Disclameir: Harry Potter no es mío. Si lo fuese, Voldemort y Harry acabarían liados, o a lo mejor Harry estaría con Draco, o quiza Hermione se quedaría con su mejor amigo, pero nunca, nunca, el pelirrojo se quedaría con ella. ¡Ah si! Y al llegar a sexto todos los alumnos montarían una orgía. Como esto nunca pasa en los libros, me veo forzada a reconocer que JK Rowling es la dueña, y yo soy una simple aficionada que disfruta con sus historias. XD


Capítulo VII

(Capítulo VI, parte B)

Aquella noche, tras los doseles de terciopelo verde que rodeaban su cama, Harry trascribió al Diario la entrevista completa y después percibió cómo su ego se henchía tras los halagos de Tom.

~ Felicitaciones. Se trata de un movimiento inesperado y el viejo se odiará a sí mismo por no haberlo prevenido. Pero deberás guardar cuidado con él, redoblará sus esfuerzos por controlarte a partir de ahora. ~

Lo sé.

~ También es útil para otros propósitos. Me pregunto cuantos de mis viejos mortífagos serán capaces de sospechar la verdad. ~

Lucius podría hacerlo.

~ Sin duda, él sería capaz. Siempre fue más inteligente que el resto, y posee algunas pistas. Tal vez sea el único que se libre de mi terrible castigo cuando regrese. ~

Pero ni siquiera Lucius me relacionará a mí con los extraños rumores que se extienden por Europa.

~ ¿Has sabido algo de eso? ¿Los duendes están cumpliendo su palabra? ~

Después de las pruebas de Quidditch, regresé al vestuario porque había olvidado un libro. Draco me acompañaba. Detrás de la puerta, escuchemos a Flint y Mulciber discutir al respecto.

~ ¿Mulciber? ~

Adrian Mulciber. Su padre fue un mortífago, encarcelado en Azkaban después de la primera guerra, y su madre fue asesinada como venganza pocos meses después por una bruja de la luz. Él era un niño entonces, y los Flint se hicieron cargo de su crianza.

~ ¡Ah! Su abuelo fue conmigo a Hogwarts. Creo que también recuerdo a su padre. Un mortífago fiel y poderoso. ~

Su hijo se le parece. Cursa todavía quinto y discutía con Flint porque éste planea abandonar la escuela para buscar a ese emergente Señor Oscuro, e integrarse a sus filas.

~ Es natural que busque venganza. Disuádelo de marcharse si puedes, pero no te coloques en una posición de peligro. ~

¿Lo acogerás entre tus mortífagos?

~ Su familia me sirvió con lealtad. ~

~ ¿Celoso, pequeño? ~

Por supuesto que no.

Mentía. Sus mejillas ardieron con vergüenza mientras se esforzaba por mantener el control de sus emociones. Despreciaba los celos por considerarlos un sentimiento inútil y no tenía razones para estarlo. Pero aquella era la primera vez que Tom mostraba interés por un individuo ajeno a él. Y Mulciber era inteligente, mayor y más poderoso. Se le ocurría la espantosa idea de que tal vez pudiera servir a Tom mejor de lo que lo hacía Harry. Tal vez, con su ayuda, Tom sí lograría recuperar su cuerpo.

Sus celos pronto se probaron infundados.

~ No tienes porqué estarlo. Él será un servidor más entre cientos. Tú, por el contrario, pequeño, serás siempre especial para mí.

Gracias Tom. Te quiero.

Los primer años, o incluso al comienzo del curso anterior, a Harry le hubiera costado mucho escribir esas palabras. O incluso reconocerlas en voz alta. Ahora había cambiado. Harry sospechaba que la cercanía y los lazos forjados con sus amigos eran los culpables de esa nueva sensibilidad. Sea como fuere, su estómago ardía y corazón latía a ritmos insospechados cada vez que se atrevía a poner ese mensaje por escrito para Tom. Para delicia y sorpresa de Harry, éste había adquirido la costumbre de corresponderle.

~ Y yo a ti. Descansa, pequeño. Hasta mañana. ~

Harry cerró el cuadernillo de tapas renegridas imaginando, por un momento, lo espantosa que sería su vida sin la presencia de Tom. Su cerebro apenas podía funcionar normalmente cuando no estaba cerca. En las horas de clases, en la Biblioteca, en los descansos para las comidas… incluso durante los entrenamiento para el Quidditch. Tom siempre lo acompaña. El Diario adherido a su pecho mediante un conjuro que lo hacia invisible para cualquiera excepto él, siempre que mantuviese el contacto con su propia piel.

Las noches era el único momento en que el Diario abandonaba su pecho y quedaba oculto bajo el almohadón, pero Harry continuaba sintiéndolo cerca. Y cuando, por cualquier razón, debía apartarlo de sí y depositarlo unos metros más allá, para tomar una ducha o para cambiarse de túnica, su ausencia pesaba como el plomo y lo mantenía híper nervioso e incapaz de concentrarse. A veces Harry se cuestionaba a sí mismo si tal grado de dependencia entraba dentro de lo normal, acaso de lo saludable. Pero siempre evitaba buscar una respuesta.

No deseba que nada cambiara. Quería a Tom con él, a su lado para siempre.

