A Rodrigo, amigo de la secundaria.

Por no saber antes de tu partida, por el juego del destino que nos impidió reencontrarnos.

Por darles a los gemelos Bluepool su cumpleaños y a los Salais su primer apellido.

Préstame algo de tu talento para seguir adelante.

De parte de la infanta, para el noble caballero, con un beso en la mejilla.


Siete: Haciéndote feliz.

1 de septiembre de 2020.

Londres, Inglaterra.

Estación King's Cross, andén nueve y tres cuartos.

Corrían como si la vida les fuera en ello. Tenían menos de cinco minutos para atravesar la muchedumbre que se hallaba en la estación y llegar a su destino.

Por enésima vez, Thomas Elliott maldijo la fama de sus padres.

Y al segundo siguiente, se regañaba por pensar así. Ellos no tenían la culpa de que la gente ordinaria se entusiasmara tanto con su presencia, los detuviera en donde quiera que los ubicara y quisiera sus autógrafos o fotografías en su compañía. Ya había sido demasiada suerte que Sean Elliott y Charlotte Jackson hubieran podido ir a despedirlo tres años seguidos sin que un numerito como éste se desarrollara.

Sus hermanos eran otro cantar. Skye, Sydney y Scott no eran celebridades y aún así, habían lidiado con esos acontecimientos desde que usaban pañales. Tenían tales maneras de escabullirse de los fans y los reporteros que eran la envidia de los colegas de sus padres. Así que en esa ocasión, antes que el gentío fuera tanto que no pudieran verse unos a otros, las chicas tomaron a Thomas de las manos en tanto Scott se apropiaba del carrito con el baúl de su hermano y lo usó para abrirse paso entre un bullicioso grupo de jovencitas que, al verlo, sonrieron como bobas.

—Recuérdenme mandarles un regalo de Hogsmeade —había dicho Thomas a sus hermanos al emprender la carrera.

—Por supuesto —aseguró Skye, mostrando una de sus más deslumbrantes sonrisas.

—¿Necesitas ayuda, Scotty? —inquirió Sydney, cordial.

—No, gracias, Syd. ¿Cuánto falta, Thomas?

El pelirrojo anaranjado miró a su alrededor con rapidez antes de señalar parte de la barrera entre los andenes nueve y diez.

—Por allí —le indicó a su hermano mayor.

Scott frunció el ceño, pero no iba a contradecirlo con el margen de tiempo que tenían. Así pues, siguió caminando y al llegar a la barrera, no sintió un golpe. Pero se quedó asombrado al hallarse con un andén completamente diferente al que había abandonado.

—Los magos son cool —musitó, haciéndose a un lado.

A los pocos segundos, Skye y Sydney estaban allí, con Thomas fuertemente aferrado.

—¿Dónde demonios estamos? —dejó escapar Skye fingiendo enojo, pero sus maravillados gestos la traicionaban —¿Seguimos en King's Cross?

—En cierta forma —contestó Thomas, recorriendo el andén con los ojos —¡Diablos! Por llegar tarde, no veo a mis amigos.

—¡Eh, a un lado! —vociferó una voz tras los cuatro hermanos, quienes dieron un respingo y dieron media vuelta, encontrándose con una joven mujer rubia de aspecto malhumorado.

Esa mujer, como los trillizos Elliott, se veía enteramente como muggle, con un traje sastre gris y una blusa verde pálido. Sus nerviosos ademanes revelaban que no se sentía muy cómoda allí.

—¿Qué pasa, Gwen? —quiso saber la voz de un chico a espaldas de la rubia, para luego ver una cabeza castaña asomarse y arquear una ceja —¿Llegas tarde también, Thomas?

—¡Excelente! ¡No soy el único impuntual este año! —el recién nombrado saludó con una mano en alto —¿A ti qué te entretuvo, Walt?

Walter Poe arqueó una ceja, con un destello de fastidio en sus ojos grises.

—¿Te parece que es momento de preguntarme eso? —espetó, adelantándose a su hermana mayor empujando su carrito —Casi nos deja el tren.

Thomas dio un respingo y quitándole su carrito a Scott, lo siguió apresuradamente.

—¿Primera vez aquí? —le preguntó Scott a Gwen, intentando romper el hielo. La rubia lo miró con desconcierto antes de asentir —Para nosotros también. Mis padres tuvieron un contratiempo en la entrada de la estación y nos tocó traer a Thomas —el muchacho tendió una mano —Scott Elliott, mucho gusto. Y ellas son mis hermanas, Sydney y Skye.

—Gwen Poe. ¿Ustedes no son…?

La rubia hizo un vago gesto para abarcar la estación entera.

—¿Qué, magos? ¡Eso quisiéramos! —soltó Sydney con una carcajada —Ño, somos tan… ¿cómo nos llaman? ¡Ah, sí, muggles! Pues eso. Somos tan muggles como seguramente eres tú.

—Lo pensé. Mi padre no pudo venir por trabajo y como tengo el día libre… Momento, ¿dijeron Elliott? ¿Su hermano es Thomas Elliott?

Los trillizos se miraron entre sí, confundidos, hasta que Gwen les sonrió.

—¡Ese niño es estupendo! Me consiguió los autógrafos de sus padres y no quiso nada a cambio. Walter insiste en que es un poco raro, pero se nota que es uno de sus mejores amigos.

Esta vez, los otros tres no pudieron ocultar gestos de orgullo por su hermanito.

—¡Eh, chicos! —llamó Thomas en ese momento, desde una de las ventanillas abiertas del tren. Era evidente que él y Walter habían subido sus cosas con ayuda del adulto de túnica negra que se despedía de una chica castaña a su lado, en la siguiente ventanilla —Díganles a papá y a mamá que les escribiré en cuanto pueda. ¿Seguros que están bien? Los dejamos sin avisar.

—Por supuesto —aseguró Sydney —Ya sabes, años de experiencia. En cuanto salgamos de aquí, los llamaremos para encontrarnos con ellos.

Thomas asintió, se introdujo de nuevo al compartimiento y dejó asomarse a Walter.

—Mandaré las cartas a casa de la abuela, ¿de acuerdo? —le avisó el castaño a su hermana.

—De acuerdo. Aunque espero que no se asuste con uno de esos pajarracos.

Walter le dedicó una sonrisa antes de dejar la ventanilla y cedérsela a una pelirroja de ojos brumosos, entre azules y grises.

—¡Adiós, mamá! ¡Adiós, Billy! ¡Escribiré seguido! ¡Y quiero saber cuándo regresa papá!

Quien correspondió a esa efusividad era una mujer de largo cabello rubio que sostenía a un bebé pelirrojo en brazos. Aún cuando su semblante parecía el de una persona rematadamente chiflada, la placidez de sus movimientos y el brillo en sus ojos indicaban que era buena persona.

