dices?
—Por la forma en que me miras ahora —contestó con tristeza.
—¿Y cómo lo hago, Kenshin?
—Con el ceño fruncido; estás consternada. Sabía que ocurriría —se recriminó a sí mismo—. No es lo mismo saber que alguien es un asesino, a conocer lo que hizo; saber la sangre fría con la que actuaba.
—No es eso lo que me inquieta —le contradijo ella—. Tienes que entender una cosa: era una guerra. No podría quererte si hubieras seguido con aquella vida; si hubieras seguido matando a gente en tu convencimiento de asesino. Pero no lo hiciste. Sólo eres una buena persona que ha vivido durante un periodo de guerra. Las guerras son así: mucha gente muere.
—Pero yo aumenté esa cifra considerablemente.
—Era una guerra —repitió Kaoru—. Tienes que hacer el esfuerzo de asumir eso, Kenshin —le reconvino.
—Eso no hará que toda esa gente vuelva, ni que sus familiares los recuperen. Ellos no podrán hacer lo que yo hago ahora. No pueden disfrutar de la compañía de la gente que quieren. No parece adecuado que en cambio yo sí pueda hacerlo.
—¿Y me lo dices a mí, que perdí a mi padre en una guerra? —le reprochó Kaoru—. Obviamente, no querría encontrarme con la persona que le mató. Pero era una guerra. Cada uno luchaba por defender sus ideales; donde si no caía uno, lo hacía el otro.
—Perdóname, Kaoru —dijo contrito—. No quería recordarte lo de tu padre.
Ella volvió a recostarse contra Kenshin y éste la abrazó con más fuerza. Durante un buen rato, ninguno de los dos supo qué decir.
—¿Sabes, Kenshin? —dijo por fin Kaoru—. Ésta es una de las cosas que me hacen quererte tanto. Eres bueno de corazón. Sólo una persona así podría pensar como tú lo haces.
—No soy tan noble —quiso sacarla de su error él—. Ya ves que no soy capaz de predicar con mis actos mi línea de pensamiento. Me corrompiste fácilmente. En cuanto me dijiste que me querías, no necesité mucho más para dejar de lado mis remordimientos y querer estar contigo.
—A mí me parece bien —susurró con una sonrisa. Pero no pudo impedir volver a pensar en lo que Kenshin le había contado.
—Y sin embargo, vuelves a estar preocupada —suspiró Kenshin.
—No puedo evitarlo, es duro encajar cómo fue tu vida. Pero no es por lo que hiciste —añadió con premura para que no pensara que le preocupaba su pasado como asesino—. Lo que en verdad me inquieta de lo que me has contado es saber cómo tuviste que vivir aquello. Saber que todos los días tenías que pelear por tu vida, viendo cómo otros no lo conseguían; siempre con la muerte a tu alrededor. Hay que ser muy fuerte para sobrevivir a eso y no hablo de tu técnica de espada.
Kenshin se quedó largo rato mirándola, asimilando sus palabras. Después de años de viaje, por sorprendente que fuese, había encontrado una mujer capaz de darle cierto consuelo a un asesino. Le acarició la mejilla y, sin previo aviso, la besó a conciencia.
Y poco le importó que estuvieran en plena calle a la vista de cualquiera.
— * —
Fin del Capítulo 7 - 25 Abril 2013
Revisión - Diciembre 2017
Notas finales:
Es la segunda parte del capítulo de transición antes de que por fin se casaran, pero me parecía interesante para mostrar ciertos sentimientos. La charla entre Kaoru y Kenshin me ha servido para exponer lo que me hace sentir una vida como la del personaje de Kenshin. Tengo la sensación de que mucha gente piensa en Kenshin como lo que él dice en un momento dado: «se sabe que es un asesino, pero no lo que es serlo».
Por mucho que se supiera que Kenshin era algo así como invencible, no quería decir que no fuera angustioso para él. Tener que pelear a muerte cada dos por tres, por muy bueno que seas, tiene que ser muy duro, en mi opinión. Y quería dejar patente un poco eso; ponernos un poco en su piel durante lo que fueron cinco años de su vida.
Espero que os haya gustado mi visión de su pasado.
¡Saludos!
— * —
Comentarios a los reviews:
Me alegra que os haya gustado el capítulo de la vida pasada de Kenshin :-)
Guest: pues no lo sé… ¿tú tendrías celos de la esposa anterior de tu marido que lleva quince años muerta? No se me ha dado el caso, pero creo que a mí eso no me afectaría mucho, la verdad :s . Es que ni siquiera estamos hablando de una exnovia que todavía pulule por ahí (que es la situación similar más probable en la que hayamos estado). Es su esposa muerta. Todo el mundo tiene una vida previa a la de su pareja actual. No veo por qué Kaoru iba a tener celos de Tomoe :s .
