Un cordial saludo a todos.

Después de esto... se podría decir que ya tendremos encima la fiesta. Me interesaba ahondar en ciertos puntos de vista. Como dije, era un lapso de tiempo corto, pero eso no quiere decir que pasen pocas cosas. Espero poder terminar esta historia a la brevedad y no aburrirlos demasiado. Les pido disculpas de antemano por haber tardado todos estos días desde la última actualización. Espero contar con su aprobación y la oportunidad que me dan con cada lectura.

Puede parecer un poco lento, pero este capítulo me pareció necesario por una razón: Empezar a plantear desde ya los bandos que pueden salir de todo esto. No es una opinión compartida. Ya verán la razón.

Antes de comenzar, quiero agradecer encarecidamente a todos los lectores, en especial a sgtrinidad9 (son nombres espantosos, aceptémoslo, pero tiene que haber límite para la pobre L, jejeje, un abrazo para ti), Beny Perez (gracias a ti por darle una oportunidad a tan desquiciado trabajo, espero que este capítulo sea de tu agrado), Ficlover93 (gracias a ti por tanto, en verdad si tienes dudas con la línea temporal, me avisas), Julex93 (siempre agradezco y disfruto leyendo tus reseñas, muero por saber qué pensarás de esta historia, un abrazo para ti), Jakobs-Snipper (queda un poco para cerrar, espero que lo disfrutes de camino hasta el fin, saludos hermano, buena suerte con ese mes intenso), J.K. SALVATORI (acertaste en una y no, no es judío, tal vez su religión y nacionalidad la plasme un poco después, jejeje, espero que con esto te compense por lo de Luan, no la iba a olvidar después de incluirla así, jeje, espero que también entiendas después las razones del puñetazo, gracias por tu lectura), Sam the Stormbringer (esa diversión es en retrospectiva, una pequeña pausa si lo quieres ver así, y no te digo que se esforzaran demasiado al nombrarlo de bebé, aunque Lynn ya rugió sobre los nombres, jejeje, déjame la transparente), Lobo Hibiky (muchísimas gracias), Dope (siempre agradezco tu presencia por aquí y tus comentarios... ¿pero solo Trump y Maduro? En situaciones similares meto también a Putin en el mismo saco, pero eso es otra historia, jeje, el padre mío... espero tener el espacio para explicarlo, gracias de corazón por tu lectura), LeonardoZac (gracias por tu fidelidad, como siempre agradezco de corazón tu interés, la oportunidad, tu lectura, aquí estoy y espero no haber tardado demasiado dentro de todo, me gusta la tinta negra, pero escribo con azul y amarillo con blanco... depende de la perspectiva, jejeje) y a tantos otros que me honran con su lectura. Merecen vivir para siempre.

Y sin nada más que añadir (Nickelodeon... ya no te digo nada más) los doy la bienvenida y los invito a la lectura.

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Tardó bastante Luan en reparar en su propio aliento contenido.

Incluso sin mirarlas, supo que sus hermanas hacían lo mismo.

Pero quién podía culparlas. Imposible habría sido hacer lo contrario. En cierta forma, compartían el mismo malestar. La misma impresión. Que su sola presencia era incorrecta en ese sitio.

Rodeadas de pequeñas vidas en igualdad de condiciones, temiendo que cualquier sonido pudiera perturbarlas. Absurdo considerando el constante pitar de más de un monitor. Absurdo considerando la suavidad de sus propios pasos. El apenas perceptible paso del aire a través de la nariz… a través de la boca…

Hacía bastante de la última vez que viera un bebé. Estaba segura de que el mismo pensamiento se escurría a través de las mentes de sus hermanas mayores. Las primeras en llegar, las únicas presentes hasta ese momento. Y puede que fuera mejor así. De otro modo, esa doctora no se habría permitido hacer tamaña excepción.

Luan la recordaba. Se había encargado del doc a lo largo del mes en que estuvo en coma. Jamás creyó que las recordaría. Mucho menos que estaría involucrada en…

Pero ahí estaba. Guiándolas a través del corto trayecto. Asegurándose de que sabían mantener la compostura. ¿Qué impresión podía tener de ellas? A menos que no supiera de la pelea de Luna con la ex novia del psicólogo…

De haber sido por ella, habría luchado por ver a Lynn primero, pero tenía que ser su estado…

No. No. Lo último que necesitaba era quebrarse en un segundo como ése. En un lugar como aquel. Y no volver sobre la noticia que la obligara a correr hasta el hospital. Por mucho que su hermana menor estuviera a unas puertas y pasillos de distancia luchando por…

–¿Chicas?

Todas absortas. Todas, al parecer, compartiendo lo mismo. Protegidas con esos ridículos monos, suponiendo que los mismos bastaran para no aumentar el riesgo en el que se hallaban inmersas todas esas criaturas. Las mismas mascarillas. El mismo aliento cálido contra sus caras. Casi la misma reacción ante el llamado de la doctora, la misma que las esperaba junto a…

Dios…

Recordaba Luan haber experimentado una presión similar en el pecho tiempo atrás. Bastante tiempo atrás. Una horrenda sensación que jamás creyó que recordaría con tal nivel de detalle. Similar apenas en cuanto a características, porque en lo tocante a la intensidad…

No. No existía margen de comparación. Por supuesto que resultaba devastadora la perspectiva de la muerte hipotética del doc, aunque fuera más por la idea de ver a una Luna viviendo después de algo así. Quizá saliera de algo así. Quizá…

Pero de eso… de eso quién podría si…

Lo supo en cuanto experimentó el apretón en su mano. Lori. Dios. Lori a punto de derrumbarse ante la contemplación…

Cómo demonios ninguna de ellas se había derrumbado antes, con la sola idea de que Lynn pudiera…

Y en su lugar, ese pequeño bulto… conectado a tantas máquinas…

Las tres se acercaron apretando los dientes y los dedos de la otra. Las tres llegaron casi al mismo tiempo y tuvieron la misma oportunidad. La misma perspectiva.

Luan sólo se atrevió a soltar a su hermana mayor en cuanto experimentó el ardor en los ojos y el impacto al mismo tiempo.

