¡Atencion! Este fic puede contener información que dañe la sensibilidad de quien lo lea. Se relatan hechos del Holocausto Judio y la Alemania Nazi.
LadyHermioneMalfoy: Hi! I don't know how much chapters i'm going to write but i hope it will a little long story. Im in love with that pairing and it's inspiring me to write. I feel very sorry for Helen and Lisiek. I felt very sorry when i see the film. I would like Hujar matchmaker a little yes! And of course the Herr Kommandant will have very oportunnity of feel jealous. Kisses for you and thanks to review me and follow my fic. Kisses
Los días pasaron en la villa tan oscuros como de costumbre. Intentaba olvidar en lo que se había convertido mi existencia. No podía llamar vida a pasar hambre, trabajar hasta la extenuación y recibir palizas de vez en cuando. Tampoco parecía que las cosas fueran a mejor para los demás hebreos del campo de trabajo que cada vez estaban más débiles y heridos. Tenía miedo desde que se ponía el día hasta que caía la noche. Mi corazón decía que no había esperanza pero sabía que había algo parecido a la esperanza que era lo que me hacia despertar todas las mañanas.
Los únicos momentos agradables eran aquellos en los que me visitaba Rebecca o Lisiek. Lisiek era un niño muy sombrío pero Rebecca derrochaba optimismo, y a veces, incluso me la contagiaba a mí.
Aquel era uno de esos días en los que uno de los dos me visitaba. Se me había derramado un poco de sopa en el suelo y me agaché para recogerla. Cuando me levanté, vi a Lisiek mirándome desde la puerta como de costumbre pero, esta vez, con el rostro muy serio.
Yo hice un gesto silencioso para saludarle.
-Helen, necesito tu ayuda,- dijo rápidamente en voz baja.
-¿Con qué?-
-Tienes que subir con migo a la azotea.-
Yo no quería abandonar la cocina por lo que pudiese pasar si alguien entraba y no me veía allí pero Lisiek insistió y finalmente dije que le ayudaría. Retiré la sopa del fuego antes de seguirle. Salimos al exterior y me condujo hasta una escalera que ascendía a la azotea. Cuando la subí, detrás de él, me quedé asombrada porque podía observar toda la parte exterior de la villa además de todo el campo de trabajo a lo lejos. Lisiek se dio cuenta de que me había quedado distraída y dijo mi nombre después de chasquear la lengua para llamar mi atención. Yo dirigí la vista hacia él, encontrándolo agachado en una parte de la azotea donde había muchas patatas esparcidas por el suelo.
-El Herr Kommandant me mando que bajara estas patatas a la villa,- empezó explicándose,- pero uno de los sacos se ha roto y tengo mucho miedo de que al descubrirlo se enfade.
Dentro de mí, me sentí un poco molesta de que me hubiese hecho llamar porque un saco se hubiese roto pero después recordé que yo era la primera que me tomaba los asuntos del Herr Kommandant demasiado en serio, así que empecé a ayudarle.
Hice con un trozo de bolsa rota una pequeña cesta que puse encima de mi regazo para dejar las patatas que recogía. Cuando llevábamos un minuto con la tarea, Lisiek habló.
-Tengo tanta hambre que se me hace duro este trabajo. Las miró y no para de sonarme el estomago,- dijo afligido mirando las patatas.
-Pues coge algunas. Los alemanes no se darán cuenta de que las has robado a no ser que te pillen con ellas. No se dedican a contar las patatas de las bolsas. No porque no sean lo suficiente ruines para hacerlo sino porque no tienen tiempo suficiente.-
Él me hizo caso y le vi guardarse un par de patatas pequeñas en el bolsillo. Mientras le observaba de reojo, oí como la puerta principal de la villa se abría bruscamente. Lisiek y yo nos agachamos al unísono quedándonos paralizados. Se cerró de golpe también a los pocos segundos.
Nos aproximamos los dos lentamente a una de las bajas paredes de la azotea para ver quien había salido. Yo me estremecí al ver que era el Herr Kommandant que se acariciaba distraído la raya del pelo que llevaba muy bien repeinada a la izquierda sin saber que en su azotea alguien le observaba. Lisiek se apartó rápidamente en cuanto se dio cuenta que era él pero yo no me moví. Le vi ponerse la gorra de las SS y empezar a andar escaleras abajo.
