CAPÍTULO VII
Las distintas fotografías levitaban de un lado al otro del salón a merced de los movimientos de la varita de Sirius, que la movía distraídamente.
Sus ojos ya no las observaban, sino que hacía ya rato que se había perdido, una vez más, en lo más profundo de sus cavilaciones.
Las fotografías en movimiento plasmaban diferentes momentos de Sirius o de sus amigos en Hogwarts y durante las vacaciones de los últimos años. Pero todas tenían algo en común: Remus aparecía en cada una de ellas.
Con un suspiro de cansancio, Sirius dejó caer la mano sobre el sofá. Las fotografías se precipitaron al suelo. El chico recostó la cabeza en el respaldo y clavó los ojos en el blanco techo.
Los recuerdos y las imágenes de Remus lo ocupaban todo. Absolutamente todo. Cada rincón de su cerebro y cada segundo de su tiempo.
- Es enfermizo – resopló, disgustado consigo mismo.
Pero era mentira. Porque ya no lo sentía como una enfermedad; no como algo malo. Ya no. Puede que sí al principio, cuando se empeñaba en negar todos esos sentimientos que crecían en su interior.
Recordaba que aquella noche, después de conocer a Matt y después del clandestino encuentro en la discoteca con aquel chico, se había pasado toda la noche dando vueltas en su moto.
Había demasiadas preguntas que necesitaban una respuesta y Sirius no sabía si estaba preparado para buscarla.
¿Ahora le gustaban los chicos? ¿Desde cuándo?
Todo empezó como un juego, una tontería sin importancia. Una noche en la que James y él salieron a dar una vuelta los dos solos y terminaron entrando en aquella discoteca muggle porque así se le antojó a su amigo.
Al poco de estar allí, mientras trataban de que una de las excesivamente maquilladas camareras les prestara atención y les pusiera algo de beber, Sirius tuvo la desagradable impresión de que estaba siendo observado.
Miró en redondo y se topó, unos metros más allá, con unos ojos verdes que no le perdían de vista. A esos ojos le acompañaba una seductora sonrisa.
No obstante, en contra de lo que se esperaba Sirius, esa hermosa cara pertenecía a un chico y no a ninguna despampanante muchacha.
Desconcertado e incómodo, se volvió e hizo como si nada.
Consiguieron pedir unas copas y se divirtieron un rato, bebiendo y bailando al son de "Hot Stuff", de Donna Summer. O Sirius al menos lo intentó, porque seguía sintiendo la insistente y afilada mirada de ese chico clavada en su cogote.
Hasta James se dio cuenta.
- Tío, me parece que has ligado – le dijo propinándole primero un codazo y luego soltando una sonora carcajada.
- Ya estoy harto.
- ¿Qué vas a hacer?
Sirius no respondió. Se separó de su amigo y cruzó media pista. Se plantó delante de aquel joven, con pose decidida y mirada altiva.
- ¿Te gusta lo que ves?
- Sí, claro que me gusta – le respondió sin un ápice de duda ni vergüenza -. Y a ti, ¿te gusta lo que ves?
- No está mal, pero no eres lo que busco – y Sirius lanzó una rápida mirada a una de las camareras.
- Ya veo. Es una lástima – dijo encogiéndose de hombros, más resignado que decepcionado.
- Por favor, deja de comerme con la mirada. Ya sé que soy irresistible, pero me estás poniendo de los nervios.
- No puedo prometer eso. Es muy difícil apartar los ojos de ti – y entonces dejó de mirarle a los ojos y clavó su mirada en sus labios. Fue tal el deseo que Sirius contempló en aquellos iris verdes que algo en su interior dio un pequeño vuelco. En vez de marcharse, se quedó allí paralizado.
- ¿No te ibas? – aquel chico era un desvergonzado, pensó Sirius, porque le estaba desnudando con la mirada y aún encima se pitorreaba de él -. O, si quieres, podemos irnos a un lugar más tranquilo, los dos solos. Si es que te apetece probar algo nuevo.
Probar algo nuevo…
Nunca supo a qué se debió que Sirius tomara esa decisión en ese momento. Quizás fue el alcohol, o la música, o el asfixiante calor de toda esa gente bailando tan cerca, o cómo le miraba aquel chico. Se sentía deseado y era agradable. No pasaba nada por probar, ¿verdad? Era joven y soltero. Podía hacer lo que quisiera y no tenía que darle explicaciones a nadie. ¿Por qué no?
