Mientras el Crowley cruzaba el aparcamiento y se dirigía a la Academia de Artes Marciales de Caldwell, captó el aroma del Dunkin Donuts al otro lado de la calle.

Ese olor, ese sublime y denso aroma a harina, azúcar y aceite caliente, impregnaba el aire matutino. Miró hacia atrás y vio a un hombre salir con dos cajas de color blanco y rosa bajo el brazo y un enorme vaso de plástico con café en la otra mano.

– Ésa sería una manera muy agradable de iniciar la mañana, pensó crowley.

Subió a la acera que se extendía bajo la marquesina roja y dorada de la academia. Se detuvo un momento, se inclinó y recogió un vaso de plástico desechado. Su anterior dueño había tenido cuidado de dejar un poco de soda en el fondo para apagar en él sus cigarrillos.

Arrojó la desagradable mezcla al contenedor de basura y abrió el seguro de las puertas de la academia. La noche anterior, la Sociedad Restrictiva se había marcado un tanto en la guerra, y él había sido el artífice de semejante hazaña.

John había sido un líder vampiro, miembro de la Hermandad de la Daga Negra.

Todo un endiablado trofeo. Era una maldita pena que no hubiera quedado nada del cadáver para colocarlo sobre una pared, pero la bomba de crowley había hecho el trabajo a la perfección. Él se encontraba en su casa escuchando la frecuencia de la policía cuando llegó el informe. La operación había salido tal como había planeado, perfectamente ejecutada, perfectamente anónima. Perfectamente mortífera.

Trató de recordar la última vez que un miembro de la Hermandad había sido eliminado. Con seguridad, mucho antes de que él pasara a formar parte de la Sociedad, hacía algunas décadas. Y había esperado unas palmaditas en la espalda, no semejantes elogios. Se había figurado incluso que le darían más competencias, quizás una ampliación de su área de influencia, tal vez un radio geográfico de actuación más extenso. Pero la recompensa,... la recompensa había sido mayor de lo esperado.

El Omega lo había visitado una hora antes del amanecer y le había conferido todos los derechos y privilegios como Restrictor Jefe. Líder de la Sociedad Restrictiva. Era una responsabilidad extraordinaria. Y exactamente lo que Crowley siempre había deseado. El poder que le habían concedido era la única alabanza que le interesaba. Se dirigió a su oficina a grandes zancadas. Las primeras clases comenzarían a las nueve. Tenía todavía suficiente tiempo para perfilar algunas de las nuevas reglas que debían acatar sus subordinados en la Sociedad.

Su primer impulso, una vez que el Omega se hubo marchado, fue enviar un mensaje, pero eso no habría sido sensato. Un líder organizaba sus pensamientos antes de actuar; no se apresuraría a subir al pedestal para ser adorado. El ego, después de todo, era la raíz de todo mal. Por eso, en lugar de alardear como un imbécil, había salido al jardín para sentarse a observar el césped que había detrás de su casa.

Ante el incipiente resplandor del amanecer, había repasado los puntos fuertes y las debilidades de su organización, permitiendo que su instinto le mostrara el camino para encontrar un equilibrio entre ambos. Del laberinto de imágenes y pensamientos habían surgido varias normas a seguir, el futuro se fue clarificando. Ahora, sentado detrás de su escritorio, escribió la contraseña de la página web protegida de la Sociedad y allí dejó claro que se había producido un cambio de liderazgo.

Ordenó a todos los restrictores acudir a la academia a las cuatro, esa misma tarde, sabiendo que algunos tendrían que viajar, pero ninguno estaba a una distancia de más de ocho horas en coche. El que no asistiera sería expulsado de la Sociedad y perseguido como un perro. Reunir a los restrictores en un solo lugar era raro.

En aquel momento su número oscilaba entre cincuenta y sesenta miembros, dependiendo de la cantidad de bajas que la Hermandad lograba en una noche y el número de los nuevos reclutas que podían ser enrolados en el servicio. Los miembros de la Sociedad se encontraban todos en Nueva Inglaterra y sus alrededores. Esta concentración en el noreste de Estados Unidos se debía al predominio de vampiros en la zona. Si la población se trasladaba, también lo hacía la Sociedad. Como había sucedido durante generaciones.

Crowley era consciente de que convocar a los restrictores en Caldwell para una reunión resultaba de vital importancia. Aunque conocía a la mayoría de ellos, y a algunos bastante bien, necesitaba que ellos lo vieran, lo escucharan y lo calibraran, en especial si iba a cambiar sus objetivos. Convocar la reunión a la luz del día también era importante, ya que eso garantizaba que no serían sorprendidos por la Hermandad.

Y ante sus empleados humanos, fácilmente podía hacerla pasar por un seminario de técnicas de artes marciales. Se congregarían en la gran sala de conferencias del sótano y cerrarían las puertas con llave para no ser interrumpidos. Antes de desconectarse, redactó un informe sobre la eliminación de John, porque quería que sus caza vampiros lo tuvieran por escrito. Detalló la clase de bomba que había utilizado, la manera de fabricar una con muy pocos elementos y el método para conectar el detonador al sistema de encendido de un coche.

Era muy fácil, una vez que el artefacto estaba instalado. Lo único que había que hacer era armarla, y al accionar el contacto, cualquiera que estuviera dentro del vehículo quedaría convertido en cenizas. Para obtener ese instante de satisfacción, él había seguido al guerrero John durante un año, vigilándolo, estudiando todas sus costumbres diarias.

Hacía dos días, Crowley había entrado furtivamente en el concesionario de BMW de los hermanos Greene, cuando el vampiro les había dejado su vehículo para una revisión. Instaló la bomba, y la noche anterior había activado el detonador con un transmisor de radio simplemente pasando al lado del coche, sin detenerse ni un segundo. El largo y concentrado esfuerzo que había supuesto la organización de aquella eliminación no era algo que quisiera compartir.

Quería que los restrictores creyeran que había podido ejecutar una jugada tan perfecta en un instante. La imagen desempeñaba un importante papel en la creación de una base de poder, y él quería empezar a construir su credibilidad de mando de inmediato. Después de desconectarse, se recostó en la silla, tamborileando con los dedos.

Desde que se había unido a la Sociedad, el objetivo había sido reducir la población de vampiros por medio de la eliminación de civiles. Ésa seguiría siendo la meta general, por supuesto, pero su primer dictamen sería un cambio de táctica. La clave para ganar la guerra era eliminar a la Hermandad. Sin esos seis guerreros, los civiles quedarían desnudos ante los restrictores, indefensos.

