MI GRAN BODA MUGGLE

Disclaimer: Los personajes que aparecen en la siguiente historia no son ni serán jamás de mi propiedad. Le pertenecen a Jotaká que, aunque tenga sus errorcillos, fue la creadora del maravilloso mundo de Harry Potter. Ella se enriquece, no yo. ¿Qué le vamos a hacer?

Resumen: ¡Percy y Penny se casan! Una novia histérica, un novio acojonado y dos familias totalmente opuestas. ¿Conseguirán llegar al altar, o todo terminará en desastre?

CAPÍTULO 7

Las amistades peligrosas

-Un momento, Percy. Quiero comprobar si lo he entendido bien. ¿Le pegaste un tiro en el culo al padre de Penny?

-Sí.

-¿Con una escopeta muggle?

-Efectivamente.

-Perdona.

Y Lucien empezó a reírse a carcajadas, viéndose obligado a sujetarse el estómago porque le dolía terriblemente. Se lo estaba pesando genial. Percy estaba enfurruñado y se sentía culpable, y a su amigo le parecía una situación muy cómica. Percy, el prefecto perfecto, el trabajador de carrera ministerial intachable, la oveja negra de su familia, había metido la pata. Y de la peor manera posible.

Mirándolo objetivamente, aquello no tenía mucha gracia. Gilbert Clearwather lo odiaba desde hacía mucho, pero ahora tenía más motivos. Percy le había dado un tiro en el culo. Era genial.

-¿Podrías dejar de reírte de una puñetera vez, traidor bastardo? –Masculló entre dientes. Lucien logró dominarse un poco, aunque tuvo que aflojarse el nudo del corbatín para no morir asfixiado –Esto es muy serio.

-Está bien. Tienes toda la razón. Pero. ¡Joder! ¿Cómo coño te las arreglaste?

-Yo que sé. Manejar los cachivaches muggles no es tan fácil como parece.

-Pero tu suegro está bien. ¿Verdad?

-¡Oh, ya lo creo! Antes de salir de su casa, me llevó a un rincón y me dijo que si quería casarme con Penny, tendría que pasar por encima de su cadáver.

-¡No! ¿En serio?

-Totalmente.

-Mierda –Lucien apretó los dientes. Aún tenía ganas de reír, pero no debía. Percy estaba en apuros y él tenía la obligación moral de ayudarlo todo lo que pudiera -¿Y qué vais a hacer?

-Seguir adelante, supongo. Penny está preparando su lista de invitados y dentro de un par de días vamos a ir a ver a los del servicio de catering. Tendrán que ser muggles. Parece ser que sus padres están dispuestos a prestarnos su casa para el banquete. La ceremonia religiosa será en la iglesia del pueblo.

-Bueno. Todo parece muy normal. Tal vez no deberías preocuparte tanto.

-Luc. He disparado a mi suegro y él me odia.

Lucien afirmó con la cabeza, entendiendo perfectamente lo que sentía su amigo. Él había pasado por algo similar durante su noviazgo con Jules, aunque en su caso, sus suegros sí insistieron para que se casaran lo antes posible. Era la única forma de evitar la vergüenza y las murmuraciones de la gente. Murmuraciones que, por otro lado, se habían producido igual.

-Podrías secuestrarlo hasta que pase la boda. Así no molestara.

-Suena tentador, aunque no creo que ayude mucho. Además, Penny quiere que sea él quién la lleve al altar. Caprichos de la novia.

Lucien rió suavemente y, con total confianza, se sirvió una copa de whisky de fuego. Estaban en el pequeño despacho que Percy tenía en el Ministerio. En teoría, llevaban toda la mañana trabajando, aunque no habían hecho absolutamente nada. Salvo hablar. Hablar mucho.

Lucien le había contado bastante cosas sobre su breve luna de miel en París. Terriblemente romántica y empalagosa. Durante un segundo, Percy temió que su amigo insistiera en enseñarle fotografías de gárgolas y árboles, pero Lucien era un tipo que lo conocía bien y sabía que odiaba esas cosas. Eran muy aburridas. Tanto, que incluso a él se lo parecían.

Después, Percy le había hablado de todo lo que se había perdido en su ausencia, y había terminado por confesarle sus temores sobre Gilbert. Casi podía verlo limpiando sus mosquetones para devolverle el tiro.

-Supongo que tendrás que estar alerta todo el tiempo. No se me ocurre otra cosa que pueda decirte.

Percy suspiró. De pronto pareció muy cansado y Lucien se preocupó por él, sabiendo que detrás de ese rostro pálido y esa mueca contrariada, había más que un disparo o una discusión con su suegro.

-No me digas que sigues sin estar seguro de la boda.

El brujo pareció sorprendido. Alzó la cabeza y negó efusivamente. Demasiado efusivamente.

-¡Percy!

-Quiero casarme, Luc.

Pero no sonó convincente. Lucien volvió a sentarse y chasqueó la lengua.

-No intentes engañarme. Nunca has podido hacerlo. ¿Qué es lo que pasa ahora?

Percy retuvo el aire en sus pulmones. Lucien lo conocía muy bien y tenía razón: a él no podía mentirle.

-Estoy un poco agobiado, eso es todo.

-¿Sólo agobiado?

-¿Te parece poco? Tenemos que comprar los muebles de la casa antes de la boda y organizar cientos de cosas: el banquete, la ceremonia, las listas de invitados y regalos, la ropa, las flores, el viaje de novios...

-¡Ey, vale! –Lucien le sujetó por los hombros y Percy se tuvo que quedar callado –Respira hondo y tranquilízate. Ambos sabemos que no es para tanto. Hay un montón de gente que te está ayudando.

-Odio dejar que los demás hagan cosas por mí. Prefiero tomar las decisiones personalmente.

-Lo sé. Eres un obsesivo y un desconfiado. Por eso precisamente deberías tranquilizarte un poco y dejar de comerte la cabeza. ¿Por qué no agarras a Penny de un brazo y te la llevas a un lugar bonito durante todo el fin de semana?