- De acuerdo – aceptó Sirius -. Un beso nada más. Cortito. Y sin tocamientos.
- Estupendo. Sígueme – y la sonrisa de aquel chico no podía ser más grande.
Pero ese único beso y corto pasó a convertirse en uno más largo. Y luego en otro y otro más. Y puede que algunas manos tocaran algo de piel y que otras se enredaran en algo de cabello.
- ¡No me lo puedo creer! – exclamó James un rato después, cuando ya se iban -. No vuelvo a salir contigo nunca más. ¡Me dejaste solo! ¿Se puede saber qué fuisteis a hacer? – ante la mirada entre escéptica y socarrona de su amigo, añadió -. Vale, me lo puedo imaginar. Pero no me lo puedo creer. ¿Ahora te van los tíos?
- No digas tonterías. Sólo me apetecía divertirme. Probar algo nuevo. ¿Qué tiene de malo?
- Nada, nada. Tú sabrás lo que haces.
- ¿Qué ocurre, Potter? – y con voz melosa, Sirius le echó un brazo sobre los hombros, se lo acercó y con la otra mano le pellizcó la mejilla -. ¿Te preocupa que ahora me vaya a sentir terriblemente atraído por ti? ¿O es que estás celoso porque me fui con otro?
- ¡Aparta, idiota!
Durante unos días pensó mucho en esos besos y en todo lo que le habían hecho sentir. Había sido muy excitante y los había disfrutado más que ninguno otro. Pero quizás se debía a que hacía tiempo que no estaba con nadie, a la novedad y al hecho de estar haciendo algo a escondidas, algo prohibido.
Finalmente decidió aparcar esos pensamientos que no lo llevaban a ningún lado.
Pero claro, unos meses después ocurrió que descubrió que uno de sus mejores amigos estaba saliendo con un chico. Los había pillado besándose. Luego había soñado que era él quien le besaba. Y luego no paraba de pensar en cómo sería besarle a él. ¿Sería tan excitante como besar al chico de ojos verdes? ¿Y por qué se preguntaba estas cosas? ¿Por qué sólo le ocurría con Remus y con nadie más?
Intentó imaginarse besando a James o a Peter, pero un desagradable escalofrío de horror le recorría de arriba abajo. Pero si los cambiaba por Remus… ya no era un escalofrío lo que recorría su cuerpo, sino otras sensaciones mucho más agradables y ardientes que le producían unos inesperados efectos secundarios en su cuerpo.
Aparte de todo esto, como si no fuera ya suficiente, había otros sentimientos que le resultaron mucho más difíciles de digerir: la rabia, el odio y los celos que le invadieron cuando vio a Remus con Matt. Fue algo tan inesperado y tan intenso que se asustó. Tanto que no supo cómo gestionarlo y salió corriendo.
Buscar consuelo en los brazos y labios equivocados tampoco sirvió de nada. Todo lo contrario.
Durante días estuvo en una continua zozobra, en un sin vivir, buscando una explicación. Se sentía confuso y perdido. Y muy asustado.
¿Le gustaban los chicos? Lo de aquel día en la discoteca, aquella primera experiencia, había sido un capricho, un juego. Había sido divertido en su momento, pero empezaba a arrepentirse. Ya no estaba seguro de lo que le gustaba y lo que no.
Creyó que alejarse de Remus era lo más sensato, así que no lo dudó cuando se enteró de que enviaban lejos a James. Le sustituiría en la misión. Era una buena oportunidad. Se alejaría de Remus y a la vez estaría solo y tendría tiempo para pensar.
Y se aferró a esa idea como a un clavo ardiendo.
Pero en cuanto puso un pie en la mansión y cruzó una mirada con Remus, comprendió que ese tiempo fuera no había servido de nada.
Podía engañarse a sí mismo tanto como quisiera, comprendió entonces. Pero la realidad era que la sola presencia de Remus le aceleraba la respiración y el pulso, lo ponía todo patas arriba en su interior. Lo veía allí y no pedía evitar perderse en sus movimientos. Remus le ponía color a cada instante.
Una sonrisa o una mirada del castaño y Sirius sentía perder el juicio. Debía echar mano de todo su autocontrol para no saltar por encima de la mesa de la cocina, sostenerlo entre sus brazos y besarle allí mismo.
