Nota: Los personajes y el mundo de la JK no son míos ni lo serán jamás de los jamases. Y punto.
Excusa barata: No la tengo, porque está claro que llevo casi un año sin actualizar y que eso es pasarse de la raya. Pero bueno, aquí estamos de nuevo con ésta historia. De hecho tenía éste capítulo a medio acabar y todo, así que después de un Selectivo duro y traumático me he decidido a acabarlo y continuar con la historia,
Espero que sepáis perdonarme, porque agradezco muchísimo, hasta un límite de narices, todos los comentarios que he recibido desde entonces. De verdad. Muchas gracias :) Así que bueno, ésta es la recompensa al apoyo. Estoy algo oxidada y me ha costado cogerle el truco de nuevo, pero ahí va xD
7- Serpientes y Quidditch.
Creo que el instante en el que el Sombrero Seleccionador cantó Slytherin para una Weasley, a mi hermano James le dio una embolia. Bueno, en realidad no, pero mirando de soslayo hacia su mesa pude comprobar que la mandíbula casi se le había desencajado del sitio. Mi prima Dominique, por su parte, bajó del taburete de un salto, totalmente tranquila, y se aproximó a nuestra mesa.
Cuando observé su cara de buen humor y tranquilidad espiritual, empezaron a encajar en mi mente todas aquellas preguntas que Dominique me había estado haciendo durante el verano sobre el colegio y, en particular, sobre Slytherin. Yo me limité a alzar las cejas y a figurarme la consternación radical de mi tío Ron al ver que no solo otro de sus sobrinos se iba a la casa de las serpientes, sino que encima ésta vez llevaba el apellido Weasley.
Dominique se recogió su corta melena rubia por detrás de las orejas, y se acercó a mí mientras buscaba ocupar algún sitio en la mesa. Me saludó afablemente, algo extraño en ella. Dominique nunca había sido una chica habladora, de hecho cuando era más pequeña solo abría la boca para soltar algún improperio o alguna cosa totalmente fuera de lugar. Ciertamente, su sonrisa de amabilidad me asustaba un poco. Evidentemente no pensaba que mi prima fuese una pequeña sociópata o algo por el estilo, pero era como cuando Malfoy te decía que "no pasaba nada" y sabías perfectamente que estaba urdiendo un plan malvado y seguramente nocivo para la salud de muchas personas de la Sala Común. Pues algo así.
—¿Cómo estabas tan segura de que te iban a mandar conmigo? —Le pregunté a mi prima, cuando pasó justo por mi lado. Enarqué una ceja, esperando su respuesta.
Ella sonrió de forma maliciosa, algo parecido a cuando James esperaba que una de sus bromas funcionasen y tenía ese brillo en los ojos entre inocente y maligno.
—Intuición femenina.
Dominique se encogió de hombros y se fue hacia la parte de la mesa habitada por alumnos de primero. Yo la observé de reojo. Menuda familia de locos me había tocado, y solo tenía doce años por aquellas épocas.
Solté un suspiro y miré a Malfoy y a Nott, que se habían sentado el uno al lado del otro, justo delante de mí. Malfoy tenía un arañazo en la cara, cortesía de Rose. Después de todo un verano acosándonos a lechuzas con cartas pusilánimes y melodramáticas acerca del existencialismo de su aburrimiento, Rose había acumulado una furia interna importante hacia el rubio. Nada personal, pero justo cuando estaba terminando la práctica de una de las pociones más difíciles que tendríamos que hacer éste año, le llegó a mi prima una carta de Malfoy y la lechuza le tiró todos los frascos de cristal al suelo. Y hay algo que cabrea más a Rose que recibir una carta absurda con un dibujo mal hecho de Malfoy haciendo alusión al suicidio, y es que esa carta absurda con un garabato de Malfoy haciendo el imbécil le estropease una sesión de estudios.
Corrijo, eso no la cabrea: la hace estallar cual bomba muggle de esas que arrasan con países enteros.
