La fuerza del Imperio
Capitulo 7
Alcemena miro a Creonte en silencio mientras paseaban por el hermoso peristilo de la casa.
Creonte y ella habían formalizado el compromiso entre su sobrino Caesar y Calíope. Sin embargo, Creonte le había revelado unos detalles que atañían a su hijo Yolao y que le preocupaban enormemente.
– Déjame ayudarte– le dijo con una voz templada, como una mujer acostumbrada a tratar temas espinosos y salir airosa de ellos.
– Solo te pido que le hagas llegar a Hércules el mensaje que te he entregado. No confío en nadie más para hacerlo.
Alcemena percibía claramente el nerviosismo que trataba de ocultar Creonte, pero la forma de masajearse las manos lo delataban. El amigo de su esposo no parecía el mismo. Había envejecido notablemente de un tiempo a esta parte.
– Temo por mi hijo, Alcemena– confesó con voz quebrada.–Está sumergido en una trama de ambiciones y poder que lo puede conducir a la muerte.
Alcemena lo cogió de las manos para tranquilizarlo.
– ¿Y si hablas con el emperador?
Creonte cerro los ojos. Llevaba mucho tiempo fuera de casa y estaba deseando regresar; sin embargo, tenía que atar los asuntos muy bien en la ciudad de Roma antes de poder hacerlo.
– Me preocupa el senador Tiberio Lépido. No se detendrá ante nada para lograr sus propósitos– le informó con voz apagada, como si las fuerzas lo hubieran abandonado.
– Pues… déjame que te ayude–reiteró.– Si no quieres que lo haga por ti, al menos por tus hijas.
Por un momento, por un instante, Creonte estuvo a punto de aceptar.
– Hércules no se merece que actuemos por sus espaldas– dijo con un hilo de voz y con la mirada baja–. Es mi problema, Alcemena, y debo hacerle frente de la forma que estime oportuna.
– Conozco a mi hijo y sé que actuaría de la misma forma que yo.
Las palabras de Alcemena se le clavaron en el corazón como dardos afilados.
Creonte era consciente del peligro que corría su familia y no saber cómo podía protegerlos a todos lo sumía en un pozo profundo de desamparo.
– En el mensaje le pido a Hércules precaución, ahora te la pido a ti.
Alcemena lo miró con disgusto en sus ojos. El tema que trataban era demasiado grave.
– Me hablas de traición, Creonte, y te he aconsejado que hables con el emperador. Sin embargo, si no deseas hablar con Julio César, hazlo entonces con el senador Tulio Cicerón. Él debe saber lo que se está gestando en el mismísimo senado.
– Mi… mi hijo está en medio y no puedo permitir que le ocurra nada perjudicial por la ambición de un hombre sin escrúpulos. Necesito tiempo para desenmascarar al traidor.
– Puedo proteger a tus hijas. Permítemelo, Creonte. Es lo que mi marido Anfitrión hubiese querido. ¡Lo sabes! Si ocurriese lo que tanto temes y te atormenta, tus hijas estarán protegidas.
Finalmente, Creonte claudicó.
– Aceptaré tu ayuda si lo mantenemos en secreto.
– Tienes mi promesa que no diré palabra alguna.
– Si sucediera lo peor…– continuó Creonte–, te pido que las protejas como su fueran tus propias hijas.
Alcemena apoyo una mano en su hombro.
Creonte respiró aliviado al fin.
–¡Yolao!– Meg corrió veloz al encuentro de su hermano. El centurión que lo acompañaba, así como los dos legionarios, detuvieron sus monturas al unísono.
– ¡Hijo!– Exclamó Eurídice–. Cuánto te hemos extrañado.
Yolao se dejó agasajar por su madre y sus hermanas
– Madre, le presento a Lucius Quintus, mi escolta personal. Triciptin y Postumio son los legionarios a sus órdenes.
Eurídice se apresuro a saludar a los hombres que acompañaban a su hijo.
– No teníamos modo de saber cuándo regresarías, hijo.
Yolao dio un paso al interior de la vivienda acompañado de su madre.
El centurión y los solados se quedaron rezagados.
Yolao no pudo dar una respuesta a las preguntas que le daban sus hermanas y su madre porque el centurión y los dos soldados hicieron su entrada en la estancia seguidos de un criado que los guiaba.
– Me muero por conocer las últimas noticias sobre Roma– dijo de pronto Calíope.
Yolao dudó un momento, si bien poco después complació a su hermana con uno de los chismes que más se comentaban en los círculos de la nobleza.
Eurídice miraba de hito en hito la escolta personal de su hijo. El centurión y los dos legionarios se mostraban firmes y silenciosos en presencia de ellos. "Qué sucedía para que su hijo necesitara una escolta?"
Yolao contempló con cierta ansiedad el rostro turbado de su madre. Como esposa de un ex militar, conocía a la perfección la vida en el ejercito y sabía que un hombre, fuese senador o cónsul, no llevaba escolta a menos que peligrase su vida. Sentía la necesidad de tranquilizarla, asegurarse que no había nada que temer, pero mentiría y ella se percataría de su mentira.
