Por la senda de la oscuridad
VII
-------------
-------------
…Por eso el pasado no se va nunca. Es como el perpetuo persecutor, el perpetuo juez, el perpetuo verdugo…
Y suspiró.
Eran dos líneas y un cuarto. Era lo PRIMERO que podía escribir en medio de un mes de tormento indescriptible. Y lo primero decente, encima.
–Que me pongan el himno nacional…–se levantó de su silla, estirándose un poco y oteando hacia la negrura de la montaña y de la noche. Volvió a la carta de su madre, y la repasó solo hasta la mitad. Sentía un misterioso nudo en la garganta cada vez que la leía.
Siempre consideró que la nostalgia es el peor enemigo de un ser humano que pretende ser medianamente ecuánime, estable y que no tenga una cabeza disfuncional. Por supuesto, ese no era el cuadro de su descripción: no era ecuánime, era tan estable como el Vesubio en sus buenos tiempos, y su cabeza…pues, para decirlo de alguna forma, hacía lo que le venía en gana. Para la muestra, un botón: su rebelde inspiración.
Pero su madre…era un caso aparte.
No le había jurado odio eterno, pero estaba más que convencido que no volvería a verla hasta que alguno de los dos estuviese six feet under. Ahora, trece años después, apareció. Y con ella, las memorias de una familia que dejó anclada en su China natal, junto con las peleas diarias, los eufemismos de sus hermanas y la paciencia de su mayordomo. Recordó entonces una frase que él mismo se había acuñado, en un momento de lucidez total.
–Si la vida no colabora…es porque no va a colaborar. Amen.
Recordó el día en que se fue de su casa para no volver. Una pelea donde su madre quiso poner condiciones, y él, potro indomable, prefirió largarse del redondel antes que someterse. Locuras de juventud…
Pero ahora su madre quería verlo; y no sabía si era por que ya no pensaba con la cabeza equivocada, pero percibía un dejo de sinceridad en su progenitora. Su intuición le decía que, por primera vez en más de una década, podría sentarse con su madre, tomarse un café, quizás echar un par de chanzas y ponerse al día en noticias.
Pensó un momento.
Okay…quizás no echaran algunas chanzas, pero por lo menos podrían hablarse como un par de adultos civilizados. Sin procurar liquidarse empleando armamento poco convencional como los cubiertos de la mesa, o un plato convenientemente arrojado. Bostezó un poco, y se resignó a no romper su plusmarca de una línea y un cuarto, recientemente instaurada. Apagó su ordenador y salió, tallándose el cabello, pensando en…
Un minuto. ¿Quién apagó la luz en el estudio?
Se volvió. El estudio permanecía sumergido en su inerme oscuridad; y un aprensivo sentimiento lo sobrecogió inmediatamente. Maldijo en su fuero interno el ver con tanto ahínco las historias de ultratumba que daban los jueves en Discovery Channel. Apostaba los pantalones a que algo había ahí. Algo malo había dentro de ese cuarto.
Respiró profundamente, y regresó al marco de la puerta del estudio. Dentro, todo permanecía igual de oscuro; encendió la luz…y el bombillo trajo algo de iluminación a todo el cuarto. Nada que lamentar.
Hasta que el pocillo que tenía su bendito café empezó a moverse solo…y Shaoran, sin saber muy bien qué hacer, trastabilló hasta caer sobre su traste. Sentado y espantado.
–Que mi…erda…–dijo para la posteridad. Luego se paró…y se largó de allí a su habitación, urgido como nunca de algo de compañía.
En medio de sus temblorosos desvaríos, deseó con toda su alma estar con alguien en esa enorme casa, en esa enorme cama; alguien que pudiese ponerle un poquito de tranquilidad a su atribulada vida…y, por demás, que le dijera que no había fantasmas en su casa. Y con todo, se le ocurrió que Sakura sería una persona ideal para ese puesto vacante.
-------------
-------------
Vancouver. 18:45.
–¿Crees que vaya a venir? –preguntó Feimei, mirándose las uñas– ¿y si se perdió la carta?
Las cuatro hermanas exhalaron un suspiro. Habían tramado esa reunión…para que se cayera de semejante forma. Su hermanito pequeño, mundialmente famoso; sabían las implicaciones que tenía el que se encontraran, pero no había otra forma. Los dos eran demasiado orgullosos, y Shaoran cargaba con el temperamento de cientos de generaciones Li.
–Es como papá. Hacía temblar al universo con uno de sus arranques. –murmuró Shiefa. Fanren sólo miraba discretamente a su progenitora, sumergida en el más profundo de los silencios.
