DESCARGO DE RESPONSABILIDAD
Ni los personajes de Glee mencionados aquí,
ni la historia contada me pertenecen,
son de sus respectivos creadores.
Disfrazarse de la nueva Rachel
La buena noticia era que Rachel , sorprendentemente, había conseguido pasar una buena noche de descanso, después de todo lo ocurrido. Un orgasmo podía ayudarte a conseguir algo así.
La mala noticia era que se despertó horrorizada pensando en lo que había pasado la noche anterior. Una vez más, se sintió aliviada de haber estado ella sola. Aunque aquello no ayudó a despejar su sensación de horror. Se escurrió hacia la ventana para coger rápidamente sus braguitas y se las puso, y después se dirigió hacia el cuarto de baño, pensando en sus necesidades primarias. Y finalmente comprendió que el sexo podía hacer que alguien se comportara de una manera alocada y desesperada en ciertas ocasiones. Nunca había pensado en eso hasta aquel momento. Sin embargo, la pasada noche, el sexo la había hecho hacer algo que le hubiera parecido inconcebible un día antes.
«Pero es tu pequeño secreto. Tu pecado secreto».
«Nadie lo sabrá nunca». ¡Gracias a Dios!
No estaba muy segura de si debía culpar a Quinn Fabray o a aquel lugar. En un momento, se había sentido conmocionada y horrorizada por la sordidez de aquella ciudad, pero justo después había deseado formar parte de ella, disfrutar de ella de alguna manera. Unas emociones tan opuestas no le parecían sensatas en absoluto.
A pesar de todo, tenía que vencer aquella sensación y estudiar el problema que le ocupaba en aquel instante. Que era el hecho de tener que pasar una semana entera por delante con Quinn y aquella ciudad, por lo que no importaba cuál de ellas fuera la culpable de sus erráticas reacciones. Debía dejar detrás lo que había ocurrido la noche anterior y concentrar toda su atención en el trabajo, y en nada más.
Por supuesto, cuando se metió en la ducha, se dio cuenta de que su cuerpo estaba todavía... demasiado sensible. A medida que se pasaba el jabón sobre la piel del pecho, del vientre, de los muslos, notó que también deseaba frotárselo entre las piernas. El agua caliente cayendo sobre ella la hacía sentirse demasiado bien. Mientras se bañaba, sentía sus propias curvas demasiado exuberantes.
Mierda. Aquello no era nada bueno. Pero todavía tenía que tratar con ello, tenía que tratar seriamente con ello.
Así que lo tuvo en mente, y cuando salió de la ducha no se puso ninguna de la ropa nueva que había traído con ella. De hecho, se vistió todo lo sencilla que pudo, con un par de pantalones vaqueros y una camiseta rosa que había guardado en la maleta para utilizarla más para dormir que para salir. Y después, se secó su pelo, en lugar de pasarse la plancha, y se lo recogió hacia atrás en una cola de caballo.
Consideró la idea de no ponerse maquillaje, pero luego pensó que eso sería llegar demasiado lejos. Quería ir sencilla, pero tampoco quería no sentirse atractiva en absoluto, aunque se limitó a pintarse lo mínimo: se aplicó solo un poco de maquillaje, algo de colorete y pintalabios.
Salió del cuarto de baño y se encogió de vergüenza ante la vista de la botella de vino abierta, que todavía estaba en la mesa al otro lado de la habitación. Corriendo a toda prisa hacia ella, agarró la parte más estrecha de la botella, volvió a ponerle el tapón y la dejó en la papelera que vio más cerca. ¡Puaj!
Luego, miró hacia la puerta y tomó una gran bocanada de aire. «La estupidez de anoche se acabó. Ya está hecho. Es parte del pasado. Hoy tienes que concentrarte en la cuestión de aprender tu nuevo trabajo. Así que ve a la habitación de Quinn, pero no pienses más en ella en términos sexuales». Con suerte, puede que no estuviera tan guapa recién levantada.
