La última snitch
O de cómo por una vez James fue el único en darse cuenta
Harry llevaba un día entero llorando cada dos minutos.
Y Lily, sencillamente, no podía más.
—No sé qué le pasa —dijo con voz cansada mientras acunaba a su hijo cuando Remus se asomó por el borde de la puerta.
—Tal vez esté enfermo —murmuró él, dubitativo. El bebé tenía las mejillas rojas y húmedas de tanto llorar. Apretaba con fuerza sus diminutos puñitos y parecía tan desconsolado que Remus no se atrevió a dar un solo paso dentro de la habitación por si su presencia molestaba aún más al niño.
Había empezado la noche anterior, cuando James había intentado acostarlo sin éxito: de pronto, y sin motivo aparente, Harry había roto a llorar, parando solo cuando el agotamiento pudo con él a apenas un par de horas del amanecer.
Y esa mañana, nada más despertar, otra vez lo mismo.
—No lo creo —suspiró Lily, acariciándole la cabeza al bebé, que sollozaba casi sin fuerzas—. No tiene fiebre, no parece que le duela nada, tiene buen color… Pero tal vez tengas razón y lo mejor sea llevarlo al hospital.
—¿Y si solo tiene hambre? —sugirió Sirius, inclinando la cabeza desde detrás de Remus y mirando al niño con curiosidad—. Yo puedo ser bastante irritable cuando tengo hambre.
—Lo sabemos —asintió Remus. Lily volvió a suspirar, cambiando el peso de una pierna a otra y paseando por la habitación en un nuevo intento desesperado de serenar al bebé.
—Tampoco. Casi no ha querido desayunar y ahora me ha costado diez años de vida conseguir que coma algo. A lo mejor solo tiene sueño, o calor… Vamos, Harry, cariño, no llores. Tranquilo…
—¿Seguro que es hijo de James y no de Sirius? —bromeó Remus cuando vio que el pequeño tiraba al suelo un colacuerno húngaro de goma que su padrino le había regalado y que Lily intentaba darle en ese momento—. Ese mal genio me suena de algo.
—De quien igual no es hijo es de Lily —replicó Sirius, cruzándose de brazos—. ¿No se supone que las madres tenéis un sexto sentido para saber qué les pasa a vuestros bebés?
Lily lo taladró con la mirada. Estaba agotada, confusa y preocupada, así que lo único que le faltaba era que Sirius señalara lo poco útil que estaba siendo, fuera o no en broma.
—Es un niño, Sirius, no un libro. No trae escrito lo que le pasa siempre. Y ahora mismo, realmente, no tengo ni idea de qué le está molestando tanto.
Un berrido especialmente fuerte de Harry hizo que todos pusieran una mueca de dolor. Lily resopló.
—Decidido, me lo llevo al hospital. Puede que tengas razón y sí que esté enfermo.
—¿Vas a San Mungo? —preguntó Remus, pero Lily sacudió la cabeza.
—No, iré a un hospital muggle que hay cerca de aquí.
—¿Quieres que os lleve yo con la moto? —ofreció Sirius.
—Gracias, pero creo que prefiero que lleguemos vivos y enteros —respondió ella, declinando la propuesta con una sonrisa que, aunque cansada, logró acompañar su tono jocoso.
Sirius se cruzó de brazos.
—Tampoco es como si condujera mal.
—No, pero eres un loco temerario y Harry es solo un bebé. Sirius, hazme un favor y baja a coger la mantita azul que hay en el salón. Debe de estar sobre el sillón, o en el sofá, no lo sé… Remus, ¿ves esa libreta de ahí? Escribe un mensaje para James, dile que volveremos en seguida…
—¿Dónde está James? —preguntó Sirius, girándose cuando estaba ya casi en el pasillo. Lily resopló mientras se las apañaba para sujetar a Harry con una mano mientras con la otra buscaba una chaqueta en el armario.
—No lo sé —respondió, apretando los labios—. Desapareció hace un rato. Justo cuando más lo necesitaba. Espero que tenga una buenísima razón para haberse largado sin más, porque si no, juro que cuando lo vea le sacaré los ojos.
De pronto, un portazo y un sonoro "¡Ya estoy aquí!" hicieron sonreír a Sirius.
—Hablando del diablo… —canturreó. James apareció en seguida bajo el umbral de la puerta de la habitación. Tenía el pelo lleno de pequeñas ramitas de abeto, un par de manchas de verdín en la ropa y una sonrisa deslumbrante iluminando su rostro.