Así que al volverlo a ver, en lugar de saludarlo con amabilidad, le arreó un bofetón. Malfoy se limitó a alegar que ese era el efecto que causaba en las mujeres, que no podían vivir sin él. Yo y Nott nos miramos pensando, seguramente, y puedo hablar por los dos, que preferíamos no tener ese tipo de reacciones por parte de ningún género. Por el bien de nuestros tabiques nasales.
—Tu familia está poblando mis tierras, Potter —me habló Malfoy, sacándome de mis pensamientos. El rubio me miró con su habitual gesto de suficiencia—. Vamos a tener que haceros una ONG o algo así. En plan: hijos de orgullosos Gryffindors que acaban en Slytherin porque les gusta más el color verde.
Nott le dirigió una mirada cínica y enarcó una de sus cejas.
—Estás perdiendo facultades.
Sorprendentemente, Malfoy asintió.
—Es el verano, he perdido la práctica.
Yo negué con la cabeza, sonriendo. Echaba de menos estar con mis amigos. Durante el verano había tenido que sufrir los momentos de crisis de Rose y las jugarretas de James. Además de una Lily histérica preguntándome a todas horas sin en Slytherin asesinábamos gatitos y los colgábamos del techo. Una idea tétrica implantada en la mente de mi hermana, sin duda, por el imbécil de James, que todavía luchaba por preservar la integridad de su familia pese a las serpientes que la habitaban.
En realidad estaba solo en su cruzada y resultaba patético porque nadie le hacía el menor caso. Ni siquiera mi primo Hugo, que solía seguirle las gracias. Ni el primo Fred que, por cierto, en aquellos momentos estaba subiendo a la tarima y el profesor Longbottom procedía a colocarle el sombrero. Fred tenía la edad de Dominique, pero nunca habían tenido una gran relación, sin embargo se llevaba de las mil maravillas con James. Pese a llevarse dos años, eran inseparables, porque Fred también poseía un humor de los que te hacen estallar los nervios y sacarte de quicio.
Así como casi al instante de colocarle el sombrero a mi prima éste había gritado Slytherin, con Fred sucedió lo mismo pero en la casa contraria: al segundo fue asignado a Gryffindor. James fue el primero en levantarse a vitorear y abrazó a Fred cuando se dirigió a la mesa, revolviéndole el pelo. Por fin mi hermano conseguía un miembro de la familia en su casa, era todo un logro para él.
Pude ver como James le hacía un sitio a su lado a Fred, y le presentaba a su amigo Dustin Wood. Éste se había hecho muy amigo de James desde su primer curso, e iban juntos a todos lados. Dustin era hijo de Oliver Wood, y aunque era mucho más responsable que mi hermano, poseía la vena bromista de éste, y se complementaban bien. Lo intuí desde ese momento, y luego se confirmaron mis sospechas: así como yo, Malfoy y Nott conformaríamos un trío de Slytherins inseparables, aquellos tres Gryffindors harían lo mismo.
La diferencia radicaba en que nosotros pocas veces nos meteríamos en líos importantes, y el grupo encabezado por mi hermano se pasaría el día en el aula de castigo. De lo que estaba más que seguro en aquel momento era que, con la incorporación de Fred, todos los alumnos (y en especial los de Slytherin) tendríamos que andarnos con cuidado por el castillo. Porque acababan de juntarse el hambre con las ganas de comer en el panorama de las bromas pesadas. Así que, cuando unos días más tarde me encontré a varias personas con el pelo multicolor, supuse que aquello no hacía más que comenzar.
—¿Cuántos primos te quedan? —Preguntó Malfoy, sacándome de mis pensamientos.
Lo miré un poco confuso.
—Digo, que cuantos Weasley faltan para entrar en el colegio —puntualizó.
—Pues unos cuantos todavía —sonreí de lado al ver la mueca de Malfoy.
Scorpius miró a Nott muy serio.
