Séptimo cielo.

Un trío macilento iba aterrizando sobre el estribillo de una melodía demasiado tarareada atañendo las cuerdas de sus instrumentos, choques frontales de copas ardientes hacían de coro, trajín entre mesas toscas de hembras con charolas descansando sobre las palmas, haciendo equilibrio con los tacones que elevaban los glúteos y volvían carnosas las pantorrillas, hombres buscando irremplazables domadoras, indómitas bailarinas, ocupantes sin ocupación de la fascinación.

Desde su asiento en la esquina, donde era todopoderosa, con sus ojos omnipotentes; juez y parte del ir y venir de carne entre carne, de savia salada humedeciendo las sabanas, saliva ajena corrompiendo los cuerpos, rodeando los senos, dedos inclementes buscando cavernas donde anclar, dientes feroces incrustados en labios penitentes; lo vio entrar, recorrer con los ojos mordaces el establecimiento discriminar cliente por cliente, servidora por servidora, ninguna se le acerco, todas lo conocían ya, todas sabían que solo iba con una, la misma siempre, y que esa misma estaba todo el tiempo disponible para el sin importar quien la solicitaba ni si ese quien había llegado antes que él, por esa causa ya no tenia muchos clientes personales, solo los veteranos, soldaditos de plomo viejos que preferían esperar, pero eso no le importaba a ella, al fin y al cabo era la dueña y las ganancias llegaban de igual modo.

Vegeta la diviso en el rincón de siempre resguardada por un velo de humo fingiendo no haberlo visto, solitaria, estrambótica y mágica; aquella muñeca de cabello blanco, labios gruesos y ojos de mar lo había amadrinado y lo seguía socorriendo en sus necesidades personales, rescatándolo de la vigilia, dejándose carcomer por el soplo de su incandescente voluntad.

Jalo una silla hacia con el y tomo asiento, Karoslifa levanto la vista encarándose a él y sonrió.

-que le trae por aquí, su majestad- su dentadura brillante y perfecta ilumino efímeramente su cara

- la prevención- contesto mientras hacia una seña a una de las meseras- mañana saldré de aquí, rumbo a un planeta, el viaje durara un año, comprenderás el por que de mi visita

Karoslifa rió abiertamente- si me pidiera acompañarlo, tendría un costo extra- comento viendo como la mesera antes llamada servia lo usual; agua para él, vino para ella

-las naves son personales, hay un solo asiento, me temo que pasarías incomodidades y no es esa mi intención- explico el príncipe con una media sonrisa dibujada en el rostro

-las incomodidades son parte de este trabajo, por algo es trabajo, ¿no lo cree? Hay veces, en que una se divierte –como lo podríamos hacer- imagine, un solo asiento para dos durante todo un año, eso sin contar el viaje de vuelta ¡ujule! La de cosas que aprenderíamos o el montón que inventariamos- ella fingió un estremecimiento exagerado y se removió en el asiento- pero le diría que no, de todos modos, por que aquí a las muchachas nomás las descuida una, tantito y se andan mal abaratando y además sin una pierna, las acrobacias resultan por poco una utopía.

Vegeta arqueo una ceja.-No parece- susurro divertido. Karoslifa guardo silencio simulando que tocaba la canción que se escuchaba de fondo como si el antebrazo del príncipe fuera el teclado de un piano él la observaba impasible realizar sus movimientos de mujer fatal, moverse dueña de si misma frente a él, como un ave que abre sus alas y ejecuta las coordenadas precisas para alzar vuelo volviéndose emperatriz del cielo, su papel era quedarse quieto dejándola revolotear, musitando frases encadenadas que capturaran su atención, que no comprometieran vanidades con su voz calida y ronca coronándose a si misma con ambas manos.