El tren silbó y comenzó a moverse. Las familias se decían las últimas frases de despedida y los alumnos que seguían asomados a las ventanillas agitaban una vez más las manos antes de entrar a sus compartimientos. Los trillizos Elliott y Gwen Poe, haciéndose compañía mutuamente, dejaron el andén y charlaron un poco sobre sus respectivos hermanos magos antes de separarse.


—Quiero una explicación. Ahora.

Danielle Malfoy no era como su padre. Ella no solía mirar a la gente por encima del hombro y además, toleraba a quien no era de su misma clase (según decían quienes seguían los estándares de los sangre limpia, claro). Sin embargo, había ocasiones en que su parecido con Draco Malfoy era abrumador, y sus amigos casi nunca tenían que lidiar con eso.

A menos que la hicieran enfadar, por supuesto.

—¿Qué quieres que te diga? —se defendió Thomas Elliott con un puchero tan gracioso, que el resto de sus amigas tuvieron que contener la risa —¡Ya sé! Es culpa de Procyon.

—A mí no me metas, es tu problema —saltó Procyon Black al instante, entrecerrando con enfado sus ojos color azul violáceo.

—¿Cómo que es mi problema? Te pedí prestado a Shadownight una docena de veces y…

—También pudiste pedir prestados a Cloudy, a Balam, a Snowlight, a Nutty

—Ya, capté la indirecta. ¿Qué quieres que te diga? ¿Que no tenía la menor idea de qué escribir? —Thomas se dirigió esta vez a Danielle, quien lo veía con incredulidad —Pues bien, si eso te hace feliz, lo diré: no tenía la menor idea de qué escribirte. Punto. Deja el tema.

Los demás presentes intercambiaron miradas tan recelosas como la que Danielle mantenía fija en Thomas. ¿Ese chico se había vuelto loco?

—A ti te pasa algo —afirmó de pronto Sunny Wilson, arqueando una castaña ceja —Y eso ya es raro de por sí. Así que vamos, suéltalo, no te vamos a morder.

—Sí, claro, y yo no soy un…

Antes de lo que cualquiera pudo anticipar, Danielle se puso de pie, le dio una bofetada a Thomas y luego, tomándolo de un brazo, lo jaló fuera del compartimiento. Cabe destacar que cerró la puerta con un golpe tan fuerte que los cristales vibraron.

—¿Soy la única que siente que se perdió de algo? —inquirió Rose Weasley, tirando de un largo mechón de su cabello rubio rojizo, que parecía más rojo después de aquel verano.

—No, no eres la única —aseguró Hally Potter, acomodándose los anteojos redondos y frotando distraídamente su arete derecho, de oro y en forma de rayo.

—Para mí, Thomas debe dejarse de estupideces, abrir los ojos y hacer lo que yo —dijo Ryo Mao inesperadamente, sentado en uno de los asientos junto a la ventanilla y teniendo a la derecha, fuertemente sujeta, una mano de Paula Hagen.

—¿Y qué hiciste tú, eh? Ilústranos —quiso saber Walter Poe, cruzado de brazos en su asiento.

—No pregunten, confíen en mí —advirtió Henry Graham, sentado frente a Ryo y con los ojos verdes a medio abrir, como si manifestara algo de sueño retrasado.

—¿Te sientes mal? —le preguntó Amy Macmillan a su amigo Gryffindor, preocupada.

—No, no mucho. Si Danielle hace bien las cosas, se me pasará.

La respuesta de Henry dejaba a todos intrigados, pero sabían que no le sacarían nada más.

Así que se pusieron a charlar de otra cosa y a esperar a los dos ausentes.


—Ahora voy a creer que la loca eres tú.

Danielle ignoró olímpicamente los intentos de Thomas por aligerar el ambiente. Lo llevaba del brazo hacia el primer lugar remotamente privado que pudiera encontrar, aunque con la cantidad exagerada de alumnos menores de ese año, no se veía nada.

Casi al final del tren, halló un compartimiento vacío, a excepción de un par de baúles en las rejillas portaequipajes. La rubia abrió la puerta, empujó a Thomas adentro y cerró tras ambos, para luego sacar la varita con la mano derecha y golpearla contra la palma de la izquierda.

—¿Qué, querías maldecirme en privado? —inquirió Thomas, arqueando una ceja.

—Por supuesto que no. Pero si es necesario, lo haré.

Esa Danielle era, con mucho, una a quien Thomas nunca había visto. No es que lo asustara (lo cual debería reconsiderar luego), sino que la chica solía demostrar elegancia innata, absoluto control sobre sus actos y ahora…

Bueno, definitivamente a Danielle le estaba haciendo efecto convivir con él.

—Ahora, por una vez, deja las bromas de lado y dame una una explicación. Una decente. No me salgas con tonterías sobre no saber de qué escribirme, porque vamos, ¡eres Thomas! Siempre tienes algo agradable qué decir. Esperaba otra carta como la primera y única que mandaste, era divertida. ¡Incluso esperaba la fotografía que prometiste! Pero nada. Y Procyon tiene razón, pudiste pedirle a cualquiera de los otros su ave, esa no es excusa.

—Lástima que seas tan lista. La excusa era buena.

—No, no lo era. Tú y yo sabemos que no lo era.

Se quedaron en silencio por un momento, cada uno meditando sus cosas. En eso la puerta del compartimiento se abrió, dejando ver a dos niños que por su vestimenta y cara de asombro ante la varita de Danielle, eran hijos de muggles de primer curso.

—¿Es su compartimiento? —inquirió la rubia amablemente, a lo que los dos niños asintieron con la cabeza una y otra vez —¿Me lo prestarían un rato?

Ja —dijo uno de los niños, de cabello corto y un lindo tono castaño claro. Al darse cuenta de lo que había dicho, se aclaró la garganta y se corrigió —Claro. Podemos venir después.

Y se llevó a su acompañante por el pasillo.

—Genial, más extranjeros —masculló Danielle por lo bajo, cerrando la puerta otra vez —No es que me molesten, pero…

Dio media vuelta con lentitud, por eso no vio a Thomas de pie junto a ella hasta que se él se le abalanzó, encerrándola en un abrazo estrecho, de esos que cortaban el aliento y no tanto por su fuerza, sino por lo que hacían sentir.

Era como en el verano, se acordó Danielle de manera confusa, intentando recuperarse de la impresión que le causaba su amigo haciendo eso. Como el abrazo de aquel hombre del cual quería saber su identidad. Sin embargo, además de cierta ternura, percibió algo más esta vez, pero no se dio cuenta de qué era hasta que Thomas posó una mano en su cabeza, acercándola más a él.

A esto debían referirse los mayores cuando decían que alguien era posesivo con…

Dio un respingo, queriendo alejar la idea de su mente, pero no lo consiguió. Por las barbas de Merlín, ¡era su amigo! Si no se recordaba eso, perdería la cabeza. Además, ¿por qué alguien como Thomas la tomaría en cuenta, si su propio padre actuaba como si no hubiera querido que naciera?