Cogió el portafolio de cuero que había traído para apuntar notas, y la tarjeta de la habitación. Después se dirigió hacia la puerta, mientras empezaba a murmurar:
—No necesito una mujer. No necesito una mujer. No necesito una mujer.
Habitación de Quinn...
Quinn abrió las puertas dobles de su habitación de lujo y se encontró con Rachel al otro lado. No tenía el aspecto de la noche pasada, pero todavía estaba condenadamente preciosa con aquella pequeña y ajustada camiseta que se adhería a sus pechos lo suficiente como para que la rubia pudiera ver los pezones sobresaliendo hacia fuera. Por supuesto, aquello le hacía preguntarse acerca de su sujetador. ¿Qué tipo de sujetador llevaría exactamente Rachel? Dado que cada vez que la veía tenía un aspecto completamente diferente, era imposible de adivinar, lo que hacía que la pregunta fuera incluso más intrigante aún.
—Eh —dijo la mas pequeña, dedicándole una breve sonrisa, y con una expresión avergonzada. Quinn no tenía ni idea de a qué se debía aquello. ¿Tan solo porque había existido algo de química entre ellas la pasada noche? Aquello era innegable, pero ninguna de las dos había hecho nada al respecto, por lo que no veía nada de qué avergonzarse.
—Eh —le respondió relajadamente. —Entra.
Al poner el pie en el recibidor embaldosado, ella abrió los ojos de par en par, y estudió detenidamente el lugar.
—Oh, Dios mío.
—¿Qué? —le preguntó Quinn, con una ligera risita. Ella se dio la vuelta para mirarla, un mechón de pelo cayó libre de su cola de caballo para enmarcarle la cara.
—Pensaba que mi habitación era genial, pero la tuya es... condenadamente fabulosa.
Rachel tenía razón, pero Quinn se alojaba allí tan a menudo que a veces olvidaba que la habitación de ciento cincuenta metros cuadrados, que poseía una mesa de comedor y un enorme salón, además de una habitación y un cuarto de baño de lujo, no se parecía a la habitación de cualquier hotel normal.
—Lo creas o no, necesito el espacio. Si encontramos algún artista que querramos estudiar o contratar, necesito un buen lugar en el que hablar de negocios con él. Y además, antes de que acabe el día, vamos a tener todo el suelo cubierto de contratos —había traído una carpeta que contenía cada variedad de contrato posible y que ella pensaba que sería útil enseñarle.
—Aun así... vaya —dijo Rachel, y Quinn no pudo evitar deleitarse con su inocente exuberancia.
Aquel atisbo de inocencia se había revelado brevemente la pasada noche, también, cuando habían estado hablando acerca de Las Vegas, del sexo, incluso aunque Rachel hubiera intentado esconderla bajo la frialdad profesional. Quizás fuera eso lo que le había gustado tanto de ella la noche anterior: que pudiera ser tan profesional al mismo tiempo que se comportaba de una manera verdaderamente genuina.
—Encima de la mesa está el menú del servicio de habitaciones —señaló a la zona del salón. —Dime qué te apetece tomar y llamaré para pedir. Después, nos pondremos a trabajar.
—Suena divertido —dijo la morena, con una expresión llena únicamente de sinceridad.
—¿Estudiar contratos... divertido? —enarcó una de sus cejas y negó con la cabeza. —No es que lo sea precisamente. Esta es la parte tediosa y aburrida. Pero te prometo que es el peor aspecto del trabajo. Esa es la razón por la que pensé que deberíamos empezar primero con ello, para que después, todo te pareciera mucho mejor en comparación.
Rachel ladeó la cabeza, con una expresión juguetona en la cara, y escondió el mechón de pelo detrás de una oreja.
—Tengo que decirte que he leído la mayoría de los contratos, solamente por diversión, cuando los procesaba, así que no va a ser algo completamente nuevo para mí. Aunque no sé a qué se refieren todas las partes, en realidad estoy bastante interesada en ellos, lo que significa... que si el resto es incluso mejor que esto, estoy en perfecta forma.
