Capítulo 7

Lestrade dejó caer los informes en el escritorio ante Sherlock, que se lanzó a ellos con avidez. Eran las seis y media de la mañana, y la ayudante del forense se había presentado apenas unos minutos antes con los resultados de los análisis complementarios que había hecho. Era una carrera contra reloj ahora que conocían la relación que unía a las víctimas y que, finalmente, Lestrade creía poder englobarlas en un mismo caso; tenían que encontrar la forma en que se estaban llevando a cabo los asesinatos, pues si las suposiciones eran correctas, aún tenían cinco víctimas potenciales.

Aquello había generado una discusión entre Lestrade y Sherlock, ya que éste último había argumentado que, poner sobre aviso a alguno de los individuos, era dar la señal de alarma y quizá perder la única oportunidad real con la que contaban de atrapar al responsable. Al cansancio y la falta de sueño se sumaba la incapacidad de seguir los razonamientos del muchacho, que conectaba referencias y detalles, y poco a poco había trazado un perfil perfectamente sostenible de un asesino casi imperceptible. Con los informes recién llegados, veía, por delante de él, horas de lidiar con su instinto de dejar a Sherlock recopilar información contra el sentido común que le decía que estaba poniéndose en evidencia ante el departamento. Varios de sus agentes habían pasado por su oficina, y todos ellos habían mirado con desconfianza a un Sherlock mal vestido, poco aseado y a todas luces en un estado de excitación poco natural.

- ¡Esto es brillante! – Lestrade se volvió a mirar a Sherlock, que tenía abiertos los tres informes y comparaba la información.

- ¿Qué has encontrado?

- Tetradotoxina. No sólo los mata, los deja conscientes hasta que mueren paralizados. Necesito examinar los cuerpos, ver las videncias que deja la toxina para catalogarlas, sobre todo, los efectos en los tejidos blandos… ¡oh! y en el córtex… si pudiera tener una muestra del cerebro… cómo influye la neurotoxina y su rastro…

- ¡Sherlock! ¿Se puede saber que estas farfullando?

- Datos, es una oportunidad de recoger datos de tejidos y crear un catálogo de referencia….

- ¡Basta! – Lestrade frunció el ceño, enderezándose ante él - ¿A qué demonios te crees que estás jugando? Estas hablando de personas como si fueran ratas de laboratorio. Te he permitido ver esos informes en contra de todo lo razonable, así que habla con respeto de los muertos o cállate.

Sherlock apretó los labios, intentando mantener una actitud desafiante, pero, el temblor de sus manos y el constante movimiento de sus ojos, le restaban mucho a su pose.

- ¿Y ahora qué? – preguntó, al fin, recuperando la atención de Lestrade.

- En unas horas tengo que acusarte o soltarte.

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Sally Donovan apartó la mirada de la cristalera que aislaba la oficina del Detective Inspector bajo cuyo mando había sido asignada. Llevaba semanas esperando que Lestrade solicitase oficialmente el cambio a su equipo, y aunque estaba contenta de que por fin la hubiesen asignado, porque respetaba y admiraba la trayectoria del que ahora era su jefe, en los últimos dos días había una nota discordante. Se trataba de aquel drogadicto que parecía haber absorbido a Lestrade; había estado pegado a él los dos últimos días, y ella sabía que todo la información que había caído en manos del D.I., había acabado tambien en las de aquel hombre.

- Da que pensar, ¿verdad?

Se sobresaltó al escuchar junto a ella la voz de Davis, quién, con su mirada, seguía la misma dirección que minutos antes había mantenido ella.

- ¿A qué se refiere, señor? – preguntó, intrigada de que un oficial de otro departamento estuviese allí sin motivo aparente.

- A Lestrade con ese Shezza. El tipo tiene fama de ser insufrible en los ambientes en los que se mueve, aunque tiene gente importante que le cuida las espaldas. Cuando hace tiempo lo tanteé para ser confidente, me rechazó porque yo no le gustaba; me enteré, entonces, de que algunos de sus amigos dirigen sitios y operaciones importantes poco legales. Aparece y desaparece sin que se le pueda localizar en una dirección, y siempre metido en algún lio sin que le pase factura. Sin embargo, con Greg, parecen llevarse bien… en fin – Davis le sonrió, ensenando los dientes -, espero que Lestrade sea inteligente y mantenga los asuntos de bragueta fuera del trabajo, ya sabes. Todos tenemos crisis a esa edad, y nadie lo culpa por buscar un poco de consuelo lejos de esa mujer suya que lo tiene desquiciado, pero no es conveniente traer el entretenimiento a la oficina, sobre todo cuando no puede ocultar sus aficiones – y se tocó la nariz con el índice, algo innecesario ya que Donovan también tenía ojos.

Sally volvió a dirigir la mirada a la oficina, donde las persianas oscurecían el interior sin que se pudiese ver qué pasaba allí. Davis se alejó, sabiendo que había reforzado la desconfianza patente de la agente sobre aquel individuo. Con fastidio, se dirigió a su mesa, dispuesta a saber quién era ese Shezza y porqué Lestrade parecía estar absorto con él.