La táctica no era nueva. Había sido intentada durante generaciones pasadas y descartada numerosas veces cuando los hermanos habían demostrado ser demasiado agresivos o demasiado escurridizos para ser exterminados. Pero con la muerte de John, la Sociedad cobraba un nuevo impulso. Y tenían que actuar de una manera diferente.

Tal y como estaban las cosas, la Hermandad estaba aniquilando a cientos de restrictores cada año, lo que hacía necesario que las filas fueran engrosadas con caza vampiros nuevos e inexpertos. Los reclutas representaban un problema. Eran difíciles de encontrar, difíciles de introducir en la Sociedad y menos efectivos que los miembros veteranos.

Esta constante necesidad de captación de nuevos miembros condujo a un grave debilitamiento de la Sociedad. Los centros de entrenamiento como la Academia de Artes Marciales de Caldwell tenían como objetivo primordial seleccionar y reclutar humanos para engrosar sus filas, pero también atraían mucho la atención.

Evitar la injerencia de la policía humana y protegerse contra un ataque por parte de la Hermandad requería una continua vigilancia y una frecuente reubicación. Trasladarse de un lugar a otro era un trastorno constante, ¿pero cómo podía estar la Sociedad bien provista si los centros de operaciones eran atacados por sorpresa?

Crowley movió la cabeza con un gesto de fastidio. En algún momento iba a necesitar un lugarteniente, aunque por ahora prefería actuar en solitario. Por fortuna, nada de lo que tenía pensado hacer era excesivamente complicado. Todo se reducía a una estrategia militar básica. Organizar las fuerzas, coordinarlas, obtener información sobre el enemigo y avanzar de una forma lógica y disciplinada.

Esa tarde organizaría sus efectivos, y en cuanto a la cuestión relativa a la coordinación, iba a distribuirlos en escuadrones, e insistiría en que los caza vampiros empezaran a reunirse con él habitualmente en pequeños grupos. ¿Y la información? Si querían exterminar a la Hermandad, necesitaban saber dónde encontrar a sus miembros. Eso sería un poco más difícil, aunque no imposible.

Aquellos guerreros formaban un grupo cauteloso y suspicaz, no demasiado sociable, pero la población civil de vampiros tenía algún contacto con ellos. Después de todo, los hermanos tenían que alimentarse, y no podían hacerlo entre ellos. Necesitaban de un vampiro no perteneciente a la hermandad era algo de ética.

Con el incentivo apropiado, los machos revelarían a dónde iban sus parejas y a quiénes veían. Así descubrirían a la Hermandad. Ésa era la clave de su estrategia general. Un programa coordinado de seguimiento y captura, concentrado en machos civiles que salían sin protección, les conduciría, finalmente, a los hermanos.

Su plan tenía que tener éxito, ya fuese porque los miembros de la Hermandad salieran de su escondrijo con sus dagas desenfundadas, furiosos porque los civiles hubieran sido capturados brutalmente, o bien porque alguien podía irse de la lengua y descubrir dónde se ocultaban. Lo mejor sería averiguar dónde se encontraban los guerreros durante el día.

Eliminarlos mientras brillaba el sol, cuando eran más vulnerables, sería la operación con mayores probabilidades de éxito y en la que, posiblemente, las bajas de la Sociedad resultarían mínimas. En general, matar vampiros civiles era sólo un poco más difícil que aniquilar a un humano normal. Sangraban si se les cortaba, sus corazones dejaban de latir si se les disparaba y se quemaban si eran expuestos a la luz solar.

Sin embargo, matar a un miembro de la Hermandad era un asunto muy diferente. Eran tremendamente fuertes, estaban muy bien entrenados y sus heridas se curaban con una celeridad asombrosa. Formaban una subespecie particular. Sólo tenías una oportunidad frente a un guerrero. Si no la aprovechabas, no regresabas a casa.

Crowley se levantó del escritorio, deteniéndose un momento para observar su reflejo en la ventana de la oficina. Cabello negro, piel clara, ojos negros. Antes de unirse a la Sociedad había sido diferente. Ahora ya casi no podía recordar su apariencia física anterior. Pero sí tenía muy claro su futuro. Y el de la Sociedad.

Cerró la puerta con llave y se encaminó hacia el pasillo de azulejos que conducía a la sala de entrenamiento principal. Esperó en la entrada, inclinando levemente la cabeza ante los estudiantes a medida que entraban a sus clases de jiujitsu. Éste era su grupo favorito: un conjunto de jóvenes, entre los dieciocho y los veinticuatro años, que mostraban ser muy prometedores.

A medida que los muchachos, vestidos con sus trajes blancos, entraban haciendo una ligera reverencia con la cabeza y dirigiéndose a él como sensei, Crowley los iba evaluando uno por uno, observando la forma en que movían sus ojos, cómo desplazaban el cuerpo, cuál podía ser su temperamento.

Una vez que los estudiantes estuvieron en fila, preparados para comenzar la lucha, continuó examinándolos, siempre interesado en la búsqueda de potenciales reclutas para la Sociedad. Necesitaba una combinación justa entre fuerza física, agudeza mental y odio no canalizado.

Cuando se habían aproximado a él para unirse a la Sociedad Restrictiva en la década de los años cincuenta, era un rockero de diecisiete años incluido en un programa para delincuentes juveniles. El año anterior había apuñalado a su padre en el pecho tras una pelea en la que aquel bastardo le había golpeado repetidas veces en la cabeza con una botella de cerveza.

Creía haberle matado, pero por desgracia no lo hizo y vivió el tiempo suficiente para matar a su pobre madre. Pero, por lo menos, después de hacerlo, su querido padre había tenido la sensatez de volarse los sesos con una escopeta y dejarlos diseminados por toda la pared.

Crowley encontró los cuerpos durante una visita que hizo a casa, poco antes de ser atrapado e internado en un centro público. Aquel día, delante del cadáver de su padre, Crowley aprendió que gritar a los muertos no le provocaba ni la más mínima satisfacción. Después de todo, no había nada que hacer con alguien que ya se había ido. Considerando quién lo había engendrado, no resultó sorprendente que la violencia y el odio corrieran por su sangre.

Y matar vampiros era uno de las pocas satisfacciones socialmente aceptables que había encontrado para un instinto asesino como el suyo. El ejército era aburrido. Había que acatar demasiadas normas y esperar hasta que se declarara una guerra para poder trabajar como él quería. Y el asesinato en serie era a muy pequeña escala.