S

Tras la publicación de la entrevista, Harry tuvo que esperar hasta el lunes siguiente para analizar por sí mismo las reacciones de los distintos profesores. La profesora McGonagall fue la primera en dejarse notar. Durante la sesión doble de Transformaciones, no realizó mención alguna a El Profeta; impartió su clase con seriedad y con el decoro que era costumbre. Sin embargo, las dos únicas veces que Harry levantó su mano, sólo para probarla, eligió escuchar la respuesta por parte de Dean Thomas y Alice McGonall, dos alumnos sangre sucia. Una forma sutil de demostrar su apoyo.

El profesor de Encantamiento y el favorito de Harry, Filius Flitwick, se probó a sí mismo puramente imparcial. Su actitud positiva hacía el muchacho no ejemplificó ningún cambio. La profesora Sprout lo examinó con interés cuando entró en su clase y Harry hubiera jurado que parecía interesada.

La clase de pociones, por contra, se convirtió en una auténtica pesadilla. Snape le arrebató veinticinco puntos por motivos tan dispares como ridículos, incluyendo respirar demasiado alto, y no cesó un segundo de taladrarlo a los ojos con una expresión asesina. Harry sospechaba que, independientemente de sus sentimientos personales, Snape odiaría cualquier acción de su parte que lo pusiera a él en peligro.

La reacción más sorprendente tuvo lugar, sin duda, durante la lección de Astronomía. Aurora Sinistra ya había captado su interés con anterioridad, cuando decidió premiar a Draco en lugar de castigarlo después de su explicación sobre los Rituales Antiguos. En esta ocasión sus ojos continuaron opacos, sin traicionar a su mente, pero no se apartaron de los de Harry. Parecía atrapada. Y nuevamente le asaltó esa sensación, como si hubiera algo mal en su aura, demasiado viciada, demasiado… consumida.

Sería otro misterio para resolver a lo largo del curso.

S

El miércoles por la mañana el dolor de cabeza se hizo insoportable. Harry casi vomitó la única cucharada de cereales que había ingerido en el desayuno y el cráneo le ardía; lo sentía a punto de estallar.

- Harry, ¿te encuentras bien?

La pregunta llegó a sus oídos como un eco sordo, proveniente de lejos. No reunió fuerzas para responder a Draco. O a Blaise. O a quien quiera que fuese que hubiera formulado la pregunta. Había sufrido dolores similares desde el principio del curso, algunos días más intensos que otros. Especialmente en los almuerzos y en las cenas. Pero nunca tanto como hoy. El tormento era demasiado grande. El dolor lo torturaba. No le permitía pensar.

Harry saltó del bando y corrió hacía las puertas de Gran Comedor sin dar explicaciones. Necesitaba alejarse. El dolor solía menguar cuando se alejaba del falso cielo cubierto de nubes. Pero hoy no disminuía. Tal vez debería ir a visitar a Madame Pomfrey. Tal vez fuera culpa suya. Tal vez tuviera algo mal en el cerebro.

Mientras barajaba la idea, sus pies ya lo habían conducido lejos del calor del castillo, hacía bajo, hacía las mazmorras, donde se sentía a salvo.

- Señor Potter - alguien lo llamaba -. Señor Potter, ¿se encuentra bien?

Era una voz armoniosa… casi envolvente, que trasmitía confianza, familiaridad. Harry se sintió tentado por ella. Había reclinado su frente sobre la fría piedra deuna de las columnas del pasillo y había intentado aislar su mente, hacerla inconsciente del dolor físico tal como Tom le había enseñado; de ese modo el dolor menguó un poco, aunque todavía siguiese presente.

- Señor Potter…

Giró el cuello para encontrar al emisor de la voz… y su corazón se congeló. Albus Dumbledore se hallaba detenido a escasos centímetros de él y lo escaneaba con sus profundos ojos azules escondidos tras sus gafas de media luna. Su túnica escarlata con estrellas de plata que caían del cielo de forma parecía una burla expresa para él.

Harry cerró los ojos y se maldijo a sí mismo. El dolor había regresado y disminuía notablemente su concentración. No podía hacerle frente ahora mismo. No precisamente a él. No precisamente ahora.

- Hijo - la manó del hombre se posó sobre su hombro, como si fuera su deseo infundirle fuerzas -. ¿Qué te ocurre?

Harry retrocedió ante ese contacto. Un contacto sucio y contaminado, sin pizca de humanidad que lo hizo sentir asustado… y muy frío. Parpadeó varias veces, tratando de concentrarse en la imagen que tenía frente a sí.

Deliraba.

- No me ocurre nada, profesor Dumbledore - consiguió vocalizar con esfuerzo -. Pero creo que necesito ir a la enfermería.

- Por supuesto.

El director asintió hacía él, o al menos eso creyó visualizar Harry, pero no se movió para permitir que se alejara. Por el contrario. Mantuvo el azul brillante de su iris inmóvil sobre sus ojos.

- Hay algunas pocas cosas que pretendía discutir contigo desde hace tiempo – declaró con tranquilidad serena, empleando de nuevo ese tono de voz paternal -.

Harry pensó que lo odiaba.

Parpadeó de nuevo. Debía sobreponerse.

El dolor. El dolor era tan potente. Sería muy fácil sucumbir ante el dolor…

Inclinó de nuevo su frente contra la fría y piedra e imaginó lo fácil que sería rendirse y caer en la inconsciencia

¡No! Eso dejaría su mente desprotegida para Dumbledore.

Pero sería tan fácil…

Si lo hacía, estaría traicionando a Tom.

Harry reunió fuerzas y luchó por hacerle frente con desesperación.

Tom. Debía concentrarse por Tom.