-antes de ser puta fui niña, ¿lo sabias?- inquirió ella llevándose a la boca su copa de vino

-me lo supuse- contesto serio

-¡ja! Y cuando era niña conocí a un hombre, mucho, mucho, mucho, mayor que yo, era alto y blanco, estaba casi calvo pero era dulce, dulce y me enamore perdidamente de él, yo tenia como doce años, me quedaba por las tardes en la ventana a esperar que pasara para verlo caminar y entrar a su casa, acariciar a su mujer y a su hijo y yo, en mi premura le escribía cartas, bastantes, de amor- dijo arrastrando la ultima palabra al tiempo que estiraba su cuello largo y delgado – cartas que yo soñaba con entregarle y un día por fin me decidí, las metí todas en un sobre y las deje en el pórtico de su casa, volví a mi casa, entusiasmada a esperar, imaginando en mi imbecil cabeza que cuando él las descubriera adivinaría quien era la autora de tan cándidos textos- proseguía con ambas manos sobre el pecho- y me llevaría a vivir a su casa- comento abriendo sus brazos teatralmente como si fuera un ave a punto de emprender vuelo- y entonces seriamos felices por siempre- regreso a su postura erguida y sensual de costumbre- pero en la realidad él llego tomo el sobre, sin abrir, y lo arrojo a la basura, no te imaginas lo que llore, en se momento decidí que no quería desperdiciarme, ni darme por perdida y me convertí en galante vividora, cuando empecé no me gustaba, pero después le vi sus ventajas o me acostumbre ¿Quién sabe?- concluyo su relato con un suspiro

-como se llamaba- pregunto Vegeta

-¿me vengaras?- cuestiono fingiendo entusiasmo- no lo sé, nunca escuche su voz

- entonces como sabias que era dulce

- me lo imagine, igual que tu imaginabas que fui niña antes de ser mujerzuela

-solo tu te enamoras de gente a la que ni la voz le conoces- resolvió Vegeta dejando caer su espalda por completo en el respaldo de la silla

-No, no solo yo, las féminas somos fáciles de corazón, a veces nos enamoramos hasta de cosas que no existen, pero por eso hoy no me enamoro de nadie, ni le lloro a ninguno, solo les tengo simpatía, un mero trámite, pues, cuestión de intereses- se defendía mientras jugaba con su cabello de marfil

- ¿me tienes simpatía?- interrogo Vegeta con cierta curiosidad

- no, querido cariño, no, te tengo un pizca de amor, algo casi maternal, deberías entenderme, eres uno de mis mejores clientes, siempre me compras del mejor vino- una sonrisa espontánea atravesó su rostro- además fuiste una de mis mas grandes y maravillosas conquistas, llegaste a mis brazos siendo un chiquillo y saliste de aquí con fama de semental- un ligero rubor subió a las mejillas del príncipe quien apresuro el ultimo sorbo que quedaba en su vaso- es natural, todas queremos tener un príncipe en nuestros brazos y creedme- Karoslifa abrió sus abismales ojos y acerco su cara a la del guerrero- es aun mucho mejor encarcelarte entre mis brazos, succionar tu sexo y llenarte de besos, así podré decir que alguna vez yació en mi cama un príncipe

-Fui y yací, sugieres que moriré- pregunto intrigado Vegeta

-¿Cuantos años piensas que llevo en este negocio?, yo creo que apenas nadabas en los testículos de tu padre cuando yo ya cobraba un real por hora y dos- indico con sus finos dedos- por toda la noche

-Has subido de categoría, ¿eh?- interpelo el saiya entretenido

-lo natural, en fin, en todos estos años aprendí a distinguir cuando era la ultima visita de un cliente, y esta, estoy segura, es la ultima vez que nos vemos, es como un sexto sentido, intuición

- En el planeta al que iré, hay unas esferas, que supuestamente, cuando están todas reunidas, son capaces de cumplir cualquier deseo, por imposible que parezca- explico el príncipe

- ¿que pedirás?