La Sociedad era diferente.

Tenía todo lo que siempre había querido: fondos ilimitados, la ocasión de matar cada vez que el sol se ponía y, por supuesto, la oportunidad, tan extraordinaria, de instruir a la próxima generación. Así que tuvo que vender su alma para entrar, aunque no le supuso ningún problema. Después de lo que su padre le había hecho, ya casi no le quedaba alma.

Además, en su mente, había salido ganando con el trato. Le habían garantizado que permanecería joven y con una salud perfecta hasta el día de su muerte, y ésta no sería resultado de un fallo biológico, como el cáncer o una enfermedad cardiaca. Por el contrario, tendría que confiar en su propia capacidad para conservarse de una sola pieza.

Gracias al Omega, era físicamente superior a los humanos, su vista era perfecta y podía hacer lo que más le gustaba. La impotencia le había molestado un poco al principio, pero se había acostumbrado. Y el no comer ni beber..., al fin y al cabo nunca había sido un gourmet. Y hacer correr la sangre era mejor que la comida o el sexo.

Cuando la puerta que conducía a la sala de entrenamiento se abrió bruscamente, giró la cabeza de inmediato. Era Andrew Riddle, y traía los dos ojos morados y la nariz vendada. Crowley enarcó una ceja.

– ¿No es tu día libre, Riddle?

– Sí, sensei. –Billy inclinó la cabeza.– Pero quería venir de todos modos.

– Buen chico. –Crowley pasó un brazo alrededor de los hombros del muchacho.– Me gusta tu sentido de la responsabilidad. Harás algo por mí... ¿Quieres indicarles lo que tienen que hacer durante el calentamiento? Andrew hizo una profunda reverencia; su amplia espalda quedó casi paralela al suelo.

– Sensei.

– Ve a por ellos. –Le dio una palmada en el hombro.– Y no se lo pongas fácil. Andrew levantó la mirada, sus ojos brillaban. Crowley asintió. – Me alegro de que hayas captado la idea, hijo.

Cuando Sam salió de su edificio, frunció el ceño al ver el coche de policía aparcado al otro lado de la calle. Ash salió de él y se dirigió hacia el a grandes zancadas.

– Ya me han contado lo que te sucedió. –Sus ojos se quedaron fijos en el mas alto.

– ¿Cómo te encuentras?

– Mejor.

– Vamos, te llevaré al trabajo.

– Gracias, pero prefiero caminar. –Ash hizo un movimiento con su mandíbula como si quisiera oponerse, así que Sam extendió la mano y le palmeo el hombro.

– No quiero que por esto no pueda continuar con mi vida. En algún momento tendré que pasar junto a ese callejón, y prefiero hacerlo por la mañana, cuando hay suficiente luz. Ash asintió.

– Está bien. Pero llamarás un taxi por la noche o nos pedirás a cualquiera de nosotros que vaya a recogerte.

– Ash...

– Me alegra saber que estás de acuerdo. –Cruzó la calle de vuelta a su coche.– Ah, no creo que hayas oído lo que Gabriel Synder hizo anoche. Dudó antes de preguntar.

– ¿Qué?

– Fue a hacerle una visita a ese hijo de perra. Creo que al individuo tuvieron que reconstruirle la nariz cuando nuestro buen detective acabó con él. –Ash abrió la puerta del vehículo y se dejó caer sobre el asiento.

– ¿Vendrás hoy por allí?

– Sí, quiero saber algo más sobre la bomba de anoche.

– Ya me lo imaginaba. Nos vemos. Saludó con la mano y arrancó, alejándose del bordillo de la acera.

Ya habían dado las tres de la tarde y aún no había podido ir a la comisaría. Todos en la oficina querían oír lo que le había sucedido la noche anterior. Después, Tony había insistido en que salieran a almorzar. Tras sentarse de nuevo en su escritorio, se había pasado la tarde masticando chicle y perdiendo el tiempo con sus e–mails.

Sabía que tenía trabajo que hacer, pero simplemente no se encontraba con animo para finalizar el artículo que estaba escribiendo sobre el alijo de armas que había encontrado la policía. No tenía que entregarlo en un plazo concreto y, desde luego, Becky no iba a darle la primera página de la sección local. Y además ni siquiera lo había hecho el.

Lo único que le daba Becky era trabajo editorial. Los dos últimos artículos que había dejado caer sobre su escritorio habían sido esbozados por los chicos grandes, Becky quería que el comprobara la veracidad de los hechos. Seguir los mismos criterios con los que ella se había familiarizado en el New York Times, como su obsesión por la veracidad, era, de hecho, una de sus virtudes.

Pero era una pena que no tuviera en cuenta la equidad en un trabajo realizado. No importaba que el artículo fuera transformado por él de arriba abajo, sólo obtenía una mención secundaria compartida en el artículo de un chico grande.

Eran casi las seis cuando terminó de corregir los artículos, y al introducirlos en el casillero de Becky, pensó que no tenía ganas de pasar por la comisaría. Gabriel le había tomado declaración la noche anterior, y no había nada más que él tuviera que hacer con respecto a su caso.

Y, evidentemente, no se sentía cómodo con la idea de estar bajo el mismo techo que su asaltante, aunque él se encontrara en una celda. Además, estaba cansado.

– ¡Sam! Dio un respingo al oír la voz chillona de Becky.

– Ahora no puedo, voy a la comisaría –dijo en voz alta por encima del hombro, pensando que la estrategia para evitarla no la mantendría a raya durante mucho tiempo, pero al menos no tendría que lidiar con ella esa noche. Y en realidad sí quería saber algo más sobre la bomba.

Salió rapido de la oficina y caminó seis manzanas en dirección este. El edificio de la comisaría pertenecía a la típica arquitectura de los años sesenta. Dos pisos, laberíntica, moderna en su época, con abundancia de cemento gris claro y muchas ventanas estrechas. Envejecía sin elegancia alguna. Gruesas líneas negras corrían por su fachada como si sangrara por alguna herida en el tejado. Y el interior también parecía moribundo: el suelo cubierto con un sucio linóleo verde grisáceo, los muros con paneles de madera falsa y los zócalos astillados de color marrón.

Después de cuarenta años, y a pesar de la limpieza periódica, la suciedad más persistente se había incrustado en todas las grietas y fisuras, y ya jamás saldría de allí, ni siquiera con un pulverizador o un cepillo. Ni siquiera con una orden judicial de desalojo. Los agentes se mostraron muy amables con ella cuando la vieron aparecer. Tan pronto como puso el pie en el edificio, empezaron a reunirse a su alrededor.