Por todo ello no quería quedarse a solas con él. Temía no poder controlarse. Últimamente también evitaba el contacto visual directo porque cada vez que sus ojos se encontraban, se sentía desaparecer en su mirada.
Y luego estaban las noches. Sirius no era de esas personas que recordasen habitualmente lo que habían soñado. Sin embargo, cada vez eran más frecuentes los sueños en los que Remus era el protagonista absoluto, acompañándolo en sus oscuras y solitarias noches.
Esas mañanas el chico remoloneaba en la cama, negándose a aceptar que era hora de abrir los ojos y ponerse en pie para afrontar un nuevo día. Por el contrario, daba media vuelta en la cama, se abrazaba a la almohada y cerraba los ojos, tratando de volver a la fuerza al maravilloso mundo onírico del que había sido arrancado en contra de su voluntad.
Incluso en uno de esos sueños Remus le había vuelto a cantar, como en aquella ocasión en quinto curso. No recordaba la letra, pero estaba bastante seguro de que en ella le cantaba a una estrella del cielo, en busca de consuelo.
Y eso quería Sirius, ser la estrella que guiara a Remus, que le iluminara en las noches oscuras.
Sirius bufó, molesto ante los cursis pensamientos que le cruzaban la mente demasiado a menudo en los últimos días. Acto seguido se pasó las manos por la cara y luego se masajeó las sienes. Empezaba a dolerle un poco la cabeza.
No podía seguir así, pero tampoco sabía qué debía hacer. Todo esto le había cogido por sorpresa.
Llevaba tiempo añorando el amor. No buscándolo pero, sin embargo, sintiendo que le faltaba algo. Esta situación no era lo que él se había esperado, desde luego. Después de darle muchas vueltas, no obstante, llegó a la conclusión de que nadie podía compararse con Remus.
¿Debía, entonces, arriesgarse? Había mucho que perder, pero tanto que ganar…
Remus estaba saliendo con el idiota ese, cosa que seguía siendo un auténtico misterio para Sirius. No tenían nada que ver y no lograba comprender qué hacía alguien como Remus con un imbécil como aquel.
Sirius se obligó a inspirar y expirar despacio para calmarse. Sólo pensar en Matt y automáticamente fruncía la boca y el ceño.
Las cosas serían mucho más sencillas si Remus no estuviese con él. Quizás entonces se atrevería a lanzarse. Le diría lo que sentía o, simplemente, lo arrinconaría en cualquier rincón de la mansión y le besaría, así sin más. Al menos, si Remus le rechazaba, ese beso ya nadie se lo podría quitar.
Matt. Remus estaba con Matt.
La idea de deshacerse de ese dichoso chico de gorra y monopatín ya se le había pasado por la cabeza en varias ocasiones. Podría ser muy sencillo. Un hechizo obliviate, o un traslador que lo dejase en la otra punta del planeta…
Sirius sólo fantaseaba. Sabía que, en el fondo, por muy mal que le cayese ese sujeto jamás sería capaz de hacer nada que lastimase a Remus.
Con un último suspiro de cansancio, Sirius se levantó del sofá. Con un movimiento de su varita, las fotos volvieron a elevarse. Se desplazaron todas hacia la cómoda, en donde se abrió un cajón y cada una de ellas se metió dentro. El cajón se cerró con un golpe seco.
Sirius llegó a la mansión en el momento justo en el que los elfos domésticos estaban sirviendo todo lo necesario para un desayuno completo. No tenía ninguna misión asignada para ese día pero estar sólo en casa no le ayudaba. Necesitaba salir y estar con gente. Quizás con suerte, Dumbledore o Moody le encomendasen alguna tarea y así al menos podría mantener la cabeza algo ocupada.
Tampoco podía engañarse. Aunque se dijese a sí mismo continuamente que debía hacer lo posible por mantenerse alejado de Remus, al final una fuerza inexplicable siempre tiraba de él y lo acaba llevando de nuevo a la mansión, en dónde sabía que tarde o temprano se terminaría cruzando con su amigo.
En su trayecto hasta la cocina no lo vio por ningún lado, así que tras servirse un café y coger dos magdalenas se sentó junto a Peter quién, nada más verlo aparecer por la puerta, le había saludado con entusiasmo y no había parado de hacerle señas para que se sentara a su lado.
