El próximo capitulo lo subiré cuando los reviews lleguen al numero 35. Ni más, ni menos. Solo quiero saber cuantas personas están leyendo esto :)
LO ADMITO, ME ENCANTA HACER SUFRIR A MIS PERSONAJES FAVORITOS! de todas formas, me entretuve escribiendo esto. El proximo está listo, pero como ya dije, no lo subiré hasta que llegue al reviews 35, va ser bastante amoroso. :)
La tormenta de nieve que, ya hacia varias horas de que tenía pinta de que iba a caer, finalmente cayó. Fue como si un tarro lleno de nieve lo tiraran todo, al mismo tiempo, sobre una pequeña maqueta. Un sonido escalofriante sonó en el polo sur, como las palabras de Zuko en los oídos de Katara.
-Los Maestros Aire están muertos…- Repitió, desconcertada.
Luego de estar un rato pasmada reaccionó.
-¡¿Cuando sucedió? ¡¿Cómo es posible que eso sucediera, Zuko? ¿No tienes a alguien que tome tu lugar mientras tú no estabas?
-Si… si, mi tío. Ahora no sé si él esta bien o no. Azula debió haberlo capturado. Ella debió haber actuado desde él primer día que salimos de la Nación del Fuego. – Su voz estaba cargada de culpa. Sus manos sujetaban fuertemente el pelo. Parecía que trataba de aferrarse a algo mientras aún digería los acontecimientos. – No se que hacer, Katara. Por eso te llamé, para que me digas que tengo que hacer. Si le digo a Aang, nunca más podré verle a la cara.
-¿Y quieres que se lo diga yo? Aang va a estar destrozado. Se le nota que quiere…- Corrigió - … que quería a su gente. Es horrible. No me imagino la pena que va a tener que pasar. Estará destrozado.
-No solo él, también nosotros. – Gimió Zuko.
Miró a Katara directamente, sus ojos eran los de algún venado agonizante viendo a su cazador.
-¿Por qué dices eso?
-El Avatar tiene un mecanismo de defensa, se llama "Estado Avatar". Aang entra en ese estado cuando sus emociones son tremendamente intensas, y tiene el poder suficiente como mandar a volar toda la tribu en segundos. Lo peor es que aún no ha aprendido a controlar ese estado.
-Zuko, hay que decírselo. Si lo descubre solo va ser peor. – Katara se calmó un momento, pensando. – Tu hermana acaba de iniciar una guerra contra las naciones.
-Ya me di cuenta.- Dijo lamentándose- Ya no hay nada que podamos hacer.
La maestra agua, con lagrimas en los ojos hizo algo que ninguna "sirvienta" le hizo a un rey. Un puñetazo llegó directo a la cara de Zuko, más específicamente entre los ojos, haciendo que se callera rápidamente de la silla. Un golpe duro resonó la habitación.
-En vez de lloriquear ¡Haz algo! ¡Es tú nación la que empezó la guerra! ¡Es tú hermana la que mató a los maestros aire! ¡Es tú amigo el que está postrado en una cama para salvar tú vida! ¡Lo único que haz hecho es quejarte y echarte la culpa! ¡Zuko, reacciona! – Gritó Katara como jamás lo había hecho.
Zuko estaba en el suelo viéndola con la boca abierta. Por primera vez Katara le vio una cara diferente al señor del fuego, esta parecía enojada. Se paró de inmediato al frente de ella con las cejas mirando al suelo, Katara ya estaba esperando el castigo que le daría un rey a una sirvienta irrespetuosa, cerró los ojos pero el golpe nunca llegó. Katara los abrió lentamente, su expresión facial era otra. Una sonrisa, una triste, pero sonrisa después de todo. Zuko la abrazó. Confundida, también lo hizo.
-Supongo que gracias. Fue lo suficientemente fuerte como para poner mis ideas en la dirección correcta.- le susurró. Katara no sabía si reír o llorar.
Ambos forjaron una amistad tan rápidamente que ni siquiera se dieron cuenta.
Zuko y Katara sabían que Aang tenía que estar al tanto lo de su pueblo. Que estaban muertos y que acababa de empezar una guerra mientras ellos estaban en el polo sur, pero los problemas más graves eran el Avatar en sí. La salud de Aang no era el mejor, su herida aún no sanaba completamente, y lo otro era su "Estado Avatar", capaz de destruir toda la Tribu Agua del Sur y empeorar mucho más la herida. Lo último que querría un mundo en guerra es que muera su salvador a causa de falta de auto control. No tenían ningún plan ni estrategia. ¿Cómo alguien le podría contar a otra persona que todos sus seres queridos están muertos? Era una idea dolorosa y turbadora, pero había que hacerlo y Zuko decidió que él seria el locutor de la tragedia.
Él entro por puerta de la Casa de Curación junto a Katara. El ambiente en sí olía a muerte. La maestra agua recordó los gritos de pánico de su madre, cuando fue asesinada por un desconocido. Un dolor inmediato le atravesó el corazón. ¿Como él va a soportar todo esto? Pensó. Por un segundo, Katara se le paso por la mente no decirle a Aang, pero lo anuló al siguiente momento.
Ambos estaban al frente de la puerta de Aang y ninguno de los dos estaba más listo que él otro.
-Quédate aquí. – Le ordenó Zuko a Katara, ella le obedeció.
Zuko entró y se encontró con el Avatar de pie mirando por la ventana. Las vendas alrededor del tórax ocultaban perfectamente la herida.
Aang sintió el abrir de la puerta pero no giró la cabeza, aunque no sabía realmente quien era el que estaba a sus espaldas.