Lisiek me hizo un gesto para que me apartase de allí y me pusiese en un lugar donde no nos pudiese descubrir.
-No nos ha visto,- le dije yo susurrando.- Ya se ha ido.-
Yo le seguí con la mirada todo el camino bajando las escaleras. Cuando llegó a la parte que limitaba el campo, donde había algunos prisioneros que trabajaban allí llevando mercancía para los militares, se quedó parado.
-¡No le mires!- me avisó Lisiek alzando la voz más de lo habitual. -¡Ayúdame con las patatas!-
Yo me volví hacia él y le asentí con la cabeza intentando volver la vista al suelo para encontrar más patatas rebeldes. Por alguna razón, que no conseguí entender, aquel esfuerzo fue en vano y enseguida levanté la mirada de nuevo para observarle. Estaba parado justo en el mismo sitio de antes. Algunos esclavos pasaban al lado suyo con las cabezas agachadas y más rápido de lo habitual. Justo en el momento en que pasaba una mujer con un bulto, se llevó la mano al cinturón y sacó lo que me pareció una pistola. El corazón me dio un vuelco cuando apuntó firmemente con ella a aquella mujer. No me dio tiempo a apartar la mirada. El sonido del disparo me atravesó los oídos y la vi caer tendida en el suelo con la garganta sangrando. Sentí un dolor en el pecho tan grande que empecé a sospechar que también me hubiesen disparado a mí. Todas las patatas que llevaba en el regazo cayeron al suelo.
-Dios mío…- susurré sin darme cuenta.
Empecé a suspirar y Lisiek se acercó a mí para comprobar si estaba llorando. No lo estaba, pero estaba más aterrorizada que nunca.
-Te advertí que no le mirases,- me dijo él irritado.
Cuando pasaron unos minutos y conseguí volver a moverme, le ayudé de nuevo a recoger las patatas que se habían caído como una autómata. Estaba entristecida y me invadía un sentimiento parecido al cansancio. El miedo me oprimía el pecho más fuerte que nunca.
Unos minutos más tarde ya estaba en la cocina y removía la sopa lentamente mientras me acordaba de la escena.
¿Qué había hecho esa mujer para que él le disparase? La respuesta era clara, no había hecho nada. La había matado porque se le había pasado por la cabeza en ese momento. Eso era lo que valían nuestras vidas. Mi vida no era más que un capricho de aquellos hombres. Ya había sospechado antes que quizás acabase pronto, repentinamente, como la de aquella mujer. Incluso puede ser que ella hubiese tenido suerte de que fuese tan rápido. Aquello me apenaba mucho pero no lloré; no me quedaban lágrimas.
Anya entró en la cocina y yo la ignoré pero parecía que era de aquellas pocas veces en las que ella sí quería hablar con migo.
-Hoy vendrá a cenar a la villa Oskar Schindler. Me han dicho que se ha llevado a muchos prisioneros a trabajar a su fábrica. También me han dicho que los trata bien y que apenas hay bajas entre las personas que trabajaban para él.- Ella se esperaba algún tipo de reacción por mi parte pero yo seguí removiendo la sopa sin decir nada, finalmente añadió algo para que hablase. -¿Lo sabías?-
-No,- contesté yo que a pesar de que lo había oído todo pensaba que ya nada por muy bueno que fuese me podría interesar.
Anya siguió hablando pero yo no escuché ni una palabra más de lo que dijo. Cuando se fue, decidí distraer mi mente porque si pensaba demasiado sabía que me sentiría peor aun. Intenté pasar las horas que tenía de tiempo libre leyendo y hojeando el libro hebreo de recetas que había traído escondido el primer día y que tanto me había ayudado durante todo ese tiempo. Después, cuando empezó a oscurecer, me encargué de mantenerme ocupada haciendo la cena.
Aquel día estaba tan apenada que ni siquiera me acordé de poner alguna excusa para no tener que servir la mesa. Tan pronto como Anya se vio estresada me hizo servir el conejo al horno que yo había preparado.
