Capitulo 7
Al final de la semana "The Red Rose" ya era todo un éxito. La compañía llenó el teatro en cada actuación y, por las críticas, Rosalie sabía que aquella obra marcaba un punto de inflexión en su carrera. Concedió muchas entrevistas y se centró en promocionar el ballet, la compañía y a ella misma. Era muy fácil concentrarse en el trabajo y en el éxito. Lo que no era tan simple era reprimir sus sentimientos cuando bailaba con Emmett noche tras noche.
Ella intentó convencerse de que aquellos eran los sentimientos de Carlota, y que si le afectaban era porque se sentía identificada con el personaje. Pero enamorarse de McCarty era imposible.
El genial bailarín estaba dedicado en cuerpo y alma al ballet, al igual que ella, y solo le interesaban las relaciones pasajeras. Era exigente, egoísta y muy poco razonable, y a ella la veía como a una romántica ingenua y estúpida. No eran precisamente las cualidades que Rosalie buscaba en un amante y, viendo el ejemplo de sus propios padres y de Alice y Jasper, no estaba dispuesta a conformarse con menos.
Tenía que recordárselo a sí misma después de cada actuación, cuando el corazón le latía desbocado y la necesidad de estar con él la abrasaba por dentro. Y tenía que recordárselo cada noche en la cama, cuando era incapaz de dormir.
Tan solo se veían en el escenario, así que, cuando se encontraban cara a cara, la tentación era tan fuerte como la de los personajes que interpretaban. Y siempre que Rosalie se perdía en la identidad de Carlota repasaba con la mente los defectos de Emmett. Ella tenía muchos objetivos que cumplir, tanto en el terreno profesional como en el personal, y él solo podía suponer un estorbo.
Se consideraba una persona independiente, capaz de valerse por sí misma. En eso la había convertido una vida errante sin hogar establecido y sin una infancia normal. No había tenido amistades duraderas en su niñez y se había obligado a no encariñarse con las casas que sus padres alquilaban. El apartamento de Nueva York había sido el primer lugar donde se permitió echar raíces y establecer un vínculo emocional. Era suyo, pagado con su dinero y amueblado como ella quería. En el año que llevaba viviendo allí, había descubierto que no necesitaba a nadie. Tenía una gran confianza como mujer y bailarina, y la irritaba que Emmett fuera la única persona capaz de hacerle olvidar aquel respeto y seguridad.
En el escenario podía desafiarla o intimidarla con unas pocas palabras o con una simple expresión. Y Rosalie era consciente de la confusión que provocaba en ella como mujer.
Durante años, su única pasión había sido el baile. Los hombres con los que había salido no habían pasado de ser meros amigos. Emmett había sido el premier danseur, un profesor y su pareja en el escenario. Era muy extraño que sus sentimientos por él se hubieran intensificado con tanta rapidez.
Tal vez fuera más sencillo enamorarse de un desconocido que pasar por la vergüenza de sentirse atraída por un hombre con el que llevaba años trabajando. No había forma de librarse del contacto diario.
Si tan solo se hubiera tratado de atracción física, hubiera podido manejar bien la situación. Pero era muy difícil con tantos sentimientos implicados. Lo que sentía por Emmett era muy fuerte y complejo. Lo admiraba y respetaba sin reservas... al menos en el aspecto profesional. En el terreno personal, Rosalie sabía que Emmett podría arrollarla y devorarla si quisiera. No quería ser la víctima. El amor significaba dependencia, y la dependencia implicaba una pérdida del control.
—¿Estás muy lejos de aquí?
Rosalie dio un respingo y se giró. En la puerta de su camerino estaba Francie.
—Oh, a miles de kilómetros —reconoció—. Vamos, entra y siéntate.
—Parece que has estado muy metida en tus pensamientos —dijo su amiga.
—Mm... —Rosalie empezó a peinarse el cabello hacia atrás—. El miércoles es el peor día. Solo de pensar en que tengo que actuar dos veces, hace que me entren calambres en los pies.