Porque la contemplación…

Por mucho que hubiera pasado mucho desde la última vez que vieran un bebé recién nacido, las chicas creían ser capaces de revivir el recuerdo con facilidad y establecer la comparativa con rapidez. Y sin decir palabra, estuvieron de acuerdo.

El chiquillo era pequeño. Muy pequeño. La tonalidad rosácea no había abandonado su piel. Provisto únicamente de un pañal, su pecho subía y bajaba marcando la forma de sus costillas. Más que dormir, parecía incapaz de abrir los ojos. Cansado. Terriblemente cansado por el solo hecho de vivir. Y en una criatura tan diminuta…

Demasiados cables. Demasiadas agujas y pantallas tratándose de alguien que tenía horas de nacido… ¿Sería un día ya? ¿Cuánto sería? Nunca sería suficiente de cualquier modo para tantos líquidos… sondas… sondas, maldita sea… llegar al mundo para…

–No… no puede…

Tardó demasiado la cuarta Loud del clan en caer en la cuenta que esas palabras habían escapado de sus labios, dejando atrás a sus dos hermanas presentes para acercarse a la cuna que albergaba al chiquillo. Ni siquiera podía respirar por sí solo, de otro modo no habría tenido esa cosa adherida con esparadrapo a la nariz.

A punto estuvo de tocarlo, de rozarlo al menos con la mano protegida. Incluso antes de la advertencia de la doctora, sin embargo, la joven desistió en cuanto el irracional temor de que el recién nacido pudiera reaccionar al contacto de forma adversa la asaltara de pronto.

Ni siquiera volteó cuando vio que sus hermanas se posicionaban junto a ella y a la criatura. Sin dejar de mirarla. Intentando decidir, tal vez como ella, por qué emoción inclinarse… de qué manera canalizar la congoja y el asombro que les producía la contemplación de un chiquillo que pasaba por algo así recién llegado al mundo…

Un chiquillo frágil. Más que cualquiera con sus horas de existencia. Obligado a luchar desde el comienzo…

Un chiquillo con un llamativo mechón blanco en lo más alto de su cabecita.

–Imposible.

Ésa había sido Lori. Del otro lado de la cuna, sus ojos abiertos a su máxima capacidad. Apenas si podía percibir su respiración. Y con una palabra, pareció resumir el sentir de todas ellas. La misma Lori extendió a su vez la mano y ahí se quedó, a unos centímetros de distancia del mechón. Del niño.

Luan, por su parte, más allá del nudo en la garganta, iba mucho más allá. En parte porque, a pesar del tiempo transcurrido, era imposible deshacerse del recuerdo de un acontecimiento como ese y no relacionarlo de alguna manera con…

–Es… es igual a…

Y ni falta hizo que completara la idea. Les bastó tanto a la comediante como a la mayor de las hermanas mirar a la rockera con asombro. Con incredulidad. Casi con el miedo reflejado. Buscando en Luna una reacción. Una explicación. Una palabra que descartara de un plumazo los súbitos y absurdos temores aparecidos…

Y en lugar de ello, Luna se limitó a contemplar al chiquillo con el mismo dolor del comienzo, pero sintiendo sobre sí las miradas de las muchachas. Suponiendo que tal vez la obviedad… no, no sólo los factores físicos. La situación. El secretismo. Qué manera de enterarse, por Dios. De alguna manera tendría que explicar que se enteraran justamente en ese lugar, en esas circunstancias, después de que alguien ajeno a la familia ayudara a la madre a llegar hasta ahí…

–Luna –el llamado de Lori era inequívoco. A pesar del volumen moderado, el miedo era casi palpable en cada sílaba.

–Lori, yo…

–Sabes que no me refiero sólo al cabello… como si eso fuera poco –parecía ser que la mayor de las mujeres hacía un enorme esfuerzo por mantener sus propios decibelios a raya. Un esfuerzo que parecía pasarle la factura a través de la anormal palidez de su rostro.

–Escuchen, esto es…

–Luna… no sólo se parece…

–Es apenas un bebé, hermana, tienes muy poco tiempo para…

–¡Es igual! ¡Sé que todas lo hemos notado! ¡Es idéntico a Lincoln!

Luan, por su parte, casi experimentó cierto alivio al ver que Lori daba forma a uno de sus mayores temores. Casi tan grande como el bienestar mismo del pequeño. Que algo tan descabellado a esas alturas pudiera ser articulado… que existieran papeletas para…

Vamos Luan, ¿once hijos? ¿Diez hijas y un hijo? ¿Tienes idea de cuántas probabilidades hay en semejante número de que algo se escape de la norma?

–Tú sabes algo de esto, ¿verdad?

Lori se las ingenió para traer a sus hermanas de vuelta a la realidad. Mas lejos de parecer enfadada, parecía casi tan asustada como la misma Luan. Casi esperando un reproche por atreverse a concebir idea semejante. Y la dolorosa resignación reflejada en el rostro de la rockera no ayudaba demasiado a ninguna de ellas a procesar que tal vez…

Si la familia Loud en sí es un puñado de bichos raros…

–Hermana, esto…

–Literalmente… tienes que decirnos lo que sabes…

–Para qué si…

–Luna, pareces no entender…

–Hermana…

–Si es lo que estás insinuando…

–Lori…

–Luna, esto es grave –se oyó decir Luan por primera vez en quién sabía cuánto. Parecía que incluso a sus hermanas les había sorprendido su intervención y casi las entendía. Las mismas palabras parecieron hacerle un daño enorme–. Pero pensémoslo, no puede ser… ¿Verdad? No puede ser que Lincoln… que Lincoln y Lynn…

–Hermanas, yo… lo siento, pero… esto no me corresponde.

–¿Cómo que no te corresponde? Literalmente hablamos de…

–Este niño es hijo de Lynn, Lori, somos sus tías, nada más, y por mucho que sepa… por mucho que quiera… cualquier cosa que tenga que ver con él… cualquier cosa le corresponde a Lynn decirla.

