¡Hi! Yo, aquí, reportándome nuevamente con un capítulo recién revisado. La verdad, no estoy con demasiados ánimos, así que esto será corto. Gracias a todas las que me han dejado review, las que han agregado esta historia a favoritos y/o alertas. También quisiera hacer un agradecimiento en especial a las que me mandaron todo su apoyo por lo que estaba pasando mi abuela. Desafortunadamente -o, tal vez, no tanto- mi abuela querida falleció el jueves, y hoy en la mañana la enterramos, junto al viejo que siempre quiso, y que un cáncer -curioso que ella también haya muerto por lo mismo, aunque en diferentes lugares- se lo arrebató hace cosa de treinta años. Ahora están juntos en el lugar que ella siempre trabajo por conseguir, y que se merece con toda justicia. Gracias, de nuevo.

El capítulo está algo... mmm... extraño. No sé, fue lo que salió. No tengo siquiera una opinión formada al respecto, y pensar en una ahorita me resulta prácticamente imposible. Como dije, no estoy de ánimo para nada.

Bueno, me largo. Dije que iba a ser corto y, como siempre, mi palabra no vale nada xDD. Las quiero. Espero que les guste.

Disclaimer: Naruto y sus personajes no me pertenecen, sino a Masashi Kishimoto


Mi jodida vida


Capítulo VII


Estaba consternada. ¿Era siquiera posible mantener algo de esas proporciones en un lugar como ese? La respuesta negativa llegó de inmediato, pero mis ojos me estaban confirmando justamente lo contrario. Qué lindo. Yo, que nunca creía en nada que no vieran mis ojos –excepto, claro, algunos conceptos que no podían ser más que abstractos, y que por más racional que fueras tenías que metértelos en la cabeza como fuera-, me empezaba a preguntar si no tendría que ir al oculista. Definitivamente.

-¿Qué…? –Comenzó Sakura, entrando detrás de mí, empujando también a Kiba, y ahogando un grito cuando se encontró dentro- ¡Santa mierda! ¡Es enorme!

"Enorme" no alcanzaba a definir las medidas de esa especie de coliseo romano en la que nos encontrábamos. Sobre mí, un techo de brillantes baldosas, de un inmaculado negro, se exhibían con una claridad perturbadora, provocando una poco agradable sensación de que era transparente. Las baldosas bajaban formando una cúpula que terminaba a la misma altura que se encontraba la puerta, para luego dar paso a un liso e inmaculado piso reluciente. Hielo negro, se me vino a la mente, y el escalofrío que me recorrió la espalda fue sumamente displacentero. En el medio justo, se alzaba un gran armatoste de metal, con tres rejillas que -suponía yo- eran la entrada, y brillaban de diferentes colores: rojo, azul y verde, a la vez que tres chimeneas echaban humo de los mismos colores, provocando en el lugar una densa niebla de un extraño violáceo, haciendo difícil el respirar. Tragando saliva, avancé un paso, sintiendo el sobrecogimiento de inmediato, al escuchar la escalofriante reverberación por todo el lugar. Y eso que estaba con zapatillas. Me mordí el labio inferior, aguantando el aire en mis pulmones, a pesar que ya sentía el reclamo de estos por una renovación de oxígeno. No podía. El humo me lo impedía. Me atenazaba la nariz, la garganta, los pulmones, impidiéndome ventilar de forma correcta mis pulmones y, mucho menos, articular palabra alguna. Estaba asustada -tal vez, por primera vez en mi vida-, y la sensación era igual que el escalofrío anterior.

-¿Qué crees que sea esto? –escuché murmurar a Kiba, en algún lugar detrás de mí, sonando como ahogado. También estaba asustado –aterrorizado, quizá, al igual que yo- y el murmullo era la única forma de no demostrarlo- No pueden ser las calderas…

-Estamos mal –lo interrumpió Shino, serio. El nudo se me traspasó al estómago, permitiéndome respirar, pero aumentando la sensación de opresión que sentía- Esto no es el depósito.

-¿D-D-D-Dón-de e-esta-ta-mos...? –Tartamudeó Hinata, sin siquiera intenciones de esconder su miedo- ¿Q-Qué e-e-es e-esto?

