Akano 01 - Preludio

– ¡Tilly!

La Tercera Oficial de la Novena División se dio la vuelta al oír su nombre y descubrió a su marido que corría hacia ella con el rostro desencajado y empapado en lágrimas. Inmediatamente despachó a Kuroda Eiri, una oficial muy prometedora con quien estaba repasando los informes de unas misiones, y se acercó a su cónyuge con la preocupación lógica que suponía la situación. No había muchos motivos por los que Akano Youichi, el Tercer Oficial de la Décima División, se pusiera de ese modo.

– ¿Qué pasa? – le preguntó.

En su voz había síntomas de la urgencia del momento. Exploró en su mirada antes de cerrar los ojos y hacer algo que sólo ella sabía hacer. Comprendió entonces el motivo del malestar de su esposo y ella misma compartió sus lágrimas desconsoladamente cayendo fulminada sobre sus rodillas. Youichi había ido a la mansión Akano aquella mañana y había hecho un horrible descubrimiento, un hallazgo que hubiera acabado con cualquiera, por muy fuerte que fuera.

– Tenemos que avisar a mi padre.

– Está en una reunión en el Cuartel General – explicó Tilly entre sollozos mientras trataba de recuperarse de la funesta sorpresa. – No creo que…

– Vamos.

Sacando fuerzas de flaqueza y con una determinación que sólo podía nacer de la rabia que le dominaba, levantó a su esposa y la arrastró del brazo hasta que esta se decidió a caminar a su mismo ritmo, y puso rumbo al Cuartel de la Primera División, atravesando a toda velocidad el Sereitei sin ocultar su estado de ánimo a ninguno de los que se cruzaban con él.

– Lo siento, Oficiales Akano, no pueden… – trató de objetar el guardia.

Youichi pasó por delante de él sin mostrar ni un ápice de duda mientras que Tilly sólo pudo esbozar un "lo siento" con sus ojos enrojecidos e hinchados para poder seguir a la misma velocidad que su homólogo de la Décima División hacia el interior del Cuartel. Ambos lo conocían bien y no necesitaban de ningún guía para atravesar el intrincado conjunto de pasillos que surcaban el edificio. Sabían perfectamente cuál era su destino y hasta allí avanzaron.

– ¿Qué pasa, Tilly? – sonó una voz familiar a su espalda.

Los dos cónyuges se dieron la vuelta y reconocieron la figura de sus dos inmediatos superiores y sus mejores amigos. Kyo, que era quien les había sorprendido, estaba apoyado en el umbral de la puerta de la sala donde aguardaban los Tenientes hasta que terminaran las reuniones de los máximos mandatarios del Gotei 13. Yuki había salido detrás de él y estaba entrecerrando la puerta del cuarto para buscar un poco de privacidad.

– Necesito hablar con mi padre – dijo Youichi.

– No podemos interrumpir una reunión del Consejo de Capitanes así por las buenas – alegó la Teniente de la Décima División.

– ¡Es urgente!

– Pero necesitamos un motivo para…

– Créeme, Yuki, es algo demasiado grave – sentenció Tilly. – Necesitamos hablar con Kumaru ya.

La segunda al mando del Décimo Escuadrón examinó la mirada de su subordinado y de su mejor amiga y exhaló profundamente dándose por vencida. Sin embargo, el Teniente de la Novena División aún no estaba totalmente convencido de que debieran irrumpir en la Gran Sala, donde todos los Capitanes estaban reunidos, pero al final se dio por vencido ante la insistencia de sus tres compañeros. Llevaban juntos desde la Academia y no podía evitar darse cuenta de que algo no iba bien.

Dando un profundo suspiro, Nakajima se giró para encabezar la marcha hacia el salón. Yuki le seguía muy de cerca mientras que Youichi iba cogido del brazo de su esposa unos pasos más atrás, con la mirada perdida en el infinito, preparándose para darle la noticia a su padre. Últimamente habían tenido sus diferencias, por eso había solicitado el traslado a la Décima División no hacía más de un año, pero ahora eso no importaba.

– Es urgente – explicó Kyo cuando el Teniente de la Primera División, Leo Rondstadt le cerró el paso.

– No puedo permitiros…

– Leo… – resopló Yuki. – Venga, no estamos para tonterías. ¿Crees que lo haríamos si…? ¡Kyo!

De repente, el Teniente del Noveno Escuadrón había liberado el camino hacia la entrada derribando al obstáculo que se interponía entre ellos y la puerta de un contundente puñetazo en la mejilla, que lo había lanzado contra la pared. Ante un amago de respuesta por parte de su oponente, se llevó la mano sobre la empuñadura de Hakuryû y negó con la cabeza.

– Esta me la pagarás, Nakajima – amenazó desde el suelo el agredido mientras veía como su rival abría la puerta que él debía custodiar.

– ¡¿Qué ocurre?! ¡¿Qué es esto?! – bramó el Capitán General Kraug al ver interrumpida su reunión.

– Capitán – llamó Kyo, mirando hacia Kumaru. – Tenemos graves noticias.