La simple pregunta casi la hizo llorar. Si logró reprimirse, fue porque se le adelantaron.

—Lo siento —musitó Thomas en su oído, en voz tan baja y afectada que apenas lo escuchó —Yo… No quería… Lo juro, no quería… Pero no conseguí nada…

—¿Thomas?

—Tú de verdad lo crees, ¿no, Danielle? Tú… tú crees que no fue mi culpa, ¿cierto?

Ella con eso supo que se refería a su amigo muggle muerto. ¿Por qué lo sacaría a colación? Sin detenerse a pensarlo, consiguió abrazarlo suavamente, enterrando los dedos de su diestra en sus rojizos cabellos, queriendo reconfortarlo. No soportaba oírlo tan lleno de angustia, tan perdido, cuando siempre la había hecho sonreír. Quería devolverle algo de eso.

No, aún más, quería ser quien aliviara su corazón.

¿Pero cómo se hacía eso, si cargaba con sus propias penas, esas que ni Patrick o Hally sabían?

—Yo… fui al cementerio en el verano —confesó Thomas quedamente, apenas moviéndose —Creí… Bueno, creí que estaría bien… Nunca había ido, así que…

—¿Qué sucedió?

—Es que… no se me ocurrió que… Había unos primos de Jeremy ahí y… Era como tener dementores alrededor otra vez.

Fue el turno de la chica de estrujarlo hasta ocasionarle un sobresalto.

—¿Danielle?

—¿Qué les contestaste? Dime que se te ocurrió algo, por favor.

—No, en realidad… No tuve tiempo. Ellos… dijeron lo que quisieron y se fueron. ¿Estás bien?

—Eres bueno, Thomas. Eres muy bueno. No mereces esto. ¿Y por qué te desahogas conmigo?

—Porque… Tú eres la buena aquí, Danielle. Tú no has matado a nadie. Yo sí.

La jovencita apretó los dedos que tenía en el cabello de su amigo, pero al instante siguiente los relajó. No quería lastimarlo más.

—No has matado a nadie, métetelo en la cabeza —le dio un coscorrón tan ligero que él apenas lo sintió —Y yo… De ser buena, mi padre me querría, Thomas. De ser buena, mi padre estaría orgulloso de mí, me daría abrazos y regalos y…

Finalmente sí lloró. Danielle llevaba a cuestas el sentimiento de no encajar en ninguna parte, lo tenía tan arraigado que la condujo a preguntarse si de verdad valía algo. Patrick, sin saberlo, la aliviaba un poco, demostrándole que pese a sus errores pasados, la había querido siempre. Pero en algún lugar de su mente, producto de la inocencia de sus primeros años, deseaba que su padre le demostrara que la amaba. Que dejara de mirarla como si fuera una extraña. Que por una vez la tratara como a su niña y no como a una cosa que no sabía de dónde había salido.

No sabía por qué Thomas había conseguido quebrarla. Normalmente dejaba esos pensamientos en lo más profundo de su cabeza, miraba a su alrededor y se decía que mucha gente la quería, que sí tenía valor por sí misma. Sin embargo, tras analizarlo con torpeza, creyó saber la razón: Thomas le aseguraba que era buena. Y eso no se lo habían dicho jamás, no con ese tono de voz.

No dándole la sensación de que era necesaria.

—Yo… ¿puedo hacer todo eso? —inquirió Thomas con un dejo de timidez que en él, resultaba extraordinario —¿Puedo abrazarte, darte regalos y decir lo orgulloso que estoy de ti? ¿Puedo…? —él carraspeó, intentando dejar de llorar y sonar un poco más serio al proseguir —Aunque digan que no estoy a tu altura, aunque sea un sangre sucia, yo… ¿puedo quererte?

La rubia se quedó helada. Eso no se lo esperaba ni de broma. Por un fugaz instante, se preguntó si él no estaría jugando, pero desechó la posibilidad al recordar lo que Paula opinaba de él, que era muy independiente. Sus sentimientos eran cosa privada, el curso pasado lo demostró cuando Procyon prácticamente lo obligó a revelar la razón de su reacción ante los dementores. Alguien así, que se guardaba todo para no preocupar a nadie, no se burlaría de esa manera: abrazándola, llorando en su presencia y mucho menos pidiendo, casi rogando, que le permitiera quererla.

Eso último, sorpresivamente, la hizo reír.

—¿Qué es tan gracioso? —quiso saber él.

—Ustedes, Ryo y tú, son patéticos. ¿Te parece bonito declarártele así a una chica? Por no mencionar que aquí, la poca cosa soy yo. Deja de llamarte de esa forma tan desagradable.

—Solamente si prometes que no volverás a decir eso. ¿Tú, poca cosa? Por favor, ¡ya quisieran muchas ser Danielle Malfoy, la Slytherin más guapa del curso!

—¿La qué?

Se separaron con renuencia, cada uno limpiándose el rostro como mejor podía. Se miraron fijamente y reanudaron la charla como si gran parte del último minuto no les afectara.

—Así te llaman varios —confesó Thomas, encogiéndose de hombros —En lo personal estoy de acuerdo, pero el tono con que lo dicen personas como Blow, pues… —hizo ademán de estrujar algo —Juro que no quería llegar a esto, Danielle —repitió, más serio que nunca —Es decir, somos amigos, nos llevamos bien, pero… No eres para mí, lo sé. De hecho, eres demasiado para mí.

Eso la dejó más atónita que antes, si es que era posible.

—¿Intentas que crea que eres poca cosa?

—No sé. Digo lo que pienso, nada más.

—Si tus hermanos te oyeran…

—Ya se los dije y piensan que exagero, pero no saben cómo son las cosas aquí. Se burlan de ti por mi culpa, Danielle, lo he oído. Y no quiero que la pases peor por intentar que me quieras.

—¿De qué estás hablando? ¡Ya te quiero, tonto!

Danielle rió, pero él no la acompañó y no necesitaba ser tan inteligente como Hally o Paula para adivinar por qué. Seguramente Thomas estaba imaginándose que lo quería como amigo y nada más. Confirmándole, de cierta forma, que no era para él.

¡Al diablo con eso!

—Ven aquí —pidió, señalando el punto frente a ella donde había estado parado minutos antes, abrazándola —Mírame a los ojos, dímelo como se debe. Lo que sabes no es todo lo que hay.

El pelirrojo arqueó una ceja, curioso, pero no se opuso a obedecerla. Analizó su última frase por segundos eternos, intentando encontrarle un significado que lo ayudara en esa situación, que le hiciera ver que no perdía el tiempo queriendo algo que no podía tocar…

Lo que sabes no es todo lo que hay.

¿Y qué sabía?

