Luna en el infierno
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 6
El corazón de Luna se detuvo. Entre toda esa multitud, entre esa legión de frívolos, ese hombre alto, imponente, sobresalía. Su porte, su elegancia y ese uniforme que seguía despertando deseos oscuros en su subconciente.
—Disculpe un momento.— Con una sonrisa seductora se despidió de los hombres con los que entablaba una conversación trivial y frívola y caminó en pasos elegantes y sensuales hacia a Terry. Por cada centímetro que ella se acercaba, el corazón de él se detenía y luego latía con más fuerzas.
—¡Terry!— No se supo si fue efecto de las varias copas de vino que había consumido, pero se lanzó a sus brazos, como si fuera un soldado que al fin regresaba a casa.
—Luna...— Murmuró su nombre y se entregó a ese abrazo cálido que ella le daba, siendo mucho más alto que ella, recostó su cabeza de la suya y le dio un beso en el pelo, percibiendo lo bien que olía. Los periodistas no lo pensaron dos veces en sacarles un par de fotos de las cuales ellos ni se enteraron.
—No esperaba verte por aquí...— Tomó una copa de vino de la bandeja que llevaba un mozo y se la dio a Terry.
—No sabía que tenías exhibición, me enteré por la algarabía que hay afuera.
—Oh, vaya... ¿y cómo estás? Te ves cansado...
—Lo estoy, no te miento. ¿Cómo estás tú?— La miró fijamente, ella respiró profundo.
—Estoy bien...
—¿De verdad?— Le tomó el mentón con firmeza, para que lo mirara a los ojos.
—Sí... ven, te muestro mi obra.
Se lo llevó de la mano hasta la gran pared de la exhibición. Todos los miraban con inquietud. Nunca, en todas sus presentaciones la habían visto tan familiarizada con nadie.
—Luna... ¿qué significa eso?— Le preguntó sonriendo.
—El título lo dice, es un orgasmo femenino...— Se mordió los labios.
—Jajajaja. Estás loca.
—Mi locura y yo nos entendemos...—Le guiñó un ojo y tomó otra copa de vino que le quitó a un hombre que iba pasando, dejándolo perplejo.
Terry notó que ya tenía las mejillas coloradas y no era por el maquillaje precisamente.
—Luna, creo que ya has tenido suficiente. Tienes que estar lúcida para la subasta.— Le quitó la copa.
—¿Insinúas que estoy borracha?— Tuvo un desbalance que por poco la hace caer.
—Digamos que ya estás muy... ¿contenta?
—Jajaja.
—Buenas noches a todos, favor de tomar sus asientos y tener a la mano sus números, ya comenzará la puja. Veremos quien se lleva a casa El Orgasmo de Luna.— Se escuchó un aplauso, todos tomaron asiento y Candy se sentó en un lugar a parte, llevándose a Terry consigo.
—Inicia la puja con diez mil, vamos con diez mil, ¿quién da diez mil?
—Yo.— Dijo un ricachón obeso agitando la paleta con su número.
—Diez mil el caballero del cuarenta y seis. Subimos a quince mil, quince mil, ¿quién va por los quince mil?
—¡Veinte mil!— Ofreció una mujer adinerada, algo excéntrica, se parecía a la malvada Cruela Devil de la película de los Dálmatas.
—Me quiero ir ya de aquí, Terry...
—Me temo que eso no será posible hasta que termine la subasta, preciosa.
—No me siento bien...— Se recostó de su hombro, él suspiró largamente y le comenzó a acariciar el pelo.
—Veinte mil dice la dama del cincuenta y dos. Treinta mil, ¿quién dice yo?
—¡Cuarenta mil!— Tronó una voz arrogante de un hombre rubio, mirando a todos como si hubiera hecho la mejor oferta del mundo.
—Terry, esto parece no terminar...
—Cuarenta mil dice el señor del ochenta y cinco, ¿quién da más? ¿Quién dice más?
—¡Cincuenta mil!— Ofreció Terry finalmente para que todo el circo terminara. Candy se incorporó y lo miró perpleja.
—Terry, no tenías que...
—Cincuentamil para el acompañante de la bellísima Luna, ¿quién da más? !Se fue con cincuenta mil! ¡Felicidades!
Terry salió de allí con cincuentamil dólares menos en su cuenta, pero con lo más valioso para él, Luna.
—¿Quieres que te lleve a tu hotel?
—No...— Dijo con la voz débil, mareada.
—Estás muy lejos de tu casa, Luna, no sé a dónde...
—No me quiero quedar sola, Terry... siempre me quedo sola, ¡estoy cansada de estar sola!— Alzó la voz y se le aguaron los ojos.
—¿Por qué dices eso? ¿A caso Archie...?