–Ahora mismo ella no puede… no puede…

–¿Creen que no lo sé? –No hacía demasiado de la última vez que Luan viera a su hermana favorita, su mejor amiga quebrarse. Jamás creyó, no obstante, que transcurriría tan poco antes de volver a ver algo así–. Pero se lo prometí, Lori…

–¡Está en coma! Qué más…

–Así… pase lo que pase, se lo prometí y no voy a traicionarla –a pesar del escaso volumen, las posiciones eran marcadas y Luan podía sentir entre ellas una marcada tensión que amenazaba con estallar en cualquier momento –Es su decisión… es algo de ella y así se quedará.

Casi temerosa, la comediante desvió la mirada de las chicas, por mucho que las alternativas fueran escasas. Tampoco importaba demasiado. Qué más podía hacer si estaba en esa sala por una sola razón. Una sola razón que, ajena a la tensión, luchaba por su vida en silencio. De cualquier manera. De la única manera que parecía conocer…

¿De qué te quejas si es mejor para ti que tenga razón?

–Chicas… ¿Eso importa ahora? –Ya habiendo dejado atrás el comienzo, las siguientes palabras para Luan no resultaron tan difíciles de pronunciar.

–Luan, estamos hablando literalmente…

–De nuestro sobrino, Lori –y ni falta le hizo mirarla. Qué necesidad. Por mucho que el chiquillo siguiera ahí sin importar cuánto se desviara del camino–. Lo más importante es… que es el hijo de Lynn… el hijo de nuestra hermana…

–Luan…

–Nuestra familia, Lori, él es nuestra familia –e incluso sin hacer falta, decidió encararla y supo, a través del reflejo de su mirada, que estaba yendo más allá de lo que ninguna, jamás, habría esperado de ella–. Ahora mismo… ¿Tanto te importa saberlo?

–Tú literalmente no pareces entender…

–Lo entiendo Lori, lo entiendo, ¿pero de qué sirve?

–¿Cómo de qué sirve? ¡Es una locura!

–¡No cambia nada! ¡Nada!

–Estamos hablando de…

–Nuestros hermanos, nuestro sobrino, punto –a punto estuvo de ceder ante la presión de su hermana mayor… ¿Desde cuándo le temía tanto? Qué estupidez, no podía permitirse ceder, jamás lo había hecho y no sería ésa la primera vez–. Y saber… lo que sea que haya pasado… no cambiará nada… ni a ellos ni a nosotros.

–Pero… pero…

–¿Qué vas a hacer de saberlo? ¿Qué piensas hacer si es como imaginamos?

Ni siquiera Luan misma tenía certeza de lo que haría después, pero de algo estaba segura: Había dicho la verdad. Toda la verdad y nada más. Saberlo o no… ¿Qué más daba? No cambiaría las cosas. E incluso si llegaba a ser así, el niño que luchaba por su vida era quien menos culpa tenía, ¿por qué iba a pagar por algo así? ¿Por qué le iban a dar la espalda apenas nacido?

Su madre luchaba por vivir… su madre luchaba por su vida incluso sin saberlo, ¿por qué le iba a dar la espalda también a ella?

Por mucho que la sola idea a la comediante le produjera…

Por mucho que Lori se viera atrapada en su silencio y las palabras que luchaban por salir… por mucho que Luna la mirara con una mezcla de asombro y… ¿Alivio? ¿Gratitud?

Por mucho nada. Cualquier cosa. Luan Loud era tía. Hubiera deseado saberlo antes, tener tiempo para asimilarlo… para disfrutar de la alegría en lugar de tener que lidiar con el dolor que le producía la silenciosa batalla por esa diminuta criatura de pelo blanco.

Su sobrino… Dios…

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Acabo de escurrir el bulto. Por ahora.

Incluso sin bulto de por medio, no me lo habría pensado dos veces. ¿O me vas a decir que estar sentado con tres mujeres que hablan entre ellas y te dejan al margen es el mayor ejemplo de comodidad?

Existía una probabilidad de que me incluyeran. De verme sometido a uno de esos interrogatorios. Cuando lo último que quisiera es recordar dónde estoy parado y por qué he llegado hasta aquí.

Sé que necesitaré hasta el último gramo de paciencia para lo que se nos viene encima… lo que se me viene en realidad.

Y por primera vez te lo puedo decir. No sé qué pasará. Desconozco las posibilidades. Me he quedado sin movimientos.

Sólo estoy sentado. Sentado y esperando. Esperando Dios sabe qué. Y ya conoces su sentido del humor. Divino.

Así que aquí estoy en tanto Luna, Lori y Luan han ido por un café. Es cuestión de tiempo, pero me sorprende la lentitud con que se han dejado caer los integrantes del clan. Temo que la cajetilla no me baste y temo que me falten fuerzas para levantarme… hacer el mínimo esfuerzo para comprar otra.

Siguen teniendo un ojo sobre mí. No todos los días te llevas por delante tres ambulancias y vives para contarlo.

Ah, no te lo conté. Sí, Luan fue la última en llegar. Por ahora, que no se te olvide.

Y bastante ha pasado desde la última vez que la vi. Y como debes imaginar, por bastante que sea, nunca será suficiente.

Y así parece pensarlo ella también a juzgar por su reacción en cuanto comprobó que le llevaba una considerable ventaja aquí. Claro que, a diferencia de sus hermanas mayores, no me ha dirigido la palabra.

Imaginarás que puedo vivir con eso e imaginas bien. Pronto tendré que explayarme y sinceramente… espero que sólo sea una vez.

Mientras tanto, aquí está la chica. Más que rabiosa, mirándome con temor de buenas a primeras. ¿Por quién me tomará? He tenido bastante para decirlo. ¿Por qué iba a hacerlo ahora teniendo en cuenta…? Como sea, sea cuando sea, ¿por qué iba a hacerlo? ¿Por qué iba a importar?

En mejores circunstancias dará la noticia. Quiero decir, no es como que haya hecho demasiado para disimular la sortija del anular derecho. En mejores circunstancias… hasta la habría felicitado. Le habría pedido encarecidamente el parte de matrimonio y lo habría quemado con el encendedor, suponiendo que aún sirva de algo.