-Esta nevando mucho y muy fuerte. – Dijo sin esperar una respuesta. Giró la cabeza y encontró a Zuko. – ¡Hey Zuko! No te había visto en un tiempo. ¡Mira me creció hasta el pelo!
Zuko miraba el suelo, no se atrevía verlo a los ojos. Aang notó algo raro.
-Zuko, amigo. ¿Qué te pasa? – Dijo acercándose a él, preocupado. – ¿Mai te mando una carta amenaza de nuevo?
-Aang – Dijo. Su voz, más que triste o seria, parecía oscura. – Deberías sentarte. Tengo que hablar contigo.
-¿Paso algo grave?
-Solo siéntate, por favor.
Aang le hizo caso. Mientras, Katara estaba con la oreja pegada a la puerta, de rodillas llorando silenciosamente. Esperando el maldito momento en el que Zuko le decía lo de la tragedia.
-Aang, lo que te estoy apunto de contar te aseguro que te dolerá, pero por favor tómatelo con la mayor calma que puedas – Escuchó.
¿Cómo se supone que iba hacer eso? Pensó Katara.
-Zuko me estas asustando. – Informó Aang. Pensó en los días anteriores si podía encontrar una pista. – ¡Katara! ¿Le paso algo verdad? ¡Una curandera vino hace rato para llevársela! ¿Esta bien, verdad?
-No te preocupes de Katara. Ella no tiene nada que ver con esto. – Contestó con presión. Afuera, Katara se sorprendió con la reacción.
-¿Entonces que es Zuko? – Preguntó, algo molesto por no ir al punto de inmediato.
-El terrorista habló. Costó, pero al fin le sacaron algo y me temo que son unas terribles noticias, Aang.
El Avatar se quedó expectante.
-Azula tomó el poder de la Nación del Fuego en mi ausencia e inició una guerra. –
-¿Qué? ¡Eso es terrible! Tendremos que irnos de inmediato para sacar a tu hermana chiflada del trono – Dijo Aang con urgencia. Luego advirtió el rostro de Zuko. – Eso no es todo ¿Verdad?
Aang lo miró suplicante, como si alguna vaga idea sabía lo que realmente estaba pasando. El ambiente de la habitación se hizo pesado. Zuko no sabía como decirle, pero encontró unas palabras vagas en su perturbada mente.
-Tu gente, Aang – Dijo finalmente. Su voz se quebraba. – Los maestros aire, Azula los mató a todos.
Katara escuchó aquella frase y no lo podía creer que sí se había atrevido a decirlo. Rápidamente entró y vio a Aang, con los ojos muy abiertos mirando hacia el infinito.
-Es broma… ¿Verdad? – Dijo el Avatar, medio riéndose para amortiguar el dolor recién encontrado. – Zuko, no bromees con eso, por favor. Dime que es una mentira.
Zuko lo miro con tristeza.
-¿Gyatso esta muerto? ¿Mis amigos están muertos? – Pregunto a lo inexistente, en un abismo del dolor y locura.
-Lo siento – Zuko no encontró ningún consuelo mejor en su pequeño arsenal de palabras.
Katara sintió una presencia extraña en la habitación. Aang se paró tambaleante, luego cerró los ojos rápidamente y al cerrarlos, estos soltaron ríos de lágrimas y su boca vomito un grito desgarrador que resonó con millares de voces. Ya no era él.
El viento, en un segundo, se concentro solo en esa habitación, como si fuera un tornado encerrado en una pequeña caja y Aang estaba justo al medio, destruyendo todo. Zuko salió impulsado afuera de lo que quedaba de la casa y aterrizo en un puñado de nieve mientras que Katara se había sujetado del marco de la puerta que se negaba a caerse por el viento. Nunca había visto a alguien con más pena plantada en su rostro, sus lagrimas recorrían toda su cara hasta que él mismo viento se las llevaba.
-¡Aang! – Gritó su amiga - ¡Aang, por favor escúchame!
El espíritu del Avatar la observo con una tristeza insoportable, como si ella fuera la culpable de todo. Camino lentamente hacia Katara, mientras que la dificultad del viento iba aumentando cada vez más. Katara, en un loco intento por calmarlo, se sujetó de él por su cuello, con fuerza. El viento iba a mayor intensidad, ha estas alturas toda la tribu sabia lo del Estado Avatar y en consecuencia estalló una multitud confundida.
-Aang, ¿no me sientes? Estoy a tu lado. – le susurro, a pesar del ruido que hacía el viento alrededor.
Ráfagas de aire golpeaban duramente a Katara haciendo que ella se aferrara aún más al cuello del Avatar.
-Aang, detente. – Suplicó sollozante. – Por favor. Detente.
El Avatar gruño en el dolor, el sonido se asemejaba al ruidito chillón que hacía un perro al momento de que lo atropellaran para luego morir.
Katara no pudo soportarlo más y acerco la cara de su amigo con la de ella con dificultad. Sus labios se rasparon entre si y ella le susurro una vez más:
-Para, por favor. Hazlo por mí.
Aang al fin captó el mensaje y se detuvo lentamente. Sus tatuajes dejaron de brillar y llegaron a un color celeste pasivo, sin embargo, aunque él había dejado de estar en Estado Avatar sus gritos de dolor y tristeza aún hacían eco en todo el Polo Sur mientras que Katara lo abrazaba con fuerza.
-Estoy aquí, Aang. Siempre estaré aquí, a tu lado. – Katara le susurraba con angustia al chico dolido, mientras que acariciaba su pelo.
-Katara…- Gimió desesperanzado.
Ella le beso la punta de la flecha en su frente, abrazándolo. Sin querer nunca soltarlo.
A pesar del tormento que estaba pasando Aang, él disfrutaba estar tan cerca de aquella chica.