—¡Archie! A estas horas debe estar revolcándose con alguna prostituta en Francia.— A Terry le dolió su dolor, su frustración, desearla tanto y no poderla tener, ardía de rabia de que su esposo fuera su amigo, sino, por lo más sagrado que hacía tiempo se la hubiera quitado.
—Lo siento, Luna. Déjame llevarte a tu hotel, no estás bien...
De su brazo, la condujo hasta su auto y la sentó en el asiento del pasajero.
—¿En qué hotel te estás quedando?— Preguntó mientras encendía el motor.
—Terry... no me lleves a mi hotel, por favor...— Le suplicó, volviéndose un ovillo en el asiento, se había quitado los tacones y movía sus graciosos pies, tan vulnerable de repente. Terry sólo quería tomarla en sus brazos y hacer que ella se olvidara del mundo.
—Luna... ¿a dónde quieres que te lleve entonces?
—A donde quieras... pero no me dejes sola.— Finalmente, soltó un par de lágrimas que le derrumbaron el mundo a Terry.
—Es muy tarde, Luna... no se me ocurre ningún...— No terminó lo que iba a decir y sólo suspiró, arrancando en el auto finalmente.
Terry sabía que estaba jugando con fuego, que llevaba todas las de perder y que incluso, hacía tiempo que venía quemándose. No soportó verla llorar, verla consumir tanto vino, verla sufrir sin necesidad. Tal vez ahora se iba percantando de quién era realmente su amigo. Luna era una mujer que brillaba, que partía cuellos, doblegaba voluntades, ¿cómo se las había arreglado ese imbécil para reducirla a eso?
—Ya llegamos, Luna, ven.— Le abrió la puerta y ella abrió los ojos algo perdidos.
—¿Dónde estamos?
—Es mi casa. Ven...— Antes de bajar, ella se estaba poniendo los zapatos que se había quitado.
—Deja eso. Ven aquí, eso es.— La cargó y se sintió maravilloso. Ella se acomodó y se refugió en esos brazos, como si hubiera sido creada y diseñada para ellos.
La llevó hasta el sofá del salón y la recostó.
—¿Quieres algo de comer?
—No.
—¿Un café al menos?
—No... ¿sabes qué quisiera, Terry?
—Lo que quieras, sólo pídemelo.— Le sonrió con esos ojos tan anhelantes de ella. Comenzó a acariciarle un pie.
—Quiero amor... ¿tienes un poco de amor en tu despensa?— Lo miró nuevamente con los ojos llenos de lágrimas, sintiéndose patética.
—Luna... lamento mucho que...
—¿Que sea una pobre estúpida? ¿Una mujer patética e indeseada?
—Luna, yo nunca...
—No estoy borracha, Terry. No es por el alcohol, es que... creo que estoy tocando fondo...
—¿Has hablado con Archie sobre...?
—¿Cuándo? ¡Nunca está en casa! Siempre está trabajando... según él, pero yo sé... yo sé que de seguro está con una de sus putas...
—Luna... antes de casarte con él... ¿tú no sabías la clase de...?
—¿Qué tienen ellas que no tenga yo, Terry? ¿Por qué él no me desea sólo a mí? ¡Qué me hace falta!— Gritó finalmente, poniéndose de pie y para acabar con todas las defensas de Terry, se sacó el vestido de un tirón, quedando sólo con una diminuta tanga ante él.
—Luna... por favor... vístete...— Tuvo que apartar la vista de ella, de su cuerpo de diosa, de esa tanga negra que era lo único que la cubría. Iba a infartar, su entrepierna quería estallar.
—¿Por qué? ¿Soy tan difícil de ver? ¿No soy capaz de despertarle el deseo a ningún hombre?
—No, ¡por Dios! No es eso... todo lo contrario... Luna, yo soy un hombre... vístete ya, por lo que más quieras, eres la mujer de mi amigo... no importa cuánto yo te desee, cuanto me esté muriendo por tomarte ahora mismo... no se puede...— Los ojos de Candy se abrieron de par en par. ¿Él la deseaba? ¿Él moría por hacerle el amor? Lo miró con intensidad, con cierta rabia.
—Vístete, preciosa...— Se acercó a ella extendiéndole el vestido. ¡Plaf! Lo abofeteó de pronto, dejándolo sorprendido y molesto.
—¿Por qué te fuiste sin despedirte aquella noche? ¿Por qué no supe más de ti?— Le reclamó ella. ¡Plaf!— Él le devolvió la bofetada.
—No hubo manera de poderte alcanzar, eras una artista y yo sólo un tipo corriente... ¿por qué te casaste con él, eh?— La trajo con firmeza a sus brazos, cayendo al suelo el vestido que antes le extendía. La pasión y el deseo llovía a cántaros.