-No lo sé –intervine, con los ojos vagando por todo el lugar- No está en ningún plano del…

Un sonido me interrumpió, poniéndome los pelos de punta. Era igual a la bocina de un buque, y eso era algo que había escuchado en variadas ocasiones, gracias a las contadas veces en que había atravesado el mar para visitar a mi bisabuela, de pequeña, en China. Mi madre se había empeñado, siempre, en ir por barco, aún cuando sabía que yo me mareaba, al igual que mi padre. Ella, sin embargo, no hacía caso a nuestros ruegos. Sólo le interesaba ver el mar, y sentir la brisa en su bellísimo rostro de porcelana. No obstante esos momentos, jamás me había parecido tan aterrador como en esos instantes, en los que la oscuridad se extendía sobre, frente y debajo de mí, embotonando mis sentidos y haciendo que mi corazón se saltara unos dos latidos, para luego largarse a latir como desaforado. Parecía querer salir corriendo como el viento, y mis deseos no parecían influir demasiado en sus decisiones.

-Chicos, tenemos que irnos –dictaminé. Al carajo con mi guitarra. Quería salir de ahí, sacudirme la opresión, la sensación de soledad que se extendía por todo mi pecho, ahogándome y logrando el mismo efecto que el denso aire interior: no dejarme respirar. No podía. No podía pasar aire. Estaba como atorada, y no conseguía recordar cómo diablos se espiraba. Ni siquiera podía recordar bien como había llegado a esa situación ni cuando habían desaparecido de mi vista los chicos que, supuestamente, me acompañaban. Estaba sola. Terrible y repugnantemente sola, y la soledad comenzaba a desesperarme. Angustiada, intenté, al menos, encontrar la voz, para emitir, aunque fuera, un sonido ahogado, un gañido silencioso que les indicara a los demás que seguía allí, viva, y que no me dejaran sola. Sola…

Tampoco pude. Estaba atrofiada. Ya ni sabía quién era. Ni siquiera si estaba viva o no. Lo único que sabía, a ciencia cierta, era que deseaba esa opresión lejos, en algún lugar a kilómetros de mí, y sin posibilidades de volver a experimentarla, sentirla… Comencé a marearme –por la hipoxia, supongo- y luego todo se volvió oscuro. Negro, como el hielo que había debajo de mí. Negro. Negro, como la soledad que se extendía, cubriéndolo todo con su mano flagelante y fría. Oscuridad.

Cerrando los ojos, me dejé llevar a esa fría oscuridad, con la cual no tenía forma de luchar.

Me desperté cuando sentí un calor en mis párpados, como si me estuvieran quemando. Era demasiado para mi piel, y comenzaba a sentir un dolor en ésta, que me hacía apretar los ojos con fuerza. Podía percibir voces a mí alrededor, pero las escuchaba como si estuvieran en un túnel, bien lejos de mi persona. Era consciente, en algún lugar de mi atolondrada mente, que aquello era imposible, y la aspereza que sentía bajo mis yemas me lo confirmaba, pero la sensación no desaparecía. No, no se desvanecía, por más que intentara concentrarme en lo que decían. Oía, como es natural, algunas palabras, sílabas, frases enteras muy de vez en cuando. Pero no podía darles el sentido correcto, o siquiera uno del todo. Eran difusas, inconexas, y el sólo intentar encontrarles lógica me estaba provocando un dolor de cabeza insoportable. Traté de mover mi cuerpo, pero no pude. Las piernas no me respondían, y el resto del cuerpo lo sentía lo suficientemente molido como para siquiera intentar hacer algo por el estilo. Apreté con más fuerza los ojos y me obligué a abrirlos.

En un principio, únicamente podía ver el resplandor encandilante de un encendedor, que me hizo cerrar los ojos nuevamente. Acto seguido, escuché un grito ahogado, una santificación a un desecho orgánico, una maldición y un SINSP (sonido no identificado que sonaba a palabrota), que me hicieron abrir un ojo.

-¡Tenten! –Exclamó la misma voz que había beatificado aquella sustancia asquerosa- ¡Despertaste!

