Hola, estoy tan feliz de estar de nuevo escribiendo. Fueron muchos meses de ausencia, pero estoy de vuelta, gracias por su paciencia y comprensión.

Capítulo beteado por Vhica Tia Favorita, Beta FFAD www facebook com / groups / betasffaddiction


CAPÍTULO SEIS: THOMAS, NO; TOMY, MAMÁ.

Bella

Estábamos tumbados sobre la cama respirando entrecortadamente después del bendito maratón al que nos habíamos entregado. La respiración de Edward se acompasaba poco a poco. Su mano aún descansaba sobre uno de mis pechos, su lanza se incrustaba sobre mi estómago.

—Quieto ahí, vaquero —sonreí ante la hombría de mi esposo, quitando su mano de mí pecho—. ¿Qué no te bastó lo de hace unos momentos?

Enterró su cabeza en la base de mi cuello. —Si te soy sincero, aún me siento cachondo —ronroneó—, no puedo tener suficiente de ti. Te ha de parecer una locura, pero siento que el de las hormonas disparadas soy yo —gimió frotándose contra mí.

—Edward, —traté de alejarme, pero él me retuvo— estoy cansada, no puedo un round más y ahora que lo mencionas, es verdad, eso de que son un beneficio las hormonas para intimar más con la pareja, es cierto —y vaya que lo era, se recomponía enseguida—, estás insaciable, la que me espera —solté una risita.

En menos de un segundo tenía a Edward levantado con una cara de espanto, sus ojos abiertos de par en par, me preocuparon. Tomé la bata de seda colocándomela inmediatamente— ¿Qué pasa? —le pregunté empezando angustiarme.

—Bella —gimió en un lastimero susurro—, no podemos seguir haciendo el amor. —Mis ojos se abrieron como los de él hace unos segundos por lo que acaba de decir, acaso estaba delirando.

—¿Pero, pero, por qué? —pregunté buscando el hueco por donde se le había salido el tornillo.

—¿Y si él bebe vio a Edward Junior? ¿Y si lo lastimé? ¿Y qué tal si se asustó y me odia? —sus ojos se notaban preocupados. Mi mente luchaba con las ganas de golpearlo en la cabeza por semejante idiotez o besarlo hasta cansarme por la preocupación a nuestro bebé, ambas estaban en empate—. ¿Y si le hice un agujero por la fuerza que ejercí? ¿Y si le piqué un ojo? —Dios, tenía que parar esto—. ¿Y si…?

Tomé su cara entre mis manos —Edward ¡basta! —le grité llamando su atención.

Él paró su verborrea, lo miré detenidamente unos segundos antes de empezar a reír histéricamente. Juro que intenté no hacerlo, pero después de procesar todas sus dudas, estaba al límite. ¡Qué imaginación!

—¿De qué te ríes? Estoy aquí, preocupado por nuestro hijo y las posibles consecuencias que marcarán su vida ¿y tú te ríes de mí? —volvió a gruñir enfadado.

Paré la risa hasta tranquilizarme, si volvía a reírme, se pondría morado. No quería quedarme viuda y explicarle a mis hijos porqué había muerto su padre.

—Cariño, el bebé está bien, más que perfecto, siéntelo —llevé su mano a mi vientre donde nuestro pequeño se encontraba en movimiento—. No le haces daño porque él está rodeado y protegido por la placenta, aunque Edward Junior es bastante grande, no tiene posibilidades de tocarlo, ni mucho menos picarle un ojo. Tu hijo jamás te odiaría porque ni siquiera sabe lo que estábamos haciendo hace unos momentos, así que no está asustado y por consecuencia, no ha visto ni verá a Junior —pareció respirar más tranquilo mientras frotaba su mano sobre mi vientre—. Saldrá con los únicos agujeros que debe tener, ni uno más, lo prometo —él me sonrió para luego romper en carcajadas.

—Exageré un poco ¿verdad? —Sus hermosos ojos verdes destilaban vergüenza—. Pero por un segundo me volví loco. Dios, yo jamás volví a tocar a la madre de Tomy después de que quedó embarazada, así que… —se encogió de hombros— tan solo me imaginé cosas y mi mente divagó.

—Está bien, Edward —sus brazos se abrieron recibiéndome entre ellos—, nadie te prepara para ser padre, y fue hermoso verte tan preocupado por nuestro bebé; pero quiero que sepas que jamás haría o permitiría que algo lo dañara, ni a él ni a Thomas ni a Mía —aseguré firmemente.

