―Pero, ¿por qué? ―preguntó Aioros mientras su madre lo bajaba de la cama y le sacaba la camiseta con la que dormía.
―Porque yo lo digo ―contestó ella rápidamente, mientras preparaba otra camiseta para ponérsela.
―¿Por cuánto tiempo? ¿Adónde? ―inquirió mirando que su madre no tenía el camisón, sino un vestido negro, de esos que había teñido en las tardes anteriores.
―Para siempre. Nos largamos de aquí.
―Pero, ¡mamá! ¿Cómo nos vamos a ir para siempre si yo tengo que entrenar para ser caballero?
―Termina de vestirte ―dijo la madre, entregándole el resto de la ropa―. No tienes que ser caballero ―agregó, poniendo una pequeña maleta color café sobre la cama.
―Pero ser caballero es mi destino ―dijo el niño que, sentado en la cama, se detuvo en el proceso de ponerse los pantalones para observar cómo su madre sacaba algunas prendas del arcón para ponerlas en la maleta.
―Eso es lo que te hemos dicho ―replicó ella―. ¡Apúrate! ―exclamó al ver que el niño se quedaba mirándola―. Pero puedes ser cualquier cosa ―agregó, acercándose a la cama de su hijo.
En el alféizar de la ventana estaban los juguetes de Aioros. Tomó tres. Metió el minúsculo oso de peluche en primer lugar, en una esquina de la maleta.
―Te gusta mucho este camión, ¿no? ―preguntó, enseñándolo antes de meterlo en la maleta.
―Sí.
―Te lo dejó tu padre por tu cumpleaños número siete. ¿No te gustaría conducir uno de verdad? O tal vez ser policía ―agregó, mostrando y luego tratando de encajar una patrulla de policía de latón en la maleta, sin éxito.
―El Patriarca se va a enojar ―dijo el niño, terminando de ponerse los zapatos.
―El Patriarca no se va a enterar ―repuso Néfele, cerrando la maleta y tomándole el peso.
Parecía manejable. Se sintió ligeramente extraña, pero no le dio importancia, no había tiempo: esto tenía que ocurrir esa noche, mientras su hijo mayor aún no empezaba su entrenamiento y su hijo menor aún no salía de ella. Sólo tenía dos manos: una para la maleta, la otra para el hijo. La luna alumbraba lo suficiente, aquello también era una ventaja.
―¿Estás listo?
―No me quiero ir ―dijo el niño, tímidamente, sentado aún en la cama―. Quiero quedarme, para ser un caballero y proteger a Athena y a ti.
―Escucha, Aioros ―dijo Néfele acercándose, con la maleta. El niño se echó ligeramente hacia atrás, pero el tono de su madre no era tan amenazante―. Si nos quedamos, te van a separar de mí. No podremos vernos, no verás a tu hermanito. No volveré a verte hasta que te hagas caballero. ¿Quieres eso?
Por un trémulo instante, Néfele tuvo miedo de la respuesta, viendo que la marca en la mejilla de su niño aún no se borraba. Para su alivio, Aioros la miró angustiado y negó con la cabeza pronunciadamente, antes de echarle los brazos al cuello.
―Ya, está bien ―dijo ella, tironeándolo para que la soltara y tomándole la mano―. Nos vamos entonces. Tenemos que caminar rápido y en silencio, ¿de acuerdo? Nadie nos puede ver.
―¿Adónde iremos?
―A Rodorio. Iremos a la estación de Rodorio y le pediremos a un taxi que nos lleve a Atenas. Y después, iremos adonde podamos. ¿Vamos? Calladito, ¿eh?
Aioros asintió y se puso en marcha. Néfele apagó la vela y echó un último vistazo a la casa antes de salir, a modo de despedida.