–Morirá de un paro cardiaco si sigue por ese camino –convino Fuutie, tallándose el cabello y mirando distraídamente su reloj Bulgari– es algo tarde ya…
De repente, todo el lugar exhaló a una sola vez. Ellas se volvieron, para ver como un muchacho alto y corpulento entraba, entregándole su abrigo al mesero que amablemente le indicaba el camino. Las cuatro mujeres sintieron que la sangre les huía del rostro.
Era Shaoran. Hecho y derecho.
Por su parte, el chico ni bien entró sabía dónde estaban sentadas. Cuatro mujeres inquietas y una quinta tan pasiva como las hojas al viento. Era lo que podía recordar de su madre, cuando no estuvo…bueno, para qué mencionarlo.
Se detuvo a unos cuantos pasos de la mesa. Ni bien hizo esto, Ieran Li movió su rostro hasta donde su hijo se hallaba de pie.
–¿Quieres tomar asiento?
Shaoran se sentó. Sólo eso y nada más.
–Hola mamá. Fanren, Fuutie, Feimei, Shiefa…hola para ustedes también.
Pero no hubo una respuesta de sus hermanas. Sólo su madre contestó.
–Trece años y aún no saludan…–susurró.
–Ha pasado mucho tiempo, hijo. No puedes esperar que todo sea así como así.
Auch. 1-0, ganando mamá.
–De acuerdo. No es que precisamente esperara volver a ver…nos. Juntos.
–Por favor, Shaoran. Sé que no nos comportamos bien contigo, pero ya ha pasado suficiente tiempo… –declaró Feimei
–Si, lo sé…yo aún sigo en mi racha.
–¿Racha? –preguntó su madre, levantando la mirada desde su copa de agua hasta su hijo, que le miraba igualmente.
Un gesto de asentimiento de parte de su interlocutor.
–No me gustaría pensar que no tienes ninguna clase de poder sobre tu vida…–murmuró Ieran, dándole un sorbo a su copa.
Ay, ay, ay. 2-0, gana mamá, pero la bestia se revuelve en los cavernosos adentros de Shaoran.
–¿Qué insinúas? –fue la única respuesta de Shaoran, haciendo un esfuerzo-pletórico-cuasidivino para contenerse.
La madre de Shaoran dejó la copa, se limpió los labios y le miró fijamente. Al mejor estilo Li. Las otras cuatro mujeres se convirtieron en espectadoras de lujo de un duelo que se asemejaba a esos espectaculares partidos entre Pete Sampras y Andre Agassi.
–¿Alguna vez leíste Edipo Rey?
–Como cincuenta veces.
–Muy bien. ¿Qué recuerdas de la historia?
–Le profetizan al rey Layo que sería asesinado por su hijo, y que se quedaría con Yocasta, su esposa. Sófocles en serio era muy imaginativo.
–¿Recuerdas la parte cuando Yocasta tiene a Edipo?
–Layo envía a uno de sus sirvientes a liquidarlo.
–¿Y lo liquidaron?
–No. El sirviente no quiso hacerlo.
–Exactamente. El sirviente decidió no hacerlo –dijo, haciendo todo el énfasis en la palabra–. La vida es así, Shaoran; tú decides qué hacer, qué no hacer, cuándo hacerlo y por qué hacerlo. Las rachas no existen, sencillamente le pones otras palabras a no poder controlar tu vida. Ten eso en cuenta.
El muchacho quedó mudo de sorpresa. O quizá de miedo. Tal vez de tristeza. En todo caso, no dijo nada, porque muy dentro sabía que su madre tenía razón. ¡Si hasta su inspiración había tenido el descaro de decírselo!
–Hay algo que debemos decirte…–convino entonces Feimei, ante el silencio sepulcral de la mesa entera.
Algo puso en alerta amarilla a Shaoran. Algo no le estaba gustando.
–¿Qué pasa?
–Shaoran…Wei murió la semana pasada.
El mundo, con un derrape salvajísimo, se detuvo.
Shaoran respiró profundo y le miró, queriendo decirle algunas palabras, pero no fue capaz. Su mente se resistía a creer semejante noticia, siendo como era él lo más cercano a una figura paterna que pudo tener en su infancia. La persona que se encargó de cuidarlo en sus días más aciagos...
–¡Shaoran! –le llamó Fanren– ¡SHAORAN!
Sin siquiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, se incorporó y les dio la espalda. Salió del restaurante y llegó hasta su camioneta. Por el cielo, se veía el arribo de oscurísimas nubes de lluvia. Y la primera lágrima corrió rebelde por su mejilla hasta perderse en su mentón. Subió con paso dubitativo, y se sentó en la silla del conductor. Apoyó la frente contra el volante…y lloró, tan amargamente como pudo. Lloró su dolor, sus recuerdos, su vida entera de ser necesario, pero ahora todo le dolía; de un momento a otro cada cosa tenía una espina que se incrustaba una y otra y otra vez en su corazón.