Después de hablar con ellos en el exterior mientras trataba de contenerse, y se dirigió a la recepción y charló un rato con dos de los muchachos que estaban detrás del mostrador. Habían detenido a unos cuantos por prostitución y tráfico de estupefacientes, pero, por lo demás, el día había sido tranquilo. Estaba a punto de marcharse cuando Gabriel entró por la puerta de atrás.

Llevaba unos pantalones vaqueros, una camisa abrochada hasta el cuello y una cazadora roja en la mano. El más alto se quedó mirando cómo la cartuchera se enarcaba sobre sus anchos hombros, dejando entrever la culata negra de la pistola cuando sus brazos oscilaban al andar. Su castaño cabello estaba húmedo, como si acabara de empezar el día. Lo que, considerando lo ocupado que había estado la noche anterior, probablemente era cierto.

Se dirigió directamente hacia él.

– ¿Tienes tiempo para hablar? –Sam asintió.

– Sí, claro. Entraron en una de las salas de interrogatorio.

– Para tu información, las cámaras y micrófonos están apagados –dijo.

– ¿No es así como casi siempre trabajas? Él sonrió y se sentó a la mesa. Entrelazó las manos.

– Pensé que deberías saber que Andrew Riddle ha salido bajo fianza. Lo soltaron esta mañana temprano. Sam tomó asiento.

– ¿De verdad se llama Andrew Riddle? No me tomes el pelo. Butch negó con la cabeza.

– Tiene dieciocho años. Sin antecedentes de adulto, pero he estado echando un vistazo a su ficha juvenil y ha estado muy ocupado: abuso sexual, acoso, robos menores. Su padre es un tipo importante, y el chico tiene un abogado excelente, pero he hablado con la fiscal del distrito. Tratará de presionarlo para que no tengas que testificar.

– Subiré al estrado si tengo que hacerlo.

– Buena chico. –Gabriel se aclaró la garganta.

– ¿Y cómo te encuentras?

– Bien. –No iba a permitir que el Duro jugara a psicoanalizarlo. Había algo en la evidente rudeza de Gabriel Synder que hacía que Sam quisiera parecer más fuerte.

– Sobre esa bomba, he oído que posiblemente se trate de un explosivo plástico, con un detonador a control remoto. Parece un trabajo de profesionales. – ¿Ya has cenado? Sam frunció el ceño.

– No. Y considerando lo que había engullido por la mañana, también se saltaría el desayuno del día siguiente. Gabriel se puso de pie.

– Bueno. Ahora mismo me dirigía a Tullah's. Sam se mantuvo firme.

– No cenaré contigo.

– Como quieras. Entonces, me imagino que tampoco querrás saber qué encontramos en el callejón junto al coche. La puerta se cerró lentamente a sus espaldas. No caería en semejante trampa. No lo haría... Sam saltó de la silla y corrió tras él.

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En su amplia habitación color crema y blanco, Castiel no se sentía seguro de sí mismo. Siendo el shion deDean, podía sentir su dolor, por su fuerza sabía que seguramente había perdido a otro de sus hermanos guerreros.

Si tuvieran una relación normal, no lo dudaría: correría hacia él y trataría de aliviar su sufrimiento. Hablaría con él, lo abrazaría, lloraría a su lado. Le ofrecería la calidez de su cuerpo. Porque eso era lo que los shions hacían por sus compañeros. Y lo que recibían a cambio también.

Echó un vistazo al reloj Tiffany de su mesilla de noche. Pronto se perdería en la noche. Si quería alcanzarlo tendría que hacerlo ahora. Castiel dudó, no quería engañarse.

No sería bienvenido.

Deseó que fuera más fácil apoyarlo, deseó saber lo que Dean necesitaba de él.

Una vez, hacía mucho tiempo, había hablado con Karen, la shellan del hermano Bobby, con la esperanza de que pudiera ofrecerle algún consejo sobre cómo actuar y comportarse, cómo conseguir que Dean l considerara digno.

Después de todo, Karen tenía lo que Castiel quería: un verdadero compañero.

Alguien que regresaba a casa con él, que reía, lloraba y compartía su vida, que lo abrazaba, que permanecía a su lado durante las tortuosas, y afortunadamente escasas, ocasiones en que era fértil, que aliviaba con su cuerpo sus terribles deseos durante el tiempo que duraba el periodo de necesidad.

Dean no hacía nada de eso por él, o con él. Y en ese estado de cosas, Castiel tenía que acudir a su hermano en busca de alivio a sus necesidades. Lucifer apaciguaba sus ansias, tranquilizándolo hasta que pasaban aquellos deseos. Semejante práctica los avergonzaba a ambos. Había esperado que Karen pudiera ayudarlo, pero la conversación había sido un desastre. Las miradas de compasión de la hembra y sus réplicas cuidadosamente meditadas las habían desgastado a ambas, acentuando todo lo que Castiel no poseía.

Dios, qué solo estaba.

Cerró los ojos, y sintió nuevamente el dolor de Dean. Tenía que intentar llegar a él, porque estaba herido. Y además, ¿qué le quedaba en la vida aparte de él? Percibió que Dean se encontraba en la mansión de John. Inspirando profundamente, se desmaterializó.

Dean aflojó lentamente las rodillas y se irguió, escuchando cómo volvían las vértebras a su posición con un crujido. Se quitó los diamantes de sus rodillas. Tocaron a la puerta y él permitió que ésta se abriera, pensando que era Fritz. Cuando olió a océano, apretó los labios.

– ¿Qué te trae aquí, Cas? –dijo sin girarse a mirarlo. Fue hasta el baño y se cubrió con una toalla.

– Déjame lavarte, mi se…Dean –murmuró el ojiazul.– Yo cuidaré tus heridas. Puedo...

– Así estoy, bien. Sanaba rápido. Cuando finalizara la noche sus cortes apenas se notarían. Dean se dirigió al armario y examinó su ropa. Sacó una camisa negra de manga larga, unos pantalones de cuero y... por Dios, ¿qué era eso? Ah, no, ni de broma.

No iba a luchar con aquellos calzoncillos.

Por nada del mundo lo sorprenderían muerto con una prenda como aquélla. Lo primero que tenía que hacer era establecer contacto con el hijo de John. Sabía que se les estaba agotando el tiempo, porque su transición estaba próxima. Y luego tenía que comunicarse con Benny y Gadreel para saber qué habían averiguado de los restos del restrictor muerto. Estaba a punto de dejar caer la toalla para vestirse, cuando cayó en la cuenta de que Castiel aún estaba en la habitación. Lo miró.