Me pregunto cuántos lo saben. Si acaso después de mí… porque ha pasado lo suyo, creo que te lo dije. Lo bastante como para imaginar que la sola idea del monopolio de información me parezca absurda. De a poco, una vez abres la boca, todo termina sabiéndose, con mayor o menor cobertura, pero se esparce, ¿esperarías lo contrario?

Además, no hablamos de una chica que rebosara de mucha seguridad. Pararse sobre el escenario es otra cosa. Sobre el escenario estás obligado a componer un personaje. Sobre el escenario no eres tú, es otra historia, otra cara. Es la máscara. Son tantas las posibilidades…

¿A quién le iba a extrañar que hiciera el descubrimiento con tanto retraso?

Estas cosas tienen variantes. No siempre es en una época similar. ¿Cuántos tipos han destruido sus vidas, sus matrimonios, sus familias con tal de perseguir lo que acaban de descubrir? Muchos pueden decir que reprimen. Tendrán razón, pero no son pocos los casos en que se trata de un verdadero descubrimiento.

Y me preguntarás, con razón, cuándo es más difícil. En qué momento. Y te preguntaré de vuelta por qué crees que puedo hablar de eso con propiedad. Que sea lo que sea no significa que…

Pero tendrás razón para preguntarme, cabrón. Tendrás razón. No te faltará.

Siempre es difícil. Eso no cambia. Los matices pueden hacer la diferencia, pero se trata de sutilezas. Al final del día, puede ser más o menos complicado. Pero a su manera, claro. No quita los hechos. Siempre es complicado.

Y no importa lo que digan. Toda esa cháchara del armario, del apoyo, de los derechos y lo políticamente correcto… no disfraza la realidad. Habrá más o menos aceptación. Pero habrá rechazo. El mundo es una balanza. No puedes esperar una inclinación favorable siempre. Buena suerte con eso.

Ahora vamos al clan. A un clan tan grande como lo es el clan Loud. Tiene de todo. ¿Lo dudaste alguna vez? A más hijos, mayor el riesgo. Sí, las matemáticas tienen demasiada influencia en nuestras vidas. No iba a ser ésa la excepción.

Las probabilidades de tener un hijo sacerdote… nulas considerando que no son católicos. Aunque con ese número, me extraña que no sean Opus Dei.

Las probabilidades de tener gemelas… hecho. Las probabilidades de tener un hijo varón… escasas, pero hecho. Las probabilidades que se repartieran los genes de padre y madre… chicas rubias y morenas, ¿dónde carajos encaja el chico? Pero hecho.

Las probabilidades de tener "esa charla"…

Las probabilidades de que se llevaran una que otra sorpresita…

La sorpresita iba a estar. Ahora, el quién se las iba a dar…

Yo creo que no esperaban que fuera ella. Al fin y al cabo, fue con un chico al baile de graduación, puede que incluso le conocieran una que otra relación, ¿por qué no? Existían otras firmes candidatas a ser la que diera la sorpresa. Y que los padres no se prepararan para algo así…

Pero sucedió. Y ni yo mismo me preparé para eso. Sólo se dio. Pero se dio en otras circunstancias. Ya te imaginarás la frecuencia con que la chica me hacía visitas después de marcharse a la universidad. Exacto, habrías tenido más éxito explicando la presencia de una vaca en el techo de tu casa.

Pero la chica se dejó caer. Al final del día, todo se reduce a eso. Sólo te recuerdan cuando eres útil. ¿Qué tan difícil podía ser para Luan Loud olvidar mi cara? Pero la recordaba bien. Lo bastante bien para aprovechar una de esas prolongadas y ocasionales pausas otorgadas por la universidad para buscarme a mí y no a alguien más. Supongo que es lo único bueno que tiene mi profesión. O una de las pocas cosas buenas. Te garantiza la ausencia de juicios de valor.

Y de cualquier manera, ¿por qué iba a juzgarla? Tengo mejores cosas que hacer en lugar de pensar con quién carajos se acuesta cada quién o de qué forma le hacen en la cama para…

Canijo, demasiados detalles. A ver cómo lo olvido ahora.

Pero todos llegan con los mismos temores. Independiente de si han desfilado antes o no por la misma pasarela. Mi pasarela, se entiende. Y en la cara de todos ven al mismo juez. Puede que el juez en sí mismo no exista. Puede que sea el reflejo de sus propios miedos. Puede que los jueces no hagan otra cosa que apropiarse de esos miedos y así forjan su identidad…

Perdona. ¿En qué estaba? Ah, sí.

Luan. Luan Loud. Si no te suena, enciende la televisión. Dicen que es muy divertida. Cuando quieras una segunda opinión, pasa a verme.

Pues la muy divertida decidió pasar a verme un día de lluvia, ¿no te jode?

Recuerdo ese día porque tuve que lidiar con las filtraciones en la ventana de la consulta. Y tras los primeros golpes, en tanto buscaba algo con lo que secar, la respuesta fue refleja:

–Adelante.

–¿Podría preguntar quién es?

–Pasa ya, Luan.

Creo que todos los Loud tienen una o dos razones para detestarme, si acaso no me odian todos ya y en eso están todos de acuerdo. Y de lo más bien que me han visitado para renovar sus odiosos votos. Y como ya imaginarás, la cara de Luan no fue la excepción. Ese ceño fruncido habría delatado a cualquiera. Y lo habría fruncido un poco más de no haber tenido tanto ánimo.

Te preguntarás cómo es que recuerdo esa sesión en particular. Bastante simple. Fue la última vez que la vi hasta que se dejó caer en el hospital. Y como Lori, no le hizo demasiada gracia volver a verme. Más que por méritos propios, por los suyos. Como si no hubiera callado antes sucios secretos de su familia… sucios secretos que también le pertenecían. ¿Por qué iba a ser diferente, quise decirle?

En paralelo ya lidiaba con secretos peores. Ella no iba a superar a sus hermanos en ese campo. Por supuesto que no se lo dije cuando la invité a dejarse caer en el diván. No saltó de él. Seguía seco entonces. Fue entonces que dejó escapar esos largos suspiros que tanto parecen caracterizar a los Loud. Esos grandiosos pulmones. Y antes de darme oportunidad de tomar notas, se largó a hablar. Y me pregunté cuánto tiempo llevaba conteniendo todo aquello.