No, sigo abducida por los aliens, quise responder, pero lo único que salió de mi garganta fue un gañido ahogado, seguido de un gemido. La maldita garganta estaba seca, y parecía rasparme cada vez que el aire se abría paso por mis cuerdas vocales. Era horrible, y no tenía muchas ganas de seguir infringiéndome ese dolor voluntariamente, pero, aparentemente, mis interlocutores –si es que podía llamárseles así- tenían otros planes.

-¿C-Cómo te s-sientes, Tenten-san? –esa era, sin género de duda, Hinata, que con toda seguridad estaría sonrojándose y chocando la punta de sus dedos índices el uno contra el otro, como la había visto hacer en reiteradas ocasiones. Asentí despacio, tratando por todos los medios de que las pulsaciones no regresaran.

-¡Por supuesto que se siente mal, Hina! –espetó, con no mucha delicadeza, Sakura, y me la imaginé tirando los brazos al aire y poniendo los ojos en blanco- ¡Es un milagro que esté viva! ¿Cómo estarías tú si hubieras estado a punto de partirte la cabeza por la mitad?

Completamente molida y avergonzada, repuse en mi interior, frustrándome al comprobar que aún no podía hablar correctamente. Era irritante, considerando que yo siempre –y cuando decía siempre, me refería a exactamente eso- tenía algo qué decir, con respecto a todo. Era frustrante sólo pensarlo.

-No… -intenté decir, pero era como si tuviera espinas recorriendo mi laringe. Tragué saliva, y empeoró del todo un poco más. Esto se estaba convirtiendo en tortura personal.

-Los camaradas se comprenden entre sí –murmuró la severa voz de Shino, aunque más alejada del resto. Su tono calmó el martilleo que me había provocado el mesurado –nótese el sarcasmo- tono de la pelirrosa. Sin embargo, me podía imaginar la cara de incredulidad que todos tenían en esos momentos. Sin duda, el pelinegro estaba quedando como R-A-R-O frente a las nuevas, y en otra contexto, probablemente, me habría reído a carcajadas. Pero, en mi situación actual, no era posible. Maldita quemazón- Tenten necesita comprensión.

Shino se merecía, sin lugar a dudas, el premio a esa virtud. Era el único sensato de… ¿cuántos había junto a mí?

-E-Estoy bien –logré articular, sintiendo el fuego correr nuevamente.

-¡Habló! –chilló Sakura.

-Sí, la fenómeno habló. Hagan una fiesta, por favor.

Kiba, más conocido como el chucho, sonaba indiferente y ligeramente fastidiado, a diferencia de su compañero de cuarto, que tenía un tono de condescendiente irritación. Emociones sumamente complejas de expresar –al menos, al mismo tiempo-, en mi opinión, pero así solía ser el Aburame, y no sería yo quien lo cambiara. De hecho, ni siquiera me molestaba ese particular rasgo suyo, el cual lo hacía quién, y cómo, era. No, no sería yo quién lo cambiara.

-Vete al carajo –murmuré, de una corrida, aunque no sentí el dolor que había estado sintiendo. Solté un suspiro aliviado. Al parecer, era sólo una tonta irritación pasajera. Afortunadamente. El castaño soltó una carcajada sonora, que regresó las palpitaciones en mis sienes, divertido ante mi comentario tan elegante.

-Hyuuga hubiera hecho mejor en dejarte caer –respondió, aún riendo entre dientes. Incorporándome lentamente, con la ayuda licenciosa de Hinata por un lado y de Sakura por el otro, fruncí el ceño, a la vez que me llevaba una mano al costado de la cabeza. Joder, cómo dolía. Sólo una persona se me venía a la mente con ese apellido, y no había forma de que la delicada chica a mi lado hubiera podido detener la supuesta caída. Al menos, no como la había pintado Sakura; y, aunque estaba segura de que había exagerado un poco, tenía el presentimiento de que la chica había sido bastante exacta.

-¿Hyuuga? –repetí, confusa, parpadeando varias veces. Hinata asintió a mi lado, lo que me hizo abrir los ojos desmesuradamente. Okay, tal vez la Hyuuga era más de lo que dejaba ver. Mucho más, aparentemente- ¿Tú…? –gesticulé con las manos, sin indicar realmente nada, pero ella me entendió de inmediato. Sonrojándose, negó frenéticamente con la cabeza, alzando sus manos frente a ella como deteniendo el tráfico- ¿Entonces…?