– Vete a casa, Castiel–dijo. El otro bajó la cabeza.

–Dean, puedo sentir tu dol...

– Estoy perfectamente bien. El dudó un momento. Luego desapareció en silencio. Diez minutos después, Dean subió al salón.

– ¿Fritz? –llamó en voz alta.

– ¿Sí, amo? –El mayordomo parecía complacido de que lo llamara.

– ¿Tienes a mano Whisky?

– Por supuesto. Fritz atravesó la habitación trayendo una botella de cristal. Le sirvió el contenido en un vaso. Dean cogió el vaso.

– Si le gusta, conseguiré más.

– No te molestes. Será suficiente. –A Dean no le gustaba emborracharse, pero aquella noche quería dar buena cuenta de ese vaso.

– ¿Desea comer algo antes de salir? –Dean negó con la cabeza.

– ¿Quizás cuando vuelva? –La voz de Fritz se fue apagando a medida que cerraba la botella. Dean estaba a punto de hacer callar al viejo macho cuando pensó en John. Jhabría tratado mejor a Fritz.

– Está bien. Sí. Gracias. El mayordomo irguió los hombros con satisfacción. – Por Dios, parece estar sonriendo, pensó Dean.

– Le prepararé cordero, amo. ¿Cómo prefiere la carne?

– Casi cruda.

– Y lavaré su ropa. ¿Debo encargarle también ropa nueva de cuero?

– No me... –Dean cerró la boca.– Claro. Sería magnífico. Y, ah,… ¿puedes conseguirme unos calzoncillos bóxer? Negros, XX.

– Será un placer. Dean se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. – ¿Cómo diablos había acabado de pronto teniendo un sirviente?

– ¿Amo?

– ¿Sí?, –gruñó

– Tenga mucho cuidado ahí fuera. Dean se detuvo y miró por encima de su hombro. Fritz parecía acunar la botella contra su pecho. Le resultaba tremendamente extraño tener a alguien esperándole al volver a casa.

Salió de la mansión y caminó por el largo camino de entrada hasta la calle. Un relámpago centelleó en el cielo, anticipando la tormenta que podía oler formándose al sur. ¿Dónde diablos estaría el hijo de John en ese momento? Lo intentaría primero en el apartamento.

Dean se materializó en el patio trasero de la casa, miró por la ventana y le devolvió el aullido de bienvenida al perro con uno propio. Sam no estaba en el interior, de modo que Dean se sentó frente la mesa de picnic. Esperaría una hora más o menos. Luego tendría que ir al encuentro de los hermanos.

Podía volver al final de la noche, aunque si tenía en cuenta cómo habían salido las cosas la primera vez que lo había visitado, se imaginaba que despertarla a las cuatro de la mañana no sería lo más inteligente. Se quitó las gafas de sol y se frotó el puente de la nariz.

¿Cómo iba a explicarle lo que iba a sucederle y lo que tendría que hacer para sobrevivir al cambio?

Tuvo el presentimiento de que no se mostraría muy feliz escuchando el boletín de noticias. Dean hizo memoria de su propia transición. Vaya caos que se había formado entonces. A él tampoco lo habían preparado, porque sus padres siempre quisieron protegerlo, pero murieron antes de decirle qué iba a sucederle. Los recuerdos volvieron a su mente con terrible claridad.

A finales del siglo XVII, Londres era un lugar brutal, especialmente para alguien que estaba solo en el mundo. Sus padres habían sido asesinados ante sus ojos dos años antes, y él había huido de los de su especie, pensando que su cobardía en aquella espantosa noche era una vergüenza que debía soportar en soledad.

Mientras que en la sociedad de los vampiros había sido alimentado y protegido como el futuro rey, había descubierto que en el mundo de los humanos lo que más se tenía en cuenta era, principalmente, la fuerza física. Para alguien de la complexión que él tenía antes de pasar por su cambio, eso significaba permanecer en el último escalafón de la escala social.

Era tremendamente delgado, esquelético, débil y presa fácil para los chicos humanos en busca de diversión. Durante su estancia en los tugurios de Londres, lo habían golpeado tantas veces que ya se había acostumbrado a que algunas partes de su cuerpo no funcionaran bien. Para él era habitual no poder doblar una pierna porque le habían apedreado la rodilla, o tener un brazo inutilizado porque le habían dislocado el hombro al arrastrarlo atado a un caballo.

Se había alimentado de la basura, sobreviviendo al borde de la inanición, hasta que, finalmente, encontró trabajo como sirviente en el establo de un comerciante. Dean limpió herraduras, sillas de montar y bridas hasta que se le agrietó la piel de las manos, pero por lo menos podía comer.

Su lecho se encontraba entre la paja de la parte superior del granero. Aquello era más mullido que el duro suelo al que estaba acostumbrado, aunque nunca sabía cuándo lo despertaría una patada en las costillas porque algún mozo de cuadras quisiera acostarse con una o dos doncellas. En aquel entonces, aún podía estar bajo la luz solar, y el amanecer era la única cosa de su miserable existencia que ansiaba.

Sentir el calor en el rostro, inhalar la dulce bruma, deleitarse con la luz; aquellos placeres eran los únicos que había poseído, y los tenía en gran estima. Su vista, debilitada desde su nacimiento, ya era mala en aquella época, pero bastante mejor que ahora. Aún recordaba con penosa claridad cómo era el sol. Había estado al servicio del comerciante durante casi un año, hasta que todo su mundo cambió de repente.

La noche en que sufrió la transformación, se había echado en su lecho de paja, completamente agotado. En los días anteriores, se había sentido mal y le había costado mucho hacer su trabajo, aunque aquello no era una novedad. El dolor, cuando llegó, atormentó su débil cuerpo, empezando por el abdomen y extendiéndose hacia los extremos, llegando a la punta de los dedos de las manos, de los pies, y al final de cada uno de sus cabellos.

El dolor no era ni remotamente similar a cualquiera de las fracturas, contusiones, heridas o palizas que había recibido hasta aquel momento. Se dobló hecho un ovillo, con los ojos casi saliéndose de las órbitas en medio de la agonía y la respiración entrecortada. Estaba convencido de que iba a morir y rezó por sumergirse cuanto antes en la oscuridad.