Danielle era una bruja sangre limpia, un poco vanidosa, a veces desdeñosa; en conjunto, culta y tenaz. Era una pobre niña rica (según Hally, Amy y Ryo), nacida en una cuna de oro tan fría como el trato que le daban sus padres. Se volvía una fiera cuando intentaban dañar a todo aquel que le importaba, .los protegía con todo lo que tenía… ¿Pero quién la protegía a ella? Eso era parte de cómo notó que ella le atraía. Conocía el dolor de primera mano y no quería que la chica lo sintiera. Pero acababa de escuchar que Danielle sí sabía lo que era sufrir, y aún así aquí estaba, intentando vivir su vida como mejor le parecía, por más que ansiara que su padre la quisiera. ¿Qué tenía ese hombre en la cabeza para tratarla así? Danielle, cuando se lo permitían, era adorable.

Él se lo había permitido. Cuando por mucho tiempo rehuyó los afectos para no volver a lastimar a nadie, dejó a sus actuales amigos acercársele. Sin afán de ofender, para él Procyon era el más preciado, por prestarle un poco de su valor, ese que a veces a él le faltaba, pero Danielle… A ella quería hacerla reír. Quería que contara con él. Quería ser lo suficientemente bueno como para caminar a su lado y que la gente no la tachara de mediocre por semejante gusto en amistades.

Sobre todo, deseaba ser para ella lo mismo que representaba la chica para él.

—Bien, aquí va —anunció, respirando profundamente antes de mirarla; sus ojos verdes estaban más claros y deslumbrantes de lo normal —Danielle, me gustas. Te quiero más que a cualquier otra chica. Si te pasara algo malo, me sentiría peor que cuando los dementores me hacen recordar a Jeremy. ¡Vamos, incluso pienso en ti al querer conjurar un patronus! ¿Qué dices, quieres salir con un orgulloso sangre sucia e infartar a medio mundo?

Danielle arqueó sus cejas con tal insolencia, que Thomas creyó ver un ligeri aire de Procyon en ella. Se reprendió mentalmente, ¡porque seguro eso no era lo que ella quería oír!

—¿Y tú, Thomas? ¿Quieres salir con una sangre limpia que no es el orgullo de casi nadie?

El chico casi lanza una exclamación de indignación, ¿hasta cuándo iba a decir Danielle ese tipo de cosas? Bueno, había una forma de callarla, solamente esperaba estar en lo correcto al intentarlo.

Lo único que se vio desde afuera, en el pasillo, fue a una rubia apoyando la espalda contra el cristal de la puerta y frente a ella, al dueño de una mata de cabello rojo anaranjado, increíblemente quieto e inclinado hacia la rubia sin dejar ver su cara.


Henry Graham, que intentaba echarse una siesta mientras sus amigos platicaban, de repente dio un respingo. Observó a su alrededor mientras se frotaba los ojos, luego consultó su reloj.

Frunció el ceño. Hacía casi una hora que Danielle y Thomas habían desaparecido y por lo visto, no habían vuelto. ¿Sería posible que…?

—¿Estás bien? —le preguntó Bryan Radcliffe, con la preocupación notoria en sus ojos negros.

—Sí, eso creo —aunque lo dijera, Henry no estaba seguro de eso, pero no quería molestar a sus amigos —¿Todavía no regresan esos dos?

—¿Quiénes, Thomas y Danielle? —inquirió Rose a su vez —Si no los ves aquí, es obvio, ¿no?

—Rose, por favor…

Henry se masajeó una sien, desesperado. No era un dolor de cabeza el que lo aquejaba, era un mareo. Algo tan insólito como agradable que, bien sabía, no era suyo. Lo que no se explicaba era cómo lo había percibido de forma tan intensa, casi como una emoción propia, y no como le pasaba siempre, que detectaba un cosquilleo ligero del sentimiento en cuestión y ya.

Entre más cercano seas a las personas, más te enterarás de lo que sienten. Cuidado, eso ha enloquecido a otros Nicté mucho más poderosos y entrenados que tú. Sin embargo, te tengo fe.

El chico hizo una mueca, respirando profundo, probando no dejarse llevar por esa sensación que amenazaba su cordura. Las palabras de su abuelo en una de sus cartas quedaron grabadas en su mente al igual que toda información que consideraba útil, pero eso de tenerle fe…

Era oficial: Acab Nicté sería el responsable de la posible falla neuronal que llegara a manifestar.

—¡Hola a todo el mundo! —saludó Thomas, tan entusiasta como siempre, al abrir la puerta del compartimiento. Le cedió el paso a Danielle quien, como algunas de sus amigas constataron, lucía una sonrisa dulce y una delgada trenza cayendo sobre su hombro derecho, dejando el resto de su cabello suelto —¿Adivinen qué? Nos encontramos a la señora del carrito de comida cuando veníamos y le pregunté si podía conseguirme pastelillos de chocolate, porque era mi cumpleaños, ¡y me dijo que sí! Los traerá en un momento, y ni saquen los galeones —avisó, al ver a sus amigos hurgando en los bolsillos —Danielle ya pagó.

—De algo me sirvió el trabajo de verano en Sortilegios Weasley —aclaró Danielle, alegre.

Tal como la rubia imaginó, Rose se quedó con expresión atontada.

—¿Por qué a mí nunca me han dejado hacer eso? —se quejó la pelirroja enseguida —¡Los dueños son mis tíos! Y viví con ellos una temporada, ¡vaya fiasco!

—Rose, viviste con tu tío Fred cuando tenías cuatro años —le recordó Hally —Y tenías siete cuando viviste con tu tío George.

—Lo sé, y eso es lo frustrante. De haber sido mayor, quizá me habrían dejado trabajar allí.

—Como sea, quéjate luego —pidió Sunny bruscamente, lo que sorprendió a la mayoría, ya que la castaña no hablaba así con frecuencia —¿Qué pasó con ustedes dos?

Veía a Thomas y a Danielle, que se miraron un momento antes de que él contestara.

—Hemos llegado a un acuerdo: yo ya no me digo asesino y ella ya no se dirá poca cosa.

—¿Eso te decías? —exclamaron Procyon y Ryo al unísono, entre escépticos e indignados: el primero mirando a Thomas y el segundo, a Danielle.

—Ya me lo imaginaba… —musitó Hally por lo bajo.

—¿Y qué más? —animó Sunny, impaciente.

—¿Qué más de qué? —se extrañó Danielle.

—Danielle, ¿te falta un arete?

La acotación de Amy logró dos cosas: que el pelirrojo ojiverde maldijera por lo bajo antes de salir corriendo del compartimiento y que las pálidad mejillas de la rubia se colorearan.

—Vaya, menudo ridículo debo haber hecho, ¡ir por allí sin un arete! —comentó Danielle, sonando falsamente disgustada —Seguro se me cayó en el pasillo o algo.

—¿Y por qué Thomas salió corriendo? —quiso saber Walter.

—No sé, quizá recordó verme sin él en alguna parte y fue a buscarlo.