—Salir siete veces a escena para saludar no es algo que se pueda despreciar —dijo Francie sentándose en una silla—. El pobre Emmett está en otra entrevista. Creo que con un reportero de New Trenas.
Rosalie soltó una carcajada y se ató el pelo con una cinta.
—Estará encantador y su acento será cada vez más incomprensible.
—Spasiba, «gracias» —dijo Francie—. Es una de las pocas palabras en ruso que entiendo.
—¿Dónde las has aprendido?
—Oh, hace un par de años aprendí unas cuantas lecciones de ruso. Fue cuando pensé que podría seducir a Emmett — sonrió y sacó un paquete de chicles del bolsillo—. No sirvió de nada. No hacía más que reírse y darme palmaditas en la cabeza. Se me llenó el cerebro de música de violines y de pasión salvaje —se encogió de hombros y suspiró—. Él siempre está ocupado... Ya me entiendes.
—Sí —respondió Rosalie mirándola con interés—. Nunca supe que estabas... interesada en Emmett.
—Cariño, ¿qué mujer mayor de doce años podría no estarlo? Y todos conocen bien mi historial —rió y estiró los brazos hacia arriba—. Me gustan los hombres, no puedo negarlo. Acabo de terminar mi relación con el dermatólogo.
—Oh, lo siento.
—No lo sientas. Nos hemos divertido mucho. Ahora estoy pensando en empezar otra con ese actor al que conocí la semana pasada. Hace de Price Reynolds en A New Breed —Rosalie la miró sin comprender—. Ya sabes... el culebrón.
—Ah, ya —repuso con una sonrisa.
—Es alto, de anchas espaldas y unos ojos negros como el azabache. Puede que sea el definitivo.
—¿Cómo lo sabes? ¿Qué te hace pensar eso?
—El sudor de mis manos —se echó a reír al ver la cara de Rosalie—. Es verdad, te lo digo en serio. Siempre funciona, aunque no serviría para ti.
Francie dejó de sonreír y se inclinó hacia delante con expresión seria.
—Para ti no bastaría pensar que un hombre puede ser el definitivo. Tendrías que saberlo. Este año me he enamorado en dos ocasiones. El año pasado en cuatro o cinco. ¿Cuántas veces has estado tú enamorada?
—Yo... —se dio cuenta de que nunca lo había estado.
—No tiene por qué ser un drama —dijo ella, levantándose de la silla con un movimiento tan exuberante como los que mostraba en el escenario—. Nunca has estado enamorada porque para ti solo tiene un significado. Lo sabrás cuando suceda — puso una mano en el hombro de Rosalie—. Así será. No eres insegura como yo. Sabes lo que quieres y lo que necesitas, y no estás dispuesta a conformarte con menos.
—¿Insegura? —Rosalie sonrió a su amiga—. Nunca me hubiera imaginado que tú fueras insegura.
—Necesito a alguien que me diga que soy guapa, lista, encantadora... Tú no necesitas eso —dio un suspiro—. Cuando estábamos en el cuerpo de baile, tú sabías que no ibas a quedarte allí. Nunca has dudado de nada —le dedicó otra sonrisa—. Si encuentras a un hombre que signifique tanto para ti como la danza, lo tendrás todo.
—Pero ese hombre tendría que sentir lo mismo que yo.
—Eso forma parte del riesgo. Es como apretar los músculos cuando bailas. Duele una barbaridad, pero no puedes dejar de bailar.
—Eres única para las comparaciones.
—Solo puedo filosofar con el estómago vacío —respondió Francie—. ¿Te apetece almorzar?
—No puedo. He quedado con Royce —Rosalie recogió el reloj del tocador—. Y ya llego tarde.
—Que te diviertas —su amiga se dirigió hacia la puerta—. George vendrá a buscarme esta noche después de la actuación. Puedes aprovechar para echarle un vistazo.
—¿George?