–Toda mi vida es una mentira.

Ahora que lo pienso… en eso se parece bastante a su hermana mayor…

Canijo. Si lo llegaba a saber alguna de las dos…

–Nada es perfecto, Luan, ni siquiera una mentira.

–No conoce la mía, es perfecta y… me ha jodido todo.

Llevaba casi cinco minutos en la consulta y no había soltado ni un solo chiste. Supuse que era el momento oportuno para preocuparme.

–Déjame que sea yo el que lo decida y ya veremos, ¿te parece?

–Pero no sé por dónde comenzar.

–¿Y esperas que te haga el trabajo?

–Al menos podría ayudarme.

–Para empezar… ¿Qué te trajo aquí?

–Se lo dije, que mi vida es una mentira y…

–¿Y esperas que adivine por qué tu vida es una mentira?

–No, quiero decir…

–Si descubriste que eres adoptada… ¿Tiene importancia a estas alturas?

–¡No!

–Vaya, ¿así que eres adoptada?

–¡No, no lo soy!

–Entonces qué…

–¡Si me deja hablar…!

–Con gusto.

–¡No sé quién soy!

–¿Y cómo estás tan segura que no eres adoptada?

–¡Porque no se trata de eso!

–¿Entonces?

–Hace… hace poco… engañé a mi novio.

–Bueno… es más común de lo que crees y aunque no lo parezca, más allá de los cuestionamientos…

–Lo engañé con otra chica.

Ya comenzaba a justificar su presencia en mi consulta y sobre el diván. Y justificó que levantara la vista de las notas… ¿Puedes creer que aún me moleste en tomar notas tratándose de ellos?

Recuerdo haberla mirado y percibir cierto alivio en su expresión. Alivio atenuado por la nueva oleada de angustia. Me sirvió para percatarme del absurdo de seguir tomando notas.

–Otra chica.

–Sí.

–¿Es la primera vez?

–No, nunca lo había engañado y…

–No, ¿es la primera vez que te involucras así con otra chica?

–Ah, pues…

Un segundo. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis… diez… once… veinte…

–No entiendo de qué te sorprendes.

–Sólo fue una vez, doc, una vez hace años y nunca más…

–Ese nunca más…

–Pero fue hace años y…

–¿Sabes que yo soy alcohólico?

–¿Usted? –Y por su cara supe que debí pensar mejor las palabras. Fue la primera vez en… muchos minutos que la vi esbozar algo parecido a una sonrisa–. Pero nunca lo he visto…

–Ya perdí la cuenta del tiempo que llevo sobrio, Luan.

–Entonces ya no es…

–Te equivocas, lo soy, el hábito… como quieras llamarlo, siempre estará ahí.

–Pero me acaba de decir…

–Es una pelea diaria… bueno, al final… te acostumbras a pelear y no te percatas del esfuerzo que haces hasta que… en fin, el caso es… habrá sido hace años, Luan, no importa cuántos, pero esa parte de ti… podrá haber dormido, pero nunca te desprendes de cosas así…

–¿Es tan malo como el alcoholismo? ¿Eso quiere decir?

–Tiene tanta influencia como el alcoholismo, ya si es bueno o malo… eso depende de cada quien, pero no creo que sea el caso –pésimo ejemplo, pero tampoco tenía demasiados que pudieran equipararse a algo así–. Lo que quiero decir, chiquilla… es que no tendrías de qué sorprenderte si sigues siendo tú y eso… eso siempre ha sido parte de ti… bueno, desde entonces, digo…

–Lo dice como si fuera tan sencillo, doc… eso de lidiar con…

–¿Qué parte de "soy alcohólico" no entendiste?

–¡Sigue sin ser lo mismo, doc!

–Ninguno es fácil de lidiar, ¿me vas a creer por una jodida vez en tu vida?

–Pero de esto…

–Eso no es algo de lo que te puedas rehabilitar porque, para empezar, está lejos de ser una enfermedad… sin importar lo que ciertos pendejos que digan ser mis colegas…

–Doc, yo… yo tenía una vida cuando ella volvió y…

–¿Volvió? Vaya, vaya, no me digas que ella al principio también…

No seguí en cuanto el sonrojo en la comediante resultó patente. Más de diez minutos sin un chiste de su parte. Ni siquiera humor negro. Ni siquiera una sonrisa que me predispusiera a esperar lo peor. Nada. Sólo la chica con aquel conflicto de identidad y mi deseo de encontrar ejemplos a los que aferrarme que pudieran resultar de utilidad…

¿Dónde carajos estaban los casos más serios cuando más los necesitaba?

–Puede que… puede que en realidad… ella nunca se fuera.

Fuertes declaraciones de parte de la muchacha… ¿Seguiría estando en posición de llamarla muchacha a esas alturas? Y le parecía absurda la idea del alcoholismo… por supuesto que más allá de lo ofensiva que pudiera parecer la comparación… lo que quiero decir… mira, tú me entiendes, ¿sí? Más allá de lo bueno o lo malo, sé que me entiendes mejor que ella en un comienzo.

–¿Cómo estás ahora?

–¿Cómo dice doc?

–¿Cómo estás ahora?

–No lo sé, yo…

–¿Has vuelto a ver a la chica después del reencuentro?

–Ha… me ha enviado mensajes, se ha comunicado, pero… yo…

–¿Tú?

–¿No es obvio? ¡No sé qué hacer!

–Las opciones son tas escasas…

–¡Doc, por favor! Es… es algo serio, es…

–¿Serio por qué?

–Está bromeando, ¿verdad?

–Oye, eso viniendo de ti…

–Cuando mi familia se entere… cuando se entere que todo se ha ido por la borda… porque no estoy segura de quién soy…

Cuando tu familia se entere de eso… ja, si supieras Luan… canijo, si todos supieran… ojalá se enteraran sólo de eso.

–Yo creo que a tu familia no debería sorprenderle –me atreví a soltar, evadiendo olímpicamente la mirada de Luan, entre molesta y desconcertada.

–¿Qué quiere decir?