—Lo que yo te decía; planean el dominio del mundo mágico. Por eso se están dividiendo en las distintas cuatro casas, para tener aliados en todas partes —Scorpius me miró—. ¿A mí me darás un cargo importante cuando dominéis el mundo, no? Que somos colegas.
Yo rodé los ojos y opté por no contestar a su pregunta, el viaje en tren había sido largo y mi cerebro tenía unos límites.
Más tarde, y pese a sus reticencias a la extensión de mi familia, encontré a Malfoy hablando con mi prima Dominique en la Sala Común. Me pareció extraño, pues Dominique no era dada a las relaciones sociales y Malfoy era Malfoy, y tenía un humor que soólo aguantábamos sus padres, yo y Nott, y porque nosotros dos no teníamos otra opción.
Pese a lo que me pudo parecer en un principio, y la preocupación que mis sospechas me provocaron, pues imaginarme al chalado de Malfoy con una pseudo sociópata como mi prima me provocaba terror, ellos nunca tendrían ningún tipo de relación más allá de la amistosa. De hecho, llegarían a ser grandes amigos. Así como Rose y yo éramos íntimos, pasaría algo similar con Malfoy y con mi otra prima. No sé si porque los dos eran rubios, o porque ambos estaban como un cencerro y disfrutaban de un humor que solo a ellos les hacía gracia, porque al resto de los humanos cabales nos infundía ganas de asesinarlos. Ni idea, solo sé que si mi hermano James terminó más de una vez en la enfermería por haber recibido una de sus propias bromas contra él, la respuesta al fallo de sus planes tendría que buscarse en mi Sala Común.
Pero para eso, todavía quedaba algún tiempo.
¿Recordáis el famoso plan maligno contra mi hermano James del que Scorpius me habló con voz de mafioso italiano a finales de primero? Bien, pues un par de semanas después de empezar el curso, cuando yo ya ni me acordaba, Scorpius se acercó a mí mientras yo intentaba hacer unos deberes de pociones bastante importantes, cogió mis pergaminos, los tiró por los aires sin miramiento alguno ni consideración por el trabajo que por su culpa acababa de perder y se sentó en el sofá que había frente a mí, con pose señorial, como si fuese el Primer Ministro de Magia.
Yo crucé mis brazos sobre el pecho, conté hasta diez, reprimí como veinte intentos distintos de agujerearle esa cabeza rubia que tenía y le dije:
—Tienes cinco minutos para explicarme por qué no debo matarte. Y empiezan ya.
Scorpius se tomó más de dos minutos para comenzar a hablar. Le encantaba (y le encanta, para qué negarlo) hacer un circo de cualquier cosa que llevaba a cabo. Se cruzó de piernas como seis veces, y carraspeó unas quince. Todo por hacer pausas dramáticas que alargadas durante tanto tiempo no infringían ningún tipo de interés o tensión en nuestra conversación, sino unas ganas mayores por mi parte de partirle la cara. No penséis mal, yo a Scorpius siempre lo he apreciado mucho, pero es que era exasperante cuando quería.
Finalmente se apiadó de mi paciencia y mis nervios, así como de mi instinto asesino que hasta ese entonces había estado guardado bajo llave en algún rincón de mi persona, y me miró dispuesto a hablar.
—Tengo un plan para bajarle los humos a tu hermano James —Me dijo, y entonces recordé de lo que habíamos hablado el año anterior.
Enarqué una ceja.
—No voy a atentar contra la vida de mi hermano —le dije de forma tajante—. Es un imbécil cuando quiere, pero es mi hermano.
—No hablo de matarle, eso sería muy fácil —respondió él, ofendido por haber dudado de su intelecto.
Cuando Scorpius soltaba comentarios de aquel tipo, con una naturalidad casi cómica, a mí se me ponían los pelos de punta al recordar qué tipo de genética le recorría las venas. Pero como soltaba aquel tipo de barbaridades como si estuviese hablando del tiempo, en el fondo tenían su gracia. Y eso era, precisamente, lo que más miedo me daba, comenzaba a tener un humor macabro muy Slytherin y no estaba seguro de si me gustaba o no.