-Porque no, Lucien. No se supone que debas darme esa clase de consejos. No puedo irme y dejarlo todo así, sin más.

-No puedes, pero debes hacerlo. Creo que te hace falta recordar por qué vas a casarte con ella.

-Sé por qué vamos a casarnos.

-¿Ah sí? –Lucien se irguió y puso los brazos en jarra -¿Porque te sentiste presionado?

-¡No! Porque es lo que tengo que hacer después de tantos años con ella.

Lucien alzó una ceja y, en cierta forma, Percy supo que no había dicho nada bueno. Su amigo liberó el aire de sus pulmones, mirándolo como si lo compadeciera muchísimo, y volvió a sujetarlo por el hombro. Había adquirido esa costumbre cuando eran unos críos y quería hacerle entrar en razón. Aunque, claro, Percy nunca había sido de los que siguieran los consejos ajenos. Era tan cabezota como su madre, y tan estúpidamente independiente que odiaba tener que aceptar la ayuda de los demás.

-Insisto en que necesitas recordar por qué vas a casarte.

-Luc...

-Yo no me casé porque fuera mi deber. Y tú tampoco deberías hacerlo. Piénsatelo y pasa un fin de semana romántico con Penny. Olvídate de todo, alquila una isla desierta si quieres, pero, ante todo, relájate y deja de comportarte como un capullo. Te hace falta.



-¿Fin de semana romántico?

Percy afirmó con la cabeza, dejando el baúl a sus pies y sacando su varita.

-¿Solos? ¿Lejos de Londres?

Percy volvió a afirmar, un poco cansado de la expresión perpleja de Penny.

-¿Seguro que no eres George con poción multijugos?

-¡Penélope!

-¡Oh! –La chica sonrió pícaramente y le rodeó el cuello con los brazos –Déjame comprobarlo, por favor.

Lo besó con brusquedad, logrando que el pobre y sorprendido Percy estuviera a punto de ahogarse con su propia saliva. Las malas sensaciones se le pasaron pronto, en realidad, y cuando Penny se separó de él, sonriente y satisfecha, no pudo evitar sentirse un poco frustrado.

-Pues no. No eres George. Al menos, no besas como él.

-¡Penny!

Le encantaba burlarse de él. Le golpeó la punta de la nariz cariñosamente y miró a su alrededor, comprobando que Percy se había tomado muchas molestias para organizar ese viaje. Percy se tomaba muchas molestias cada vez que organizaba cualquier cosa, por insignificante que fuera.

-¿A qué viene esto?

-He pensado que necesitamos relajarnos un poco –Percy suspiró –Yo lo necesito, Penny.

-¡Oh! ¡Ya veo! ¿Y te has dado cuenta tú solo?

-En realidad Lucien lo sugirió. Sabe lo que es el estrés pre-matrimonial y se le ha metido en la cabeza que yo lo padezco.

-Pues tiene toda la razón. Últimamente no hemos parado. Nos vendrá bien mantener las distancias un tiempo, aunque sea dos días.

-Bien. Me alegra que estés de acuerdo. ¿Nos vamos? He pagado esta noche de hotel y me gustaría dormir allí.

Penny sonrió. Percy se podía permitir breves instantes de debilidad, pero siempre volvía a ser el de siempre. Y eso le gustaba.

-¿Dónde vamos?

-A París. Lucien dice que es muy romántico y, entre nosotros, ya estoy un poco harto de que me repita constantemente que él ha estado allí y yo no. Es muy irritante.

-Lucien suele serlo cuando se lo propone –Penny se acercó a él y lo abrazó –Siempre he querido ir a París. ¿Lo sabías?

-Tengo entendido que eso es algo que las mujeres quieren. Por lo de los Campos Elíseos y las cenas a la luz de la luna y...

-El francés –Añadió Penny besándolo otra vez. Percy se puso irremediablemente colorado.

-Sí, bueno...

-Me encanta el francés.

-Creo que a mí...

Por fortuna, Percy no concluyó aquella frase. Agitó la cabeza, totalmente ruborizado, y se alejó dos pasos de una Penny que estaba disfrutando enormemente de la situación. Le gustaba que Percy fuera tan reprimido. Era encantadoramente dulce cuando se sentía tan apurado como en ese momento.

-Venga. Insisto en que quiero llegar allí esta noche.

-Está bien –Penny se colocó la túnica y miró a su alrededor. El piso estaba hecho un desastre. Solía ocurrir cada vez que Percy toqueteaba sus cosas –Aunque... ¿Qué pasa con las listas de invitados y lo demás?

-Si sigues preocupándote, no voy a conseguir relajarme. Se supone que tienes que ayudarme a mantener la cabeza despejada. Además, ya he pensado en ello.

-No sé por qué no me extraña.

-Mi padrino y tus damas de honor se harán cargo de todo –Soltó de sopetón. No era buena idea, lo sabía, pero era lo único que podía hacer si realmente quería estar tranquilo durante un brevísimo periodo de tiempo.

-¿Qué? Percy...

-Lo sé y me duele mucho, pero Charlie les echará una mano. Confío en Charlie y en tus hermanas. En Maggie, al menos.

Penny guardó silencio. Ella no confiaba en ninguno de ellos, ni siquiera en Charlie, pero no lo dijo en voz alta. Percy se estaba mostrando despreocupado por una vez en su vida y ella no podía dejar pasar la oportunidad de disfrutarlo a su lado.

-Vámonos ahora, por favor. Estoy segura de que París nos encantará.

-¿Quién ha dicho que vayamos a ver algo más lejos de la habitación de hotel? –Percy alzó una ceja, pícaro, y Penny le sonrió con aire confundido –Deja que te lleve. Ya verás la que te espera, querida.



-¡Aaron! ¡Haz el maldito favor de bajar el volumen de la música!

-Sí, mamá.