—Con esa memoria suya, apuesto dos galeones a que lo encuentra —Rose se echó a reír.

—¿Estás bien, Henry? Te ves pálido.

—Sí, Danielle, sólo no te me acerques, ¿de acuerdo?

La petición parecía fuera de lugar.

—¿Y eso? —quiso saber la rubia en voz baja.

—No te ofendas, pero tu felicidad me marea. Y ya que estamos en eso, ¿podrías tranquilizar a Thomas? Se siente en una nube y me marea todavía más. ¿Pues qué le hiciste?

—¿Yo? Nada, en realidad —Danielle se encogió de hombros, pero seguía sonrosada —¿De verdad te ponemos tan mal?

—No es que me desagrade saber que están felices, pero es… abrumador. La emoción no es mía, así que… se siente como el golpe de una bludger.

—¿Tanto así?

—No es que me duela, es que no me lo espero.

—Después del discuso de Henry tan esclarecedor… —la guasa en las palabras de Rose hicieron que el aludido le dedicara una mirada furibunda —Danielle Malfoy, ¿de verdad estás tan contenta?

—Algo así.

Nadie se tragó eso, por lo que decidieron interrogar al pelirrojo anaranjado que entró en ese momento, sujetando un delicado hilo dorado del cual pendía una diminita circonia.

—¡Eh, lo encontré! Sabía que se te había caído algo cuando vimos de nuevo a Wenzel Klaus…

—¿Viste a mi primo? —se extrañó Paula

—Si te refieres a un niñito de primero que viene de familia muggle, sí —Thomas le entregó el arete a Danielle antes de sentarse a su derecha, entre ella y Walter —¿Por qué preguntas?

—Curiosidad. No lo he visto desde que subimos al tren.

—¿Tienes un primo? —se extrañó Danielle.

—Se los estaba contando a los demás cuando no estabas. Es uno de los hijos del hermano de mamá. Como mamá es la única bruja de su familia, nos sorprendió que Wenzel saliera mago.

—¿Tu primo se llama Wenzel? Y yo diciendo que mi nombre es raro… —bromeó Procyon.

—Bueno, ve al mundo muggle y sí es raro, amigo mío —aseguró Thomas, riéndose.

—El tuyo es de lo más simplón, ¡y también es un apellido!

Los demás rieron con el intercambio verbal. Incluso Henry, que se sentía un poco mejor al concentrarse únicamente en pasarla bien. Quizá su abuelo tenía razón y entre más cercanas fueran ciertas personas a él, más podría sentir sus emociones, pero no pensaba volverse loco por eso.

Quizá, si se lo tomaba con humor, su Legado no lo mataría.

—Thomas, ¿te fue bien, eh? —le preguntó de improviso.

—¿Perdón?

—Confiesa ahora o diré qué fue lo que capté con mi Legado hace unos cinco minutos. Créeme, no querrás que yo describa…

Henry no dijo más y no porque no quisiera. Thomas había mascullado algo antes de saltar de su asiento para taparle la boca, en tanto Danielle observaba la escena más colorada que antes.

—¿Qué te pasa? —oyeron que decía Thomas, forcejeando con su amigo —Te crees muy listo, ¿no, Colmillo Blanco? Si es conmigo, de acuerdo, pero deja a Danielle en paz.

—¿Y quién mencionó a Danielle? —le hizo notar Henry.

El otro hizo un imperceptible gesto de dolor, como si lo hubieran descubierto, y se desquitó dándole un coscorrón al castaño ojiverde.

—Sí que están locos —desdeñó Sunny, haciendo un mohín —Pero es interesante, ¿qué se traen ustedes dos? —miró por turnos a los dos aludidos, incitándolos a hablar.

Danielle le dedicó su mejor gesto Malfoy, frío y altivo, renegando como nunca de la habilidad de Sunny para detectar cuando se le ocultaba algo.

—Vamos, no ha pasado nada más —aseguró Thomas, ayudando a Henry a acomodarse de nueva cuenta en su sitio, no sin antes amenazarlo con la mirada para que se quedara callado —Ya ven, a nuestra amiga le desagrada bastante que me diga asesino, así que hicimos un trato.

—¿Y de dónde sacas tú que eres poca cosa? —se decidió Paula a preguntarle a Danielle, quien se limitó a desviar la vista —Tienes problemas mentales más serios que los de mi tío el terrorista.

—¡Eh, pobre Danielle! No la compares con ese sádico genocida —rogó Hally, acercándose a la rubia Malfoy para rodearla con los brazos.

—¿Sádico genocida? ¿Has estado con una novela muggle de policías otra vez? —se quejó Rose, que sabía lo que a veces se le ocurría leer a su amiga para pasar el tiempo.

—Nada de eso. Pero Danielle no es como el pariente de nuestra amiga.

—Buen punto. ¡Válgame! Nadie siguió mi apuesta del arete, ¡hubiera ganado dos galeones!

Eso consiguió arrancarles risas a todos y se olvidaron por completo de lo demás.

Por suerte, Henry no lo olvidó. Solamente consideró que era mejor postergar el interrogatorio.


1 de septiembre de 2020.

Norte de Escocia.

Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

El banquete se desarrolló con normalidad, tras concluir una Ceremonia de Selección que fue tan larga como la del curso anterior, con tanto pequeño extranjero que había llegado.

Paula estalló en aplausos cuando a Klaus, Wenzel, lo asignaron a Ravenclaw. Así podría estar al pendiente de él, como les había prometido a su madre y a su tío.

Sin embargo, después de alegrarse por su primo, tenía en la cabeza las mismas interrogantes que el resto de sus amigos, ¿cuándo fue que a Thomas terminó gustándole Danielle, que ni cuenta se habían dado? ¿Y por qué ella le correspondía con tanta facilidad, cuando se la pasó rechazando a Blow desde hacía casi dos años?

Se habían enterado al separarse los chicos y las chicas, con motivo de usar el compartimiento por turnos y ponerse las túnicas. Por razones que ninguno de los dos explicó, dieron la noticia entonces, y todos habían reaccionado más o menos igual, con escepticismo.

Es que a primera vista, Thomas y Danielle no encajaban.

A ninguno de los dos parecía disgustarle eso. Thomas había recuperado su humor habitual (incluso Walter argumentó que estaba más "insoportable"). Danielle, por su parte, se veía igual, a excepción de la serenidad con la que se movía ahora, que añadida a su distinción natural, causaba el inesperado efecto de chicos por doquier girándose a mirarla.

Y quedaba, claro, la curiosidad sobre lo que Henry había dicho percibir.

Por cierto, en la mesa de Gryffindor, el pobre castaño hacía verdaderos esfuerzos por no caer desmayado. El impacto de las emociones de Danielle y Thomas lo había dejado con su autocontrol dañado, así que sentía demasiado bien lo mismo que las personas que lo rodeaban. Pretendió recobrarse de eso, pero no lo estaba consiguiendo. No ayudaba que sus amigos, sentados junto a él, le enviaran sus punzadas de preocupación.