Estaba comentando con su amigo el último partido de quidditch de la liga nacional de Gran Bretaña cuando Remus entró por la cocina. Sirius juraría que le pareció que le buscaba con la mirada, pero en cuanto sus ojos se cruzaron, ambos la desviaron rápidamente.
¡Maldición!
- Buenos días – saludó Remus con una educada sonrisa.
Disimuladamente Sirius no le quitó ojo a su amigo, aunque fingía escuchar muy atentamente el parloteo de Peter.
Remus se acercó a la encimera de la cocina y se sirvió un vaso de zumo de naranja y pomelo y después, muy cuidadosamente, untó un poco de mantequilla en medio croissant y lo puso en un plato. Lo cogió, junto al vaso, y se giró para dirigirse a la mesa.
Sirius deseó que se sentara a su lado, pero teniendo en cuenta que llevaba más de dos semanas evitándolo, y Remus se había dado cuenta, oh, claro que se había dado cuenta, no contaba mucho con ello.
- ¿Habéis escuchado la última noticia? – vociferó de pronto Benjy Fenwick desde un rincón de la mesa; demasiado alto, pensó Sirius, teniendo en cuenta que sus interlocutores estaban sentados a su lado -, el chico ese al que Greyback mordió hace tres semanas, al que le dieron el alta de San Mungo hace un par de días, sabéis, ¿no? – Sirius levantó la cabeza y comprobó que Remus también le estaba prestando atención a Fenwick, con una ceja levantada, entre curioso e interrogante -. Pues cuando venía para aquí me encontré con Díaz y me ha dicho que lo encontraron esta madrugada colgado en el desván de su casa. Se ve que no pudo soportar la idea de…
¡CRASH!
El sonido del vaso y del plato haciéndose añicos contra el suelo resonó por toda la cocina. Todo el mundo enmudeció. Algunos saltaron, pillados por sorpresa ante el estruendo. Todos los que allí se encontraban giraron la cabeza y dirigieron sus ojos hacia el mismo punto.
Sirius fue el primero en reaccionar. Se levantó tan deprisa que tumbó su silla del ímpetu. Cruzó la distancia que le separa de Remus en un suspiro y llegó justo a tiempo de agarrarlo por ambos brazos para evitar que se tambaleara.
Los ojos de Remus estaban muy abiertos y el horror y el dolor lo llenaban todo. Sirius pegó su cabeza a la de él y le susurró al oído.
- Shhhh, todo está bien, todo irá bien. Estoy aquí, ¿vale?
Pero Remus no reaccionaba.
La ira invadió a Sirius, devorándolo por dentro con la misma ferocidad con la que el fuego devastaba bosques enteros. Posó a Remus en la pared para que tuviese al menos un punto de apoyo y entonces se giró, cruzó la cocina en tres grandes zancadas, agarró a Fenwick por la pechera de su camisa, de un fuerte tirón lo arrancó de la silla y lo estampó contra la pared.
Fenwick protestó vigorosamente e intentó deshacerse del agarre de su oponente, pero era tal la fuerza que Sirius mostraba en esos momentos que le resultó imposible.
- ¿De qué coño vas? – siseó Sirius muy despacio y con la ira y la rabia asomando en cada sílaba.
- ¡Suéltame! Me haces daño. ¡Sacádmelo de encima!
Alguien hizo el amago de acercase a echarle una mano a Fenwick, pero una mirada de Sirius bastó para disuadirle.
- Lo has hecho a propósito – continuó hablando Sirius, con su cara muy cerca de Fenwick, que empezaba a mostrarse realmente asustado.
- N… no sé d…d….de qué me hablas.
- Lo sabes perfectamente. Sabías que Clark era el protegido de Remus, que ha estado con él cada día desde que le mordieron… ¡¿Qué es lo que pretendes, eh, pedazo de capullo?! No se merecía enterarse así. No así. Y menos por ti. No tenías derecho. ¡Ningún derecho!
- ¿Qué? No, yo no… - Fenwick era incapaz de mirarle a los ojos.
Un terrible gemido de dolor y angustia que casi sonaba como un aullido lobuno salió de Remus, cuya espalda empezaba a resbalar por la pared, a pesar de los intentos de Peter de agarrarlo.
Algo en el interior de Sirius se rompió.
- No he acabado contigo – le espetó a Fenwick antes de soltarlo de golpe.