- Sería un honor hablar con usted, profesor - mintió, reforzando los escudos que defendía su mente -. Pero no creo que este sea un buen momento. De verdad necesito ir a la enfermería.

- Por supuesto - repitió el director, de nuevo sin intención de permitir que se marchara -. Serán sólo unos minutos. Leí tu entrevista en El Profeta y estoy muy asombrado. Nunca había conocido a un muchacho de tu edad tan maduro como tu. Sin embargo, debo reconocer que algunas de tus opiniones también me… me preocupan.

Harry cerró los ojos. Los abrió de nuevo y no sintió miedo al enfrentarlo. El dolor lo consumía todo. ¿Qué representaba el temor en su contra?

- Usted es el director de Hogwarts - señaló astutamente -. Me sorprende que le preocuparle las opiniones de un alumno de segundo año.

- ¡Ah! - los ojos azules chispearon con diversión por un segundo, detrás de sus gafas, antes de centrar de nuevo toda su atención Harry -. Pero tú no eres un alumno corriente, mi muchacho. Tus padres, Lily y James, fueron íntimos amigos míos antes de que Lord Voldemort los asesinara. Ellos me pidieron que cuidara de ti. Prácticamente, te dejaron a mi cuidado.

Muy astuta jugada por parte del viejo, traer a su memoria el nombre de sus padres y recordarle quien había sido responsable de su asesinato, precisamente, cuando en la entrevista él había declarado temas más a los muggles que a un posible Señor Oscuro. El muy idiota había errado completamente su táctica, sin sospechar en lo más mínimo la inquebrantable relación que ya se había forjado entre su "pupilo" y dicho Señor Oscuro.

En otro momento, Harry hubiese fingido interés ante la mención de sus progenitores y hubiese manipulado su aura para que trasmitiese emociones negativas, como dolor y tristeza. Pero, esta vez, el dolor era demasiado fuerte y él estaba empleando toda su concentración para mantenerse en pie y afrontar la conversación.

Continuó mudo.

Cuando se hizo evidente para Dumbledore que había fracasado en su intento por obtener una reacción, el director volvió a tomar la palabra.

- Me preocupo, Harry. Y me entristezco - el rostro del anciano tembló y, por un segundo, pareció que una lágrima escaparía de sus ojos deslizándose entre sus párpados -; porque sospechó que muchas de tus creencias no provienen exclusivamente de ti, sino que otros te han forzado a adquirirlas.

Harry curvó los labios en una sonrisa burlona que aumentó aún más el dolor. Pero no había podido resistirse. Tal vez fuese a causa a su estado delirante, pero lo que Dumbledore insinuaba resultaba tan, pero tan hilarante proviniendo de él. Tuvo que morderse el labio para no reír a carcajadas.

- Le aseguro, director, que todo lo que ha leído, tanto si le complace como si no, es exclusivamente opinión mía - sostuvo con confianza -.

Dumbledore ni siquiera escuchó sus palabras. Gastaba toda su concentración en contemplarlo con una mirada de infinita tristeza.

- Tal vez creas que así es, muchacho, pero eres demasiado joven para entenderlo. Me preocupan algunas de sus compañías… como el joven Malfoy. Hay tantas cosas que ignoras sobre esa familia, Harry… especialmente en referencia a su padre. Sería un error dejarte guiar por lo que ellos crean, en vez de por lo que tú sabes que es justo. Lo acabarás lamentado. Yo quiero ahorrarte ese dolor - lo contempló con ojos suplicantes -. Por eso necesito que abras los ojos.

Era un gran actor. Tan bueno, que si hubiese sido otro, Harry le habría creído. Pero sus intentos serían infructuosos cada vez que intentase enfrentar su relación con Tom. La ira ardió en sus ojos de ese color tan similar a la esmeralda, que también podía representar el fuego del Avada Kedavra.

- Draco es mi mejor amigo - sentenció con firmeza; su deber para con su amigo aumentaba sus fuerzas -. Director o no, usted no tiene ningún derecho de criticarlo.

- De acuerdo - Dumbledore asintió y accedió a su petición sin oponer apenas problemas. Tal renuncia alertó a Harry más que cualquier otra cosa. Reforzó sus escudos mentales -. Hablemos entonces de la Piedra. ¿Qué fue lo que de verdad ocurrió con la Piedra, Harry?

La pregunta lo cazó totalmente por sorpresa. Los ojos azules se clavaron sobre los suyos como ganchos afilados, negándose a liberarlo. Había mucho más detrás de esos ojos. Cosas que aterrorizarían a cualquiera capaz de sentir su poder.

La Piedra. La Piedra…

Las imágenes se superponían en su mente sin llegar a determinar cual era la verdadera.

La Piedra que se perdía desde el interior del espejo, cuando éste estallaba al ser golpeado por una maldición esmeralda.

Sí, la Piedra… sí; se había perdido.

No; no pérdida. La Piedra que él extrajo de la túnica de Draco cuando Quirrell ya había muerto y que ahora guardaba a salvo en…

¡No! Harry cerró los ojos y se negó a entregar su ubicación. El dolor de cabeza aumentó. La Piedra estaba pérdida. Se había perdido. Había desaparecido para siempre, junto con el espejo.

¡No, Harry! ¡La verdad! ¿Dónde está la Piedra?

Harry se mordió la lengua hasta palpar el sabor salado de la sangre. Esto le ayudo a despejar levemente la bruma que rodeaba su consciencia. Había una voz. Una voz que resonaba amplificada desde cada parte de su cabeza, una y otra vez, y que le ordenaba… No. Harry no podía obedecer a la voz. No debía. Entonces el dolor aumentaba desgarrándolo desde dentro y de nuevo era incapaz de pensar.