Como muchas de las veces que entraba en el salón, ningún alemán me prestaba atención y yo me quedaba quieta esperando la orden del Herr Kommandant para acercarme a la mesa. Así que me estuve quieta mirando de reojo al hombre que había visto aquella mañana disparar a una mujer.
En la mesa le acompañaban Herr Schindler, junto dos empresarios más y tres mujeres que parecían de dudosa reputación. Herr Schindler era el único que se había dado cuenta de mi presencia. Cuando le miré con timidez, me sonrío discretamente. Uno de los empresarios alemanes tenía la nariz morada de tanto beber y si no fuese porque tenía los ojos abiertos hubiese jurado que estaba dormido. El otro parecía aburrido de una de las mujeres que le agarraba el brazo. Al único que se le veía interesado en la señorita que había a su lado era al Herr Kommandant. La joven le hacía coqueteos y me di cuenta que era la misma delante de la cual me había pegado una noche. Le pasaba la mano por el pecho acariciando su uniforme sensualmente.
-¡Amon! ¡Tienes un cargo tan importante en las SS y eso que eres tan joven!- decía exaltada mientras sonreía. -Todos los comandantes de las SS son muy viejos y aburridos pero tú, en cambio, eres tan atractivo…- La mujer le miraba fijamente y consiguió que él sonriese también adulado.
-Eso es porque yo fui fiel al nazismo desde muy joven. No soy de esos que se afiliaron al movimiento cuando triunfó. Siempre tuve claro que el nacionalsocialismo era la solución para Alemania. Cuando solo tenía diecisiete años ya me unía a todos los movimientos paramilitares. Con veintidós ya quería entrar en las SS y tuve que huir de Austria porque las autoridades me perseguían.- El Herr Kommandant se rió recordando viejos tiempos.- Cuando llegué a Alemania, las SS me aceptaron y mis superiores estaban tan asombrados por mi cumplimiento del deber y por mis fuertes creencias políticas que enseguida empecé a ascender…-
-Sí, esa es la historia por la que Amon es Haupsturmführer tan joven,- le interrumpió el empresario alemán con la nariz morada que parecía no estar lo suficiente borracho para poder hablar. – Siempre fue un nazi de los pies a la cabeza. Ahora los que entran nuevos en el movimiento no son ni la mitad de fieles que él.-
El Herr Kommandant sonrió, de oreja a oreja, orgulloso mientras que el empresario alzaba su vaso fingiendo que brindaba por él y diciendo un: Wir kämpfen für Deutschland!
La mujer le miraba más impresionada que antes, con la boca y los ojos muy abiertos, mientras se enroscaba el collar de perlas entre los dedos. Él se dio cuenta de mi presencia y le agarró, de repente, la mano mientras empezaba a hablar.
-Señores y señoras,- dijo adoptando un tono exageradamente educado que rozaba la ironía.- ¿Puedo presentarles a Helen? Esta aquí desde hace unos meses y se destaca ahora por su cocina y por su buen comportamiento.-
Toda la mesa al completo se volvió para mirarme. Yo no estaba acostumbrada a aquella atención y, con la cabeza agachada y mordiéndome ligeramente el labio, no podía parecer más humillada. El silencio que se hizo fue interrumpido por la voz de la acompañante del Herr Kommandant que, sin duda, se había fijado en los moratones de mis mejillas.
-Se ve en su cara que ha tenido un choque con los muebles de la cocina,- dijo ingeniosamente con una risita.
-Y bien podría tener otro esta perra,- contestó y me miró fijamente.- Sí, otro. ¿No es cierto Helen?-
Yo ignoré los insultos que ya no me afectaban pero no pude pasar por alto su declarada amenaza. No pude hacer otra cosa que tragar saliva para servir la cena con la mayor entereza.
Tuve que volver al salón varias veces más pero, por suerte, no fui molestada.
Cuando terminó la cena y me puse a lavar los platos, oí como una cantidad considerable de oficiales y suboficiales entraban a la villa. En seguida, la aburrida tertulia que había presenciado yo se convirtió en una fiesta de ruido, alcohol, vasos rotos y alemanes riendo que parecía ir para largo. Cuando terminé de limpiar todavía seguían y yo sospeché que ese día me iría a dormir muy tarde, y aunque hubiese podido hacerlo pronto no habría pegado ojo con ese jaleo a pesar de lo cansada que estaba.