–Vamos Luan, ¿once hijos? ¿Diez hijas y un hijo? ¿Tienes idea de cuántas probabilidades hay en semejante número de que algo se escape de la norma?

–¡No soy un bicho raro!

–Claro que no, más si la familia Loud en sí es un puñado de bichos raros…

–¡Cuide lo que dice o…!

–¿O qué? ¿De qué te quejas si es mejor para ti que tenga razón?

Y aunque callé sabiendo que asimilaba lo oído, creía haber hecho bien guardándome las peores partes. Después de todo, seguía siendo el clan Loud, siempre dispuesto a sorprender y conociéndolo, poco y nada me habría extrañado que los tipos que cargaban enormes vigas en sus ojos se molestaran en buscarle la paja al ojo de Luan. En especial el patriarca. El buen Lynn Leonard, siempre dispuesto a hacer de los defectos físicos un chiste, siempre dispuesto a hacer saber que poco y nada le importaría que alguien se partiera en dos con tal de que no joda su absurda idea de lo perfecto y lo correcto. Encantador, el señor Loud.

Y aunque ninguno de ellos destacara por su cordura… ni falta hacía que mirara demasiado a Lincoln y Lynn, por mucho que ambos se bastaran por sí solos para preguntarse qué oscuros secretos podía esconder una casa como aquella…

No, ni falta hacía. Bastaba con mirar a cualquiera de ellos… de ellas en realidad para convencerse que ahí habitaban firmes candidatos a huésped de cualquier centro siquiátrico o en el mejor de los casos, a objeto de un concienzudo estudio sobre la involución de la especie humana.

Por supuesto que yo no estaba en mejor posición. Sabiéndolo, mi novia era Luna Loud, así que…

–Doc…

–Te escucho.

–¿Qué debo hacer ahora?

Rezar porque el pendejo de Lynn Leonard no considere la homosexualidad en la lista de taras imperdonables de su estirpe, para empezar…

–A mí me parece que lo estás haciendo bastante bien.

–Pero…

–Aceptarlo… ¿Cuánto hace que lo hiciste?

–Supongo que… no hace mucho –pareció pensarlo mejor, como si el techo fuera la fuente de todas las ideas–. Puede que ahora mismo… ¿No es gracioso?

–Si no eres religiosa… supongo que tienes la mitad del trabajo hecho.

–Eso…

–E incluso si lo eres, la voz de Dios no la vas a encontrar a través de la boca de los hombres, el Dios en el que creo no te habría creado como pecadora por el mero gusto de mandarte al infierno.

–¿Usted cree?

Mira que descolocarme a esas alturas… que una chica de esa familia se permitiera, a esas alturas, tener dudas de semejante naturaleza…

Tiene un divino sentido del humor, nunca sabes con qué te saldrá, pero algo así…

–Creo que estás bien como estás y si estás así… por algo ha de ser.

–¿Y qué hay de mi familia doc? –Algo me decía su mirada. Que más allá de ella, todo ese tiempo se trató de su familia–. Cuando se enteren de que yo…

–¿Crees que eso puede ser peor que tu hermana Luna saliendo con un tipo que le doblaba los años cuando ella tenía quince? –Aunque el ejemplo no me hacía gracia, sirvió para que soltara una agradable carcajada. Agradable dentro del contexto, no me malentiendas.

–Creo que papá todavía fantasea con tirarle los dientes.

–Tu padre habría fantaseado con eso incluso de haber conocido a Luna con dieciocho años.

–Mis padres… pueden ser un poco severos, es por eso que…

–Tenían que ser severos si querían controlar once hijos –tras decirlo y contemplar el cabello de la comediante, me lo pensé mejor. Incluso con Luna en el recuerdo, valía la pena pensárselo más de un par de veces–. No parece que les haya servido demasiado.

–Ya bastante es que no nos matáramos las unas a las otras –justificó Luan sin perder la sonrisa que había adquirido cierto matiz melancólico–. Incluso entonces… la vida era un poco más fácil entonces…

–Es natural que temas al qué dirán –ni siquiera estaba intentando leer una línea de pensamiento, sólo pensé que algo así se desprendía de la melancolía de la muchacha y a juzgar por el levísimo sobresalto, algo de razón tenía–. La gente tiene boca… la gente habla más de la cuenta… la gente se cree dueña de la verdad… y si temes que tu familia te juzgue… mira, incluso si llegaran a hacerlo, no digo que no sea doloroso, pero eso no significa que estén en lo correcto.

–Así y todo, doc… tengo miedo de que…

–Siempre puedes elegir.

–¿Ah sí?

–Puedes elegir esconder lo que eres y tomarte la molestia de fingir toda tu vida… o aceptar, ya que se han dado las circunstancias, que acabas de redescubrir tu camino y de pasada, quién eres y que en ese proceso… no te vendría mal que te apoyaran un poquito, ¿eh?

–Lo hace ver más fácil de lo que es en realidad.

–Las cosas son más fáciles de lo que creemos en realidad, el problema es que lo olvidamos… es nuestro gusto por lo excesivo, recargar con detalles –si seguía por ese camino, terminaría por emitir un par de opiniones acerca de sus padres, en particular de su madre, y no estaba del todo seguro de querer enfrentarla en una discusión–. ¿Quieres a esa chica?

–¿Cómo dice? –Incluso sin verle la cara del todo, el sonrojo equivalía a una luz imposible de ignorar.

–Imagino que sí, digo… si pasaron años para que se reencontraran y con todo, seguía ahí…

–No siga, ya… ya entendí –pero supo que esperaba una respuesta. Que no la dejaría ir así como así, era lo que menos merecía–. Supongo que… por ella vale la pena arriesgarse…

–Incluso si eso implica decirlo a tu familia, ¿verdad?

–Siempre puedo elegir, usted lo dijo.

–¿Llamas a eso elegir? ¿Podrías vivir contigo misma eligiendo entre una de esas dos? Ya ni te dio en qué opción estoy pensando, así que…

Después de ese día no supe mucho más de ella. No más de lo que decía la televisión que encendía en ocasiones contadas. No supe si lo dijo o no. Si optó por el silencio y esperar quién sabe cuánto a la llegada de un momento que nadie le aseguraba que llegaría. Me constaba que seguía con su carrera de comediante y eso parecía bastar para mantenerla a flote en todos los aspectos.