Caminó como dijo, rápidamente y en silencio. Y no sólo sus pies se movían rápido: su mente aceleraba a toda velocidad por las partes de su plan improvisado. No tenía mucho dinero. Tenía como para pagar el taxi hasta Atenas y quizás vivir unos días. Pero tenía algunas joyas: los anillos de compromiso, la cadena que Patrick le había dado era de plata, la diadema de matrimonio era de oro. Tenía un brazalete y unos zarcillos. Lo vendería todo, para mantenerse hasta lograr vender la casa de Rodorio. Siempre supo que sería útil quedarse con la escritura de la casa. Y luego se iría lejos con sus niños. Quizás Albania o Chipre. Hasta que lograra hacer todo eso, tenía confianza en que no le faltaría dónde quedarse: había traído varios niños al mundo a bajo o nulo costo, cuando era partera. Sabía que habrían familias agradecidas que podrían refugiarla, y recordaba varias direcciones.
El problema era salir del Santuario. Tonta, tonta, tonta mujer, nunca se había fijado en los turnos y ubicación de los guardias. Nunca había sido necesario. En realidad lo era, lo que pasaba era que el que necesitaba saber cómo vulnerar la seguridad del Santuario era Aléxandros, no ella. Y ella, además, carecía de los poderes de su esposo. Así es que en ese tenso silencio, se fue rezándole a Dione bendita, para que les permitiera salir del recinto sanos y salvos y para que el hijo nonato se comportara, porque habían molestias dibujándose. El dolor de espalda no la abandonaba.
―Por aquí no ―dijo Aioros parándose de pronto.
―Shhhh, callado ―respondió la madre, tratando de continuar la marcha, pero el hijo permaneció en su sitio.
―Esta es la puerta del Santuario que da a Rodorio ―dijo Aioros en voz baja, antes de que su madre se impacientara―. Simón me ha dicho que tiene muchos guardias.
―Ah… ―murmuró Néfele―. ¿Entonces qué hacemos?
―Tal vez sea más fácil por el lado de la costa.
―Mucho roquerío.
―Pero menos guardias.
Intercambiaron una mirada de inteligencia.
―Tal vez resulte ―susurró Néfele con una sonrisa corta y nerviosa.
Cambiaron de dirección. Caminaban rápido, pero con cautela. Después de todo, sólo tenían la luz del primer día de luna menguante. Y ella iba sintiendo más y más ganas de caminar más lento. Sus piernas hinchadas no respondían con la rapidez que ella quería. Y, gracias a la enorme barriga, no siempre podía ver sus pies. De modo que el hijo caminaba adelante, guiando y casi tirando. La incomodidad, el dolor y los nervios se acrecentaban.
―¡Mamá, ay! ―reclamó Aioros de pronto, pues su madre le había ido apretando la mano hasta lastimarlo.
―Oh ―dijo ella, pero de inmediato tuvo la sensación de que no estaban solos, así es que le hizo señal de silencio.
Caminaron con mucha lentitud, como reptando durante algún trecho, hasta que ella se sintió más segura y volvieron a subir la velocidad. Más tarde, en el mismo momento en que una nube solitaria cubrió la luna, Néfele volvió a tener la sensación de que era observada, así es que jaló a su hijo hacia una columna y reiteró la señal de silencio. La nube pasó y la presencia con ella. Reanudaron la marcha. La sensación de ser observados reapareció a poco andar. Parecía que alguien se movía a cierta distancia, en una línea paralela a la suya. Costara lo que costara, Néfele apuró el paso, casi al trote. Se acercaban a las fronteras del Santuario, podrían lograrlo si esquivaban a quien fuera que los seguía.
Ya podían escuchar el mar a lo lejos, cuando, a la vuelta de una cabaña abandonada, se toparon a boca de jarro con un guardia, que, distraído, terminaba de arreglarse la ropa, luego de haber orinado. Cambiaron de dirección bruscamente, pero, como era lógico, el guardia los vio.
―¿Señora Eustratios? ―preguntó.
Néfele no contestó, sólo apuró el paso, respirando más sonoramente de lo que quería para controlar sus sensaciones. El guardia, en principio, se encogió de hombros, pero luego reparó en la presencia de Aioros y de la maleta.
―¡Hey! ¡Señora! ¿Adónde va? ―exclamó, y al no obtener respuesta, tomó la antorcha que había dejado clavada en el suelo y comenzó a caminar a su zaga.