En un parpadeo ya estaba junto a Remus. Lo agarró por debajo de los sobacos y lo puso en pie. Pasó un brazo del licántropo por encima de sus hombros y le agarró de la cintura. Lo sacó de la cocina ante la atenta mirada de todos y lo llevó, seguido de Peter, al dormitorio que la Orden había dispuesto para las recuperaciones de Remus tras el plenilunio. No permitiría que nadie viera derrumbarse a su amigo.
Lo sentó en la cama. Sirius también se sentó a su lado mientras Peter caminaba, nervioso, de un lado a otro.
- Clark, ¿por qué? ¿Por qué? – susurraba Remus. Tan bajo que incluso a Sirius le costaba escucharlo.
Remus mantenía la cabeza gacha y sus manos, posadas en sus rodillas, temblaban violentamente.
- Rem – el cariño que salió de la boca de Sirius al pronunciar su nombre le sorprendió a él mismo, pero siguió hablando -, Rem, no es culpa tuya. ¿Me oyes?
Remus seguía cabizbajo y negaba una y otra vez. Murmuraba cosas que en esta ocasión Sirius fue incapaz de entender.
- ¿Traigo algo? – preguntó Peter con angustia. Él tampoco soportaba ver así a Remus -. ¿Agua? ¿Chocolate?
- Sí, ve a por algo de beber y de comer, por favor – le pidió Sirius.
- Voy.
- Gracias, Colagusano.
Sirius esperó, indeciso. No sabía qué debía decir ni hacer. Se moría por abrazar a Remus y mecerlo entre sus brazos, besarle la cabeza y susurrarle hermosas palabras al oído. Pero no sabía cómo reaccionaría él.
No sabía si su amigo rompería a llorar o, por el contrario, se enfurecería, se revolvería y atacaría igual que un animal herido.
Esperó un poco más. Entonces vio que una lágrima solitaria resbalaba por la mejilla de Remus, recorría la comisura de su boca y acababa en su mentón, desde donde se precipitaría hasta morir en la tela de su pantalón.
Sirius posó una mano en el hombro de su amigo.
- Rem, dime algo – le susurró, casi una súplica.
Entonces su amigo levantó por fin la cabeza. Por un segundo Sirius lamentó que lo hubiese hecho. Los ojos de Remus estaban anegados en lágrimas y en ellos pudo ver el dolor, la angustia, la incredulidad, la incomprensión, el miedo y muchos otros sentimientos. Tantos que asustaba.
- No lo entiendo – comenzó Remus, en un hilo de voz, rota por el dolor -, creí que, yo pensaba que Clark estaba bien. Yo…
Remus se interrumpió cuando la puerta del dormitorio se volvió a abrir y entró Peter transportando una bandeja plagada de una gran variedad de bollería, chocolates y zumos.
- Toma, Remus. Traje un poco de todo – el chico colocó la bandeja sobre la mesita de noche de su amigo.
-Gracias, Peter – le respondió Remus.
No obstante, Remus no siguió hablando. Sirius deseó poder quedarse a solas con él, pero tampoco quería ser descortés con Peter. Aunque, si se lo pedía amablemente, seguramente Peter lo comprendería.
Por suerte, no llegó a hacer falta. Fue como si el destino le hubiese leído la mente a Sirius.
- Yo…, lo siento mucho, Remus, me tengo que ir. Ojoloco Moody me está esperando y no quisiera hacerle enfadar…
- Ve, Peter, tranquilo. Estaré bien.
- De verdad que lo siento.
- Yo me quedo con él, Colagusano. Vete antes de que Moody venga a buscarte y te saque de aquí a rastras.
- Sí, sí. Gracias y, lo siento – se disculpó el joven una vez más.
Peter se despidió una vez más con la mano, mirando apenado a Remus antes de desaparecer tras la puerta, que cerró con sumo cuidado, como si temiese que el mínimo ruido pudiese alterar a Remus.
Sirius clavó de nuevo sus ojos en Remus, esperando a que siguiese hablando. Pero su amigo había vuelto a bajar la cabeza. Sirius comprobó que sus manos, aún agarrando fuertemente sus rodillas, temblaban debido a la tensión.
Una lágrima tras otra surcaban el pálido rostro de Remus.
En esta ocasión, Sirius fue incapaz de controlarse. Extendió los brazos y rodeó con ellos a su amigo, abrazándolo fuertemente. Posó su cabeza junto a la de él.