-Neji-nii-san a-ayudó –susurró, encorvándose ligeramente sobre sí misma. Asentí lentamente.

-Sólo tengo una pregunta.

Hinata ladeó la cabeza, aguardando.

-¿Quién diablos es Neji-nii-san?

Sakura y Kiba soltaron una risotada, y el pelinegro hizo el amago de una, aunque se detuvieron en el instante en que un chico alto, de cabello castaño y ojos blancos, que había llegado Kami sabe cuándo, apareció en mi campo de visión, haciendo que mis parpados cubrieran y destaparan mis orbes castañas una y otra vez, confundida.

Miré a Hinata, quién examinaba sus pies como si fuera lo más interesante del mundo. Me volví al –para mí- recién llegado, de nuevo.

-Supongo que tú eres el tal Neji-nii-san, ¿no?

Asintió secamente una vez, y luego dijo:

-No deberían estar aquí.

Soltando un bufido divertido, rolé los ojos, cayendo en la cuenta de dónde estaba, gracias a su comentario. Aparentemente, estábamos en el pasillo que antecedía a ese lugar infernal. Yo había estado acostada de espaldas en el suelo de piedra, lo cual explicaba el agarrotamiento de mi cuerpo, y los demás me rodeaban a diferentes alturas. Sakura y Hinata, por supuesto, estaban acuclilladas a mi lado, sosteniéndome con delicadeza por la parte baja de la espalda, no fuera que me cayera de nuevo. El chucho estaba detrás de nosotras. Tenía los brazos cruzados detrás de la nuca, y la pierna izquierda doblada, apoyando el pie de la misma en la pared. Mientras que el chico con serios problemas sociales –Shino, lógicamente- se encontraba, como había supuesto, un poco más alejado, apoyado en la puerta, con las manos dentro de los bolsillos de su gran chaqueta y la cabeza levemente gacha. El Hyuuga, por otra parte, se encontraba justo frente a mí, y se veía tan alto y grande desde mi posición actual, que me sentía David enfrentando a Goliat. No era, debía admitir, una sensación demasiado placentera. De hecho, no lo era en absoluto. Y el que me estuviera mirando tan fuertemente, tan intensamente, lo hacía del todo un poco más incómodo.

-Ya que estamos, tú tampoco –espeté, tratando de pararme –para acortar, aunque fuera un poco, la diferencia de alturas-, ayudándome nuevamente de ambas chicas. Una vez en mis dos pies de nuevo, me sacudí el polvo de los pantalones negros y reparé en los muchos moretones que tenía en los brazos. Probablemente, tendría más de estos en las piernas, así como en el rostro y el torso completo. Podía presentirlo por los pinchazos de dolor que me recorrían cada vez que movía con demasiada fuerza el cuerpo. Ignorando el dolor, me paré con los brazos en jarras frente a él. Debía admitir que el esfuerzo de quedar más alta no había servido de mucho, puesto que me sacaba, fácilmente, unos veinte centímetros. Debía medir unos ciento noventa centímetros. Un metro noventa de imponencia, decidí, cuando descubrí que no podía sostenerla la mirada por más de un par de segundos; por el contrario, mis ojos se desviaban a su musculoso pecho, destacado por el polo negro que usaba. Joder, tenía tantos músculos como para complacer a la mujer más exigente. Y sólo tenía… ¿cuánto? ¿Dieciocho años? Como máximo, por supuesto. El maldito era un jodido bendecido de los dioses, y le importaba un comino. Además, no había que olvidar, por nada del mundo, esos ojos blancos, penetrantes y seguros, que parecían estar sacándome una maldita radiografía. Bufando, retrocedí un paso y crucé los brazos sobre mis senos. Todo el ánimo de pelea se me había ido al carajo, y ahora estaba concentrándome en que mis piernas dejaran de sentirse como una estúpida gelatina- ¿Qué mierda haces aquí?