—Porque... porque pensé que nunca más te volvería a ver, que fuiste sólo un amor a primera vista y nada más, yo pensé que... que te había imaginado...
—¿Y fuiste corriendo a casarte con él?— La tomó fuerte de la nuca, obligándola a mirarlo, estaban tan cerca, tan pegados... ella podía sentir su respiración violenta, su cuerpo duro rozando el suyo. Todo su deseo se disparó hasta volverse casi tangible...
—Quisiera no amarlo, Terry... quisiera pensar que no es tarde para nosotros...
—Lo es...— La soltó, la liberó de su fiero agarre, con frustración.
—Terry...— Lo llamó con un hilo de voz.
—¿Qué quieres, Luna? ¿Qué es lo que esperas de mí?
—No lo sé... no lo sé...— Dijo llorando.
—¿No lo sabes?— Le ladró y la volvió a atraer hacia él con violencia.
—Hazme el amor, por favor...
Se quedó mirándola, intensamente. Sus labios que llevaba tanto queriendo besar y que ahora temblaban de sufrimiento, pero sobre todo, de deseo.
—¿Estás segura de que quieres eso?— Con la respiración pesada se la colgó a la cintura y la besó con desesperación, ella sentía su erección rozarla violentamente.
—Sí...
—Luna, ¿sabes lo que esto significa, verdad? Si te hago el amor, te lo haré esta y todas las noches porque vas a ser mía, voy a perder a mi amigo, voy a irme contra todos mis principios no sólo porque te deseo y te amo, lo hago porque sé que él no te merece...
—Ujum...— Asintió.
Él se la llevó a tropezones a su habitación, sin dejar de besarla, de tocarla, había hecho que sus labios sangraran y ella se estaba enfermando de deseo, nunca había sido víctima de tanta pasión y él aún no le hacía nada...
La soltó en la cama mientras él se desvestía.
—Quiero que te quedes así, de espalda... me fascina tu espalda...— Moldeó con sus manos la silueta de su espalda que mostraba una cintura hermosa, dibujando una perfecta guitarra y ese tatuaje que tenía un poco más abajo del cuello, lo besó. Le besó también el cuello, la oreja y luego acarició su trasero perfecto, redondo, suave, le quitó las bragas y ella se volteó de frente, él se unió a ella en la cama. Lo dejó impresionado el diseño que ella tenía en su vello púbico, estaba totalmente razurada, a excepción de ese diseño de media luna con dos estrellas pequeñas al rededor. ¡Dios! Esa mujer jamás dejaría de sorprenderlo.
Ella se puso se puso casi a sus pies y a gatas, comenzó por besarle la entrepierna, escuchándolo gemir, siguió besando su abdomen duro, definido, pasó su lengua húmeda por las tetillas, le besó el cuello y luego los labios y en ese momento decidió montarlo, tomó el preservativo que estaba justo en la mesita de al lado y ella misma lo abrió y se lo puso. Él agarraba sus pechos con devoción mientras ella lo cabalgaba.
—Terry... esto es divino... ayúdame a moverme, ¿sí?— Amó su voz prisionera del deseo, sus gritos, sus gemidos y por supuesto que la ayudó a moverse. Su cuerpo pequeño y escurridizo él podía maniobrarlo a su antojo.
—¡Ohhh!— Gimió, se arqueaba. En sus brazos se estaba sintiendo realmente una mujer. Se sentía, hermosa, deseada, amada...
—Terry no te detengas, no me dejes de hacer esto... ¡ohh!
Él se estaba volviendo loco, ella sabía lo que quería, pedía lo que quería y gritaba sin cohibirse. Esa mujer era divina, era demasiado para su amigo. Era suya ahora, para siempre y que Dios lo ayudara.
—Ohh... Terry...— Se corrió... para su sorpresa, abundantemente, no había conocido a ninguna mujer que se corriera así...
—Luna...— Terminó en ella y fue maravilloso.
Cuando su cuerpo al fin se calmó, se retiró de ella y se deshizo del preservativo, luego volvió a la cama.
—¿Estás arrepentido?— Le preguntó con cautela, acariciando su suave pelo.
—No. ¿Lo estás tú?
—No, pero... tengo mucho miedo...
—No tienes que tenerlo. No te voy a dejar sola, hablaremos con Archie los dos, ¿cuándo regresa?
—No lo sé...— Admitió con vergüenza.
—Pase lo que pase, eres mía ahora, no te pienso devolver, no voy a renunciar a ti, ¿tienes eso claro?— Estaba recostado sobre ella, Candy acariciaba su apuesto rostro con su dedo índice.