Anya me mandó que bajase a la bodega porque ellos querían vino. Me alegre de la orden porque en el sótano me sentía más tranquila ya que me llegaba amortiguado el ruido de arriba. Cuando estaba allí buscando botellas, no pasaron ni dos minutos cuando oí que alguien bajaba la escalera. El ruido era de zapatos así que supuse que era Anya, pero cuando me di la vuelta me encontré con quien menos esperaba.
-Lisiek,- dije muy sorprendida.- ¿Qué haces aquí?- pregunté en voz muy baja.
-Helen, ya sé que te pedí un favor esta mañana. ¿Pero podrías ayudarme de nuevo?-
Yo asentí con la cabeza pero me puse un poco nerviosa.
-Ya sabes que puedes pedirme ayuda siempre que quieras… ¿Has entrado en la villa con permiso?-
-No he entrado con permiso pero estoy trabajando. Esta mañana las manchas de la bañera del Herr Kommandant no salían así que necesito algo que sea capaz de quitarlas… y con esto no puedo…- dijo señalando un trapo tan sucio y viejo que había cambiado de color.
-Está bien, te ayudare,- dije con voz suave. Sabía muy bien cómo reaccionaba el Herr Kommandant cuando el trabajo no estaba bien hecho y no pude evitar sentir un poco de preocupación por él.
Él empezó a buscar en un cubo donde tenía varios utensilios de limpieza. Yo me desplacé a la parte opuesta de la bodega para buscar algo que le sirviera. Encontré un cepillo de puntas gruesas.
-Con esto saldrá mejor que con ese trapo, Lisiek,- dije mientras me daba cuenta de que alguien bajaba la escalera de nuevo. Cuando me dio tiempo a alzar la vista, me sobresalté al ver a Oskar Schindler en la parte inferior cruzado de brazos. Yo bajé la cabeza para hacerle una tímida reverencia.
-Herr Direktor, -mi voz sonaba temblorosa y frágil.- Estaba ayudando a Lisiek a buscar algo con que limpiar las manchas de la bañera del Herr Kommandant.-
Me acerqué a Lisiek y le puse el cepillo en la mano.
-Vamos, vete, por favor,- le supliqué al oído.
-Perdone, Herr Direktor,- dijo Lisiek antes de obedecerme y salir de la bodega haciéndole también varias reverencias que él le devolvió amablemente con una sonrisa.
Yo me apresuré a ocultar con la cortina el váter y la bañera donde tenía que asearme.
-No tiene que darme explicaciones, Helen.-
Me sorprendí de que supiese mi nombre. Fui a coger una botella de vino mientras él ya sostenía otra en la mano y murmuraba. -¿Sabe quién soy?-
Él me hizo detenerme cogiendo la botella que yo llevaba en las manos y comprobándola de reojo con la suya. Cuando terminó, me miró directamente con sus ojos verdes y murmuró.-Soy Schindler.-
Lo dijo como una persona que es extremadamente conocida diría su nombre y, evidentemente, entre los hebreos lo era por sus buenas hazañas.
A mí que él estuviese cerca mío, a pesar de que todos decían que era un buen hombre, no me hacía sentirme cómoda del todo. Se podría decir que casi todas mis experiencias con alemanes habían sido malas. Me alejé de él un poco asintiéndole con la cabeza tímidamente.
-Claro, he oído hablar de usted y ya ha venido otras veces.- Me desplacé hacia una mesa para poder abrir la botella. Él se acercó a mí y me tendió una barrita de chocolate.
Yo la miré con curiosidad. Era la primera vez que un alemán me ofrecía comida que fuese fácil de digerir.
-Tome, ¿Por qué no la guarda en alguna parte?- preguntó amablemente.
Yo negué con la cabeza. La rechazaba no porque no tuviese hambre si no porque habría gente a la que le haría falta más que yo. Ya no dudaba de que sus intenciones fueran buenas.
-Aquí me dan más comida.-
-Si no quiere comérselo, cámbielo o déselo a Lisiek. ¿Por qué no intenta fortalecerse?-
Mi mirada fue subiendo, poco a poco, del frío suelo de la bodega a los cálidos ojos de ese hombre.