Pero no lo hizo. Las paredes del piso seguían retumbando con cada redoble de tambor y la vecina de abajo ya había empezado a golpear el techo con el palo de su antiquísima escoba, esa con la que limpiaba las escaleras cada mañana y con la que acostumbraba a golpear a los niños del bloque cuando no había adultos mirando. Era una vieja cascarrabias, aunque Maggie no podía culparla. No siempre, al menos. Aaron era muy pesado y, algunas veces –casi siempre, en realidad- ella misma tenía serios problemas para soportarlo.

No obstante, ese día no irrumpió al cuarto del niño, ni lo sacó de allí a rastrar, ni le confiscó sus discos de marchas militares. Un niño de diez años que adoraba las marchas militares. Maggie odiaba a su padre. Quizá no había conseguido influenciar demasiado en Aaron durante aquella primera década, pero sí logró que el chico adorara aquella música. Música que Maggie nunca había soportado, que le daba dolor de cabeza y la ponía nerviosa e irritable. Normalmente, no toleraba que Aaron le diera tanto volumen a su equipo, pero tenía visita y esperaba alguna más en breves momentos.

Anna y su novio extraño estaban allí. El tipo de nombre desconocido estaba en pie junto a la ventana, fumándose un cigarrillo y con la vista puesta en el edificio de enfrente. Maggie lo encontraba un poco menos ido y le resultaba extraño, pues había un brillo casi severo en los ojos del joven. Anna lo observaba con algo de aprensión, notándolo más raro de lo normal y sintiéndose un poco preocupada.

-¿Le pasa algo? –Susurró Maggie, dándole una cerveza a su hermana y sentándose a su lado. Gracias a la música de Aaron, su futuro cuñado no podía escucharlas hablar.

-Lleva unos días que ni yo misma lo reconozco –Anna parpadeó y le dio un largo trago a su bebida –Está muy serio y callado. Casi no fuma porros y se ha lavado el pelo.

-¿Se ha...?

-Anoche incluso comentó que iba a cortárselo. ¿Puedes creerlo?

-Bueno. No me parece que sea tan raro. Quizá quiera un cambio de imagen. ¿No?

-Ese capullo adora tener el pelo largo, despeinado y sucio. Dice que le hace parecer más guay.

-¡Oh! –Maggie carraspeó, observándolo detenidamente. Tenía la espalda erguida y había algo en su postura que le resultaba familiar. Aquella rigidez, el gesto adusto y el mentón alzado con arrogancia. Ese chico nunca le había parecido arrogante antes -¿Dices que no fuma?

-Sus colegas están casi histéricos. Ayer lo obligaron a irse de juerga, pero llegó muy pronto. Estoy preocupada, Marge.

-¿Lo has hablado con él?

-En una semana, lo más que me ha dicho ha sido "Me duele la cabeza, tronca". ¿Puedes creerlo? ¡Ni siquiera deja que le ponga una mano encima! Está rarísimo.

-¿No se le habrá ido la mano con algo?

-No lo creo. A mí me parece que es por lo de la boda de Penny. Creo que le preocupa que yo quiera lo mismo para nosotros.

-¿No lo quieres?

-Margaret. Míranos. ¿Es necesario que responda?

No. No lo era. Maggie agitó la cabeza y se acercó a su cuñado, ofreciéndole una cerveza a él también. El chico se limitó a cogerla y a asentir en señal de agradecimiento. Y él no era de esos que iban por ahí agradeciendo cosas, así que el rostro de Anna reflejó más aprensión aún y Maggie sintió pena de su pobre hermana.

-Deberías interrogarlo.

-Debería...

En ese preciso momento, cuando ambas intentaban encontrar una explicación para el estado anímico del tipo raro –quién, por cierto, ya había dado buena cuenta de su cerveza –el timbre de la puerta sonó por encima de la música de Aaron, y Maggie supo que la diversión estaba a punto de empezar. Si por diversión pudiera entenderse el verse obligada a pasar todo el fin de semana encerrada, elaborando una maldita lista de invitados para la boda de su hermana mayor. Aunque, teniendo en cuenta que George Weasley iba a estar allí, quizá no sería tan aburrido; Penny solía contar historias bastante interesantes de ese chico y de su hermano Fred, tristemente desaparecido unos años antes.

Efectivamente, cuando fue a abrir la puerta, allí estaban Charlie y George. Ambos pelirrojos, fuertes y atractivos. A Maggie se lo parecían, y les regaló una sonrisa dulce y muy amable. Realmente George nunca le había parecido un bala perdida, tal y como aseguraba Percy, pero esa mañana vio algo extraño en su mirada, un brillo travieso que la hizo pensar en Aaron, y reír internamente. Charlie, en cambio, parecía ser mucho más serio y tranquilo, un poco más parecido a Percy, pero mucho menos petulante y altivo.

Los dos hermanos entraron a la sala y saludaron a Anna y a su novio. El joven los observó con curiosidad, fue a sentarse a un sillón apartado y se puso a leer la guía de televisión, sin dejar de fumarse un pitillo tras otro. Nunca había sido muy comunicativo, aunque no había nada desagradable en su comportamiento; simplemente prefería estar silencioso y quieto, y eso era de agradecer en algunas ocasiones.

-¿Qué es ese escándalo?

George había torcido el gesto. No le agradaba demasiado la música procedente de la habitación de Aaron.

-Es mi hijo. Es un fanático de las marchas militares.

-¡Oh!

George tomó asiento y no añadió nada más, aunque se taponó un oído, resoplando y con el ceño fruncido. A Charlie tampoco le gustaba demasiado aquel estruendo, pero lo disimulaba mejor.

-Iré a decirle que baje la música.

-No te hará caso, Marge –Anna se sentó junto a su novio, intentando sacarlo de su estado aletargado, pero fue inútil –Deberías cortar la luz. Con un poco de suerte, se irá a dar una vuelta por ahí.

-Y, de paso, lo atropellará un coche –Maggie chasqueó la lengua. No podía negar que algunas veces no quisiera estrangular a su pequeño angelito, pero de ahí a verlo espachurrado en el suelo, iba mucho trecho –Intentaré negociar. Sírveles una copa. ¿Quieres? Y abre un par de bolsas de patatas.

-Esto no es una fiesta. ¿Qué diría Percy?