—En "atentados contra la vida del hermano de Albus" también entran lesiones graves y desmembramientos —le recordé, sin dejar mi tono serio a un lado.
Scorpius rodó los ojos y se colocó una mano sobre el pecho. Supuse que quería ponerla sobre el corazón para hacerse la víctima, pero se equivocó de lado. Preferí no decirle nada en aquel momento, para mi deleite personal.
—¿De verdad me crees tan mala persona? —Me preguntó, fingiendo afectación. Yo me limité a enarcar una ceja y él se dio un golpe con la mano abierta en el pecho— Ofendes mis sentimientos. Ofendes a mi corazón.
Alcé mi ceja todavía más, si es que eso era posible, y le comenté con cinismo:
—El corazón está a la izquierda, gilipollas.
Scorpius me miró como te mira un niño al que le acabas de pillar haciendo alguna travesura, e inmediatamente cambió su mano de posición. Dejó su cara de inocencia fingida a un lado (cosa que le agradecí porque no le pegaba en absoluto) y soltó un suspiro.
—Es algo mejor, algo que le dará en su punto débil —Malfoy sonrió con malicia- Tú, yo y el equipo de Quidditch de Slytherin.
Entonces lo entendí todo; Malfoy se había pasado dos meses encerrado en su megacasa sin más compañía que los elfos domésticos, y su cerebro había terminado haciéndose líquido y esparciéndose por su jardín. O eso, o definitivamente había dejado volar libre a su locura. Sabía perfectamente lo que pretendía, y eso era justo lo que más miedo me daba.
—No nos gusta el Quidditch —le recordé, haciendo una mueca de asco.
—Eso es secundario.
Alcé las cejas.
—¿Quieres que nos apuntemos al equipo y el que no nos guste el deporte es secundario? —Agité la cabeza—. Estás fatal.
—Quiero que lleguemos a ser los mejores del equipo —corrigió. Y su tono adquirió ese matiz serio que solo utilizaba cuando quería denotar que hablaba con total sinceridad—. Nuestros padres eran buenos, y tu madre fue jugadora. Éste año ha habido dos bajas, una de Cazador y la de Buscador, tu a la segunda y yo a la primera. Y no me digas que ves mal, que tu padre llevaba gafas y atrapaba la Snitch perfectamente.
—Scorpius, el año pasado en clase de vuelo te caíste de la escoba y armaste un escándalo porque, según tú, una clase que puede atentar contra tu vida debería estar prohibida.
Scorpius me miró impasible.
—Yo era joven e inexperto –dijo con total tranquilidad—. Ahora he madurado.
Era evidente que no podría razonar con él en ese sentido, así que me vi obligado a emplear otra táctica.
—¿Sabes cuantas veces he jugado yo a Quidditch en mi vida? —Le pregunté con sarcasmo. El deporte no me disgustaba, pero nunca me había llamado excesivamente la atención, al contrario que a mis dos hermanos, a los cuales les encantaba. Sabía jugar, pero no había practicado lo suficiente y tampoco me interesaba.
Entendía el punto de Malfoy, y de hecho lo veía una buena idea. James adoraba vanagloriarse de sus hazañas en el Quidditch, si lográbamos ganarle sería la venganza perfecta. Pero para ganar a mi hermano primero debíamos entrar en el equipo y luego ser tan buenos como él. Y si la segunda opción ya me parecía difícil, la primera era directamente imposible.
—Albus, lo llevas en la sangre —Cuando Malfoy te adulaba para convencerte de algo, los instintos asesinos florecían de nuevo—. Vamos, entramos en el equipo, nos hacemos con el control y ganamos a tu hermano.
—Tus afanes de poder me perturban.
Scorpius sonrió.
—¿Eso es un sí?