Hyuuga enarcó una ceja, pero antes de que pudiera contestar a mi sumamente cortés pregunta, el Aburame se adelantó y le puso una mano en el hombro, como diciéndole que él se encargaba de la loca. Entrecerré los ojos, pero me ignoraron olímpicamente, como si realmente no estuviera ahí. ¿Hola? La loca que había estado a punto de romperse la cabeza por la mitad estaba en frente suyo, ¿alguien se acordaba o ya había pasado a formar parte de la pared? Aparentemente, así era.

-Tenten nunca ha sido demasiado cortés –empezó. Cuando envaré la espalda, finalmente me miró. O, al menos, dirigió su rostro hacia mí, puesto que con más del noventa por ciento de su rostro cubierto, incluyendo sus ojos, no podía estar bien segura de qué era, exactamente, lo que estaba viendo- Hyuuga nos vio pasar cuando veníamos para acá. Estaba en los lavabos. Hinata y él son primos, así que…

-Le dijo "nii-san", ¿recuerdas? –interrumpí, con tono de obviedad insolente.

-E-esto… -intervino Hinata, retorciendo sus manos- Y-Yo… N-Neji-nii-san e-es… É-Él es…

-Hinata y Neji-kun son primos –dictaminó Sakura, librando a Hinata de la vergüenza, sonriéndole amablemente a la ojiperla, que le devolvió una mirada de agradecimiento. Intenté no prestarle atención al vacío que se formó en mi estómago en ese momento, aunque supuse que no había tenido demasiado éxito, debido a la expresión cuidadosamente curiosa que tenía el chucho en esos momentos. Me hice la loca –lo cual, de todas formas, era- y, asintiendo lentamente, aguanté la risa al caer en la cuenta de la imperceptible mueca que había puesto Hyuuga ante el honorífico del que Sakura había hecho uso. Era gracioso, sin duda, verlo contrariado, y más aún por algo de ese estilo.

-Está bien. Son primos y le dices hermano. Nada de otro mundo –el sarcasmo tiñó deliberadamente mis palabras, pero nadie hizo comentario alguno al respecto- Aún no me respondes qué diablos hacías aquí.

-Hinata-sama es mi responsabilidad –respondió con parquedad, cruzando los brazos sobre su pecho. Esbocé una mueca de incredulidad. ¿Aló? ¿Hinata-sama? ¿Qué, tenía veinte años más que él y se veía de dieciséis por milagro del lifting? No hice comentarios al respecto, sin embargo, puesto que la expresión cautelosa de Sakura me advirtió que mejor lo dejaba ahí. De cualquier forma, no me resistí a hacer un comentario sarcástico. Alabado fuera Kami por darnos el don de la palabra.

-Que tierno. Es bastante noble que la consideres así. Sin embargo, yo ni siquiera te conozco, así que no entiendo por qué hiciste lo que hiciste –aunque ni siquiera tenía la más mínima idea de lo que había hecho. Lo único que alcanzaba a recordar, era una sofocante sensación dentro de mí, que luego se convirtió en oscuridad. Más allá de eso, no tenía mucho. Y, honestamente, no quería saber qué demonios había sucedido después. Prefería la ignorancia, aunque era de cobardes, antes de saber hasta qué punto me había avergonzado sin tener –literalmente- consciencia.

-Estabas a punto de caer de cabeza y quebrártela –repuso él, irritado al fin, aunque esto se dejó ver sólo por un estrechamiento ínfimo de sus ojos. Tenía un control de sus emociones que ya me lo quisiera yo- Un gracias sería lo más apropiado en un momento como éste.

-Gracias –repliqué con acritud- por algo que ni sé si es verdad. Como sea, tenemos que salir de aquí.

-Uhm… ¿Tenten-san? –llamó Hinata, cuando me disponía hacer a la inversa el camino de antes, sacando ya mi encendedor del bolsillo y accionándolo. La luz invadió el lugar. Me giré a verla, indicándole que siguiera con mis ojos, apuntándola a la vez con la pequeña llamita, que la hacía parecer un fantasma de lo pálida que estaba. Tendría que recompensarla, de alguna manera, por esa noche del demonio- ¿Q-Qué pasa c-con tu g-guitarra?