Si lo dijo o no a su familia, no lo sabía y tampoco creía que me importaba lo suficiente para preguntarle, más si consideras las circunstancias de nuestro reencuentro.

Cualquier problema palidecería ante algo así. Incluso un conflicto de identidad sexual.

Sólo llamó mi atención la sortija porque… cómo te lo digo… estoy acostumbrado. Es un maldito hábito. Mirar los dedos de mis pacientes… mis clientes… ¿Cómo debería decirles? Es un dato. Es algo sobre lo cual baso buena parte de mis conclusiones. Incluso fuera de la consulta, los dedos no los paso por alto e incluso ahora, con todo lo que ha pasado, he sido incapaz de desprenderme de ese hábito en cuanto tuve chance de ver a Luan cara a cara.

Ahí estaba la sortija. Ahí estaba ella. Puede que las chicas lo noten más tarde. Suponiendo que no sepan todavía.

Pero no podría importarme menos a estas alturas. Eso es una tontería. Al menos ahora es una tontería. En realidad… siempre fue una tontería para mí, pero ahora estoy en posición de decirlo y casi estoy autorizado a sentirlo.

Y se refuerza con la contemplación de Lynn Loud conectada a todos esos cables, alimentándose a través de esa cosa… ajena al hecho de que su hijo recién nacido, como ella, lucha por su vida.

¿Recordará ahora que tiene un niño que criar? ¿Sabrá que hay buenas razones para creer que el mundo se saldrá de su eje si a ella…?

Cuidados Intensivos… sé que no debería estar aquí y menos grabando esto, pero no he podido evitarlo. Es cuestión de tiempo para que me descubran, debería salir pronto de aquí. Pero antes, me pareció oportuno ponerla al tanto de algunas novedades.

Suponiendo que no supiera que Luan, al parecer, sí se va a casar.

Suponiendo que algo así le pueda importar.

Deslizo una mano sobre su frente mientras grabo esto, pensando que tú tal vez me estés escuchando. Y está fría. Pálida. Y enervantemente serena.

¿Crees que algo así le pueda importar a alguien ahora?

¿Que por qué carajos te lo mando entonces?

No lo sé. Puede que sí necesite confesarme después de todo.

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Encontró a Paul sentado en el piso, en uno de esos pasillos hospitalarios inusualmente vacíos. Apartado de cuantos pudieran aguardar algo similar.

Ni en sus peores días alcoholizados lo había visto así. La espalda apoyada contra la pared, una pierna estirada y la frente apoyada sobre la otra rodilla. Miraba la ventana frente a él con un atisbo de anhelo apenas perceptible en la mirada vacía. Más allá de vestir como solía… cualquiera habría pensado que acababa de despertar después de una semana de juerga.

El dolor, sin embargo, desbarataba esa hipótesis.

–Paul…

El aludido apenas si la miró para confirmar que se trataba de ella. Ni siquiera hizo amago de levantarse, de desear recibirla. Como si formara parte del paisaje que ya conocía de memoria. A unos pasos de él se detuvo, intentando comprobar que sí era él a pesar de la apatía… no, a pesar de… a pesar de todo.

Por fin, después de una larga e irritante pausa, el psicólogo se decidió a hablar. Deseó nunca haber oído tan lamentable sonido.

–¿Dónde están los niños?

–En la escuela, ¿qué esperabas a estas horas?

–¿Crees que recuerdo qué jodida hora es?

No. De hecho, daba la impresión de apenas recordar que estaba vivo. De haber sido otra la situación, puede que se lo hiciera saber… puede que le respondiera con algo peor, pero en ese estado no daban ganas de nada. Su sola contemplación bastaba para derrumbar buena parte del ánimo de cualquiera. Puede, sin embargo, que el hecho de hallarse en un hospital no la ayudara a mantener el temple.

–¿Dónde está Joe?

–Fuera del estado, pero ya viene en camino, por eso…

–¿Él te lo dijo?

-Ya estaba enterada cuando me avisó –y a pesar de todo, el tipo seguía en su sitio, mirando con inquietante anhelo la ventana. Siempre lo hacía, mas nunca creyó que estaría tan cerca de hacerlo como en ese momento –Paul…

–No tenías que molestarte, Hatsu, aquí…

–¿Cuánto hace que no descansas? –Tampoco ayudaba que el psicólogo se encogiera apenas de hombros como respuesta–. Paul… ¿Sabes que esa chica estará bien?

No la escuchaba. Ni siquiera la miraba. Creyó incluso percibir un temblor en sus labios antes de presionar sus párpados con los únicos dedos sanos que le quedaban. Jamás creyó que llegaría el día en que se sentaría junto a él en el piso del hospital, pero la situación parecía ameritarlo. Incluso tan cerca de él, había cierta frialdad que poco y nada tenía que ver con el piso. Hatsu casi creía entender lo que ocurría, pero…

–No fue tu culpa.

–¿Cómo dices?

–Nunca fue tu culpa… que yo perdiera ese bebé, ¿lo sabes Paul? –Y como era de esperar, el aludido apenas si pudo morderse el labio para contener el temblor antes de volver a apoyar la frente en la rodilla–. Joe no te culpa… yo jamás te he culpado por eso… nunca, Paul, porque hiciste todo lo que pudiste, incluso… ¿Has pensado que tal vez me salvaste la vida?

–Mierda, Hatsu –apenas lo oyó, se sintió culpable. Tal vez no era el mejor momento, pero verlo así… tampoco la ayudó a pensar mejor las cosas–. Eso… eso fue…

–Estoy segura de que hiciste lo mismo por esa chica, Lynn, todo lo que estuvo en tu mano… incluso si eso implicaba destruir tres ambulancias –deslizó su propia mano sobre la de Paul, luchando éste por evitar el contacto. Y habría tenido éxito de no haber sido porque Hatsu estaba decidida a no soltarlo–. Lo que esté pasando ahora… lo que sea que esté pasando… es doloroso, lo sé, pero no es tu culpa.