El Director del Departamento de Artes Demoníacas examinó a su subordinado con la mirada mientras se preguntaba qué podría ser aquello tan grave como para justificar la irrupción en un lugar casi sagrado como era aquel. En ese preciso instante entraba, con el rostro destrozado, su hijo y supo que algo no iba bien. Con las protestas del General Kraug como ruido de fondo, Kumaru abandonó la sala a la carrera.

– Vaya, vaya – sonrió mezquinamente Sadoq. – Parece que hay problemas en Villa Felicidad.

Kaiser fulminó con la mirada a su viejo amigo y pudo comprobar lo mucho que había cambiado en aquellos años. Poco a poco se había ido separando de ellos, poniéndose por encima de los demás. Puede que él no se hubiera dado cuenta, pero se había convertido en su padre, el viejo Farés, la persona a la que más había odiado. Pero aún se sorprendió más de que aquel cambio hubiera pasado inadvertido incluso para él, que era uno de sus dos "hermanos".

– Iré a ver qué ocurre – se disculpó antes de salir él también de la sala ante las continuas protesta

Entre tanto, el Capitán de la Novena División ya lideraba la pequeña comitiva de oficiales de su Escuadrón y de la Décima División hacia un pequeño cuarto de recreo para los oficiales de rango medio del Primer Escuadrón del Gotei 13 dentro del Cuartel en el que se encontraban.

– Esperad aquí – les indicó con un gesto a su Teniente y a Yuki

Precisamente allí se encontraban cuando Kaiser les dio caza. Con desconcierto, les preguntó qué estaba pasando, pero ellos sólo pudieron encogerse de hombros. Sabían tanto como él. No les quedaba otra opción más que esperar a que salieran y les contaran de qué iba todo aquello, pero un grito procedente del interior de la habitación les hizo decidirse a entrar.

Kumaru salía del cuarto en ese preciso instante y tropezó contra su viejo compañero y amigo. El Capitán de la Décima División escrutó su rostro completamente encendido por la ira y el dolor cuando sus miradas se cruzaron. Definitivamente, algo iba realmente mal. Él era el tranquilo, el que siempre meditaba antes de dar un solo paso. Ahora parecía el mundo al revés.

– ¿Qué ocurre, Kum?

– Voy a casa de Sadoq – fue su única respuesta. – Necesito hablar con Rin.

La Mansión Asharet no se encontraba muy lejos de allí. De toda la nobleza, sólo las cuatro grandes familias tenían su residencia en el interior de la ciudadela. El resto de la aristocracia había repartido sus viviendas por los primeros distritos del Rukongai, donde gozaban de una vida más tranquila, pero también más lejos de los círculos de poder, lo que suponía una menor influencia en el gobierno del Sereitei que la de sus colegas más eminentes.

– ¿Seguro que no es mejor ir primero a casa? – sugirió Youichi por el camino. – Alguien debería de…

– Yo iré – se ofreció Kaiser, que había seguido, ignorante y en silencio, a la familia Akano.

– Capitán, no creo que…

– Sois mi familia – sonrió, tratando de irradiar la misma sensación de seguridad que solía emanar de Kumaru. – Así que…

Sin dar oportunidad de réplica, utilizó el shumpa para salir de allí a toda velocidad y poner rumbo a la que había sido su casa durante su época de estudiante de la Academia de Shinigamis. Cuando llegó, la puerta entreabierta le puso en alerta. Por si las moscas, desenfundó a Roter Wolf, pero, cuando empujó del todo la hoja de madera y vio el panorama que se presentaba delante de sus ojos se dio cuenta de que era demasiado tarde para todo aquello.

Las manchas de sangre y los arañazos de la madera le guiaron hasta la gran sala donde solía entretenerse en interminables partidas de ajedrez con Kumaru. Nadie podría haberse preparado para lo que encontró allí. La náusea le invadió y a duras penas alcanzó con unas grandes zancadas la puerta principal para evitar vomitar en el interior de la casa.

Incluso Kaiser Wolf, uno de los hombres más duros del Sereitei, un auténtico guerrero, compañero inseparable de la muerte, alguien que en teoría estaba preparado para todo aquello, fue incapaz de encontrar la entereza después de aquello. Tirado de espaldas contra la pared, escurriéndose lentamente hasta el suelo, no pudo contener el llanto desesperado ante lo que acababa de ver. Quien quiera que hubiera estado detrás de aquello estaría condenado de por vida. Ya no merecería el perdón, por mucho que lo suplicara.

– ¿Qué deseaba, Capitán? – dijo un mayordomo de exótico acento cuando los Akano se presentaron en la entrada de la Mansión Ashartîm.

– Necesito ver a mi hermana – señaló Kumaru.

– Lo siento, Capitán – se excusó. – La señora está descansando y…

– No me haga discutir con usted – le interrumpió.

– Pero el señor ha ordenado que…

– Insisto.