Quinn la miró boquiabierta.
—¿Lees contratos por diversión?
Ella asintió con entusiasmo, y Quinn pensó que estaba condenadamente guapa.
—No me extraña que Santana quiera promocionarte.
A Quinn le apetecía besarla. Como lo había deseado la noche pasada, cuando había estado con ella en la puerta de su habitación, y había mirado a sus preciosos ojos marrones, sintiendo cómo el calor fluía entre ellas. Sin pretenderlo, dejó que su mirada bajara otra vez hacia sus pechos, hacia la apetecible visión de sus pezones que presionaban contra aquella tela rosa, y sintió cómo su coño se mojaba.
Pero entonces, volvió a señalar al menú.
—Elige algo para desayunar —le dijo otra vez para romper la tensión que acababa de crecer tan rápidamente e invisible entre ellas. Porque follarte a alguien con el que trabajas de cerca nunca es una buena idea. Aquella era la única razón que le había impedido invitarla a su habitación la noche anterior, y también le parecía una razón suficientemente buena aquella mañana. Mierda, ¿cuándo se había convertido Rachel , la chica de la oficina, en Rachel la excitante nena? ¿Cómo demonios no se había dado cuenta antes?
Dio una ligera sacudida a su cabeza, intentando deshacerse de la lujuria que la invadía, y se alejó de ella para coger algunos archivos.
La verdad era que no tenía mucha práctica a la hora de reprimir sus deseos. Era soltera, le gustaba pasárselo bien, y nunca había visto ninguna razón por la que no permitirse el lujo de disfrutar de una buena relación sexual cuando se le presentaba la oportunidad —lo cual, en el mundo en el que se movía, ocurría a menudo. —Lo que nunca había comprendido era por qué esas cosas tenían que salir en la prensa. ¿Cuándo se había convertido en toda una celebridad? ¿Por qué le importaba a nadie con quién se acostaba ella o con quién se lo pasaba bien?
Aunque, fuera cual fuera la razón, parecía que su vida social reunía las condiciones necesarias para el entretenimiento de masas por aquellos días, así como un buen material para alimentar los rumores, y sabía que su imagen necesitaba un repaso. A Quinn no le importaba lo que la gente pensara de ella, pero sentía que Santana temía que estuviera empezando a darle a la firma una mala reputación, y si había algo que no quería poner en riesgo, eso era su puesto de trabajo.
Y follarse a la chica a la que estaba formando probablemente no ayudaría mucho para convencer a la gente de que era una mujer decente que no exigía el sexo de las artistas femeninas antes de contratarlas.
No es que Rachel le pareciera el tipo de persona que echa un polvo y se lo cuenta a todo el mundo. Ella supo eso instintivamente. Volvió a concentrarse acerca de lo que había sentido por ella la pasada noche, una madurez profesional mezclada con una subyacente... autenticidad que era casi dulce.
Pero aun así no podía hacer nada. Y pasar esa semana con ella sin hacer nada sería una buena práctica para si misma.
—¿Sabes ya lo que quieres? —le preguntó Quinn, dándose la vuelta para mirarla.
—Tortitas con arándanos —le dijo.
Y sus ojos se encontraron. Y Quinn volvió a experimentarlo otra vez, aquella necesidad de acercarse a ella, inclinarse y presionar la boca contra la suya, presionar sus dedos sobre el lugar en el que se encontraban sus muslos. Todavía no podía creer que aquella fuera la misma chica que había estado sentada fuera del despacho de Santana durante todos esos años.
—Suena bien —dijo la rubia, mientras intentaba que su voz no sonara ronca. —Creo que voy a pedir lo mismo.
Caminó a grandes zancadas hacia el teléfono, y pensó que lo que realmente deseaba en aquel momento no estaba en el menú del servicio de habitaciones.