-¿Le importa a alguien?

Charlie y George intercambiaron una mirada cómplice y se acomodaron bien en el sofá. Habían pensado que pasarían un día horrible, haciendo cosas que a ninguno de los dos les agradaban demasiado, pero que eran imprescindibles. Por algún extraño motivo, ambos sentían la necesidad de ayudar a Percy. Era divertido ver cómo estaba a punto de sufrir un infarto, pero no querían que se muriera de un berrinche. Sin duda un fin de semana de relax en compañía de su novia le haría muchísimo bien.

Mientras Anna los ayudaba a acomodarse, Maggie alcanzó la habitación de su hijo y llamó a la puerta con suavidad. Después, con algo más de fuerza. Por último, abrió sin importarle si el niño se molestaba o no. Aaron estaba sentado frente al ordenador, enfrascado en uno de esos violentos videojuegos que le chiflaban y siguiendo el ritmo de la música con los pies. Si vio a su madre, no dio señales de ello. Por el contrario, permaneció ensimismado, ignorando por completo la voz materna. Hasta que Maggie, harta de esa ridícula y exasperante situación, apagó la radio.

Aaron se dio media vuelta, como movido por un resorte, y la fulminó con la mirada. Por supuesto, no consiguió intimidar a la mujer ni siquiera un poco.

-¿Qué quieres? –Espetó de muy mal humor.

-Suaviza el tono, mocoso –Maggie le regañó de inmediato, poco dispuesta a dejar que el chiquillo se le insubordinara demasiado –Tenemos trabajo que hacer, así que haz el favor de bajar la música si no quieres que te la quite.

Eso, definitivamente, no era la clase de negociación que el niño hubiera esperado. Normalmente le ofrecían cosas a cambio de que se portara bien, pero ese día su madre no iba a ceder y él lo sabía. Le bastaba con ver las arruguitas de su frente y escuchar el golpeteo de sus zapatos contra el suelo de madera.

-No estaba tan alta, mamá.

-¡Oh, si lo estaba! Y tampoco es como si te estuviera obligando a quitarla, pero tenemos cosas muy importantes que hacer en el salón y es imprescindible que nos oigamos los unos a los otros.

-¿Cosas importantes? ¿Con tía Anna y el alien?

-Aaron, no le llames así.

El niño sólo se encogió de hombros. Muchas veces había preguntado cómo se llamaba su futuro tío político, pero nadie le había dado una respuesta, así que le había bautizado como el alien. Aunque, claro, también sabía que Percy se llamaba Percy y solía llamarlo pijo aburrido. Aaron era así.

-Además, tenemos otras visitas.

-¿Visitas?

-Los hermanos de Percy.

-¿Quiénes? –Aaron se puso en pie, claramente emocionado -¿El cazador de dragones y el bromista?

-Sí, Aaron. Pero recuerda que no puedes decir lo que son con el novio de Anna ahí delante.

-¡Oh, vaya! ¿Por qué?

-Lo sabes muy bien. Y, ahora, sé un chico bueno y no hagas que te quite los videojuegos. ¿De acuerdo?

-¿No puedo ir con vosotros?

-Te aburrirás.

-Por favor, mamá. Me portaré bien. Te lo juro porque te...

-Lo sé, lo sé. Porque me muera –Maggie suspiró y se dio por vencida –Está bien. Pero no molestes. ¿Quieres?

-¡Claro que no! Mira que eres desconfiada, mamá.

Aaron no podía desaprovechar la oportunidad de estar con George y Charlie. Aunque Percy fuera el hombre más aburrido que había conocido jamás, sus hermanos eran geniales. No le gustaba eso de que no se dejaran avasallar con facilidad, pero el niño recordaba perfectamente que habían querido jugarle una mala pasada al abuelo Gilbert. Y él, aunque a su manera apreciaba al hombre, le encantaba verlo en apuros. Normalmente, le gustaba ver cómo se comportaba la gente cuando estaba rodeada de problemas, más aún si era serios, refinados y modositos. Como el abuelo o Percy. Sus caras alucinadas cuando les gastaba una broma o los ponía en situaciones comprometidas no tenían precio.

Así pues, a pesar de que no le apetecía demasiado estar todo el día rodeado de adultos, estaba dispuesto a sacrificarse sólo por hablar con Charlie o George. Quizá, el novio de tía Anna se largara antes de que terminara la reunión y, entonces, podría disfrutar plenamente de aquella agradable compañía.

Cuando Anna lo vio aparecer no pareció muy contenta. Frunció el ceño y apretó con fuerza su bote de cerveza.

-¿Qué haces aquí?

-Mamá me ha dejado –El niño la ignoró y, sin mediar palabra, se sentó entre los sorprendidos hermanos Weasley –Hola, Charlie y George. ¿Cómo va la cosa, coleguillas?

Ninguno le respondió. Sin duda no esperaban encontrárselo allí y, cuando reaccionaron, Maggie ya estaba en el salón, armada con papel y lápiz y dispuesta para pasar el día más aburrido de la historia de la humanidad.



Levantarse al mediodía no era algo que Percy Weasley soliera hacer muy a menudo, pero debía reconocer que le encantaba. Recordaba vagamente que, cuando era niño, todos los domingos su madre lo obligaba a quedarse en la cama hasta la hora de comer y, aunque él solía protestar, espetando que tenía muchos encantamientos por practicar y muchos libros por leer, siempre había disfrutado de aquellas mañanas, abrigado por las viejas mantas de La Madriguera y escuchando las voces lejanas de sus padres en la planta superior. Ahora que era adulto, sospecha que los señores Weasley obligaba a sus hijos a dormir sólo para estar solos, y Percy solía pensar en cómo debió ser su vida matrimonial, siempre rodeados por un montón de críos que no les daban muchos momentos de intimidad para hacer aquellas cosas que hacían las parejas: hablar, discutir, besarse. Percy suponía que ahora estaban muchos más tranquilos. De hecho, algunas veces sus hijos solían sorprenderlos en actitud bastante cariñosa, con el correspondiente trauma que eso suponía, sobre todo para alguien como Percy, que durante su infancia había creído que los niños nacían en las coliflores mágicas que su madre tenía en el jardín.