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Lestrade se aseguró que todo el departamento se enterase de que iba a soltar a Sherlock. Ya había tenido con él un intercambio de opinión un tanto duro cuando se lo notificó, pero, después de haberle dado muchas vueltas, era lo mejor que podía hacer en ese momento. Necesitaba darse un poco de espacio y, sobre todo, tiempo para él mismo, para reordenar sus pensamientos y tener contacto con la vida real de la que llevaba desconectado por casi dos días. Estaba seguro de que no pasaría mucho tiempo antes de tenerlo de nuevo pegado a sus talones.

Escogió a tres agentes, entre ellos Sally Donovan, a los que dio los datos de las victimas potenciales, pidiéndoles sólo que concertaran una cita para el día siguiente en sus domicilios o lugares de trabajo, para no alertar si alguna de ellas estaba siendo vigilada. Él contaba con la ventana de tiempo entre las muertes para atar los cabos y presentar un caso que le permitiese montar una operación.

Cuando hizo salir a Sherlock, éste lo hizo murmurando insultos apenas audibles, dirigidos a la incapacidad de todo el que se le cruzaba por delante de ver lo obvio, mientras lo dirigía al mostrador donde recogió de mala gana las pocas pertenencias que le habían retirado. No miró a nadie hasta que, al llegar a la puesta, volvió sobre sus pasos para acercarse al D.I., que permanecía con los brazos cruzados esperando una nueva confrontación.

- Me necesita – dijo, con los dientes apretados y la mirada llena de furia -. Está rodeado de ineptos que no ven más allá de sus narices.

- Vete a casa, Sherlock - le contestó con calma, consciente de estar siendo observados -, a casa de tu hermano si no tienes otro sitio al que acudir. Duerme un poco, aséate, come y vístete como uno de esos ineptos que sí parecen personas, y entonces podré escucharte. En este momento, no me dejas otra opción que prescindir de tus observaciones, por acertadas que sean.

Lestrade lo vio darle la espalda y salir de NSY con el enfado saliendo por cada poro. Por el rabillo del ojo, vio también el movimiento de alguien que se apresuraba a los ascensores, sin sorprenderse al volver la cabeza y ver la espalda de Davis desaparecer, definitivamente eso no le gustaba. Al desviar la mirada se cruzó con la de Sally Donovan, que fruncía el ceño.

Sacó el móvil del bolsillo y envió un mensaje a un número sin nombre, viendo aún la figura alta que se alejaba esquivando peatones.

"Lo he enviado a casa. G.L."

La respuesta llegó en menos de un minuto.

"Gracias Inspector, un coche lo recogerá. Lo mantendré informado. M.H."

Bien, pensó, por el momento había terminado con eso. Definitivamente se marchaba a casa por ese día, a intentar hablar más de dos palabras con su esposa sin que ninguno de los dos gritase o saliese por la puerta, y a dormir, si era posible, una noche completa.

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Davis se sentó ante la pantalla del ordenador para enviar un correo electrónico. Estaba dirigido a una empresa de mudanzas de Greenwich, pidiendo que se pusieran en contacto con él para concertar una mudanza. Tres minutos después, recibía una llamada de un número oculto.

- Espero que sea importante – dijo la voz apenas descolgó.

- Acaban de poner en circulación uno de los ejemplares en los que tenía interés – contestó -, me pidió que lo informara…

- Sé lo que pedí – la voz lo interrumpió, tedioso -. En este momento estoy ocupado y no puedo bajar a jugar. Controla a su proveedor, que lo mantenga… extasiado, hasta que pueda ocuparme de él. Y que no vuelva a esconderse.

La llamada se cortó y Davis levantó la vista, estaba prácticamente sólo a aquella hora en la oficina. No le gustaba la idea de seguir a Shezza, Lestrade parecía muy interesado en él y aunque en otro momento le habría encantado poder ponerle las manos encima, saber que J. quería tenerlo controlado lo colocaba a otro nivel. Tendría que volver a contar con los dos que meses atrás le ayudaron a tenerlo vigilado…

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Lestrade disfrutó de una cena moderadamente tranquila, teniendo en cuenta que una hora antes había estado intentado hacerse oír por encima de las protestas de su mujer por su absoluta falta de interés en su matrimonio. Después de algunas lágrimas por parte de ella, y promesas por parte de él, acabaron en lo que parecía ser una tregua de palabras frías y caras largas. Después de una ducha rápida, lo único que Lestrade quería era meterse en su cama y dormir al menos siete horas sin ser interrumpido, prometiendo dedicar al menos un fin de semana completo a su mujer, que se conformó con darle la espalda en la cama sin darle las buenas noches.

A las tres de la madrugada el teléfono sonó insistentemente, hasta que el D.I. lo cogió saliendo de la habitación aún medio dormido y sentándose en la cocina a contestar sin haber mirado el número.

- Lestrade.

- Detective Inspector, lamento molestarlo estas horas.