Sólo quería un poco de paz y que finalizara aquel horrible sufrimiento. Entonces un joven de ojos tan azules como el cielo apareció ante él. Era un ángel enviado para llevarlo al otro mundo. Nunca lo dudó. Como el patético miserable que era, le suplicó clemencia. Extendió la mano hacia la aparición, y cuando la tocó supo que el fin estaba cerca.

Al oír que pronunciaba su nombre, él trató de sonreír como muestra de gratitud, pero no pudo articular palabra. El joven le contó que era la persona que le había sido prometida, la que había bebido un sorbo de su sangre cuando era un niño para así saber dónde encontrarlo cuando se presentara su transición. Dijo que estaba allí para salvarlo. Y luego Castiel se abrió la muñeca con sus propios colmillos y le llevó la herida a la boca.

Bebió desesperadamente, pero el dolor no cesó. Sólo se hizo diferente. Sintió que sus articulaciones se deformaban y sus huesos se desplazaban con una horrible sucesión de chasquidos. Sus músculos se tensaron y luego se desgarraron, y le dio la sensación de que su cráneo iba a explotar.

A medida que sus ojos se agrandaban, su vista se iba debilitando, hasta que sólo le quedó el sentido del oído. Su respiración áspera y gutural le hirió la garganta mientras trataba de aguantar. En algún momento se desmayó, finalmente, sólo para despertar a una nueva agonía. La luz solar que tanto amaba se filtraba a través de las ranuras de las tablas del granero en pálidos rayos dorados.

Uno de aquellos rayos le tocó en un hombro, y el olor a carne quemada lo aterrorizó. Se retiró de allí, mirando a su alrededor presa del pánico. No podía ver nada salvo sombras borrosas. Cegado por la luz, trató de levantarse, pero cayó boca abajo sobre la paja. Su cuerpo no le respondía. Tuvo que intentarlo dos veces antes de poder conseguir afirmarse sobre sus pies, tambaleándose como un potrillo.

Sabía que necesitaba protegerse de la luz del día, y se arrastró hasta donde pensó que debía de estar la escalera. Pero calculó mal y se cayó desde el pajar. En medio de su aturdimiento, creyó poder llegar al silo para el grano. Si lograba descender hasta allí, se encontraría rodeado por la oscuridad. Fue tanteando con los brazos por todo el granero, chocando contra las cuadras y tropezando con los aperos, tratando de permanecer lejos de la luz y controlar al mismo tiempo sus ingobernables extremidades.

Cuando se acercaba a la parte trasera del granero, se golpeó la cabeza contra una viga bajo la cual siempre había pasado fácilmente. La sangre le cubrió los ojos. Instantes después, uno de los palafreneros entró, y al no reconocerle, exigió saber quién era.

Dean giró la cabeza en dirección a la voz familiar, buscando ayuda. Extendió las manos y comenzó a hablar, pero su voz no sonó como siempre. Luego escuchó el sonido de una horquilla aproximándosele por el aire en feroz acometida. Su intención era desviar el golpe, pero cuando sujetó el mango y dio un empujón, envió al mozo de cuadra contra la puerta de uno de los establos. El hombre soltó un alarido de espanto y escapó corriendo, seguramente en busca de refuerzos.

Dean encontró finalmente el sótano. Sacó de allí dos enormes sacos de avena y los colocó junto a la puerta para que nadie pudiera entrar durante el día. Exhausto, dolorido, con la sangre manándole por el rostro, se arrastró dentro y apoyó la espalda desnuda contra el muro.

Dobló las rodillas hasta el pecho, consciente de que sus muslos eran cuatro veces mayores que el día anterior. Cerrando los ojos, reclinó la mejilla sobre los antebrazos y tembló, luchando por no deshonrarse llorando.

Estuvo despierto todo el día, escuchando los pasos sobre su cabeza, el piafar de los caballos, el monótono zumbido de las charlas. Le aterrorizaba pensar que alguien abriera la puerta y lo descubriera. Le alegró que Castiel se hubiera marchado y no estuviera expuesto a la amenaza procedente de los humanos.

Regresando al presente, Dean escuchó al hijo de John entrar en el apartamento. Se encendió una luz. Sam arrojó las llaves sobre la mesa del pasillo. La rápida cena con el Duro había resultado sorprendentemente fácil. Y él le había suministrado algunos detalles sobre la bomba. Habían hallado una Mágnum manipulada en el callejón. Gabriel había mencionado también la estrella arrojadiza de artes marciales que había descubierto en el suelo.

El equipo del CSI estaba trabajando en las armas, tratando de obtener huellas, fibras o cualquier otra prueba. La pistola no parecía ofrecer demasiado, pero la estrella tenía sangre, que estaban sometiendo a un análisis de ADN. En cuanto a la bomba, la policía pensaba que se trataba de un atentado relacionado con drogas.

El BMW había sido visto antes, aparcado en el mismo lugar detrás del club. Y Screamer's era un sitio ideal para los traficantes, muy exclusivos con respecto a sus territorios. Se estiró y se puso unos pantalones. Era otra de esas noches calurosas, y mientras abría el futón, deseó que el aire acondicionado aún funcionara. Encendió el ventilador y le dio de comer a Billy, que, tan pronto como dejó vacío su tazón, reanudó su ir y venir ante la puerta corredera.

– No vamos a empezar de nuevo, ¿o sí? Un relámpago resplandeció en el cielo. Se acercó a la puerta de cristal y la deslizó un poco hacia atrás, bloqueándola. La dejaría abierta sólo un rato. Por una vez, el aire nocturno olía bien. Ni un tufillo a basura. Pero, por Dios, hacía un calor insoportable. Se inclinó sobre el lavabo del baño. Después de cepillarse los dientes y lavarse la cara, remojó una toalla en agua fría y se frotó la nuca. Unos hilillos de agua descendieron por su piel, y recibió con placer los escalofríos al volver a salir.

Frunció el ceño. Un aroma muy extraño flotaba en el ambiente. Algo exuberante y picante... Se encaminó hacia la puerta del patio y olfateó un par de veces. Al inhalar, sintió que se aliviaba la tensión de sus hombros. Y luego vio que Billy se había sentado y movía la cola con emoción como si estuviera dándole la bienvenida a alguien conocido.

– ¿Qué diab...? El hombre que había visto en sus sueños estaba al otro lado del patio. Sam dio un salto atrás y dejó caer la toalla húmeda; escuchó débilmente el sonido sordo cuando llegó al suelo.