Justo en ese instante Remus se rompió. Primero fueron sólo un par de sollozos contenidos, como si el joven se resistiese aún a dejar salir todo lo que sentía. Pero a éstos le siguieron más.
Remus soltó sus rodillas y se aferró fuertemente al brazo de Sirius. Esto cogió un poco por sorpresa al animago, que aflojó un poco el agarre. Momento en el que Remus aprovechó y le soltó el brazo pero, sin embargo, apoyó su cabeza en el pecho de Sirius.
El moreno no lo dudó ni un instante y lo rodeó de nuevo con sus brazos, intentando consolarle y transmitirle así todo su apoyo.
Y el licántropo lloró como nunca antes Sirius le había escuchado llorar.
Sólo duró un par de minutos. Remus no se permitió llorar más. Quizás luego, en la soledad de su casa, derramaría amargas y saladas lágrimas por la muerte del joven Clark. Pero allí, aferrado a la camiseta de Sirius y con la cabeza enterrada en su pecho, entre sus brazos, no se dejó llevar completamente por lo que realmente sentía.
Y Sirius lo lamentó, lo sintió mucho porque realmente quería estar junto a él cuando se derrumbase. No quería que lo afrontara solo. Quería estar ahí con él y para él.
Pero Remus no se lo permitiría. Ni a él ni a nadie. Chasqueó la lengua mentalmente, maldiciendo la tozudez y terquedad de su amigo.
- Lo siento – murmuró Remus separándose de Sirius y limpiando las últimas lágrimas de su rostro con la mano -. Lo siento mucho.
- No tienes que disculparte, Remus. Yo…, soy yo quien lo siente.
- Simplemente no me lo creo. Sirius, de verdad que Clark estaba bien. Estaba decidido a intentarlo. Eso me dijo cuando le dieron el alta. No es posible que en dos días haya cambiado de opinión. Le dije que podía hablar conmigo cuando quisiese. Sabía cómo contactar conmigo. Algo le han dicho o hecho en su casa. Debería hablar con Dumbledore, hay que investigarlo.
- Remus…
- Sabía que podía contar conmigo. Me dijo que estaba bien. Estaba bien… ¿Por qué no me buscó? ¿Por qué? Yo… yo…
El dolor era palpable en las palabras de su amigo. ¿Pero cómo decirle que lo más probable era que nadie se molestase en investigar la muerte de un licántropo? Y menos cuando había sospechas de que la familia del joven en cuestión no eran afines al Ministerio. Era algo terrible, sin duda, pero por desgracia las cosas eran así. A Sirius le entró un escalofrío de horror al pensar en qué pasaría si fuese su amigo el que muriera en extrañas circunstancias. ¿Nadie lo investigaría? No, no podía ser. Él era un miembro de la Orden y, además, ni él ni los otros Merodeadores permitirían que eso ocurriese jamás.
Alejó esos oscuros pensamientos de sí. No quería pensar en perder a Remus.
- Ha tenido que pasar algo cuando volvió a casa. Créeme, Sirius, me dijo que estaba bien, me lo dijo. Tú no estabas allí, pero Clark me dio un abrazo y las gracias. Y parecía animado. No lo entiendo, todo parecía estar bien…
- Te creo, Remus. Y lo investigaremos – las palabras "tú no estabas allí", le dolieron a Sirius más que ninguna. Remus no las había dicho con mala intención ni con segundas, pero fue suficiente para recordarle a Sirius que se había alejado de Remus en un momento en el que su amigo le había necesitado. Y eso era algo que quizás no se perdonase nunca. Le había fallado -. Te lo prometo. Averiguaremos la verdad.
En ese momento llamaron suavemente a la puerta. Esta se entreabrió y apareció una larga y roja melena.
- Hola – saludó Lily con suavidad -. ¿Puedo pasar?
- Claro – contestó Remus.
Lily entró, se arrodilló en el suelo delante de Remus y ambos se fundieron en un largo abrazo.
Después Lily se levantó, le tomó la mano a Remus y se sentó a su otro lado. No hablaron mucho más, simplemente permanecieron allí, acompañando a su amigo. Y así, arropado por Lily y Sirius, Remus terminó por quedarse dormido, con la cabeza apoyada en el hombro del moreno y sin soltar la mano de la pelirroja.
Con cuidado se levantaron, abrieron la cama y lo metieron en ella.