— George Middemeyer —Francie le sonrió por encima del hombro—. El doctor Price Reynolds. Es un neurocirujano con un matrimonio fallido y una amante que puede estar embarazada. Mañana emiten otro capítulo.
Diciendo aquello se marchó. Rosalie se echó a reír y agarró el bolso.
El local donde había quedado con Royce estaba a dos manzanas de distancia.
Ella fue corriendo por la calle, consciente de que llegaba diez minutos tarde y de que el diseñador solía ser muy puntual.
El olor a carne de vaca y embutido la recibió nada más abrir la puerta. El local estaba casi vacío, ya que la hora del almuerzo había pasado. Solo había dos viejos que jugaban a las damas en una mesa apartada.
Rosalie vio a Royce fumando en una silla. Se acercó a él con aire desenvuelto.
—Lo siento, Royce. Ya sé que llego tarde —le dio un rápido beso antes de sentarse—. ¿Has pedido ya?
—No —dijo él apagando el cigarrillo—. Te estaba esperando.
Ella arqueó una ceja. Había algo más detrás de aquellas palabras. Pero, conociendo a Royce, era mejor esperar a que lo dijera cuando lo estimase oportuno.
—¿Qué van a tomar? —les preguntó el encargado, un hombre regordete con un delantal.
—Ensalada de fruta y té, por favor — dijo Rosalie con una sonrisa.
—Pescado blanco y café —pidió Royce sin mirarlo. El hombre soltó un pequeño resoplido antes de alejarse. Rosalie sonrió al verlo marchar.
—¿Alguna vez has venido a este sitio a la hora de comer? —le preguntó a Royce—. Es una casa de locos. El hombre tiene a un joven ayudante para la hora punta, pero los dos se mueven al mismo paso. Adagio.
—Casi nunca almuerzo en sitios como este —respondió él.
Rosalie volvió a detectar sentimientos ocultos, pero no dijo nada.
—No tengo tiempo para nada más, Royce. Aunque supongo que tú tampoco, con el pase de moda y la recepción de esta noche —colgó el bolso en el respaldo de la silla y apoyó los codos en la mesa—. ¿Va todo bien?
—Eso parece. Algún que otro jaleo de última hora, como es natural. Desacuerdos entre las costureras... —se encogió de hombros—. Lo de siempre.
—Pero este pase es muy importante, ¿verdad?
—Sí, muy importante —la miró directamente a los ojos—. Por eso quiero que estés allí conmigo.
Rosalie le mantuvo la mirada, pero guardó silencio mientras les servían la comida. Agarró el tenedor, pero no tocó la ensalada.
—Sabes que no puedo, Royce. Ya hemos hablado de eso.
Él vertió una generosa cantidad de azúcar en el café.
—Sé que tienes una suplente. No significaría mucho perder una sola actuación.
—Las suplencias son para problemas graves. No puedo tomarme una noche libre solo porque quiera ir a una cita.
—Esto no es como ir al cine y a tomar pizza —replicó él.
—Lo sé, Royce —Rosalie tomó un sorbo de té—. Sabes que iría si pudiera.
—Yo no te defraudé la noche del estreno.
—Eso no es justo —dejó la taza en la mesa. Por la fría mirada de Royce, supo que ya había tomado una decisión—. Si hubieras tenido otros compromisos más importantes, no los habrías desatendido, ni yo hubiera esperado que lo hicieras.
—Nunca estás dispuesta a sacrificarte por mí ni por mi trabajo.
Rosalie pensó en las fiestas y ceremonias a las que ella había asistido por su insistencia.
—Te doy lo que puedo darte, Royce. Sabes cuáles son mis prioridades. Lo sabes desde que empezamos a salir.
Él dejó de remover el café y posó la cucharilla junto a la taza.
—No es suficiente —dijo con una voz tan fría, que a ella se le hizo un nudo en el estómago— Quiero que estés conmigo esta noche.
— ¿Es un ultimátum? —preguntó ella arqueando una ceja.