—¿Y qué fue? —inquirió Rose de pronto, cuando terminaba con su pastel de carne y riñones.

—¿Qué fue qué? —espetó Henry, llevándose a la boca una cucharada de estofado.

—Lo que hicieron los nuevos tórtolos para dejarte peor que si te hubieras caído de la escoba.

El castaño meneó la cabeza. Era algo personal de sus amigos, no iba a divulgarlo así nada más.

—Algún día lo vivirás, Rose. Y solo entonces te lo diré.

—Eres un aguafiestas. Pásame el pan y come, que si no, te sentirás peor.

Henry parpadeó, confuso. También de Rose percibía preocupación, pero había otra cosa que no lograba distinguir. Inconscientemente, se concentró en eso, queriendo saber de qué se trataba, y casi sin darse cuenta, era lo único que percibía con su Legado después de un rato: una emoción sin nombre, tibia, lejana. Era como el aleteo de un pájaro en su interior que no podía quedarse quieto.

—¿Qué es eso? —inquirió, sin darse cuenta que había hablado en voz alta.

—¿Qué es qué? —soltó Rose a su vez, dejando los cubiertos a un lado.

Su amigo quiso explicarse, pero se detuvo. No sabía cómo se tomaría Rose que estuviera inspeccionando sus sentimientos por simple curiosidad.

—¿Sabes? Deberías relajarte de vez en cuando —aconsejó la pelirroja inesperadamente, en cuanto aparecieron los postres y ella eligió el pastel de chocolate y nueces —Suele pasar, ¿no? Que entre menos atención le pongas a algo, más se acomoda en su lugar.

—A veces asustas, Rose —intervino Hally, sonriendo a medias y sirviéndose tarta de manzana —Me recuerdas a tu madre.

—Sí, ¿quién diría que puedes ponerte tan reflexiva? —secundó Procyon, con un gesto de mano que daba a entender que no quería ofenderla.

—Cállense los dos, son insoportables cuando se unen en contra de alguien.

Hally y Procyon soltaron la carcajada, lo cual aprovechó Henry para desconectarse de ellos. Ya no sentían tanta ansiedad por él y era un alivio. De forma inesperada, el consejo de Rose le sirvió y poco a poco, dejó de prestarle atención a la mescolanza de emociones que se le venían encima.

—Parece que Henry está un poco mejor —observó Amy en la mesa de Hufflepuff, sentada a la izquierda de Bryan.

—Me alegra. No se veía muy bien. ¿Decías algo de Danielle y Thomas?

—Sí, que no me lo esperaba. Aunque…

—¿Qué?

Amy frunció el ceño, ligeramente absorta

—Ahora que me pongo a pensarlo, Thomas siempre pareció preocuparse de más por Danielle. Quizá en ese entonces no se había dado cuenta de que le gustaba, pero ya sentía algo, ¿no?

—Eso creo. Nada más hay que recordar cómo se puso en la tercera prueba, al salir del lago y no hallarla por ninguna parte.

Amy asintió en silencio, dándole la razón.

—Ustedes dos asustan.

La declaración de Sunny en la mesa de Slytherin le granjeó una airada mirada de Danielle, así como una risotada de Thomas.

—Cuando te pase a ti, no dirás lo mismo, amiga mía —aseguró el pelirrojo anaranjado.

—¡No invoques ese tipo de cosas! Ya me imagino la escena cuando llegue a presentar un novio —Sunny movió la cabeza de un lado a otro, hizo un mohín y habló, intentando sonar despectiva —"¿Qué significa esto, señorita Wilson? ¿Va a salir con el primer idiota que se lo pida?" —Thomas y Walter rieron con la cómica imitación de Snape, pero lo hicieron aún más cuando la castaña pasó a simular la posible reacción de su hermano mayor —"Sunny, ten cuidado. Hay mucho idiota suelto. Si el imbécil te hace llorar, dímelo. Entre Gina y yo te vengaremos".

—¿Los dos son así de sobreprotectores? —se extrañó Danielle, quien en el último segundo, se había unido a las risas.

—Sí, aunque no lo parezca. Pero prefiero a Will. Por lo menos él esperaría a que el novio me hiciera algo antes de amenazarlo con un montón de maleficios.

Walter rió otra vez, pero Thomas apenas lo secundó. Se había dado cuenta que Danielle, pese a disfrutar la perorata de Sunny, tenía tristeza en los ojos. Ya la había notado en otras ocasiones, preguntándose a qué se debería, pero después de esa tarde en el tren, creyó saberlo.

Danielle nunca había tenido ese tipo de vivencias con sus padres. Quizá ahora, con su hermano, recuperara algunas, pero bien sabía que no era lo mismo.

Estiró una mano por debajo de la mesa y casi la había colocado sobre la de Danielle que tenía más cerca cuando se arrepintió. Ella se disgustaría si hacía eso, pensaría que le tenía lástima. Podía sorprenderlo lo orgullosa que se ponía con ciertos asuntos, así que…

Lo tomó por sorpresa que Danielle le tomara la mano antes que la alejara demasiado. Cuando la miró, la encontró con la mirada al frente, sonriendo ante los diálogos de Sunny y de Walter asegurando que su hermana Gwen era como una madre paranoica con él. Sin embargo, le temblaba la mano, como si necesitara aferrar la de él para no ponerse a llorar.

Sí, Danielle Malfoy podía ser orgullosa para algunas cosas, pero no era como su padre.

—Por cierto, Procyon convenció a su elfo de hacerte esto —Sunny le acercó a Thomas una tarta de limón cubierta de crema batida y chocolate rallado —Feliz cumpleaños.

—¿Eso es todo lo que pudo darme ese pulgoso? Ya me las pagará —bromeó el pelirrojo, riendo, pues en realidad, Procyon le había regalado un surtido de libros bastante interesante cuando seguían en el tren —¿Gustan?

—Por supuesto. Y creo que ahora sé por qué Danielle insistió en que fuera de este sabor.

Thomas se giró hacia la mencionada rubia, que fingía desdén para ocultar su vergüenza al ser descubierta. Le dedicó una sonrisa radiante y un apretón de manos, antes de soltarla para partir el postre y servirles a sus amigos.

—¡Deja, deja, yo lo hago! —Sunny le arrebató el cuchillo.

—¡Drusie, bonita! ¿Tus amigos y tú quieren tarta?

La prima de Hally, que cuchicheaba con Hong Lian Xin y un niño de tez aceitunada, alzó la cabeza con toda la rapidez que podía y asintió repetidamente, con las mejillas rojas.

Ante eso, Danielle frunció el ceño, para después reprenderse por pensar tonterías.

Claro, se enteraría que no eran tonterías más pronto de lo que creía.