Yo solté un bufido y miré al suelo con mi trabajo de Pociones decorándolo. Puse los ojos en blanco. Total, tampoco teníamos nada que perder, tendríamos que pasar primero las pruebas de admisión y no tenía esperanzas de que lo lográsemos. Asentí con la cabeza, y la sonrisa de Malfoy se ensanchó.
—Vamos a trolear a tu hermano.
—Primero tenemos que pasar las pruebas —y antes de que dijese nada, apostillé—, y si sobornas al capitán para que nos acepte primero te parto la cara y luego renuncio a mi plaza ¿Entendido?
—Me ofende que dudes de mí.
Yo decidí no hacer comentarios al respecto, las pruebas para el equipo comenzarían aquella misma semana, y yo dudaba mucho de nuestras capacidades. Si entramos o no es algo que me voy a reservar, porque creo que nuestra prueba es digna de contar. A fin de cuentas fuimos Scorpius y yo, los más jóvenes de los que se postulaban, sin tener experiencia alguna en jugar al Quidditch, a pedir dos puestos en el equipo.
Yo maldiciendo a Malfoy una y otra vez, él amenazando de muerte a todos aquellos que intentaban tirarle de la escoba. Pero entraré en detalles más adelante, aunque sean unos detalles patéticos que me dejan a mí y al que, por desgracia, he de considerar mi mejor amigo en un estado público lamentable.
—¿Qué narices te ha pasado en la cara?
Encontré a James por los pasillos de Hogwarts, horas antes de mi prueba para el equipo de Quidditch. Él no sabía nada al respecto, porque Malfoy quería darle una sorpresa si entrábamos en el equipo, y yo me abstuve de contradecir a mi amigo, porque tenía claro que no íbamos a entrar. Además si presumíamos de la prueba delante de James y luego no nos cogían, aquello podía ser como firmar mi sentencia de muerte, pues le daría a mi hermano razones suficientes para reírse de mí durante un tiempo.
En mi hora de descanso, me topé con James por los pasillos, aunque al principio me costó reconocerlo. Tenía toda la cara llena de granos del tamaño de la Snitch dorada, y de distintos y asquerosos colores. Me quedé mirándolo horrorizado y él frunció el ceño y torció el gesto. Supuse, por el rumbo que llevaba y sus pintas, que iba hacia la enfermería. Apenas se paró a mirarme, por lo que noté llevaba mucha prisa, además de cabreo, encima.
-Nada –me dijo en tono seco-. Métete en tus asuntos, Albus.
James no solía hablar así, de esa forma tan cruda. Solo cuando estaba enfadado de verdad dejaba su ironía y choteo a un lado, así que deduje que no tenía el mejor de sus días, y aquello que le había pasado en la cara tenía algo que ver. Lo observé alejarse, extrañado, pero no me molesté en molerlo a preguntas. Cuando James estaba de mal humor era mejor dejar que se le pasase la rabieta y preocuparse por él más tarde, sino corrías peligro de salir hechizado. Así que pensé en ir a preguntarle a la hora de la cena, que ya estaría más tranquilo o, por lo menos, le habrían quitado esas cosas de la cara.
Decidí ir hacia mi Sala Común para agarrar a Scorpius de las orejas y llevarlo al campo de Quidditch. Pese a que a mí ser alabado por el resto de seres humanos siempre me ha parecido absurdo, y prefiero pasar desapercibido, si Scorpius y yo no practicábamos al menos un poco antes de las pruebas, aquello podía sobrepasar el nivel de humillación personal que un ser humano puede soportar, y no estaba dispuesto a ello. Más que por el quedar bien era por una cuestión de amor propio y aprecio hacia mi autoestima.