—Sí.
—Lo siento, Royce —dijo en voz baja, pero sin sentimiento de culpa—. No puedo.
—No quieres —replicó él.
—No importa de qué manera lo digas.
—En ese caso iré con Jane.
Rosalie lo miró. Su elección demostraba una cierta astucia. Ir con una competidora sería mucho más útil que ir acompañado de una bailarina.
—Últimamente he estado saliendo con ella —explicó él—. Como tú estabas tan ocupada...
—Entiendo —la respuesta de ella fue evasiva, pero las palabras de Royce le habían hecho daño.
—Estás completamente absorbida por tu trabajo. Parece que en tu vida no hay lugar para nada más que el ballet y te niegas a incluirme en ella. A mí y a cualquier otro hombre. Eres muy egoísta, Rosalie. Siempre con tus clases, ensayos y actuaciones. La danza es todo lo que tienes. Es todo lo que quieres.
Rosalie se sintió tan aturdida, que se dio la vuelta para agarrar su bolso; pero él la sujetó por el brazo
—No he terminado —le dijo, y la mantuvo con firmeza en la silla—. Te pasas horas frente a un espejo, y ¿qué ves? Un cuerpo esperando a que un coreógrafo le diga lo que tiene que hacer. ¿Cuántas veces te has movido por tu cuenta, Rosalie? ¿Cuántas veces haces algo que no esté programado por otra persona? ¿Qué harás cuando no puedas seguir bailando?
—Por favor —se mordió el labio con fuerza en un intento por no llorar, sin éxito—. Ya basta.
De repente, él pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo. Respiró profundamente y le soltó el brazo.
—Maldita sea, Rose. Lo siento. Yo...
—No —negó frenética con la cabeza y echó hacia atrás la silla—. No digas más —se levantó y salió corriendo por la puerta.
El cálido aire veraniego la golpeó como una ráfaga. Se quedó un momento mirando confusa a ambos lados de la calle, antes de dirigirse hacia la academia.
Pasó como una exhalación entre la marea de desconocidos. Las acusaciones de Royce se le habían clavado muy hondo.
¿Era solo una autómata? ¿Un cuerpo vacío esperando a que lo llenaran las órdenes de coreógrafos y compositores? ¿Era así como la veía el mundo exterior... como a la bailarina de una caja de música que daba vueltas sin parar hasta que cesaba la melodía?
Se preguntó cuánta verdad habría en las furiosas palabras de Royce. Irrumpió en el edificio de la academia y fue hasta su camerino.
Una vez dentro, cerró la puerta y se apoyó contra ella. Estaba temblando de pies a cabeza. Era como si los comentarios de Royce la hubieran deshumanizado. Se acercó con lentitud al espejo y encendió las luces. Con ojos escrutadores observó su rostro.
¿Podría la pasión por la danza haberla convertido en una persona egoísta y centrada en una única obsesión? ¿De verdad sería incapaz de albergar los sentimientos necesarios para establecer un compromiso con un hombre?
Rosalie presionó las manos contra las mejillas. La piel era lisa y suave, y la esencia de sus manos era femenina. Pero... ¿qué era ella? Podía ver el miedo en sus ojos. ¿Dónde acababa la bailarina y empezaba la mujer? Negó con la cabeza y se apartó de su reflejo.
Demasiados espejos, pensó. Había demasiados espejos en su vida y ya no estaba segura de lo que reflejaban. ¿Qué sería después de diez años, cuando llegara el crepúsculo de su carrera? ¿Serían los recuerdos y los recortes lo único que tendría?
Cerró los ojos y se esforzó por recuperar la calma. Quedaban tres horas hasta que levantaran el telón. No había tiempo para lamentaciones. Ya buscaría respuestas después de la obra.