Acepté contarle como sufría, era bueno contárselo a alguien. Todos los hebreos a los que se lo había intentado contar decían que ellos tenían problemas peores. Lo cierto es que todos teníamos historias tristes y la nuestra siempre nos parecía más horrible que la de quien hablaba.
Estaba sentada en la vieja silla de la bodega, mientras las luces de seguridad que alumbraban el campo haciendo círculos se filtraban por la ventana.
-Mi primer día aquí, me pegó porque había tirado los huesos de la cena. Bajo inesperadamente al sótano, a medianoche, y me preguntó donde estaban… para sus perros. ¿Comprende? Yo le dije… ah… no sé cómo me atreví… y ahora no sería capaz de decírselo… le dije… ¿Pero porque me pega? Y él dijo, la razón por la que te pego ahora es porque me has preguntado que porque te pego.-
Yo tartamudeé durante toda la explicación sin saber cómo hablar de aquello que para mí era muy doloroso. Me pregunté si no estaría hablando demasiado pero, en el fondo, me fiaba de Herr Schindler. Se notaba en sus ojos verdes que lo que estaba contando le afectaba. Por una parte, me sentía mejor al contarlo, y por otra, me sentía mal porque tenía que revivir la horrible realidad diaria.
-Sé lo que está sufriendo, Helen,- dijo él como si algo se hubiese revuelto en su interior.
Yo me quedé con la mirada perdida y negué con la cabeza.
-Eso no importa,- dije en voz baja. –Ya lo he aceptado.-
-¿Aceptado?- preguntó él con una nota extraña en la voz.
Yo asentí levemente con la cabeza. –Se que algún día él me matara.-
Cuando las palabras salieron de mi boca, me impresioné a mi misma de lo segura que parecía.
-No, no, no, no la matara.-
-Lo sé, veo cosas,- protesté yo. –Lisiek y yo estábamos en la azotea y vimos al Herr Kommandant salir por la puerta principal y… bajar por la escalinata del patio, justo debajo de nosotros. Y allí, en las escaleras, sacó su pistola y…- El corazón se me lleno de dolor al recordar la escena y se me humedecieron los ojos antes de continuar.-…disparó a una mujer que pasaba. Una mujer que llevaba un bulto… le atravesó la garganta. Solo era una mujer que se dirigía a alguna parte… no se a donde… no era ni más gorda, ni más flaca, más rápida o más lenta que otra… y no pude imaginarme que habría hecho.
Cuando dejé de hablar vi que Herr Schindler estaba agachado y me miraba con sus enormes ojos verdes. Estaban llenos de calidez y comprensión. Eso me animó a decirle lo que pensaba y lo que jamás le hubiese dicho a ningún hebreo.
-Cuanto más ves… al Herr Kommandant… más cuenta te das de que no hay reglas que seguir para estar vivo. No puedes decir: "Si me atengo a estar normas, estaré a salvo"…-
Él me interrumpió y lo que dijo hizo que se me congelara la sangre.
-No le matara porque le gusta demasiado. Le gusta tanto que ni siquiera le permite llevar la estrella. No quiere que nadie sepa que le gusta una judía. Mató a esa mujer desde la escalinata porque no significaba nada para él. Ni le gustaba, ni le disgustaba, era una de tantas.-
Mi mente se quedó en blanco. Me costaba respirar y tragaba saliva. No quería creer aquellas palabras. Quizás solo era algo que me decía para que no sufriese más y me sintiese a salvo. No había nada que me indicara que al Herr Kommandant yo le gustase de alguna manera. Él interrumpió mis pensamientos hablando de nuevo.
-Pero usted… Helen…-
Él se acercó a mí para darme un beso pero yo me aparté temblorosa.
-No tema… no es esa clase de beso.-
Me dio un beso en la frente, era como aquellos besos cálidos que me daba mi madre antes de irme a dormir. Aquello me llenó el corazón y el alma de calor. Tuve que ponerme la mano en la boca para no sollozar. Sin embargo, las lágrimas ya empezaban a caer.-
-Gracias,- susurré sintiendo aquella palabra como jamás la había sentido.