Sirius se sentó en una butaca que había frente a la cama mientras que Lily permaneció sentada a los pies de la misma.
Durante un rato ninguno dijo nada. Simplemente contemplaron a Remus, guardando silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos.
- Fenwick es imbécil.
- Te quedas muy corta, pelirroja. Ese mago malnacido es muchas cosas además de imbécil. Lo que me recuerda…
- ¿A dónde vas?
- Tengo una charla pendiente con él.
- Tú no te mueves de aquí – Lily se puso en pie y se interpuso entre Sirius y la puerta.
- Aparta, Evans.
- Déjalo correr.
- ¡Cómo que lo deje correr! ¿Te has vuelto loca? ¿Y dejar que se salga de rositas?
- Esto no caerá en saco roto, Sirius. Alice me ha dicho que a Moody no le ha gustado ni una pizca lo que ha hecho. Ya ha hablado con él y tengo entendido que Dumbledore vendrá esta tarde para lo propio.
- Oh, qué miedo, una reprimenda de Ojoloco y otra de Dumbledore. ¿Qué hará, castigarlo sin desayunar goffres? Ese tío es un cretino y se merece un buen escarmiento. ¿Es que no ves que le tiene ojeriza a Remus? ¿Nunca has visto cómo le mira o cómo le habla?
- Claro que sí.
- Porque a mí me tiene harto ya. Voy a salir a buscarlo y a…
- He dicho que tú no te mueves de aquí – y la firmeza en los ojos y pose de Lily reñía con la fiereza y rabia de Sirius -. Ya no estamos en Hogwarts. Ya no se trata de que te castiguen o te quiten puntos. Te juegas tu puesto de trabajo. Así que compórtate como un adulto, trágate tu sed de venganza y deja que los que están al mando se encarguen de él. ¿De acuerdo?
Viendo que no habría forma humana de apartar a Lily de su camino (y empujarla o lanzarle un maleficio no eran opciones viables, al menos si quería seguir siendo amigo de James y el padrino de boda), se sentó de nuevo en la butaca. Pero le dejó bien claro a su querida amiga, cruzándose de brazos y refunfuñando por lo bajo, que estaba molesto con ella y que lo de ser adulto le parecía una auténtica mierda.
Lily volvió a su anterior posición y volvieron a sumarse en un tenso silencio.
- ¿Puedo hacerte una pregunta?
- Si es si puedes ir a charlar con Fenwick, la respuesta sigue siendo que no.
- No, no es eso.
- Entonces, adelante – le animó ella al ver que Sirius tardaba en hablar.
- Tú, al principio, bueno, durante casi todo Hogwarts, en realidad, no soportabas a James. ¿Cierto?
- Sí – respondió ella devolviéndole una mirada entre sorprendida y confusa.
- ¿Cuándo te diste cuenta de que te gustaba James? ¿Cómo pasaste de una cosa a la otra?
- ¿A qué viene esto ahora?
- Emm, bueno, no quería pensar en Fenwick y en romperle su enorme nariz así que me puse a pensar en la boda y una cosa llevó a la otra y…
- ¿Y de verdad te interesa saberlo? No me molestan los silencios, Black, ya lo sabes. No hace falte que los llenes con preguntas que…
- Sí que me interesa. Siempre he sentido curiosidad, la verdad. Pero nunca ha salido el tema. Soy el padrino y … eh… esta información me puede venir bien para el brindis. Ahora que estamos solos, me parece un buen momento.
- Buen momento, lo que se dice buen momento… - Lily miró a Remus. Dormido parecía relajado y tranquilo.
- ¿Me lo vas a contar o no?
- Qué pesadito estás. Si así te callas… vale. Pero no sé qué te esperas exactamente. Si te estás imaginando que del cielo bajó Cupido y me lanzó una de sus flechas y me enamoré perdidamente así de golpe, o que de repente vi a James resplandecer rodeado de una enigmática y brillante aurea…
Sirius soltó un resoplido burlón.
- ¡Eh! Si vas a hacer ruiditos me callo – Sirius levantó las manos en son de paz -. No sé qué estaba diciendo. Da igual. La cuestión es, quizás es raro que lo recuerde, pero la cosa es que sí. Verás, hacia finales de sexto año, noté a James un poco más calmado, ¿cómo decirlo? Menos idiota.
- Bien expresado.