– Lo siento, Capitán Akano, pero no…

– Apártese…

Olvidando los buenos modales de los que siempre hacía gala, el Líder de la Novena División sacó al sirviente de su camino empujándolo con cierta violencia, más de la que hubiera deseado. Comprendía la situación en la que estaba Rin, que había recaído gravemente en su enfermedad aún a pesar de los cuidados de Keita, pero esto superaba cualquier urgencia. Esto tenía suficiente prioridad.

– ¡Rin! – la llamó. – ¡Necesito hablar contigo! ¡Es urgente!

De entre de las sombras de un pasillo que parecía interminable surgió la figura alta y espigada del tercer vástago de Sadoq y su hermana, Caleb. Como sus dos hermanos mayores, Ajaz y Baruch, y su hermano David, un año menor que él, había pasado a engrosar las filas de la Sexta División sin siquiera haber pasado por la Academia, rompiendo así la efímera tradición que había roto su padre.

– Tío Kumaru – lo saludó con un protocolo excesivo aún a pesar del parentesco. – ¿Qué te trae por aquí?

– Necesito ver a tu madre – repitió. – Es urgente.

– Mamá está durmiendo – explicó el joven Asharet. – Si quieres puedo decírselo yo después.

– Despiértala – ordenó Kumaru. – Por favor.

Por primera vez en mucho tiempo, aún a pesar de que durante toda la mañana había tratado de contenerse, aún a pesar de que tenía la sensación de estar en una nube que le protegía de todo el dolor que se cernía sobre su pecho, apareció en el rostro del viejo Åska un signo de debilidad en forma de un mar de lágrimas que empezó a aflorarle en los párpados.

Fue Kyo el único que descubrió la sonrisa mezquina que comenzaba a dibujarse en el rostro de Caleb antes de que él mismo se diera cuenta de ello y tornase su gesto en uno más triste. Decidió que había sido una falsa impresión y trató de no darle importancia mientras el muchacho de la nobleza se disculpó, alegando que trataría de hacer lo posible, y desapareció de nuevo en la penumbra del corredor por el mismo lugar por el que había venido.

Cuando ya se encontraban entrando en el territorio de los Ashartîm, Yuki había decidido ir a apoyar a su Capitán en lo que quiera que estuviera pasando en la Mansión Akano. Un estruendoso aullido cargado de desesperación que sólo podía haber tenido un emisor le hizo forzar aún más la marcha y causó que su corazón comenzara a latir desbocado. La posibilidad de que algo malo le sucediese al hombre que más admiraba y al que, de hecho, amaba en secreto, era algo que nunca había entrado dentro de sus planes.

Sus augurios no hicieron más que empeorar cuando descubrió a Kaiser inmóvil sentado en el pasillo, con la cara enrojecida del llanto y mirando fijamente la puerta del salón. Se acercó a él y pidió explicaciones, pero su mirada fue suficiente. Aquella situación era imposible de explicar porque era imposible entender por qué alguien haría algo así.

– ¡Fue él! – gritó desesperado Youichi. – ¡Él estaba allí! ¡Él lo hizo!

En el mismo momento en el que, resignados, Kumaru, su hijo y su nuera abandonaban la vivienda, conscientes de que no iban a ser capaces de hablar con Rin, un shinigami de la Sexta División que acababa de llegar a la Mansión Asharet acompañando al primogénito de la dinastía, Ajaz, que, además, ocupaba el cargo de Teniente, se encontraba esperando órdenes en la entrada.

– ¿Estás seguro? – preguntó Kumaru.

– No podría olvidarlo en mi vida – bufó airado su hijo.

Tilly abrió mucho los ojos, sondeando primero a su marido y luego escrutando al acusado, que parecía ser ajeno a todo lo que estaba pasando. Ni siquiera un mínimo de sorpresa se pudo reflejar en aquella cara invadida por la vergüenza y el miedo. Pero era imposible que fuera él. Era alguien demasiado conocido para que fuera él. Las palabras se le atragantaron. Las lágrimas se detuvieron de repente. La conmoción se apoderó de ella. No podía ser.

– ¿Shi… Shinkyo?

Pasados unos minutos en los que Yuki fue incapaz de calmar a su superior, decidió que ella misma comprobaría qué era lo que había causado tal conmoción entre todos sus seres queridos. Con el mayor de los temores atenazándole el estómago, se puso en pie y caminó lentamente hacia el salón. Entonces entendió perfectamente los motivos de tanto dolor.

Trató de no derrumbarse como había sucedido con todos los demás y se adentró más en aquel campo de muerte inundado de sangre. En el medio de aquella matanza, pudo comprobar que, debido a lo intenso de su energía espiritual, el cuerpo de Mara Tempmer aún estaba caliente cuando se acercó a ella para cerrarle los ojos y tratar de borrar la expresión de terror con la que había fallecido.

Pero aquello no era lo peor, porque el gesto de la esposa del Capitán Akano tenía su explicación. Hacía varios meses, había solicitado una excedencia temporal para cuidar de su primera nieta y así no privar a la Novena División de un efectivo tan importante como lo era su nuera. Lo peor de todo es que allí, a los poco menos de dos años de nacer, algún desalmado había puesto punto y final a la vida de la pequeña Neemin, la primera de la tercera generación de los Akano.