Ya era casi medianoche cuando Danielle, sentada a una de las recargadas butacas de la desierta sala común de Slytherin, terminó una carta para su hermano. Sentía que le debía informar lo que había pasado ese día. No podía imaginar qué contestaría, pero esperaba que no resultara un celoso sobreprotector, como el hermano de Sunny.

Negó con la cabeza. Patrick no era así, al menos la mayoría del tiempo. Aunque le costara trabajo, le daba su espacio. Más cuando Frida lo convencía de ser un poquito menos estricto.

Suspiró al doblar la carta con sumo cuidado. Al día siguiente debía levantarse temprano, pero no tenía sueño. No podía dejar de recordar lo vivido en el tren con Thomas, entre dichosa y afligida, antes que determinada imagen se repitiera en su cabeza docenas de veces.

Habían charlado más en casi media hora que en todo el tiempo que tenían de ser amigos. Para su sorpresa, el chico le contó cosas que quizá a otros le sonarían triviales, pero para él eran valiosas, porque revelaban lo que verdaderamente le importaba: sus padres, sus hermanos, su vida cotidiana en casa… Y ella. No dejaba de pronunciar su nombre, alegando que la recordaba hasta cuando comía en el estudio de grabación de sus padres, imaginando su cara al probar una pizza.

Además, no entendía cómo podía seguir sonriendo con los recuerdos funestos que de vez en cuando lo asaltaban. El peor, la muerte de su amigo, era uno que se esforzaba por alejar a menudo; sin embargo, había muchos más, casi todos relacionados con el hecho de haber resultado mago: las caras asustadas de sus padres cuando les informaron lo que era, sus hermanos dejando sus vidas de lado para que se sintiera normal, sus vanos esfuerzos por averiguar sobre sí mismo en los libros sin sacar nada, los niños alejándose de él por los sucesos extraños a su alrededor… Su vida había sido buena hasta que su magia surgió. Después de oírlo, Danielle creyó que la magia le arrebató la normalidad que lo habría hecho feliz.

Se lo insinuó en el tren, de hecho, formulando una sencilla pregunta antes de pararse a pensarla, ¿no habría sido mejor para él si no hubiera nacido mago? Thomas se escandalizó ante la idea.

—De no ser mago, ¿cómo se las arreglarían ustedes sin mí?

En los ojos del muchacho podía verse lo que significaban esas palabras: le gustaba la magia. Sentía que encajaba en él con tanta naturalidad como la pieza de un impresionante rompecabezas. ¿Quién era ella para convencerlo de lo contrario?

Más porque ahora no imaginaba su vida si Thomas no existiera en el mundo mágico.

—¿Todavía despierta?

Dio un respingo al girar la cabeza y hallarse con que el chico en que el había estado pensando, con una pijama azul marino y pantuflas, la veía con el ceño fruncido.

—Acababa una carta para Pat y se me fue el tiempo —se explicó Danielle, encogiéndose de hombros y señalando el sobre de pergamino sellado —Espero poder mandarla mañana.

—Si no te vas a la cama, te pesará. En serio, es un fastidio hacer las cosas con prisa.

—¿Como tú en tus peores días?

—Exacto.

Los dos sonrieron, antes que Thomas ocupara la butaca a la izquierda de la chica y la mirara por un instante antes de hacer una mueca.

—Siento que hice algo malo —musitó él de pronto, con un amago de sonrisa.

—¿Y por qué?

—Nada del otro mundo. Cuando nos íbamos a dormir, escuchamos a Zabini y a Nott diciendo estupideces. Así que Walter los distrajo y yo les escondí gran parte del contenido de sus baúles. No hallarán sus libros sino hasta mañana. O quizá pasado mañana, si son tan idiotas como parecen.

—¿Se puede saber qué estaban diciendo para que…?

Thomas se encogió en su butaca, por lo que Danielle intuyó la respuesta a su pregunta.

—Hablaban de mí, ¿verdad? —el muchacho la miró con ojos muy abiertos —No me extraña. Mi padre y los suyos eran amigos, así que deben pensar que soy una traidora a la sangre por no codearme con ellos. ¡Como si me importara! Tarde o temprano, no seré yo quien sufra unas cuantas maldiciones por ser estúpida.

—No creen que seas estúpida, sino que nosotros somos mala influencia para ti.

Danielle desdeñó esa idea con un grácil movimiento de mano.

—Les hago caso a mis amigos, sí, pero no soy una muñeca a la que puedan manejar.

—Buen punto.

—¿Y tú por qué estás despierto?

Al verlo desviar los ojos e inclinar la cabeza, la rubia tuvo un presentimiento.

—¿Otra vez? —inquirió en un susurro.

Thomas se limitó a asentir.

—Pensé en leer un poco hasta que me diera sueño otra vez.

—Espera —Danielle se puso de pie, lo tomó de una mano y se lo llevó a uno de los sofás más largos y cómodos de la sala común, que normalmente no podía aprovechar porque se lo adueñaban los alumnos mayores durante el día.

Hizo que se sentara junto a ella y luego consiguió que apoyara la cabeza en su hombro, rodeándolo con sus delgados brazos al tiempo que con una mano, acariciaba su cabello.

—Da sueño, ¿verdad? —musitó la rubia con delicadeza —En casa Pat lo hace con los niños, sobre todo con Lance. Lo carga, se sienta en la mecedora con él y en un abrir y cerrar de ojos, lo tiene dormido. Una vez incluso Pat se durmió, Frida tomó una foto, se ve genial.

—No quiero quedarme dormido encima de ti.

—A mí no me importa.

—A mí sí. No te preocupes, siempre se me pasa pronto.

—Thomas…

El aludido rodó los ojos con resignación. Hacía un tiempo, Procyon le confesó que él y Danielle estaban emparentados y que por eso podían ponerse igualmente pesados a la hora de preocuparse por los demás. No lo había creído hasta ese día.

—No podemos dormirnos aquí, Danielle —le advirtió —¡Sería incomodísimo!

—Thomas…

—De acuerdo, de acuerdo. A dormir, ¡pero los dos! —demandó él, enderezándose y copiando la solemnidad con que la profesora McGonagall daba los anuncios en el banquete de bienvenida —No queremos que la noble casa de Slytherin se avergüence de un par de insomnes descarriados.

—En serio, ¿de dónde sacas esas frases?

—Ya ves, tener padres actores y leer como loco deja algo bueno.

—Thomas…

—¿Sí?

—Ah… quiero… lo del tren… otra vez…

Él quedó pasmado ante eso, parpadeando tan velozmente que fue un milagro que no empezara a ver todo borroso.

—No tenemos que hacerlo ahora, ¿sabes? —aseguró.

—Pero… Sé que eso… te haría feliz.

—¿De qué hablas? Aceptaste salir conmigo. Eso ya me hace feliz.

—Lo sé, pero…

Como ella comenzó a mover los dedos nerviosamente, Thomas se preguntó si no habría algo más detrás de eso. Inhaló profundamente.