- Y el número de veces que me pedía que saliera con él se había reducido, y eso era de agradecer. Recuerdo que una noche estaba haciendo la ronda yo sola porque Remus estaba en la enfermería y entonces escuché voces en un pasillo. La primera voz que sentí fue la de James. Evidentemente, lo primero que pensé era que ya estabais haciendo de las vuestras.
- Evidentemente.
- Pero entonces escuché otra voz. Era de un niño de primero. Otros niños, para meterse con él, le habían roto las gafas y el pobre no encontraba el camino de vuelta a la sala común.
- Seguro que fueron unos de Slytherin.
- ¿Pero te puedes callar ya? Bien, pues me asomé por un lado de la armadura tras la que me había escondido – Sirius alzó las cejas pero no dijo nada. No quería hacer enfadar a la pelirroja -, y vi que James se había agachado a su lado. Le hablaba de manera tranquila, con amables palabras. Se ofreció a acompañarle hasta su dormitorio y solucionar lo de sus gafas. Los vi alejarse por el pasillo, con la mano de James en la espalda del niño, en un gesto protector. Nunca había visto esa faceta de James y me descolocó. Me pareció tan tierno y extraño a la vez…
- ¿Y qué pasó después?
- Pasó que… pasó que empecé a ver a James con otros ojos. A fijarme no solo en lo malo, sino también en lo bueno. Y cada vez pensaba más en él. Y cada vez se me iban más los ojos hacia donde él estaba. Y llegaron las vacaciones y seguía sin poder quitármelo de la cabeza a pesar de que pasé más de dos meses sin verle. Y luego llegó septiembre de nuevo y… Lo demás ya lo sabes. James volvió a pedirme que saliera con él y en esta ocasión fui incapaz de decirle que no.
A veces me pregunto qué habría pasado si no llego a cruzarme con ellos esa noche en el pasillo. Porque al ver esa escena, fue como si algo me hubiese hecho clic en la cabeza, como si hubiesen encendido una luz… Es una tontería. Ya ves, no es una gran historia. No creo que te sirva para el brindis. Mejor recurre a alguna de las mil aventuras que corristeis juntos.
- Sí, es lo que tenía pensado desde un principio.
- ¿Entonces? Arghhh, ¡eres un idiota, Black! – Lily se quitó un zapato y se lo lanzó a Sirius, que lo cogió hábilmente con una mano, lo que enfureció aún más a la chica.
- Shhh, vas a despertar a Remus.
- ¿A dónde vas? – le preguntó ella al ver que se levantaba y se dirigía a la puerta.
- A dar una vuelta. Tengo cosas en las que pensar – y le lanzó, suavemente, el zapato de vuelta.
Sin embargo, en el momento en el que agarró el pomo, se detuvo y se giró. Retrocedió unos pasos y se acercó a Lily. Acercó su rostro al de ella (instintivamente, ella se apartó un poco, desconcertada) y le dio un beso en la mejilla.
- Gracias, Lil. Cuida de Remus.
Sin prestar atención a la cara de absoluta perplejidad de la chica, Sirius salió de la habitación.
El destino fue magnánimo con Sirius y quiso que, en su camino hacia la puerta de salida de la mansión, se cruzara con Fenwick. Antes de que este pudiera ni siquiera abrir la boca para decir algo, Sirius le cruzó la cara de un puñetazo, tumbando al desdichado mago, que se quedó en el suelo llevándose las manos a la cara y retorciéndose entre quejidos de dolor.
- Resolverlo como adultos... ¡Bah!
Salió a la calle. Contempló el cielo y respiró hondo.
Finalmente, después de horas, días y semanas dándole vueltas a tantas cosas, comprendió que nadie, ni chico ni chica, podría jamás compararse con Remus.
Sin duda no era lo que Sirius se habría imaginado o esperado unos meses atrás. Un amor alternativo.
Sirius echó a andar, sin un rumbo fijo. Con una sonrisa queriendo asomar a la comisura de sus labios.
¿Es él? ¿Lo que llevo tanto tiempo buscando?
Hola.
Simplemente comentaros que no sé cuándo podré subir el siguiente. Apenas tengo nada escrito y estoy un poco saturada. Semanas complicadas. Tengo planeado mañana dedicar buena parte de la tarde a sentarme delante del ordenador y escribir. Pero una cosa es lo que a mí me gustaría hacer y otra lo que luego vaya a ocurrir jajaja
¡Nos vemos!