–Me aseguraré de que vuestro padre no se entretenga con los sirvientes– dijo Eurídice y acto seguido, abandonó la estancia y salió con pasos rápidos.
Meg meraba de forma directa al centurión que los observaba con ojos de águila. Meg se preguntaba por qué motivo no se había quitado el casco en el interior de la vivienda.
Triciptin y Postumio, los legionarios que acompañaban a Lucius Quintus, miraron a la joven con crecente curiosidad. Yolao les lanzó una mirada dura que ellos entendieron a la perfección.
Eurídice interceptó a su marido antes de que cruzara el atrio.
– Creonte, he de hablar contigo.
Creonte miró a su esposa con interés. Julia tenía en el rostro una mirada llena de alarma.
– Me gustaría saludar a nuestro hijo, querida. – le respondió el en voz baja.
– ¿Por qué motivo lleva Yolao escolta?– la pregunta directa lo dejó clavado al suelo.
– Es un senador de Roma, querida.
– Pero… únicamente es el emperador que lleva escolta de la guardia pretoriana.
Creonte no sabía qué decirle para tranquilizarla.
– Es el César quien lo ha dispuesto así, y no deberíamos cuestionar sus motivos.
Esa respuesta no satisfacción a Eurídice en absoluto. Intuía que su marido le ocultaba algo y le molestaba.
– Me ocultas algo y sabes que no soporto eso.
– ¿Puedo ya saludar y abrazar a nuestro hijo?– insistió el con un tono de voz elevado.
– ¡Padre!– Yolalo caminó directamente hacia su padre y lo abrazó con afecto.
– Tu madre está preocupada– dijo de pronto Creonte al mirar el rostro desencajado de su mujer.
Yolao entendía que su padre deseaba que él la tranquilizara y urdió una pequeña mentira para ello.
– Días atrás fui atracado por unos maleantes sin importancia en un lugar apartado y oscuro; el emperador creyó conveniente que tuviese escolta durante un tiempo hasta que mi inquietud se apaciguara.
La respuesta de Yolao tuvo el efecto contrario en su madre. Ella sabía que su hijo no caminaba en solitario por las zonas más alejadas de Roma. Supo que mentía y su inquietud aumento.
– ¿Qué os entretiene tanto?
La pregunta de Calíope hizo que Yolao soltara el aire que contenía.
Creonte era consciente de que tendría que hablar con su mujer. Sin embargo, ¿cómo se le decía a una madre que su hijo corría serio peligro?¿Y que había aceptado ser protegido por el hombre que había sido rechazado para contraer matrimonio con su hija?
Apenas había cantado el primer gallo cuando Meg salió silenciosa de la villa. Se echó sobre la cabeza el manto para cubrirse su cabello. Conocía la dirección que tenía que tomar para llegar al foro, la plaza principal en torno al cual se desarrollaba la ciudad y en la que tenía lugar la mayor parte del comercio.
La Vía Sacra era la calle más amplias de la ciudad de Roma. Meg pretendía llegar hasta el Forum , dedicado al comercio genérico de varias clases de bienes, sobre todo de lujo. Meg estaba decidida en ver las antigüedades, que había en el mercado. Como la distancia era bastante larga, había decidido madrugar para regresar a la villa como muy tarde a la hora premia antes de que despertaran. Si bien ahora se arrepentía de caminar sola sin la compañía de un sirviente. Apenas llevaba un tiempo caminando cuando Meg se percató de que la seguían. Aceleró el ritmo y se mantuvo separada, que eran bloques de viviendas humildes de varias alturas.
Meg caminaba a paso ligero sobre la calzada. En el silencio, solo interrumpido por el aullido de algún perro, se escuchaba el sonido de sus pasos, e incluso su respiración agitada, y podía notar su pulso acelerado. Se giró sobre sí misma de improvisto, pero no acertó a ver a nadie caminando detrás de ella.
Seguramente lo había imaginado; sin embargo, admitió con franqueza que caminar por una zona que desconocía, y en solitario, no había sido una buena idea. Continuó su avance sin detenerse a ver las tiendas y talleres que se disponían en torno a pequeños jardines o pasillos. De uno de ellos salió un perro que logró darle un susto de muerte cuando trató de morderla. Meg hizo lo más estúpido que podía hacer; echó a correr seguida muy de cerca por el perro, que intentaba alcanzarla el manto que ondeaba tras ella. Finalmente sintió que tiraban de él hacia atrás y lo soltó de sus manos mientras seguía corriendo, pero sirvió de poco. El perro soltó la tela y se lanzó de nuevo tras ella. Meg sintió los dientes afilados en el tobillo y cayó de rodillas sobre la calzada.
El sonido de los cascos de un caballo le hizo alzar el rostro, que tenía cubierto con las manos. Ahora se arrepentía y mucho de haber salido sin compañía…