Un nudo se me formó en el estómago de nuevo, pero me forcé a no dejar traslucir la tristeza que me había invadido. La recompensa por acompañarme se había ido al carajo. Después de todo, había sido por ellas que había tenido que salir de mi cama, en primer lugar. Aunque no era exactamente cierto, si tenían mucho que ver. Como fuera, desde el punto en que lo viera, para mí ellas tenían la culpa. O una gran parte de esta. De reojo, eché un vistazo al reloj luminoso de mi muñeca. Las cuatro y cinco. Ni por asomo mi guitarra estaría viva. Suspirando, me volteé y proseguí mi camino.

-Ya no tiene importancia. No alcanzamos a salvarla, así que tendré que encargar otra –el sólo pensamiento hacía que el estómago se me revolviera de una forma no demasiado placentera. Hola, gastritis, ¿cómo estás?- Por ahora, salgamos de aquí, antes de que alguien se percate que no estamos en los cuartos.

-Las precauciones tomadas deberían ser efectivas –comentó Hyuuga, como a la pasada, aunque no pudo disimular –no del todo, al menos- la admiración en su voz, ni tampoco la curiosidad. Sonreí arrogantemente, y alcé ligeramente la barbilla. No todos los días te halagaba –o algo así- un Hyuuga. Al menos, no a mí.

-Sí; pero en cuanto hagan el turno de las cinco, todos nosotros estaremos fritos.

-¿El turno de las cinco? –repitió la Haruno, desconcertada, avanzando detrás de mí, tratando de alcanzarle el paso al Hyuuga, que en algún momento se había puesto justo a mi lado, caminando a mi mismo ritmo. Parpadeé cuando reparé en este hecho, pero supuse que no quería ser considerado un monaguillo, y como era obvio que yo era quién dirigía –sin importar lo que dijeran Shino o Kiba más tarde-, tenía que ponerse a la altura. Estúpido ego masculino, pensé, mientras ponía los ojos en blanco para mí.

-Hacen un chequeo cada cinco horas, para comprobar que todos los alumnos estén en sus camas –explicó el pelinegro- Es sólo rutina. Sin embargo…

-Sin embargo, ¿qué?

Sólo suspiró, indicándole a Kiba que respondiera.

-Sin embargo, si te pescan Anko o Kakashi, puedes darte por muerto –terminó, haciendo un mohín de lo más gracioso cuando Hinata tropezó y se aferró a su brazo con fuerza. Antes de que la chica pudiera siquiera empezar con su retahíla de disculpas inconclusas, el chucho la cortó- Tranquila, no pasa nada. ¿Estás bien?

-E-Esto… s-sí… g-gracias… Kiba-kun…

Kiba sonrió ampliamente y continuó explicándole a Sakura como funcionaban los castigos de los profesores más temidos del Internado.

-Kakashi puede parecer un flojo y, de hecho, lo es; pero es tan dulce y comprensivo como Anko, así que supongo que te haces una idea –añadió después de explicarle con lujo de detalles la forma en que lo había castigado el profesor en cuestión, una vez que se había escapado para una fiesta en el piso de las chicas. Obviamente, no tener conocimiento de los turnos de los profesores lo había metido en un lío gordo, así como a un par de sus compañeros.

La pelirrosa sólo tragó saliva, casi arrepintiéndose de haber abandonado esa mole negra. Lo cual yo consideraba una reverenda estupidez. Ya estaba fuera de las reglas, y que la encontraran en el pasillo oscuro o en el hall, no iba a hacer gran diferencia. No, al menos, con Kakashi o Anko. No, a ellos era simplemente imposible engañarlos.

Deteniendo a todos con un murmullo cuando llegamos a la puerta, me agaché hasta quedar a la altura del pomo y la abrí, lentamente, chequeando si había alguien en los alrededores. Justamente, la espalda de la mujer de la que estábamos hablando, sólo un par de segundos atrás, desaparecía por el pasillo que llevaba hacia la cafetería. Iba meneando las caderas, con una mano en estas y los dedos tamborileando un ritmo desconocido. Sonreí de lado al imaginármela comiendo sus típicos dangos, que yo no tenía idea de dónde diablos los sacaba –y a los cuales parecía adictamente adicta-, puesto que estaban prohibidos gracias al nuevo programa de salud del gobierno. Estúpida alimentación sana que nos hacía parecer budistas. Estaban haciendo estragos con mi maldito sistema.