—¡He vuelto! —proclamó. Lily, que estaba histérica de preocupación por su hijo, sintió que se inflamaba por la ira al ver a James aparecer tan tranquilo y feliz después de ignorarlos durante una hora entera.
—¿Se puede saber a dónde demonios habías ido? —le ladró. El llanto de Harry aumentó y Remus retrocedió un paso, previendo la guerra que estaba a punto de estallar.
La sonrisa de James no vaciló ni un ápice.
—Salvando el mundo, como de costumbre —respondió él alegremente. Entonces, Lily se percató de que James sostenía algo entre sus manos, oculto detrás de su espalda. El mago se aproximó despacio a su hijo, y cuando estuvo ante él, mostró lo que estaba escondiendo.
Era una snitch bastante grande, del tamaño de una pelota de tenis. Sus alas eran blancas y blanditas, aleteando con una suavidad dulcísima, y la esfera amarilla se dejó espachurrar por los deditos de Harry cuando, atónito, el pequeño reparó en lo que su padre le mostraba.
Abriendo desmesuradamente sus ojos verdes, Harry dejó de golpe de llorar. Sacudió un par de veces la snitch de peluche, haciendo que agitara tiernamente las alas en un intento ligero de echar a volar, y sonrió.
La mandíbula de Lily se descolgó hacia abajo.
—¿Qué rayos es eso? —espetó Sirius, que miraba la snitch ligeramente manchada de barro que su ahijado abrazaba entre risitas infantiles, todavía con la carita húmeda.
—El juguete preferido de Harry —proclamó James, estirándose con orgullo—. Duerme con esta snitch siempre, pero esta noche no fui capaz de encontrarla.
Lily, dándose cuenta de que tenía razón, se volvió hacia él con sorpresa.
—¿Dónde estaba? —preguntó. James amplió su sonrisa.
—En el parque. Se nos debió de caer allí ayer por la tarde. Me volví loco buscándola, pero al final conseguí encontrarla.
Hubo un silencio interrumpido solo por los gorjeos de felicidad de Harry, que lanzaba al suelo la snitch para ver entusiasmado cómo la bola dorada regresaba a sus pequeños dedos con aleteos cándidos.
Sirius soltó un bufido.
—No me lo puedo creer. ¿Todo esto por un juguete? Recuérdame que nunca tengamos hijos, Remus.
—No podríamos ni aunque quisiéramos, Sirius. Biología elemental, ya sabes.
—Pero podríamos adoptar.
—No antes de que madures. No creo que pueda criar a dos niños yo solo.
Lily apenas les escuchaba. Miraba atónita a James, que sonreía a su hijo mientras le acariciaba la cabeza.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó en un susurro asombrado. James pareció enrojecer ligeramente y crecer unos centímetros a la vez.
—No lo sé. Llámalo intuición de padre.
Lily sonrió. Abrazando con cuidado a Harry para que no se le escurriera, y tremendamente aliviada de que no le pasara nada malo, se puso de puntillas y depositó un beso rápido sobre los labios de su marido.
—Nunca dejas de sorprenderme, James.
Él enarcó una ceja con diversión.
—Eso espero. Llevo esforzándome a diario para ello desde que era un crío.
—Sigues siendo un crío —rio Lily con suavidad. James sonrió, inclinándose para besarla él esta vez.
Se sentía el hombre más afortunado del mundo.
Con el parloteo de sus dos mejores amigos de fondo, las risas de Harry bajo él y los labios de Lily contra los suyos, parecía que pocas cosas podrían enturbiar su felicidad.
No tenía ni la más mínima idea de que se avecinaban tiempos oscuros. De que Peter, el cuarto Merodeador, estaba muy lejos de allí en esos momentos. De que aquella sería la última vez que vería a Remus y Sirius.
De que nunca más presenciaría un nuevo amanecer junto a sus seres queridos.
De que, esa misma noche, su destino quedaría sellado.
N/A. Y así, damas y caballeros, llegamos al final. Siento haber tenido que meter drama en esas últimas líneas, pero ya me conocéis: tengo un corazón negro y diminuto xD No iba a existir séptimo capítulo, pero Lady me lo pidió y aquí está. No puedo resistirme a nada que ella me pida. ¿Qué le voy a hacer?
Bueno, Lady, pues hasta aquí llega tu regalo de cumpleaños. Un mes entero para subir siete capítulos, ya me vale... ¡Pero para que veas que puedo ser responsable y acabar las cosas (aunque tarde)! Espero que te haya gustado y que me perdones el drama. Sabes que te quiero y que lo he hecho lo mejor que he sabido. Un besazo enorme, guapísima.