A esas alturas, madre e hijo trotaban, tan rápido como su condición le permitía a la mujer.
―Deténgase ―dijo el guardia, muy cerca de ellos y, en seguida escucharon un silbido.
Volvieron a toparse con un guardia y a desviar el curso, y luego con otro, como si hubiesen brotado de la tierra. Néfele abrió la boca, pero no le salió la voz al notar que un cuarto guardia aparecía. Era Simón. Estaban acorralados.
Aioros se situó inmediatamente delante de su madre, de la panza materna, al ver las antorchas acercándose. Los miró con fiereza, pero esperó en silencio. Eso parecía querer decir la mano de su madre en su hombro.
―¿Qué hacen circulando por el Santuario a esta hora? ―preguntó Simón, con parsimonia y cierta amabilidad.
Néfele no contestó. Aioros la miró hacia arriba, como preguntando qué tenía que hacer. Ella sólo lo tomó del brazo y lo jaló para colocarlo a su espalda. Los guardias se acercaron un poco más, ella retrocedió, aún en silencio.
―¿Por qué la maleta? ―preguntó otro guardia―. ¿Van a algún sitio?
El silencio se mantuvo.
―Néfele, tú sabes que el niño no puede abandonar el Santuario sin una autorización ―dijo Simón en tono compasivo―. Podemos escoltarlos a su casa y todos quedaremos tranquilos.
La mujer aún caminó un par de pasos, en la dirección que se veía más libre.
―Entréguenos al niño, señora ―dijo un guardia acercándose bastante.
Néfele se volvió hacia su hijo.
―ἀποδιδράσκε (1) ―le dijo al niño en secreto, en griego antiguo.
El la miró con grandes ojos.
―τανῦν (2) ―agregó la mujer.
Sólo entonces el hijo se despegó de ella para alejarse un par de pasos. En el momento en que el guardia que se había acercado hizo un movimiento para atraparlo, Néfele le dio un maletazo y Aioros soltó la carrera. Al que quisiera perseguirlo le llegaba un maletazo.
―Néfele, no queremos hacerle daño, detenga esta idiotez ―dijo Simón, antes de lanzarse en persecución de Aioros, que paraba cada cierto rato para mirar a su mamá.
Fue cosa de menos de un minuto, en que finalmente la maleta se abrió y Aioros, que seguía cerca, sin querer alejarse de su madre, fue cazado. Viendo el juego perdido, Néfele se agachó a recoger las cosas, para evitar que la ropa la delatara. Como si la maleta ya no hubiese delatado lo suficiente su intención. El guardia recogió la bolsita con joyas. De un zarpazo, ella se la quitó, él volvió a arrebatársela y ella se la volvió a quitar. Al cerrar la maleta, una idea cruzó por la mente de la mujer. Hizo bailar la bolsita con joyas, que tintinearon delatando lo que eran. Miró con inteligencia a los tres guardias que no conocía. Uno de ellos parecía especialmente interesado.
―Lleva ropa suya y del niño ―dijo otro de los guardias, dirigiéndose a Simón―. Esto es un intento de fuga. El niño será caballero, la deserción se castiga con la muerte.
―Es un mal entendido ―respondió Simón, entregándole el niño a otro guardia, para acercarse a la mujer―. A ver esa maleta.
―Simón, por favor ―dijo Néfele quitando la maleta de la vista del guardia.
―Señora, entregue la maleta ―dijo otro guardia tomándola del brazo.
―¡No toque a mi mamá! ―exclamó Aioros forcejeando contra la mano de hierro que lo sujetaba y dando puntapiés en las canillas al guardia.
―¡Chiquillo del demonio! ―clamó el guardia, zarandeándolo bastante fuerte.
Al oír protestar a Aioros por el dolor, Néfele se encegueció.
―¡Quítale la zarpa de encima a mi hijo! ―gritó y de un empellón se sacó de encima a Simón quien, desprevenido, cayó sentado―. ¡No te atrevas, malnacido! ―agregó la mujer, arrojándole la maleta.