-La inmortalidad- respondió a secas Vegeta

-con que objeto ¿le tienes miedo a la muerte?- le reto con la mirada

-No, quiero venganza- confeso el guerrero sosteniendo sus ojos oscuros en los zafiros de la prostituta

- que harás cuando te hayas vengado y toda una vida por delante- pregunto la servidora poniendo su delgada mano sobre la de Vegeta

-Coger contigo- se limito a decir cuestionándose a si mismo cual era la respuesta correcta a semejante pregunta

-¡Ay querido cariño! Yo no tengo la inmortalidad, así que úsame mientras todavía tenga fuerzas para aguantarte, por que no cualquiera, no cualquiera- exclamo la hembra con su natural sonrisa

Los encuentros entre ellos jamás se suscitaban en las habitaciones del prostíbulo, Karoslifa, tenia en su código moral, no llevar clientes a su casa, pero Vegeta la había arrojado, desde el principio a un precipicio donde ella se traicionaba a sí misma, la mayor parte del tiempo, en sus confrontaciones, tampoco había palabras, ni dulces, ni sucias, es decir, se ahorraban las mentiras, las promesas y las exigencias.

Conocían mutuamente sus geografías: montañas, surcos, atajos, depresiones, extensiones, mesetas, abismos, se sabían de memoria la boca del otro, la cadencia o la violencia de sus lenguas.

Cuando las ventanas y las puertas se cerraron detrás suyo Vegeta se arrojo a los labios de la mujer con las misma inocencia y ansiedad que había tenido la primera vez pero con mucha mas maestría, sintiendo su sangre incendiarse cada vez que volvían a aplicar presión sobre el lecho que para él era aquel par de trazos gruesos y rosados, dulces y amaestrados.

El corazón de ella estaba acostumbrado a ablandarse con poca estimulación, pero en este caso se licuaba apenas percibía en el hombre que tenia enfrente el brillo especial que regala el deseo, permitiéndole despedazar su razón en el calor de sus ojos mercenarios, extraviando el sentido de la orientación al ritmo de las manos masculinas furiosas por exprimir el cuerpo que solo resurgía del placer para envenenar la boca principesca con la lengua pagana de la victima que se arqueaba sobre la cuerda tensa de la excitación, él se volvía viento que serpenteaba las colinas de esa tierra un millón de veces conquistada, dedos inclementes tanteando entre los pétalos de la feminidad, lanza incendiaria que ardía sofocada en la espuma de un maremoto catastrófico, cuerpo espantado que se delataba en el grito y el temblor, llovía sudor, cáliz salado para la piel que con una sonrisa sabe ha cumplido su deber.

Violando un mandamiento mas le permitía reposar exangüe en el triangulo de su carne y para continuar traicionando su moral de vendimia se daba el lujo de agradecer

-Gracias- pronuncio Karoslifa en un tono de voz apenas audible

-fue un placer- tuvo por respuesta

-Cuando una se dedica a esto son tan pocos los orgasmos auténticos que cuando uno llega, se siente como si fuera el primero: exquisito- comento recuperando a duras penas el aliento

Vegeta se había duchado y estaba de nuevo vestido, sacando el capital para pagar el importe del favor recibido –No es necesario- dijo la servidora envuelta en las sabanas de su cama- digamos que por ser nuestra despedida, esto fue cortesía de la casa

-Después te quejas de que las muchachas se abaratan- replico Vegeta con la verdadera impresión de que aquel encuentro era punto de partida

-Mis mejores deseos, su majestad; que encuentre el privilegio de la gloria y una mujer que sea toda una dama, una boca y un cuerpo que no cobren impuestos, que la camisa y la botella le duren toda la vida, que tenga salud y cordura, que todas las noches lo espere una cena caliente, una cama propia, que encuentre fortuna, que sus hijos no le digan mentiras, que sus hijas encuentren un buen marido, que sean buenas cocineras y si sus nietos le preguntan alguna vez que o quién fue, usted, les hable de mi- peticiono con una voz fuera de toda coquetería mas plegaria que bendición.

-Buena fortuna- fue la única frase que salio de la boca del príncipe antes de darse media vuelta y comenzar a alejarse

Una corriente fría invadió el cuerpo femenino obligándolo a ignorar el mas sagrado de todos sus mandamientos: Jamás llorar.

En ese oficio se pasaba tanto tiempo sin dar ni recibir cariño verdadero que cuando uno se perdía en la lejanía, se sentía como si fuera la primera vez.