También pidieron la comida. Registraron todos los contratos, Quinn los comentó, Rachel hizo preguntas, y a veces la rubia le hacía un pequeño examen para repasar lo que había aprendido. Y para cuando terminaron de trabajar, ya a altas horas de la tarde, Rachel tenía muchas cosas claras: comprendía los contratos de Blue Night mejor de lo que pensó, estaba poniéndose al día rápido, se divertía trabajando con Quinn y pensó que era una mujer mucho más agradable de lo que había esperado, «y que era imposible no pensar en ella en términos sexuales».
Después de todo, aquella mujer desprendía sexo por todos los poros de su piel. Desde su belleza misteriosa y sus ojos seductores hasta un cuerpo perfectamente cincelado que su ropa no podía ni empezar a ocultar. Desde el momento en el que había ido a abrirle la puerta aquella misma mañana, había estado impregnada de una bruta lujuria que sobrepasaba cualquier cosa que ella hubiera experimentado nunca. Y esta vez no podía echarle la culpa al vino. O al ambiente. O cualquier cosa que no fuera el puro y animal magnetismo.
Cada vez que Quinn le sonreía, le llegaba directamente al alma. Cada vez que sus ojos brillaban al mirarla, podía sentirlo entre sus piernas. Y la manera en la que su cuerpo tonificado llenaban una camiseta en la que aparecía el grupo de las Violent Femmes y su «Gone Daddy Gone» la había hecho entrar en calor. Se había sentido excitada por su mera presencia todo el maldito día. Y se daba cuenta, más de lo que lo había hecho la noche pasada, de que en realidad le gustaba mucho —creía que era inteligente, astuta y amable—, y todo aquello no ayudaba a mejorar la situación. Hubiera sido mucho más fácil ignorar el magnetismo animal si ella hubiera sido la imbécil engreída que había imaginado que era.
«Pero has conseguido superar el día sin problemas», se recordó a sí misma, mientras se cambiaba de ropa y se preparaba para la noche. Iban a ir a un club llamado Fetiche, que según le había prometido Quinn con un guiño no era tan espeluznante como su nombre indicaba.
—Entonces, no hace falta que vaya de cuero negro de los pies a la cabeza para encajar bien, ¿verdad? —le había preguntado.
Se acordaba de cómo Quinn había ladeado su preciosa cabeza, mirándola con una expresión coqueta en los ojos.
—No, aunque... a mí no me importaría verte alguna vez vestida de cuero negro.
No hace falta decir que en cuestión de segundos se había excitado por completo, incluso aunque un cálido rubor le coloreara las mejillas cuando había intentado quitarle importancia con una carcajada.
«Has conseguido superar el día sin problemas, y también superarás la noche. Y después, superarás sin problemas todos los días que están por llegar». Y creía realmente poder hacerlo. Porque, por muy excitada y molesta que se hubiera sentido durante aquel mismo día, se las había arreglado para concentrar su atención —casi toda su atención— en el trabajo, y además, había aprendido un montón de cosas.
Aparte de explicarle qué suponían todos aquellos contratos, Quinn también le había enseñado cuándo se debía y cuándo no proponer ciertas cosas, cuáles de esas cosas eran las últimas que debería prometer a un artista, y cómo de entusiasmada debería estar con ellos antes de ceder a unas exigencias en particular.
—Pero —también le había dicho ella— lo más bello de trabajar con una casa discográfica independiente reside en el hecho de que la mayoría de nuestros artistas son primerizos, están abiertos a cualquier propuesta, y se mueren por devorar lo que podamos ofrecerles. No tendrás que tratar con muchos artistas que pongan sobre la mesa sus exigencias en el contrato, y en el caso contrario, tienes que fijarte si realmente merecen la pena.