—En el tren te asusté, Danielle. Y no me agradó nada.

—¡No es cierto! —exclamó ella de repente, con la voz más baja que pudo —Me puse nerviosa, nada más. Y estaba tan feliz que no sé… Creí que no debía pedir más.

—¿Pedir más?

Ella asintió con la cabeza, con la vista fija en sus temblorosas manos. Thomas se apoderó de estas con suavidad, observando los dedos de la jovencita como si fueran dignos de ser recordados. A continuación, sonrió débilmente, con desgano, creyendo saber qué estaba sucediendo.

—Yo no soy tu padre, Danielle. Si quieres algo de mí, pídemelo. No me importa. Procuraré no hacerte daño, te lo prometo.

—Thomas, deja de decir tonterías. Inténtalo ahora. Por favor.

Él suspiró, claramente deseoso de llevar la conversación a otro lado. Sin embargo, no creyó que Danielle se lo permitiera, así que tomó aire, apretó las manos de ella y se inclinó hacia adelante.

La chica, sin querer, cerró los ojos con fuerza y se encogió en su sitio, para ordenarse con el pensamiento, al segundo siguiente, que se lo tomara con calma. ¿Por qué se ponía así, si ella misma lo había pedido? No tenía sentido. Lo que sí resultó entendible fue sentir que algo se apoyaba en su frente, antes de oír los susurros de su acompañante, hechos en un tono que rayaba en lo dulce.

—¿Lo ves? Te asustaste. Déjalo para otro día, ¿sí? No me importa.

—Sí te importa, lo sé. Por favor, inténtalo de nuevo. Por favor.

—Danielle, cálmate…

—¡Lo haré bien, lo prometo! ¡Por favor…!

Thomas la abrazó, pasando una mano por la rubia cabeza de la jovencita. Detestaba eso, algo que según él, pocos podían siquiera imaginar en Danielle, porque no pasaba con frecuencia.

Se desesperaba tanto por ser aceptada que se forzaba a sí misma a complacer a quienes amaba.

No creyó que ella lo recordara, pero se sentó a su lado en cuanto la seleccionaron y él alcanzó a oír lo que le comentó a Sunny, que el Sombrero Seleccionador estuvo a punto de mandarla a Hufflepuff. Al principio, creyó que se había ofendido con semejante idea, puesto que el viaje en tren fue suficiente para enterarse de la fama que tenían los Malfoy. Sin embargo, en cuanto se enteró que una de las amigas de la chica estaba en Hufflepuff, no le halló sentido.

No hasta que la observó mejor y notó cuánto luchaba por ser de las mejores, pese al velado desdén que recibía del resto de su casa por las amistades que cultivaba.

Además, la descubrió un par de veces mirando el correo matutino con ilusión, para luego ver con cierta desolación a aquellos que recibían cartas de casa.

—Sé que lo harás bien —le murmuró al oído con toda la paciencia del mundo —Algún día, ya verás. Ya te lo dije: aceptaste salir conmigo y eso ya me hace feliz. No necesito más.

Danielle se encogió otro poco, intentando negar aquello. Quería que Thomas la entendiera.

—Yo lo necesito —musitó, con voz ahogada —Es que… no termino de creérmelo.

—¡No es cierto! ¿Cómo puedes decir que Ryo y yo somos patéticos cuando tú piensas así?

Antes que Danielle pudiera asimilar esa pregunta e incluso la pequeña risa que oyó, se quedó muy quieta y sintiendo un contacto suave junto con un torbellino de sensaciones que la hacían imaginarse, aunque fuera vagamente, lo que ocasionó los malestares de Henry horas antes.

Thomas había intentado besarla de nuevo.

Y esta vez, lo había conseguido.


26 de julio de 2011. 8:20 P.M. (Hora de Aguascalientes, Ags. México).

¡Hola, hola, mis queridos lectores y lectoras! Oh, sí, por la fecha del renglón anterior, no podrán creerlo. Pero me salió la inspiración y logré concretar otro capítulo aún estando en periodo de cierre en el trabajo (créanme, no querrán saber qué es eso). Aunque no tengo la menor idea de dónde salió todo lo que acaban de leer, porque repito: trato de no hacer los capítulos menos raros y me sale todavía peor…

A ver, la llegada al andén nueve y tres cuartos. Si no mal recuerdo, es la primera vez que muestro eso desde la perspectiva de algunos de los chicos de la Orden del Rayo. Si no me creen, regrésense a Lsg (La siguiente generación), a ET3P (El Torneo de las Tres Partes) y a PGMM (Primera Guerra Mundial Mágica). Ya los asusté, ¿verdad? Lo sé, quién me manda escribir tanto…

Thomas y sus hermanos son lo máximo, me agradan por alegres y unidos. Se nota que los trillizos están orgullosos de su hermanito y viceversa. Gwen, por otra parte, se pone nerviosa con la magia no porque la odie, es que se desacostumbró a ella desde que su madrastra murió. No piensen mal de Gwen, ¿sale?

Lo del tren, ¡oh, sí, lo del tren! Creo que alteré un poco a Danielle con los eventos del capi pasado. Si no, ¿de dónde sacó que una bofetada calmaría a Thomas? Ya no digamos exigirle explicaciones a punta de varita. Claro, ella no esperaba que todo eso se conviertiera en una declaración propiamente dicha, ¿pero cuándo son las cosas como una las espera? Casi nunca, se los aseguro.

Y no sé quién me había dicho que "no esperaba que Thomas cayera enamorado de Danielle" (o algo así). El punto es que sí, acertó, y considerando la personalidad de este chico, habrá quienes piensen que él y Danielle, a simple vista, no encajan. Quizá tengan razón, al menos al principio. Pero lean bien lo mucho o poco que se ha ido revelando de cada uno y verán que se parecen más de lo que creen.

Por cierto, ¿de verdad alguien creyó que Thomas y Danielle se habían besado en el tren? Esa era mi intención, lo juro, pero para mi mente truculenta ese evento no terminaba de convencerme, así que lo postergué. Quizá a algunos no les guste que lo deje así, pero no será lo último que sepan del asunto.

En fin, ¿creerán que comencé y terminé el capi sin un título? No, es que en serio, las ideas fluyeron como el agua y mejor dejé el título para después, a ver qué me salía. Al final, decidí que esa frase describía la esencia de todo lo relatado y lo dejé así.

Para La Justicia, obviamente, no ha llegado un candidato. Mientras tanto, me he estado documentando aún más sobre las barajas de tarot y bueno, ¿qué sería de una baraja sin sus cuatro palos? Ya saben: copas, bastos, oros y espadas. En la baraja inglesa, serían, respectivamente, corazones, tréboles, diamantes y picas. Próximamente comentaré más al respecto, para quien guste participar.

De momento es todo. Cuídense mucho, no se derritan (los del hemisferio norte), no se congelen (los del hemisferio sur) y nos leemos pronto.