Blanco. Espacios en blanco.

Y de súbito, los hechos concordaron.

Lo comprendió todo.

El dolor que lo perseguía desde el comienzo del curso, los ataques que estaban sufriendo sus defensas, los ojos fríos y escaneantes del director, el dolor que se hacía más pronunciado durante las comidas… Todo. Todo cobraba sentido.

Harry comprendió, y entonces obró de la única manera lógica que permitía la situación: huyó. Echó a correr internándose en la profundidad de las mazmorras. Corrió sin saber a dónde se dirigía ni cuál era el camino que transitaba. Corrió únicamente para alejarse. Para crear distancia entre él y esa presencia que lo había estado torturando durante tantos días, tratando de colarse en sus defensas, de invadir su privacidad.

El director lo seguía de cerca, podía sentirlo.

No importaba. Él sólo debía correr y alejarse. Entre las brumas adoloridas de su mente, destacaba una realidad completamente firme. Protegería a Tom. A cualquier costo. Y si Dumbledore lo encontraba… Entonces sería su fin.

Por eso debía continuar corriendo, aunque su cuerpo se estremeciera con cada paso y su cerebro se hallara poco a poco más próximo a estallar.

Escapar...

La voz del director resonaba llamándolo a lo lejos.

Harry, detente. Nadie va hacerte daño.

Continuar alejándose…

Lo hizo.

Hasta que su cuerpo se estrelló con una masa rígida y uniforme, y extrañamente cálida. Harry alzó el rostro. No había notado dolor al chocar; la presión en su cabeza se hallaba demasiado presente para permitirle percibir cualquier otro estímulo físico. Aun así, no parecía un material constituido de roca, ni de cemento.

¿Qué había detenido su huida?

Un hombre. Un hombre de nariz ganchuda, cabello grasiento y rostro de color cenizo. Un hombre cuyo nombre el conocía.

- Profesor Snape…

El susurró escapó de sus labios con una corriente de alivio.

De repente, se sintió a salvo.

Tan agotado que ni siquiera era capaz de delimitar sus acciones, Harry se aferró a su túnica oscura y gastada con todas las fuerzas que fue capaz de reunir. Si Snape estaba aquí, él detendría a Dumbledore. Harry retenerlo con él hasta que llegara, como fuera. No podía permitir que se escapara. No lo haría…

Harry no contaba con que fueran las propias manos del profesor quienes lo agarraran del cuello y lo arrojaran lejos de su cuerpo como si fuera un insecto asqueroso o un virus muy contagioso. Aquel gesto no lo hizo darse por vencido. Volvió a aferrarse a él de nuevo, con más fuerza.

- ¡Maldita sea, Potter! - Snape volvió a lanzarlo lejos como una mueca de repulsión y de asco -. ¿Qué diablos creé que está haciendo?

Intentó expresarse, explicar… Sólo logró pronunciar incoherencias.

- Está aquí. En mi mente. Lleva semanas en mi mente… ¡Me hace daño! No le deje. Él no debe… Yo no…

- ¡Potter! - el profesor lo agarró y lo sacudió por los hombros bruscamente, sin una pizca de delicadeza -. Cálmese. ¿Qué ridiculeces está diciendo? ¿Quién está en su mente?

La respuesta fue expulsada fácilmente por sus labios.

- ¡Dumbledore!

Escepticismo e impaciencia brillaron en los ojos aguiluchos del profesor.

- ¿El director? ¿Por qué iba él a…?

- Severus… - una llamada de atención Un susurró armonioso que lo interrumpió antes de que pudiera acabar su pregunta. Snape y Harry giraron el rostro hacía la alta e imponente figura que se acercaba a ellos; el segundo se aferró aún más al primero, mientras cerraba los ojos para apaciguar el dolor -. Severus, puedes retirarte. Este es un asunto entre Harry y yo.

El temor inundó a Harry a causa de sus palabras. No. Snape no iba a marcharse. No debía marcharse. Para evitarlo, clavó sus dedos en la túnica aún con más fuerza.

El hombre frunció el ceño con disgusto ante esa reacción.

- Director, ¿qué esta ocurriendo?

Con un suspiro resignado, los ojos de hielo abandonaron la nuca del muchacho y se centraron en el profesor. Aquello era un error. Severus no debería haber aparecido. Sus acciones eran ante todo correctas y justificadas por el Bien Mayor, pero él estaba demasiado comprometido emocionalmente. Sus sentimientos, tan confusos como ambivalentes, quizá no le permitieran comprender la sabiduría de sus movimientos.

Aun así, debía intentarlo. Su lealtad era valiosa y de él podría depender el futuro de la próxima guerra.

- ¿Recuerdas aquello que hablamos hace unos días? - evocó con voz tranquila -. El joven Harry y yo estamos manteniendo una fructuosa conversación al respecto.

Snape pareció dudar. Harry se asustó. Dumbledore no iba ganar. Él no iba a permitirlo. Aun si debía olvidar su orgullo y suplicar de rodillas por ayuda.