—Sí... Voy a pedirle el divorcio... no tiene caso insistir con algo que no va a funcionar, no importa cuanto yo me haya esforzado, cuanto me haya desgastado por complacerlo, nunca ha sido suficiente...— volvió a llorar.
—Luna, ya no me hables más de eso. Eres mía ahora, yo te voy a hacer feliz, te daré el mundo, te amo.— La besó.
Candy comenzó a llorar con verdadero sentimiento, un llanto incotrolable que dejó a Terry desconcertado.
—Luna... ¿qué pasa?
—Es que... he sido tan estúpida...
—Cariño, ¿de qué hablas?
—Yo ya te amaba, Terry, desde aquella vez. No te volví a ver y entonces... apareció Archie... con todo su encanto con todo su... me deslumbró... y todo este tiempo he creído amarlo y me he desvivido por este matrimonio, pero... cuando estoy contigo era muy diferente, tú me veías diferente, me hacías sentir diferente... yo era yo misma y tú parecías disfrutarlo...
—Yo amo todo de ti, Luna.
—Yo te amo también y me duele... me duele darme cuenta ahora...
—Está bien, mi amor, está bien. Estamos juntos ahora y yo no te dejaré escapar, ¿está bien?— Candy asintió.
Terry le hizo el amor incontables veces, cada vez que despertaba de pronto en la madrugada y recordaba que ella estaba en su cama la hacía suya.
A la mañana siguiente, Candy abrió los ojos sintiendo una paz en su interior que no podía explicar. Hasta sonreía, se percató de que no se podía mover... entonces palpó a los brazos fuertes que se enroscaban en su cintura, protegiéndola de todo, una respiración suave y cálida cerquita de su cuello y una deliciosa erección mañanera rozando sus nalgas. Se giró un poco para ver su cara. Era tan guapo y así dormido, ajeno a su intensa mirada, parecía tan adorable y vulnerable, no pudo resistir darle un beso en los labios, eso fue lo que terminó por despertarlo.
—Luna...
—Buenos días, guapo...— Sin pensarlo dos veces, se le colocó encima, dándole una buena cabalgada matutina.
Tomaron juntos una ducha, algo tan íntimo y maravilloso, una excusa para hacer el amor nuevamente.
—Terry... no tengo nada... tendré que volver al hotel...
—Bueno, te llevaré al hotel luego para recojas tu ropa, mientras, aquí no la necesitas.— Le dio un guiño y un beso.
—Pero... ¿me quedaré en cueros todo el día?
—Veámos qué puedo hacer por ti...
Le buscó una de sus camisas, sólo eso la cubría, debajo no tenía nada. Bajaron hacia la cocina.
—¿Qué quieres desayunar?
—¿Sabes cocinar?
—¿Disculpa?— Levantó una ceja con arrogancia.
—Quiero... quiero waffles... con mantequilla y mucho syrup... ¿tienes jalea de uva...?
—Jalea de uva... a ver...— se puso a inspeccionar el refrigerador.— Tengo de fresa, ¿no te importa?
—No hay problema.— Sonrió y se sentó sobre el mostrador, moviendo las piernas con travesura, la camisa se le levantaba un poco más, quedando a penas en sus caderas.
—Luna, compórtate, ¿sí? No quiero que se me arruine nuestro primer desayuno.— Se acercó a ella, se coló entre sus piernas y le dio un beso, luego siguió con lo suyo.
—Mmm. Es divino. No los había comido desde que me fui de casa de mi madre...
—Hay más, ¿quieres?— Por toda respuesta, ella le extendió su plato vacío.
—Terry...
—¿Sí?
—Quisiera perdirte perdón...
—¿Por qué?
—Por haber insinuado aquella vez que tenías un pene pequeño...— Se mordió el labio entre travesura y vergüenza.
—¡Oh! Jajajajaja.
—Eres enorme... y además... ¡cómo te mueves!
—Luna... ¿tú no quieres que yo desayune, verdad?
Entre risas, iban de vuelta a la habitación, entonces el celular de Candy comenzó a sonar en el salón. Contestó luego de que siguiera sonando con insistencia.
—Hola...
—¿Se puede saber dónde diablos estás?— Era Archie.
Continuará...
¡Hola!
Bueno... me atendré solo a sus opiniones, no tengo comentarios... Sólo espero que esta historia les siga gustando y que puedan percibirla positivamente.
Gracias por comentar: RENECIA CONTRERAS, dulce maria, Iris Adriana, Maquig, Azukrita, Vianyv07, Xiomy, Maride de Grand, Dulce Lu, elisablue85, Zafiro Azul Cielo 1313, Erika L, skarllet northman, vero, Soadora, Claus mart, amo a terry
Hasta pronto!
Wendy