-Aguarden un segundo –ordené, murmurando por lo bajo, sintiendo el aliento del Hyuuga en mi nuca. Me estaba erizando los vellos de la misma, y parecía que, si Anko no se alejaba pronto, me vería obligada a darme media vuelta y saltarle encima. Por supuesto, todo sería culpa de Anko por no apresurarse. Yo era una simple víctima de las circunstancias. Sin embargo, pude apreciar, con gran alivio, que la figura de la mujer se perdía en las sombras informes que creaba la luz del exterior sobre el pasillo, dejándolo sumido en un claro azul que recordaba más a una película de cuarta que a un internado. Esperé un par de minutos más, y luego indiqué que salieran todos, quedándome justo al lado del panel del sensor.

Cuando ya todos estuvieron al otro lado, introduje la clave y las líneas rojas tipo laser se marcaron, débilmente, en el suelo. Alzando los brazos, me obligué a no prestarle atención a las punzadas de dolor que sentía en todo el cuerpo. No podía, obviamente, correr hacia los chicos, pues estaríamos muertos, y todo habría sido para nada. Incluso aunque no hubiera podido rescatar mi guitarra, no tenía intenciones de que me atraparan. Y mucho menos con dos recién llegadas. Tres, me corregí, cuando vi que Hyuuga me miraba con una curiosidad mal disimulada. Fue todo lo que necesité para borrar el dolor de mi mente y concentrarme en lo que tenía que hacer. Apoyé, como anteriormente, mis palmas en el suelo, impulsándome hacia adelante, cayendo en mis pies y luego en mis manos, una y otra vez, hasta llegar junto a un apático Shino, que tenía otro bicho en la mano, y lo examinaba con un interés extraordinario. El chico era, definitivamente, extraño.

-Listo –dije, marcando la obviedad de la situación. Obviedad de la cual ni Kiba ni las chicas se habían percatado, pues miraban fijamente un punto al otro lado del pasillo. Frunciendo el ceño, les pasé una mano por los ojos- ¡Oy, chicos! ¡Chicos! ¿Qué les pasa?

Hinata balbuceó inconexamente, Sakura sólo abrió más sus ojos verde esmeralda y Kiba no dijo nada. Simplemente, señaló con el mentón el lugar que estaban mirando. Me giré, aún confundida, hacia allá, tratando de acostumbrar mis ojos a la nueva claridad relativa que había allí. Sin embargo, reconocí el brillo triunfal de esos ojos negros en cuanto los localicé. La garganta se me secó, el estómago dio su millonésimo vuelco en lo que llevaba de noche, y mi corazón saltó a latir tan frenéticamente, que me pregunté si así era como latía el de Hinata cada vez que hablaba –o intentaba hacerlo, al menos. Escuché a Shino ahogar una exclamación de sorpresa, a mi lado, susurrando con voz estrangulada el nombre de aquel que nos miraba como si le hubieran adelantado la Navidad. Maldición. Había logrado hacer que el Aburame se preocupara por los problemas de los seres humanos, ignorando por primera vez –al menos, desde que lo conocía- la existencia de sus adorados bichos. Mierda, mierda, mierda.

-Kabuto...


Si quieren odiarme por dejar dos capítulos medio abiertos, adelante, están en todo su derecho xD. Principalmente, porque yo también odio cuando hacen eso -a menos que sea demasiado obvio- de dejar a "medio" terminar el capítulo. En fin, como dije anteriormente, tengo un trauma al respecto y dudo que se me pase fácilmente xDD. Tendrán, por tanto, que aguantar bastante de esto. A propósito, Tenten es completamente volada -como yo ^^U-, así que es normal que no recuerde a Neji de la vez que se cayó. Sólo por si las dudas xDD.

Gracias a las que leyeron, a las que agregan a alertas y/o favoritos, y las amaría incluso más si dejan review y ponen una sonrisa en este rostro cansado. Hagan su buena acción del día ;D

¡Bye!