—Lo sé, eres una buena madre —depositó un beso en mi mejilla—. Te quiero, Bella Cullen.

—Yo también te quiero —musité recostándome sobre su pecho.

Sus manos bajaron hasta mi clítoris y empezó acariciarlo suavemente. —Edward —me quejé retirándome. Sus ojos volvieron a brillar maliciosamente— ¡Oh no!, eso sí que no, más vale que le digas a tu amigo que baje esa pistola y la enfunde, porque lo que pienso hacer en estos momentos es dormir —gruñí bostezando de repente. Su labio inferior sobresalió formando un adorable puchero—, con dos niños usando esos viejos trucos en todo momento, estoy curada de espanto —suspiró rindiéndose.

—De acuerdo, vamos a dormir —lloriqueó bajito. Me acomodé en la cama abrazando a una almohada especial para embarazadas. Edward se acurrucó abrazándome poniendo su mano sobre mi vientre.

En la inconciencia de los sueños, creí escucharlo hablar con nuestro bebé, disculpándose de antemano por lo ajetreado que sería en algunas ocasiones allí adentro, echándole la culpa a las hormonas de su madre. Sonreí, dejándome llevar al sentirme protegida y querida en sus brazos.

Despertamos con unos hiperactivos niños, recargados de mucha energía. Thomas estaba salte y salte con una pelota que le había regalado su abuela y Mía desde su periquera jugaba con los cubiertos a tocar la batería.

—Buenos días —saludó Edward, ya listo para trabajar, entrando a la cocina. — ¡vaya! veo que están bien despiertos ya. Hola campeón —murmuró besando la frente de Thomas, él asintió sin dejar de brincar. Mía por su parte, estiró rápido sus brazos para que la cargara, Edward la alzó encantado—. Hola, tesorito —besó su mejilla haciendo gritar a mi niña de alegría.

—¿Te ayudo en algo? —Preguntó llegando a mi lado, besando mis labios para después acariciar mi vientre—. ¿Cómo amanecieron? —Cuestionó cómo todos los días.

—Cero nauseas —hice un bailecito, ¡por fin! Habían desaparecido, estaba feliz.

Llevé a la mesa el almuerzo —está todo servido, si los ayudas a desayunar en lo que termino de preparar sus mochilas y mi bolso —él asintió, así que me apresuré a alistar las cosas. Era lunes, inicio de semana y por consecuencia, corredera al kínder, a la guardería y al trabajo.

Estaba pensando seriamente en dejar de trabajar a los seis meses, Edward estaría feliz con eso; aunque el solo pensar en Jane, hacía que las ganas de dejar de trabajar se me quitaran. Esa zopilota. ¡Iuh! Era lo único que detestaba del trabajo.

Una vez lista, bajé a desayunar. Un poco de fruta picada con unas tostadas, por una vez Mía no estaba embarrada de cereal, ni Thomas estaba salpicado de su camisa —¿Cuál fue el secreto para que no se ensuciaran? —le pregunté sorprendida a Edward, siempre que los dejaba a su cuidado tenía que correr por otra muda de ropa y cambiarlos.

—Estoy mejorando —sonrió un poco nervioso.

—Ulces —gritó mi hija feliz, sacando del bolsillo de su vestido azul uno y metiéndoselo a la boca— ¡yomi!

Mi ojiazul susurro un "shhh", volteé a verlo, parecía igual de culpable que su padre, abrió la boca mostrándome un dulce color naranja.

—¡Edward! —Me quejé fulminándolo con la mirada—. ¿Dulces a esta hora?

El aludido me hizo ojitos —Pero dio resultados. Míralos, ni una mancha —apuntó a los chicos.

Suspire, si así tenían tanta energía, ahora con dulces más. Pero ellos estarían en la escuela, bueno, esperaba que no les dieran tanta lata a las maestras. Pensé—. Está bien, solo esta vez —sonrió respirando feliz de no haber sido regañado.

Saqué a los niños a la parte trasera de la casa para subirnos a la camioneta, Edward venía maldiciendo —Jodida… mierd… miércoles —se corrigió al ver a Thomas y a Mía mirándolo con atención.

—Pero si hoy es lunes, papi —le aclaró Thomas inocentemente.