La puerta se deslizó hacia atrás, quedando abierta por completo, a pesar de que ella la había bloqueado. Y aquel maravilloso olor se hizo más evidente cuando él entró en su casa. Sintió pánico, pero descubrió que no podía moverse.

Por todos los santos.

Su apartamento era espacioso, por su enorme tamaño, pero con la presencia de aquel extraño pareció reducirlo al tamaño de una caja de zapatos. Y el traje de cuero negro contribuía.

Debía medir menos que el pero, ¿Por qué se sentía tan pequeño?

Un minuto... ¿Qué estaba haciendo? ¿Tomándole las medidas para hacerle un traje? Tendría que estar saliendo a toda prisa. Debería estar tratando de llegar a la otra puerta, corriendo como alma que lleva el diablo. Pero estaba como hipnotizado, mirándole.

Llevaba puesta una cazadora a pesar del calor, y sus largas piernas también estaban cubiertas de cuero. Usaba pesadas botas con puntera de acero, y se movía como un depredador. Sam estiró el cuello para verle la cara. Tenía la mandíbula prominente y fuerte, labios gruesos, pómulos marcados.

El cabello, rubio corto, y en su rostro se apreciaba la sombra de una incipiente barba. Las gafas de sol negras que usaba, curvadas en los extremos, se ajustaban perfectamente a su rostro y le conferían un aspecto de asesino a sueldo.

Como si la apariencia amenazadora no fuera suficiente para hacerle parecer un asesino. Fumaba un cigarro fino y rojizo, al que dio una larga calada haciendo brillar el extremo con un resplandor anaranjado.

Exhaló una nube de ese humo fragante, y cuando éste llegó a la nariz de Sam, su cuerpo se relajó todavía más. Pensó que seguramente venía a matarlo. No sabía qué había hecho para merecer aquel ataque, pero cuando él exhaló otra bocanada de aquel extraño cigarro, apenas pudo recordar dónde estaba. Su cuerpo se sacudía mientras él acortaba la distancia entre ambos.

Le aterrorizaba lo que sucedería cuando estuviera junto a él, pero notó, absurdamente, que Billy movia la cola con felicidad. Aquel perro era un traidor. Si por algún milagro sobrevivía a aquella noche, lo degradaría a comer vísceras. Sam echó el cuello hacia atrás cuando sus ojos se encontraron con la feroz mirada del hombre. No podía ver el color de sus ojos a través de las gafas, pero su mirada fija quemaba.

Luego, sucedió algo extraordinario. Al detenerse frente a él, el joven sintió una ráfaga de pura y auténtica lujuria. Por primera vez en su vida, su cuerpo se puso lascivamente caliente. Caliente y húmedo. Su miembro latía por él. – Química, pensó aturdido. Química pura, cruda, animal. Cualquier cosa que él tuviera, Sam lo quería.

– Pensé que podíamos intentarlo de nuevo –dijo él. Su voz era grave, un profundo retumbar en su sólido pecho. Tenía un ligero acento, pero no pudo identificarlo.

– ¿Quién es usted? –dijo en un susurro.

– He venido a buscarte. El vértigo lo obligó a apoyarse en la pared.

– ¿A mí? ¿A dónde..., –la confusión lo obligó a callar– ¿A dónde me lleva? ¿Al puente? ¿Para arrojar su cuerpo al río? La mano de Dean se aproximó a la cara de él, y le tomó el mentón entre el índice y el pulgar, haciéndole bajar la cabeza hacia él.

– ¿Me matará rápido? –Masculló Sam– ¿O lentamente?

– Matar no. Proteger. Cuando Dean alzo la cabeza, Sam trató de concienciarse de que debía reaccionar y luchar contra aquel hombre a pesar de sus palabras. Necesitaba poner en funcionamiento sus brazos y sus piernas. El problema era que, en realidad, no deseaba empujarlo lejos de sí. Inspiró profundamente.

Santo Dios, olía estupendamente. A sudor fresco y limpio. Un almizcle oscuro y masculino, nunca había admitido que un hombre le atrajera pero él era demasiado. Aquel humo... Los labios de él tocaron su cuello. Le dio la sensación de que lo olisqueaba. El cuero de su cazadora crujió al llenarse de aire sus pulmones y expandirse su pecho.

– Estás casi listo –dijo quedamente–. No tenemos mucho tiempo. Si se refería a que tenían que desnudarse, Sam estaba completamente de acuerdo con el plan. Por Dios, aquello debía de ser a lo que la gente se refería cuando se ponía poética con el sexo.

No cuestionaba la necesidad de tenerlo dentro de él, únicamente sabía que moriría si él no se quitaba los pantalones. Ya. Sam extendió las manos, ansioso por tocarlo, pero cuando se separó de la pared empezó a caerse. Con un único movimiento, él se colocó el cigarrillo entre sus perfectos labios y al mismo tiempo lo sujetó con gran facilidad.

Mientras lo mantenía entre sus brazos, Sam se apoyó en él, sin molestarse ni siquiera en fingir una cierta resistencia. Lo sostuvo como si no pesara, cruzando la habitación a zancadas. Cuando lo recostó sobre el sofá, Sam levantó la mano para tocarlo. Le pasó la mano por la cara, y aunque él pareció sorprenderse, no se la retiró.

Por Dios, todo en él irradiaba sexo, desde la fortaleza de su cuerpo hasta la forma como se movía y el olor de su piel. Nunca había visto a un hombre de manera semejante. Y su cuerpo lo sabía tan bien como su mente.

– Joder, Bésame –dijo Sam. Dean se inclinó sobre él, como una silenciosa amenaza. Siguiendo un impulso, las manos de Sam aferraron las solapas de la cazadora del vampiro, tirando de él para acercarlo a su boca. Él le sujetó ambas muñecas con una sola mano.

– Calma. ¿Calma? No quería calma. La calma no formaba parte del plan. Forcejeó para soltarse, y al no conseguirlo arqueó la espalda. Frotó su erección contra el muslo del otro, previendo lo que sentiría si lo tuviera dentro.

Si pusiera sus manos sobre el...

– Por todos los santos –murmuró él. Sam le sonrió, deleitándose con el súbito deseo de su rostro.

– Tócame. El extraño empezó a sacudir la cabeza, como si quisiera despertar de un sueño. Sam abrió los labios, gimiendo de frustración. –Bájame el pantalón . –Se arqueó de nuevo, ofreciéndole su cuerpo, anhelando saber si había algo más caliente en su interior, algo que él pudiera extraerle con las manos.– ¡Hazlo! Él se sacó el cigarrillo de la boca. Sus cejas se juntaron, y Sam tuvo la vaga impresión de que debería estar aterrorizado.