Por lo que en aquel momento, estaba doblemente entusiasmada por ver cómo empezaba realmente todo aquel proceso, y sería testigo de ello aquella misma noche. Había una banda alternativa compuesta por chicas llamada Blush que actuaba en el Fetiche —el grupo le había enviado un CD a Quinn, quien por casualidad lo había elegido de los montones que recibía regularmente quedando impresionado. —La banda no tenía ni idea de que Quinn iba a estar presente por la noche, ella simplemente le había echado un vistazo a su página web, donde se detallaban las fechas de las apariciones en los clubs. Le había explicado a Rachel que normalmente le gustaba acercarse sigilosamente a una actuación y observarla tranquilamente, sin ser observada, por si se daba el caso de que no le gustara lo que estaba viendo.
—Lo hace más fácil para todo el mundo —dijo ella. —No hay ni expectativas frustradas ni cantantes con el corazón destrozado. Además, puedo ver cómo actúan en una noche normal.
Daba la casualidad de que Rachel llevaba cuero negro para salir aquella noche, al menos un poco. Una minifalda negra de cuero, unas botas de tacón de aguja y, sobre la camiseta, una blusa de leopardo, ligeramente transparente y que dejaba entrever un sujetador negro. Todo era nuevo, lo había comprado en su excursión de tiendas con Brittany, incluyendo el sujetador y el tanga negro de seda que llevaba bajo la falda. No había elegido su conjunto por el sitio al que iban a ir, y tampoco lo había elegido para parecerle a Quinn más sexy, lo había elegido por la misma razón por la que había seleccionado su ropa la noche anterior: porque tenía que tener el aspecto de una representante de A&R moderna y tranquila si pretendía representar a Blue Night Records.
E incluso aunque la idea de tener un aspecto atractivo mientras estaba con Quinn le llamaba la atención y la hacía sentirse animada, tenía que ignorarla. Tendrían que recorrer montones de discotecas aquella semana, esa era la razón por la que estaban en Las Vegas, y ella no podía simplemente llevar una sencilla camiseta cada vez que se encontraba con Fabray.
Su miedo más grande era que una noche sintiéndose sexy con Quinn y deseando a Quinn la llevara derechita adonde la había llevado la pasada noche: a una sesión desesperada de masturbación, sola y en su habitación. Y francamente, ahora que el día había acabado y que su cuerpo llevaba descansado durante horas, aparte de la excitación por encontrarse junto a Quinn, estaba empezando a recordar exactamente lo que había hecho permitirse una forma tan extrema de auto-placer.
Oh, bueno, si era ahí adonde conducía la noche, ahí sería adonde conduciría. Pero mientras terminaba de aplicarse el maquillaje, y se atrevía a ponerse algo de lápiz de ojos, decidió dejar de preocuparse y en lugar de eso, volvió a concentrarse en esperar con emoción lo que fuera a suceder.
Justo entonces, un golpecito sonó en la puerta. Quinn.
Sintió cómo se le humedecía la vulva tan solo con la idea de volver a verla. Lo que estaba mal. Muy mal.
Pero tomó una gran bocanada de aire y se apresuró para abrir la puerta. Quinn se levantaba delante de ella, con un aspecto... hermoso. No había otra manera posible de describirla. Su pelo rubio lucia hermoso,despeinado. Sus bellos ojos la cautivaban con su mirada. Y su cuerpo divinamente trabajado hizo que una simple polera negra sobre unos pantalones vaqueros negros pareciera un traje de alta costura. Una pequeña cruz de plata colgaba de una cadena de su garganta.
Ella se mordió el labio y bajó la mirada, intentando ocultar así la reacción física que se extendía por su cuerpo en una corriente de calor.
—Nada de camisetas vintage esta noche, ¿eh? —le preguntó Rachel, esforzándose por levantar los ojos hacia su cara.
Quinn sonrió como respuesta, después le echó un vistazo no demasiado sutil.
—Menos mal que me he puesto la polera correcta, si no hubiera parecido una auténtica dejada a tu lado.
Su mirada se rezagó en la falda de Rachel, que acaba a medio camino de sus muslos, y aquel contacto hizo que a ella le temblara todo el cuerpo.