—Es verdad, qué olvidadizo soy. Vayan subiendo a la camioneta —me tendió las llaves mientras se quitaba los zapatos— voy a cambiarme —con solo calcetines, entró a la casa gruñendo, dejando sus zapatos hecho un asco de las necesidades de Ruffus.

Terminé de abrochar a los niños, cuando Edward se subió a la camioneta y emprendió camino. Thomas y Mía se despidieron felices de nosotros, llegamos a la empresa con buen tiempo.

—Buenos días, señor Cullen —Jane piernas largas estaba ya amargando mi día, al batir exageradamente sus pestañas a mi esposo. —Buenos días, señora Isabella. ¡Qué grande está!— sonrió amistosamente.

Hija de la china poblana. Creía que era tonta o qué. Si entre mujeres nos entendemos.

—Buenos días, Jane. Edward, deberías darle un aumento a esta chica; su ropa se está encogiendo —apunté al diminuto traje que traía este día—, le va dar un resfriado. Con su permiso voy a trabajar —sonreí victoriosa al dejar a una echando humo por las orejas y a otro conteniendo la risa.

—Como dijo mi esposa, Jane, a trabajar —ella asintió con un "sí señor" retirándose de la oficina.

—¿Qué? —volteé a verlo al sentir su mirada fija en mi persona.

—Señora Cullen ¿celosita? —preguntó acercándose cada vez más.

—Acaso quieres una respuesta, no es necesaria. ¡Claro que lo estoy! No te quita la vista de encima, cada que tiene oportunidad te come con la mirada, ¡esa Zorra! —Gruñí enfadándome— y tiene la osadía de llamarme gorda.

—Pero yo solo tengo ojos para una chica de cabello castaño, hermosos ojos color chocolate, que posee algo especial en estos momentos —terminó la distancia encerrándome en sus brazos, posando sus manos en mi vientre— ya te lo he dicho, no estás gorda. Estás preciosa, me encanta verte así; si por mí fuera, tan pronto naciera nuestro hijo, te volvería a dejar embarazada —ronroneó sobre mi cuello.

—Oh, Edward, estás loco. Aún no salimos del primero y ya estás pensando en un posible segundo, mejor conformémonos con practicar por un buen tiempo, dicen que la práctica hace al maestro; horas y horas de práctica —el solo pensarlo me tentaba a llevarme a mi marido de nuevo a casa.

—Hhmmm, tienes razón, practicar es una genial idea —sus labios atacaron los míos con una necesidad inmensa, me entregué a ellos gustosa; sus manos se colaron amasando mis pechos. Tan perdidos estábamos en nuestra burbuja, que no alcanzamos escuchar la puerta abrirse.

—¡Vaya! —una voz nos trajo a la realidad, haciéndome esconder mi cara en el pecho de Edward—, si no llegamos justo a tiempo, le haces trillizos, hermano —gritó Emmett partiéndose de la risa.

—Emmett —lo regañó la voz de Carlisle—. ¿Qué no vez que ya no pueden hacer más bebés por el momento? Tal vez para la próxima —lo apoyó.

Asomé la cara para ver a Emmett, Carlisle, Tanya y Jane dentro de la oficina; esta última con la boca abierta y su ceño fruncido.

—Dejen en paz a estos pobres cachondos, quieren terminar de formar al bebé, pero ese ya está formadito —rió Tanya— ¿y tú Jane? ¿Disfrutaste del espectáculo que te quedaste muda y tiesa? O vas a mover tu trasero y dejarnos hablar con tus jefes—. La susodicha salió murmurando un "con permiso" cerrando las puertas tras ella.

—¿Qué tienen ustedes dos en contra de esa chica? —nos preguntó Emmett mirando de Tanya hacia mí.

—Somos del club antizorras —contestó Tanya sonriendo gratificantemente— las detectamos a distancia.

Carlisle rió. —Bueno, pues venimos a informarles de una fiesta que va organizar la empresa para la próxima semana… —nos metimos de lleno en el tema, repartiéndonos las tareas para que todo saliera bien. Varias horas después todos salieron quedando conformes.

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—Mamá. ¿Qué haces aquí en sábado y tan temprano? —pregunté abriendo la puerta aún medio dormida. Edward había salido temprano a terminar unos pendientes, consideradamente me había dicho que siguiera durmiendo y yo así lo hice.