Aioros escapó de ese guardia, para ser sujetado de inmediato por otro, mientras aquél seguía recibiendo bofetadas y manotazos. Un tercer guardia jaló a Néfele del brazo, haciéndola retroceder hasta caer pesadamente sobre sus rodillas.
―¡Mamá! ―clamó el niño con todas sus fuerzas, lanzándose hacia ella, pero siendo frenado por la mano que sujetaba su brazo.
Miró al guardia hacia atrás. Sus ojos se poblaron de luz, antes de hacerse soltar, como quien suelta un hierro candente. El brillo en sus ojos no lo abandonó al ir a abrazar a su madre, que jadeaba de rodillas en el suelo.
―Hay que llevarlos con el Patriarca ―dijo uno de ellos, ayudando a Simón a ponerse de pie.
―Eso no será necesario ―dijo una voz desde una pequeña altura.
Néfele hizo un movimiento de espanto, y de inmediato se detuvo, como si algo le hubiese pasado.
―Mamá, te hiciste pipí ―dijo Aioros, mirando la humedad que teñía la tierra.
La mujer abrió los ojos en el paroxismo de la tensión. Jadeó más fuerte, sujetando su vientre. Sólo alzó la vista para encontrarse con el dueño de aquella voz.
―Montón de ignorantes ―dijo Patrick―. ¿Que no ven que la señora lo único que quería era irse a un hospital decente a parir? Ahora, miren nada más lo que han hecho. Habrá que arreglar las cosas para que dé a luz aquí, porque en su condición y de noche no alcanzaremos a despacharla a tiempo, tendría al niño por el camino.
―Llevaba una maleta ―dijo uno de los guardias.
―Obviamente, no se marcharía al hospital con lo puesto ―respondió Patrick, recogiendo la bolsita de joyas.
―El niño no puede salir del Santuario ―dijo otro de los guardias.
―Pero qué crueldad más grande, privar a un muchacho de acompañar a su madre al hospital ―replicó el irlandés, recogiendo ahora la maleta, que había quedado tirada por ahí.
―Nos atacó, usando esa maleta.
―Si ustedes tuvieran semejantes retortijones, ¿no creen que se pondrían de igual mal humor? ―dijo aún el forastero, con una nota jocosa, mientras se acercaba a Aioros―. Toma muchacho, pon la bolsita adentro. Bonitos ojos.
Aioros lo miró aún de esa forma en que parecía que iba a quemarlo, para pestañear luego y borrar todo rastro de lo que fue aquello. Recibió la maleta con desconfianza, como un animalillo asustado y obedeció maquinalmente.
―Le preguntamos qué era lo que se proponía y ella no respondió ―explicó uno de los guardias―. Le dijo algo al niño en otro idioma y el niño salió corriendo.
―Le dijo "ve a buscarme unos calzones, que me estoy meando" ―apostilló Patrick abriendo los brazos―. Ustedes son unos brutos, en serio. Cómo se nota que en esta orden faltan las mujeres. Gracias a esta fiesta de salchichas, ninguno de ustedes sabe cómo tratar a una mujer, ni cómo se comportan.
Néfele se sujetó fuertemente de la ropa del hijo, pero guardó silencio.
―Tan sólo imagínenselo ―continuó Patrick―. Un enorme duende, de ese porte ―señaló a Néfele―, saliendo de tu pobre vagina. Bueno nosotros no tenemos vagina, es difícil imaginárselo, ¿no?
―¿Por qué no te callas? ―dijo Néfele con impaciencia y la voz algo apretada, mientras observaba la expresión perturbada de los guardias.
―Aye, aye ―replicó el irlandés, agachándose para acercarse a ella―. ¿Te puedes parar, mujer globo?
Néfele lo miró enfadada y aceptó en parte su ayuda, aunque apoyó mucho de su peso en el hijo, que hizo lo posible por portarse a la altura: se puso firme y se sintió importante de ayudar a su madre. Una vez de pie, la mujer aún tambaleó un poco, inclinándose hacia Patrick, resoplando entre los movimientos torpes que el dolor le permitía.
―¿Puedes caminar? ―preguntó el hombre―. Bueno, no importa ―agregó y, sin esperar respuesta, levantó la mujer del suelo.