Ese día, no madrugó. No habría podido de haberlo querido, puesto que Penny y él habían pasado una noche de lo más movidita. Primero, salieron a divertirse por el mundo muggle y, cuando regresaron, probaron la resistencia de la cama del hotel. Y del sofá, y de la ducha. En definitiva, ambos estaban cansados y, aunque el estómago de Percy rugía de hambre, no quería levantarse por nada del mundo. Penny estaba abrazada a él, aún durmiendo, y el joven había logrado olvidarse de todas sus responsabilidades para disfrutar de dos días en calma absoluta. Era algo que no le estaba viniendo nada mal.

Al cabo de un rato, Penny se removió y alzó la cabeza, mirándolo totalmente somnolienta.

-¿Qué horas es?

-Las once y media.

-¡Oh, qué bien!

Y realmente debía parecérselo, porque la chica se arrebujó entre los brazos masculinos y siguió desperezándose un rato más, hasta que estuvo totalmente espabilada. Hacer el vago era algo que no se podían permitir demasiado a menudo y lo estaban pasando en grande ahí tirados, sin hacer absolutamente nada.

-He pensado que podríamos ir de compras. Souvenirs para tus padres y los míos. ¿Qué me dices?

-No parece mala idea. Pero para eso tenemos que levantarnos. ¿Verdad?

-Sólo si quieres, querida.

Penny rió y se puso en pie después de besarle los labios. Se ducharon juntos y tardaron una hora más en bajar a la recepción. Para entonces, decidieron que no era mala hora para comer algo y devoraron los platos que un par de sorprendidos camareros les pusieron en frente. Después, salieron al exterior y se comportaron como turistas muggles, sacando fotografías mágicas –la cámara de Percy causó sensación entre la gente no-mágica, especialmente en un coleccionista de antigüedades –y pasearon tranquilamente por las calles parisinas, ajenos a lo que estaba ocurriendo en Londres, y sin preocuparse en absoluto por sus respectivos hermanos. Ni siquiera por Aaron.



-Perce tiene sus exigencias –Charlie extendió una pequeña lista de nombres sobre la mesa, captando la atención de sus acompañantes. Exceptuando, claro está, al novio de Anna, que dormitaba en el sillón, y a Aaron, que estaba planteándose la posibilidad de huir a su habitación –El ministro Shacklebolt, un par de jefes de departamento y algunos conocidos del Wizegamont.

-¿Y Penny está de acuerdo con eso? Porque no le hace ninguna gracia llenar su boda de desconocidos de buena posición social –Intervino Maggie con mal talante, como si culpara a Charlie de las tonterías que su futuro cuñado tenía en la cabeza. Definitivamente, Percy y Penny no habían hablado de la clase de boda que querían; mientras la chica quería una celebración íntima y familiar, el brujo abogaba por un acontecimiento social que le permitiera obtener beneficios laborales.

-Pues no lo sé. Yo sólo digo lo que él me ha dicho. Además, Shacklebolt es amigo de la familia, y supongo que es lógico que quiera invitar a su jefe. El de Penny también vendrá.

-Ya. Pero. ¿Y los demás?

-Podemos incluirlos y descartarlos si nos sobran invitados –Sugirió Anna. Ella y George habían estado bastante callados todo el tiempo, puesto que sus hermanos mayores parecían tener intereses personales en todo ese asunto –Aunque, francamente, los prefiero a ellos antes que a aquel compañero del ejército de papá que lo enseñó a asar patatas en el fuego.

-Él también tiene sus exigencias. ¿Sabes?

-Exigencias que Penny ignoraría por completo.

-Penny confía en nosotras.

-Y Percy en nosotros.

-¿Se puede saber por qué os estáis enfadando? –Preguntó George, que empezaba a notar el ambiente un tanto enrarecido.

-Nadie se está enfadando, pero el día pasa y no tenemos nada en claro aún.

Eso era verdad. Elaborar una lista de invitados no era fácil, menos aún cuando los novios no estaban presentes. Los cuatro encargados de hacerlo estaban un poco hartos, y George fue el primero en ponerse en pie, sacudiendo la cabeza con aire despreocupado.

-Voy a dar un paseo. Si queréis degollaros mientras tanto, podéis hacerlo. Yo paso.

-¡Me voy contigo!

Antes de que nadie pudiera reaccionar, Aaron ya había dado un salto y se había colocado junto al pelirrojo brujo. George entornó los ojos un segundo y miró a Maggie. A ella no le importaba realmente lo que hiciera el niño, sobretodo en ese momento, y lo dejó ir sin poner objeciones. Al menos podría decir tacos a gusto mientras Aaron estaba fuera.

-Menudo rollazo, tío –Dijo Aaron una vez en la calle. Habían empezado a andar hacia un parque cercano y George le prestaba atención. Y eso no era algo que los adultos solieran hacer muy a menudo –No sé como puedes aguantarlo tanto tiempo. Yo estaba a punto de morirme de aburrimiento.

-Tienes toda la razón. Yo ni siquiera sé por qué me he prestado a esto. Creo que Charlie y tu madre pueden arreglárselas bastante bien ellos solos. ¿No te parece?

-Se ponen igual de pesados. ¡Y yo qué pensaba que no había nadie más aburrido que Percy en el mundo! Aunque te aseguro que normalmente mi madre no es así. Y tu hermano tampoco debe serlo, si cuida dragones y todo eso.

George sonrió y siguió caminando. Hacía una tarde agradable y el barrio estaba bastante tranquilo.

-A mí me chiflan los dragones, sobre todo desde que sé que existen de verdad. Charlie me ha prometido que algún día me llevará a ver uno.

-¿Eso ha hecho?

-¿Tú has visto alguno?

-Sí. Resultan bastante... intimidantes. ¿Te he dicho alguna vez que mi hermano Ron montó a lomos de uno?