Me dirigí hacia las mazmorras, y una vez en mi Sala Común busqué a Malfoy con la mirada. Él y Nott me habían asegurado que se quedarían por allí, pero por lo que parecía sus planes cambiaron a última hora. La Sala Común estaba desierta, y yo comenzaba a ponerme nervioso por la prueba, tenía un mal presentimiento. Suspiré, no me apetecía buscarlos por todo el castillo, así que preferí sentarme en un sillón y esperar hasta que llegasen. Por más idas de cabeza que pudiese tener Scorpius, yo era una parte vital de su magnífico plan (por favor, notad el sarcasmo en mis palabras) y podía dejarme colgado todo el día pero a la hora de la verdad no dudaba en que volvería a por mí.
A día de hoy todavía no se si sentirme halagado por ese tipo de cosas u ofenderme por ser considerado como una mera pieza. Yo siempre he intentado ver la parte positiva porque, como ya he dicho, aprecio a Scorpius y prefiero que siga siendo así.
Seguramente a Malfoy se le habría ocurrido algún disparate mental de los suyos, y Nott lo habría acompañado para asegurar el bienestar público. Me sonreí a mí mismo al pensar en aquella idea, con una intervención estelar de Rose en la que acabase rompiéndole los tímpanos a Malfoy y venciendo así en la batalla. Tenía que dejar de tomar tanto zumo de calabaza por las mañanas, no me hacía nada bien al cerebro.
Me recosté sobre el respaldo del sillón y bostecé, cuando abrí los ojos, vi que justo en el sillón paralelo al mío había un muchacho, leyendo atentamente un libro sobre Encantamientos. Me erguí en mi sitio al percatarme de que no estaba solo. Qué extraño, me había parecido que no tenía compañía en la Sala Común, aunque aquel chaval se encontraba tan en la penumbra que no me extrañó haberlo pasado por alto.
Observé al muchacho; no era de mi curso pero tampoco sería mucho mayor que yo. Debía tener la edad de James o como mucho un año más. Era extremadamente delgado y larguirucho, de piel más pálida que la de Malfoy, pelo negro, rizado y algo desordenado. Me fijé y poseía unas ojeras amoratadas que le daban un cierto aire enfermizo. Me pareció un tipo raro, y él debió sentirse observado, porque alzó la vista y me miró con recelo.
Al fijarme, pude ver que sus ojos eran grises.
—Mirar el espectáculo tiene un precio, canijo —Poseía una voz grave y fría, y un tono no demasiado amigable—. Será mejor que te controles, si no quieres tener que pagarlo.
Yo negué con la cabeza y volví mi vista hacia el frente, algo cohibido. Parecer un acosador medio sociópata era más propio de Malfoy que de mí, y pensé que todo lo malo se me estaba pegando con el paso del tiempo.
Noté la mirada de aquel chaval sobre mí, pero decidí no mirarlo. Sin embargo, habló al cabo del rato.
—¿Tú eres el hermano de Potter, verdad?
Lo miré. Me observaba con un brillo maligno en sus ojos, y una sonrisa aterradora. Me intimidó, he de admitirlo. Hablaba de una forma tan fría y segura, que no pude evitar que me perturbase. Era un tipo raro que no inspiraba precisamente confianza.
—Sí —le contesté, mirándolo con recelo—-. ¿Conoces a mi hermano?
—¿Es que tengo cara de querer entrar en un concurso de obviedades? Si te lo he preguntado será por algo —Me dijo, torciendo el gesto y haciendo una mueca de disgusto. Su voz se tornó algo agresiva. Me observó durante algunos instantes y volvió a sonreír ladino. En aquel momento pensé que era un verdadero capullo—. Cuando lo veas, pregúntale si le han gustado los dulces que se ha encontrado en su cama ésta mañana.
El chico sonrió, pero no era una sonrisa torcida como la de Malfoy, o la de James o la de mi prima Dominique. Era una mucho más perversa, de las que denotan una maleficencia real y mucho más pura. Cuando dijo aquello último, supe de quién se trataba mi interlocutor y qué le había pasado a la cara de mi hermano.
—Cromwell, supongo —Lo miré de hito en hito.
El aludido hizo un gesto burlesco de afectación.