―¡No! ¡No me toques! ―protestó ella, revolviéndose cuanto podía.
―Llevaré a la señora a su casa ―dijo Patrick, ignorándola―. Supongo que habrá que traer una partera.
―Con alguna doncella del Santuario debería bastar ―apostilló un guardia.
―¿Y qué más van a saber esa sarta de vírgenes? Nunca les ha entrado nada por ahí, ¿cómo van a saber sacar algo por el mismo camino? ―articuló el irlandés, apartando la cara de los golpes de Néfele.
―¡Bájame! ¡Esto no es necesario! ―exclamaba ella.
―Cállate y agradece que te salvé ―dijo Patrick entre dientes, luego de alejarse unos pasos―. Vamos, muchacho ―añadió en voz alta, vuelto hacia Aioros, una vez que la madre se hubo calmado un poco―. No querrás perderte el nacimiento de tu hermano.
Aioros, a pesar de todo, sonrió y cargó la maleta para seguirlo.
―Para traer una partera habría que pedir la autorización del Patriarca ―dijo Simón, siguiendo a Patrick, mientras sus compañeros lo imitaban.
Patrick miró en ambas direcciones.
―Pues bueno, vayan a pedirla, el camino al Templo Mayor es largo y esta mujer necesita ayuda, no escolta ―dijo.
―Luego de lo que pasó, no nos podemos fiar, señor, lo siento ―respondió uno de los guardias.
―Entiendo, pero de más lejitos, ¿de acuerdo? Digo, pobre mujer, le gotea líquido del juju y hay un montón de hombres a su alrededor, un poquito de por favor, ¿ok?
Hubo intercambio de miradas de inteligencia -y de asco- entre los guardias. Simón le hizo señas a otro para enfilar hacia el Monte Sagrado, no sin antes darle una palmada en el hombro a Aioros, quien no reaccionó del todo bien a ella. Los dos guardias que los escoltaron, lo hicieron a una distancia prudente, yendo uno por delante, alumbrando el camino.
―¿Hablas el griego antiguo? ―susurró Patrick en ese idioma, mientras caminaba, con la mujer en brazos y el niño a su zaga, sujetando la maleta con ambas manos.
―Sí ―respondió Néfele en la misma lengua.
―Qué tontería más útil en esta situación saber una lengua muerta, ¿no? (3)
―¿Cuánto rato llevabas siguiéndonos?
―Desde que pasaron frente a mi cabaña. Todavía no me adapto a las diferencias horarias entre mi isla y este lugar, no podía dormir. ¿Qué pretendías?
Néfele guardó silencio.
―Arriesgaste la vida, mujer tonta. Estás viva sólo de milagro.
―Y por poco tiempo ―apostilló ella con pesadumbre―. No sé qué será de mí ahora, los guardias…
―Yo hablaré con ellos ―sonrió Patrick, con gesto simple.
Néfele lo miró un momento. El gesto eran tan campesino como el de su esposo.
―¿Sacarías a mi hijo de aquí? ―dijo, con un hilo de voz―. Para poder irme con la seguridad de que al menos uno se salvó.
―Sabes cuál es su destino ―replicó el hombre sin mirarla.
Ella se encogió en ese momento y sujetó en puño cerrado el hombro de la camisa del irlandés, en absoluto silencio. Patrick observó el estoicismo con el que pasó toda la contracción, sin emitir queja ni lágrima alguna, respirando profundo. Cuando le pareció que había pasado, arregló su carga para sujetarla con mayor cuidado. Néfele lo miró y él también le otorgó una mirada larga, profunda y sincera.
―Ahora sé por qué Alex consideró que valía la pena pelear tan obstinadamente hasta el minuto mismo de su muerte ―dijo, con una sonrisa.
(1) Transliterado sería Apodidráske, "huye".
(2) Transliterado será Tanún, "ahora". En griego moderno se dice sólo "nún".
(3) El griego antiguo y el moderno tienen diferencias de pronunciación y vocabulario, así es que es distinto hablar uno o el otro.