- ¡Miente! - exclamó sacudiendo el cuerpo de su profesor como si aquello hiciera más fácil que Snape le creyera -. Él está en mi mente. ¡Lleva días torturando mi mente! - una fulminante corriente de dolor atravesó su frente con más intensidad aún que las anteriores; Harry aulló y cayó al suelo incapaz de sostenerse -. Deténgalo… Por favor – una súplica; desde la fría y húmeda piedra, Harry capturó con sus ojos verdes las orbes renegridas de su profesor -. Haga que se detenga…

Fue su último ruego. Después fue incapaz de percibir nada. La esencia de Albus Dumbledore continuaba muy presente en su mente y Harry necesitó recurrir a toda su energía para impedir que éste traspasara finalmente sus escudos resquebrajados y se apoderara de su conciencia.

Jamás recordaba haber vivido una experiencia tan aterradora. El Cruciatus que había recibido el año anterior atacaba sus nervios, sus órganos vitales, y era aún más doloroso. Pero siempre un dolor físico. No como ahora. Harry sentía como si, a cada segundo trascurrido, estuviese siendo violado brutalmente. Sólo que no era su cuerpo el expuesto ante tal violación, sino su mente.

Aún peor. Su alma. Su conciencia. Su privacidad. Todo de él. Todo lo que él era. Todo lo que le hacía mantener su identidad. Dumbledore luchaba por arrebatárselo.

Las voces de los adultos hacían eco en sus oídos sin cobrar para él sentido alguno.

Los hombres discutían…

Frases enfurecidas…

"¡No tenía derecho!"

"Te hable de mis sospechas. Era un mal necesario,"

"Usted mismo lo dijo. Sus escudos eran demasiado fuertes para tratar de romperlos contra su voluntad."

"Precisamente, alguien debió enseñarle…"

"¡Podría haberlo matado! ¡Podría haber destruido su mente para siempre!"

"Tuve cuidado."

"No lo creo."

"Severus, este chico estaba dispuesto a sacrificarse antes que a revelar los secretos que oculta en su mente. Si mis sospechas son ciertas, si Lucius lo controla… Debemos averiguarlo."

"No cuente conmigo, Dumbledore. Voy a llevar al crío a la enfermería y no voy a permitir que lo haga pasar por algo semejante de nuevo. Si para ello yo también he de ponerme en contacto con los periódicos, o con el Ministro de Magia, lo haré."

"Tu preocupación es excesiva para tratarse del niño a quien supuestamente odias."

"¡Usted sabe porqué! ¡Usted es el único en conocer mis razones!"

"Está bien, Severus. Ocúpate de él, pero evita la enfermería. Sólo daría lugar a preguntas inoportunas."

"Déme su palabra."

"La tienes. No volveré a tratar de invadir su mente… por ahora."

Entonces las voces se silenciaron y el dolor comenzó a menguar… hasta desaparecer por completo. No existía el dolor, ni el tormento. Su mente libre. Por fin libre.

Extenuado, lo último que Harry percibió antes de sumirse en la inconsciencia fue unos brazos muy cálidos que lo rodeaban.

S

Despertó sin poseer conciencia ni del tiempo ni del espacio. No sabía cuántas horas habían transcurrido ni dónde se encontraba. Ni siquiera sabía si era de día o de noche pues no había ventanas alumbrando la habitación, sólo unas cuantas velas y un fuego ardiendo en una vieja chimenea. Aun así, el ambiente seguía siendo frío. Harry se encogió entre las mantas.

El movimiento debió atraer la atención de la presencia en la cual él no había reparado.

- Has despertado - sobresaltado, Harry giró el cuello hacía dónde provenía la voz. Las orbes negras de su profesor de pociones lo observan -. Cuatro horas antes de lo que él predijo.

Curvo los labios con desprecio.

Harry no comprendió el significado de sus palabras en un principio, ni tampoco qué hacía él allí, recostado en una cama que parecía pertenecer a Snape. Sin embargo, lentamente, los recuerdos volvieron a su mente.

¡Dumbledore!

Junto con la exclamación, todo su cuerpo se coloco en guardia; pero no existían señales de que el viejo director anduviese cerca. Aquello lo relajó un poco.

Snape no lo miraba a él. Su atención estaba centrada en el caldero cuyo contenido, un líquido de color rubí intenso, burbujeaba con lentitud en el suelo a varios metros de Harry, desde el extremo opuesto de la habitación. El profesor revolvía la poción y murmuraba palabra inteligibles de cuando en cuando, ignorando por completo la presencia de su alumno.

Harry respiró aliviado. La situación ya era bastante incomoda de por sí, para incluirle una atención no deseada. Además, necesitaba espacio para colocar en orden sus pensamientos. Dumbledore no había logrado traspasar sus escudos, de eso estaba seguro. Sus secretos estaban a salvo. Y Snape lo había ayudado.

Pero, ¿qué había obligado a retirarse al director antes de conseguir lo que deseaba? Había arriesgado mucho con su ataque para abandonar sin obtener nada. ¿Qué había motivado su retirada?

Una idea congeló su mente de súbito, paralizándolo por el terror. Desechando la inmovilidad, sus manos se lanzaron rápidamente contra su pecho. Nada. Vacío. No había nada allí. Contempló a Snape con horror.

El pánico lo invadió.

Ya no importaba nada.

- ¡Tom! ¡El Diario! ¿¡Dónde…!

- Cálmese - los ojos de Snape lo martillearon con desaprobación e indiferencia, la primera motivada por haberlo obligado a despegar su atención de la poción que realizaba -. Me encontré algo confuso sobre la forma correcta de ayudarlo a sanar su mente tras el ataque, por lo que me tomé la libertad de recurrir a su ayuda. Ha sido bastante útil. Como puede ver, él sigue a salvo en aquel rincón.