Decidió que lo mejor era comer algo, ya que no había probado bocado en el local, y bajó a la cantina a por un té y una manzana. La familiaridad del sitio la ayudó a animarse. Por todas partes se oían quejas sobre músculos agarrotados, combinaciones imposibles, los enfados de Nadine y la fontanería del cuarto piso. Cuando ella volvió a su camerino ya había recuperado la compostura por completo.
— ¡Rosalie!
Miró por encima del hombro y giró el pomo.
—Hola, Leah —intentó mostrar algo de entusiasmo al ver a la elegante bailarina rubia.
—Las críticas han sido estupendas — dijo ella entrando en la habitación. Rosalie sabía demasiado bien que a aquella rubia le encantaba provocar problemas, pero ella ya había tenido su dosis completa para el día.
—Rosas para todo el ballet —dijo sentándose frente al tocador, mientras Leah se acomodaba en una silla—. Pero no creo que vayas a encontrar ahí ninguna crítica —bajó la mirada hasta el periódico sensacionalista que Leah llevaba en la mano.
— Nunca se sabe qué nombre puede aparecer en estas páginas —sonrió a Rosalie y empezó a pasar el dedo por las hojas—. Por ejemplo, ese amigo tuyo. Vamos a ver... ¿Dónde estaba? Ah, aquí está...Royce King—leyó—, el famoso diseñador de moda, ha sido visto recientemente en compañía de su más dura competidora, Jane Volterra. Por lo visto, su interés por la danza se ha acabado —Leah levantó la mirada y esbozó una pequeña sonrisa de consolación—. Los hombres son unos cerdos, ¿verdad?
—Verdad —dijo Rosalie luchando por mantener la calma.
—Y también es humillante que se deshagan de una por medio de la prensa.
Rosalie sintió que el calor se le subía a las mejillas.
—También se deshizo de mí en persona—dijo con toda la serenidad que pudo—. Así que poco importa.
—Era guapísimo —comentó Leah doblando el periódico—. Claro que ya llegará alguien más.
—¿No te he hablado del texano? —le preguntó Rosalie.
Se sorprendió a sí misma de decir aquello, pero la expresión de curiosidad de Leah era motivo suficiente para fingir un poco.
—¿El texano? ¿Qué texano?
—Oh, lo hemos mantenido en secreto—explicó ella—. No quiere que su nombre aparezca en la prensa hasta que arregle lo de su divorcio. Hay mucho dinero en juego, ¿sabes?, y no parece que su segunda esposa esté ayudando mucho —consiguió esbozar una sonrisa—. No te imaginas el acuerdo... Él le ofreció la finca en el sur de Italia, pero ella quiere su colección de arte. Es de los impresionistas franceses.
—Entiendo —dijo Leah entrecerrando los ojos—. Vaya, vaya... ¿no eras tú la más calladita?
—Como una esfinge.
—Tendrás que tener cuidado para que Emmett no se entere —la advirtió ella, y se pasó la punta de la lengua por el labio superior—. Ya sabes cuánto odia esa clase de publicidad. Especialmente ahora que está terminando de preparar ese programa especial para la televisión.
—¿Especial? —repitió Rosalie.
—¿No te has enterado?
Leah pareció complacida de nuevo.
—La compañía tendrá el papel protagonista y los bailarines serán el centro de atención. Yo interpretaré a Aurora, como es natural, seguramente la escena de la boda. Creo que Emmett tiene pensando interpretar un pas de deux de Le Corsaire y, por supuesto, uno de The Red Rose, aunque todavía no ha elegido a su pareja.
Hizo una pausa y sonrió.
—Estaremos dos horas en el aire, y Emmett está muy entusiasmado por llenarlas con lo mejor de lo mejor... Qué raro que no te haya dicho nada, pero tal vez piense que después de estas semanas tan agotadoras no estés en tu mejor momento de forma —se levantó para marcharse—. No te preocupes, cariño. Lo hará público dentro de unos días y seguro que te coloca en alguna parte —dejó el periódico sobre la silla—. Que bailes bien —dijo, y salió por la puerta, cerrándola con cuidado a su paso.