Y vean a mi madre parecía estar igual que los niños rebosantes de energía a estas horas de la madrugada.

—Isabella, esos no son modos de recibir a tu madre. Aquella que dio la vida por ti, que se sacrificó cargándote durante nueve meses, quien se quedó con estrías y unos kilos de más, quien tenía ojeras de mapache porque no dormías los primeros días, quien…

—Ya entendí, mamá, ya entendí. Lo lamento, pero tengo sueño y debes entenderme —gruñí sentándome en la sala.

—Te perdono, cariño. Pero ya es tarde, son las ocho de la mañana, cuál madrugada, Bella, no seas exagerada.

—Bueno y a todo esto. ¿Qué haces tan temprano por estos rumbos? —Antes de que se volviera a ofender, me apure hablar—. No es que me moleste, claramente, pero tengo curiosidad.

—Ah, bueno, estuve hablando con Esme y Alice, y decidimos juntarnos en tu casa para prepararnos y apoyar a Tomy mañana; ya vez que con dos niños y uno en la barriga, es más difícil salir a la calle —sonrió contenta— así que yo llegué temprano, pero ellas estarán aquí en dos horas más.

—Mmmm —gemí bajito, mi día de dormir y dormir estaba desechado.

—Bella, Mía está llorando —Thomas bajó tallándose sus ojitos—. Buenos días abuelita —saludó besando a mi mamá en la mejilla.

—Hola, preciosidad, qué guapo y grande estás —mi mamá lo abrazó—. Vamos a prepararte algo de desayunar —él asintió dejándose llevar a la cocina—. Hija, yo me encargo del desayuno, ve con mi nieta.

Decidí agradecerle, ella no tenía la culpa que yo aún tuviera sueño— gracias, en un momento bajamos— me encaminé hacia los lloridos de mi pequeña.

Después de una ducha que tomé con Mía, ambas bajamos cambiadas, despiertas y de mejor humor. Mi mamá parloteaba en la cocina animadamente, iba entrando cuando una pregunta de Tomy me atrajo la atención:

—Abuelita, Renée. ¿Cómo se hacen los bebés? —preguntó mi Ojiazul con curiosidad.

—Bueno, cariño, los papás meten un gusanito…

¡Oh Dios!, gemí atragantándome con la saliva —¡Mamá…! —la interrumpí pidiéndole con la mirada que se callara.

—¿Qué gusanito? ¿Duele el gusanito? ¿Cómo es? —Thomas estaba expectante esperando que su abuela hablara.

Renée arqueó una ceja en mi dirección, con esa mirada me decía que ella iba aclararle las dudas al pequeño espectador.

—Verás, Tomy, los gusanitos son de muchos tamaños —exageró el movimiento con sus manos—, no duele nadita, al contrario —mi mamá sonrió como ¿recordando? ¡wakala! Arrugué mi cara—, solo los adultos hombres pueden hacer que ese gusanito entre en mamá y haga bebés —terminó de contarle muy quitada de la pena.

Vi la mirada de Thomas mientras procesaba información. Después una sonrisa de conformidad apareció en su carita —Orales… —fue todo lo que dijo mientras se apresuraba a terminar su desayuno.

La puerta se abrió, Edward entró dejando su portafolio en la mesa de la cocina —Buenos días— vio a mi mamá y fue a saludarla—. Buenos días, Renée —la saludó cálidamente.

—Hola, Edward, espero no te moleste que ande por aquí tan temprano. —Mamá puso varios platos con deliciosa comida en la mesa—. Vamos, ya está todo listo, a desayunar.

—Claro que no, eres más que bienvenida en esta casa —le contestó Edward, se acercó a mí besándome suavemente—. Buenos días, preciosa —susurró. Besó a Mía en los cachetes—. Hola, muñequita. Hola, Tomy —saludó a nuestros hijos.

Dejé a mía en su sillita y fui a sentarme junto a Edward, quien estaba comiendo un hotcake cuando Thomas habló: —Papi —centró su atención en él—. ¿Adivina qué? — preguntó brincando en su silla.

—¿Qué pasó, hijo? —preguntó Edward disfrutando el desayuno.

—Yo ya sé que tú le metiste a Bella un gusanito para hacer a mi hermanito —sonrió—, abuelita Renée me contó.

La cara de Edward se desencajó por un momento, su rostro se tornó pálido, sus ojos se abrieron ante lo que había dicho nuestro hijo y empezó a toser.