-¿En serio? –Aaron sintió una clara fascinación y luego frunció el ceño -¿Por qué tía Penny se fijó en Percy? Los otros Weasley sois mucho más interesantes.

-Añadiré eso a mi lista de misterios sin resolver –George rió suavemente y fue a sentarse en un banco, con Aaron a su lado –Pero creo que Percy tiene cosas buenas. Ahora no puedo decirte ninguna, pero debe tenerlas.

-Sí. Seguro –Aaron resopló, pero el comentario le pareció divertido –Así que tú eres su padrino de boda.

-Eso creo, sí.

-¿Y no le has preparado ninguna gorda aún?

George parpadeó, abrumado por la malignidad que emanaba de Aaron, y terminó por soltar una pequeña carcajada.

-Eso te gustaría. ¿A qué sí?

Aaron afirmó con la cabeza, pero no fue necesario añadir nada.

-Quizá te agrade saber que tengo algo en mente para su despedida de soltero. Algo que a él no le gustará en absoluto.

-¿En serio? ¿Qué es?

-Algo que no creo que tu madre te permita hacer.

-¡Bah! A las mujeres no hay que hacerles mucho caso. El abuelo Gilbert nunca le presta demasiada atención a la abuela Becky. Aunque ella siempre hace lo que le da la gana. ¿Eso es normal?

-Viniendo de una mujer, sí lo es.

-¡Vaya!

Se quedaron callando, reflexionando sobre la posición de las féminas en sus vidas. George, hasta ese día, prefería vivir inmerso en sus negocios, y a Aaron le preocupaba el hecho de tener que cargar con alguien como su madre, sus tías o cualquier otra chica del universo. No tenía buenas experiencias con las niñas del colegio. Por alguna razón, no les gustaba que intentara levantarles las faldas de sus uniformes, y ya se había llevado más de un guantazo y algún que otro castigo. Las mujeres no sabían admitir una broma y, por eso, él prefería no tener amigas. Prefería esperar a que fueran un poco menos recatadas para relacionarse con ellas.

-¿Por qué crees que a los adultos les da por casarse? Es absolutamente horrible.

A George le pareció gracioso que Aaron no lo incluyera en la categoría de adultos. Por algún motivo, el niño se encontraba muy a gusto con él y hablaba con soltura, como si le considerara un amigo y no alguien de quién defenderse o al que chantajear a cambio de beneficios propios.

-Deben estar mal de la cabeza.

-Yo no pienso casarme nunca. Seré soltero toda mi vida y haré lo que me de la gana y cuando me de la gana.

-Ese plan es excelente. Todo el mundo debería hacer lo mismo.

-¿Tú no piensas casarte?

-No por el momento. ¿Para qué iba a querer hacerlo?

-¿Para tener que quedarte los sábados por la noche encerrado en casa, viendo el canal de la teletienda? –Aaron fingió un escalofrío –Es horrible y deprimente.

-¡Oh, sí! –George agitó la cabeza y miró al niño con curiosidad -¿Qué es la teletienda?

-El canal de televisión más aburrido del mundo. Venden cosas por teléfono. Estupideces como colecciones de música de cuando mis abuelos eran jóvenes o esponjitas que dan masajes milagrosos. Lo odio. Casi preferiría que mi madre se fuera por ahí con sus novietes en lugar de quedarse en casa obligándome a ver eso.

-Ya. ¿Tu madre tiene muchos novios?

-Lo intenta, pero yo no le dejo, claro.

Aaron alzó la cabeza, totalmente orgulloso de sus acciones. Odiaba cuando su madre llevaba a algún tipo idiota a casa y le decía que iba a salir por ahí a cenar o al cine. Él quería a su madre para él solo; era suya y ningún hombre podría quitársela jamás.

-¿No te gustaría que ella estuviera con alguien?

-¡Claro que no! ¿Te gustaría a ti que tu madre llevara ligues a tu casa?

-Bueno, Aaron. Mi madre es un poco mayor que la tuya y, además, está mi padre. Pero no creo que fuera a molestarme mucho.

-Pues a mí sí –El niño estaba enfadado. Hablaba con vehemencia e, incluso, se había puesto en pie -¿Has visto a los novios de mis tías? ¡Me moriría si tuviera que vivir con uno de esos todo el día. Prefiero estar como ahora, te lo aseguro.

-¿Y si el novio de tu madre fuera alguien más divertido?

-¿Divertido? A mamá le gustan los abogados, los médicos y los contables. No son tipos que se pongan a contar chistes a la primera de cambio. ¿Sabes?

-No sé. Yo sólo preguntaba. Es posible que alguna vez conozca a alguien que le guste y te caiga bien.

George no podía creerse que estuviera teniendo esa conversación con un niño de diez años al que apenas conocía. Pero Aaron se mostraba tan franco, y él estaba disfrutando tanto, que no le importaba lo extraño de la situación. Siempre era mejor que observar como Charlie y Maggie estaban a punto de ponerse a discutir por tonterías.

-A no ser que traiga un brujo, no quiero saber nada.

-¿Por qué un brujo?

-¡Pues porque casi todos sois geniales! –Espetó Aaron, como si fuera lo más obvio del mundo –Percy es una trágica excepción, pero eso de ser mago es fascinante. Yo estoy deseando recibir la carta de Hogwarts. Cuando lo haga, me compraré una varita, visitaré tu tienda y me dedicaré a gastar bromas misteriosas a la familia del abuelo Gilbert. Va a ser lo más divertido que he hecho nunca.

-¡Oh, vaya! Lo tienes todo muy bien calculado –George rió, cruzándose de brazos –Si finalmente recibes la carta, estaré encantado de ayudarte con la parte de las bromas. Es más, si te apetece podemos ir practicando ahora. Podríamos sacar de quicio a Percy.

-¿Podríamos?

-Sin hacer peligrar la boda, claro. A nuestras madres no les gustaría.

-Al abuelo Gilbert sí. Y eso no me hace gracia.

-Entonces. ¿Somos socios? –George estiró una mano y le sonrió al niño.

-¡Claro que somos socios! –El chiquillo estrechó dicha mano, totalmente encantado.