Con un movimiento autómata, extendió la mano hasta el encendido. Giró la llave, y salió, despacio. Avanzaba al ritmo de sus recuerdos. El día que Wei lo ayudó, cuando le entrenaba, cuando le aconsejaba…
Y él, oh imbécil de imbéciles, no fue capaz de estar con él en las postrimerías de su vida. Con el último semáforo se quedó su tranquilidad, porque ni bien salió a carretera, comenzó a acelerar, presumiblemente tratando de huir de los recuerdos que hasta hace un par de cuadras le acompañaban. Con él, llegaba el vendaval, haciendo de la visibilidad un lujo con el que no estaba contando. Entre las lágrimas represadas y las gotas de lluvia contra el panorámico, el solo hecho de no estampillarse contra un árbol constituía un milagro.
Sin embargo, la Trailblazer iba en tercera. Tres mil revoluciones, 100 kilómetros por hora. Shaoran estaba caminando por la cornisa.
Y, para peor, la cornisa estaba bien mojada.
Pero hoy no era día para chistecitos. Se orilló, justo donde siempre lo hacía. Sin pensar siquiera en el momento y la circunstancia, donde la lluvia caía a raudales. Era como si las fuentes del cielo se hubiesen abierto, en un clarísimo signo de piedad para acompañarlo en su duelo.
Se bajó, y cerró la portezuela. Su ropa, carísima, estaba convirtiéndose en el asemejo de un pollo mojado.
Y embarrado, para peor, porque comenzó a avanzar hacia la arboleda. Ese lugar que era una especie de templo del silencio para él. El reducto prohibido, donde se sentaba y podía hablar con su soledad, su propio silencio. Era por este tipo de cosas que se decía que estaba medio demente.
Pero –una vez más– eso no importaba. Su dolor era TAN grande…tan grande…
Llegó a los pies de un enorme ciprés. De por lo menos cien años de antigüedad, y por sus ramas nudosas, se escurrían gotas de agua helada; el viento arreciaba feroz con cada hora. Sus rodillas cedieron al peso de su cuerpo, y se abrazó al tronco del árbol, llorando a grito herido. Como si el cuerpo de aquel vegetal fuese un asidero, el único con el que podía contar en ese momento. Donde revelaba el pesar de sus días, el tormento de sus noches…
Luego de sufrir como mil eternidades, decidió regresar. A paso lento, como si estuviese cansado de vivir.
Arribó al seno de la trailblazer, y se percató de que estaba hecho una sopa. Luego entonces, debería ir a casa a ponerse algo de ropa seca, tomarse algo caliente…y realizar una visita. Alguien con quien podía hablar.
-------------
-------------
–Carajo¿dónde demonios estoy? –masculló Sakura, desesperada por no saberse ubicar, y de paso caer en el mismo recoveco por enésima vez. Era una vía rural que no había visto jamás en su vida, y aparte de una granja y un clima que se antojaba espantoso, no tenía nada.
Excepto un hambre espantosa. Y un cúmulo de pensamientos aún por drenar; claro, era culpa de ese paciente suyo bueno para nada por el que estaba metida en semejante embrollo. El malhadado escritor de ese fanfic, por allá en los albores de su vida adulta; menos mal lo había superado, que si no, lo asesina ahí mismo como mínimo.
De pronto, un amedrentador trueno resonó en las alturas. Y ella si que maldijo en tiempo récord. Se introdujo en su auto, e intentó giró la llave del encendido, ni una, ni dos…fueron cuatro veces; en ninguna la llave giró.
Esto era una burla de la peor clase. Su auto, en cinco años, jamás le había clavado el puñal como estaba haciéndolo, sumándolo al vendaval que se venía…resultaba en una muy mala tarde. Se encerró en su vehículo, y el primer goterón se estrelló contra el panorámico. Consultó con su celular, pero no tenía señal; eso podía significar que estaba en medio de la nada…
–¡Su puta madre! –rugió ella al tablero de su vehículo, como si de verdad se ofendiese con su comentario– ¡tenías que dejarme aquí tirada!
Pero pudo observar el contador permanente en el tablero. Ciertamente, tenía más de veinte mil kilómetros, y como que se le había olvidado hacer el mantenimiento de los quince mil. Junto a sus lamentos, llegaron las nubes de lluvia, oscureciendo el ya gris panorama y dejando caer su fruto, convirtiendo las calles fangosas en algo prácticamente imposible de transitar para su Accord de tracción delantera.