—Terminé, me voy a jugar —gritó Thomas saliendo de la cocina.

—¡Oh Dios! Edward —grité al darme cuenta que se estaba ahogando—. Mamá, ayúdame —pedí histéricamente, golpeando su espalda varias veces. Ella trajo un vaso de agua que él bebió rápidamente; del morado pasó al rojo, después al azul y finalmente estaba regresando a su color—. ¿Estás bien? —pregunté angustiada. Mía al ver lo alterada que estaba, se puso a llorar.

—Sí —tosió un poco—, es solo que… me tomó por sorpresa—. Edward cargó a nuestra hija acurrucándola a su lado—. Tranquila, papá está bien. Shhh, no llores bebé —en sus brazos la consoló hasta que logró tranquilizarla.

Fulminé a mi mamá con la mirada y ella se sonrojó. —lo siento, es que él pregunto y yo no pude negarle nada— mostró una pequeña sonrisa.

—No se preocupe, es solo que me sabía la historia con la flor y la abejita; esta del gusanito es nueva para mi conocimiento —sonrió un poco haciéndonos olvidar lo que pasó hace unos momentos.

Después de limpiar el desastre de la cocina, junto a mi madre, tocaron el timbre. Edward acudió abrir con Mía en sus brazos, su madre y hermana entraron saludando y cargadas de bolsas.

—Buenos días, esperamos no molestar —habló Esme llegando a mi lado—. ¿Cómo está mi nieto? —Acarició mi vientre, recibiendo una patada en respuesta— ¡vaya! Veo que muy bien. Hola, cariño, qué tal estás —preguntó amablemente.

—Bien, Esme, gracias por preguntar —Mía gritó llamando su atención.

—Ven con la abuela, preciosa —arrancó a mi hija de los brazos de Edward, para llenarla de mimos—. ¿Y Tomy? —preguntó buscando al mayor de mis hijos.

—Perdido en el mundo de la tecnología —mencionó Edward.

—Bella, te trajimos unos trajecitos preciosos, en color blanco y amarillo —chilló Alice mostrándome unos diminutos trajes que eran lo que había dicho, preciosos— además de un montón de ideas para las olimpiadas de mañana —comentó entusiasmada.

—Gracias, no debieron molestarse —los tomé acariciándolos, imaginarme a mi bebé con ellos me llenaba de emoción, sentí las lágrimas acumularse—. Son hermosos.

—Oh Bella, no quisimos hacerte llorar —Alice me miraba con preocupación.

Edward llegó a mi lado abrazándome —son las hormonas, ¿verdad, cariño? —preguntó suavemente besando el tope de mi cabeza.

—Sí —sorbí mi nariz—, lo siento, me emocioné mucho— me limpié las lágrimas acumuladas con el dorso de mi mano.

—Te entendemos, cariño. ¿Verdad, Renée? —preguntó mi suegra volteando a ver a mi madre.

—Claro que sí, cada embarazo es diferente —ambas se metieron en el tema recordando sus embarazos. Mientras que Edward se llevaba a Mía a dormir, Alice y yo acabamos hablando de mañana, de la fiesta que estábamos organizando y de la cual ella también era participe.

Pasamos una tarde agradable, entre las cuatro preparamos una riquísima variedad de comida. Edward al ver que era el único hombre, llamó a Emmett, Carlisle y Jasper; quienes llegaron rápidamente al oír mencionar la comida. Este último se trajo a Rosalie, cabe decir que las miradas entre Emmett y la rubia como él le llamaba, nos divertían a todos. Ella lo fulminaba con la mirada, mientras que él la veía con ojos de borrego a medio morir. Y palabras como "asno", "chiquita", "idiota", "preciosa", "bruto", "sexy"; eran lanzadas desde una esquina a otra en el comedor. Lo bueno de todo es que ambos niños estaban tomando la siesta y no escucharon tantas groserías.

Después de la comida todos seguimos planeando sobre el día de mañana. Desde que Thomas nos dijo hace días lo emocionado que estaba de participar en las olimpiadas de su escuela, había hecho unas llamadas y tenía una sorpresa que esperaba le gustara.