Harry siguió la estela de su mirada hasta una pequeña mesilla localizada a pocos metros de su cama. Aparecía cubierta de papeles y pergaminos revueltos, pero encima de ellos sobresalía un discreto cuadernillo de tapas negras. Sin pensar, aún invadido por la ansiedad, se lanzó para recuperarlo.

El alivio inundó sus venas cuando el Diario entro en contacto con la piel de sus manos. La presencia de Tom vibraba tan próxima que resultaba casi… embriagador. De alguna manera, Harry supo que Tom también lo había sentido, y el que el Diario era ya consciente de su cercanía y de que se hallaba a salvo.

Únicamente deseo estar sólo para poder hablar con él. Pero no lo estaba. Por el rabillo de ojo, vio como Snape fruncía el ceño con disgusto. Su demostración de dependencia no lo había emocionado. Harry respiró profundamente y se obligó a sí mismo a relajarse, a demostrar que mantenía el control.

Abrazando todavía el Diario, caminó de vuelta a la cama. Se introdujo en ella y se arropó entre las mantas, pero no se acostó sino permaneció sentado. Por primera vez, se percató de que continuaba vestido todavía con el uniforme del colegio, sólo que sin la capa, y se sintió aliviado. A pesar de haberlo salvado, y de que él se hubiera aferrado a él por ayuda, Snape desvistiéndolo y cuidando de él con la ternura de un padre no era una imagen muy cautivadora. La fría indiferencia le sentaba mejor.

- ¿Cómo consiguió encontrarlo? - fue una pregunta movida por el deseo de relajar el ambiente encrespado, pero también por la curiosidad. Si lo averiguaba, podría perfeccionar los hechizos para la próxima vez -.

Snape respondió sin apartar la vista del caldero, con voz monótona y monocorde.

- No hay ningún misterio. Yo ya sabía que él estaba ahí, por lo que la búsqueda fue más fácil. Empleé un hechizo simple para obligar a tus manos a sostenerlo y después para que lo dejaran caer al suelo.

Las mejillas de Harry se sonrojaron, avergonzado porque sus defensas hubiesen sido burladas con un método tan simple. Pero no podía verdaderamente sentirse ofendido o asustado, no con Tom de nuevo tan próximo a él.

- Gracias por salvarme de Dumbledore - le costó tres minutos exactos reunir el valor para pronunciar esa declaración -. Y por… ya sabe… por haberme traído aquí.

- No fue mi elección. El director me ordenó expresamente que yo me ocupara de usted - replicó rápidamente; una hábil excusa para esquivar el primer agradecimiento, y el hecho de que de verdad, voluntariamente, lo había ayudado. Divertido, Harry luchó para que sus labios no se contrajeran en una pequeña sonrisa, lo que provocó que el profesor lo contemplara con disgusto -. ¿Ni siquiera va a preguntarme cuánto tiempo ha estado inconsciente? - Harry abrió los labios para hablar pero fue interrumpido -. Dos días y diecinueve horas. Son las tres y media de la madrugada del jueves.

Vaya. Eso era más tiempo del que Harry esperaba. Aunque teniendo en cuenta de la gravedad del ataque, no era de extrañar que su mente hubiera necesitado tanto para sanarse a sí misma. Por lo menos ahora se sentía bien, con fuerza y restablecido.

Forzado por el silencio del crío, Snape tomó de nuevo la palabra con desgana.

- Su prolongada ausencia y el hecho de que no se le permitía recibir visitas ha provocado varias sospechas en la escuela. El señor Malfoy y la señorita Granger, particularmente, fueron sorprendidos en dos ocasiones tratando de colarse en la enfermería para verlo.

- ¿¡Draco y Hermione! ¿Juntos? - Harry no pudo evitar interrumpir, ganándose una mirada envenenada por parte de su profesor -. Lo siento - se disculpó rápidamente -.

Aun así, no dejaba de resultar hilarante.

- Si, Potter. Juntos - las delgadas cejas del hombre se contrajeron con impaciencia -. Juntos lo intentaron y juntos fueron castigados. Ahora, escúcheme atentamente. La versión oficial, y la que usted comunicará a sus compañeros, es que fue contagiado con Fiebre de Dragón y que tuvo que ser trasladado a San Mungo para ser tratado. Permaneció inconsciente la mayor parte del tiempo y apenas recuerda nada de lo ocurrido. ¿Me entiende?

- Si, profesor – Harry asintió, tomándose sus palabras en serio -. ¿Y qué hay de Dumbledore?

- El director está convencido de que yo modifiqué su memoria correctamente, y, por la tanto, de que no guardará conocimiento alguno del accidente.

Por supuesto. Eso tenía sentido. Dumbledore jamás se hubiera atrevido a entrar en su mente tan descaradamente sin contar con un plan de reserva con el que protegerse. Harry se preguntó qué habría ocurrido si Snape no hubiera aparecido milagrosamente a tiempo. ¿Habría atravesado Dumbledore sus escudos? ¿O habría empleado un hechizo, no sólo para hacerle olvidar, sino para manipular favorablemente sus memorias? La mera idea era aterrorizante.