Y así como la vida batea todas las curvas, por una curva se asomaron las luces a medias de uno de esos monstruos 4x4 que tienen tanques de cuatro litros y esas barbaridades. Ella reconoció el diseño de las farolas, el sonido del motor…¡y volvió a maldecir, para variar! Era una Trailblazer que se le hacía muy familiar.
Era la que menos quería encontrarse.
–Oiga, la del bonito Honda –le habló el piloto con una voz que se le hizo macabramente familiar– ¿tiene algún problema?
"Algún" no era precisamente la palabra que estaba buscando.
–Sí; mi vehículo no enciende, mi celular no tiene señal, y la tarde acaba de convertirse en algo MUY malo.
–Vaya…–dijo Shaoran, realmente no muy interesado en el devenir de la vida de…¿su psicóloga?– ¿qué rayos hace usted aquí?
–¡Me gustaría saberlo también!
–¿Fue víctima de alguna especie de abducción alienígena?
–¡Que no!
–Bueno, pero no vaya a asesinarme…¿quisiera abrir la tapa del motor?
Ella accedió. Mientras él descendía de su automotor, y examinaba sombrilla en mano, el estado de aquel motor.
–¿Tiene algo raro?
–La verdad…no tengo idea.
–¿Y para qué quería revisar el motor?
–Quién sabe. De pronto su adorable piecito se fue demasiado hondo. El caso…es que no puede quedarse aquí. ¿O quiere quedarse aquí? Dicen que espantan por estos lugares.
–Déjese de joder –reviró ella, con un tono de evidente aprensión.
–Oiga, cumplo con mi buena acción del día –completó él, retirándose hacia su vehículo.
–¡No se atreva a dejarme aquí sola! –convino, corriendo hacia el asiento del copiloto de la camioneta
–Iba por la cadena. Nos llevaremos a su vehículo por las malas.
Sakura parpadeó, pero no se atrevió a interferir en su labor. Él sacó de la parte trasera una cadena con un gancho en cada extremo. Puso una en la defensa de su auto, y puso la otra en el lugar designado en la defensa delantera del Honda. Con algo de suerte, no saldría volando.
Ambos subieron, y aceleró un poco; sin embargo, el barro hacía más complicado el avance de ambos vehículos.
–No saldremos –sentenció ella.
–El pesimista aquí soy yo –dijo él, pulsando un botón que decía 4H– mejor nos vamos…antes de que quiera matarme.
La doble tracción cumplió con su cometido. Ambos avanzaban con mucha facilidad por los caminos inclinados y empantanados. Y en medio del silencio que se había hecho entre los dos, pudo notar que traía ropa húmeda.
–Parece que lo agarró el chubasco fuera de lugar.
–Sí…lo mismo creo yo.
–Y…¿a dónde vamos?
–A mi casa. ¿Dónde más?
Ella sintió un escalofrío. ¿Acaso había oído su casa?
–Pero no es necesario…
–A esta hora, y con este clima, sin contar con su vehículo inutilizado…y yo, la verdad, poco y nada quiero conducir hasta la ciudad. Así que…lo siento. Si no le gusta, puede dormir en su auto…
Sí…realmente iba a ser una larga, larga noche.
Nota del autor Con edit a bordo: Lo siento, niños y niñas. Pero este capítulo había quedado demasiado flojo, sin mencionar que mi conciencia no me dejaba en paz. Y, digamos las cosas como son, había quedado si no mal, por lo menos muy mal. Afortunadamente se han inventado genialidades como el borrador…y estoy aquí para corregir mi atroz equivocación.
Ahora, agradecimientos a...–redoblantes de fondo–:
Kassie L.K.: ha pasado mucho tiempo¿no? Un columnista de esta redacción apuesta los pantalones a que no recuerdas que era eso que tenías que decirme hace dos meses. Y, claro, gracias por el review.
Naguchan: bueno, tuvo la decencia de decirme que el capítulo anterior estaba bien. Lo que ayudó a preservar mi salud mental…un poco más de tiempo.
Ishida Rio: Así como los artículos de análisis de la NFL, muchas cosas deberían ser premiadas y por supuesto, son pasadas por la galleta. Y gracias por el review :)Edit: gracias por hacerme caer en cuenta del capítulo mal cerrado. Tuve una duda existencial de aproximadamente cuatro días.
Miikan: Gracias por el review. Y claro, la idea es acabar con los clichés (el que no se aburra, es que realmente las trae de acero…díganme si no).
Chermagux: bueno, luego de bañarme en halagos, debo agradecerle por el review. Haré lo posible por terminar todo lo que traigo pendiente.
Los demás: y los demás, y los demás, y los demás…¿qué vamos a hacer con los demás?
Se finni. Hasta el próximo capítulo.
Lohengrin NightWalker.