-¿Sabes una cosa, Aaron? Creo que este es el inicio de una bonita amistad. Pero ahora será mejor que volvamos a casa, antes de que denuncien nuestra desaparición a las autoridades muggles. –George bajó la voz, hablando en tono confidencial –Entre nosotros. No soporto las autoridades.

-Definitivamente, yo tampoco.



-Ciento veintitrés invitados está bastante bien –Anna examinó la lista con aire cansado. Charlie y Maggie habían estado discutiendo un rato, aunque ahora todo estaba mucho más tranquilo. Ninguno de los dos parecía muy contento con el hecho de que George hubiera desaparecido un buen rato antes, dejándole a ellos con todo el problema encima, así que la chica suponía que irían a por él en cuanto regresara a casa. Si es que regresaba, porque se había ido con Aaron y eso no podía ser bueno –Y, además, están divididos equitativamente. Creo que Percy y Penny estarán contentos.

-¡Qué se jodan si no lo están! –Gruñó Maggie, logrando que el novio de Anna diera un respingo. Había pasado un buen rato roncando estruendosamente, pero ahora estaba totalmente despierto. Y callado –La próxima vez que quieran pasar un fin de semana en plan tortolitos, recordadme que no acepte echarles una mano en nada, por favor.

-¡Oh, no seas gruñona! No ha sido para tanto –Anna le dio un beso a la mejilla a su hermana, aunque ésta se resistió con fiereza –Y ya hemos terminado. Percy y Penny estarán contentos y relajados. A los pobres les hacía falta, después de lo que pasó con papá. ¿No crees?

Maggie gruñó de nuevo, pero no dijo nada. Charlie, que observó el intercambio de palabras en silencio, estiró la espalda para relajar los músculos del cuello y deseó estar en Rumanía, cuidando de sus queridos dragones.

-Podríamos ir a cenar fuera. ¿No? –Sugirió Anna, que siempre se ponía de buen humor cuando terminaba un trabajo que no le gustaba mucho – ¿Tienes hambre, tronco?

El tipo raro se encogió de hombros, pero su estómago rugió en respuesta, logrando que los demás sonrieran. Conforme pasaban los minutos se iban sintiendo un poco mejor. Ni siquiera les importaba que ya fuera casi de noche y que George y Aaron siguieran sin dar señales de vida.

-Podríamos ir a un chino. ¿No?

-Podríamos, si a tu querido sobrino y a George les da por volver a casa –Maggie miró directamente a Charlie -¿Siempre se le ha dado tan bien eso de escaquearse?

-Sí, al menos desde que yo puedo recordar.

-Pues vaya –Maggie suspiró, algo contrariada, y se volvió hacia Anna -¿Por qué no os adelantáis vosotros? Tu chico se va a desmayar si no lo alimentas ahora.

-¡Sí, Anna! ¡Vámonos a cenar!

No es que el tipo raro le diera muchas opciones a su novia. Ya se había levantado, asombrosamente espabilado, y había corrido por media casa en busca de las chaquetas y de sus zapatos. Adoraba estar descalzo casi todo el tiempo.

-De acuerdo. Pero no tardéis. ¿Vale?

-No es algo que dependa de nosotros. Y, ahora, largo de aquí.

Anna y su novio se fueron, dejando el piso extrañamente silencioso. Charlie seguía sentado en el sofá, apurando una nueva cerveza con la vista clavada en el exterior.

-Esta mierda muggle está muy buena –Le dijo a Maggie cuando ella se sentó a su lado –Pero deberías probar la cerveza de mantequilla. No tiene absolutamente nada que ver con esto.

-Eso suele decir Penny, pero todavía no he tenido ocasión de probarla. No es que suela visitar el mundo mágico demasiado a menudo, y menos ahora. Aunque, de niña, si fui un par de veces con Penny, a comprar sus cosas del colegio.

-Oblígala para que te lleve, en serio. No sabes lo que te pierdes.

Se produjo un incómodo silencio. Los jóvenes se miraban de reojo, sin saber qué decir. No se conocían en absoluto y, aunque posiblemente hubieran podido tener cientos de temas de conversación, ahí estaban los dos, sentados uno junto al otro, mirando por la ventana y sin abrir la boca para decir la primera tontería que se les pasara por la mente.

-¿Qué crees que estarán haciendo esos dos? –Maggie suspiró –George y Aaron. Empieza a hacerse tarde.

-Quiero pensar que estar bien. Aunque tratándose de George, nunca se sabe.

-Es impetuoso –Maggie rió por lo bajo –Me extrañó mucho que Percy lo escogiera de padrino. Son totalmente diferentes. Como la noche y el día.

-Creo que fue por Fred –Charlie habló con calma y cautela, sintiéndose totalmente escuchado –Ninguno de los dos ha comentado nada al respecto, pero es obvio que están un poco más unidos desde que él murió. Era el gemelo de George y murió en brazos de Percy. Eso es algo que liga a las personas.

-Sí. Es muy triste –Maggie suspiró de nuevo –Sé que la gente muere en las guerras, pero eso no lo hace menos doloroso. Nosotros lo pasamos muy mal cuando Penny decidió marcharse. Quería protegernos y no fue fácil saber que lo estaba pasando mal sin que pudiéramos hacer nada por evitarlo. Mi padre se sentía bastante impotente. ¿Sabes? Amenazó con movilizar al ejército británico para ayudaros a luchar contra esa gente. Estaba como loco.

-Tu padre parece alguien bastante protector.

-Porque lo es. Prácticamente nos crió él. Estamos mucho más unidas con él que con mi madre. Si algunas veces se porta como un gilipollas, es porque quiere ayudarnos. Hemos pasado por muchas cosas y no quiere que lo pasemos mal otra vez, aunque se exceda casi siempre.

-No es un hombre fácil de tratar. ¿Cierto? Es un férreo defensor de sus convicciones, aunque sean las equivocadas.

-No siempre ha sido así. Antes de que naciera Aaron, era más permisivo.