Severus suspiró con cansancio. Debería estar acostumbrado. Las cosas en su vida nunca tendían a ocurrir como era correcto, disfrutaban más retorciéndose para joderlo. Una parte de él se odiaba por esto. Todo por éste… éste crío. La viva imagen de su asqueroso padre. Él se había entrenado a sí mismo para odiarlo, aún cuando estuviese decidido a proteger su vida a costa de la suya. Y hubiese sido tan fácil, tan fácil…

En sus fantasías, siempre lo había vislumbrado del mismo modo. Un niño Gryffindor, vestido con túnicas de sangre y oro. Tan ingenuo como arrogante; pomposo pero mediocre; manipulable y pueril… una mezcla que hacía honor a su apellido. La miniatura perfecta de su padre. Un padre al que Severus aún odiaba, aunque estuviese ya muerto. Y la venganza, el desquite… habría sido tan dulce.

Debería haberlo sido.

Pero el niño resultó Slytherin, aunque en un principio Severus decidiera que había elegido la casa sólo para torturarle. Pero no. Resultó ser Slytherin… de verdad. James Potter se hubiera mutilado a sí mismo antes de aceptar un hueco la casa de las Serpientes.

También entraba el hecho de que no era un idiota, como él había predicho. El crío era inteligente, había que reconocérselo; tan inteligente que Severus no sabría precisar hasta que punto. Y poderoso. Y astuto. Y… oscuro. Y, aun así, carecía de prejuicios y conservaba en sus ojos, esos ojos verdes que tantos recuerdos traían a su mente, una inocencia y un calor que Severus había contemplado una vez antes, en otra persona.

Contra su voluntad, contra su buen juicio, en lo más profundo de su alma, pues en los niveles menos interiorizados lo negaba, Severus sabía cuán fácil se había hecho últimamente verla a ella en él. Únicamente a ella. Porque no podía ser un Potter el que se hallaba ahora sentado frente a él. Era todo lo contrario a un Potter. En cambio, el hijo de Lily, con esos ojos, con esa herencia… Lo veía a ella en él, únicamente a ella. Y a veces, algunas veces, era tan fácil, tan fácil como peligroso, imaginar que no había nadie más. O incluso….

No. Snape detuvo en seguida esa resbaladiza línea de pensamiento. Perderse en fantasmas o en errores del pasado carecía totalmente de utilidad. El presente, el ahora, era la único que aún importaba.

- Escúcheme, Potter - sus ojos se posaron en los de su alumno y, por primera vez, el glacial habitual fue sustituido por un pequeño deje de humanidad -. Entiendo que la experiencia de hace unos días haya resultado traumática para usted, pero es primordial que no dé ninguna muestra de ello frente el director. Cualquier comportamiento anormal en su presencia dará lugar a sospechas. Cualquier sospecha… usted ya sabe lo que puedo ocurrir.

- Si…

Harry lo sabía. Desde luego que lo sabía.

- Por alguna razón, Dumbledore cree que tienes en tu poder la Piedra Filosofal. No - lo detuvo antes de que Harry pudiese a negar las acusaciones -. Ahórrate tus excusas. No me interesan. La dificultad aquí no es si él está equivocado o no, sino que él así lo cree. También sospecha que Lucius Malfoy ha encontrado la forma de llegar a tu mente para manipularte.

- ¡Pero eso ridículo! - el muchacho interrumpió de nuevo, ganándose otra mirada de advertencia -. ¡Ni siquiera he hablado con Lucius más de una vez!

- De nuevo, Potter. Que sea verdad o no carece de importancia. Lo que importa es que él lo cree.

Harry asintió, viendo la sabiduría de esas palabras. Se detuvo a reflexionar por un momento. Sus ojos verdes se posaron sobre las orbes renegridas de su profesor.

- ¿Qué cree usted que debo hacer?

- Como he dicho, actuar con normalidad. No hacer nada que dé lugar a sospechas. Y, por supuesto, prescindir de ridículas entrevistas cuyo único objetivo, pareciera, es enfurecer a los magos que aún poseen todo el control sobre ti.

Harry se negó a sonrojarse por la reprimenda. No había sido ese el objetivo de sus acciones, y no tenía por qué avergonzase. El artículo del Profeta había superado con creces los objetivos para los que fue diseñado. Aunque, por otro lado, Snape podía tener razón. Harry tendría que evitar llamar la atención sobre sí mismo con actos semejantes. Por el momento.

La conversación entre ambos no se extendió mucho más. Ambos habían dicho ya, prácticamente, todo lo que había qué decir. Snape añadió unas pocas advertencias y después ofreció a Harry la última dosis de la poción con la que lo había estado medicando. Harry la aceptó agradecido y la bebió toda en unos pocos sorbos, aliviado porque su sabor no fuera tan exótico como su apariencia. Después envolvió el Diario alrededor de su cuello, se rebulló con la capa y se dispuso a retirarse.

- Profesor - lo llamó en el último momento, girando el cuello hacía él mientras con su mano izquierda sostenía aún el picaporte -. Creo que necesito algo de tiempo para reconstituir mis escudos en orden y aprender a actuar normalmente. ¿Podría darme permiso para no asistir hoy a clases?

Snape frunció el ceño con disgusto. Era evidente que la pregunta no le había complacido.

- Soy su Jefe de Casa, Potter, no uno de sus complices - respondió secamente -. Tenga por seguro que si lo atrapo vagando por los pasillos, en lugar de estar en clase, perderá algo más que unos puntos.

Harry asintió y forzó a sus labios a reprimir la sonrisa burlona hasta que se halló fuera de las paredes del aula. Snape no le había otorgado el permiso explícitamente, pero tampoco se lo había negado. En su lugar, había propiciado una amenaza. Si lo atrapaba, lo castigaría. Si lo atrapaba. Eso era fácil. Después de todo, Harry no planeaba dejarse atrapar.