Después de un minuto, él se apartó de mí repentinamente e hizo que me acordase de nuevo de mi trabajo.
-Bien… el vino…- murmuró entre dientes.
Yo dejé la amarga esperanza que ese hombre me había transmitido a un lado y le seguí hasta las escaleras con las dos botellas. Mientras subía me secaba las lágrimas con la manga e intentaba parecer la misma Helen de siempre. Aunque, por dentro, había cambiado un poco, ahora sabía que quizás no estuviese todo perdido. Quizás hubiese una vida para mi después de la guerra, quizás hubiese un futuro.
Entré en el salón y serví a los dos hombres que aun quedaban en aquella, ahora silenciosa, fiesta. El Herr Kommandant tenía la mirada pérdida y solo la movió un poco cuando me acerqué a él para llenarle el vaso. Estaba tan ebrio que su mano temblaba. Desaparecí de allí tan rápida como de costumbre y con miles de pensamientos que me abordaban la cabeza.
Aquella noche me costó dormirme. No era por culpa de las horribles luces que provenían del campo de trabajo y se filtraban por la ventana del sótano que ya no estaba llena de nieve, eran todos los pensamientos que tenía en la cabeza.
Aquella conversación con Schindler me había hecho más fuerte. Sabía que tenía que aguantar hasta el final. Era imposible encontrar la felicidad allí pero seguro que habría un sitio después de la guerra donde podría encontrarla. Sería como una segunda vida y recuperaría todos los sueños que tenía cuando era libre, antes del guetto, antes de la guerra, cuando tenía una familia y podía permitirme el lujo de pensar en algo más que en sobrevivir.
Me acordé de aquellos sueños de juventud. Siempre quise estudiar o aprender algún trabajo. Quería poder volver a practicar mi religión sin que me volviesen a insultar por hacerlo. También deseaba encontrar a un hombre que me quisiese, el amor siempre había sido muy importante para mí. Ahora lo sería más si en un futuro no podía estar con mi familia, quizás toda la hubiese perdido en la guerra. Mi corazón empezó a palpitar muy fuerte y no supe porque.
Meneé la cabeza pensando que había ido demasiado lejos. Quizás hacerme tantas esperanzas no era bueno, todavía estaba la posibilidad de que mi vida acabase antes de la guerra. Yo ahora no tenía nada y no podía pensar en aquello que podría llegar a tener porque me pondría más triste. Sin embargo, tampoco debía dejar a un lado la otra posibilidad de que acabase la guerra y yo siguiese viva.
Había algo más que me preocupaba y me rondaba la cabeza. Eran las palabras que el Herr Direktor había dicho acerca del Herr Kommandant. Para mí no tenían ningún sentido y pensé que las había exagerado. Era imposible que le gustase si me pegaba, me humillaba y me insultaba. Quizás solo le caía algo mejor que los demás y ni siquiera eso me parecía posible. Siempre me había parecido que me odiaba pero jamás me había amenazado con matarme como había hecho con otros. ¿Caerle bien me ayudaría a mantenerme con vida? Me estremecí. No deseaba tener ningún tipo de relación con ese hombre, ni buena, ni mala.
Sin embargo, me había dado la impresión de que Herr Schindler había intentado darle otro significado a sus palabras. Aquello me puso muy nerviosa pero para tranquilizarme pensé que a los hombres de las SS no les atraían físicamente las hebreas porque eran gente que recibían una instrucción política y que habían estudiado toda aquella propaganda fascista sobre que nosotros somos una raza inferior y que ellos son muy superiores. Les enseñan que cualquier relación con nosotros es perjudicial para ellos. Pero, en el fondo, sabía que aquello no era del todo cierto. ¿No había oído rumores de que soldados de las SS habían violado a mujeres en el guetto? Un escalofrió me recorrió la espalda y una imagen desagradable me vino a la cabeza.
Aquella noche dormí asustada, como todas las que había pasado allí antes, pero la esperanza que me transmitió Herr Schindler me hizo poder hacerlo sin pesadillas. Sabía que él era un hombre bueno y que le importaba lo que sufríamos. Si hubiese más hombres como él sabía que los hebreos podríamos dejar de sufrir.