-Ya. Te dejaron tirada. ¿No es cierto?

-Totalmente –Maggie sonrió con amargura. Ella no solía hablar de aquella etapa de su vida, y esa noche tampoco pensaba hacerlo –De todas formas, estoy segura de que muy pronto Percy empezará a caerle bien. Tu hermano es demasiado recto y responsable como para que no se de cuenta de que Penny ha elegido bien.

-¿Ha elegido bien? –Espetó él, escéptico e irónico, ganándose un suave golpe en el hombro.

-¡Oye! Se supone que es tu hermano. Debes defenderle.

-Es mi hermano, sí, pero eso no quita para que a veces sea un poco capullo. Pero no es mal tipo, tienes razón. Tu padre tendrá que llevarse bien con él, aunque sea dentro de unos años.

Maggie iba a responder cuando la puerta de la calle se abrió. Aaron tenía su propia llave y acababa de llegar a casa, acompañada de un George que pareció entristecido cuando vio que no seguían con el rollo de los invitados, y que al mismo tiempo no podía disimular un alivio y una felicidad inmensos.

-¡Vaya, George! Es un honor que te dejes caer por aquí.

-Creo que se nos ha ido un poco la hora. No me digas que ya habéis terminado con ese rollo de la lista de invitados.

-Déjate de chorradas, hombre. Sabes que sí.

-¡Oh, qué lástima!

George le guiñó un ojo a Aaron. Habían estado todo el rato en el parque, charlando sobre fuegos artificiales, chicles que provocaban molestas urticarias e ilusionismo muggle. En definitiva, haciendo tiempo para no tener que regresar al apartamento hasta que fuera muy, pero que muy tarde.

-No os apalanquéis en el sofá. Anna y su novio nos esperan en el chino –Dijo Maggie, dirigiéndose ya hacia la salida.

-No me digas que invita el alien –Murmuró Aaron con algo de malicia, dispuesto a molestar a su madre con esas tonterías sin importancia. Pero Maggie no se enfadó.

-El alien no invitaría ni aunque tuviera dinero. Y, ahora, marchando, que se nos hace tarde.



-¿De verdad tenemos que volver? Yo no quiero volver, Penny.

Percy estaba adorablemente quejumbroso esa mañana. Aunque se había levantado muy temprano para organizar el equipaje y el viaje de regreso, no había dejado de protestar desde que notó que Penny ya estaba levantada.

Habían pasado un fin de semana genial. Hicieron tantas cosas al mismo tiempo que no tuvieron ocasión de preocuparse por lo que pasaba en Londres, y disfrutaron tanto que ahora les resultaba difícil renunciar a tanta relajación y buenos momentos en soledad. Pero era domingo por la tarde y el mundo real les esperaba, con sus responsabilidad y esas cosas que los tenían estresados y casi depresivos.

-Desgraciadamente para nosotros, debemos hacerlo –Penny le rodeó el rostro con las manos y lo besó –Pero podríamos repetir pronto. ¿No te parece? Visitar otra ciudad bonita, como Venecia o Brujas. ¿Qué te parece?

-Que es una idea genial –Percy la abrazó, sintiéndose tan relajado que ya no se acordaba de quién era. Sólo podía pensar en que, tal y como dijo Lucien, había recordado por qué quería casarse con Penny. Y, en ese momento, no tenía mucho que ver con el sentido del deber -¿De verdad tenemos que volver?

-¡Oh, vamos! Nada de lloriqueos, cariño. Lo siento.

Percy bufó por lo bajo y se alejó de ella. Era agradable no tener puesta una corbata y unos zapatos elegantes y que le aplastaban los pies. Ese día se encontraba muy a gusto con sus pantalones vaqueros y sus zapatillas de hacer deporte. Parecía como si se hubiera quitado un montón de años de encima y sentía que nada podía quitarle el sueño. No ahora.

-He llegado a la inquietante conclusión de que debo mostrarme espontáneo un poco más a menudo. Es bastante divertido. ¿Sabes?

-Me hago una idea. Además, yo ya te lo había dicho muchas veces. Eres demasiado responsable.

-Sí –Percy volvió a suspirar –Y dentro de unas horas tendré que serlo otra vez. ¿Sabes lo que me preocupa ahora mismo?

-Lo mismo que a mí.

-La lista de invitados.

Dijeron aquellas palabras de inmediato y no pudieron evitar ponerse a reír, abrazados y encantados otra vez.

-Es una pena que tengamos que volver al infierno, Penny. Si yo pudiera, haría lo que tu abuelo dice y me fugaría contigo al lugar más recóndito de la tierra.

-¡Oh, qué romántico! ¿Por qué no lo hacemos?

-Porque, desgraciadamente, tenemos responsabilidades. Y tú sabes que soy incapaz de eludirlas durante demasiado tiempo.

Penny lo sabía, y era una pena. Le gustaba muchísimo el Percy con el que pasó el fin de semana, ese que era capaz de sonreír y que actuaba sin pensar. El Percy alegre y disoluto que no salía a la superficie demasiado a menudo, pero que dejaba un recuerdo imborrable en ella cada vez que lo hacía. Además, el Percy de siempre no estaba nada mal. Penny se había enamorado de él aún antes de conocer su parte divertida, y no podría renunciar a eso jamás. Le gustaba más que cualquier otra cosa.



¡Hola a todos! Lo sé. He tardado un montón de tiempo en actualizar. Lo siento mucho, pero he estado ocupadísima limpiando el piso nuevo y todos esos rollos y, además, estoy probando suerte y ahora también escribo cosas sobre la serie de TV "Lost". Pero he vuelto con un nuevo capítulo (también largo, aunque no tanto como otros), en el que he prescindido un poco de Percy y Penny, y he me centrado en otras relaciones que también son interesantes. Espero que os haya gustado, ya sabéis. Estoy segura de que nos veremos antes de lo que creéis. Espero poder aprovechar esta semana para escribir un poco más. A ver si para el próximo sábado tengo algo :) Nada más. Muchas gracias a todos por leer y, especialmente por comentar. Hasta luego.