S

Amanecía. Sentado sobre una roca en los límites del Bosque Prohibido, Harry contempló con admiración como los primeros rayos del Sol llameaban en el horizonte dotando al cielo de un millón de tonalidades diferentes, tan espectaculares como su propio reflejo en las calmadas aguas del lago. Aquel era un refugio único, que él había descubierto durante las madrugadas de su primer año. Un exclusivo remanso de paz y armonía. Debía sentirse afortunado por poseerlo.

Junto a él, sobre su pecho y todavía abierto, descansaba el Diario de Tom. La calma con la que el objeto reposaba ahora era un hiperbólico contraste con la ira y el odio de hacía unos momentos. Harry jamás había percibido sus emociones con tanta intensidad. Su poder superaba por mucho el límite que una vez creyó establecer. La roca bajo él se había resquebrajado como el mismo hielo y las aguas del lago se agitaron embravecidas. La magia había eclipsado el ambiente. Odio. Ira. Impotencia. Rencor.

Hasta que, al final, una frase trajo de vuelta la calma.

~ Lo mataré, pequeño. Te lo juro. Por atreverse a tocarte. Un día lo mataré. ~

Y Harry aceptó.

Lo sé, Tom. Ya lo sé.

S

Fue difícil reintegrarse a las clases, pero todavía más hacer frente a esa mirada celeste que abrasaba su nuca cada vez que introducía un pie dentro del Gran Comedor. A pesar de las repetidas advertencias de Snape sobre pasar desapercibido, era incapaz de hacer frente a esa mirada, o de controlar el agudo escalofrío que recorría su cuello cada vez que la sentía presente. Le aterraba. Y detestaba a Dumbledore por hacerlo sentir tan indefenso, tan jodidamente débil, casi más que por sus incansables esfuerzos de atentar contra su mente.

Harry tomó la determinación de fortificar aún más sus escudos y de investigar sobre pociones que los hicieran infranqueables.

Durante dos días completos se mantuvo evitando el Gran Comedor con cualquier excusa posible. El viernes Draco lo convenció para asistir a la merienda y a la cena. El sábado por la tarde fue la primera vez que consiguió dominar el temblor de su nuca y hacer frente a los ojos del viejo. El domingo por la mañana llegó incluso a sonreírle. Harry sabía que necesitaría tiempo, pero que, finalmente, también lograría superar las secuelas del incidente, que el terror lo abandonaría, y que volvería a ser capaz de plantarle cara sin miedo.

S

Ese mismo domingo – extraño, pues la semana había pasado demasiado rápido – era también el cumpleaños de Hermione, y Harry tenía preparados sus regalos. El primero, un grueso y valioso volumen sobre las distintas eras de la magia en Europa. Para entregarle el segundo, Harry envolvió a Hermione en su capa invisible y la introdujo de extranjis en su dormitorio. Cubrió sus ojos y la obligó a caminar hasta la chimenea.

- Harry, ¿tú estás seguro de que esto es legal? – la voz de la bruja sonaba preocupada -.

- ¡Por supuesto que sí! – indignado, Harry disipó sus temores.

Bueno, lo era. Hermione no tenía porque saber que había sido Lucius quien lo convirtiera en legal, explícitamente para ellos, y sólo por unas pocas horas. Harry aún no sabía como se las había apañado Draco para convencer a su padre de que pidiera al Departamento de Transportes Mágicos una cobertura especial con una chimenea muggle, pero estaba seguro de que no había empleado las auténticas razones. Y, aun así, estaba profundamente agradecido con su amigo por haberlo logrado.

El rostro de Hermione cuando las llamas esmeraldas la trasportaron a casa no tuvo precio. Ni sus lágrimas cuando se reencontró con sus padres, y con su abuela, y con la cena especial que éstos habían preparado para ella. Ni la brillante sonrisa que le dedico a Harry cuando comprendió lo que había hecho por ella, ni su abrazo de agradecimiento.

El muchacho supo en ese instante que cualquier reticencia que hubiera podido existir entre ellos había desaparecido. Volvían a ser los mejores amigos. Cualquier esfuerzo al respecto… había merecido la pena.


Estoy enferma. Muy enferma. ¡Jooo! Si, ya sé que no os interesa pero estoy enferma y depre poque después de sólo tres putos días bebiendo y haciendo el loko acabé en la cama encerrada con cuarenta del fiebre. Así que si el capítulo tiene algunas fallas, especialmente en la recta final, excusadme. Ni siquiera sé como he podido acabarlo a tiempo para hoy. Entre Ibuprofeno y Paracetamol, supongo.

De todos modos, espero que os haya gustado. El enfrentamiento con Dumbledore y la aclamadísima intervención de Snape, que mucha/os ardías por ella desde hace tiempo. Básicamente, eso abarca todo el capítulo. Yo he disfrutado especialmente de la charla tan "amistosa" que se produce entre alumnos y profesor después de que éste despierte del coma. Y por supuesto, de las lineas compartidas con Tom en el principio!

Muchísimas gracias a los lectores y especialmente, a aquello que me premian con su comentario. Sabeis que os quiero. Y no sé como agradecerlos lo feliz que me haceis. ^^

De verdad, ojala que os haya gustado. Os mando un abrazo - de lejos, para no contagiaros - y no escribo nada más que me da dolor de cabeza, ¬¬

Un saludo muy fuerte y hasta pronto.

Anzu.