En lugar de ello, elevó las rodillas y levantó las caderas del futón. Imaginó que él le daba la mejor mamada de su vida. Lamiéndolo. Otro gemido salió de su boca. Dean estaba mudo de asombro. Y no era del tipo de vampiros que se quedan estupefactos a menudo.

– Cielos. Aquel mestizo humano era la cosa más sensual que había tenido cerca en su vida. Y nuncs se había sentido así por otro macho. Era el humo rojo. Tenía que ser eso. Y debía de estar afectándole a él también, porque estaba más que dispuesto a tomarlo. Miró el cigarrillo. – Bien, un razonamiento muy profundo, pensó. Lo malo era que aquella maldita sustancia era relajante, no afrodisíaca.

Sam gimió otra vez, ondulando su cuerpo en una sensual oleada, con su mano tocando su entrepierna apretando su holgado pantalón. El aroma de su excitación le llegó tan fuerte como un disparo. Por Dios, lo habría hecho caer de rodillas si no estuviera ya sentado.

– Tócame –suspiró mientras se tocaba sobre la tela. La sangre de Dean latía como si estuviera corriendo desbocada y su erección palpitaba como si tuviera un corazón propio.

– No estoy aquí para eso –dijo.

– Tócame de todos modos. Él sabía que debía negarse. Era injusto para el más joven. Y tenían que hablar. Quizás debiera regresar más tarde.

El castaño se arqueó, presionando su cuerpo contra la mano con que él le sujetaba las muñecas. Cuando su erección toco la propia, él tuvo que cerrar los ojos. Era hora de irse. En verdad era hora de...

Excepto que no podía irse sin saborear al menos algo.

Sí, pero sería un bastardo egoísta si le ponía un dedo encima. Un maldito bastardo egoísta si tomaba algo de lo que el joven le estaba ofreciendo bajo los efectos del humo. Con una maldición, Dean abrió los ojos. Por Dios, estaba muy frío. Frío hasta la médula.

Y Sam caliente. Lo suficiente para derretir ese hielo, al menos durante un momento. Y había pasado tanto tiempo... El vampiro bajó las luces de la habitación. Luego usó la mente para cerrar la puerta del patio, meter al perro en el baño y correr todos los cerrojos del apartamento. Apoyó cuidadosamente el cigarrillo sobre el borde de la mesa junto a ellos y le soltó las muñecas. Las manos de Sam aferraron su cazadora, tratando de sacársela por los hombros. Él se arrancó la prenda de un tirón, y cuando cayó al suelo con un sonido sordo, El castaño se rió con satisfacción. Le siguió la funda de las dagas, pero la mantuvo al alcance de la mano.

Dean se inclinó sobre él. Sintió su aliento dulce y mentolado cuando posó la boca sobre sus labios. Al sentir que ella se estremecía de dolor, se retiró de inmediato. Frunciendo el ceño, le tocó el borde de la boca.

– Olvídalo –le dijo Sam, aferrando sus hombros. Por supuesto que no lo olvidaría. Que Dios ayudara a aquel humano que lo había herido, nadie absolutamente nadie lastimaría a Sammy. Dean iba a arrancarle cada uno de sus miembros y lo dejaría en la calle desangrándose.

Besó suavemente la magulladura en proceso de curación, y luego descendió con la lengua hasta el cuello. Esta vez, cuando Sam se empujó hacia arriba, él deslizó una mano bajo la delgada camisa y recorrió la suave y cálida piel. Su abdomen estaba duro, y deslizó sobre él la palma de la mano, sintiendo el espacio entre los huesos de las caderas.

Ansioso por conocer el resto, le quitó la prenda y la arrojó a un lado. Dejo un camino de húmedos besos por su abdomen pero se concentró en chupar y succionar sus erectos pezones, mientras Sam gemía sin control.

Dean perdió el control.

Mientras succionaba, desplazó el cuerpo y lo extendió sobre él, cayendo entre sus piernas. Sam acogió su peso con un suspiro gutural. Las manos de Sam se interpusieron entre ambos cuando quiso desabrocharle la camisa, pero él no tuvo paciencia suficiente para que le desnudara. Se enderezó y rompió la ropa para quitársela, haciendo saltar los botones y enviándolos por los aires.

Cuando se inclinó de nuevo, sus pechos se rozaron y su cuerpo se estremeció bajo él. Quería besarlo otra vez en la boca, pero ya estaba más allá de la delicadeza y la sutileza. Cuando llegó a los pantalones del chico, los deslizó por las largas piernas. Dean sintió que algo le explotaba en la cabeza cuando su aroma le llegó en una fresca oleada. Ya se encontraba peligrosamente cerca del orgasmo, con su miembro preparado para explotar y el cuerpo temblando por la urgencia de poseerlo.

Llevó la mano a su erección. Estaba tan duro que rugió. Aunque estuviera tremendamente ansioso, tenía que saborearlo antes de penetrarlo. Se quitó las gafas y las puso junto al cigarrillo antes de inundar de besos sus caderas . Sam le acarició el cabello con las manos mientras lo apremiaba para que llegara a su destino. Le besó el excitado miembro, lentamente lo metió a su boca, y comenzó a chupar y succionar el glande de Sam que alcanzó el éxtasis una y otra vez hasta que Dean ya no pudo contener sus propias necesidades. Retrocedió, se apresuró a quitarse los pantalones y a cubrirlo con su cuerpo una vez más.

Dean uso el mismo semen de Sam para comenzar a preparar su entrada para la invasión, metió un dedo. Sam se quejó y Dean se detuvo.

-No di-je que pa-raras! Ahh!-dijo de manera extasiada, Dean agrego otro dedo y el castaño gemía sin parar, agrego un tercer dedo, y ya estaba listo.

Sam colocó las piernas alrededor de sus caderas, y él siseó cuando sintió como su miembro forzaba la entrada de Sam. Utilizó las pocas fuerzas que le quedaban para detenerse y mirarlo a la cara.

– No pares –susurró Sam.– Quiero sentirte dentro de mí.

Dean dejó caer la cabeza dentro de la depresión de su cuello. Lentamente, echó hacia atrás la cadera. La punta de su pene entro lentamente en Sam y después con una poderosa arremetida entro por completo. Soltó un bramido de éxtasis.

El paraíso. Ahora sabía cómo era el paraíso.