—¿Tanto me adora tu hermano que incluso divulga mi nombre? Me siento alagado —Hizo una pausa y luego añadió, ensanchando su sonrisa ladeada—-. A la próxima no seré tan benevolente.
Me habían hablado de Cromwell, y yo mismo me había intentado informar porque ya el primer día de curso James y él tuvieron problemas como los del año anterior. Pero ni entre los alumnos de mi casa las opiniones eran buenas. Yo tampoco lo vi un tipo muy amable cuando lo conocí, de hecho lo he dicho antes; me pareció un auténtico capullo.
Cromwell tenía uno de esos aires sombríos aliñados con cierto toque narcisista y una seguridad aplastante. Era como si se sintiese orgulloso de ser raro y de asustar a todos los que intentaban acercarse a él, o al menos esa era la impresión que me dio. Con el tiempo descubriría que no solo disfrutaba de eso, sino que le encantaba alejar a todo ser humano con buenas intenciones que intentase ganarse su afecto. En aquel momento, simplemente fruncí el ceño. James era mi hermano, y solo yo o Rose (o Malfoy pero por ser él) podíamos meternos con él.
—No me gusta que se metan con mi familia —le dije, adquiriendo un tono amenazador que les había oído a muchos alumnos de mi casa. Yo también podía ser una serpiente si me lo proponía.
Cromwell me observó, impasible.
—Y a mí no me gusta que tu familia invada mi espacio vital con sus bromas de segunda clase —me respondió. Su tono no era amenazante, sino agresivo aunque con un nivel bajo de voz—. El problema de los leones es que no piensan antes de atacar, actúan por instinto. Y luego se hacen las víctimas si las serpientes les clavan el veneno. Si no quieres que se las devuelvan a tu querido hermanito, dile que no se ponga en medio del camino.
Lo miré y no dije nada. Él volvió a su libro de Encantamientos y se olvidó de mi presencia. No volvimos a hablar en todo el rato que yo estuve esperando a Malfoy, el cual tardó dos horas en llegar junto con un Nott, que parecía al borde del ataque de ira.
Fue la primera vez que hablé con Cromwell, y concluí que era un imbécil, pero un imbécil con el que había que andarse con cuidado. Algo me decía que no era del tipo de personas que se andaban con rodeos a la hora de encargarse de aquellos que lo molestaban, y el tiempo me corroboraría mis sospechas. Por supuesto, le conté a James mi conversación con él y le pedí que parase aquella guerra civil absurda que tenía con el chico. Pero, como podréis imaginar, mi hermano mayor se pasó lo que yo le dije por el forro y su conflicto con el Slytherin se prolongó hasta séptimo curso. Ese año harían las paces (bueno, no del todo) pero las razones de su tregua serían adelantarse demasiado en el tiempo y desvelar asuntos que todavía no vienen a cuento, así que no lo diré por ahora.
Yo no lo sabía entonces pero me toparía con Cromwell aquel año muchas más veces. Pero en aquel momento, mientras me encaraba con Malfoy para echarle la bronca por su tardanza, solo podía pensar en el ridículo absoluto que él y yo íbamos a hacer en el campo de Quidditch. Y todavía peor: en el terror psicológico que infringiría James sobre nosotros si se enteraba de que nos habíamos postulado para el equipo y habíamos resultado ser unos verdaderos desastres.
Enfrentarme el resto de mi vida a sus bromas sobre el tema durante las comidas familiares era, desde luego y sin sarcasmos, lo que más me preocupaba en aquellos instantes de ira reprimida contra la falta de puntualidad de Malfoy.
Es algo más corto de lo que me hubiese gustado, pero como he dicho ando un tanto oxidada. El próximo será más largo. He preferido que Albus cuente su prueba de Quidditch en el próximo capítulo, para dedicarle todo un texto digno de recordad xD Si al final entran o no será un misterio que se resolverá proximamente.
En fin, nuevamente gracias por los comentarios. Dudas, tomates, chillidos de odio y tal, son bien recibidos en forma de review. xD