- ¿Mycroft? ¿Qué demonios pasa?

- Quería ponerlo en antecedentes de un hecho desagradable que ha ocurrido esta noche. Se trata de Sherlock.

- Creí que se iba a encargar de recogerlo.

- Y así fue, mi asistente lo recogió minutos después de salir del NSY y lo trasladó a mi casa. Debo advertirle que utilizó un lenguaje muy florido al hablar de usted mientras saqueaba los armarios de su habitación. Dos horas después, abandonó la casa y desapareció de nuevo.

- Mierda.

- No se preocupe, está nuevamente localizado en los calabozos del NSY, lo han detenido por merodear en Regency Street – Lestrade cerró los ojos, sofocando una maldición. Debería haberlo visto venir, era la zona donde vivía una de las potenciales víctimas de las que habían estado hablando -. Fue una llamada anónima la que alertó de su presencia, no se moleste en tirar de ese hilo. Cuando fue detenido, me consta que mi hermano dio su nombre como referencia, por lo que creo que no tardarán mucho en hacérselo saber. Me he tomado la libertad de asegurarme de que vuelva a quedar bajo su custodia, Detective Inspector, y ahorrarnos papeleo.

- Bien, me ocuparé por la mañana. Esto podría haber esperado ¿sabe? Está en los calabozos y de ahí no se va a mover.

- Sólo un detalle más, Inspector ¿Qué interés tiene Arnold Davis en mi hermano hasta el punto de hacer que uno de sus confidentes lo siga?

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Eran las 7:03 cuando Lestrade entró en el NSY, dirigiéndose directamente a los ascensores. Notó varias miradas dirigidas a él, pero nadie se le acercó, sólo al llegar a la planta donde se encontraba su oficina, uno de los agentes se apresuró a entregarle una carpeta.

- Buenos días, señor, la agente Donovan dejó esto para usted.

Lestrade simplemente lo cogió, entrando en su oficina, donde vio un sobre cerrado con su nombre al frente sobre el escritorio. Maldijo por lo bajo, sabiendo que tendría que ver con el hombre que estaba en los calabozos.

El sobre, que claramente venía de Mycroft Holmes, eran sólo fotografías sacadas de la imagen fija de las cámaras de CCTV. En ellas veía a Davis con dos personas distintas en distintas ubicaciones. La última fotografía era una panorámica de Regency Street y dos círculos rodeaban las sombras de dos figuras. Una de ellas identificada con S.H., la otra con un signo de interrogación.

La carpeta que le había dejado la agente Donovan, era una recopilación de los datos de las víctimas potenciales, las horas concertadas para una entrevista y el número de expediente del departamento de menores con la información de los hechos en los que se vieron implicados.

El móvil zumbó con la entrada de un mensaje de texto de un número oculto.

"Buenos días Inspector. Me gustaría tener una reunión a las 12 para tratar el tema Davis. Le enviaré un coche. M.H."

Lestrade lo volvió a dejar en el bolsillo de la chaqueta, cerrando el sobre con las fotografías. Después de la llamada de Mycroft esa madrugada, había estado dando vueltas a porqué esa obsesión de Davis por Sherlock, sin llegar a conclusión alguna. El resultado había sido la imposibilidad de conciliar un sueño profundo de nuevo, por lo que estaba tan cansado como los días anteriores. La llamada al teléfono interno lo sobresaltó, recogiéndolo con mala gana.

- Lestrade.

- Señor, soy Darren. Sherlock, el tipo del otro día, está insistiendo en que quiere verle.

- Enseguida bajo.

Tardó más de cincuenta minutos en bajar a los calabozos con la idea de dejarle claro a Sherlock quien marcaba los ritmos. Al llegar, fue capaz de escuchar los gritos casi desde que salió del ascensor.

- ¿Lleva así mucho tiempo? – preguntó al guardia que lo acompañaba.

- Toda la noche señor. A ratos se calla, pero ha puesto al límite a un par de compañeros, diciéndoles cosas que no querían escuchar. Ese tío es como los adivinadores de feria, dice cosas que no debería saber de la gente. Si no estuviese detenido, le habrían callado la boca.

Lestrade escuchó al agente ordenar silencio a Sherlock cuando se acercó al calabozo, lo que hizo a éste asomarse a la reja, callándose abruptamente en su discurso y fijando la mirada en él. Tuvo que reconocer que había algo distinto, y cuando al fin se abrió la puerta lo vio. Sherlock había cambiado la ropa excesivamente grande y usada por un traje oscuro y una camisa blanca, que aún le quedaban holgados pero que, claramente, le pertenecían. Llevaba un abrigo largo de color gris y zapatos que posiblemente valían el sueldo de tres semanas de Lestrade. Se había aseado y su cabello estaba más o menos ordenado, cayendo a medias sobre su frente.

- ¿Me parezco ya a uno de sus ineptos? – dijo, después de hacerse sometido al escrutinio con impaciencia.

- Dios, he creado un monstruo – murmuró para sí mismo, haciéndole señas para que lo siguiera.