—Genial —dijo Quinn.
—He decidido llevar... algo de cuero —le explicó ella.
—Me gusta —después su mirada volvió a centrarse en sus ojos. —¿Estás preparada?
—Mucho —oh, mierda, ¿realmente acababa de decir eso? —Estoy muy emocionada por hacer una exploración oficial —añadió, intentando ocultar su lascivia.
—Dijiste que te gustaba la comida mexicana, así que he hecho reserva en Taquería Cañonita, abajo, con vistas al Gran Canal. Se puede observar a la gente desde allí —añadió la rubia con un guiño de ojos.
Pero mientras se dirigían por el pasillo, Rachel no pudo evitar pensar que quizás fueran ellas las personas a las que estarían observando. Se había sentido tranquila y segura de sí misma en Las Vegas mientras estuvo vistiéndose, pero la verdad era que nunca había llevado puesto nada tan picante en su vida. Y no podía negar que algo acerca de aquel atrevimiento la hacía sentirse más segura con la mujer que iba a su lado, porque quizás, solo quizás, la pequeña Rachel Berry de Ohio fuera realmente una acompañante perfecta para la gran Quinn Fabray.
Diez minutos más tarde, estaban sentadas en una mesa para dos al borde del canal, que se veía a través de las ventanas de la zona de comercios interior del hotel Venecia. Pero la luz y el techo cubierto de nubes blancas y cielo azul que tenían sobre las cabezas hicieron que Rachel se sintiera como si estuvieran sentadas en cualquier otra terraza de un restaurante.
—Esto es una locura —dijo Rachel, echándose hacia atrás para mirar al «cielo».
—Es Las Vegas —dijo Quinn, y le dio un sorbo al vino que acababan de servirles en las copas.
Justo entonces, escucharon un chasquido y se sobresaltaron ante el brillante flash de una cámara de fotos. Rachel giró la cara para mirar.
—No lo hagas —le avisó Quinn antes de que ella pudiera divisar al fotógrafo, y se inclinó para tocarle la mano que descansaba encima de la mesa. Ella sintió un escalofrío ante el contacto. —Si los ignoras, se irán.
Fue entonces cuando ella se dio cuenta, Dios mío, algunos miembros de los paparazzi de Las Vegas acababan de hacer una foto de ella porque estaba con Quinn. Qué completamente extraño era todo aquello.
—No te sorprendas si te encuentras mañana en Internet sobre algún encabezamiento como «La misteriosa mujer que acompaña a Quinn Fabray». Lo siento.
La verdad era que a ella no le importaba. En realidad, encontró la idea algo excitante. Pero no se lo dijo, claro, se limitó a negar con la cabeza.
—Está bien. No es nada grave —después bajó la barbilla. —¿Pero a ti no te resulta raro? ¿Tener extraños que hacen fotos de ti todo el tiempo? ¿O ya te has acostumbrado a ello?
—Si te digo la verdad, es todavía jodidamente extraño —le contestó Quinn, con una expresión irónica. —Y todavía no lo pillo. Este tipo de mierda no parece pasarle a otro tipo de representantes, ¿por qué tengo yo tanta suerte?
«Porque eres hermosa». Todo se remitía a eso. Seguramente Fabray era consciente de cuan agradable era de mirar. Pero gracias a Dios, no se le había escapado, y estaba claro que no iba a plantear la cuestión.
—Te codeas con muchas estrellas de rock y aspirantes a estrella —le recordó ella con una sonrisa. —Quizás eso te haga una celebridad por asociación.
Quinn se encogió de hombros.
—Aun así, es extraño cuando la gente que no conoces piensa que sabe algo acerca de ti —después, ladeó la cabeza y la miró intensamente con sus ojos verdes. —Supongo que has oído los rumores.
—¿Acerca de que eres una mujeriega? ¿O lo del sexo a cambio de un contrato? —hizo una mueca con los labios y respondió con determinación. —Sí —no veía la razón por la que mentir sobre eso.