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Todos estábamos ansiosos esperando que dieran inicio los juegos. Thomas portaba una camisa blanca con su nombre en la espalda "Thomas Cullen". Había estado encantado cuando se la entregó su maestro de educación física. Thomas iba a jugar relevos por una distancia de veinte metros, estaba en el área de salida esperando la orden. Todos llegamos vistiendo una camisa blanca la cual traía su foto con un "Te apoyamos Thomas Cullen", además de unas pancartas.

Los juegos empezaron y en cada uno estuvimos gritando y alentando a nuestro pequeño atleta, él sonreía feliz ante las porras poniendo su mayor esfuerzo para ganar. Y lo consiguió. Ganó dos medallas de oro y una de plata. Mi hijo era un buen corredor, esa era una muy buena habilidad que poseía.

El último juego fue una sorpresa, los hijos y sus madres eran los únicos que debían participar. Consistía en que ambos con una cuchara llevaran un huevo hasta la meta. Vi a Thomas agachar su cabeza, mientras el brillo de sus ojos se apagaba. Todas las madres se acercaron a sus hijos, por un momento pensé en el posible rechazo. Pero mierda, si incluso él me rechazaba, yo no podía dejar de intentarlo; le di mi bolso a Edward quien me miró con una gran sonrisa.

—¡Vamos a ganar, hijo! —llegué hasta él poniendo mi mano en su hombro, Tomy volteó desconcertado por unos momentos, momentos que bastaron para que sus ojos revivieran y volvieran a brillar. Asintió con una enorme sonrisa.

Nos acomodamos en la raya de salida, el silbato sonó y ¡Aquí vamos!

¡No te caigas! ¡No te caigas! ¡No te caigas! Ese era mi mantra, ya que honestamente yo no era buena para estos juegos. Pero tenía un hijo y quería que él estuviera orgulloso del esfuerzo de su madre. Así como yo lo estaba de él. Mi Ojiazul se me había metido en el corazón para siempre. Vi a dos niños perder a mitad de camino, una señora con su hijo iban delante de nosotros, pensé en algo que me hiciera querer apurarme y acerté. Un enorme helado de chispas de chocolate o a mi marido bañado de ello y mi lengua recorriéndolo detenidamente. Eso bastó para que mis mejillas se colorearan y apurara mis pasos con cuidado de no caer.

—¡Vamos, Thomas! —Lo animé—, somos ganadores —seguí alentándolo.

—Sí, vamos a ganar —chilló feliz. Apuramos nuestros pasos, estábamos en empate, casi llegábamos, unos pasos más. Cada vez más cerca, cuando al niño de al lado se le cayó su huevo perdiendo en el instante; pobre niño, pero era él o mi hijo, así que estaba feliz por seguir. Thomas cruzó la meta y yo lo seguí. Gritos por parte de la familia llegaron a nosotros.

—Y los ganadores son Thomas Cullen y su madre —anunció la directora de la escuela.

—¡Ganamos! —chillé emocionada agachándome a abrazarlo.

—Gracias, Bella, te quiero —me abrazó demostrando lo que con sus palabras quería decir— perdón por portarme mal contigo —sus ojos se llenaron de lágrimas retenidas—. Te amo, mami —sus brazos rodearon mi cuello, abrazándolo—, mi mami.

Toda la familia estaba mirándonos con sonrisas, todos presenciando este momento de aceptación. Edward traía sus ojos cristalinos y Esme se limpiaba ya unas cuantas lágrimas.

Un nudo se formó en mi garganta —De nada, Thomas, fue un placer participar contigo; estuviste fantástico. Mi hijo es todo un campeón —lo abracé esperando trasmitirle todo el amor que sentía por él.

Él asintió separándose de mi para mirarme a los ojos —Ya no me llames Thomas, dime Tomy, mamá —mis ojos se llenaron de lágrimas al escucharlo decirme eso— no llores, mamita —limpio las lágrimas que empezaron a caer de mis ojos.

—Son lágrimas de alegría corazón, lágrimas de amor —lo besé en la frente por fin sintiendo mi familia completa. Con unas enormes ganas de luchar por ellos.


¿Les gusto?

¿Comó ven a Edward de cachondo?

A mí me encanto la explicacíon del gusanito. Esa Reneé es toda una loquilla :)

Y que tal Tomy ¿no es un encanto?, por fin acepto a Bella.

Espero sus comentarios!

A todas las lectoras que me dejan un rr, mil gracias.

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Si alguna me falto, disculpen y háganmelo saber =)

A las lectoras silenciosas, mil gracias por leerme.

Karina Castillo