–Lo haces parecer casi divertido –gruñó Paul intentando sonreír, consiguiendo apenas una mueca que amenazaba con destruirle la cara, incapaz de disimular la incomodidad que le producía que Hatsu aferrara su mano de esa manera, incomodidad que la misma Hatsu no tuvo reparos en ignorar.

–Te he visto hacer demasiado como para creer que… creer que lo que pueda pasar se deba a que no hiciste algo –la mano disponible la deslizó sobre la mejilla sin afeitar del psicólogo. Si antes parecía incómodo, en ese segundo parecía desear de buena gana ahogarse en un vaso de agua o en un charco–. Siempre haces demasiado, Siderakis.

–Nunca… parece bastar…

–¿Quieres que te recuerde todo lo que has hecho?

–Ahórrame la vergüenza, por favor.

–¿Te han dicho que eres un estúpido? –Soltó la japonesa con ironía, comentario que el psicólogo apenas si respondió soltando una risa que más parecía una tos.

–Y más.

Sin esperar mayor comentario, la mujer consiguió que la cabeza del psicólogo descansara sobre su hombro, sintiendo la rigidez que pareció adherirlo al piso. Casi creyó sentir las ganas… el deseo… el anhelo contenido que el muy idiota seguía manteniendo a raya, incluso cuando ella misma, sin palabras, le confirmaba que estaba ahí y que si lo hacía… si cedía… ¿Por qué iba a estar mal? ¿Qué tan malo podía ser ceder una vez?

Cómo si cualquiera que lo conociera tan bien como ella… ¿Habría alguien más? ¿Llegaría su novia rockera a tales extremos? Cualquiera habría imaginado qué le hacía falta siempre que gritaba…

La ruidosa vibración, sin embargo, bastó para romper el momentáneo halo de paz que los cubría y de paso, le brindó una excusa al psicólogo para separarse de ella. Lo necesario para sacar el móvil del bolsillo y contestar la llamada tras identificar el número.

–Te escucho –unos segundos, unas palabras ininteligibles y un asentimiento con el ceño fruncido–. Vaya, recién ahora, ¿eh? Qué oportuno –Más segundos, más palabras del otro lado de la línea que Hatsu no atinaba a identificar y el mismo ceño fruncido–.Supongo que está bien, ¿qué has hecho? –A esas alturas, Hatsu comenzaba a fastidiarse, pero la respuesta pareció durar un poco menos–. El grueso de la labor ya estaba hecha, ¿eh? Pero no te culpo, todos se habrán enterado en las últimas horas, haz lo que puedas, tampoco es como que puedas hacer demasiado –Una respuesta que, a juzgar por la rigidez de su cara, había molestado al psicólogo un buen poco–. No existen maneras sutiles, ¿crees que puede ser sutil de alguna manera? Es eso o lo buscas en las noticias, pero a mí no me haría mucha gracia la última opción y aunque no quieras reconocerlo, a ti tampoco –Más palabras, más respuestas vehementes y Paul casi sonrió con ironía–. Primero, a ti sí te quiere, segundo, acabo de llevarme por delante tres ambulancias, ¿crees que le entregarían las llaves a un tipo que, además, tiene un solo brazo? No, no cuentan porque las robé y ya tengo algunos problemas por eso –Más respuestas, más velocidad y la paciencia de Paul parecía haber llegado a su límite–. Pues hazlo y hazlo pronto, por nadie puedo prometer nada, así que salta las luces rojas si es preciso, pero no tarden, ¿eh? Como si hubiera demasiadas alternativas…

Cortada la comunicación, Siderakis parecía lejos de la natural imagen que la japonesa le atribuía, pero sí había recuperado algo de la seguridad que tanta falta parecía hacerle para mantenerse en pie, obligando a la mujer a seguir su ejemplo. Seguía mirando el móvil, casi esperando más respuestas del mismo. Y en lugar de exigirle más, dirigió una mirada hacia Hatsu, misma a la que no le hacía especial bien contemplarlo así, intentando sonreír sólo para ella, para tranquilizarla, cuando no hacía falta ahondar demasiado para comprender que aquel distaba de ser su deseo.

–Paul…

–Ya va a comenzar, Hatsu –un juramento que no alcanzó a entender y el aliento que parecía contener incluso al hablar–. Ya va a comenzar… y será un maldito desastre.

–Qué quieres decir con…

–Estos jodidos Loud… jodidos –volvía a faltarle el aliento. Volvía incluso a faltarle las fuerzas. Casi deseó la mujer alejarlo de la ventana lo más posible–. Esto se pondrá bueno, ya verás… si es que quieres verlo, claro.

Por supuesto. Paul jamás se lo pediría, pero estaba familiarizada con esa familia y ni qué decir del psicólogo para comprender el mensaje entre líneas. Porque jamás se lo pediría como cualquier hijo de vecino y estaba segura que, de ser el caso, habría dudado que se tratara del mismo Siderakis.

–¿Pensarías que me lo perdería? Por nada del mundo –sonrió antes de volver a la mano libre del psicólogo. Aunque no lo dijera… sí, era eso lo que necesitaba–. Lo que haga falta.

Después de todo… ¿Qué demonios podía hacer un hombre solo contra un clan tan numeroso? Cualquier respuesta lógica habría empezado y terminado en nada. Sin embargo, ahí cometían todos el mayor error, incluso después de haberles quedado claro tras el accidente, tras el coma… tras todo lo que tuvo que pasar para volver a caminar y valerse por sí mismo.

Y por eso tanto a Hatsuko como a Joe… puede que incluso a Hannah y a Johanna. Cómo no les iba a molestar que los subestimaran. Que no pensaran en ellos tras pensar en Paul. Que creyeran que podrían cebarse sobre él sin medir las consecuencias…

Claro que el mismo Paul no parecía ayudar si siempre rezaba lo mismo…

Padre mío, fumador empedernido.

Claro que en su caso, a nadie le molestaba recordárselo de vez en cuando. Y esa ocasión parecía ser la ideal.

Suponiendo que pudiera creerle… claro que le creía.

Por mucho que por ponerse bueno, Paul no entendiera nada especialmente… bueno.