Quinn asintió, después le concedió una sonrisa relajada.
—Lo positivo de todo esto es que estoy ahorrando un montón de dinero en camisetas. La gente que no conozco sigue mandándome camisetas con logos de bandas de rock en ellas. Supongo que me ven llevándolas en las fotos. Ahora tengo una camiseta en el correo cada pocos días.
Rachel sonrió.
—¿De admiradoras? ¿O de bandas de rock que quieren que vayas por ahí llevando sus camisetas?
—Ambas cosas, vienen de cualquier parte. Joder, la gente de Hugh Hefner me envió una camiseta de Playboy la semana pasada con una nota en la que me daban las gracias por haber pasado por la mansión.
Rachel parpadeó y se sentó erguida.
—¿Has estado en la mansión de Playboy?
Quinn se encogió de hombros otra vez.
—Sí.
—¿Y qué aspecto tiene?
Quinn tomó otro sorbo de su vino y Rachel decidió que podría aguantar un poco de alcohol en su sistema también, así que extendió la mano hacia el pie de su propia copa. Porque la nueva y moderna Rachel Berry no debería sentirse intimidada o alucinada por la idea de lo que probablemente le aguardaría detrás de esas puertas en particular, pero la vieja Rachel sí, y a ella se le había olvidado ocultarla.
—Parece que hay bastante diversión —dijo Quinn, y sus ojos brillaron de nuevo, un poco lascivos esta vez.
A Rachel se le revolvieron las entrañas en una mezcla confusa de repulsión y excitación al imaginarse qué tipo de diversión habría experimentado la rubia en aquella casa. En realidad, parecía que Quinn Fabray tenía el mismo efecto en ella que la ciudad de Las Vegas.
—Yo no tendré... eh, no me pedirán que vaya a lugares como ese, ¿verdad? —preguntó Rachel.
Quinn bajó la barbilla.
—No van a pedirte que lo hagas, pero es el tipo de lugar en el que se reúne la gente del espectáculo, así que... si recibes una invitación, sería muy inteligente de tu parte que la aceptaras.
—Ah —dijo Rachel, todavía encerrada en el mundo de la vieja Rachel. Después, empezó a tragar nerviosamente. Una cosa era ponerse una falda de cuero y una blusa transparente. Pero cuando llegara eso de predicar con el ejemplo, ¿sería capaz de hacerlo? Ella nunca había pensado tener que asistir a sitios donde puede que estuviera incómoda. Incluso aquel bar aquella noche, ¿se sentiría cómoda yendo a un lugar llamado Fetiche, sin Quinn como acompañante?
—¿Va algo mal? —le preguntó Quinn; claramente estaba leyendo la preocupación que se le reflejaba en la cara.
Ella pensó en fingir, afirmar que nada iba mal, disfrazarse como alguien tranquila y segura, como la nueva Rachel otra vez. Pero había pasado todo el día con Quinn, y le gustaba realmente, así que no pudo evitar hablar con sinceridad.
—Quizás no debería contarte esto, pero... no estoy segura de que pueda encargarme de bien todo esto.
Quinn le contestó poniendo el codo en la mesa y apoyando la barbilla en su puño y después, clavándola en el sitio con una de sus miradas.
—Oh, apuesto a que puedes encargarte de las cosas mucho mejor de lo que crees, nena.
He aquí un nuevo capitulo...He recibido pocos RW y eso no me motiva a seguir con el Fic u_u,
Así que les he regalado un capitulo mas LARGO y espero que se entusiasmen en decirme lo que piensan u_u
como siempre...
ESPERO SUS COMENTARIOS,DUDAS,SUGERENCIAS,PROPOSICIONES PARA ESCAPARNOS A LA CIUDAD DEL PECADO?NO? NADIE? BUENO,USTEDES SE LO PIERDEN! 1313
Espero que todo les vaya bien en sus vidas :)
